La extrema necesidad de lo evidente

Paco Cerrejón | 11 de abril de 2014 a las 14:31

Hace algunos días en este grupo de comunicación me publicaron un artículo sobre políticas culturales titulado La extrema necesidad de lo evidente. Por razones de espacio se publicó una versión reducida del original. Aprovecho este blog para colgar la versión completa. No va exclusivamente de cómics, pero estos no dejan de ser parte del ecosistema cultural de nuestro país, por lo que la relación se me antoja envidente. Espero que os parezca interesante.

LA EXTREMA NECESIDAD DE LO EVIDENTE

“Las reducciones propuestas en el presupuesto especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas. Son insignificantes desde el punto de vista financiero y nocivas desde todos los demás puntos de vista” Víctor Hugo en su discurso ante la Asamblea Constituyente de Francia en 1848. Citado por Nunccio Ordine en su libro La Utilidad de lo Inútil

“Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho” Artículo 44.1 de la Constitución Española en vigor

Posiblemente en ningún otro país de nuestro entorno se hayan dado ataques a la Cultura como los que venimos sufriendo a nivel estatal, autonómico y local, y lo que lo hace aún peor, es que para nada están sirviendo. Porque para nada van a servir estos recortes. Desde luego no se ha conseguido reducir el déficit de forma mínimamente reseñable recortando un presupuesto que muy rara vez llega al 1% del total. Desde luego no se ha mejorado el nivel de vida de los ciudadanos con estas políticas, ni siquiera habrán influido en la bajada de la prima de riesgo ni habrán conseguido que España tenga mejor acceso al crédito internacional, ni siquiera para que cese la sangría del paro (todo lo contrario) y sobre todo tampoco han servido, como algunos no se han cansado de cacarear, para no tocar otros servicios “imprescindibles” como la sanidad y la educación, como si la Cultura no lo fuera en una sociedad desarrollada y democrática. Y pese a esto, evidente, ahí siguen los recortes, la subida de impuestos indirectos y todo lo que conlleva. Un dato; de 2008 a 2014 el presupuesto estatal para Bibliotecas ha bajado de 106 millones de euros a 43,2. ¿Somos realmente conscientes de lo que supone ser un país sin bibliotecas? Otro dato; entre los recortes a nivel estatal, autonómico y local, en algunos territorios el presupuesto en cultura se ha reducido más de un 50%. Y además estos recortes provocan un riesgo de centralización, aún mayor del existente, para la vida cultural, situando a Madrid como único eje, en todo caso acompañado de Barcelona, de las acciones culturales de calado.

El problema no comenzó con la crisis, aunque lo parezca. El problema surge con la progresiva desaparición de políticas culturales efectivas y evaluables. Con un sector cultural acomodado, en gran medida adocenado ante las políticas de subvenciones mal ejecutadas y una ausencia real de evaluación de programas y políticas. En algunos casos obviando algo tan básico como el público. Cuando llegó la crisis y sus recortes, tanto políticos con responsabilidad en materia cultural como gestores y creadores nos vimos con el paso cambiado, acostumbrados a una realidad que dio un giro más inesperado que radical (se está haciendo radical con el paso del tiempo). Nos vimos todos sin argumentos con qué responder de forma efectiva a los recortes, algunos incluso sin ganas de responder. Es fácil acabar con programas que llevaban años sin funcionar y con una utilidad dudosa, el problema real es que cayeron justos y pecadores. La reducción de los presupuestos en Cultura se camufló bajo la necesidad de un cambio de paradigma. Se anunció a bombo y platillo, tanto por gobiernos de izquierda como de derechas, extraña coincidencia, la necesidad y bondad de atraer financiación privada hacia la Cultura. Pero salvo frases y eslóganes demagogos nadie ha dado un paso real, es decir, útil y efectivo, en este camino que pese a que se presenta como único, en realidad es uno entre muchos. Porque pese a esta unanimidad política, insisto, extraña, lo cierto es que las pequeñas y tímidas medidas, anunciadas, eso sí, con fuegos artificiales, no han supuesto ningún paso real en esa unión de fondos públicos y privados para la Cultura ¿Qué cantidad de fondos privados se ha conseguido injertar en la Cultura española o andaluza? Y no se trata de que esta opción sea negativa, ese es otro tema, el problema viene porque se ha intentado implementar a toro pasado un cambio de paradigma cultural sin una política cultural real. Por no mencionar el riesgo que conlleva una excesiva mercantilización de la Cultura, por ejemplo la inclusión en el actual proyecto de Ley de Propiedad Intelectual de un canon de 5 euros por alumno que las Universidades deberán pagar a CEDRO por el uso que los alumnos harán de documentos en la nube universitaria o el canon que deben pagar las bibliotecas en Europa, un acto de barbarie social. Volviendo al inicio de este párrafo, en este país hace tiempo que ya no tenemos políticas culturales. Tenemos presupuestos culturales, programas culturales, acciones culturales, pero no políticas culturales, es decir, no tenemos un programa EVALUABLE, integral que aglutine distintas acciones de promoción y difusión de la creación actual y pasada, que sirva para aumentar el nivel cultural de la sociedad y de su educación, para ofrecer más y mejores creaciones culturales puestas en valor dentro y fuera de nuestras fronteras. Se ha impuesto, poco a poco, soterradamente, una visión exclusivamente economicista de la Cultura, como si lo importante de ésta fueran los beneficios económicos que genera o la cantidad de puestos de trabajo que crea y mantiene. La Cultura es uno de los grandes motores económicos de las economías desarrolladas, así de contundente y así de simple, los países con mayor desarrollo económico de nuestro entorno son en los que las políticas culturales tienen mayor peso. Pero es que aún así y no niego en absoluto la importancia del peso económico de la Cultura en un territorio, no es esto lo más importante de ésta. Por qué no se invierte o no se debe invertir en políticas culturales, únicamente porque se vaya a sacar un beneficio económico, eso llega si se me permite, casi de regalo y si no llega no pasa nada. Ojo, no confundir en absoluto con el despilfarro o la mala gestión económica, una correcta y exigente gestión tanto de los fondos públicos como privados destinados a la Cultura es una condición sine qua non a la hora de trabajar en la gestión cultural. Un Estado debe invertir en Cultura por los beneficios sociales y educativos que ello comporta.

Hace falta una reflexión profunda y ágil sobre la creación de las políticas culturales y aquí sí que es necesaria y urgente la colaboración entre lo público y lo privado, de lo político, lo técnico y lo creativo. Por separado ninguno conseguirá nada útil, sólo a través de un debate conjunto se podrán poner en común ideas, principios y acciones que de verdad lleven a una política cultural digna de tal nombre. Deben crearse cauces estables de comunicación, espacios de encuentro e intercambio de ideas y propuestas, donde se puedan realizar evaluaciones en tiempo real y de forma continua. Y hace falta empezar desde el principio, explicando porque es tan necesario que desde lo público se trabaje por la Cultura de un país, porque para una sociedad es tan básico tener personas cultas, educadas, conscientes de su realidad de ciudadanos, porque una democracia sin cultura no es una democracia real. Hace falta explicar que con más cultura seríamos menos pobres. Hay que explicar que cuando se habla de Cultura no se trata de ir un día al teatro, de leerse una novela o un cómic, ver una exposición o visitar un museo o ir a un concierto, se trata de asumir y adquirir hábitos. Hay que explicar que todo esto conlleva una transmisión de valores, de ideas y de actitudes, ante la vida y la sociedad, que nos mejoran como individuos y como ciudadanos, que nos ofrecen recursos y herramientas con las que enfrentarnos a la vida. Que nos dan consciencia y capacidad para analizar y criticar aquello que hacemos y que nos hacen. No se trata de una panacea que nos solucione la vida, más bien se trata de volver a encender la luz del faro.

Hay que definir, explicar y elegir entre los distintos modelos de financiación de las  políticas culturales que hoy día están sobre la mesa, de forma explícita o implícita. El modelo precrisis, en el que las administraciones publicas aportaban la gran mayoría de fondos económicos para la cultura y lo gestionaba directamente: el modelo anglosajón que actualmente está sobre la mesa en el que se busca promover el mecenazgo, reduciendo la aportación pública a la economía de la cultura y aumentando la privada; una tercera vía apuntada tímidamente en la que se mantiene el peso de lo público en la financiación y en la que se trata de dar mayor peso en la gestión a los profesionales independientes, como por ejemplo se ha hecho con la dirección del Reina Sofía y otros espacios museísticos públicos. Hace falta recordar que estos tres modelos pueden convivir dentro de un país, no es necesario elegir uno y denostar los otros. Que se abra la puerta al mecenazgo no tiene porqué implicar una reducción de los presupuestos públicos en cultura. Posiblemente en una acertada compaginación de estos modelos esté el camino del futuro.

Necesitamos en primer lugar una política cultural de base, dejar de centrarnos en las grandes exposiciones y conciertos y demás espectáculos y titulares y focalizar las políticas en acciones dirigidas a la creación de público y de creadores, especialmente, en mi modesta opinión, en el fomento de la lectura como prioridad. Y sobre esto, el gran eje sobre el que deben pivotar todas las políticas culturales debe ser el público, los ciudadanos. Con ellos en mente deben diseñarse las líneas básicas, los principios desde los que poder construir. No se trata de dejar de lado a los creadores, ni mucho menos, pero creo que la mejor ayuda a estos es crear público para sus propuestas. Desde esta perspectiva hay que pensar y trabajar en llevar la cultura a los centros educativos (colegios, institutos y universidades), a toda la población, incluida especialmente la rural, con programas segmentados por edades y localizaciones geográficas (no es lo mismo hablar de cultura a un joven de una ciudad de 200.000 habitantes que a un anciano de un pueblo de 5.000). Esta política tiene además una gran ventaja, es más barata y sostenible que la de los grandes fastos y crea un empleo que no se si mayor, creo que si, pero seguro más estable y sostenible. Debe ser esta política cultural de base la que marque en una medida importante (no la única) el desarrollo posterior de las distintas acciones que habrá que ir diseñando, desarrollando y modificando en razón de las evaluaciones. Estas acciones de base deberán tener en cuenta el valor y precio de las mismas. Por su propia filosofía la mayoría deberán ser  gratuitas, pero no todas y pese a la gratuidad se deberá hacer un esfuerzo por dar valor a las mismas, mostrando, explicando y divulgando su importancia, sus efectos y los esfuerzos que supone llevarlas a cabo. Y desde estas políticas de base, de público, se debería diseñar el resto del edificio, dando cabida a creadores actuales, consagrados y especialmente a los emergentes, con una visión práctica, innovadora y líquida, es decir, en constante cambio, adaptándose a las nuevas necesidades que irán generando las nuevas realidades, tanto de público como de creadores.

Con los ciudadanos como eje central, que no único, con evaluaciones continuas y compartidas, con una visión contemporánea de la Cultura, con la búsqueda de la excelencia, con el apoyo a los creadores emergentes, con una imbricación coherente y fuerte en el sistema educativo, con una gestión económica eficiente, con presupuestos públicos reales y consistentes, con la ayuda de la financiación privada, con el apoyo de las televisiones públicas, con el trabajo común de todos los sectores culturales, con todo esto podremos comenzar a volver a andar nuevo, a volver a encender la luz del faro que debe ser la Cultura en nuestra sociedad.

 

 


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