Lo que nadie cuenta…

Fernando Ollero | 21 de abril de 2017 a las 12:13

Hay cosas que nadie o casi nadie cuenta. A unos no les interesa, centrados en demostrar que las aglomeraciones son peligrosas. Otros porque las cofradías son una toma de la calle; si, tomamos la calle, llenamos horas de televisión, radio, generamos océanos de contenido en RRSS, y queramos verlo o no eso hay gente a la que le incomoda.

Nadie cuenta que al monstruo lo alimentamos nosotros mismos, unos por acción y otros por omisión. Los problemas que hay en nuestra Semana Santa terminan ocultando cosas muy hermosas, y sentimientos. Aunque parezca increíble, medio escondida ahí está la Semana Santa a la que le pusieron letra los poetas, la que describieron los pioneros en esto que llamamos hoy en día turismo cofradiero.

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Pocos, casi nadie diría yo, hablan de los nervios de más pequeños  al vestir la túnica nazarena, o la ropa de monaguillo. Nadie cuenta las emociones de esos niños y niñas, que han debutado en las bandas donde tocaron, o tocan sus padres. Nadie cuenta como se desmoronaron las ilusiones de un grupo de chavales y chavalas que vieron impotentes cómo horas y horas de ensayos rodaron por los suelos. Nadie cuenta los casos en los que para muchos mayores el mejor bálsamo es su papeleta de sitio y su túnica planchada.

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Nadie cuenta que acabamos de vivir una Semana Santa plena, han salido todas las cofradías; la primavera en Sevilla es como es, y que no haya sustos con la lluvia ningún día es una rara avis. Nadie habla de las botellas de agua en los canastos de los diputados de cofradías de negro ruán para evitar desfallecimientos. Nadie habla de aquellos que han refrescado los pies de los nazarenos que iban descalzos. Nadie cuenta esas manos que al amanecer ofrecieron un café al nazareno, cuando aún le quedaban largas horas de estación de penitencia.

Nadie cuenta la historia de los Guardias Civiles que escoltan a los pasos, muchos de ellos en Semana Santa aúnan su vocación y su profesión, con la devoción a sus titulares.  Nadie cuenta la historia de aquellos policías locales que antes de aprobar las oposiciones salían de nazarenos o acólitos, o tocaban en una banda, y ahora viven la Semana Santa de forma diferente, de servicio dentro de los dispositivos de seguridad desplegados.

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Nadie cuenta que posiblemente tengamos la Semana Santa más organizada de la historia, nadie cuenta  que los nutridos cortejos nazarenos de hoy en día pondrían los pelos como escarpias a nuestros tatarabuelos que veían como las cofradías tenían que intercambiarse nazarenos. Nadie cuenta que más allá de las críticas a algunas marchas, las bandas tocan más y mejor que nunca.

Nadie cuenta que más allá del negocio que supone para sus propietarios y/o arrendatarios, los bares en Semana Santa sirven para refrescarse, recuperarse y tener una animada tertulia entre cofradía y cofradía.

Nadie cuenta que tras los antifaces, bajo las trabajaderas, detrás de los pasos, hay creyentes y no creyentes; hay ateos convencidos a los que les duelen tanto los incidentes como a los más beatos. Nadie cuenta que las cofradías no son terrenos exclusivos de nadie, que cabemos todos. Nadie cuenta que la Semana Santa tiene un poco de la magia de la Navidad: momentos de reencuentros, de convivencia con los que viven lejos de Sevilla, de vuelta a casa por unos días.


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