Lo que nadie te va a contar sobre la Virgen del Rocío

Fernando Ollero | 6 de junio de 2017 a las 10:34

Vienen de vuelta las hermandades filiales del Rocío tras la procesión del Lunes de Pentecostés y se pueden leer y escuchar historias para todos los gustos, desde los devotos de la Virgen que llegan felices y sonrientes, hasta los más furibundos enemigos de la romería señalando lo que ellos consideran que es el lado menos amable de esta celebración, y como no, los trolls de todo a cien que buscan su minuto de fama.

No me voy a meter en el berenjenal de hablar de lo que no conozco, soy más de contar pequeñas historias, esas que no se ven, y desde luego no suelen plasmarse negro sobre blanco.

Virgen del Rocío

Por temas laborales una persona muy cercana a mí, muy devota de la Virgen del Rocío no pudo el año pasado hacer el camino con su hermandad, ni tan siquiera ir a la aldea para verla en la procesión. Los más fieles a la romería pueden hacerse a la idea del estado de ánimo en el que alguien puede caer ante tal coyuntura. Con estas, llevé a esta persona al Rocío a rezar ante la Virgen el siguiente fin de semana al Domingo de Pentecostés. Estando en la ermita coincidimos con lo que a simple vista podía parecer una excursión, una de tantas, de gente que entra en una iglesia como el que va a ver un museo. Nada más lejos de la realidad, el grupo iba encabezado por un sacerdote. Nos sentamos en un banco al ver como estaban preparando la mesa de altar y las lecturas para la celebración de la eucaristía. Si, escuchamos misa y en italiano, lengua natal del grupo con el que coincidimos. No hay palabras para describir el amor que desprendía el grupo hacia María Santísima; sabían perfectamente donde estaban y lo que significa el lugar que pisaban. La celebración terminó, no podía ser de otra forma, con el rezo de la salve.

Reconfortados espiritualmente, mi acompañante y yo nos dirigimos primero a la tienda de recuerdos de la ermita, y después a la capilla votiva para depositar nuestra ofrenda a la Virgen del Rocío.

Un año después, vuelta a las mismas, el cuadrante de trabajo de esta persona le volvía a impedir hacer la peregrinación de Pentecostés a la aldea del Rocío con su hermandad, ni tan siquiera ir a ver la procesión. Dios aprieta pero no ahoga, cercana ya la fecha de la romería un compañero de trabajo le pide un cambio de turno para poder asistir a una celebración familiar, la fecha en la que necesitaba librar era precisamente el Domingo de Pentecostés.

No hay palabras para describir la emoción de esta persona ni la alegría que iluminaba su rostro tras asistir al salto de la reja, y la procesión de la Virgen del Rocío, con su medalla al cuello; aun con la circunstancia de tener que volver de la aldea con premura, ya que la tarde del lunes tenía que trabajar.

Ahora me cuentan una de indios y vaqueros sobre la romería más famosa de España, la forma que tienen los almonteños de portar a su patrona, de peregrinos metepatas, del cante y baile en la romería, lo que se bebe o deja de beber, y esas cosas de las que le gusta hablar a aquellos que lo que tienen es una envidia tremenda de las cosas que hacemos en el sur. Eso si, de la devoción a la Virgen María, y de la fe muchos no dicen ni mú.

Como también pueden contarme una de romanos sobre que los andaluces estamos todo el día de cachondeo. Oiga, aquí quien más y quien menos cuadra sus obligaciones personales y laborales para poder ir al Rocío, o a donde sea.


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