Jack el Destripador

Manuel Gregorio González | 19 de junio de 2012 a las 0:26

Tarde o temprano, alguien vería en el Destripador la obra de una dama victoriana. Antes se había acusado a los judíos, a un polaco, a un leguleyo, a un príncipe inmaduro, a la Orden Masónica, a sir William Gull, al pintor Walter Sickert; incluso al Hombre Elefante, el desdichado Joseph Merrick, cuya monstruosa deformidad languidecía en el Royal London Hospital, a unos metros de Whitechapel… Conan Doyle, de visita en Scotland Yard, señaló que el Destripador era  norteamericano y que se habría disfrazado de mujer para eludir el cerco policial. El célebre vidente Robert James Lees, sin embargo, creyó adivinar, a bordo de un tranvía, que el asesino era el médico del Príncipe Eduardo.

Obviamente, quién fuera el Destripador hoy carece de importancia. Transcurrido más de un siglo (los crímenes ocurrieron en el otoño de 1888), los personajes de aquel drama no son más que una vasta galería de fantasmas. Ahora hemos sabido que John Morris, un escritor británico, sostiene que el Destripador era Lizzie Williams, esposa del médico de la reina Victoria. En 1995, Evans y Gainey trataron de probar que Jack the Ripper había sido Francis J. Tumblety, un ginecólogo estadounidense implicado en el asesinato de Abraham Lincoln. No es ése, en cualquier caso, el origen de este mito moderno. El mito del Destripador, su fascinación perdurable, no se basa en el enigma de su identidad, sino en las condiciones que lo hicieron posible: una fue el hacinamiento de las grandes urbes; otra, la enorme difusión de la prensa británica. El historiador Andrew Cook concluye que Jack the Ripper fue un invento del Star para incrementar su tirada. Pero es la gratuidad de los crímenes, su espantoso carácter arbitrario, el que sigue propiciando toda clase de teorías. Este nuevo criminal, aleatorio y sin rostro, es hijo necesario del anonimato; es el hijo brutal y espurio de la metrópoli. Su móvil no es el lucro, la lujuria, sino el terror que suscita en una multitud perpleja y abrumada. Así, el Destripador se burla del inspector Abberline (“Ha, ha, ha! Catch me if you can”), mientras injuria a sus víctimas en la noche neblinosa de Whitechapel. Hombre o mujer, ha descubierto la pureza del criminal sin móvil. Ese mismo año nacerá a las imprentas Sherlock Holmes; su  método, de extrema sencillez, ha prescindido ya de las motivaciones. Holmes busca indicios, vestigios, huellas que vinculen al criminal con su arma, en un Londres jeroglífico y desmesurado. Nadie buscó las huellas del Destripador en 1888. Parte de su misterio radica ahí, en esta deficiencia técnica.

  • Manuel

    Larga vida al Arte Inútil! Vaya tela, otro blog que voy a tener que seguir.

  • Algasbuenas

    De aquí al Twitter hay un paso. From hell!

  • David

    Añado el retrato post moderno que un victoriano del siglo XX, Alan Moore, tuvo a bien enseñarnos los pasados (y laxos, añado) años noventa.
    From Hell. http://es.wikipedia.org/wiki/From_Hell

  • Alfonso

    Un abrazo de bienvenida, por fin un blog con criterio y no como los del cine, que pegan dos imágenes y se creen la bomba. Pedazo de mejillones los del bar “Arenal”.

  • Manuel Gregorio González

    En efecto, se me olvidó incluir el cómic de Moore entre las referencias. Gracias, querido, por recordármelo. Un abrazo.

  • Faroni

    ¡Qué arte, miarma! Inútil y gratis total, ¿qué más se puede pedir? El problema es que desde Altamira todo está ya dicho en arte. Pero enhorabuena…


Comentar


Nombre (Obligatorio)

Correo electrónico (Obligatorio)

Página web (Opcional)

El autor, en este espacio, se limita a recoger la opinión y contenidos de los lectores, por lo que no se hace responsable de los mismos. Si encuentra algún texto ofensivo, erróneo o alguna opinión que no sea respetuosa, le rogamos que nos lo haga saber