Ecce Homo

Manuel Gregorio González | 9 de septiembre de 2012 a las 23:17

La atrevida impericia de doña Cecilia Giménez, no exenta de un candor antiguo, ha vuelto a la actualidad, no sólo el tema de la restauración, sino el viejo problema de la autoría, tan cercano a los posmodernos. ¿Qué cosa es restaurar? ¿Cuándo empezó a restaurarse? ¿Quién es el autor -los autores- de una obra restaurada? Doña Cecilia parece decantarse, de modo natural, por el magisterio de Viollet-le-Duc, cuya primacía sobre la restauración del XIX fue sólo comparable al influjo de John Ruskin y su The stones of Venice. Hay una diferencia crucial, en cualquier caso: Le-Duc es un intervencionista -un restaurador-, en el sentido más amplio e invasivo del término, mientras que Ruskin sólo aspira a la conservación; vale decir, al pausado envejecimiento de las piedras y a su noble derrota.

La restauración, en suma, es hija del Romanticismo y el hierro. ¿Quién es el autor de la Carcasona protegida por la Unesco? En buena parte, don Eugène. Allí, el Románico triunfante, su antigüedad almenada, es un medievo visto ya con el ojo historicista y el paso épico del XIX. Algo similar cabría decir de Edimburgo. La ciudad de Conan-Doyle y Stevenson, la Atenas del Norte de Adam Smith, es, en cierto modo, el pastiche romántico de un burgo medieval, obrado por la imaginación de Walter Scott. Ruskin, sin embargo, trepado sobre una Venecia en ruinas, frente a la limpia arquitectura de San Giorgio Maggiore (“this pestilent art of the Renaissance”, escribe pensando en Andrea Palladio), ha descubierto que la ciudad es una criatura viva y misteriosa, cuya ancianidad hay que respetar, paliando sus dolencias, pero sin acudir al afeite. He aquí por qué decíamos antes que doña Cecilia parece más próxima a Carcasona que a Venecia, siendo lo cierto que la autoría múltiple, tema medieval y slogan posmoderno, también aflora en su asombrosa intervención terapéutica y forense.

Según Burckhardt, no es hasta el Renacimiento cuando la autoría, el prestigio individual, se convierte en una cuestión central del arte. A partir de ahí, se inicia la larga conversión del artesano en artista. Recordemos que el maestro Mateo, autor del Pórtico de la Gloria, es apenas un velado fantasma. Y una infinidad de canteros, miniaturistas, pintores y poetas  del Medievo se pierden en la profunda bruma histórica. El anonimato del Mío Cid, o incluso el Quijote de Avellaneda, ya despuntado el XVII, nos hablan de una co-autoría habitual, sucesiva, no en exceso problemática. También lo hacen, en otro sentido, los talleres de pintura y la difícil atribución de sus obras. Mucho más lejos, un espectral Homero, ciego y errante, nos recuerda que sólo fue el rapsoda, no el autor, de una fábula milenaria y sangrienta. Y en esta punta de la Historia, la Posmodernidad descubre la inter-textualidad como un agua lustral de la que emerge, numeroso y esquivo, el artista. ¿Significa esto que doña Cecilia Giménez es una autora de vanguardia y no una modesta pintora de pueblo? No quisiéramos llegar a tanto.

Hace unos meses, hemos podido contemplar una restauración admirable. En El vino de la fiesta de San Martín, de Brueghel el Viejo, el oficio de la restauradora  nos permite ver la obra tal y como, probablemente, la ejecutó el pintor. Sobre la tela, es la extrañeza de un mundo lo que se ha revelado a nuestros ojos. No su interpretación actual, sino un mundo impenetrable y vivo, que no nos pertenece. A pesar de ello, Brueghel nos habla. Aquel aire carnavalesco, aquella multitud pagana (el orden invertido, la corona de Baco), pervive de algún modo en este ingenuo folletín del Ecce Homo.

 

  • José María

    Enhorabuena por el artículo, D. Manuel. No sabía ni su autoría pero cuando he visto su firma no me he asombrado. Claro, conciso y, además, estoy completamente de acuerdo con lo que en él se vierte: la no siempre clara línea entre la restauración y el pastiche. Ya veo que mi deseo de que Dios repartiera suerte se ha hecho realidad antes de tiempo.

  • María

    Enhorabuena por esa imaginación de altos vuelos que parte de Doña Cecilia, sobrevuela Edimburgo y Carcassone, a lo lejos Homero, Brueghel, el Mío Cid, Avellaneda… y aterriza en el Ecce Hommo. La capacidad de asociación es francamente asombrosa e interesante.
    Un abrazo, María Marañón.
    En esta mañana caótica de vagabundeo por internet, no sé cómo, he descubierto tu blog y voy a inspeccionarlo.

  • Cante flamenco

    De la forma que sea, considero que en cualquier caso lo importante es conservar en un estado decente todo tipo de obras de arte para que las generaciones venideras también puedan disfrutarlas.


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