Durero, Vermeer, Lorena

Manuel Gregorio González | 27 de abril de 2013 a las 23:24

Durero toma la precaución de señalarlo en el grabado que dedica a Erasmo: “vivam effigiem deliniata”. Con esto indica una novedad que aún no se ha extendido sobre el siglo. Durero está retratando del natural; aunque tardará algunos años en completar el retrato. Del primer hecho (el uso de un modelo), se desprende la nueva atención que el hombre presta al detalle observado, a la catalogación del orbe. Cuando comience el XVII, Bacon escribirá que contempla “la historia de las artes como una clase de historia natural”. No en vano, Bacon, aquel temible lord Verulam, Canciller de la monarquía Estuardo, ha escito al comienzo de su Teoría del cielo: “Habida cuenta de las dificultades que por todas partes se presentan deberíamos darnos por satisfechos si pudiéramos sostener algo plausible”. La pintura, pues, y con ella las ciencias y las artes, se han vuelto hacia la realidad, hacia la observación minuciosa y una datación exhaustiva. Es la hora del retrato, del paisaje, del mundo circundante, “vivam effigiem”. El Erasmo envejecido que Durero acuña con su buril es, en consecuencia, un Erasmo verosímil, paciente, fidedigno. “Troppo vero”, dirá Inocencio X cuando lo retrate Velázquez, algo más tarde. Este hombre de Roterdam, no obstante, es junto con Montaigne la cabeza más ponderada, más humana, de su siglo.

Del segundo hecho (el retraso de Durero en completar la efigie), se infiere una larga duda religiosa: aquélla que hace oscilar al pintor entre la admiración a Erasmo y las tesis de Lutero en Wittenberg. Del humanismo del primero saldrá la oceánica melancolía de Cervantes; del triunfo de la Protesta vendrá la prohibición de la pintura sagrada, tan cara a Roma; vendrá la gran pintura holandesa del XVII.

 

Todorov, en su último ensayo, Elogio de lo cotidiano, señala esta particularidad de la Protesta: La pintura religiosa será sustituida por el retrato, la vista panorámica y la intimidad burguesa. La Compañía holandesa de las Indias Occidentales hará de la burguesía una nueva clase: ésa que se exhibe y se despliega, silenciosamente, en los cuadros de Vermeer. Así, pues, la religión ha sido orillada por un decoroso fasto, nacido del comercio. Sin embargo, se hace necesaria una pregunta. En la obra de Vermeer (y Vermeer era católico), ¿no estamos ante una manifestación religiosa? ¿No es toda esa exuberancia un signo de la Predestinación? ¿No cabe leerla como una estricta epifanía calvinista? El astrónomo y El geógrafo de Vermeer hacen, ante nuestros ojos, una meticulosa medición del globo. De sus cálculos saldrá la vasta explotación comercial del XVII, que ha traído productos de Ultramar a los puertos de Holanda, y que ahora se nos ofrecen, refinados y ocultos, bajo la cruda luz del norte. Acaso, los hombres y mujeres de Vermeer, de Ter Borch, de De Hooch y de Frans Hals, no celebren un lujo discreto y apacible; acaso ya se sepan -así lo señala su riqueza- elegidos por el nuevo Dios de Jean Cauvin.

 

Lorena y Poussin se han conocido en Roma. A última hora, Poussin pintará paisajes puros, quizá influido por el nuevo amigo. En Lorena, no obstante, se ha infiltrado una categoría que determinará los siglos venideros: la melancolía. Durero la ha figurado, pensativa, bajo una estrella errante, asediada por instrumentos de cálculo, en uno de sus buriles. Sin embargo, en las lejanías evaporadas de Lorena, no es sólo una distancia espacial la que se despliega; es también, y principalmente, una distancia temporal, resumida en las ruinas y edificaciones clásicas. El hombre, ahí, un hombre desacralizado, es ahora sujeto de la Historia, eco del tiempo, víctima de un arenoso olvido.

Durero grabador. Del Gótico al Renacimiento. Biblioteca Nacional. Hasta el 5 de mayo.

Elogio de lo cotidiano. Tzvetan Todorov. Galaxia Gutemberg.

El paisaje nórdico en el Prado. Museo de Bellas Artes. Sevilla. Hasta el 2 de junio.


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