Romero de Torres

Manuel Gregorio González | 24 de octubre de 2013 a las 23:27

La Buenaventura. 1922

Es extraña la lectura que se ha hecho de Romero de Torres. Se le acusa de folklórico, pero el folklorismo es un intento de fijar y acuñar la tradición; vale decir, es el modo científico de inventarla. En la gran pintura de Romero de Torres ocurre justamente lo contrario: sobre un fondo de azules Patinir, es la realidad, su corpulencia diurna, aquello que se diluye a nuestra vista. A esto cabe añadirle otro mayor misterio. A la manera de Hoyos y Vinent (El pecado y la noche fue una de las novelas del aristócrata madrileño), en Romero de Torres hay una ofrenda de los cuerpos, hay una oscuridad larvaria, hay una tentación y un extravío de los sentidos que, si bien se surten del tipismo andaluz, lo utilizan ya para otra cosa. Esa cosa es el simbolismo. Ese idioma es la modernidad. Y en esa modernidad la mujer es, como lo fue en Gustave Moreau, en Klimt, en Delacroix, en Rosseti, en Eduard Munch, como lo fue en Anglada-Camarasa y Oscar Wilde, la oficiante de un rito de salvación y de sangre. Erika Bornay ha señalado esta conversión de lo femenino en un símbolo equívoco, ambivalente, entre la expiación y el crimen, en Las hijas de Litith.

Judith con la cabeza de Holofernes. 1901

Por otra parte, la obra de Romero de Torres es la trasposición pictórica del mundo lunar y sexuado de las Sonatas de Valle. También del Romancero gitano de García Lorca, cuyo imaginario es, en sentido estricto, el mismo que el del pintor cordobés. Esto significa que el bronce de los Camborios, su fúnebre palidez, ha asomado antes por los lienzos de Romero de Torres. Y el “horizonte de perros” que cantó el granadino quizá tenga la montuosidad y el brillo crepuscular de un paisaje de Córdoba. Valle ha definido con exactitud el oficio que los ocupa: “Y todas las cosas decían una verdad que los hombres aún no saben entender”. Esa verdad desnuda e indecible es la que ha tomado cuerpo en la pintura de Romero de Torres. Sin duda, es un cuerpo de mujer. No obstante, su blancura y su luz, los vientres ofrecidos, remiten ya a otro mundo.

Valle-Inclán con Romero de Torres y la actriz María Banquer. Madrid, 1926

Julio Romero de Torres. Entre el mito y la tradición. Bellas Artes de Sevilla. Hasta el 12 de enero.


Comentar


Nombre (Obligatorio)

Correo electrónico (Obligatorio)

Página web (Opcional)

El autor, en este espacio, se limita a recoger la opinión y contenidos de los lectores, por lo que no se hace responsable de los mismos. Si encuentra algún texto ofensivo, erróneo o alguna opinión que no sea respetuosa, le rogamos que nos lo haga saber