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Torres, Voltaire, Conan Doyle

Manuel Gregorio González | 24 de abril de 2014 a las 23:42

Voltaire, détail du visage (château de Ferney)

Es probable que el primer relato policial que conozcamos sea el Tratado de la tolerancia de Voltaire. Ahí, monsieur Arouet establece, sin lugar a dudas, que el suplicio y la ejecución de Juan Calas, un comerciante de Tolosa, fueron obra del odio religioso, y no de una acumulación de pruebas. Obviamente, la intención de Voltaire es sobreponer la Razón, el derecho civil de Cesare Beccaria, al influjo y la malversación de un credo. No obstante, la estructura que adopta su relato es la propia de una indagación, donde se prueba la inocencia de un hombre ajusticiado, y se denuncia tanto la monstruosa ira de la plebe, como la cobardía de los jueces.

Sueños de el doctor don Diego de Torres. 1736

Hay un relato anterior, sin embargo; un relato de ruidos y fantasmas, escrito por Torres Villarroel en alguna parte de su Vida. En dicha relación se cuenta cómo el astrólogo Torres, Gran Piscator de Salamanca, es llamado por la condesa de Arcos a cuenta de unos golpes que se producen, a cierta hora de la noche, en las habitaciones altas de palacio, situado en la calle Fuencarral. Nadie ha podido determinar el origen de los ruidos y la servidumbre se niega, tras reiterados episodios, a subir a a la  planta. Entonces, Torres acude, espera, se arma con una espada orinienta, y cuando está a punto de desistir, unos golpes formidables vuelven a sacudir la casa. Hasta ahí, la narración se ha dirigido con escepticismo y desembarazo. Digamos que hasta ahí, Torres se comporta como un observador diligente, que hace burla de la superstición del vulgo y pretende desentrañar un sencillo y aparatoso misterio. Pero cuando Torres entra en la habitación, sus escepticismo se evapora. Y la repetición de los ruidos, violentos y ensordecedores, lo hacen salir a rastras, preso del espanto. Tras este desenlace, podríamos concluir que Torres fracasa al aplicar la razón a un hecho inexplicable. No obstante, la importancia del relato es justo la contraria: a pesar de su final, Torres se dirigió como un investigador, como un sujeto de razón, para enfrentarse al terror y a una violencia informe, de naturaleza desconocida.

Conan Doyle y Harry Houdini

Esta misma basculación: el raciocinio sobrepuesto a lo terrible, es la que encontraremos, en el siglo siguiente, en Thomas de Quincey y en Edgar Allan Poe. No el escrupuloso, no el ático razonamiento del filósofo. Sino la razón aplicada al mal, a una cordelería sangrienta que parece dirigir las acciones humanas. Escuchemos a un trémulo Sherlock Holmes al final de su relato La caja de cartón; escuchemos lo que dice a su biógrafo-ayudante: “Qué sentido tiene todo esto, Watson? -dijo Holmes solemnemente al concluir su lectura-. ¿Qué objetivo persigue este círculo vicioso de sufrimiento, violencia y miedo? Tiene que existir alguna finalidad, pues de lo contrario significaría que el universo se rige por el azar, lo cual es inconcebible. Pero ¿cuál puede ser esa finalidad?”. Conan Doyle encontrará dicha finalidad en el espiritismo. Lo cual significa, en última instancia, que a la supremacía de la razón le impuso una finalidad teológica. Esa parece ser la consistencia del relato policial. También el carácter híbrido del XIX industrioso y positivista. Una razón instrumental, una inteligencia superior, de inusitada eficacia, que orbita en pos de una oscuridad levítica: la oscuridad del Mal, la huella de un Bien postergado y amargo. El libro publicado ahora por La Felguera, Sherlock Holmes contra Houdini, no nos permite pensar de otro modo. Houdini es ahí la inteligencia clara y la razón abstracta. Doyle, lastrado por la enfermedad de su siglo, persistirá en la búsqueda de hadas y ectoplasmas que revelen, al cabo, el improbable rastro de la dicha.

El hada ofrece flores a Iris. Elsie Wright y Frances Griffiths. 1917