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Ortega y la técnica

Manuel Gregorio González | 22 de junio de 2014 a las 13:41

José Ortega y Gasset

En su Meditación de la técnica (1933), Ortega define la condición humana como una sobrantía, como un exceso, como un caudal superfluo, hijo mediato de sus habilidades técnicas. Quiere decirse que el hombre, para Ortega, es consecuencia de aquello que la técnica propicia. ¿Y qué es lo que propicia el uso ordenado, preciso, de la técnica? Principalmente, tiempo, comodidades, cierto grado de bienestar y, en suma, la posibilidad de ocuparse en lo que de verdad importa. Bien es cierto que lo importante para el hombre es algo que ha variado con cada época (el negocio de la salvación, la felicidad del Setecientos, la libertad romántica, la prosperidad industriosa de entresiglos, etc.); lo que no varía, en ningún caso, es esta intención de proporcionarse, mediante el uso de herramientas, un paréntesis de meditación donde la humanidad del hombre, donde su imaginativa orfandad se despliega.

Tiempos modernos

Ahora cabría preguntarse cuál es el ideal que caracteriza nuestra época. Y aquí es donde viene el problema. El ideal del hombre moderno, según Ortega, es la propia técnica. Vale decir, el intermedio, el paso, el propio engranaje que permitió, durante siglos, la aventura humana. Si hemos de hacer caso a don José, el hombre actual carece de ideales por esta glorificación del saber técnico, del que ya no somos sus dueños, sino sus meros instrumentos. Lo cual equivaldría a una nueva e inopinada forma de barbarie. No debemos olvidar, en cualquier caso, que esta minoración de lo humano -en rigor, esta supresión de lo humano, orientado a la máquina- está escrita antes de que la gran industria se perfeccione en la segunda mitad del XX. La técnica, para Ortega, es todavía ésa misma que figura, enérgica y brillante, elástica y humanizada, en Marinetti y Lempika. Los grandes transatlánticos, el vértigo de la aviación, la urgencia felina de los descapotables, remiten aún al ámbito de lo mecánico, de lo biológico (o en un sentido más preciso, de la fisiología). Cuando llegue el televisor, cuando la publicidad, todavía párvula en el XIX que glosó Walter Benjamin, subyugue el entendimiento de los espectadores, dicha transferencia no será posible.

Autorretrato en el bugatti verde. 1925

El televisor es, en sentido estricto, ajeno a la metáfora. Y será su potente imaginería, lanzada hacia el espectador, quien ahorme nuestros sueños. Entonces sí, el hombre habrá entrado en servicio de la técnica, de un modo más eficaz e imperceptible. Una técnica enfocada al consumo, a la perplejidad, al olvido, a la acuciante necesidad de lo nuevo, que Galbraith definió como La sociedad opulenta. A esa suspensión de la voluntad, a esta inmersión en un presente sin forma ni contornos, se le ha llamado posmodernidad. Ortega es todavía pensamiento en el tiempo. Lipovetsky, Derrida o Baudrillard son ya pensamiento espacial, deliberadamente al margen del acontecer histórico.

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