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Velázquez, Finkielkraut, Stoker

Manuel Gregorio González | 7 de noviembre de 2014 a las 23:01

La educación de la Virgen. Atribuido a Velázquez

Según Jonathan Brown, La educación de la Virgen,  expuesta ahora en el antiguo convento de Santa Clara de Sevilla, es una obra menor de primeros del XVII, en ningún caso atribuible a Velázquez. En opinión del erudito, dicha atribución se debe más a los méritos de la restauración que a la propia valía del lienzo primitivo. Cabría la posibilidad, por otra parte, de que Velázquez hubiera tenido unos comienzos torpes y dubitativos, y que esta Virgen sevillana se debiera a una mano todavía inexperta; sin embargo, la pericia juvenil del pintor es conocida en exceso para sostener tal juicio. Quedaría, pues, en el caso de que el hispanista tenga razón, el aire de época, la sedimentación histórica, como causa de atribución de la obra. Y ese aire de época es, indudablemente, aristotélico (vale decir, apoyado en la Poética de Aristóteles). La estética de la Contrarreforma utilizará la imitación, la metáfora, la seducción, la solicitud inmediata del espectador, como arma de instrucción y prédica contra la Protesta. Ahí, tanto los cuerpos lacerados como el ingenuo patetismo de las Inmaculadas (o esta Virgen escolanda hoy en disputa), muestran a lo vivo el drama cósmico de las Escrituras. Se trata, pues, de exteriorizar, de simular, de patentizar un credo ante una masa ávida y pobremente letrada. Se trata, en consecuencia, de la educación y el adoctrinamiento de los súbditos, cuyo verdadero relieve, manifiesto ya en en el XVII de las monarquías absolutas, se hará visible en la pugna ente jesuitas e ilustrados en la Francia del Setecientos. Velázquez, en cualquier caso, no es un “propagandista” al uso; y ésa es una de las razones aducidas por Brown para negar su autoría. En otra dirección y otro sentido, el hallazgo de Velázquez, su solitaria primacía, consistió en figurar a los dioses con la fragilidad y la pesadumbre, con la difusa opacidad de lo vivo.

Alain Finkielkraut

En su último libro, Finkielkraut muestra el combate por la educación que, todavía hoy, se da en la república francesa. Ya no se trata de la orden de Loyola contra las Lumières dieciochescas. Y sin embargo, es una cuestión religiosa; o como prefiere decirlo Finkielkraut, multicultural, que desdibuja y derruye el viejo laicismo republicano. En última instancia, se trata de las diversas identidades (La identidad desdichada es el título del ensayo), que sobrepujan y obseden el derecho de ciudadanía para aprontar una concepción religiosa de la existencia. El antiguo republicanismo desplazó la religión al ámbito de lo privado, dejando la escuela para los hechos, para los conocimientos no sujetos a debate. En las últimas décadas, no obstante, la Liberté emergida de las guillotinas (“he cruzado un mar de sangre”, nos dirá Chateaubriand en sus Memorias de Ultratumba) se usa hoy contra el propio concepto de ciudadano. Parece que el viejo gregarismo étnico-religioso, nacido con la reacción romántica, se considera hoy más solemne, más puro, más veraz, que la conquista de la igualdad de derechos. El problema, pues, vuelve a ser la identidad. Y la identidad, como ya se ha dicho, fue un singular invento del siglo decimonono.

James Georges Frazer. 1854-1941

Paradójicamente, en dicho libro, Finkielkraut acaba buscando una identidad francesa que radique en las viejas familias bretonas, gasconas, etcétera, y en las costumbres intocadas de la Francia rural. También se pregunta cómo es posible que, en nombre de la raza, se cometiera la incalculable injuria del nazismo, apoyada en una irreprochable aptitud científica. Hay que decir que Finkielkraut se equivoca en este punto. Y se equivoca porque es la aptitud científica del XVIII y el XIX la que llevará a los hombres del Romanticismo a buscar una prueba irrefutable, un indicio concluyente, que otorgue veracidad al impulso primario de distinguirse. El folckore, la lengua, los rasgos fisiológicos, no fueron sino intentos científicos de aprehender lo inaprehensible. Y es el hombre cultivado de aquella Europa, desvanecida ya la malla teológica que lo sustentaba, quien buscará científicamente aquello que permanece, por su propia naturaleza, al margen de la ciencia. La última versión cinematográfica de Drácula nos presenta a un joven pacifista convertido en vampiro. Pero el Drácula fabulado a finales del XIX es justamente lo contrario. La criatura de  Stoker representa el derecho de sangre, el mundo como heredad, el lazo indisoluble del hombre con sus dioses (no olvidemos que Stoker había leído con devoción La rama dorada de Frazer). Esto significa que Drácula es, ante todo, un linaje, y una forma bélica y sagrada de desplegarse ante el mundo. Drácula es, pues, la figuración monstruosa, la formulación literaria, del temblor folcklórico y esencialista que sacudió a su siglo. Un temblor que en Van Helsing se nos presentará, no con los ropajes de la conversión, sino como fruto de la orfandad teológica del científico y como hijo de la inestabilidad del  burgués, que aún vive girado, fascinado, atemorizado -esperanzado, en fin- por la huella de lo trascendente.

Cartel de Drácula, la leyenda jamás contada

Drácula en Galicia

Manuel Gregorio González | 1 de agosto de 2012 a las 22:23

Es en el Tratado sobre los vampiros del padre Calmet, publicado en París en 1751, donde se da noticia puntual de esta criatura de los Cárpatos. Más tarde, Hoffmann, Maupassant, Le Fanu, Poe, Stevenson, Gautier, Potocki, Polidori, serán quienes propalen su atávica voracidad nocturna. No obstante, parece claro que sólo el Drácula de Stoker (1897) alcanza el inequívoco grosor del  mito. Un mito de la modernidad, en cualquier caso, donde la actividad fabril de la metrópoli, el Londres victoriano de Oscar Wilde, John Ruskin y Conan Doyle, se nos presenta bajo la capa un sanguinario caudillo székely.

En La Coruña, una estupenda exposición recorre la figura de Drácula, sus orígenes y su evolución, desde las leyendas magiares a las modestas películas de la Hammer. Se olvida una cuestión previa, sin embargo: ¿Qué buscó -qué encontró- el XIX en el personaje de Stoker? ¿Qué fuerzas latentes se resumen en él, convirtiéndolo en parte viva del imaginario fin de siècle? Es sabido que, tras su publicación, muchos lectores creyeron en la existencia real de Drácula (nueve años antes, ya había ocurrido con Sherlock Holmes); y no fue menor el  entusiasmo que saludó la versión teatral en ambos lados del Atlántico. Esto significa que Drácula pulsó, de algún modo, un nervio medular de la época. Y ese malestar quizá se deba a la doble condición de folletín burgués y drama teológico que la obra despliega.

En Drácula se solapan un mundo que muere y el mundo que nace. El mundo crepuscular, heráldico, signado por la divinidad, de las viejas castas nobiliarias -léase el vampiro-, y la trepidación burguesa, su laboriosidad incesante, recogida en las figuras de sus persecutores. Todos ellos, incluido Lord Godalming, representan a un siglo industrioso, donde la riqueza es fruto del propio esfuerzo, y no de una vaga relación consanguínea. Todos ellos, repito, se ven amenazados por una fuerza atávica, irracional, nebulosa, que perecerá finalmente por las habilidades y prodigios de la nueva ciencia. ¿No es acaso la sabiduría de Van Helsing, la puntualidad de los trenes, la efectividad de los winchester, el cruce de telegramas y diarios, lo que permite acorralar a la bestia? ¿No es acaso la bestia un producto de la tradición, de la tierra, una criatura teológica, escindida del orbe medieval? ¿No es el vampiro una forma refinada de la Naturaleza, Naturaleza él mismo, señor de los lobos, niebla nocturna? En Drácula, pues, se escenifica un amargo triunfo: el triunfo de la racionalidad burguesa sobre las antiguas fuerzas que coparon una vez el mundo.

Esas fuerzas, de índole irracional, libres ya de la coerción diurna, vendrán bajo el auspicio de la noche: el escalofrío del sexo, la violencia y la sangre, la eternidad como una forma de condena. Van Helsing, tras la ebriedad del holocausto, teme haberse convertido en un “loco de Dios”. Lo cierto, sin embargo, era lo contrario. Muerto el vampiro, el XIX cientifista, el conocimiento empírico, había aniquilado el último vestigio -magnífico y terrible- de lo sagrado.

 

Drácula, un monstruo sin reflejo. Cien años sin Bram Stoker (1847-1912). Fundación Luis Seoane. La Coruña. Hasta el 7 de Octubre.