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El cuerpo ideal

Manuel Gregorio González | 7 de mayo de 2015 a las 19:41

El manantial. Ingres. 1856

El cuerpo, el cuerpo ideal, el cuerpo como molde académico sujeto a norma. En El canto del cisne, cuidadísima exposición de la Fundación Mapfre, podemos ver una excelente muestra de aquel impulso normativo, heredado del XVIII, que nutre al academicismo francés del XIX y alumbra a los prerrafaelitas victorianos. Gombrich, en su Arte e ilusión, se aproxima a este asunto desde una perspectiva insólita. Se trata de una intuición apenas, de una idea en esbozo; y sin embargo, estamos ante una terra ignota. Dice Gombrich que la norma clásica, su simetría, su proporción, su belleza previsible, fue el modo de esquivar, mediante la convención, la sombra de un terror primigenio. Dicho terror no era otro que el terror a la creación, el miedo del hombre a inmiscuirse en un poder sagrado (recuérdese el episodio del becerro de oro que se narra en el Éxodo). Un terror, por otra parte, que hoy escenifican, en su pureza bárbara y antigua, los iconoclastas del estado islámico.

E. H. Gombrich. 1909-2001

Este miedo a crear, a dar vida, a suplantar a los dioses, se conjuró así mediante normas y medidas que rebajaron lo individual, que amortiguaron lo real, hasta disolverlo en un promedio abstracto. Se trataba, en fin, del pavor a lo concreto, a lo perecedero -a una réplica fidedigna de lo vivo-, como fruto de la labor humana. Lo cual nos lleva al mito de Pigmalión y a este reverso inesperado que señala Gombrich. Si Pigmalión rogó a los dioses que otorgaran vida a la escultura amada, con esta indicación de Gombrich nos encontramos ya ante el espanto sacro que antecede, que acompañó en la Antigüedad a tal deseo. Sin duda, el hombre Pigmalión soñó dar vida a la mujer tallada por él mismo. Pero en ese sueño hubo de habitar una sospecha. Al asimilarse a un dios, al mostrarse émulo de su arte, Pigmalión se habría condenado a desatar fuerzas terribles. Unas fuerzas puestas en marcha durante la Creación, y que no es dado conocer al hombre, si no es a un precio intolerable.

La escuela de Atenas. Rafael Sanzio. 1511

La Academia, entonces, cualquiera de las academias desde tiempos de Apolodoro y Fidias, sería no el fruto del conocimiento, su producto normalizado. De un modo vago y soterráneo, sería el tributo de la razón a una divinidad silente, a una cólera antigua.

PS: Sólo de un modo parcial, podemos emparentar esta tesis de Gombrich con el Bataille que postula la cultura, el erotismo derivado de ella, como el modo en que la especie humana habría sorteado un terror abisal y un limo originario.