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Damien Hirst

Manuel Gregorio González | 25 de junio de 2012 a las 15:32

Vargas Llosa define a Damien Hirst como un “honesto embaucador”. Su arte le parece tedioso, previsible, ignaro, carente de cualquier destreza. Aun así, el Nobel reconoce la sinceridad del artista: Hirst escogió el collage por su impericia como dibujante. Hay algo, sin embargo, que nos reclama en Damien Hirst, más allá de las salutaciones de la crítica entusiasta. En Hirst, de un modo involuntario, se han coaligado la Ilustración y la bisutería. O más exactamente, la datación de cuerpos y especímenes que inaugura Leonardo y sigue, por ejemplo, en Rembrandt y Linneo. Así, los tiburones en formol, sus criaturas viviseccionadas, la vasta farmacopea que ameniza su obra, no son más que la traslación del saber, de las ciencias, al ámbito de la frivolidad y el dólar. Tampoco esto es nada nuevo: Leonardo debió sus ingresos a la magnanimidad de Francisco I; y antes de Ludovico Sforza, para quien ideó una máquina de picar vacas. El hallazgo de Hirst, en cualquier caso, es una cuestión de grado. Las ciencias ya se muestran ahí como decoración y afiche. La biología o la medicina son apenas un valor añadido del producto. En cierto modo, son el producto mismo, carente de su utilidad, decorativo e inane. Salvando las distancias, quizá radique ahí el éxito de Ferrán Adriá. En su cocina, es la química, la biología molecular, la exactitud de sus procesos, aquello que la dramatiza y la prestigia.

Piranesi

Manuel Gregorio González | 19 de junio de 2012 a las 0:25

Piranesi fabula, ensombrece, magnifica. Sus grabados no buscan la exactitud, sino el vestigio de una Roma hercúlea, soñada, fantasmal, superior a la Grecia de Wincklemann y Lessing. Piranesi, pues, no es un probo vedutista del XVIII. Y tampoco un arquitecto veneciano ayuno de obra. Su buril, en cualquier caso,  no reproduce el orden y la claridad serena de lo clásico. Piranesi ha escogido la soledad, la umbría, el aire pintoresco, para traernos una idea romántica: la idea de misterio. En pocos años, lo exótico y lo misterioso vertebrarán el siglo. También lo onírico y cuanto en el sueño aguarda y amenaza.

En este sentido, sus Carcieri di invenzione no son sino la ordenada pesadilla del saber ilustrado. Ahí, en las Carcieri, la arquitectura y la ciencia, las capacidades humanas, se han resuelto, como en Sade, en una coreografía violenta y ominosa. No es casualidad, por tanto, que las vanguardias dupliquen su tenebroso hallazgo: Escher, Chirico, Max Ernst… Incluso J. K. Rowling, cuando adopta las escaleras flotantes para el Hogwarts School de Harry Potter. En rigor, Piranesi es el orden asomándose al absurdo, a la magia, a lo improbable. Es la luz, la vieja luz de Roma, como heraldo imperial de lo siniestro.

Las artes de Piranesi. Caixa Forum. Madrid. Del 25 de abril al 9 de septiembre.