Archivos para el tag ‘Nicolas Steno’

Father and son

Manuel Gregorio González | 5 de agosto de 2014 a las 20:53

Philip Henry Gosse & Edmund Gosse (1857)

En esta obra de Edmund Gosse, publicada en 1907, asistimos a una demolición exahustiva. Una demolición agravada por la distancia que se abre, ineludiblemente, entre el padre protestante y su hijo convertido a las doctrinas del siglo. Gosse, Philip Henry Gosse, fue un notable biólogo y naturalista, cuya fe en la literalidad de las Escrituras se sobrepuso, no sólo a la adversidad familiar, sino a las evidencias que la geología y la biología habían acumulado desde Steno y Leibnitz. Cuando a finales de 1859 Darwin publique El origen de las especies, el severo pastor, el minucioso biólogo Philip Henry Gosse se sumirá en una profunda perplejidad, convertido en una extraña muestra de arqueología científica. Ésa misma arqueología que, en cierto modo, había inaugurado Spinoza cuando señala las Escrituras como testimonio histórico, como fuente plural de una antigüedad remota. Gosse, no obstante, tratará de mostrar una adecuación imposible: aquélla que equipara el tiempo del Antiguo Testamento con la brecha temporal, con el abismo geológico, medido en eras, que se desprende de los nuevos hallazgos.

Caricatura de Darwin como un primate (1871)

Que el hombre, por otra parte, sea una azarosa derivación del simio (la etiqueta del Anis del Mono encierra una injuriosa caricatura de Charles Darwin), no hace sino laminar para siempre la sagrada primacía de lo humano sobre la faz de la tierra. Lo sobrecogedor, no obstante, es el testimonio personal que aquí se evidencia: hay un hombre que quiere preservar a su Dios, que desea que prevalezca el mundo como regalía divina, al tiempo que lucha febrilmente por salvar a su hijo de la impiedad del siglo. Dicha salvación no será ya posible. Y es este desencuentro entre ambos, narrado con una respetuosa y conmovedora ternura por Edmund Gosse, el que nos hace partícipes de un vasto e inadvertido drama: el pastor, el naturalista, el científico Philip Henry Gosse, ha perdido, junto a la intimidad con su dios, junto a la arquitectura divina de la Creación, el vínculo entrañado e inefable que une al hombre con su descendencia. En un sentido literal, Philip Henry Gosse lo ha perdido todo. Y no es descabellado pensar que, a la hora de su muerte, la condenación de su hijo lo atormentara. De hecho, es este dolor el que, en última instancia, inspira las páginas firmadas por el hijo: hay un hombre que reza por nuestra salvación, hay un hijo que quizá no sepa rezar por su padre, y hay un mundo que conspira, silencioso y remoto, contra ambos.

Etiqueta de anis del mono

Más sobre Hirst

Manuel Gregorio González | 18 de julio de 2012 a las 21:21

Es difícil no ver en el tiburón de Hirst, suspendido en formol,  una imagen irónica de la Geología. Recordemos que la Geología nace, en la segunda mitad del XVII, con la autopsia de un tiburón en la Toscana. Allí, el danés Steno resolverá el prolongado enigma de las glossopetras de Malta y Luneburg. Según Steno, estas piedras de forma triangular, como duras lenguas de ébano, no eran otra cosa que antiquísimos dientes de escualo, cuya gigantesca sombra amenazó los mares del Pleistoceno. Esto significaba, en primer término, el fin de una larga superstición, que vio en las glossopetras una suerte de talismán o antídoto, cuando no una extravagancia mineralógica. En segundo lugar, dicho hallazgo implicaba que el tiempo, el tiempo inamovible y mítico del Antiguo Testamento, se dilataba más allá de la imaginación del hombre. Así, la breve cronología del Génesis se aumentaba en millones de años, sustituyendo el sencillo mandato de Yavhé, el inocente bestiario de Noé, por unas fuerzas antagónicas y oscuras, por un barro originario donde los colosales monstruos levíticos precedieron el albor humano en el Jardín de las Delicias.

Leibniz, tres décadas después, corroborará la intuición de Nicolás Steno. Aun así, el danés renunciará a su teoría, refugiándose en la literalidad de la Biblia (Steno fue obispo católico y misionero tardío en tierra protestante). No es esto, sin embargo, lo que importa para la historia de las ciencias. El tiburón de Steno, con sus desmesuradas fauces, había desgarrado ya, de modo irreversible, la vieja interpretación teológica del mundo. A partir de ahí, es el tiempo medido en Eras, en estratos geológicos y grandes cataclismos, el que sustituirá al riguroso calendario de las Escrituras, datado en unos cuantos milenios. Algo parecido hará William Herschel cuando en el XVIII postule una infinitud de mundos, girando sobre un vacío infinito.

¿Y qué hay del tiburón de Hirst? Si las glossopetras fueron, antes de Steno y Leibniz, el extravagante camafeo del Siglo de Oro, mezcla de talismán y piedra alquímica, el tiburón encapsulado de Hirst ha recorrido ya el camino inverso: la Historia Natural, la ciencia clásica, se muestran ahí como bestia suntuaria, como vago amuleto y joya inútil.