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La forma equivocada

Manuel Gregorio González | 17 de diciembre de 2014 a las 16:13

La muerte de Sardanápalo. Delacroix. 1827

Chesterton, en La forma equivocada, establece un paralelismo expreso entre la forma de una daga y el procedimiento para cometer un crimen. Para Chesterton, la curvatura de esa daga, una daga oriental damasquinada, remite a dos categorías que simbolizan la tortuosidad del asesinato. Una primera categoría es la propia curvatura del arma, su calidad orgánica, en cuya ondulación “las líneas se tuercen a propósito, como serpientes que se doblasen al huir”. La otra, asociada a la anterior, es la ambigua percepción del Oriente que el Occidente posee en 1911. “¿No ve -dice el padre Brown- que tiene la forma equivocada? ¿No se da cuenta de que carece de propósito simple y llano? No apunta como una lanza. No siega como una guadaña. No parece un arma, sino un instrumento de tortura”. El Oriente colonizado por el imperio británico es así el lugar embriagador, absorbente, paradisíaco, que se deduce de una amplia literatura de aventuras. Pero también, y en mayor modo, la tierra primordial donde lo instintivo, donde la sexualidad y el crimen acechan en una oscuridad sin nombre.

Adolf Loos. 1870-1933

 Por esas fechas, el arquiteco Adolf Loos ha escrito, en su artículo Ornamento y delito (1908), que la ornamentación responde a una cultura primitiva. La civilización es, pues, un desprenderse de toda esa vacua floración que, durante milenios, ha acompañado la civilidad y el ámbito doméstico del hombre. En consecuencia, la civilización adoptará la forma severa, imaginativa, lineal, de la arquitectura racionalista. ¿Quiere esto decir que Chesterton es un racionalista a la manera de Loos? De ningún modo. Y sin embargo, ambos han querido ver en la voluta, en la curvatura, en la simulación de lo orgánico (la selva profundísima y abominable donde la hechicería quizá todavía perdure) una huella de lo arcaico. La modernidad -y modernidad equivale aquí a razón, a higiene, a cientifismo- es un sinónimo de la recta y del espacio cubicado. De un modo grosero y quizá injusto, cabe decir que será en Niemeyer donde la razón y la curva, donde la verde amazonía y la funcionalidad del geómetra, vuelvan a encontrarse.

Casa das Canoas. Oscar Niemeyer. Rio de Janeiro. 1951