Manuel Gregorio González | 18 de julio de 2012 a las 21:21
Es difícil no ver en el tiburón de Hirst, suspendido en formol, una imagen irónica de la Geología. Recordemos que la Geología nace, en la segunda mitad del XVII, con la autopsia de un tiburón en la Toscana. Allí, el danés Steno resolverá el prolongado enigma de las glossopetras de Malta y Luneburg. Según Steno, estas piedras de forma triangular, como duras lenguas de ébano, no eran otra cosa que antiquísimos dientes de escualo, cuya gigantesca sombra amenazó los mares del Pleistoceno. Esto significaba, en primer término, el fin de una larga superstición, que vio en las glossopetras una suerte de talismán o antídoto, cuando no una extravagancia mineralógica. En segundo lugar, dicho hallazgo implicaba que el tiempo, el tiempo inamovible y mítico del Antiguo Testamento, se dilataba más allá de la imaginación del hombre. Así, la breve cronología del Génesis se aumentaba en millones de años, sustituyendo el sencillo mandato de Yavhé, el inocente bestiario de Noé, por unas fuerzas antagónicas y oscuras, por un barro originario donde los colosales monstruos levíticos precedieron el albor humano en el Jardín de las Delicias.
Leibniz, tres décadas después, corroborará la intuición de Nicolás Steno. Aun así, el danés renunciará a su teoría, refugiándose en la literalidad de la Biblia (Steno fue obispo católico y misionero tardío en tierra protestante). No es esto, sin embargo, lo que importa para la historia de las ciencias. El tiburón de Steno, con sus desmesuradas fauces, había desgarrado ya, de modo irreversible, la vieja interpretación teológica del mundo. A partir de ahí, es el tiempo medido en Eras, en estratos geológicos y grandes cataclismos, el que sustituirá al riguroso calendario de las Escrituras, datado en unos cuantos milenios. Algo parecido hará William Herschel cuando en el XVIII postule una infinitud de mundos, girando sobre un vacío infinito.
¿Y qué hay del tiburón de Hirst? Si las glossopetras fueron, antes de Steno y Leibniz, el extravagante camafeo del Siglo de Oro, mezcla de talismán y piedra alquímica, el tiburón encapsulado de Hirst ha recorrido ya el camino inverso: la Historia Natural, la ciencia clásica, se muestran ahí como bestia suntuaria, como vago amuleto y joya inútil.
Manuel Gregorio González | 25 de junio de 2012 a las 15:32
Vargas Llosa define a Damien Hirst como un “honesto embaucador”. Su arte le parece tedioso, previsible, ignaro, carente de cualquier destreza. Aun así, el Nobel reconoce la sinceridad del artista: Hirst escogió el collage por su impericia como dibujante. Hay algo, sin embargo, que nos reclama en Damien Hirst, más allá de las salutaciones de la crítica entusiasta. En Hirst, de un modo involuntario, se han coaligado la Ilustración y la bisutería. O más exactamente, la datación de cuerpos y especímenes que inaugura Leonardo y sigue, por ejemplo, en Rembrandt y Linneo. Así, los tiburones en formol, sus criaturas viviseccionadas, la vasta farmacopea que ameniza su obra, no son más que la traslación del saber, de las ciencias, al ámbito de la frivolidad y el dólar. Tampoco esto es nada nuevo: Leonardo debió sus ingresos a la magnanimidad de Francisco I; y antes de Ludovico Sforza, para quien ideó una máquina de picar vacas. El hallazgo de Hirst, en cualquier caso, es una cuestión de grado. Las ciencias ya se muestran ahí como decoración y afiche. La biología o la medicina son apenas un valor añadido del producto. En cierto modo, son el producto mismo, carente de su utilidad, decorativo e inane. Salvando las distancias, quizá radique ahí el éxito de Ferrán Adriá. En su cocina, es la química, la biología molecular, la exactitud de sus procesos, aquello que la dramatiza y la prestigia.