Romper los límites

Charo Ramos | 26 de mayo de 2013 a las 17:50

Plasmar la culminación estética de un movimiento no tiene secretos para Miguel Ángel González,  uno de los más reconocidos fotógrafos de flamenco de este país, que en paralelo a su obra documental ha desarrollado entre 2009 y 2011 esta otra de acento personal, muy atenta a las paradojas del cuerpo y su representación.

Su fascinación por el mundo de la danza contemporánea y clásica, favorecida por la actividad que desarrolla el Teatro Villamarta en su tierra, Jerez, es el punto de partida de esta serie de turbadora belleza donde la habilidad para captar el instante decisivo y anticipar la perfección coreográfica se ponen al servicio de un relato sobre el contradictorio mundo emocional de las relaciones de pareja.

Oscuras, densas, casi matéricas, estas fotografías nos abisman en un juego de tensiones formales, en el límite de una metamorfosis aplazada. Arabescos, giros, saltos, paso a dos… La cámara registra la destreza física, la impecable ejecución de un arte que es siempre temporal. Pero al constreñir el encuadre los bailarines quedan atrapados como en una tela de araña por un marco que intentan rasgar y traspasar. Esa estructura claustrofóbica es la que fuerza el contacto casi epidérmico del espectador con las imágenes, con esos seres que se atraen adoptando formas simétricas, gemelares.

Al concentrar las figuras, con los rostros a veces abolidos, González nos ofrece una lección anatómica  en la que el uso intenso y dramático de la luz dota a estas imágenes bidimensionales de las rugosidades, pliegues y volúmenes propios de la escultura. El fotógrafo quiere romper los límites espaciales. Quiere hablar con una voz nueva, distinta: dar carta blanca a su visión artística.

@Miguel Ángel GonzálezAdmiramos los cuerpos, su tersura y magnificencia, esa pulcritud que sólo se logra con horas y horas de exigentes ensayos. Más que a las representaciones canónicas de la danza, la iconografía de González nos remite a los estudios pictóricos de proporciones renacentistas y acaso también a las metáforas visuales de Mapplethorpe y los desnudos cinemáticos de Howard Schatz.

En su afán de mirar sin trabas todo aquello que le interesa, el autor encuentra sobre el escenario la esencia del misterio de ser uno y dos al mismo tiempo. Intérpretes que se retan, se alejan o se someten. Alza para nosotros el telón de unas vidas ajenas y nos impide cerrar los ojos al carácter efímero y mutable de la naturaleza y de los afectos. Las fotografías de Miguel Ángel González sondean el alma porque, como nos enseñó Martha Graham, “el movimiento no miente”.

@Charo Ramos. Hoja de sala para la exposición Danza, amor, sometimiento de Miguel Ángel González. Casa de la Provincia de la Diputación de Sevilla, hasta el 23 de junio de 2013. Más información en este artículo de Braulio Ortiz.

Un breviario del Museo del Prado

Charo Ramos | 26 de mayo de 2013 a las 17:30

Un museo dentro del museo, un recorrido inédito y provocador en el que las obras aparecen sin cartelas, un montaje que prima los juegos visuales y acorta las distancias con las piezas convirtiendo al espectador en el autor de un relato diferente. Estamos en las salas temporales del Prado proyectadas por Moneo, convertidas en una sucesión de gabinetes que alojan las 281 obras de pequeño formato que componen la muestra donde el centro que dirige Miguel Zugaza ha destilado sus esencias para, según sus propias palabras, “hacer un gesto de generosidad consigo mismo y sus visitantes, un gesto que tiene más valor en el tiempo de austeridad en el que vivimos. El resultado es más desmesurado y hermoso de lo esperado. Más que una exposición, La belleza encerrada es un manifiesto”. Comisariada por Manuela Mena, Jefa de Conservación del siglo XVIII y Goya, la muestra resume la excelencia de las colecciones de la pinacoteca en su más mínima expresión. Revelar su hermosura y rareza es el principal propósito de este Prado de bolsillo que, con patrocinio de la Fundación BBVA, el visitante podrá disfrutar hasta el 10 de noviembre. De Fra Angélico a Fortuny, del siglo XIV al siglo XIX, una sucesión de esculturas, pinturas y dibujos que, por sus dimensiones exiguas, exigían condiciones especiales de estudio y contemplación, se ofrecen ahora a los ojos del público sin temor a ser eclipsadas por los grandes cuadros del museo.

“Nuestra propuesta anima a mirar desde otra perspectiva, descubrir secretos ocultos y poner en relación las obras porque el arte es siempre distinto”, recalca Mena de ese recorrido cronológico -“la cronología afecta al arte como nos afecta a nosotros… desgraciadamente”, suspira- que regala, a quien asume el riesgo de completarlo, una energía vigorizante. La belleza encerrada arranca con la Anunciación de Fra Angélico pero el célebre icono florentino está emplazado por encima de lo habitual: por primera vez se pone a la altura de los ojos la predela que se encuentra a sus pies para llamar la atención sobre esa sucesión de celdillas que narran, engarzadas en oro labrado, la historia sagrada.

A partir de ahí se desarrolla un recorrido por la historia del arte tal y como la relata el Prado. “Nos encontramos, por ejemplo, con las formas clásicas de la Antigüedad revividas por los artistas del Renacimiento, y junto a ellas, las extremas tendencias del Barroco, que tuvieron la osadía de interpretar lo natural y lo sobrenatural en el nivel alucinado del éxtasis”, explica Zugaza, antes de seguir desanudando un hilo temporal que llega a los umbrales de la contemporaneidad y al que ponen ritmo obras extraordinarias, algunas tan conocidas como la Mesa de los pecados capitales de El Bosco, el autorretrato de Durero, el Paso de la laguna Estigia de Patinir -donde Mena invita a buscar unicornios escondidos-, el Agnus Dei de Zurbarán, Caballero anciano de El Greco, las clasicistas vistas italianas de Velázquez, las alegóricas escenas de Teniers en las que los monos emulan conductas humanas, o La pradera de san Isidro y Un garrochista de Goya, la primera obra que entró en la pinacoteca y aquí puede verse, con actitud voyeurista, desde un óculo instalado en una maqueta del edificio de Villanueva.

Este proyecto, que ha implicado a todos los departamentos del museo, ha servido para arrojar nueva luz sobre los arrabales del Prado, esos fondos ocultos en los peines de sus almacenes o dispersos por museos, iglesias y colecciones de España y el extranjero que aportan 92 de las piezas, medio centenar expuestas ahora por vez primera. La restauración de 70 de estos trabajos ha propiciado nuevas atribuciones, como sucede con Cristo atado a la columna, un óleo sobre lienzo de hacia 1665 que estaba depositado en Córdoba y cuya limpieza reveló las iniciales C.S. de Cornelio Schut, pintor flamenco del círculo de Murillo. “Es una obra buenísima de escuela sevillana, con ese estilo tan suelto y divino. Para Justino de Neve, vaya”, celebra Mena. Otra grata sorpresa son los bocetos de Rubens para la Torre de la Parada, el pabellón de caza de Felipe IV, donde el artista vierte su visión exaltada de la vida en escenas mitológicas.

Apuntes del natural, bocetos como las Santas Justa y Rufina de Goya para su cuadro de mayor tamaño de la Catedral de Sevilla, reducciones de obras mayores, piezas acabadas para el disfrute privado de los concomitantes… La muestra permite analizar las orígenes de las obras de pequeño formato, sus temas (dioses y héroes, devoción, retratos, paisajes, vanitas o la contradictoria naturaleza humana) y diferentes soportes, como cristal, pizarra, mármol, tablas -que Rubens prefería porque su superficie dura y lisa daba más protagonismo a los detalles-, cobre, hojalata o lienzo. Manuela Mena, memoria viva del Prado, se resiste a decantarse por una de las obras. Pero al final acepta. “Siempre me gustó muchísimo El alma cristiana acepta su cruz, un anónimo francés de principios del siglo XVII con esa austeridad religiosa tan tremenda. Es un estudio de la perspectiva por medio de la luz y del color, un estudio de algo que hacían en ese momento los matemáticos franceses y que capta también Velázquez, de otra manera, en sus vistas del jardín de la Villa Medici, que se exponen al lado. Por un lado ese paisaje de cruces es surrealista, angustioso, y por otro, de una belleza y delicadeza enormes”, concluye.

La belleza encerrada. De Fra Angélico a Fortuny. Museo del Prado, Madrid, hasta el 10 de noviembre.

Con motivo de la muestra la pinacoteca está publicando en su web una serie de vídeos en la que expertos en Arte dan su visión personal de alguna de las obras expuestas, como ocurre con Juliet Wilson y el ‘Autorretrato’ de Goya

 

Académicas

Charo Ramos | 24 de febrero de 2013 a las 23:26

 

Sólo cuatro mujeres forman parte de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando tras la incorporación, el pasado lunes, de la fotógrafa manchega Cristina García Rodero. La única andaluza en tan prestigiosa selección es la pintora y escultora sevillana Carmen Laffón, igualmente distinguida esta semana con el título de Hija Predilecta de Andalucía, la máxima condecoración que otorga el Gobierno de esta comunidad.

Se me ocurren muchas otras artistas (como Elena Asins, Esther Ferrer, Soledad Sevilla, Carmen Calvo, Eva Lootz y Cristina Iglesias, la arquitecta Carmen Pinós o la catedrática Anna Maria Guasch) que deberían ingresar en la Real Academia de San Fernando, institución que se define como la de mayor vigencia cultural en España y, pese a su longevidad o tal vez a causa de ella (fue creada en 1752), bastante miope a los méritos de las mujeres creadoras.

Además de Teresa Berganza como académica de número, y de Carmen Giménez como académica de honor, García Rodero y Laffón son las únicas exponentes del papel activo que la mujer ha asumido en la renovación estética española de las últimas décadas. Ambas, lo digo sin ambages, me entusiasman. Y celebro que la coherencia de sus obras, su capacidad para asimilar las principales corrientes artísticas y fotográficas del siglo XX desde su propio vocabulario y, sobre todo, su independencia, su firmeza contra los vaivenes de las modas y los mercados, las haya hecho merecedoras de la posición que ahora disfrutan.

Al haber ingresado en la institución en la madurez creativa y personal, tras décadas de ejercicio alabado internacionalmente, el consenso que existe sobre los méritos de Berganza, García Rodero y Laffón es abrumador; un aprecio social difícilmente igualado por todos los académicos varones, que superan el medio centenar y entre los cuales hay miembros, como el arquitecto Santiago Calatrava, cuya obra no goza en la actualidad de una valoración unánime por motivos tan complejos como la conservación, los costes y el comportamiento fiscal.

Si García Rodero desnudó el alma de este país en los 200.000 negativos que componen su serie más famosa, España oculta, que fue su pasaporte a la Agencia Magnum (ha sido el primer fichaje español en la historia de la mítica cooperativa fundada por Cartier Bresson), en Carmen Laffón nos atrapa el ritmo y la poesía de sus pasteles, carboncillos, óleos y esculturas. Nadie ha interpretado como ella el paisaje que conecta Sevilla con Sanlúcar de Barrameda; ese cauce por donde fluyen la vida y la muerte y que Laffón detiene en imágenes de recogida belleza y honda espiritualidad, a la manera de sus admirados Rothko y Pérez Aguilera.

La mejor monografía para adentrarse en su obra sigue siendo la que escribiera Juan Bosco Díaz-Urmeneta para la colección Arte Hispalense. Ahora, durante sólo siete días y hasta el próximo dos de marzo, la galería Rafael Ortiz exhibe su carpeta de litografías del Coto de Doñana y la desembocadura del Guadalquivir, ese territorio propio al que dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes el 16 de enero de 2000.

Hernán Cortés retrata al joven Belmonte

Charo Ramos | 9 de enero de 2013 a las 14:32

El pintor gaditano Hernán Cortés ha presentado hoy su cartel anunciador para la temporada taurina 2013 de la Plaza de Sevilla. El retrato de un joven Belmonte, en el que el autor cree ver la huella de Zurbarán y esa mirada fatalista que singularizó al diestro, se incorpora a la valiosa colección de la Real Maestranza. Este trabajo en técnica mixta, aunque domina la pintura acrílica, es el resultado de cuatro meses obsesivos durante los cuales el artista que mejor ha representado los rostros del poder español en la última década se acerca con colores ocres y notas de albero al Belmonte de la época de su alternativa.

Fotografías, apuntes y bocetos, “pero sobre todo una montera de ese período que me proporcionaron los maestrantes”, han permitido a Hernán Cortés componer su obra, “pues Belmonte no era muy aficionado a retratarse con ella”. El pintor, que acaba de terminar un retrato del Rey Juan Carlos, ha destacado especialmente los ojos del torero. “Está aquí esa mirada profunda que le define de manera más clara a partir de la muerte de Joselito y que anuncia el final trágico que puso a su vida”, aprecia. Cortés, que fue discípulo de Vassallo, escultor que inmortalizó a Belmonte en su madurez, ha querido acercarse a sus días de juventud para buscar las huellas que anticipan al genio que llegó a ser “mostrando un rostro que no está tanto en nuestra memoria”. Este lienzo enriquece una de las más importantes colecciones artísticas españolas, que desde 1994 ha dado cabida a creadores como Carmen Laffón, Botero, Barceló, Arroyo o Pérez Villalta, entre una extensa lista de primerísimas figuras.

El mundo simbólico de Antonio Sosa

Charo Ramos | 16 de diciembre de 2012 a las 14:02

 Antonio Sosa, natural de Coria del Río, residente en La Puebla, ofrece en la Casa de la Provincia de Sevilla hasta el próximo 27 de enero un recorrido por su trayectoria creativa de la última década. Pintor y escultor “orgulloso de sus raíces, emocional y vitalmente anclado en ellas, pero universal y abierto al mundo a través de su brillante currículum artístico”, a decir de los organizadores, Sosa (1952) posee un particular lenguaje con el que ha conquistado un ámbito de privilegio en la producción actual. Es un creador solitario y, al mismo tiempo, un ser afable, extraordinariamente sensible, que gusta cultivar la amistad y el intelecto mientras pasea o corre junto a la ribera del Guadalquivir, atento siempre a las formas de la naturaleza. La inauguración de su muestra, anoche, fue un hervidero de compañeros, colegas y vecinos rendidos a su talento tanto como a su carisma.

En esta exposición, impulsada por la Diputación de Sevilla y de la que son comisarios Juan Ramón Rodríguez-Mateo e Iván de la Torre Amerighi, el artista desnuda sus inquietudes, sus obsesiones, en trabajos realizados entre 2002 y 2012 que se distribuyen por dos salas de la Casa de la Provincia. En la última década Antonio Sosa prácticamente no ha trabajado la escultura, disciplina con la que se dio a conocer en los años 80 en la galería La Máquina Española y en una recordada antológica de artistas sevillanos en la Torre de los Guzmanes, y que le consagró, sobre todo a partir de su exposición en la Fundación Luis Cernuda de 1989, como uno de los creadores andaluces más interesantes y de lenguaje más internacional. En esta cita, que supone otro punto de inflexión en su trayectoria, estrena una pieza en volumen donde interioriza toda su estética y recupera materiales de épocas pasadas.

“Empecé utilizando arena del río y hacia el año 90 me pasé a la ceniza. Hace tiempo que no hago este tipo de obras escultóricas y volver a usar estos materiales de fundición me supone un reencuentro conmigo mismo. En mi casa había un polvero y esta ceniza, que pesa muy poco, se utilizaba para dar volumen en las azoteas”, señala Sosa. La nueva escultura está presidida por un mural, su debut con el Photoshop, donde destacan como motivo los remates de la Catedral en la zona próxima al Archivo de Indias. Esos flameros, que tienen tanto que ver con formas esenciales y simbólicas presentes en toda su obra, como conos, cilindros o espirales, los reproduce además en escayola asemejando cáscaras vacías cuyas huellas se abren paso entre la ceniza que almacena el palé o cajón que preside esta estancia. Alusiones a la pretensión un tanto inútil de apresar la esencia de los contenidos sobrevuelan este trabajo al que se accede tras recorrer dos pequeñas salas introductorias -contienen dibujos, pinturas y esculturas de épocas dispares- cuya iluminación más tenue subraya el carácter de misterio del conjunto.

Sosa, que ha leído con gran provecho e inteligencia a Jung, rastrea en todos estos trabajos -la mayoría procedentes de su estudio aunque hay importantes préstamos del CAAC, Cajasol y otras colecciones- las pulsiones y latidos más profundos del ser humano. Se acerca a la naturaleza como algo sagrado, fascinado por el mito del Génesis, y concibe la cultura, según escribió en su día Kevin Power, “como una proyección peligrosa del yo, como un elemento alienante”. Así, recrea formas y colores donde él detecta la esencia del ser humano, su ámbito más profundo y auténtico, con independencia de que emplee ceras, carboncillo o esos bolígrafos con los que dibuja de modo compulsivo y catártico.

Para Rodríguez-Mateo, “el trabajo de Antonio Sosa parte de lo absolutamente concreto y local para trascender lo circunscrito de manera radical”. En 1999 el artista se apartó de la escultura aunque hasta 2002 realizó indagaciones pictóricas con círculos concéntricos de marcado carácter tridimensional. A partir de 2002 se decantó por la pintura, como demuestran los 28 dibujos de gran formato reunidos aquí junto a otros 50 pequeños donde se autorretrata incluso como un minotauro. “Se siente fascinado por el rito, por el símbolo. Religión, mitología, erotismo y muerte, principio y final, se dan la mano en su obra”, reflexiona Iván de la Torre en el bello catálogo de la muestra.

“Antonio Sosa: 2002-2012″. Casa de la Provincia. Plaza del Triunfo, 1. Sevilla. Hasta el 27 de enero de 2013

“En un mundo de violencia una orilla del mar tranquila es una respuesta”

Charo Ramos | 27 de noviembre de 2012 a las 10:06

En tiempos de violencia económica inusitada en las oficinas, en los despachos; en una Europa que pierde sus referencias culturales al dictado de los bancos, la presencia en la capital andaluza de Agnès Varda ha sido un bálsamo para espíritus desasosegados. La abuela de la Nouvelle Vague (Bruselas, 1928), cuya obra fílmica revisó esta edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, es también la protagonista de una exposición en el CAAC cuyo aliento confirma que uno puede reinventarse incluso a los 80 años y seguir -ahora como videoartista- cuestionando los discursos oficiales para buscar, en los márgenes, en las orillas, la belleza de la vida.

 -Recientemente ha vuelto a la fotografía, como muestra ese Autorretrato quebrado de 2009 que exhibe en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo y donde la vemos lucir unas pequeñas gafas. ¿Cómo fueron sus inicios con la cámara?

-Todas las formas de arte han nutrido mi vida. El arte es una historia de transmisión, de compartir. Comencé como fotógrafa para ganarme la vida. Cubría bodas, reportajes familiares… Pero realmente no sabía nada de fotografía ni era cinéfila, aunque por entonces admiraba a Brassai, Cartier Bresson, Edward Weston, Duane Michals y el mexicano Álvarez Bravo. También me apasionaba Koudelka. En cambio, la fotografía de moda nunca me ha interesado, ni entonces ni ahora. Fue fundamental para mi formación el que, por azar, me encargaran hacer fotografías de teatro. Tuve la suerte de trabajar desde los 20 años con el actor y director de teatro Jean Vilar, que fundó el Festival de Avignon. Trabajé también temas de artistas y de viajes. En la China de 1957, por ejemplo, tomé más de tres mil fotos.

 -En torno a esa fecha viajó a Sevilla por primera vez. ¿Qué recuerda?

-Mi primera visita a Sevilla fue en los años 50, sí, cuando me ganaba la vida como fotógrafa. Una revista francesa me encargó que buscara las huellas del verdadero don Juan. Y creo que lo encontré, en un heredero de los caballeros de Malta que vivía en un castillo. Intenté hacer algo diferente pero no pude. La publicación tenía muy claro que quería ver bonitas sevillanas detrás de las rejas, niebla, el carro de los muertos con sus caballos… porque la muerte siempre está presente en el mito de don Juan. Era un reportaje alimenticio, anterior a 1957, el año en que conocí a Jacques Demy.

 -Su fotografía estaba muy influida por la pintura y el gusto por la composición lo trasladó a su cine. ¿Qué fotógrafos le interesan ahora?

-Me encanta Sophie Calle, por ejemplo. Vi en los Encuentros de Arlès su exposición For the Last and First Time y me pareció hermosísima. Muestra en ese trabajo a personas que se han quedado ciegas e intentan reconstruir su última imagen; y también la experiencia de habitantes de Estambul que nunca han visto el mar. Cindy Sherman, en cambio, me gusta menos, es demasiado sistemática. Sarah Moon, que trabaja con las Polaroids y hace unas películas un tanto extrañas, y la mexicana Graciela Iturbide, también me interesan mucho. Y JR, que hace reproducciones inmensas de fotos que pega en las paredes en Palestina y las favelas de Brasil. De Ernest Pignon-Ernest, que trabaja con reproducciones de pinturas antiguas que cuelga en las calles de Palermo, me gusta mucho su mezcla de fotografía y arte.

 -Aunque el Festival de Cine Europeo ha recorrido su carrera fílmica, de algún modo también ha vuelto los ojos al legado de su marido, Jacques Demy, presente en tantos de sus trabajos, como Las playas de Agnès, Jacquot de Nantes

-En los últimos años he dedicado mucho esfuerzo a devolverle los colores a las imágenes de Jacques, que se estaban perdiendo. En 1996, por ejemplo, supervisé la restauración y digitalización de Las señoritas de Rochefort. En ese musical, que es de 1967, tengo por cierto un brevísimo papel interpretando a una de las monjitas que van a comprar partituras a la tienda de música que regenta Michel Piccoli. Nuestro cine estaba lleno de guiños así.

 -¿Le gusta cómo ha quedado su obra expuesta en el CAAC, el antiguo monasterio de los cartujos?

-Estoy muy contenta. Es importante que la gente llegue con buena disposición a las exposiciones y, para visitar ésta, hay que atravesar en el tiempo un lugar que fue religioso, industrial y ahora artístico. Eso te hace llegar con un espíritu propicio y abierto. Además, el director Juan Antonio Álvarez Reyes compartió conmigo, con mi hija Rosalie y con Victoire di Rosa, del Instituto Francés, la selección y disposición de los trabajos, dando un lugar prioritario a mi gran instalación Las viudas de Noirmoutier, que él había visto en la Fundación Cartier, en París. No son muchas piezas pero sí son muy significativas.

-Además de estas Viudas, otras piezas, como Bord de mer (2009), ilustran el papel que las orillas juegan en su imaginario. ¿Qué significa el mar para Agnès Varda?

 -Es la contemplación del espectáculo más bello del mundo. También el ensueño, el ensimismarme y soñar despierta. Esos pensamientos que surgen y te vienen de día. Para unos el mar es la aventura, el deporte, la acción, la tormenta, la fuerza del hombre en la naturaleza. Hay un lado viril de la mar. Pero a mí lo que me gusta es la orilla del mar, el Bord de mer. En esa pieza enseño el viento que le da un pequeño movimiento muy sutil. Es un día tranquilo, no un día de tormenta. No me gusta la violencia. En un mundo de violencia una orilla del mar tranquila es una respuesta.

-No faltan tampoco trabajos que expresan su compromiso feminista, como Réponse de Femmes (Respuesta de mujeres, 1975). ¿Los considera necesarios aún?

-El Festival lo proyectó en un díptico junto con mi película Una canta, la otra no. Abordan la imagen de la mujer y uno de los mensajes más importantes es desculpabilizar a las que no quieren tener hijos. La sociedad está muy formateada y exige tenerlos pero cada uno debe encontrar su propio deseo. A la vez, soy consciente de que muchos países están reduciendo el derecho al aborto. En esos casos, aunque haya mujeres en el Parlamento, es la voz de los hombres la que domina y decide por las mujeres.

 -Su colega Godard solía decirle que no había que subestimar nunca los márgenes, porque son ellos los que sujetan el libro. ¿Siente reconocida por fin su aportación al cine?

-Siempre he pensado que en el cine francés yo era una pequeña princesa de los márgenes. Mis películas se conocen en el mundo entero pero sólo por una pequeña minoría. No estoy en el mainstream. Estoy orgullosa de estar en el margen porque, aunque mis películas no han generado mucho dinero, cuando viajo, por ejemplo a Corea del Sur, siempre me dicen que soy muy importante en los estudios y la reflexión sobre el cine. Supongo que saben que he permanecido fiel a mis proyectos, que no he hecho concesiones y, cuando alguna de mis películas no ha funcionado, he seguido mi camino y no he cambiado mi estilo por esos fracasos.

Murillo en la Escuela de Barroco

Charo Ramos | 20 de noviembre de 2012 a las 15:32

El Hospital de los Venerables Sacerdotes de Sevilla acoge estos días una nueva edición de la Escuela de Barroco que la Fundación Focus-Abengoa organiza en colaboración con la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Bajo el título Sociedad y mecenazgo artístico en la Sevilla de Murillo, este curso gira en torno al pintor y el contexto creativo y social de la metrópolis barroca. A su cargo está Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación e investigación del Museo del Prado y comisario de la muestra Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad, que puede visitarse hasta el próximo mes de enero en los Venerables, organizada por Focus, el Prado y la Dulwich Picture Gallery de Londres.

Para Finaldi, “es un placer dirigir esta Escuela coincidiendo con la exposición y en torno a ella he diseñado los temas. Empezamos con la relación específica entre Justino de Neve y Murillo y, paulatinamente, abrimos el foco hasta alcanzar temas relacionados con la sociedad y las relaciones institucionales en el tiempo de Murillo. Iremos de lo específico a lo general para tener una visión más completa de las relaciones entre pintores y mecenas en la segunda mitad del XVII y de la propia actividad artística”. En la conferencia inaugural que pronunció ayer, comenzó analizando las aportaciones de Murillo al retrato para proseguir con un análisis de los encargos que De Neve le hizo para la iglesia de Santa María la Blanca, la Catedral y los Venerables.

En la nómina de investigadores que están participando en las distintas ponencias hay, continúa Finaldi, “especialistas sevillanos, españoles y extranjeros que aportan una visión densa y rica”. Además, se incorporan al curso las visitas comentadas a la exposición y a Santa María la Blanca, iglesia que de momento está cerrada y en cuyo análisis se centran los profesores Teodoro Falcón y Óscar Gil.

Del Trinity College de Dublín ha llegado este martes el profesor Peter Cherry (en la imagen). Su conferencia iba a versar inicialmente sobre el mundo del Cabildo de la Catedral de Sevilla en el siglo XVII, aspecto que trató en el catálogo científico de la exposición El arte de la amistad. Sin embargo, dado que esas reflexiones pueden consultarse en el libro, ha optado con acierto por analizar el perfil más “renacentista” de Murillo: su talento como pintor de temas históricos, equiparable a los grandes maestros italianos del XVII, según Cherry.

Tras él, María Álvarez-Garcillán, restauradora del Museo del Prado que ha intervenido cuatro obras expuestas ahora en Sevilla, caso de la Inmaculada de los Venerables, ha ofrecido una visión ” más cercana al aspecto físico de la obra de arte”, según Finaldi, y ha analizado los recursos pictóricos que empleaba Murillo para expresar un determinado mensaje, con la luz como elemento decisivo.

Mañana miércoles, las ponencias trazarán una topografía de la ciudad y se centrarán en los lugares del artista y su célebre mecenas. Abrirá la jornada Enriqueta Vila, directora de la Academia de Buenas Letras de Sevilla, que a las 9:30 hablará de las consecuencias de la plata de Indias para referirse a Los Neve y su círculo. Una hora después, Juan Ignacio Carmona, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Sevilla, disertará sobre la caridad asistencial en la Sevilla del siglo XVII. La clausura la pondrán la conferencia sobre Literatura Artística en la época de Murillo a cargo de Javier Portús Pérez, jefe de conservación de Pintura Española del Museo del Prado, y el concierto que interpretará Enrique Ayarra, organista titular de la Catedral de Sevilla y de la Fundación Focus.

Caixafórum, una oferta cultural en juego

Charo Ramos | 14 de noviembre de 2012 a las 22:30

Desde que comenzó la crisis económica, las grandes exposiciones internacionales han llegado con cuentagotas a la capital andaluza. Visión de España de Sorolla y El joven Murillo en el Bellas Artes o las muestras dedicadas a Brassaï y a la Fotografía húngara en Chicarreros parecen hoy muy lejanas, aunque tuvieron lugar en Sevilla hace sólo unos años. Con honrosas excepciones como Murillo y Justino de Neve en Focus, o las videoinstalaciones de Agnès Varda en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), para disfrutar de muestras temporales de holgado presupuesto y que incluyan a los nombres más cotizados del arte antiguo o actual, el éxodo del turista cultural sevillano lleva forzosamente a Madrid o Barcelona -y últimamente, gracias a muestras como El factor grotesco del Picasso o las que avanza el Museo Carmen Thyssen, también a Málaga-. Sólo por ese apetito o hambruna de grandes citas artísticas, la apertura del proyecto Caixafórum era un sueño que iba a incorporar a Sevilla al eje de primera magnitud que componen Madrid, Barcelona y Palma de Mallorca, donde La Caixa tiene sus centros culturales señeros, a los que se suman otros tres en territorio catalán: Lérida, Gerona y Tarragona.

El Caixafórum de las Atarazanas iba a ser el octavo de España en orden de apertura, porque la arquitecta Carme Pinós proyecta otro en Zaragoza que tenía previsto inaugurarse a finales de 2013 y el que diseñaba Vázquez Consuegra no iba a estar listo, en ningún caso, antes de 2015. Sin embargo, con el giro que ayer tomaron los acontecimientos, es posible incluso que el de Sevilla anteceda al de Zaragoza, y sería así el séptimo de la red.

Los plazos, en todo caso, resultan secundarios cuando lo que está en juego es el proyecto cultural, del que Sevilla no debe desvincularse. Perdida esta gran oportunidad histórica de incorporar unas Atarazanas remodeladas a la trama creativa y viva de la ciudad, hay que confiar en que las obras de Goya, Yves Klein, Blake, Piranesi o Marcel Broodthaers -por citar sólo cinco grandes artistas incluidos en proyectos itinerantes de Caixafórum- lleguen a través de la torre vecina del Pabellón de la Navegación -éste sí diseñado por Vázquez Consuegra- a nuestras retinas. 

Porque, y esto es lo que conviene no olvidar, cuando La Caixa recibió de manos de la Junta las llaves de las Atarazanas, se comprometió también a realizar una inversión anual de cuatro millones de euros en actividades. Principalmente artísticas -porque Sevilla iba a alcanzar los 2.500 metros cuadrados que los centros de Madrid y Barcelona dedican a exposiciones- pero no sólo. También musicales, científicas, literarias, pedagógicas y sociales. Porque tal es la divisa de los centros Caixafórum: ofrecer cultura en sentido amplio y para toda la familia, con propuestas específicas además para los niños y la tercera edad. Una oferta que es más que un sueño para Valencia -está previsto otro Caixafórum en el solar que ahora alberga el estadio de Mestalla- y por la que la dinámica Málaga puja ya con fuerza.

Hasta la fecha, La Caixa se ha distinguido por ubicar estos centros en edificios de singularidad arquitectónica, ya fueran de nueva construcción o históricos rehabilitados. Entre los remozados, el estilo predominante en la red es el modernismo, como ocurre en el Caixafórum de Barcelona, el primero que abrió sus puertas en 2002 en una fábrica textil a los pies de Montjuïc que proyectó Puig i Cadafalch, contemporáneo de Domènech i Montaner y Gaudí. Su reforma la firmaron hace una década arquitectos de renombre internacional como Arata Isozaki.

También el de Mallorca se ubica en otro edificio modernista emblemático, el Gran Hotel de Palma, y cuenta con una colección permanente dedicada al pintor Anglada Camarasa. En Lérida, la Obra Social se encuentra en el edificio del antiguo cine Vinyes, joya modernista de Francesc de Palau Morera Gatell apodada al inaugurarse en 1915 la Tacita de Plata.

En cambio, en Tarragona el Caixafórum ocupa un edificio de estilo neoclásico ubicado en el centro comercial de la ciudad, construido en los años 50 por el arquitecto local Pujol y Sevil. Y en Girona se levanta sobre un edificio emblemático de la arquitectura civil medieval -como habría ocurrido con las Atarazanas- cuya loggia y patio interior son impresionantes.

No menos admirable es la reforma que los arquitectos Herzog y De Meuron llevaron a cabo en Madrid, en la antigua central eléctrica del Mediodía, uno de los pocos edificios industriales modernistas en la capital española. Ellos han logrado convertir en un icono este centro, cuya localización en el Paseo del Prado -cerca de la primera pinacoteca nacional y entre el Reina Sofía y el Thyssen- es otro de sus atractivos. Condición ésta, la ubicación en el corazón de la ciudad, en la que obviamente las Atarazanas superaban a la Torre Pelli.

Ahora que las llaves de los antiguos astilleros medievales regresan a la Junta de Andalucía, cuyos presupuestos culturales la imposibilitan para acometer en solitario la reforma o conservación del edificio, no está de más recordar otros usos que el Gobierno autonómico estudió y hasta proyectó para esta joya patrimonial. El más importante o avanzado de todos fue el plan para ubicar en las Atarazanas el CAAC antes de que se le diera sitio en el monasterio de la Cartuja.

El estudio arquitectónico de Antonio Barrionuevo y Julia Molino fue el elegido por la Consejería de Cultura para diseñar la transformación del emblemático edificio en museo de arte contemporáneo. En 1988 realizaron el estudio previo, en 1991 presentaron sus planteamientos y en 1992 avanzaron en las ideas para ubicar allí la sede del CAAC. Pero en 1993, cuando estaba aprobado ya este proyecto, llegó la crisis -no tan brutal como ésta, pero crisis al fin- y la opción de las Atarazanas se disolvió aunque Barrionuevo y Molino lograron sacar adelante la reforma de la Sala Fundición. A la espera de que La Caixa anuncie quién proyectará la adecuación de varias plantas de la Torre Pelli como Caixafórum, la Junta debe decidir con urgencia cómo protegerá las Atarazanas los próximos 75 años, plazo que dio a la entidad catalana para tutelarlas.

 

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El arte de la amistad

Charo Ramos | 28 de octubre de 2012 a las 22:00

Hasta el 20 de enero la capital andaluza acoge la ambiciosa exposición Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad. De los muros del Hospital de los Venerables cuelgan las pinturas con las que el Museo del Prado, la Fundación Focus y la Dulwich Picture Gallery han querido recordar una de las asociaciones más estimulantes del arte barroco: la que ligó al pintor sevillano más famoso de su tiempo con Justino de Neve, canónigo de la Catedral y su principal mecenas. La Inmaculada Concepción de los Venerables (que tras diversos expolios y avatares históricos pertenece ahora a los fondos del Prado) se muestra al fin con su marco original (conservado in situ en el Hospital), por primera vez desde 1813, cuando el lienzo fue rapiñado por los franceses al mando del codicioso mariscal Soult.

El conjunto sumerge al visitante en una embriagadora recreación de la cultura sevillana del siglo XVII. “El arte de la amistad es una exposición pequeña en número pero exquisita porque cada pieza es una obra maestra”, explicaba a este medio su comisario y director adjunto del Prado, Gabriele Finaldi, cuando la muestra abrió sus puertas en la pinacoteca madrileña en junio pasado. Tras su paso por el sevillano barrio de Santa Cruz, la exposición cerrará su itinerario en la Dulwich Gallery de Londres, de donde procede una de las piezas más hermosas del catálogo: la alegoría La Primavera, esa muchacha alegre y sensual que recoge en su chal unas rosas recién cortadas.

El recorrido expositivo incluye 16 obras realizadas por Murillo en Sevilla para la colección personal de don Justino o que pintó bajo su protección para instituciones como la iglesia de Santa María la Blanca, como sucede con el renombrado luneto El sueño del patricio Juan, que actualmente pertenece a los fondos del Prado tras haber sido robado de Sevilla en 1810 para su exposición en París.

Y es que, por desgracia, todas estas piezas, salvo una (El bautismo de Cristo, que permanece en la Catedral hispalense), son hoy propiedad de otros museos e instituciones, la mayoría extranjeras. Por ello la muestra sólo ha sido posible gracias a los préstamos del Louvre, la National Gallery de Londres, el Prado, de pinacotecas de Edimburgo, Houston y Budapest, así como de coleccionistas privados, británicos sobre todo, porque Londres fue (como ha subrayado el director del Prado, Miguel Zugaza) una ciudad decisiva en la apreciación internacional de Murillo.

El placer de contemplar obras devocionales, alegorías y retratos pintados por Murillo en su etapa de deslumbrante madurez supone a la vez una dolorosa reflexión sobre el patrimonio que Sevilla ha perdido en los dos últimos siglos. Y también algo más. El hecho de que el Museo de Bellas Artes, el gran custodio de los fondos de Murillo, no esté vinculado de algún modo a esta magna exposición evidencia la falta de apoyo económico de la Consejería de Cultura a la pinacoteca, que contrasta con el interés que la institución dedicó este año a la muestra de Giacometti en Málaga o las inversiones previstas para celebrar en 2013 la primera década del Museo Picasso.

Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad. Fundación Focus Abengoa. Hospital de los Venerables. Plaza de los Venerables, 8 (Sevilla). Horario de visitas: Lunes a domingo de 10:00 a 13:30 y de 16:00 a 19:30. Entradas: 5,50 euros (general)/ 2,75 euros (reducida)

La pintura como acción

Charo Ramos | 28 de octubre de 2012 a las 21:01

El Moderna Museet de Estocolmo es la gran contribución del arquitecto Rafael Moneo a la capital escandinava. Durante este verano, el fascinante espacio, ubicado en la isla de Skeppsholmen, acogió la muestra ¡Explosión!, una celebración de la action painting y su influencia sobre el arte conceptual, el Fluxus y la performance. El proyecto, de producción sueca, cuenta con el patrocinio de BBVA y puede verse ahora en la Fundación Miró de Barcelona en lo que supone una oportuna llamada de atención sobre la modernidad y vigencia de estas prácticas, ligadas a gigantes del siglo XX como Jackson Pollock o Yves Klein.

La obra monocromática del francés Klein (1928-1962) parece un buen punto de partida para explorar todas esas conexiones. Bien sabido es que el creador que patentó el color Azul Klein y lo convirtió en su propia firma no pintaba con brochas ni caballetes. Él optó por convertir a sus modelos en pinceles vivientes y eran ellas, cubiertas de pintura, las que estampaban sus cuerpos sobre lienzos o papeles gigantes en acciones colectivas bastante similares a lo que serían luego las performances.

Klein concibió esta idea de la pintura como una impresión directa del cuerpo tras haber visto en Hiroshima la huella de un ser humano sobre una roca: era la sombra que dejó tras arder completamente por los efectos de la bomba atómica. El Azul Klein, que su codificador asociaba al mar, el cielo y el vacío, es una invocación a lo intangible no exenta de una llamada a la espiritualidad. Esta sugerente Princesa Helena, de 1960 y perteneciente a la colección del MOMA de Nueva York, es una de las mejores exponentes de su serie de Antropometrías. El autor reflexionaba con esta pieza sobre los vínculos entre el cuerpo y la mente, entre lo material y lo esencial. Sin embargo, sus sesiones no eran nada introspectivas ni aburridas. Al igual que las modelos desnudas, el público también tenía un papel activo y por eso el artista no dudaba en obsequiar a cuantos habían llegado al final de la acción con el más célebre de sus cócteles, por supuesto, también de color azul.

Entre el juego y la provocación, el medio centenar de obras reunidas en ¡Explosión! revisa, cruzando décadas y fronteras, esa revolución que tras la Segunda Guerra Mundial condujo a diversos artistas a incorporar el azar y todo tipo de materiales a sus prácticas. Un itinerario que arranca con la pintura de goteo de Pollock y las intervenciones sonoras de John Cage y tiene paradas esenciales en los trabajos de Andy Warhol, John Baldessari, Bruce Nauman, Murakami, Yoko Ono o la siempre fascinante Yayoi Kusama, entre otros. Sin duda, una de las citas más importantes del calendario artístico español este otoño.

¡Explosión! El legado de Jackson Pollock. Fundación Miró de Barcelona. Hasta el 24 de febrero de 2013