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Curro González, el pintor que leía a Wallace Stevens

Charo Ramos | 22 de octubre de 2017 a las 13:07

AUTOR CURRO GONZALEZCurro González ha abierto la temporada en la galería Rafael Ortiz con una explosión de color donde defiende lo sensual y el deseo como motores de la creación. La ha titulado El regreso del hijo pródigo en alusión al disco de Stanley Turrentine que escuchaba durante su ejecución, aunque es inevitable recordar la historia bíblica del hermano que despilfarra la herencia en el disfrute de los placeres. “Hay una broma implícita en el título porque regreso a un lugar, el dibujo y la pintura, del que nunca me había ido”, asegura este artista (Sevilla, 1960) que en los últimos años se aproximó a otras disciplinas como el vídeo, la animación, la ilustración y la escultura.

La muestra reúne seis obras de formato medio, dos grandes lienzos (La nave de los necios y el que da título a la cita) y nueve obras pequeñas. Una vitrina que contiene cuadernos y libretas informa del proceso creativo de estos cuadros en los que el dibujo está tan elaborado como la pintura.

Sobre las telas, los componentes abstractos y los elementos figurativos (como trampantojos, grafías y caricaturas) pugnan por el equilibrio compositivo. González incluye motivos cotidianos y el elemento más reiterado “son los sillones que uso en mi estudio o que colecciono”, precisa. Los colores saturados, con una riqueza de tono más espléndida que en otras ocasiones, y la felicidad de recuperar el óleo (manchas, chorreones, texturas, empastes) atrapan la mirada del espectador y ofrecen un refugio contra el vértigo cotidiano. Hay un equilibrio inestable y divertido, un caos que visualmente funciona.

Entrevista con el pintor Curro González y reportaje de la exposición que abre la temporada en la sala para doble del domingo–Su propuesta resulta aquí más amable y menos ácida que en series anteriores. ¿A qué se debe?

–No es algo premeditado. Hay imágenes que pueden ser más o menos mordaces como La nave de los necios, con su complicado color amarillo, pero lo que contribuye a esa impresión de armonía es la riqueza cromática, que estuvo ausente de mi producción entre 2000 y 2007. Tampoco faltan críticas crueles en la obra grande, El retorno del hijo pródigo, pero son mayoría las obras de mediano formato que tienen que ver con lo doméstico, el hogar y la poesía.

–¿Identifica ahora el trabajo en el estudio con la armonía vital?

–En muchas de las obras aparece un sillón de orejas y eso tiene que ver con una posición sobre el arte codificada en una frase muy célebre de Matisse, que decía que su ambición era “hacer arte que fuera como un buen sillón, que da descanso a la fatiga física”. Yo también creo en el arte como un lugar para relajar las tensiones y donde hallar una cura para las frustraciones, de eso hablan aquí las obras más pequeñas. Pero en las grandes abordo otras cuestiones y no es casual que haya incluido una de las citas que decoraba las vigas de la biblioteca de Montaigne: “La única certeza es que nada es cierto”.

AUTOR CURRO GONZALEZ–En La nave de los necios, que acaba de adquirir para su futuro museo la Universidad de Sevilla, caricaturiza a muchos de los artistas que han dictado el gusto contemporáneo, como Warhol, al que convierte en mascarón de proa. ¿Discrepa de todos ellos?

–El cuadro es una parodia del libro homónimo de Sebastián Brant, y a la vez una defensa de lo lúdico, de la diversión. Recojo una serie de artistas -a muchos de los cuales admiro- que tienen en común el hecho de haber sido mentores de ese arte conceptual que sus seguidores han convertido en un arte excluyente, integrista y nefasto con respecto a su origen. El propio Duchamp decía que los artistas conceptuales habían incorporado al arte un concepto que él nunca imaginó: el aburrimiento. En mi cuadro el timonel del barco es Ai Weiwei, un artista mediático para el que la publicidad anexa al arte es más importante que la propia obra. No faltan Joseph Beuys hablándole a la liebre, Vito Acconci, Hans Haacke, Damien Hirst, Piero Manzoni con una de sus características latas de mierda… Y sobrevolándolos está el chimpancé pintor Pedro, la verdadera identidad tras el artista ficticio Pierre Brasau que se inventó un crítico de arte en los años 60.

–En suma, para usted el arte puede serlo todo menos aburrido.

–Hay un abuso de las ideas en el arte actual que lo condena a ser algo amuermante y aburrido, excluyendo de él el disfrute y el placer, que son precisamente las razones por las que a mí me interesa. Esa idea castradora la representa en el cuadro de La nave de los necios la caricatura de la monja.

–En estas nuevas obras no faltan citas y referencias a grandes poetas como el estadounidense Wallace Stevens, o a Borges y Machado. ¿Qué papel juega la poesía en su proceso creativo?

–Me resulta más atractivo leer poesía y ensayo que narrativa. Empecé a leer poesía siendo joven pero cuando el crítico y comisario Kevin Power escribió el primer texto sobre mi obra me dio acceso a una serie de autores a los que yo no conocía, y gracias a la amistad que desarrollamos durante tantos años conversamos mucho y trabajamos principalmente sobre poesía norteamericana. Algunas de mis obras tienen que ver con series de poemas pero, en general, a mí no me interesa ilustrar los versos sino entender el funcionamiento de un poema, el mecanismo mediante el cual crea relaciones, sugerencias y abre nuevos caminos. Un poemario cuya estructura siempre tengo presente aunque no tengo ningún trabajo relacionado con él es Matar a Platón de Chantal Maillard. He leído mucho a Wallace Stevens y me fascina la capacidad de sintetizar ideas complejas que logra en sus aforismos. Walt Whitman fue uno de los primeros poetas que descubrí en los años 70 en la traducción de Borges de Hojas de hierba y sigue siendo uno de mis predilectos que, además, me ha acercado a otros poetas como Allen Ginsberg. Ahora justamente estoy trabajando en una serie de dibujos y pinturas en torno a los Cantos de Ezra Pound. Más allá, me gustan mucho Emily Dickinson, Williams Carlos Williams y el británico nacionalizado estadounidense W. H. Auden.

–¿Se siente fuera del canon por su reivindicación de la pintura?

–Lo que yo hago no está dentro del canon actual: no es arte de contestación ni de archivo, ni arte radical. En general, el arte conceptual y el archivo representan la nueva academia en el sentido de que marcan con rigidez lo que hay que hacer. Hay muchos expertos y críticos que defienden un solo modelo de arte, piensan que hay valores que no se pueden cuestionar, y ese arte que propugnan es muy distinto al que yo practico. Habría que crear espacios donde se consideraran otras posibilidades pero en el arte actual eso cada vez es más complicado por su tendencia a la uniformidad: lo vemos en los centros de arte, donde se calcan las programaciones, un fenómeno que desgraciadamente es global. Los que no hacemos esos discursos resistimos como podemos.

–Las revisiones de los grandes museos han catapultado precisamente ese arte conceptual. ¿Cree que se ha excluido a su generación, la que eclosionó en Sevilla en los años 80?

–Las revisiones de los 80 que he visto, como la del Macba y, por lo que sé aunque no pude visitarla, la del Reina Sofía, no han hecho una lectura correcta y a fondo de los artistas que salimos de Sevilla en los 80. Observo una sobrevaloración de ciertos creadores que no fueron tan significativos en ese momento, y que hoy sin embargo parecen indiscutibles. Se ha aceptado una visión hecha desde Madrid o por personas que han analizado este fenómeno con una distancia grande y sin el conocimiento de lo que aquí se produjo y de cómo se produjo. Mi generación ha quedado maldita en el sentido de que no se la ha interpretado por completo porque ha faltado investigación y apoyo institucional. En Sevilla puedes ver exposiciones del conceptual catalán, que en su inmensa mayoría fue anecdótico y un corta y pega de movimientos del exterior, pero se sigue minusvalorando lo que se producía aquí en esos mismos años pese a ser fenómenos mucho más originales.

AUTOR CURRO GONZALEZ–¿Qué artista le ha influido más?

–Sin ser el que más me gusta siempre, el que más ha influido mi manera de entender el arte es Matisse. Posiblemente me gusta más Bruegel el Viejo pero hay algo en la actitud ante la pintura que me llegó muy pronto a través de Matisse y perdura: una racionalidad cálida. Hay en él una parte racionalista muy francesa pero dotada de un acercamiento a lo emotivo, a lo precioso, que permanece con independencia de otras cosas.

–¿Qué tiene Sevilla para haber dado tan grandes pintores y seguir en una posición periférica?

–En Sevilla se hizo una producción artística muy importante en el Barroco, cuando se combinaron factores que hicieron posible el trabajo aquí de grandes artistas y talleres. Desde entonces se ha vivido de la renta hasta que en el XIX aparece la escuela costumbrista y artistas de mucha calidad como los Bécquer logran proponer una imagen relacionada con la idea de souvenir. Luego la historia ha sido muy desigual. Pero que tantos artistas continúen queriendo trabajar aquí pese a que no hay un mercado estable ni unas condiciones institucionales que den cabida a su labor es un misterio inexplicable.

Dibujo-01–¿Qué opina de la desafección por el arte actual de las grandes colecciones públicas de Sevilla?

–No es extraño porque falta rigor y las personas responsables de las facultades de Historia del Arte y de las colecciones institucionales no parecen tener criterios claros. El Ayuntamiento de Sevilla, sin ir más lejos, ha tenido una política errática e insuficiente de apoyo al arte contemporáneo, posiblemente porque es un territorio en el que considera que, políticamente, no hay nada en juego. Pero el caso más flagrante del desinterés institucional es el Bellas Artes de Sevilla. Es vergonzoso que las tres administraciones (local, autonómica y central) no hayan tomado hace años la determinación de generar un museo de calidad: el espacio es insuficiente y no reúne las condiciones para mostrar sus extraordinarias colecciones. Las condiciones son tan patéticas como las del Lázaro Galdiano cuando lo visitaba de niño: ventanas abiertas, puertas que no encajan… Quieres generar un atractivo turístico pero cuando tienes algo tan valioso como el Bellas Artes no lo cuidas. Así que si esto ocurre con la pinacoteca, es lógico que pase lo mismo con realidades que pueden ser más discutibles, como el arte actual. He llegado a la conclusión de que la cultura no es prioritaria y de que todo el esfuerzo económico de las administraciones entra en una malla funcionarial que paraliza el dinero y hace que nunca llegue a la creación. Cada vez que se genera algo, el flujo que sería necesario para que los artistas pudieran funcionar se queda empantanado por los gastos de personal y del mantenimiento de los espacios. Lo vemos claro en el CAAC, cuyo presupuesto va prácticamente al cuidado del monasterio, y lo mismo ocurrirá con la Fábrica de Artillería. Málaga ha sabido rehacerse museísticamente gracias, en buena medida, a la competencia política de la Junta que, deseosa de colgarse una medalla en ese feudo del PP, remozó la Aduana con unas condiciones de exhibición infinitamente más favorables que las del Bellas Artes y el Arqueológico de Sevilla. Necesitamos instituciones acordes con la categoría no ya de Sevilla sino de la colección del Bellas Artes. Eso generaría espacios para acoger exposiciones como las que ahora se pueden ver en Bilbao y Málaga. En ese sentido, me pareció nefasto el acuerdo con Focus para generar un centro sobre Velázquez fuera del Bellas Artes en lugar de atraer el capital que ponía un particular al museo, donde se podría haber colocado el busto de Benjumea bien visible y rodeado por las obras que aportaban el contexto para entender al autor de la Casulla, lienzo que vi por primera vez en el Bellas Artes antes que en la colección municipal. Las consecuencias de esas políticas erróneas las pagamos hoy.

-¿Suple el coleccionismo privado esa desatención pública?

–El poco coleccionismo que había antes de la crisis es ahora inexistente. Se echa en falta la ley de mecenazgo que se ha pedido cientos de veces. La administración puede aceptar obras en depósito pero eso no tiene repercusión fiscal ni contraprestaciones para los artistas andaluces, lo que ha generado la retirada de donaciones anunciadas a bombo y platillo por las instituciones. Sevilla carece de una trama productiva y seria para que los artistas puedan vivir de esto.

Imágenes: 1. El óleo sobre lienzo ‘El estilita’ con la figura de san Simón en contrapicado. 2. Curro González junto al lienzo ‘El hijo pródigo’ © Juan Carlos Vázquez. 3. El cuadro ‘La nave de los necios’ con su destelleante amarillo. 4. En ‘Los dientes del tiempo’, marcado por el rojo, un personaje asciende por una escalera mientras va rompiendo cada peldaño con un hacha. 5. Uno de los dibujos preparatorios que puede verse en la galería Rafael Ortiz

Luis Gordillo entre la razón y el deseo

Charo Ramos | 7 de octubre de 2016 a las 14:14

Gordillo Blancanieves y el Pollock ferozLuis Gordillo ante su obra ‘Blancanieves y el Pollock feroz’ © Antonio Pizarro

A finales de los años 50 un joven Luis Gordillo (Sevilla, 1934) vivía en una espartana buhardilla de París y allí, “solo, deprimido y pobre”, según recuerda, comenzó a desarrollar las fascinantes escrituras automáticas y letrismos sobre papel con los que arranca la exposición Confesión general del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC). Coproducida con el Patronato de la Alhambra y el Generalife así como con los centros Guerrero de Granada, Koldo Mitxelena Kulturunea de San Sebastián y el Centro Gallego de Arte Contemporáneo de Santiago de Compostela, lugares a los que viajará tras su clausura en Sevilla el 28 de febrero, esta cita es la primera retrospectiva del artista en su ciudad natal. Con 200 obras en sala, muchas de ellas inéditas hasta ahora, es también la muestra más importante dedicada a Gordillo tras las antológicas organizadas por el Macba (1999) y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (2007), esta última comisariada por el propio artista tras la concesión del Premio Velázquez, una muestra “de autor” comparada con la “retrospectiva clásica” que ahora se presenta.

A Gordillo, que lleva seis décadas afincado en Madrid, donde tiene su estudio junto a su vivienda en una urbanización de las afueras, esta retrospectiva que han comisariado Santiago Olmo y Juan Antonio Álvarez Reyes -directores de los centros autonómicos gallego y andaluz- le ha dado la oportunidad “de reflexionar sobre mi trabajo y establecer un territorio propio, el territorio Gordillo”, bromea con el aspecto juvenil de sus bien llevados 82 años. “Esta antológica es la ocasión de reconocer todos esos caminos que he abordado en mi carrera. Más que por las obras singulares me interesa por las vías de aproximación que plantea a mis temas”, aprecia.

Para Santiago Olmo, la pintura del también Premio Nacional de Artes Plásticas e Hijo Predilecto de Andalucía es “carnal y ácida”, y le ha convertido en un referente para posteriores generaciones de artistas, desde los figurativos madrileños a los nacidos en el tránsito a los años 70, como ocurre por ejemplo con Daniel Verbis. “Gordillo es a la vez un artista de artistas y un creador para el gran público que nos sorprende por su eterna juventud. En cada una de sus etapas se nos presenta como un artista joven con una gran madurez”.

Los senderos o líneas discursivas que de Gordillo recorre el CAAC arrancan con los dibujos automáticos relacionados con el informalismo y con los hipnóticos letrismos en francés dibujados en tinta china que el propio artista ha extraído de su colección particular. Continúa en las siguientes salas con las cabezas emparentadas con el pop británico, obras que traducen a su propio lenguaje la estética y los medios de expresión que había conocido en Londres a través de artistas como Hockney y Hamilton.

PersonajeAnte ‘Gran cabeza’, obra de Gordillo en los fondos del CAAC  © Antonio Pizarro

Peatones, tricuatropatas y automovilistas son motivos recurrentes en estas creaciones de aliento pop pero absolutamente personales y de las cuales, por fortuna, Andalucía atesora una de las mejores piezas, Gran cabeza (1965), en la colección del CAAC.

Gordillo comenzó estudiando Derecho en la Universidad de Sevilla, pasó luego a formarse en Bellas Artes y en 1958 viajó a París por primera vez. A su regreso en 1962 ofreció en su ciudad natal su primera exposición, en el Club La Rábida, y en 1967 la galería La Pasarela le dedicó otra cita clave para despegar su carrera.

En los años 70 su producción incorpora el dibujo como elemento vertebrador junto a sus experiencias con la imagen fotográfica y la serialidad. En las obras de estos años aparecen motivos a los que volverá posteriormente, como ocurre con los collages en técnica mixta dedicados a Peter Sellers. Los Chinos (1969), con sus tonos amarillos y azules, procede de la colección de la Fundación Monte de Piedad de Madrid y es otro lienzo clave de estos años.

De los 80 los comisarios han puesto el foco principalmente en la serie de Los Meandros en tanto que los hallazgos creativos de los 90 se agrupan en torno a uno de sus cuadros más importantes, Blancanieves y el Pollock feroz, que llega a Sevilla cedida por Bankia. Muy cerca de esta obra se ubica Sinfonía Bisagra (1993), también dominada por las pinceladas azules y otra de las joyas del CAAC.

El Gordillo que nunca deja de experimentar asiste a su propia apoteosis creativa en los 2000, cuando da entrada a lo digital y sigue innovando en soportes y técnicas. Fascinantes composiciones que apuestan por colores como el rojo y que dan paso a sus últimas creaciones, esas cabezas realizadas en 2015 que sobresalen por su vibrante juventud y su constante investigación.

Un apartado esencial de esta muestra está dedicado a mostrar cómo trabaja Luis Gordillo, no sólo a través de dibujos que explican sus procesos creativos, sino sobre todo mediante la reconstrucción de su estudio, al que el público puede asomarse desde la barrera. Allí el visitante puede hacer suyas las impresiones del crítico de arte Francisco Calvo Serraller, para quien “en la obra de Gordillo hay una identificación de lo dibujístico con lo pictórico, obsesión por la creación de espacios, grafismo basado en rayados, punteados, manchas y cuadrículas, uso de tinta china con barridos de lápiz, tachaduras y raspaduras, ciertas evocaciones figurativas y presencia de signos identificables (letras, números, cruces, etc.)”.

A la derecha 'Los Chinos', lienzo de Gordillo de 1969 © Antonio Pizarro
A la derecha ‘Los Chinos’, lienzo de Gordillo de 1969 © Antonio Pizarro

El propio artista cree que es una muestra “muy didáctica” y que el visitante podrá comprobar, en los lienzos pero, sobre todo, en los conjuntos de dibujos y fotografías, los diversos senderos artísticos que ha transitado para “combatir la ansiedad a través del lenguaje”. Esto se ve especialmente, cree, en los dibujos preparatorios de los años 70. “Al final de mi época geométrica tuve una crisis importante porque me sentía exageradamente controlado por la forma. Yo necesito la duplicidad entre el deseo y la razón que es la base de mi trabajo. Y cuando uno de los dos se impone algo falla”.

Gordillo considera que hay artistas que permanecen, con pequeños cambios, en el mismo estilo. En cambio, él siente que el suyo se ha construido “a zancadas, a saltos en vez de a pasitos, como le ocurría a Picasso y sobre todo a Picabia“. Con todo, al ver reunidas seis décadas de su carrera, encuentra una línea común que atraviesa su producción, un hallazgo: la suya no es una obra angustiada. “Pensaba que mi obra era más dura, que los dibujos de los años 70 eran feroces y desagradables porque los hice en un momento en el que me sentía así. Uno tiende a pensar que las tensiones psicológicas que vive contaminan la obra y no es cierto. Me asombra que épocas en las que yo estaba muy hundido dieron lugar a obras muy simpáticas, coloristas y juguetonas, como las que aquí se reúnen”.

Luis Gordillo. Confesión general. En el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo hasta el 28 de febrero de 2017.

Posteriormente viajará a Santiago de Compostela, San Sebastián y cerrará su itinerario en Granada, donde se mostrará del 5 de octubre de 2017 al 7 de enero de 2018.