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Caixafórum, una oferta cultural en juego

Charo Ramos | 14 de noviembre de 2012 a las 22:30

Desde que comenzó la crisis económica, las grandes exposiciones internacionales han llegado con cuentagotas a la capital andaluza. Visión de España de Sorolla y El joven Murillo en el Bellas Artes o las muestras dedicadas a Brassaï y a la Fotografía húngara en Chicarreros parecen hoy muy lejanas, aunque tuvieron lugar en Sevilla hace sólo unos años. Con honrosas excepciones como Murillo y Justino de Neve en Focus, o las videoinstalaciones de Agnès Varda en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), para disfrutar de muestras temporales de holgado presupuesto y que incluyan a los nombres más cotizados del arte antiguo o actual, el éxodo del turista cultural sevillano lleva forzosamente a Madrid o Barcelona -y últimamente, gracias a muestras como El factor grotesco del Picasso o las que avanza el Museo Carmen Thyssen, también a Málaga-. Sólo por ese apetito o hambruna de grandes citas artísticas, la apertura del proyecto Caixafórum era un sueño que iba a incorporar a Sevilla al eje de primera magnitud que componen Madrid, Barcelona y Palma de Mallorca, donde La Caixa tiene sus centros culturales señeros, a los que se suman otros tres en territorio catalán: Lérida, Gerona y Tarragona.

El Caixafórum de las Atarazanas iba a ser el octavo de España en orden de apertura, porque la arquitecta Carme Pinós proyecta otro en Zaragoza que tenía previsto inaugurarse a finales de 2013 y el que diseñaba Vázquez Consuegra no iba a estar listo, en ningún caso, antes de 2015. Sin embargo, con el giro que ayer tomaron los acontecimientos, es posible incluso que el de Sevilla anteceda al de Zaragoza, y sería así el séptimo de la red.

Los plazos, en todo caso, resultan secundarios cuando lo que está en juego es el proyecto cultural, del que Sevilla no debe desvincularse. Perdida esta gran oportunidad histórica de incorporar unas Atarazanas remodeladas a la trama creativa y viva de la ciudad, hay que confiar en que las obras de Goya, Yves Klein, Blake, Piranesi o Marcel Broodthaers -por citar sólo cinco grandes artistas incluidos en proyectos itinerantes de Caixafórum- lleguen a través de la torre vecina del Pabellón de la Navegación -éste sí diseñado por Vázquez Consuegra- a nuestras retinas. 

Porque, y esto es lo que conviene no olvidar, cuando La Caixa recibió de manos de la Junta las llaves de las Atarazanas, se comprometió también a realizar una inversión anual de cuatro millones de euros en actividades. Principalmente artísticas -porque Sevilla iba a alcanzar los 2.500 metros cuadrados que los centros de Madrid y Barcelona dedican a exposiciones- pero no sólo. También musicales, científicas, literarias, pedagógicas y sociales. Porque tal es la divisa de los centros Caixafórum: ofrecer cultura en sentido amplio y para toda la familia, con propuestas específicas además para los niños y la tercera edad. Una oferta que es más que un sueño para Valencia -está previsto otro Caixafórum en el solar que ahora alberga el estadio de Mestalla- y por la que la dinámica Málaga puja ya con fuerza.

Hasta la fecha, La Caixa se ha distinguido por ubicar estos centros en edificios de singularidad arquitectónica, ya fueran de nueva construcción o históricos rehabilitados. Entre los remozados, el estilo predominante en la red es el modernismo, como ocurre en el Caixafórum de Barcelona, el primero que abrió sus puertas en 2002 en una fábrica textil a los pies de Montjuïc que proyectó Puig i Cadafalch, contemporáneo de Domènech i Montaner y Gaudí. Su reforma la firmaron hace una década arquitectos de renombre internacional como Arata Isozaki.

También el de Mallorca se ubica en otro edificio modernista emblemático, el Gran Hotel de Palma, y cuenta con una colección permanente dedicada al pintor Anglada Camarasa. En Lérida, la Obra Social se encuentra en el edificio del antiguo cine Vinyes, joya modernista de Francesc de Palau Morera Gatell apodada al inaugurarse en 1915 la Tacita de Plata.

En cambio, en Tarragona el Caixafórum ocupa un edificio de estilo neoclásico ubicado en el centro comercial de la ciudad, construido en los años 50 por el arquitecto local Pujol y Sevil. Y en Girona se levanta sobre un edificio emblemático de la arquitectura civil medieval -como habría ocurrido con las Atarazanas- cuya loggia y patio interior son impresionantes.

No menos admirable es la reforma que los arquitectos Herzog y De Meuron llevaron a cabo en Madrid, en la antigua central eléctrica del Mediodía, uno de los pocos edificios industriales modernistas en la capital española. Ellos han logrado convertir en un icono este centro, cuya localización en el Paseo del Prado -cerca de la primera pinacoteca nacional y entre el Reina Sofía y el Thyssen- es otro de sus atractivos. Condición ésta, la ubicación en el corazón de la ciudad, en la que obviamente las Atarazanas superaban a la Torre Pelli.

Ahora que las llaves de los antiguos astilleros medievales regresan a la Junta de Andalucía, cuyos presupuestos culturales la imposibilitan para acometer en solitario la reforma o conservación del edificio, no está de más recordar otros usos que el Gobierno autonómico estudió y hasta proyectó para esta joya patrimonial. El más importante o avanzado de todos fue el plan para ubicar en las Atarazanas el CAAC antes de que se le diera sitio en el monasterio de la Cartuja.

El estudio arquitectónico de Antonio Barrionuevo y Julia Molino fue el elegido por la Consejería de Cultura para diseñar la transformación del emblemático edificio en museo de arte contemporáneo. En 1988 realizaron el estudio previo, en 1991 presentaron sus planteamientos y en 1992 avanzaron en las ideas para ubicar allí la sede del CAAC. Pero en 1993, cuando estaba aprobado ya este proyecto, llegó la crisis -no tan brutal como ésta, pero crisis al fin- y la opción de las Atarazanas se disolvió aunque Barrionuevo y Molino lograron sacar adelante la reforma de la Sala Fundición. A la espera de que La Caixa anuncie quién proyectará la adecuación de varias plantas de la Torre Pelli como Caixafórum, la Junta debe decidir con urgencia cómo protegerá las Atarazanas los próximos 75 años, plazo que dio a la entidad catalana para tutelarlas.

 

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