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El arte sereno de Teresa Duclós

Charo Ramos | 14 de septiembre de 2017 a las 19:21

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Es difícil olvidar un cuadro de Teresa Duclós (Sevilla, 1934) cuando se tiene la ocasión de enfrentarse a la serena belleza, al tiempo detenido, que habita en su pintura. Si se aman los bodegones de Sánchez Cotán y Zurbarán, los interiores de Chardin y los jardines de Monet, es prácticamente imposible no sentir curiosidad por esta pintora adscrita a la tradición realista española, pero creadora de unas atmósferas tan sugerentes que hacen que su obra escape a cualquier definición. Sólo en un contexto artístico como el nuestro, donde pesa más el ruido y el trazo grueso que la dedicación callada a una obra que conlleva un tremendo esfuerzo personal y numerosas lecturas, pueden darse casos como éste: el de una pintora con mayúsculas, escasamente representada en los museos públicos y poco estudiada en comparación con sus coetáneos, desde amigos y cómplices como los recordados José Soto, Joaquín Sáenz y Jaime Burguillos a los prodigiosamente activos Carmen Laffón y Luis Gordillo.

Por fortuna, la bibliografía sobre esta mujer emparentada por vía materna con el arquitecto catalán Josep Lluis Sert se ve enriquecida ahora, y de qué manera, gracias al libro Teresa Duclós, un sostenido diálogo con la pintura que Juan Bosco Díaz-Urmeneta, profesor titular jubilado de Estética de la Universidad de Sevilla y crítico de Diario de Sevilla, ha publicado en la colección Arte Hispalense de la Diputación, donde ya habían aparecido sus referenciales estudios sobre Sáenz y Laffón.

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Estamos, probablemente, ante una de las monografías más importantes en la amplia carrera de Díaz-Urmeneta, quien a la vez que da cuenta de la coherencia y solidez de la poética de Duclós reflexiona, en la línea de sus admirados Todorov, Bachelard y Alpers, sobre los grandes temas de la pintura moderna: la casa, la intimidad, el bodegón, el jardín o el paisaje. Asuntos que le incitan a viajar de la gran pintura holandesa del XVII a la escritura de Proust o los jardines de Rusiñol porque, como defiende el autor, el conocimiento de la pintura y del arte contemporáneo que posee Teresa Duclós es tan grande que le permite abordar ideas y problemas muy diversos. Y aún más: “En ese esfuerzo que es, en la pintura, a la vez de la mano, la sensibilidad y el pensamiento, se van descubriendo caminos que sólo abre la misma práctica de la pintura y creo que ese el caso de Teresa Duclós”.

Hija del prestigioso médico cardiólogo Francisco Duclós, amigo de artistas como Winthuysen y Bacarisas, y de Niquis López Sert, Teresa Duclós nació en una casa de muros blancos y umbroso jardín edificada en el barrio de Nervión a partir de los diseños que Josep Lluis Sert regaló a su prima como regalo de bodas. La autoría de Sert, que no llegó a incorporar a su catálogo personal el que sería su primer proyecto, quedó en la sombra hasta que en 1968 el entonces arquitecto recién titulado Gerardo Delgado estudió, restauró y publicó el proyecto junto con tres estudiantes de arquitectura: Víctor Pérez Escolano, José Ramón Sierra y Juan Sebastián Bollaín. “Todos eran amigos de Teresa, que les facilitó los planos”, relata Bosco.

Esa casa tan singular -conocida popularmente como la Casa Duclós o El Barco- y retraída en un barrio distante entonces del centro de la ciudad debido al trazado ferroviario influyó sin duda en la juventud y formación de Teresa, que acabaría encontrando allí -como le ocurrirá luego con la casa de campo familiar en San Bartolomé de la Torre (Huelva)- muchos de sus grandes motivos, caso de las yedras, las hortensias y los cuencos de loza a los que, en sus lienzos, vemos casi modelados en vez de pintados por la tremenda atención que otorga a la materia.

Su sobria gama de color y su pincelada desnuda abonarán, según el también crítico José Yñiguez, la idea que define el mejor realismo. “En Duclós, el respeto a la consistencia de los objetos tiene que ver con el reconocimiento de su verdad, con la preservación de la inquietud que despiertan en nosotros. Ella no idealiza. Su poética consiste en hacer justicia al desconcierto que produce la verdad de cuanto la rodea: sean objetos, rincones del jardín, entornos naturales o interiores. Ese realismo, que cabría llamar sustantivo, es el gran tema de su pintura”, añade Bosco.

Duclós comenzó en 1949 a asistir a la Escuela de Artes y Oficios de la calle Zaragoza, apenas cumplidos los 15 años. En el ambiente artístico de la ciudad todo revestía entonces un tono menor y cualquier pintor que se atreviera a romper las inercias folcloristas y académicas, como le ocurrió a Romero Ressendi al mostrar sus Tentaciones de San Jerónimo en la galería Velázquez, se enfrentaba a la condena del cardenal Segura. La descripción de esa escena local hacia 1952, cuando Duclós ingresa para estudiar Bellas Artes en la Escuela Superior Santa Isabel de Hungría, en la que fuera casa del pintor Gonzalo Bilbao, ocupa uno de los capítulos más memorables del libro.

Con sus compañeros de estudio, mantendrá complicidades y realizará sus primeras exposiciones colectivas: debutó en 1957 en la galería Carlen -situada en la Plaza del Duque- junto a Carmen Laffón, José Luis Mauri, José Soto, Paco Cortijo o Pepi Sánchez, entre otros.

Bosco cree que Jaime Burguillos, Diego Ruiz Cortés y Pepe Soto han sido las amistades artísticas más influyentes en la vida de Duclós, así como más tarde Gerardo Delgado, a quien suele plantear cuestiones pictóricas. “En Teresa y sus compañeros influye desde el principio el sentirse modernos en una ciudad muy conservadora. La generación del 34 no es la primera en romper pero sí la primera que logra mantener viva la ruptura porque concretan lugares de cita y los consolidan hasta agotarlos: mantienen vivo el Club La Rábida, abren la galería La Pasarela -donde Duclós protagoniza su primera muestra individual en 1967-, colaboran con Juana de Aizpuru y se relacionan con otras galerías fuera de Sevilla. Ella estuvo siempre en esas movidas aunque con la discreción acostumbrada”.

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Antes de analizar los principales trabajos pictóricos de Duclós, el autor del libro repasa diversos hitos biográficos que resultaron decisivos en la génesis de su carrera, como la beca de paisaje que le permitió estudiar en Granada y exponer en la Fundación Rodríguez Acosta o en la prestigiosa galería Céspedes de Córdoba, el primer premio de Grabado de la exposición de la Dirección General de Bellas Artes en Sevilla en 1964, la apertura en 1967 del centro de estudios El Taller, año en que expone con Juana de Aizpuru, o su fichaje por la galería Biosca, a la que permanecerá fiel hasta su cierre en los años 90.

Duclós, que también fue profesora de dibujo en institutos de Dos Hermanas (Nuestra Señora de Valme) y Sevilla (Martínez Montañés), está hoy quizá en tierra de nadie por practicar una pintura que no es tradicional pero tampoco actual. La Colección Cajasol es la que guarda más creaciones suyas gracias a la compra planificada que se hizo en la época de Francisco del Río y hay obras sueltas en las colecciones del Banco de España, el Santander, AENA, la Diputación y la Universidad de Sevilla. A la espera de que los grandes museos como el Reina Sofía o el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo atiendan el alcance de su obra, son las galerías Leandro Navarro y Rafael Ortiz las que, en los últimos años, han mostrado esos conjuntos que sintetizan su mundo personal: la casa, como microcosmos; el interior, como espacio habitado y conectado al exterior; el jardín, como medida del tiempo y de la sensualidad; el bodegón y los cuencos de flores, como entorno cercano, y el paisaje como micronaturaleza.

Una estética, en suma, que en su humildad oculta múltiples regocijos y en la que Juan Bosco Díaz-Urmeneta no encuentra “ni tristeza ni melancolía, sino una ascética que quiere valorar el alcance de la pintura más acá de cualquier estridencia”.

[Diario de Sevilla, septiembre de 2017]

Imágenes: 1. ‘Bodegón de las mimosas’, 1998. 2. ‘La ventana de detrás’, 1981. Fundación Cajasol. 3. ‘Los pájaros’, 1967. Las tres obras pertenecen a la Colección Cajasol

Académicas

Charo Ramos | 24 de febrero de 2013 a las 23:26

 

Sólo cuatro mujeres forman parte de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando tras la incorporación, el pasado lunes, de la fotógrafa manchega Cristina García Rodero. La única andaluza en tan prestigiosa selección es la pintora y escultora sevillana Carmen Laffón, igualmente distinguida esta semana con el título de Hija Predilecta de Andalucía, la máxima condecoración que otorga el Gobierno de esta comunidad.

Se me ocurren muchas otras artistas (como Elena Asins, Esther Ferrer, Soledad Sevilla, Carmen Calvo, Eva Lootz y Cristina Iglesias, la arquitecta Carmen Pinós o la catedrática Anna Maria Guasch) que deberían ingresar en la Real Academia de San Fernando, institución que se define como la de mayor vigencia cultural en España y, pese a su longevidad o tal vez a causa de ella (fue creada en 1752), bastante miope a los méritos de las mujeres creadoras.

Además de Teresa Berganza como académica de número, y de Carmen Giménez como académica de honor, García Rodero y Laffón son las únicas exponentes del papel activo que la mujer ha asumido en la renovación estética española de las últimas décadas. Ambas, lo digo sin ambages, me entusiasman. Y celebro que la coherencia de sus obras, su capacidad para asimilar las principales corrientes artísticas y fotográficas del siglo XX desde su propio vocabulario y, sobre todo, su independencia, su firmeza contra los vaivenes de las modas y los mercados, las haya hecho merecedoras de la posición que ahora disfrutan.

Al haber ingresado en la institución en la madurez creativa y personal, tras décadas de ejercicio alabado internacionalmente, el consenso que existe sobre los méritos de Berganza, García Rodero y Laffón es abrumador; un aprecio social difícilmente igualado por todos los académicos varones, que superan el medio centenar y entre los cuales hay miembros, como el arquitecto Santiago Calatrava, cuya obra no goza en la actualidad de una valoración unánime por motivos tan complejos como la conservación, los costes y el comportamiento fiscal.

Si García Rodero desnudó el alma de este país en los 200.000 negativos que componen su serie más famosa, España oculta, que fue su pasaporte a la Agencia Magnum (ha sido el primer fichaje español en la historia de la mítica cooperativa fundada por Cartier Bresson), en Carmen Laffón nos atrapa el ritmo y la poesía de sus pasteles, carboncillos, óleos y esculturas. Nadie ha interpretado como ella el paisaje que conecta Sevilla con Sanlúcar de Barrameda; ese cauce por donde fluyen la vida y la muerte y que Laffón detiene en imágenes de recogida belleza y honda espiritualidad, a la manera de sus admirados Rothko y Pérez Aguilera.

La mejor monografía para adentrarse en su obra sigue siendo la que escribiera Juan Bosco Díaz-Urmeneta para la colección Arte Hispalense. Ahora, durante sólo siete días y hasta el próximo dos de marzo, la galería Rafael Ortiz exhibe su carpeta de litografías del Coto de Doñana y la desembocadura del Guadalquivir, ese territorio propio al que dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes el 16 de enero de 2000.