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Refugios del arte andaluz más actual

Charo Ramos | 30 de septiembre de 2016 a las 22:32

 

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Fuentesal y Arenillas: Serie “Talgo”

 

La temporada expositiva arranca en la Fundación Cajasol con una mirada al arte andaluz emergente. Tanto la comisaria del proyecto, titulado Un lugar en el mundo en alusión a la película de Aristarain, como los creadores seleccionados han nacido con posterioridad a 1980. Muchos de ellos viven y trabajan fuera de España, lo que lleva directamente al tema elegido por Mariana Hormaechea para abordar su selección: dónde se refugian los creadores que están llamados a protagonizar la renovación de la escena andaluza. Con la burbuja inmobiliaria como punto de partida de la crisis, y especialmente atenta a la dispersión geográfica de las nuevas generaciones, la comisaria combina cuestiones sociológicas, antropológicas e intimistas en esta reflexión colectiva sobre el anhelo de un hogar y un espacio propios.

La instalación, la fotografía, la poesía o el vídeo son los principales lenguajes que emplean estos artistas, de entre los cuales los más jóvenes comienzan a ser descubiertos por el público inquieto mientras que otros cuentan ya con una notable trayectoria apoyada por becas, premios o residencias en el extranjero. Esta cartografía de nombres y tendencias es, así, el primer mérito de una cuidada selección de trabajos que se distribuyen por las dos plantas de la Sala Murillo y que merece la pena desentrañar con el apoyo de las visitas guiadas (reservas@monto.es), porque no es extraño querer saber más de cada uno de los participantes.

Mariana Hormaechea (Santurce, 1983) considera que no son tiempos para exaltar la diáspora por los condicionantes económicos que conlleva en el caso español pero sí ha querido atender al viaje como movimiento migratorio y espacio fértil de creatividad, a la par que factor de desestabilización en un mundo globalizado donde cada vez hay más voces contrarias a la libertad de fronteras. “En un universo despersonalizado como el nuestro, el artista contemporáneo busca construir refugios íntimos y frágiles como protección de otros mundos más oscuros”, asevera Hormaechea.

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Lola Guerrera: “Refugio”

Muchas de las obras hablan, conspicuamente, de la vulnerabilidad. Así ocurre, por ejemplo, con Lola Guerrera (Córdoba, 1982), cuya delicada pieza Refugio mezcla la escultura, la fotografía y la instalación, y ha sido creada ex profeso para la muestra. La artista, licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Málaga (UMA) y Máster en Fotografía, combina sin estridencias la imagen digital con los materiales artesanos como el algodón o el yute, cuya procedencia natural usa para plantear una defensa militante del medio ambiente. La fotografía adyacente documenta la acción que realizó en su casa, donde construyó sobre su cama una especie de cabaña con palos de madera encontrados en la calle. La recreación de esa guarida, que también sugiere un palio, un dosel o una bóveda vegetal, puede rodarse y permite al público apreciar los detalles. La obra, de gran poder evocador, consigue que pasemos de la reflexión ecologista al anhelo del nido y viceversa.

La fragilidad y la poesía están muy presentes también en Duelo, de David Escalona (Málaga, 1981), licenciado en Bellas Artes que amplía estudios en Medicina y cuenta con un arrollador currículo artístico que abarca no sólo exposiciones en galerías como Fúcares, Isabel Hurley, CAC Málaga o el Centro Conde Duque sino también aplaudidas incursiones literarias, a menudo ilustrando poemas de la escritora Chantal Maillard. El mundo personal de Escalona desborda en la fotografía Duelo que Hormaechea ha escogido para enlazar las ideas del hogar y la pérdida. Contemplamos la imagen de un sanitario familiar donde alguien que tal vez ya no está ha dejado en el pomo de la puerta una toalla usada, que vemos duplicada gracias al juego que establecen los espejos. El mobiliario nos retrotrae a los años 70 y la ausencia de figuras humanas genera extrañeza. Pese a su frialdad forense, la fotografía nos llena de emoción. “Lo que me inquieta es la viva presencia de esa ausencia”, aprecia el propio David Escalona.

La fotografía es asimismo el lenguaje con el que la pareja de artistas que conforman Julia Fuentesal Rosa (Huelva, 1986) y Pablo Muñoz Arenillas (Cádiz, 1989) se enfrenta a su proyecto Talgo, en el que convierten un vagón de tren en espacio abstracto y estético centrando la atención en los objetos inertes, como las cortinillas azules o la botella de agua olvidada. El contraste entre esos elementos en primer plano y el paisaje del fondo brinda un cruce de miradas no exento de humor, curiosidad y alegría. El viaje, para esta pareja artística que actualmente trabaja en Londres, es una experiencia azarosa y, por ello, promisoria. Fuentesal y Arenillas, que tuvieron su primera individual como colectivo artístico gracias al programa Iniciarte, y fueron seleccionados por el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo para su proyecto A Secas dedicado a los artistas andaluces de ahora, se cuentan entre los galardonados del XXXVII Certamen Nacional de Arte Ciudad de Utrera.

La trayectoria de Sonia Espigares (Sevilla, 1987) recibió un impulso considerable con la beca de creación artística que disfrutó en México gracias a la galería Rafael Ortiz, con la que trabaja desde 2014, y que confirmó las expectativas puestas en esta fotógrafa que se dio a conocer en la colectiva Que vienen los bárbaros celebrada en el ICAS en 2012. Espigares comparece aquí con tres fotografías que exploran -especialmente la titulada Asedio- la desasosegante relación del individuo contemporáneo con la naturaleza y el modo en que habitamos los espacios. La idea del movimiento, del acceso a un terreno desconocido, permite a la artista transitar por facetas opuestas, de lo inhóspito a lo acogedor.

La naturaleza arrollada por los desmanes urbanísticos es un tema que preocupa especialmente a Miguel Ángel Moreno Carretero (El Carpio, Córdoba, 1980), quien emplea materiales humildes y métodos de la arquitectura y la ingeniería para discurrir con contundencia sobre la burbuja inmobiliaria y el expolio paisajístico. En sus obras los sueños de independencia o de espacios comunitarios están sepultados por hormigón y apresados por cepos hipotecarios. Hay ironía y compromiso cívico, pero sobre todo hay una atenta ejecución formal que desborda en Hidroclastia, una instalación que, para la comisaria Mariana Hormaechea, “funciona como metáfora para hablar del ladrillo y sus consecuencias sociales, económicas y medioambientales”.

Muy cerca, las fotografías de Óscar Romero (Sevilla, 1984) comparten postulados críticos con las esculturas de Moreno Carretero. En estas impresiones el paraíso está roto, putrefacto, y en su lugar aparecen construcciones verticales que nunca llegarán a inaugurarse, muros de cemento y formas diversas de la avaricia y la especulación. Es la suya una fotografía de corte documental rotunda y salvajemente poética.

Cristina Mejías (Jerez de la Frontera, 1986) ausculta, por su parte, la zozobra que conlleva la búsqueda de nuevos horizontes laborales o meramente vitales en su interesante vídeo Herzlich Willkommen, donde entrevista a una serie de jóvenes a los que ha cubierto con la máscara de un animal migratorio diferente. Esta pieza documental de corte intimista nos informa de los intereses literarios y cinematográficos de esta licenciada en Bellas Artes que trabajó varios años en Berlín y ha dejado huella en galerías especializadas como Sánchez de Lamadrid o The Lab Gallery en Dublín.

El videoarte y la poesía son los ámbitos por los que transcurre la carrera de Beatriz Ros (Málaga, 1984), licenciada en Bellas Artes por la UMA, poeta (los sellos La Bella Varsovia y Renacimiento han dado cuenta de su talento) y artista de proyección internacional gracias a exposiciones en Copenhague, Washington o, la más reciente, en el Palmeral de las Sorpresa de Málaga con el programa Iniciarte. De Ros vemos aquí su creación audiovisual Miss-Taken, una reflexión sobre el proceso creativo. El pulso entre el deseo de refugio y la necesidad de abandonar la calma y la zona de confort se expresan en una acción que tiene al cuerpo de la artista como materia prima.

Fotografía de José Angel García
Mercedes Pimiento: “Useless Landscape”

 

 

Mención especial merecen los trabajos de Mercedes Pimiento y la pareja que conforman Moreno y Grau por su uso de materiales humildes y perecederos. Pimiento (Sevilla, 1990) emplea pastillas de jabón en la instalación Useless. Landscape para ironizar sobre el proceso de construcción de una urbanización ficticia. Atenta a la Historia del Arte, con ecos aquí del Land Art y el minimalismo, la sevillana juega con la escala en estos “paisajes en desuso” que complementa con una selección de dibujos sobre papel. Licenciada en Bellas Artes, Pimiento reside ahora en Barcelona, donde cursa el Máster en Producción en Arte Contemporáneo, y ha participado en la última edición de Casa Leibniz, celebrada este año en el Palacio de Santa Bárbara de Madrid.

Las malagueñas Alba Moreno (1985) y Eva Grau (1989) forman un colectivo artístico que trabaja en medios diversos como la fotografía, la instalación, el vídeo o la escultura. Sin título es la pieza elegida por Mariana Hormaechea para reflexionar sobre el extrañamiento y el desarraigo. Moreno y Grau suelen interesarse por materiales que se comunican con la luz, desde metales a espejos y vidrios. Aquí plantean, mediante un tubo de cobre suspendido y del que cuelga una piedra de malaquita, el deseo de evasión, la búsqueda de lo primitivo y la conexión con un mundo aún sin contaminar donde ellas aspiran a echar el ancla.
Una muestra, en suma, para visitar y celebrar que los recortes en el apoyo público no hayan podido con esta inquieta generación de artistas de Andalucía.

Un lugar en el mundo. En la Sala Murillo de la Fundación Cajasol, Sevilla, hasta el 9 de octubre de 2016 

“En un mundo de violencia una orilla del mar tranquila es una respuesta”

Charo Ramos | 27 de noviembre de 2012 a las 10:06

En tiempos de violencia económica inusitada en las oficinas, en los despachos; en una Europa que pierde sus referencias culturales al dictado de los bancos, la presencia en la capital andaluza de Agnès Varda ha sido un bálsamo para espíritus desasosegados. La abuela de la Nouvelle Vague (Bruselas, 1928), cuya obra fílmica revisó esta edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, es también la protagonista de una exposición en el CAAC cuyo aliento confirma que uno puede reinventarse incluso a los 80 años y seguir -ahora como videoartista- cuestionando los discursos oficiales para buscar, en los márgenes, en las orillas, la belleza de la vida.

 -Recientemente ha vuelto a la fotografía, como muestra ese Autorretrato quebrado de 2009 que exhibe en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo y donde la vemos lucir unas pequeñas gafas. ¿Cómo fueron sus inicios con la cámara?

-Todas las formas de arte han nutrido mi vida. El arte es una historia de transmisión, de compartir. Comencé como fotógrafa para ganarme la vida. Cubría bodas, reportajes familiares… Pero realmente no sabía nada de fotografía ni era cinéfila, aunque por entonces admiraba a Brassai, Cartier Bresson, Edward Weston, Duane Michals y el mexicano Álvarez Bravo. También me apasionaba Koudelka. En cambio, la fotografía de moda nunca me ha interesado, ni entonces ni ahora. Fue fundamental para mi formación el que, por azar, me encargaran hacer fotografías de teatro. Tuve la suerte de trabajar desde los 20 años con el actor y director de teatro Jean Vilar, que fundó el Festival de Avignon. Trabajé también temas de artistas y de viajes. En la China de 1957, por ejemplo, tomé más de tres mil fotos.

 -En torno a esa fecha viajó a Sevilla por primera vez. ¿Qué recuerda?

-Mi primera visita a Sevilla fue en los años 50, sí, cuando me ganaba la vida como fotógrafa. Una revista francesa me encargó que buscara las huellas del verdadero don Juan. Y creo que lo encontré, en un heredero de los caballeros de Malta que vivía en un castillo. Intenté hacer algo diferente pero no pude. La publicación tenía muy claro que quería ver bonitas sevillanas detrás de las rejas, niebla, el carro de los muertos con sus caballos… porque la muerte siempre está presente en el mito de don Juan. Era un reportaje alimenticio, anterior a 1957, el año en que conocí a Jacques Demy.

 -Su fotografía estaba muy influida por la pintura y el gusto por la composición lo trasladó a su cine. ¿Qué fotógrafos le interesan ahora?

-Me encanta Sophie Calle, por ejemplo. Vi en los Encuentros de Arlès su exposición For the Last and First Time y me pareció hermosísima. Muestra en ese trabajo a personas que se han quedado ciegas e intentan reconstruir su última imagen; y también la experiencia de habitantes de Estambul que nunca han visto el mar. Cindy Sherman, en cambio, me gusta menos, es demasiado sistemática. Sarah Moon, que trabaja con las Polaroids y hace unas películas un tanto extrañas, y la mexicana Graciela Iturbide, también me interesan mucho. Y JR, que hace reproducciones inmensas de fotos que pega en las paredes en Palestina y las favelas de Brasil. De Ernest Pignon-Ernest, que trabaja con reproducciones de pinturas antiguas que cuelga en las calles de Palermo, me gusta mucho su mezcla de fotografía y arte.

 -Aunque el Festival de Cine Europeo ha recorrido su carrera fílmica, de algún modo también ha vuelto los ojos al legado de su marido, Jacques Demy, presente en tantos de sus trabajos, como Las playas de Agnès, Jacquot de Nantes

-En los últimos años he dedicado mucho esfuerzo a devolverle los colores a las imágenes de Jacques, que se estaban perdiendo. En 1996, por ejemplo, supervisé la restauración y digitalización de Las señoritas de Rochefort. En ese musical, que es de 1967, tengo por cierto un brevísimo papel interpretando a una de las monjitas que van a comprar partituras a la tienda de música que regenta Michel Piccoli. Nuestro cine estaba lleno de guiños así.

 -¿Le gusta cómo ha quedado su obra expuesta en el CAAC, el antiguo monasterio de los cartujos?

-Estoy muy contenta. Es importante que la gente llegue con buena disposición a las exposiciones y, para visitar ésta, hay que atravesar en el tiempo un lugar que fue religioso, industrial y ahora artístico. Eso te hace llegar con un espíritu propicio y abierto. Además, el director Juan Antonio Álvarez Reyes compartió conmigo, con mi hija Rosalie y con Victoire di Rosa, del Instituto Francés, la selección y disposición de los trabajos, dando un lugar prioritario a mi gran instalación Las viudas de Noirmoutier, que él había visto en la Fundación Cartier, en París. No son muchas piezas pero sí son muy significativas.

-Además de estas Viudas, otras piezas, como Bord de mer (2009), ilustran el papel que las orillas juegan en su imaginario. ¿Qué significa el mar para Agnès Varda?

 -Es la contemplación del espectáculo más bello del mundo. También el ensueño, el ensimismarme y soñar despierta. Esos pensamientos que surgen y te vienen de día. Para unos el mar es la aventura, el deporte, la acción, la tormenta, la fuerza del hombre en la naturaleza. Hay un lado viril de la mar. Pero a mí lo que me gusta es la orilla del mar, el Bord de mer. En esa pieza enseño el viento que le da un pequeño movimiento muy sutil. Es un día tranquilo, no un día de tormenta. No me gusta la violencia. En un mundo de violencia una orilla del mar tranquila es una respuesta.

-No faltan tampoco trabajos que expresan su compromiso feminista, como Réponse de Femmes (Respuesta de mujeres, 1975). ¿Los considera necesarios aún?

-El Festival lo proyectó en un díptico junto con mi película Una canta, la otra no. Abordan la imagen de la mujer y uno de los mensajes más importantes es desculpabilizar a las que no quieren tener hijos. La sociedad está muy formateada y exige tenerlos pero cada uno debe encontrar su propio deseo. A la vez, soy consciente de que muchos países están reduciendo el derecho al aborto. En esos casos, aunque haya mujeres en el Parlamento, es la voz de los hombres la que domina y decide por las mujeres.

 -Su colega Godard solía decirle que no había que subestimar nunca los márgenes, porque son ellos los que sujetan el libro. ¿Siente reconocida por fin su aportación al cine?

-Siempre he pensado que en el cine francés yo era una pequeña princesa de los márgenes. Mis películas se conocen en el mundo entero pero sólo por una pequeña minoría. No estoy en el mainstream. Estoy orgullosa de estar en el margen porque, aunque mis películas no han generado mucho dinero, cuando viajo, por ejemplo a Corea del Sur, siempre me dicen que soy muy importante en los estudios y la reflexión sobre el cine. Supongo que saben que he permanecido fiel a mis proyectos, que no he hecho concesiones y, cuando alguna de mis películas no ha funcionado, he seguido mi camino y no he cambiado mi estilo por esos fracasos.