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Bacon en el ruedo español

Charo Ramos | 13 de octubre de 2016 a las 22:39

Study of a Bull, 1991
Francis Bacon, ‘Estudio de un toro’, 1991 © The Estate of Francis Bacon.

Son los años 60 y en el club Colony Room de Dean Street, en el Soho londinense, la turbiedad de la atmósfera, los vapores de alcohol y tabaco, se instalan en los retratos que John Deakin (1912-1972), un fotógrafo de extraordinario talento al que la revista Vogue ha expulsado de sus filas por mal comportamiento, capta de Francis Bacon y de la dueña del local, Muriel Belcher, a la que veremos a menudo como musa bacante de los lienzos descarnados del pintor. A Bacon no le gusta trabajar del natural sino basándose en fotografías, por lo que suele encargar a Deakin sesiones con sus modelos que le sirven como referencia. Bajo su objetivo se desnudan físicamente o psicológicamente, y a menudo ambas cosas, amistades, colegas y amantes de Bacon como Henrietta Moraes, el pintor Lucian Freud o su pareja durante los años más creativos, George Dyer, el ángel de los bajos fondos que acabará suicidándose dos días antes de que abra sus puertas la retrospectiva que el Grand Palais de París dedica en 1971 al artista, un honor que antes suyo sólo ha disfrutado otro pintor vivo: Pablo Picasso.

Algunas de esas instantáneas de Deakin, tan crudas, casi pornográficas, se apilarán después en el estudio del artista más importante de la segunda mitad del siglo XX, un lugar caótico donde la inmundicia convive con espejos, pilas de libros, revistas, fotos, brochas, pinceles y lienzos; un sucio pero fértil laberinto donde hay un motivo que se repite más que otros: la efigie del papa Inocencio X pintado por Velázquez en 1650 y reinterpretada obsesivamente por Bacon durante más de dos décadas en hasta cuarenta y cinco pinturas.

El estudio de South Kensington lo donó íntegramente John Edwards, heredero de Bacon, a la ciudad donde éste nació en 1909, Dublín. En la Hugh Lane Gallery de la capital irlandesa se puede visitar esa reliquia de forma permanente junto a numerosa documentación que informa de todas las obsesiones vitales y artísticas de su propietario. Ahora, además, otra recreación del estudio, que precisa para su admiración de gafas tridimensionales, puede contemplarse en el Guggenheim de Bilbao dentro de la muestra Francis Bacon. De Picasso a Velázquez que, hasta el 8 de enero, narra la importancia que las tradiciones pictóricas española y francesa tuvieron en la pintura angustiosa y salvaje del artista que reinventó el retrato tras la Segunda Guerra Mundial.

'Study after Velázquez', 1950
Francis Bacon, ‘Estudio según Velázquez’, 1950 © The Estate of Francis Bacon

Las 50 obras de Bacon, muchas de ellas nunca antes exhibidas en sala, dialogan con los grandes maestros a través de 30 trabajos de, entre otros, Murillo, Zurbarán, Goya, Picasso y, por supuesto, Velázquez, aunque la ausencia del retrato pontificio atesorado por la Galería Doria Pamphilj (Bacon evitó visitarlo durante su estancia en Roma para que la contemplación directa no tuviera efectos en su monomanía iconográfica) la cubra con algunos de sus fondos más preciados -principalmente el retrato del bufón Sebastián de Morra- el Museo del Prado, que ya dedicó en 2009 una imprescindible antológica a Bacon comisariada por su jefa de Pintura del siglo XVIII y Goya, Manuela Mena.

En aquella cita, y ahora en su texto para el catálogo de esta cita bilbaína, Mena repasa el flujo de imágenes que el pintor fagocitaba y volcaba en su obra. Entre esas fuentes de inspiración, se incluyen las fotografías de Eadweard Muybridge, “que habrían sido determinantes en su arte”, las imágenes de enfermedades recogidas en libros de medicina, de animales salvajes y jerarcas nazis…. Instantáneas de viajes africanos, revistas de todo género, y mucha poesía, tanto clásica como moderna, nos informan ahora desde dos vitrinas ubicadas en las salas del Guggenheim del proceso creativo de un artista que afirmaba: “De ese caos surgen imágenes muy útiles para mí”. O también: “Picasso era una esponja, él hizo imágenes de cualquier cosa. Yo soy más bien como un albatros: engullo miles de imágenes como si fueran peces, después las vomito sobre el lienzo”.

Este viaje a las entrañas del método Bacon es uno de los aciertos de un recorrido cronológico por seis décadas de creación pictórica que saca a la luz mucho material inédito o rara vez visto tras el umbral de un museo. Ello es mérito de su comisario, Martin Harrison, el autor del recientemente publicado catálogo razonado del artista y el único especialista que ha llegado a todos los rincones donde se guardan con celo las obras de Bacon: los hogares de los grandes coleccionistas, inversores, familiares y miembros del círculo más íntimo del artista que falleció en Madrid en 1992, a escasa distancia de su admirado Museo del Prado, en la ciudad donde residía un último amor al que regaló los cinco cuadros que este verano protagonizaron el mayor robo de arte contemporáneo en la historia de España, aún sin resolver.

Esta retrospectiva, preparada por Harrison junto a la comisaria del Guggenheim Lucía Aguirre, se ha organizado con el Grimaldi Forum de Mónaco, principado donde Bacon residió varios años. Con un coste de seguro que supera los mil millones de euros, Francis Bacon: De Picasso a Velázquez no habría sido posible sin el patrocinio de Iberdrola, mecenas del museo proyectado por Frank Gehry.

Muchas de las piezas más insólitas de este proyecto se pueden ver al inicio del recorrido. Francis Bacon decidió hacerse pintor tras su epifánico encuentro con la obra de Picasso en 1927, en la galería Paul Rosenberg de París. En 1933, según ilustran aquí en dos lienzos, uno de ellos Según ‘La Danza’ de Picasso, Bacon había cumplido su sueño de consagrarse a la pintura, abonando con ingentes horas de trabajo y estudio su condición autodidacta. Aunque el pintor destruyó la mayoría de sus obras iniciales, estos cuadros deudores del surrealismo biomórfico picassiano ilustran cómo el primer Bacon decidió subvertir las formas realistas y académicas mirando a Picasso pero sustituyendo la alegría mediterránea del malagueño por la violencia y el desgarro que presidirán, hasta el final, su obra.

Francis Bacon
Francis Bacon, ‘Tres estudios para una Crucifixión’, 1962. Solomon R. Guggenheim Museum New York © The Estate of Francis Bacon

La importancia del lenguaje picassiano de los años 20 da paso al cine en la obra de Bacon cuando el rostro de la mujer que grita en la célebre escena de las escaleras de Odessa en la película de Eisenstein El acorazado Potenkim, y la navaja rasgando el ojo de la joven en El perro andaluz, de Buñuel y Dalí, nutran muchas de las obras que pintará en torno a 1940, especialmente el tríptico Tres figuras en la base de una crucifixión. Una pieza a la que aquí aluden pinturas como Furia (1944) y sobre todo Tres estudios para una crucifixión (1962), obra maestra del Guggenheim de Nueva York que los comisarios han ubicado muy cerca del retrato del enano velazqueño.

Bacon, que nació circunstancialmente en Dublín en el seno de una adinerada familia británica, fue siempre sensible a la cercanía de Velázquez con la sensibilidad anglosajona, algo especialmente evidente si se tiene en cuenta que la Venus del espejo fue el primer cuadro comprado por suscripción popular para la National Gallery en 1906. El culto a Velázquez, en su caso y como demuestra esta exposición siguiendo las propias declaraciones de Bacon, tiene mucho que ver con su interés por la calidad de la piel de las figuras desnudas, por los volúmenes y los ajustados contrastes de color.

Para Manuela Mena, “el camino de Bacon fue de Picasso a Buñuel y, de ellos, a Velázquez, del Greco a Zurbarán, pero no a Goya, a quien admiró, pero quien, según sus palabras, no le interesaba”. Es tal vez por ello el Goya de las Tauromaquias, reunidas aquí gracias a la colaboración del Bellas Artes de Bilbao, el que impulsa a los comisarios a seguir hurgando en la tradición española para apostar, en la última sala del recorrido, concebida casi como un ruedo, por ese Bacon obsesionado por la muerte que encontró inspiración en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Lorca; por ese pintor citado en los carteles de los cosos de Nimes o Arlés que llegó a elegir como motivo para la invitación de su retrospectiva del Grand Palais un dibujo taurino, síntesis de su idea de la vulnerabilidad porque, en Bacon, como prueban en Bilbao sus descarnados retratos y autorretratos, lo humano siempre equivale a lo animal.

Francis Bacon. De Picasso a Velázquez. En el Museo Guggenheim de Bilbao hasta el 8 de enero de 2017.

Niki de Saint Phalle, amazona armada

Charo Ramos | 3 de mayo de 2015 a las 20:11

Niki de Saint Phalle en Deia, Mallorca, 1955 © Niki Charitable Art Foundation

Siguen cobrando menos que sus compañeros actores, como recordaba Patricia Arquette al recoger su Oscar a la mejor secundaria; están insuficientemente representadas en los puestos decisorios de las empresas y en las colecciones permanentes de los principales museos del mundo… y pese a todo, algo se mueve. La situación de la mujer -en el arte, en la economía, en la vida- sigue palideciendo si se la compara con la de sus colegas varones, pero los tímidos avances, donde los haya -el diario The Guardian, por ejemplo, que acaba de nombrar a su primera directora en 194 años-, deben mucho a las diversas generaciones de féminas que desde los años 60 comprometieron una parte de sus esfuerzos en la lucha por la igualdad de oportunidades. Y entre esas valientes amazonas se destacó, por su actitud pionera y la diversidad de los métodos empleados, la artista francoamericana Niki de Saint Phalle (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1930-San Diego, Estados Unidos, 2002), a la que el museo Gugenheim de Bilbao reivindica hasta el 7 de junio, como antes lo hiciera el Grand Palais de París, museo que coorganiza esta cita.

La muestra, comisariada por Camille Morineau y Álvaro Rodríguez Fominaya, es una completa retrospectiva de la obra de esta mujer polifacética y recorre sus pinturas, esculturas, grabados, performances y cine experimental. Un conjunto que descubre al gran público a quien se considera la primera artista feminista del siglo XX, en cuyas piezas más emblemáticas, como las Nanas, conviven la radicalidad y la violencia con el compromiso social y una actitud alegre y colorista.

'El sueño de Diana' de Niki de Saint Phalle‘El sueño de Diana’ de Niki de Saint Phalle

Niki de Saint Phalle nació en Francia, donde pasó gran parte de su vida, aunque creció en Estados Unidos y eligió residir allí en la última parte de su carrera. “Se mantuvo siempre a caballo entre sus dos patrias, formando parte del panorama artístico de ambos países. De ahí que en Francia se la conozca como la única mujer en el movimiento del Nuevo Realismo al que perteneció Yves Klein y en Norteamérica se la vincule con los neodadaístas Jasper Johns y Robert Rauschenberg, de los que era muy amiga. También dotó de un nuevo punto de vista al pop art y en ese sentido se la considera una de sus precursoras, una especie de Andy Warhol en femenino”, explica Rodríguez Fominaya, comisario del Solomon R. Guggenheim Museum y coordinador de esta cita.

La identidad de Saint Phalle desborda especialmente en la serie de los Disparos, nombre con el que se conoce a las performances o acciones en las que ella o bien sus colaboradores, amigos o miembros del público disparaban y destrozaban pinturas con un rifle. “Expresan su lucha contra los convencionalismos y las actitudes rígidas, no sólo desde el punto de vista del feminismo”, contextualiza el comisario.

La exposición arranca en la sala 305 del icónico edificio diseñado por Frank Gehry, ámbito que reúne las primeras obras de una joven modelo de buena familia que, de forma autodidacta, decide dedicar su vida al arte. Su inmersión en la escena literaria y pictórica de París, donde conoce a los artistas expatriados norteamericanos, es el germen de estas piezas de finales de los años 50, una serie de pinturas de gran formato influidas tanto por las tradiciones y vanguardias de la vieja Europa -desde el Trecento italiano a las superficies rugosas características del trabajo de Jean Dubuffet y Jean Fautrier- como por el audaz arte americano del momento, especialmente los Combines de Jasper Johns y Robert Rauschenberg con sus objetos adheridos. En Paisaje ensamblaje, una obra datada en 1959, cuando tiene apenas 29 años, Saint Phalle aplica pintura y yeso a un gran contrachapado sobre el que coloca objetos encontrados como bobinas de cordel, conchas de ostra, abridores de latas de sardinas y flores. La huella del expresionismo abstracto americano es aún más evidente en otra pieza datada ese año, Sin título (Obra abstracta según Jackson Pollock), donde sobre una puerta de madera usa la pintura evocando las salpicaduras -la técnica del dripping- de Pollock pero adhiriéndole objetos como cuentas, botones y conchas que remiten de nuevo a Johns y Rauschenberg.

‘Pirodáctilo sobre Nueva York’ (1962), de la serie de ‘Disparos’ de Niki de Saint Phalle en la colección del Guggenheim de Abu Dabi  © Niki Charitable Art Foundation

En 1961, Niki de Saint Phalle fue invitada por el artista Jacques Villeglé a participar en el Salon Comparaisons. Allí exhibió la obra San Sebastián, subtitulada Retrato de mi amante, un intento de exorcizar un amor fatal. Sobre un panel de madera la artista colocó una camisa que le robó a su novio y sustituyó su cabeza por una diana a la que los visitantes podían arrojar sus dardos. La siguiente sesión la realizó con pintura disparada con un rifle y le valió para que el crítico de arte Pierre Restany la incorporara al movimiento del Nuevo Realismo de Yves Klein y le propusiera celebrar su primera individual en París, trampolín para una proyección internacional que la llevó a Los Ángeles (Dwan Gallery), Amsterdam (Stedelijk Museum) y Nueva York (Iolas Gallery.)

La siguiente sala acoge sus impactantes Disparos, cuya génesis explicaba así la propia artista: “Descubrir el arte fue una suerte para mí, porque, a nivel psicológico, tenía todo lo necesario para convertirme en terrorista. En lugar de ello, utilicé las armas para una buena causa: la del arte”.

Niki de Saint Phalle ejecutó sus Disparos durante casi diez años, entre 1961 y comienzos de la década de 1970, en más de 20 sesiones de tiro que seguían siempre este ritual: los objetos eran cuidadosamente elegidos y rellenados con bolsas de pintura de colores, se los sujetaba a una superficie plana, como tablones de madera, y se los recubría con yeso blanco. Los participantes disparaban a esa pieza provocando explosiones de color que conformaban en vivo la obra de arte.

Había varias tipologías de Disparos: la dedicada a los maestros de la pintura antigua, la interesada por la materia, el soporte y la renovación pictórica (los más abstractos), la que incluía referencias explícitas a la cultura contemporánea y la religión, la del retorno a los ensamblajes… Un ejemplo es Pirodáctilo sobre Nueva York (1962), que pertenece a la colección del Guggenheim de Abu Dabi. El monstruo ataca la ciudad con sus alas y la artista juega con la perspectiva y con materiales y colores fluorescentes que asociamos al arte pop para lanzar un guiño a la cultura popular y al modo en que ésta tradujo mediante iconos como Godzilla el miedo al holocausto nuclear y la guerra fría.

Otra obra contundente es Jefes de Estado (estudio para King Kong), donde doce máscaras pintadas sobre un panel de madera, entre las que no faltan los retratos de Fidel Castro y Kennedy, conectan el imaginario de la artista con el momento político de los años 60. Saint Phalle dejó de hacer Disparos a comienzos de los 70 pero recuperó la técnica en una última sesión para colaborar en una campaña de concienciación sobre el sida tras la muerte por esta enfermedad de su asistente artístico.

“Niki perteneció a una saga aristocrática francesa conectada con el Marqués de Sade y algunas obras de la muestra se refieren a su propia familia, incluida la referencia directa al abuso sexual que cometió con ella su padre, protagonista del largometraje experimental Papá (Daddy) que coprodujo con Peter Whitehead”, continúa Rodríguez Fominaya.

Niki de Saint Phalle aiming; colored Film-Still of "Daddy", 1972
Fotograma coloreado de la película ‘Daddy’, 1972, de Niki de Saint Phalle

De Saint Phalle fue una precursora a la hora de convertir a la mujer como tema y abordarlo en toda su complejidad. Las obras que agrupó bajo el título Roles femeninos impactan por su radicalidad y su ambivalencia, como prueban Novia, Hechicera, Prostituta, AlumbramientoDiosa… Son trabajos donde experimenta con los materiales, una línea que la conducirá a la resina de poliéster que empleó en su serie más célebre, las Nanas. Estas figuras comenzaron siendo de papel pegado y lana y eran su particular lectura de las diosas de la fertilidad y los alumbramientos.

Las Nanas, de las que creó más de 160, expresan con sus cuerpos orondos una feminidad liberada de los estereotipos impuestos por la moda. “Danzarinas, atléticas, sexis, imponentes… Representaban las aspiraciones de grandeza de las mujeres, su papel en el mundo actual, su poder. Son las guerreras de la batalla feminista que ella lideró en el mundo del arte y comenzaron siendo ediciones limitadas que se vendían en tiendas o regalaba a los niños. Se las ha reproducido muchas veces en joyas, serigrafías y hasta globos hinchables”, subraya el comisario en el Guggenheim Bilbao, en cuya terraza del atrio se ha ubicado el grupo escultórico Las tres Gracias de modo que los transeúntes pueden disfrutar del contacto entre estas Nanas y la ciudad, algo relevante para la creadora, adalid también del arte público.

El origen de las Nanas está en un dibujo que su amigo y pintor Larry Rivers hizo de su esposa embarazada, Clarice, y que regaló a Niki. “En las Nanas, al igual que en la serie de Disparos, hay diversas tipografías. Incluso llegó a diseñar una serie para una coreografía de Roland Petite en un guiño al espíritu de las vanguardias y los ballet mecánicos de Léger”, continúa Rodríguez Fominaya. Esta Dancing Nana baila gracias a un mecanismo estrenado para la muestra que nos permite relacionarla con otra de sus más célebres creaciones, la Fuente Stravinsky ubicada junto al Centro Pompidou de París, una de las obras con esculturas móviles que diseñó junto al artista suizo -y su segundo esposo- Jean Tinguely.

El recorrido continúa en la sala 302 con la impresionante obra escultórica El sueño de Diana, su particular lectura de la diosa guerrera que duerme, y a la que rodean la serie Madres devoradoras que es de una dureza extrema y la citada película sobre su padre.

Tras el delicioso contrapunto a tanta violencia que supone la Habitación para meditar -una enorme calavera donde uno puede entrar, sentarse y calmar sus pensamientos- la cita concluye con una mirada a su producción de arte público. Vemos aquí maquetas y documentación de los grandes proyectos arquitectónicos con los que quiso aportar fantasía y color a la gente y que ella decía que estaban inspirados por su descubrimiento temprano de la obra de Gaudí, al que veneraba. La más relevante de estas obras es el Jardín del Tarot, su particular Parque Güell, que construyó en La Toscana entre 1978 y 1998 y aún está activo. Los objetos decorativos que, como lámparas y perfumes, diseñó para financiar sus proyectos de arte público dan la despedida al visitante.

Niki de Saint Phalle tuvo dos hijos con su primer marido, el escritor Harry Mathews, con quien se casó a los 19 años, pero no llevó una vida familiar convencional. Tras la muerte de Tinguely en 1991 se instaló en San Diego (Estados Unidos) buscando un clima seco que protegiera sus bronquios, afectados por los vapores tóxicos que inhaló al producir las Nanas. Antes de fallecer organizó su legado y una parte lo donó al Museo Sprengel de Hanóver, otra al Museo de Arte de Niza y el resto a la fundación que creó con su nombre. La exposición se nutre de esos tres legados aunque también hay obras del Guggenheim y del Pompidou. Hacía ya dos décadas que no se organizaba una gran retrospectiva de la artista, a la que el público español conoce poco todavía. Esta muestra contextualiza su obra y, al poner el énfasis en su discurso feminista y sus vínculos con todos los aspectos del activismo social, permite hacer otra lectura del trabajo de una mujer que, aunque colaboró con muchos creadores, fue bastante solitaria e inclasificable y por eso, hoy, sus influencias se rastrean más en ideas y conceptos que a nivel formal.

Niki de Saint Phalle. En el Guggenheim de Bilbao hasta el 7 de junio de 2015 

Tentaciones carnales

Charo Ramos | 28 de septiembre de 2013 a las 18:00

EL GUGGENHEIM BILBAO PRESENTA LA EXPOSICIÓN "BARROCO EXHUBERANTE: DE CATTELAN A ZURBARAN-MANIFIESTOS DE LA PRECARIEDAD VITAL"Redescubrir las obras del siglo XVII con otros ojos, distanciando al espectador de clichés como la ornamentación para enfatizar el carácter efímero y precario de la existencia, es el punto de partida de Barroco exuberante, que el Guggenheim de Bilbao organiza con la Kunsthaus de Zurich. La comisaria suiza Bice Curiger, editora jefe de Parkett -una de las revistas de arte de mayor autoridad- y ex directora de la Bienal de Venecia, confronta aquí las obras de maestros como Zurbarán, Ribera, Steen, Langetti, Magnasco o Carreño con las de creadores contemporáneos como Albert Oehlen, Cindy Sherman, Urs Fischer, Robert Crumb, Dana Schutz o Maurizio Cattelan, autor del niño ahorcado de la primera Biacs sevillana. 

En un montaje dinámico que subraya los contrastes y colisiones, para lo cual viste de arpillera de yute la tercera planta del museo instalando sobre ese imperfecto material las pinturas antiguas, Bice Curiger explora a través de un centenar de piezas temas habituales del Barroco como lo rústico, lo grotesco, lo pecaminoso y lo burlesco, la religiosidad, la sensualidad y la muerte. Su idea, subraya, “no es plantear una sucesión de obras maestras sino acercar un arte del que nos separan varios siglos al terreno común de lo comprensible, al mundo de las vivencias”. 

Un ejemplo de esa voluntad la ofrece la primera sección, dedicada a lo bucólico y lo cómico, un universo temático que quiso satisfacer los gustos de la aristocracia y los comerciantes acaudalados del XVII. Tentaciones sensuales y carnales como las que proponen Bodegón con cerdo de José de Ribera (que contrasta con una sonriente Cerda de Paul McCarthy) y Banquete de boda en una taberna campesina, de Jan Steen, se alternan con imágenes de inmundicia, violencia y pobreza a cargo de autores como Boris Mikhailov, que fotografía áreas marginales de la sociedad postsoviética. El pulso entre vida y arte cristaliza en otras fotografías, las de Juergen Teller, que retrata a sus amigas Charlotte Rampling y Raquel Zimmermann paseando desnudas por el Louvre y posando ante una Mona Lisa encerrada e inerte que acentúa la energía de las dos féminas. 

EL GUGGENHEIM BILBAO PRESENTA LA EXPOSICIÓN "BARROCO EXHUBERANTE: DE CATTELAN A ZURBARAN-MANIFIESTOS DE LA PRECARIEDAD VITAL"El duelo entre la moralidad de los hombres y sus vicios ocupa la sección mitológica, donde el virtuoso Hércules de Zurbarán cedido por el Prado comparte sala con visiones inquietantes de Cattelan, Urs Fischer o Glenn Brown. La lascivia y la ausencia de control moral explican obras como Susana y los viejos de Capella o La violación de la negra (1632) de Van Couwenbergh, exponentes del gusto voyeurista de parte de la clientela. 

EL GUGGENHEIM BILBAO PRESENTA LA EXPOSICIÓN "BARROCO EXHUBERANTE: DE CATTELAN A ZURBARAN-MANIFIESTOS DE LA PRECARIEDAD VITAL"En la sección dedicada a lo grotesco, que opone lo anómalo y discordante a las armonías clásicas, se reúnen obras de Juan Carreño de Miranda (su monstrua Eugenia Martínez Vallejo), la Escena burlesca de Faustino Bocchi o la brutal Alegre compañía de Passerotti junto a trabajos que cuestionan el hiperconsumismo del siglo XXI, como la videoinstalación de Ryan Trecartin y Lizzie Fitch sobre la cultura juvenil, Under Sided. Muy cerca asoma por un orificio del museo la irreverente lengua de silicona Noisette de Urs Fischer. 

La influencia del claroscuro caravaggiesco permite convocar al magnífico San Sebastián curado por las santas mujeres de José de Ribera, cedido con su valioso marco por el Bellas Artes de Bilbao, así como obras de Magnasco sobre los interrogatorios de la Inquisición o con representaciones de brujas y tentaciones de San Antonio, que contrastan con la pieza Carnaval (2011) de Glenn Brown, que usa la luz para intensificar el dramatismo de una cabeza gigante de caballo, y con los vídeos de la jiennense Cristina Lucas en torno a la religión, la culpa y la redención. 

Cristina LucasEl último apartado agrupa alegorías y retratos con temas inspirados en las vanitas y naturalezas muertas, los barcos sacudidos por aguas turbulentas de Jacob van Ruisdel, así como los vídeos que Diana Thater dedicó a Chernóbil. Las imágenes hiperrealistas de Marilyn Minter y las fotografías de Cindy Sherman sobre mujeres ricas y triunfadoras de edad madura, donde la artista se autorretrata luciendo monstruosas sonrisas, subrayan, según Lucía Aguirre, subdirectora del departamento curatorial del Guggenheim, “la actitud irónica y desprejuiciada, muy dinámica”, que la comisaria imprime a la cita. Barroco exuberante, que cuenta con préstamos de importantes coleccionistas (incluida Juana de Aizpuru) y de museos internacionales, como el Kunsthistorisches de Viena, la Alte Pinakothek de Múnich, el Thyssen de Madrid y el Bellas Artes de Sevilla (que cede La primavera de Francisco Barrera), puede verse hasta el 6 de octubre en el icónico edificio de Frank Gehry.

[Barroco exuberante, Guggenheim Bilbao. Hasta el 6 de octubre]