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Van der Weyden, Pasión y geometría

Charo Ramos | 29 de marzo de 2015 a las 22:41

El ‘Calvario’ de Van der Weyden en la exposición del Prado © Óscar del Pozo

Sus cuadros engalanaron las cortes de España y de los Países Bajos antes y después de que los dos territorios se unieran bajo el gobierno de los Austrias. Fue el pintor flamenco más influyente del siglo XV y ahora el Museo del Prado, donde es uno de los maestros más amados, le dedica por primera vez una exposición monográfica con motivo de la portentosa restauración en sus talleres del Calvario del monasterio de San Lorenzo del Escorial, la obra de madurez donde plasmó con total libertad sus ideales estéticos e inquietudes espirituales. Rogier van der Weyden, que se puede visitar hasta el 28 de junio en el Edificio Jerónimos de la pinacoteca, consta de 19 piezas y es una cita irrepetible porque reúne cinco obras maestras de este artista -entre ellas las tres únicas pinturas que se le pueden atribuir con seguridad y que él nunca vio juntas en vida – que, como sus contemporáneos flamencos, nunca firmaba sus obras: el Descendimiento, el Calvario y el llamado Tríptico de Miraflores que el rey Juan II de Castilla donó a la cartuja de ese nombre en Burgos; obra ésta que fue la primera del pintor que llegó a España, de donde salió en 1810 durante la guerra de la Independencia, y que hoy se conserva en la Gemäldegalerie de Berlín.

Detalle del ‘Descendimiento’ de Van der Weyden

La muestra, como recordó Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación hasta su nombramiento oficial la semana pasada como nuevo director de la National Gallery, adonde se incorpora en agosto, “no hubiera podido celebrarse en otro lugar que el Prado”, que custodia el sobrecogedor Descendimiento de la cruz que realizó para la iglesia de Nuestra Señora de Extramuros de Lovaina y la Virgen con el Niño, llamada La Madonna Durán en homenaje al coleccionista que la legó a la pinacoteca en la primera mitad del siglo XX. La quinta obra maestra en esta reunión histórica es el Retablo de los Siete Sacramentos de Amberes, que durante los siglos XVII y XVIII estuvo atribuido a Durero. Una obra presidida por siete ángeles que integra a más de 40 personas y muestra la vida humana en todas sus etapas, del nacimiento a la muerte. Como en el Descendimiento del Prado, el artista combinó en el Retablo de los Siete Sacramentos unas figuras convincentes con unos espacios en los que no pueden encajar.

MADRID.
La ‘Madonna Durán’ de Van der Weyden pertenece a la colección del Prado

Los personajes de Van der Weyden son presa de una emoción profunda que ataca los sentimientos de cada espectador, a decir del comisario de la muestra y probablemente el máximo experto en la producción del flamenco, Lorne Campbell, que se extiende sobre las ambigüedades y numerosas capas de significado de sus obras. “Van der Weyden nos apresa entre la pintura y la escultura, entre la sencillez y la complejidad, entre los vivos y los muertos, entre lo humano y lo divino”. Estas tensiones, añade, son especialmente evidentes en el Calvario, una obra enorme (de 3,24 por 1,94 m y más de 200 kg), que el artista donó a la Cartuja de Scheut en Bruselas y que abordó en sus últimos años, cuando intuía ya la proximidad de la muerte e intentó perfeccionar al límite las figuras idealmente bellas de su imaginación y reflexionar sobre los misterios de la representación y del cristianismo.

MADRID.
‘Retablo de los Siete Sacramentos’ procedente de Amberes

Felipe II, que salvó el Calvario de la destrucción llevándoselo a España, pues de lo contrario hubiera perecido en las guerras iconoclastas que asolaron los Países Bajos, fue el más ferviente admirador en la Península de este artista que usaba en sus composiciones las matemáticas y la geometría, desdibujando los límites entre la realidad y la escultura. Quizá la expresión más refinada de esa práctica sean los paños que cubren a la Virgen y San Juan en el Calvario, que tras la restauración acometida por el Prado y Patrimonio Nacional han recobrado su blancura original y cuyos volúmenes nos impactan con su abstracta modernidad. Más allá, la intensidad de sus colores, esos rojos y azules que subrayan la pasión religiosa y el alcance espiritual de sus obras, desbordan en el Descendimiento, donde la Virgen se desvanece y yace al suelo en una postura que repite la del cuerpo muerto de Cristo.

Nacido como Roger de la Pasture en la localidad francesa de Tournai hacia 1399, fue en Bruselas, donde llegó a ser pintor oficial y murió en 1464, donde se aflamencó su nombre y pasó a ser conocido como Van der Weyden. La muestra del Prado destaca también la relevancia de sus mecenas y coleccionistas contemporáneos, así como el impacto que su obra tuvo en la Península, visible en la pintura del portugués Nuno Gonçalves y en composiciones del escultor de origen flamenco Egas Cueman, de quien puede admirarse aquí una escultura funeraria en alabastro de Lope de Barrientos, confesor de Juan II de Castilla.

MADRID.
‘Tríptico de Miraflores’, Rogier van der Weyden. Óleo sobre tabla de roble, antes de 1445, Berlín, Gemäldegalerie, Staatliche Museen zu Berlin

El Calvario cierra el itinerario expositivo y es también el eje del simposio internacional que el Prado dedicará a su autor los días 5 y 6 de mayo. La grandeza de sus figuras y su expresividad, remarcada por una composición de extrema sencillez, han literalmente resucitado tras la impresionante intervención de esta tabla donde Van der Weyden empleó catorce paneles de roble del Báltico que se armaron en sentido horizontal.

El trabajo científico que conlleva la intervención ha permitido además datarla entre 1457 y 1464, el año de la muerte del pintor. Al frente de sus respectivos equipos de colaboradores han obrado esta proeza los restauradores José de la Fuente, del Prado, que intervino el soporte, y Loreto Arranz, de Patrimonio Nacional, que se encargó de la superficie pictórica y ha recobrado esa sensación de tridimensionalidad de las figuras que ahogaban los repintes pictóricos en un trabajo de más de tres años de duración que no hubiera sido posible sin el patrocinio de la Fundación Iberdrola.

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Detalle del ‘Calvario’ © Óscar del Pozo

“Aquí llegó una obra maltratada por el paso del tiempo y las restauraciones antiguas, pero el equipo conjunto le ha devuelto su extraordinaria calidad y originalidad”, subraya el director del Prado, Miguel Zugaza, para quien “este proyecto expresa la salud intelectual del museo y su capacidad de establecer un altísimo nivel de colaboración con otras instituciones”.

La muestra, patrocinada por la Fundación Amigos del Museo del Prado, cuenta con la colaboración de Patrimonio Nacional, propietaria del Calvario. “Antes de la restauración esta obra estaba demacrada y llevaba a la melancolía y ahora, afortunadamente, emociona”, afirma la consejera gerente de Patrimonio Nacional, Alicia Pastor, antes de precisar que tras la clausura de la muestra el 28 de junio la tabla volverá a las salas capitulares del Escorial, “no muy lejos de donde la colocó Velázquez”.

Rogier van der Weyden (h. 1399-1464) puede visitarse en el Museo del Prado (sala C y D del Edificio Jerónimos) hasta el 28 de junio de 2015. Comisario: Lorne Campbell

Un breviario del Museo del Prado

Charo Ramos | 26 de mayo de 2013 a las 17:30

Un museo dentro del museo, un recorrido inédito y provocador en el que las obras aparecen sin cartelas, un montaje que prima los juegos visuales y acorta las distancias con las piezas convirtiendo al espectador en el autor de un relato diferente. Estamos en las salas temporales del Prado proyectadas por Moneo, convertidas en una sucesión de gabinetes que alojan las 281 obras de pequeño formato que componen la muestra donde el centro que dirige Miguel Zugaza ha destilado sus esencias para, según sus propias palabras, “hacer un gesto de generosidad consigo mismo y sus visitantes, un gesto que tiene más valor en el tiempo de austeridad en el que vivimos. El resultado es más desmesurado y hermoso de lo esperado. Más que una exposición, La belleza encerrada es un manifiesto”. Comisariada por Manuela Mena, Jefa de Conservación del siglo XVIII y Goya, la muestra resume la excelencia de las colecciones de la pinacoteca en su más mínima expresión. Revelar su hermosura y rareza es el principal propósito de este Prado de bolsillo que, con patrocinio de la Fundación BBVA, el visitante podrá disfrutar hasta el 10 de noviembre. De Fra Angélico a Fortuny, del siglo XIV al siglo XIX, una sucesión de esculturas, pinturas y dibujos que, por sus dimensiones exiguas, exigían condiciones especiales de estudio y contemplación, se ofrecen ahora a los ojos del público sin temor a ser eclipsadas por los grandes cuadros del museo.

“Nuestra propuesta anima a mirar desde otra perspectiva, descubrir secretos ocultos y poner en relación las obras porque el arte es siempre distinto”, recalca Mena de ese recorrido cronológico -“la cronología afecta al arte como nos afecta a nosotros… desgraciadamente”, suspira- que regala, a quien asume el riesgo de completarlo, una energía vigorizante. La belleza encerrada arranca con la Anunciación de Fra Angélico pero el célebre icono florentino está emplazado por encima de lo habitual: por primera vez se pone a la altura de los ojos la predela que se encuentra a sus pies para llamar la atención sobre esa sucesión de celdillas que narran, engarzadas en oro labrado, la historia sagrada.

A partir de ahí se desarrolla un recorrido por la historia del arte tal y como la relata el Prado. “Nos encontramos, por ejemplo, con las formas clásicas de la Antigüedad revividas por los artistas del Renacimiento, y junto a ellas, las extremas tendencias del Barroco, que tuvieron la osadía de interpretar lo natural y lo sobrenatural en el nivel alucinado del éxtasis”, explica Zugaza, antes de seguir desanudando un hilo temporal que llega a los umbrales de la contemporaneidad y al que ponen ritmo obras extraordinarias, algunas tan conocidas como la Mesa de los pecados capitales de El Bosco, el autorretrato de Durero, el Paso de la laguna Estigia de Patinir -donde Mena invita a buscar unicornios escondidos-, el Agnus Dei de Zurbarán, Caballero anciano de El Greco, las clasicistas vistas italianas de Velázquez, las alegóricas escenas de Teniers en las que los monos emulan conductas humanas, o La pradera de san Isidro y Un garrochista de Goya, la primera obra que entró en la pinacoteca y aquí puede verse, con actitud voyeurista, desde un óculo instalado en una maqueta del edificio de Villanueva.

Este proyecto, que ha implicado a todos los departamentos del museo, ha servido para arrojar nueva luz sobre los arrabales del Prado, esos fondos ocultos en los peines de sus almacenes o dispersos por museos, iglesias y colecciones de España y el extranjero que aportan 92 de las piezas, medio centenar expuestas ahora por vez primera. La restauración de 70 de estos trabajos ha propiciado nuevas atribuciones, como sucede con Cristo atado a la columna, un óleo sobre lienzo de hacia 1665 que estaba depositado en Córdoba y cuya limpieza reveló las iniciales C.S. de Cornelio Schut, pintor flamenco del círculo de Murillo. “Es una obra buenísima de escuela sevillana, con ese estilo tan suelto y divino. Para Justino de Neve, vaya”, celebra Mena. Otra grata sorpresa son los bocetos de Rubens para la Torre de la Parada, el pabellón de caza de Felipe IV, donde el artista vierte su visión exaltada de la vida en escenas mitológicas.

Apuntes del natural, bocetos como las Santas Justa y Rufina de Goya para su cuadro de mayor tamaño de la Catedral de Sevilla, reducciones de obras mayores, piezas acabadas para el disfrute privado de los concomitantes… La muestra permite analizar las orígenes de las obras de pequeño formato, sus temas (dioses y héroes, devoción, retratos, paisajes, vanitas o la contradictoria naturaleza humana) y diferentes soportes, como cristal, pizarra, mármol, tablas -que Rubens prefería porque su superficie dura y lisa daba más protagonismo a los detalles-, cobre, hojalata o lienzo. Manuela Mena, memoria viva del Prado, se resiste a decantarse por una de las obras. Pero al final acepta. “Siempre me gustó muchísimo El alma cristiana acepta su cruz, un anónimo francés de principios del siglo XVII con esa austeridad religiosa tan tremenda. Es un estudio de la perspectiva por medio de la luz y del color, un estudio de algo que hacían en ese momento los matemáticos franceses y que capta también Velázquez, de otra manera, en sus vistas del jardín de la Villa Medici, que se exponen al lado. Por un lado ese paisaje de cruces es surrealista, angustioso, y por otro, de una belleza y delicadeza enormes”, concluye.

La belleza encerrada. De Fra Angélico a Fortuny. Museo del Prado, Madrid, hasta el 10 de noviembre.

Con motivo de la muestra la pinacoteca está publicando en su web una serie de vídeos en la que expertos en Arte dan su visión personal de alguna de las obras expuestas, como ocurre con Juliet Wilson y el ‘Autorretrato’ de Goya