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Lorne Campbell y la corona de espinas

Charo Ramos | 6 de abril de 2015 a las 21:44

Lorne Campbell ante el 'Descendimiento'
El historiador escocés Lorne Campbell ante el ‘Descendimiento’ © Óscar del Pozo

Es retador contemplar junto al máximo experto en Rogier Van der Weyden (Tournai, h. 1399-Bruselas, 1464) la obra que, para tantos ojos bien instruidos, es la más amada del Prado: el Descendimiento. Lorne Cambell (Stirling, 1946), especialista en pintura flamenca antigua en la National Gallery y comisario de la primera monográfica que el museo español dedica a Rogier de le Pasture -su apellido francés original, aunque le conocemos por la traducción flamenca que adoptó al instalarse en Bruselas-, lleva décadas asomándose a esta imagen ante la que se postraba el jefe de aquel imperio español donde nunca se ponía el sol.

“Felipe II estaba loco por Van der Weyden y llegó a encargar tres copias a tamaño real del Descendimiento. Quería reproducciones de sus pinturas en todos los palacios que ocupaba para rezar ante ellas. Es probable que descubriera al pintor en 1549, cuando vio las Justicias del Ayuntamiento de Bruselas, su obra más conocida hasta ese momento. En la década de 1550 Felipe II y sus cortesanos vivieron varios años en los Países Bajos, donde era gobernadora su tía María de Hungría, de quien pasó a sus manos el Descendimiento“.

En 1564 el cuadro estaba ya en la capilla del Palacio del Pardo y de ahí el rey ordenó su traslado al Escorial. En este monasterio, en las tres últimas décadas de su vida, Felipe II tuvo juntos los originales del Descendimiento y del Calvario, que había visto en la cartuja de Scheut -adonde lo donó el pintor antes de morir- y que pudo comprar en 1555. “En los palacios del Pardo y Valsaín rezaba ante copias. La tercera copia del Descendimiento se la regaló a su niñera Leonor de Mascarenhas y es un depósito del Prado que se exhibe en la Capilla Real de Granada”, explica.

De Van der Weyden no se conoce ninguna obra autógrafa y Lorne Campbell cree que es posible que no firmara ninguna. “Sólo se le pueden atribuir con absoluta seguridad, por documentos fiables y tempranos, tres. Y ese trío, que nadie nunca había visto reunido, ni Felipe II ni tan siquiera el propio artista, forma parte de esta exposición del Prado. Tener juntos aquí el Descendimiento, el Calvario espléndidamente restaurado, y el Tríptico de Miraflores [que realizó para la cartuja a las afueras de Burgos en 1445] es una ocasión excepcional que difícilmente se repetirá. Creo que somos muy afortunados de estar vivos en este momento”, comenta extendiendo el elogio a las otras dos obras de Van der Weyden en esta reunión: la Madonna Durán, del Prado, y el Tríptico de los Siete Sacramentos procedente de Amberes.

MADRID.
Detalle del ‘Tríptico de los Siete Sacramentos’ procedente de Amberes

Tampoco se sabe si Van der Weyden estuvo alguna vez estuvo en la Península Ibérica, aunque trabajó para Isabel de Portugal, la duquesa de Borgoña, a la que retrató (la muestra incluye una copia a cargo de su taller) y con cuyos cortesanos portugueses trasladados a los Países Bajos tuvo relación. “La fama del pintor, que fue muy grande en el siglo XVI, se apaga en el XVII, en gran medida por no estar firmadas sus obras. De hecho, el Descendimiento y el Calvario, que siguieron siendo muy admirados en el Escorial, cayeron en el anonimato o se les dio una atribución errónea. También contribuyó al olvido el que sus pinturas más famosas y accesibles, las Justicias de Trajano y Herkinbald que pintó para el Ayuntamiento de Bruselas entre 1430 y 40, fueran destruidas en 1695. Es una lástima que Felipe II no encargara copias de esas cuatro monumentales tablas”.

El monarca, que admiraba mucho también a Van Eyck -como prueban las copias que encargaba de sus cuadros- consideraba sin embargo el Descendimiento la obra más hermosa de sus palacios. “Para mí, desde luego, es la pintura más bella del mundo”, continúa Campbell. “Cada vez que veo el cuadro descubro cosas nuevas. Van der Weyden usa el color para provocar un efecto emocional en el espectador, para conmocionarle. Mire el rostro de Cristo: el verde de las espinas de su corona, que aún lleva puesta, enfrentado al rojo de la sangre que cae por la frente. Ese contraste maravilloso entre los dos colores dialoga además con el vestido verde de María Salomé. Los colores nunca se repiten dos veces aquí. Por ejemplo, crees que ha usado el negro pero si miras de cerca el gorro de José de Arimatea ves que es púrpura; apenas hay negro en el Descendimiento, hay grises, rojos, incluso azules oscuros que crean ese efecto. Ese uso del color provoca extrañeza al igual que las perspectivas falsas e imposibles, por ejemplo, en la escalera. La sensación de que las figuras no encajan en el espacio es también parte de su modernidad”.

Lo mismo ocurre con el Calvario, donde las tres figuras están pintadas a escala natural y los voluminosos paños drapeados que visten la Virgen y San Juan ofrecen una lección de geometría. “Contemplando estos cuadros a menudo me parece que Van der Weyden tiene más que ver con Matisse y con el Picasso del Guernica que con sus contemporáneos como Van Eyck”, escribía Campbell en 2009, opinión que sigue suscribiendo. La restauración del Calvario por expertos del Prado y Patrimonio Nacional ha acentuado el dramatismo y tridimensionalidad de las figuras, “efectos que logra con una gran simplicidad cromática sustentada en el rojo del dosel y el blanco de las vestiduras”.

Campbell ha comparado también en algún momento las líneas de Van der Weyden, un excepcional dibujante, con la escritura de Johann Sebastian Bach, músico que le apasiona y sobre el que prepara un libro. “Hay ciertos motivos visuales en el Descendimiento que yo asocio con contrapuntos y elementos de las obras de Bach, pero son metáforas muy personales y sin base real pues no hay constancia de que el compositor viera los cuadros del maestro de Tournai. Para el vídeo que acompaña la muestra, y cuya visión recomiendo, hemos elegido música renacentista de Guillaume Dufay, figura central de la refinada escuela borgoñesa y que nació en fechas similares a Van der Weyden”.

Van der Weyden, Pasión y geometría

Charo Ramos | 29 de marzo de 2015 a las 22:41

El ‘Calvario’ de Van der Weyden en la exposición del Prado © Óscar del Pozo

Sus cuadros engalanaron las cortes de España y de los Países Bajos antes y después de que los dos territorios se unieran bajo el gobierno de los Austrias. Fue el pintor flamenco más influyente del siglo XV y ahora el Museo del Prado, donde es uno de los maestros más amados, le dedica por primera vez una exposición monográfica con motivo de la portentosa restauración en sus talleres del Calvario del monasterio de San Lorenzo del Escorial, la obra de madurez donde plasmó con total libertad sus ideales estéticos e inquietudes espirituales. Rogier van der Weyden, que se puede visitar hasta el 28 de junio en el Edificio Jerónimos de la pinacoteca, consta de 19 piezas y es una cita irrepetible porque reúne cinco obras maestras de este artista -entre ellas las tres únicas pinturas que se le pueden atribuir con seguridad y que él nunca vio juntas en vida – que, como sus contemporáneos flamencos, nunca firmaba sus obras: el Descendimiento, el Calvario y el llamado Tríptico de Miraflores que el rey Juan II de Castilla donó a la cartuja de ese nombre en Burgos; obra ésta que fue la primera del pintor que llegó a España, de donde salió en 1810 durante la guerra de la Independencia, y que hoy se conserva en la Gemäldegalerie de Berlín.

Detalle del ‘Descendimiento’ de Van der Weyden

La muestra, como recordó Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación hasta su nombramiento oficial la semana pasada como nuevo director de la National Gallery, adonde se incorpora en agosto, “no hubiera podido celebrarse en otro lugar que el Prado”, que custodia el sobrecogedor Descendimiento de la cruz que realizó para la iglesia de Nuestra Señora de Extramuros de Lovaina y la Virgen con el Niño, llamada La Madonna Durán en homenaje al coleccionista que la legó a la pinacoteca en la primera mitad del siglo XX. La quinta obra maestra en esta reunión histórica es el Retablo de los Siete Sacramentos de Amberes, que durante los siglos XVII y XVIII estuvo atribuido a Durero. Una obra presidida por siete ángeles que integra a más de 40 personas y muestra la vida humana en todas sus etapas, del nacimiento a la muerte. Como en el Descendimiento del Prado, el artista combinó en el Retablo de los Siete Sacramentos unas figuras convincentes con unos espacios en los que no pueden encajar.

MADRID.
La ‘Madonna Durán’ de Van der Weyden pertenece a la colección del Prado

Los personajes de Van der Weyden son presa de una emoción profunda que ataca los sentimientos de cada espectador, a decir del comisario de la muestra y probablemente el máximo experto en la producción del flamenco, Lorne Campbell, que se extiende sobre las ambigüedades y numerosas capas de significado de sus obras. “Van der Weyden nos apresa entre la pintura y la escultura, entre la sencillez y la complejidad, entre los vivos y los muertos, entre lo humano y lo divino”. Estas tensiones, añade, son especialmente evidentes en el Calvario, una obra enorme (de 3,24 por 1,94 m y más de 200 kg), que el artista donó a la Cartuja de Scheut en Bruselas y que abordó en sus últimos años, cuando intuía ya la proximidad de la muerte e intentó perfeccionar al límite las figuras idealmente bellas de su imaginación y reflexionar sobre los misterios de la representación y del cristianismo.

MADRID.
‘Retablo de los Siete Sacramentos’ procedente de Amberes

Felipe II, que salvó el Calvario de la destrucción llevándoselo a España, pues de lo contrario hubiera perecido en las guerras iconoclastas que asolaron los Países Bajos, fue el más ferviente admirador en la Península de este artista que usaba en sus composiciones las matemáticas y la geometría, desdibujando los límites entre la realidad y la escultura. Quizá la expresión más refinada de esa práctica sean los paños que cubren a la Virgen y San Juan en el Calvario, que tras la restauración acometida por el Prado y Patrimonio Nacional han recobrado su blancura original y cuyos volúmenes nos impactan con su abstracta modernidad. Más allá, la intensidad de sus colores, esos rojos y azules que subrayan la pasión religiosa y el alcance espiritual de sus obras, desbordan en el Descendimiento, donde la Virgen se desvanece y yace al suelo en una postura que repite la del cuerpo muerto de Cristo.

Nacido como Roger de la Pasture en la localidad francesa de Tournai hacia 1399, fue en Bruselas, donde llegó a ser pintor oficial y murió en 1464, donde se aflamencó su nombre y pasó a ser conocido como Van der Weyden. La muestra del Prado destaca también la relevancia de sus mecenas y coleccionistas contemporáneos, así como el impacto que su obra tuvo en la Península, visible en la pintura del portugués Nuno Gonçalves y en composiciones del escultor de origen flamenco Egas Cueman, de quien puede admirarse aquí una escultura funeraria en alabastro de Lope de Barrientos, confesor de Juan II de Castilla.

MADRID.
‘Tríptico de Miraflores’, Rogier van der Weyden. Óleo sobre tabla de roble, antes de 1445, Berlín, Gemäldegalerie, Staatliche Museen zu Berlin

El Calvario cierra el itinerario expositivo y es también el eje del simposio internacional que el Prado dedicará a su autor los días 5 y 6 de mayo. La grandeza de sus figuras y su expresividad, remarcada por una composición de extrema sencillez, han literalmente resucitado tras la impresionante intervención de esta tabla donde Van der Weyden empleó catorce paneles de roble del Báltico que se armaron en sentido horizontal.

El trabajo científico que conlleva la intervención ha permitido además datarla entre 1457 y 1464, el año de la muerte del pintor. Al frente de sus respectivos equipos de colaboradores han obrado esta proeza los restauradores José de la Fuente, del Prado, que intervino el soporte, y Loreto Arranz, de Patrimonio Nacional, que se encargó de la superficie pictórica y ha recobrado esa sensación de tridimensionalidad de las figuras que ahogaban los repintes pictóricos en un trabajo de más de tres años de duración que no hubiera sido posible sin el patrocinio de la Fundación Iberdrola.

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Detalle del ‘Calvario’ © Óscar del Pozo

“Aquí llegó una obra maltratada por el paso del tiempo y las restauraciones antiguas, pero el equipo conjunto le ha devuelto su extraordinaria calidad y originalidad”, subraya el director del Prado, Miguel Zugaza, para quien “este proyecto expresa la salud intelectual del museo y su capacidad de establecer un altísimo nivel de colaboración con otras instituciones”.

La muestra, patrocinada por la Fundación Amigos del Museo del Prado, cuenta con la colaboración de Patrimonio Nacional, propietaria del Calvario. “Antes de la restauración esta obra estaba demacrada y llevaba a la melancolía y ahora, afortunadamente, emociona”, afirma la consejera gerente de Patrimonio Nacional, Alicia Pastor, antes de precisar que tras la clausura de la muestra el 28 de junio la tabla volverá a las salas capitulares del Escorial, “no muy lejos de donde la colocó Velázquez”.

Rogier van der Weyden (h. 1399-1464) puede visitarse en el Museo del Prado (sala C y D del Edificio Jerónimos) hasta el 28 de junio de 2015. Comisario: Lorne Campbell

El último Rembrandt

Charo Ramos | 29 de diciembre de 2014 a las 4:42

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Rembrandt: ‘El suicidio de Lucrecia’, 1666. The Minneapolis Institute of Arts

Dramática, innovadora y llena de humanidad. Así es la mirada que el artista más importante del Siglo de Oro holandés, Rembrandt, vertió en su pintura en los años finales de su vida, en la cima de su talento. A la obra tardía de Rembrandt, tras su paso por la National Gallery, dedica el Rijksmuseum de Amsterdam hasta el 17 de mayo una de las muestras más ambiciosas de los últimos tiempos, que reúne un centenar de obras entre pinturas, grabados y dibujos gracias al esfuerzo de estos dos museos y de préstamos sin precedentes de todo el mundo a cargo de pinacotecas como el Louvre, el Mauritshuis de La Haya o la Royal Academy of Fine Arts de Estocolmo, además de numerosos coleccionistas privados. La cita subraya la individualidad de un pintor que, si bien siempre desafió las modas de su tiempo, en los últimos momentos de su existencia creó algunas de sus pinturas y grabados más atrevidos. El recorrido por los trabajos que clausuraron su vida también ilustra los vuelcos de su fortuna, la bancarrota económica y las tragedias personales; vicisitudes a las que se enfrenta desde el autorretrato o infiltrando una escalofriante sinceridad a sus representaciones de mártires. Las obras reunidas comprenden desde principios de 1650 hasta su muerte en 1669 a la edad de 63 años. Junto a la inagotable experimentación técnica destaca su extraordinaria habilidad para reproducir los efectos de luz, así como su aprecio por los temas más mundanos e incluso desagradables, como las disecciones anatómicas. Rembrandt fagocita fuentes muy diversas para inspirarse, muchas veces halladas en los grabados que coleccionaba y con los que especulaba en el mercado del arte, pero siempre guiado por el afán de entender y representar las motivaciones y emociones más profundas.

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Rembrandt: ‘Autorretrato con dos círculos’, 1665-9. English Heritage (Kenwood, Londres)

Una de las secciones más interesantes y con la que se abre esta muestra está dedicada al autorretrato. Rembrandt produjo más de 60 entre dibujos, pinturas y grabados a lo largo de su carrera, desde bocetos rápidos a semblanzas de un impresionante parecido formal. Constituyen un extraordinario registro de sus facciones a través de las variadas circunstancias de su vida personal y profesional. Los coleccionistas del XVII los codiciaban porque combinaban un retrato reconocible de una personalidad famosa con un ejemplo del estilo distintivo de ese artista. Pero Rembrandt también tuvo sus razones complejas para producir tal cantidad y variedad, según defiende Betsy Wieseman, comisaria de la muestra y conservadora de pintura holandesa de la National Gallery. Mientras muchos de los autorretratos tempranos exploran expresiones exteriores y efectos dramáticos de luz, los de los últimos años, reflexivos, pensativos, deprimidos y dolorosamente honestos, indagan más allá de las apariencias externas. En uno de ellos, procedente del Rijksmuseum, Rembrandt se representa como San Pablo, es la única vez que asume otra identidad distinta a la suya. En el célebre autorretrato del legado Iveagh (Kenwood) se pinta con su atuendo de pintor entre dos misteriosos círculos que subrayan la condición intelectual del artista. En los que realizó poco antes de morir se adivina la aflicción del hombre que ha tenido que enterrar a su hijo Titus y a su joven amante y modelo de muchas de sus últimas composiciones, Hendrickje Stoffels.

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‘Betsabé en el baño con la carta del rey David’, 1654. Museo del Louvre, París

Es precisamente ella quien inspira el que pasa por ser el desnudo de cuerpo entero más hermoso de cuantos firmó: Betsabé en el baño, que cede el Louvre. Muestra a la atractiva mujer a la que el rey David miró mientras se bañaba y por la que sintió un deseo irrefrenable que le llevó a obligarla a elegir entre la lealtad a su marido, el general Urías, y la obediencia al monarca, dilema moral que se resume en la carta que sujeta con la mano derecha. A diferencia de otros artistas, que ponderaron el carácter vanidoso e infiel de Betsabé, mostrándola en compañía de sirvientas celestinescas que insinuaban una moral dudosa, en su acercamiento al tema Rembrandt se deja guiar por la piedad y el respeto por una mujer torturada por el peso de una decisión que traerá, como sabe, la infelicidad a todas las partes. Esa Betsabé triste y sin escapatoria ante su destino es captada con un claroscuro de estirpe caravaggiesca que acentúa la rotundidad de sus formas, entre la belleza ideal y las mujeres reales. El contraste entre su cuerpo desnudo y las sábanas blancas y los brocados le permiten demostrar cuánto ha absorbido del colorido de los maestros venecianos. La pincelada directa subraya la belleza de Betsabé y a la vez nos convierte en voyeuristas como el rey David. De algún modo Rembrandt parece querer decirnos que el amor y el deseo arrancan por igual de una mirada a la que es imposible sustraerse. La sensualidad de la mujer y su ensimismamiento son la clave de la historia en esta versión.

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‘Retrato de pareja como Isaac y Rebeca’, conocido como ‘La novia judía’, hacia 1665. Rijksmuseum.

Con Betsabé en el baño el pintor holandés refrescó y enriqueció los temas históricos y de la narrativa tradicional. Si en su inmenso lienzo La conspiración de los bátavos bajo Claudio Civilis (1661-62), que procede de Estocolmo, ponía el foco en las apasionadas expresiones dramáticas, en los trabajos más tardíos hará de la contemplación y la introspección sus temas principales. En vez de describir una narración con muchos personajes, concentra el poder psicológico de una historia en una sola persona. O acaso en dos, como en La novia judía (Rijksmuseum, Ámsterdam, hacia 1667), una de las primeras composiciones que muestran el tierno afecto de una pareja, dando un carácter íntimo a la historia del matrimonio bíblico de Isaac y Rebeca. Muchas de sus creaciones finales representan un conflicto interior suscitado por la búsqueda de un imposible equilibro entre pasiones que devoran y sentimientos contrarios. Así ocurre con la hermosa Lucrecia (1666) del Instituto de Arte de Minneapolis, que encuentra en el suicidio la única escapatoria moral a la insoportable vergüenza de su violación. El innato deseo de vivir y la tristeza desgarrada del rostro que se despide del mundo con el gesto de llamar con la campana a su familia nos conmueven mientras reparamos con horror en la sangre que asoma ya por el camisón. Rembrandt se vuelve más matérico que nunca, llegando a hacer incisiones, a acuchillar la pasta pictórica, abriendo el camino que transitarían siglos después artistas como Francis Bacon.

Late Rembrandt. En el Rijksmuseum de Amsterdam hasta el 17 de mayo de 2015