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Niki de Saint Phalle, amazona armada

Charo Ramos | 3 de mayo de 2015 a las 20:11

Niki de Saint Phalle en Deia, Mallorca, 1955 © Niki Charitable Art Foundation

Siguen cobrando menos que sus compañeros actores, como recordaba Patricia Arquette al recoger su Oscar a la mejor secundaria; están insuficientemente representadas en los puestos decisorios de las empresas y en las colecciones permanentes de los principales museos del mundo… y pese a todo, algo se mueve. La situación de la mujer -en el arte, en la economía, en la vida- sigue palideciendo si se la compara con la de sus colegas varones, pero los tímidos avances, donde los haya -el diario The Guardian, por ejemplo, que acaba de nombrar a su primera directora en 194 años-, deben mucho a las diversas generaciones de féminas que desde los años 60 comprometieron una parte de sus esfuerzos en la lucha por la igualdad de oportunidades. Y entre esas valientes amazonas se destacó, por su actitud pionera y la diversidad de los métodos empleados, la artista francoamericana Niki de Saint Phalle (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1930-San Diego, Estados Unidos, 2002), a la que el museo Gugenheim de Bilbao reivindica hasta el 7 de junio, como antes lo hiciera el Grand Palais de París, museo que coorganiza esta cita.

La muestra, comisariada por Camille Morineau y Álvaro Rodríguez Fominaya, es una completa retrospectiva de la obra de esta mujer polifacética y recorre sus pinturas, esculturas, grabados, performances y cine experimental. Un conjunto que descubre al gran público a quien se considera la primera artista feminista del siglo XX, en cuyas piezas más emblemáticas, como las Nanas, conviven la radicalidad y la violencia con el compromiso social y una actitud alegre y colorista.

'El sueño de Diana' de Niki de Saint Phalle‘El sueño de Diana’ de Niki de Saint Phalle

Niki de Saint Phalle nació en Francia, donde pasó gran parte de su vida, aunque creció en Estados Unidos y eligió residir allí en la última parte de su carrera. “Se mantuvo siempre a caballo entre sus dos patrias, formando parte del panorama artístico de ambos países. De ahí que en Francia se la conozca como la única mujer en el movimiento del Nuevo Realismo al que perteneció Yves Klein y en Norteamérica se la vincule con los neodadaístas Jasper Johns y Robert Rauschenberg, de los que era muy amiga. También dotó de un nuevo punto de vista al pop art y en ese sentido se la considera una de sus precursoras, una especie de Andy Warhol en femenino”, explica Rodríguez Fominaya, comisario del Solomon R. Guggenheim Museum y coordinador de esta cita.

La identidad de Saint Phalle desborda especialmente en la serie de los Disparos, nombre con el que se conoce a las performances o acciones en las que ella o bien sus colaboradores, amigos o miembros del público disparaban y destrozaban pinturas con un rifle. “Expresan su lucha contra los convencionalismos y las actitudes rígidas, no sólo desde el punto de vista del feminismo”, contextualiza el comisario.

La exposición arranca en la sala 305 del icónico edificio diseñado por Frank Gehry, ámbito que reúne las primeras obras de una joven modelo de buena familia que, de forma autodidacta, decide dedicar su vida al arte. Su inmersión en la escena literaria y pictórica de París, donde conoce a los artistas expatriados norteamericanos, es el germen de estas piezas de finales de los años 50, una serie de pinturas de gran formato influidas tanto por las tradiciones y vanguardias de la vieja Europa -desde el Trecento italiano a las superficies rugosas características del trabajo de Jean Dubuffet y Jean Fautrier- como por el audaz arte americano del momento, especialmente los Combines de Jasper Johns y Robert Rauschenberg con sus objetos adheridos. En Paisaje ensamblaje, una obra datada en 1959, cuando tiene apenas 29 años, Saint Phalle aplica pintura y yeso a un gran contrachapado sobre el que coloca objetos encontrados como bobinas de cordel, conchas de ostra, abridores de latas de sardinas y flores. La huella del expresionismo abstracto americano es aún más evidente en otra pieza datada ese año, Sin título (Obra abstracta según Jackson Pollock), donde sobre una puerta de madera usa la pintura evocando las salpicaduras -la técnica del dripping- de Pollock pero adhiriéndole objetos como cuentas, botones y conchas que remiten de nuevo a Johns y Rauschenberg.

‘Pirodáctilo sobre Nueva York’ (1962), de la serie de ‘Disparos’ de Niki de Saint Phalle en la colección del Guggenheim de Abu Dabi  © Niki Charitable Art Foundation

En 1961, Niki de Saint Phalle fue invitada por el artista Jacques Villeglé a participar en el Salon Comparaisons. Allí exhibió la obra San Sebastián, subtitulada Retrato de mi amante, un intento de exorcizar un amor fatal. Sobre un panel de madera la artista colocó una camisa que le robó a su novio y sustituyó su cabeza por una diana a la que los visitantes podían arrojar sus dardos. La siguiente sesión la realizó con pintura disparada con un rifle y le valió para que el crítico de arte Pierre Restany la incorporara al movimiento del Nuevo Realismo de Yves Klein y le propusiera celebrar su primera individual en París, trampolín para una proyección internacional que la llevó a Los Ángeles (Dwan Gallery), Amsterdam (Stedelijk Museum) y Nueva York (Iolas Gallery.)

La siguiente sala acoge sus impactantes Disparos, cuya génesis explicaba así la propia artista: “Descubrir el arte fue una suerte para mí, porque, a nivel psicológico, tenía todo lo necesario para convertirme en terrorista. En lugar de ello, utilicé las armas para una buena causa: la del arte”.

Niki de Saint Phalle ejecutó sus Disparos durante casi diez años, entre 1961 y comienzos de la década de 1970, en más de 20 sesiones de tiro que seguían siempre este ritual: los objetos eran cuidadosamente elegidos y rellenados con bolsas de pintura de colores, se los sujetaba a una superficie plana, como tablones de madera, y se los recubría con yeso blanco. Los participantes disparaban a esa pieza provocando explosiones de color que conformaban en vivo la obra de arte.

Había varias tipologías de Disparos: la dedicada a los maestros de la pintura antigua, la interesada por la materia, el soporte y la renovación pictórica (los más abstractos), la que incluía referencias explícitas a la cultura contemporánea y la religión, la del retorno a los ensamblajes… Un ejemplo es Pirodáctilo sobre Nueva York (1962), que pertenece a la colección del Guggenheim de Abu Dabi. El monstruo ataca la ciudad con sus alas y la artista juega con la perspectiva y con materiales y colores fluorescentes que asociamos al arte pop para lanzar un guiño a la cultura popular y al modo en que ésta tradujo mediante iconos como Godzilla el miedo al holocausto nuclear y la guerra fría.

Otra obra contundente es Jefes de Estado (estudio para King Kong), donde doce máscaras pintadas sobre un panel de madera, entre las que no faltan los retratos de Fidel Castro y Kennedy, conectan el imaginario de la artista con el momento político de los años 60. Saint Phalle dejó de hacer Disparos a comienzos de los 70 pero recuperó la técnica en una última sesión para colaborar en una campaña de concienciación sobre el sida tras la muerte por esta enfermedad de su asistente artístico.

“Niki perteneció a una saga aristocrática francesa conectada con el Marqués de Sade y algunas obras de la muestra se refieren a su propia familia, incluida la referencia directa al abuso sexual que cometió con ella su padre, protagonista del largometraje experimental Papá (Daddy) que coprodujo con Peter Whitehead”, continúa Rodríguez Fominaya.

Niki de Saint Phalle aiming; colored Film-Still of "Daddy", 1972
Fotograma coloreado de la película ‘Daddy’, 1972, de Niki de Saint Phalle

De Saint Phalle fue una precursora a la hora de convertir a la mujer como tema y abordarlo en toda su complejidad. Las obras que agrupó bajo el título Roles femeninos impactan por su radicalidad y su ambivalencia, como prueban Novia, Hechicera, Prostituta, AlumbramientoDiosa… Son trabajos donde experimenta con los materiales, una línea que la conducirá a la resina de poliéster que empleó en su serie más célebre, las Nanas. Estas figuras comenzaron siendo de papel pegado y lana y eran su particular lectura de las diosas de la fertilidad y los alumbramientos.

Las Nanas, de las que creó más de 160, expresan con sus cuerpos orondos una feminidad liberada de los estereotipos impuestos por la moda. “Danzarinas, atléticas, sexis, imponentes… Representaban las aspiraciones de grandeza de las mujeres, su papel en el mundo actual, su poder. Son las guerreras de la batalla feminista que ella lideró en el mundo del arte y comenzaron siendo ediciones limitadas que se vendían en tiendas o regalaba a los niños. Se las ha reproducido muchas veces en joyas, serigrafías y hasta globos hinchables”, subraya el comisario en el Guggenheim Bilbao, en cuya terraza del atrio se ha ubicado el grupo escultórico Las tres Gracias de modo que los transeúntes pueden disfrutar del contacto entre estas Nanas y la ciudad, algo relevante para la creadora, adalid también del arte público.

El origen de las Nanas está en un dibujo que su amigo y pintor Larry Rivers hizo de su esposa embarazada, Clarice, y que regaló a Niki. “En las Nanas, al igual que en la serie de Disparos, hay diversas tipografías. Incluso llegó a diseñar una serie para una coreografía de Roland Petite en un guiño al espíritu de las vanguardias y los ballet mecánicos de Léger”, continúa Rodríguez Fominaya. Esta Dancing Nana baila gracias a un mecanismo estrenado para la muestra que nos permite relacionarla con otra de sus más célebres creaciones, la Fuente Stravinsky ubicada junto al Centro Pompidou de París, una de las obras con esculturas móviles que diseñó junto al artista suizo -y su segundo esposo- Jean Tinguely.

El recorrido continúa en la sala 302 con la impresionante obra escultórica El sueño de Diana, su particular lectura de la diosa guerrera que duerme, y a la que rodean la serie Madres devoradoras que es de una dureza extrema y la citada película sobre su padre.

Tras el delicioso contrapunto a tanta violencia que supone la Habitación para meditar -una enorme calavera donde uno puede entrar, sentarse y calmar sus pensamientos- la cita concluye con una mirada a su producción de arte público. Vemos aquí maquetas y documentación de los grandes proyectos arquitectónicos con los que quiso aportar fantasía y color a la gente y que ella decía que estaban inspirados por su descubrimiento temprano de la obra de Gaudí, al que veneraba. La más relevante de estas obras es el Jardín del Tarot, su particular Parque Güell, que construyó en La Toscana entre 1978 y 1998 y aún está activo. Los objetos decorativos que, como lámparas y perfumes, diseñó para financiar sus proyectos de arte público dan la despedida al visitante.

Niki de Saint Phalle tuvo dos hijos con su primer marido, el escritor Harry Mathews, con quien se casó a los 19 años, pero no llevó una vida familiar convencional. Tras la muerte de Tinguely en 1991 se instaló en San Diego (Estados Unidos) buscando un clima seco que protegiera sus bronquios, afectados por los vapores tóxicos que inhaló al producir las Nanas. Antes de fallecer organizó su legado y una parte lo donó al Museo Sprengel de Hanóver, otra al Museo de Arte de Niza y el resto a la fundación que creó con su nombre. La exposición se nutre de esos tres legados aunque también hay obras del Guggenheim y del Pompidou. Hacía ya dos décadas que no se organizaba una gran retrospectiva de la artista, a la que el público español conoce poco todavía. Esta muestra contextualiza su obra y, al poner el énfasis en su discurso feminista y sus vínculos con todos los aspectos del activismo social, permite hacer otra lectura del trabajo de una mujer que, aunque colaboró con muchos creadores, fue bastante solitaria e inclasificable y por eso, hoy, sus influencias se rastrean más en ideas y conceptos que a nivel formal.

Niki de Saint Phalle. En el Guggenheim de Bilbao hasta el 7 de junio de 2015 

La pintura como acción

Charo Ramos | 28 de octubre de 2012 a las 21:01

El Moderna Museet de Estocolmo es la gran contribución del arquitecto Rafael Moneo a la capital escandinava. Durante este verano, el fascinante espacio, ubicado en la isla de Skeppsholmen, acogió la muestra ¡Explosión!, una celebración de la action painting y su influencia sobre el arte conceptual, el Fluxus y la performance. El proyecto, de producción sueca, cuenta con el patrocinio de BBVA y puede verse ahora en la Fundación Miró de Barcelona en lo que supone una oportuna llamada de atención sobre la modernidad y vigencia de estas prácticas, ligadas a gigantes del siglo XX como Jackson Pollock o Yves Klein.

La obra monocromática del francés Klein (1928-1962) parece un buen punto de partida para explorar todas esas conexiones. Bien sabido es que el creador que patentó el color Azul Klein y lo convirtió en su propia firma no pintaba con brochas ni caballetes. Él optó por convertir a sus modelos en pinceles vivientes y eran ellas, cubiertas de pintura, las que estampaban sus cuerpos sobre lienzos o papeles gigantes en acciones colectivas bastante similares a lo que serían luego las performances.

Klein concibió esta idea de la pintura como una impresión directa del cuerpo tras haber visto en Hiroshima la huella de un ser humano sobre una roca: era la sombra que dejó tras arder completamente por los efectos de la bomba atómica. El Azul Klein, que su codificador asociaba al mar, el cielo y el vacío, es una invocación a lo intangible no exenta de una llamada a la espiritualidad. Esta sugerente Princesa Helena, de 1960 y perteneciente a la colección del MOMA de Nueva York, es una de las mejores exponentes de su serie de Antropometrías. El autor reflexionaba con esta pieza sobre los vínculos entre el cuerpo y la mente, entre lo material y lo esencial. Sin embargo, sus sesiones no eran nada introspectivas ni aburridas. Al igual que las modelos desnudas, el público también tenía un papel activo y por eso el artista no dudaba en obsequiar a cuantos habían llegado al final de la acción con el más célebre de sus cócteles, por supuesto, también de color azul.

Entre el juego y la provocación, el medio centenar de obras reunidas en ¡Explosión! revisa, cruzando décadas y fronteras, esa revolución que tras la Segunda Guerra Mundial condujo a diversos artistas a incorporar el azar y todo tipo de materiales a sus prácticas. Un itinerario que arranca con la pintura de goteo de Pollock y las intervenciones sonoras de John Cage y tiene paradas esenciales en los trabajos de Andy Warhol, John Baldessari, Bruce Nauman, Murakami, Yoko Ono o la siempre fascinante Yayoi Kusama, entre otros. Sin duda, una de las citas más importantes del calendario artístico español este otoño.

¡Explosión! El legado de Jackson Pollock. Fundación Miró de Barcelona. Hasta el 24 de febrero de 2013