Carlos Navarro Antolín | 30 de junio de 2012 a las 12:39
En septiembre se despidió de la política, pero no de la vida pública. A Soledad Becerril (Madrid, 1944) le gusta pasear a los nietos por el centro de Sevilla, pero su inquietud da para mucho más. Y la inquietud conviene canalizarla cuando las fuerzas físicas siguen respondiendo. Por eso no extraña que haya aceptado ser, otra vez, la primera mujer en un puesto de responsabilidad. En esta ocasión tendrá que darse de baja del PP para ejercer de Defensora del Pueblo Español, un sillón para el que se requiere tanto consenso político como prestigio. Como lo primero parece ya garantizado, lo segundo se demuestra con su trayectoria (largo currículum) y con algunos hitos, como el protagonizado en 1999 al perder la Alcaldía por no ceder a las ambiciones del PA de Alejandro Rojas- Marcos, al que el día de la toma de posesión de aquella Corporación municipal le refirió al alcalde de Zalamea como aguijón: “Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor… Es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. Ella se quedó con el honor, Alejandro consiguió mantenerse en el poder e impulsar su Metro y el PA comenzó la cuesta abajo.
Soledad Becerril es perseverante y machacona con sus colaboradores. Ni una peseta en comidas, ni una luz encendida en el Ayuntamiento, ni polvo en las cortinas del Alcázar (su monumento predilecto). Un carácter que no ha dejado de escocer en quienes no soportaban el control puntilloso de aquella alcaldesa que venía de ser ministra y que gestionó la ciudad deprimida de los años posteriores a la Exposición Universal. Tan selecta y distante en el trato como exenta de megalomanías, cuando perdió la Alcaldía contra todo pronóstico terminó recalando de vicepresidenta tercera del Congreso por designación directa de José María Aznar, con quien dicen que se entendía sin intermediarios.
A Soledad Becerril difícilmente le hubieran sorprendido pasando facturas indebidas a las arcas públicas en cualquiera de sus muchos cargos. Ni arrastrándose para perpetuarse en ninguno de ellos. El suyo era ya un estilo de entender y de hacer política que estaba a punto de convertirse en un souvenir. Hasta cumplió su deseo de ser senadora y seguir yendo a Madrid en el AVE, preferentemente en asiento individual, salvo que se asegurara la compañía de su amigo Juan Manuel Albendea.
Es notorio que Soledad no va repartiendo abrazos ni estirando el cuello para saludar por la calle. No ha ejercido nunca ese estereotipo de sevillanía. Mucho menos va regalando besos, menos aún si el saludado tiene barba. Ni siquiera le gustan las cofradías. Y hasta una vez osó criticar el gran número de bares que hay en Sevilla. Pese a todo puede presumir de haber dejado un buen recuerdo entre muchísimos sevillanos que aún la siguen llamando alcaldesa, la misma que lloró ante toda España en enero de 1998 por el atentado de Alberto Jiménez-Becerril y Ascensión García Ortiz, con cuya familia mantiene un contacto periódico.
Arenas la quiso recuperar para la Alcaldía en las municipales de 2007. Primero dijo que sí. Después dijo que no. De aquel paso atrás surgió Juan Ignacio Zoido. La dama por excelencia en el tablero de la política vuelve al escenario. Muy probablemente estará mucho más a gusto como Defensora del Pueblo Español que en un patio político degradado (“qué horror, qué horror”) donde priman las zancadillas y los codazos por mantener un sueldo. Ella entró en la política por ideas en 1977 y salió por voluntad propia en 2011.