Días sin espuma

Carlos Navarro Antolín | 11 de febrero de 2018 a las 5:00

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JUAN Espadas afronta la imposible misión de que los sevillanos dejemos de ser unos guarros. Los sondeos de Antonio Pascual (Pascualcopia) dicen que el alcalde es un hombre bueno, que la ciudad mejora levemente y otras petaladas, pero le dan calabazas en limpieza. Quizás por eso el hombre se ha puesto manos a la obra a presentar nuevos puntos limpios y otras gaitas. Espadas recuerda en parte a los papás de hoy, que tragan en la puerta de los colegios con que el niño saque calificaciones bajas, no tenga hábito de estudio, orille el cultivo de la memoria y se pase la tarde pegado a una tableta digital, pero se encoleriza si oye que el niño acude sucio a clase, que mi niño es muy limpio, oiga, como lo es toda la familia, que le voy a poner una denuncia en la Junta que va a temblar el misterio. El alcalde está como esos padres de hoy, preocupado porque sus convecinos lo ponen de baldear poco las calles, de ser poco generoso con la escoba. ¡A mí Lipasam, que los arrollo! Hay que decirle al alcalde que baje el balón, que la culpa no es tanto suya como no lo era antes de don Zoido, como sí lo es de la mala educación de un personal malcriado, consentido, sin conciencia de ciudad ni del cumplimiento de las mínimas obligaciones. Los alcaldes –ninguno– no están para educar a la población.

Con la suciedad en la heráldica de la ciudad, a la misma altura que San Isidoro y San Leandro, vivimos unos días sin espuma, unos amaneceres de desgarro interior que deja el alma de Sevilla hecha jirones, unas horas en las que una sensación de vacío se apodera de los vecinos. Los que otros años eran días del gozo, de tirador y cristal fino, son ahora eternas tardes bañadas por la melancolía, trufadas de cierta tristeza contenida, mechadas de un sentimiento taciturno que adelanta la astenia primaveral. Esta ciudad sucia, ayuna de presupuesto, con los barandas pegándose gañafones por el Metro y haciendo posturitas de exhibicionista hortera de playa para ver quien saca más pecho por Sevilla (¡Majestad, por Sevilla, todo por Sevilla!), esta ciudad –decíamos– se ha quedado sin una de sus infraestructuras preferidas y nadie ha dicho esta boca es mía, nadie ha entonado un lamento, nadie ha iniciado una plegaria. Somos sucios y desagradecidos. Somos injustos. Suspendemos a un alcalde por tener el viario como si fuera el Charco de la Pava tras la fiesta de la primavera de los erasmus borrachuzos, cuando en realidad somos nosotros los cochinos sin bellotas ni montanera, pero no echamos de menos a quienes llevan desde 1995 abriéndonos las puertas para todo tipo de actos, con cerveza gratis total, religiosamente tirada al final de cada sesión, con derecho incluso a una diócesis de tortilla española de dos plantas con ático retranqueado. Nadie se ha dado por aludido, nadie ha querido lamentar que este año, ay qué pena más desnuda, no está abierta la sede de la Fundación Cruzcampo por el ambicioso proyecto urbanístico que ha emprendido la compañía Heineken, la de Julio Cuesta y Jorge Paradela, las dos jotas más amables de la ciudad, marcas blancas de las relaciones públicas hispalenses, puertas seguras a las que llamar cuando se busca posada para presentar un libro, reunir a los hermanos mayores, dar un homenaje masivo o cualquier otro acto de alto rango. La ciudad estará dieciocho meses sin la Fundación Cruzcampo, lo que supone, con sus procesos y sus papeleos, dos cuaresmas, dos primaveras, dos veranos… ¿Qué harán esos gorrones de cerveza, esas señoras con las tardes libres que vivaqueaban por el salón cada día que había un acto? Nunca les importaba el orden del día, salvo el punto final: degustación de cerveza de tirador por camarero con batín blanco. El Consejo de Cofradías dice que reubicará por sorteo a los 227 usuarios de las sillas que han esquilmado en Sierpes para que podamos correr más cómodos en la Madrugada, pero la Fundación Cruzcampo, qué falta de tacto, no se ha preocupado de los trincones de croqueta más sibilinos que nunca se han visto.

Días duros para la ciudad, días sin espuma, dieciocho meses es una cuesta (sin Julio) demasiado pronunciada. Hay una sensación de desamparo, de sede vacante, de norte perdido, un espeso silencio donde este cierre de puertas se ha vuelto tabú. Si será grave la cosa que hay quien está convencido de que el acuerdo de las tres administraciones por el Metro es una cortina de humo para que en la ciudad no se hable del cierre provisional del salón del actos de la Fundación Cruzcampo. La ciudad calla, pero la letra de la sevillana de los Romeros de la Puebla pregunta con la crueldad de un niño esas verdades que duelen: ¿Dónde gorronearé la cerveza, Dios mío, la próxima primavera? Antonio Pascual no ha preguntado en su sondeo por lo que de verdad importa. Una omisión piadosa, un servicio más a la ciudad aun a costa de poner al alcalde de limpiar poco. Porça miseria. Ingrata política.

El reencuentro del PP y Ciudadanos en el Labradores

Carlos Navarro Antolín | 7 de febrero de 2018 a las 5:00

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MEDIA mañana. Sede del Real Círculo de Labradores. Café. Luces y taburetes altos. La cabeza del toro Nochebuena desparrama la vista por la estancia. En los sofás mullidos hay clientes ajenos a la escena. En una mesa debaten sobre la ciudad los portavoces municipales de dos importantes grupos políticos que han tenido serios roces en los últimos días a cuenta de la negociación del presupuesto general de la ciudad. Hablan de todo, se dicen las cosas a la cara. Hay reproches por el pasado y también guiños de cara a posibles coyunturas de futuro. Nadie quiere enemistarse con nadie, ni tampoco exhibir pasteleos antes de tiempo. Es verdad que los días de Navidad fueron tensos. La propuesta de presupuesto alternativo presentada por el PP soliviantó a Ciudadanos. Y la victoria de Ciudadanos en Cataluña encumbró a los chicos del partido naranja. La batalla por el voto de centro-derecha alcanza de lleno la Plaza Nueva. Beltrán Pérez, portavoz del Grupo Popular, necesita hacer ruido para ser el candidato a la Alcaldía. Y Javier Millán, portavoz de Ciudadanos, no podía consentir de ningún modo que el PP pactara el presupuesto con el PSOE y le birlara su rol de único partido político de la derecha que es capaz de colaborar con el gobierno y, por lo tanto, ser el modelo de esa nueva política que quieren los ciudadanos, hastiados ya de la confrontación por la confrontación.

A Beltrán Pérez le molestó que Millán denunciara públicamente que la estrategia del PP en el presupuesto podía desembocar en una “posible prevaricación”. Se lo dijo ayer de forma directa. Millán había censurado que el PP presentara una propuesta de presupuesto alternativo sin el formato técnico de enmienda. “Yo no puedo votar ni pronunciarme en la junta de portavoces sobre un documento que no se ajusta técnica ni reglamentariamente a las características de una enmienda. Pretender que hiciéramos eso, con un informe en contra del secretario y del interventor, era pedirnos que prevaricáramos. Y yo no puedo hacer eso, Beltrán”. El concejal Rafael Belmonte, brazo derecho de Beltrán Pérez, es testigo de la escena en silencio. Toma algunas notas. Se percibe cierta tensión. Pérez se defiende: “El presupuesto alternativo era y es un documento político, para generar debate político, no pretendíamos que se tomara como enmienda”. Millán se lamenta de que el PP intentara excluirles (despreciarles) del debate presupuestario al exigir entenderse a solas con el PSOE. “Beltrán, nos quisisteis apartar y eso no lo podemos consentir”. El líder del PP pasa al contraataque: “¿Nosotros quisimos eso? ¡Yo quiero la paz, Javier, pero si me lanzas una pedrada como lo dela prevaricación, tengo que responder!”, le recrimina Beltrán Pérez, molesto todavía por la alusión a un posible delito: “Hombre, Javier, que tú sabes lo que es una prevaricación. Que diga eso un funcionario del grupo A…”.

Belmonte sigue en silencio, siempre con un papel doblado por varias caras preparado para las anotaciones. El Pleno del presupuesto es el 14, día de San Valentín. “Lo que tenéis que hacer es absteneos y dejad que las cuentas salgan adelante por el bien de la ciudad”, exige el portavoz de Ciudadanos. Beltrán responde con rapidez. “Votaremos no al presupuesto salvo que se cumplan nuestras condiciones”. “¿Las tres condiciones que habéis exigido al alcalde?”, pregunta Millán con precisión. “No seré yo quien revele las cosas que hablo con determinadas personas en ciertos despachos”, zanja el líder de la oposición.
Millán desvía la conversación para poner en duda la estrategia del PP de arremeter contra Ciudadanos. “Os estáis equivocando, Beltrán. Os han dicho desde Madrid que tenéis que hacer eso y es un auténtico error. No te puede hacer una idea la de gente del PP que se viene con nosotros y lo que dicen…”. Beltrán se niega a aceptar que haya recibido orden alguna de atacar por atacar a Ciudadanos. “De hecho promuevo unas buenas relaciones con vosotros siempre que sea posible”. El líder de la oposición alude a que así se lo han reconocido en su partido en alguna ocasión. De pronto, cómo no, se habla de las encuestas. Millán tiene claro que Beltrán Pérez será el candidato del PP. No lo dice expresamente, pero en sus afirmaciones asume que así será. “No tenemos orden de apoyar a la lista más votada. No está escrito en ningún sitio”, sentencia el portavoz de Ciudadanos. Beltrán bromea: “¿Entonces nos apoyarías también si no quedamos los primeros?”. Y el de Ciudadanos formula un augurio:“Creo que los tres partidos podemos quedar bastante igualados…”.

Millán se siente feliz de concejal, se entiende con el socialista Juan Espadas. Está convencido de que repetirá como candidato a la Alcaldía, una condición que se oficializará después del verano. Presume de un partido que disfruta de paz interna, a excepción de algunos episodios tensos en el Aljarafe que Belmonte se encarga de recordarle. “¡Menudo padrinazgo tienes con Arenas!”, le refiere Millán a Beltrán Pérez. El dirigente del PP le recuerda –con razón– que también ha tenido sus años de pesares en política. Un bedel irrumpe en la tertulia:“¿Don Rafael Belmonte? Unos señores le esperan”. Se disuelve lentamente la tertulia del reencuentro. Los tres se paran junto al busto del Rey Juan Carlos I. Alguien dice: “El bien de Espadas no es necesariamente el bien de la ciudad”. Millán habla de sus plenos en la Diputación, donde se las tiene que ver con la presidenta del PP, Virginia Pérez.

Nochebuena se queda en su calma astifina. Los políticos se van. Se esfuman. Parece que hay vida en los ojos del burel, parece como si quedara una ráfaga de bravura en su expresión. Las tazas de café aguardan a ser recogidas. Alguien lee un libro en la barra. Hay periódicos repartidos por la mesa con la tablilla de madera de la entidad. Se forman nuevas tertulias. Alguien rechaza el café y apunta a que ya es la hora de un fino con escolta reducida de patatas fritas. Lo más destacado, quizás, es que alguien ha hablado de los presupuestos en un café. Sólo queda encontrar una tertulia sobre los dictámenes del Consejo Económico y Social. Un cartel anuncia que el club carece de peluquero desde el 31 de enero. La ciudad tendrá presupuesto. Pero en el Labradores seguirá vacante el puesto de peluquero.

Así cayó la cruz de los caídos de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2018 a las 5:00

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De la Sevilla de 1984 a la Callosa de Segura de 2018. Parece que hemos ido a peor, que hemos involucionado a la hora de abordar un período de la historia de España, que la tan bienintencionada como mal enfocada Ley de la Memoria Histórica ha tenido unos efectos perversos. En la Sevilla de 1984 no existía Lipasam, la empresa municipal de limpieza. La sociedad municipal no se fundó hasta marzo de 1986 en una escritura pública autorizada por el notario Ángel Olavarría.

Los hechos que conectan la Sevilla de entonces con la Callosa de Segura de hoy, localidad que es noticia en toda España, ocurrieron en la típica noche fría de un primero de diciembre. El año expiraba en una ciudad gobernada por Manuel del Valle, alcalde con mayoría absoluta, la única que hasta ahora ha disfrutado el PSOE. Atrás había quedado una Semana Santa marcada por la presencia de la Familia Real al completo desde la tarde del Jueves Santo y por la conocida como guerra de los chaqués. Los ediles socialistas se negaban a lucir los tiros largos en la presidencia de la ciudad de la Plaza de San Francisco al paso de las cofradías, una etiqueta que los concejales conservadores sí querían mantener. Esa primavera se había estrenado el ciclo Cita en Sevilla, que trajo a la ciudad a cantantes y grupos de primera fila nacional e internacional de rock, pop, flamenco y jazz. Fue un éxito que duró hasta 1991. Se podría decir que Sevilla dejaba paulatinamente el blanco y negro para aproximarse a su versión en color.

La ciudad aún contaba aquel 1984 con un símbolo claro del franquismo: el Monumento a los Caídos, ubicado junto a la Puerta del León de los Reales Alcázares. Se trataba de una cruz de hierro y de un monolito con la leyenda en recuerdo a José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. No estaba en una fachada de la Catedral ni en la de ningún otro templo, como en la inmensa mayoría de las ciudades españolas, porque el cardenal Segura, como es conocido, se negó a permitirlo con rotundidad ante los gerifaltes del régimen.

El alcalde Manuel del Valle no quería ni oír hablar de la retirada del monumento. Nunca quiso firmar orden alguna, pese a los requerimientos insistentes que le hacían algunos colaboradores y funcionarios. El alcalde se mostraba siempre esquivo, lo cual tampoco extrañaba mucho a sus más allegados, conocedores de la escasa disposición de aquel político de ruan por meterse en problemas, asumir riesgos o emprender cualquier tipo de proyecto aventurado. Manuel del Valle era y sigue siendo un sevillano de un perfil discreto, extremadamente discreto.

Francisco Mir, funcionario municipal asignado en aquel momento al Real Alcázar, ya era un socialista de largo recorrido. Procedía de los despachos de la Junta de Andalucía, donde había ejercido de director general de Relaciones Políticas con los presidentes Plácido Fernández Viagas y José Rodríguez de la Borbolla. Mir apeló directamente a Manuel del Valle a finales de noviembre: “Dame un papel firmado, Manolo, dámelo y quitamos la cruz de los caídos”. Silencio del alcalde. “Dame un sí, al menos que yo oiga un sí”. Nuevamente silencio. Ni siquiera el concejal Curro Rodríguez apoyó la iniciativa. Nadie quería saber de aquello. Manuel del Valle calló… y otorgó. Rafael Manzano, arquitecto conservador del Alcázar, nada radical, de estilo señorial y de talante liberal como corresponde a un gaditano, siempre se mostró partidario de la retirada del monumento por una causa meramente estética. Paco Mir, que trabajaba día a día con Manzano, contó para la operación con la ayuda de su hermano Alfonso, que ya formaba parte del Servicio de Limpieza y que hoy es un histórico de Lipasam, empresa que años después llegó a dirigir como concejal. Ni Manzano ni los Mir eran radicales, ni podrían encuadrarse hoy en Podemos, ni nada por el estilo. Manzano es un profesional de enorme prestigio. Los Mir son veteranos socialistas que en su día se llevaron estupendamente con el cardenal Bueno Monreal, forman parte del ala más moderada del PSOE y, sirva como detalle, disfrutan de la Semana Santa con familiares muy directos vinculados a Pasión. Pero uno por estética y los otros por considerar desfasado el significado del monumento, decidieron acabar con la cruz de los caídos. Lo hicieron con nocturnidad y montando un operativo que duró más de lo previsto. En ningún momento hizo falta presencia policial, aunque hubo instantes en los que se corrió cierto riesgo…

Un camión del entonces Servicio de Limpieza del Ayuntamiento taponó la calle San Gregorio para impedir la subida de vehículos procedentes de la Puerta de Jerez. Se pretendía una maniobra rápida y sin testigos. Otro camión se colocó al inicio de la subida de la calle Santo Tomás con el objetivo de que ningún conductor alcanzara la Plaza de Triunfo desde la Avenida. Los cortes de circulación se hicieron así. Con habilidad y rapidez. Sin agentes.

Alfonso fue el que organizó los camiones para taponar el tráfico rodado. Y también fue el que llevó hasta el lugar un vehículo dotado de pala con un conductor especializado que sería el encargado de derribar el monumento a las dos de la madrugada de aquel primer día de diciembre. Hicieron falta muchas maniobras de enorme complejidad. La cruz tardó en caer. Se inclinaba hacia la muralla del Alcázar en lugar de hacerlo hacia el camión de transporte. Cuando la cruz se desplomó por fin sobre el camión provocó un gran estruendo. El impacto del hierro de la cruz con la chapa metálica del vehículo fue terrible. Despertó de forma abrupta a los vecinos de las casas próximas. En ese momento se encendieron las luces de los salones y desde aquellos balcones se oyeron todo tipo de lindezas contra los promotores del derribo: “¿Qué hacéis, canallas? ¡Rojos! ¡Sinvergüenzas!”

La localidad alicantina de Callosa de Segura lleva una semana en los telediarios nacionales por la resistencia de muchos de sus vecinos al derribo de la cruz de los caídos, una operación que en este caso se ha efectuado con la presencia de un fuerte dispositivo policial. El Tribunal Superior de Justicia de Valencia ha atendido el requerimiento de la denominada Plataforma Ciudadana en Defensa de la Cruz y ha paralizado la operación, pero lo ha hecho cuando el derribo ya se ha producido. El desmontaje de la cruz se hizo de noche, con una grúa y un camión, como se efectuó en Sevilla 34 años antes. Paradójicamente, el ambiente de crispación ha marcado la maniobra de supresión de la cruz en una localidad valenciana de menos de 20.000 habitantes a los 43 años de la muerte de Franco, mientras que en una gran ciudad como Sevilla se hizo sin apenas resistencia cuando no hacía ni una década de la muerte del general. En Sevilla no hubo más allá de unas flores y unas banderas falangistas en señal de desagravio, colocadas a la mañana siguiente del derribo por nostálgicos del régimen en el mismo lugar donde había estado el monumento. La prensa apenas dedicó una imagen del lugar vacío con un pie de foto con las explicaciones de Manuel del Valle. “Se trata de un símbolo que, en vez de unir, divide a los ciudadanos. No es acorde a los actuales tiempos democráticos. Y la ubicación no es la adecuada”. Durante muchos años, los asistentes a la misa por Franco y José Antonio que se oficiaba cada 20 de noviembre en la Catedral siguieron acudiendo posteriormente hasta ese lugar, junto a la Puerta del León, para entonar el Cara el Sol brazo en alto. Hace 34 años que no hay cruz de los caídos en Sevilla. El himno de la Falange en su versión discotequera ha ocupado varias semanas el primer puesto de reproducciones de Spotify en los Estados Unidos. Esta versión no incluye la letra, pero sí varios “¡Arriba España!” para embravecer al personal y los correspondientes efectos especiales en las salas de baile. Ahora se dice Alcázar y no Alcázares. Todo cambia, menos el león, que ruge en su azulejo. Y se echan de menos en la vida pública aquellos “rojos” moderados que se entendían con Bueno Monreal, el Tarancón sevillano. Por cierto, el Arzobispado no dijo nada de la retirada del monumento. Silencio eclesiástico, como el silencio del alcalde de ruan en los días previos.

Elogio del frío de Don Remondo

Carlos Navarro Antolín | 30 de enero de 2018 a las 5:00

Alberto Jiménez Becerril

LA memoria discrimina. Olvida los números de teléfono de gente indeseable, orilla las identidades de quienes nos hicieron daño, repele cualquier intento de rebuscar en el altillo de los recuerdos si intuye que, al final, espera el pinchazo de un aguijón. La memoria bien empleada es una fortaleza defensiva que garantiza una existencia en equilibrio. El rencor es la nota marginal que impide el olvido. Y el frío, ay el frío, es una evocación perenne, un homenaje perpetuo, una sensación que sobrecoge en un lugar en particular, una hormiga blanca que recorre las entrañas de cuantos pasan por esa encrucijada de adoquines y muros altos. En la calle Don Remondo siempre hace frío. Lleva veinte años haciendo frío todos los días. En esa calle se quedó clavada la mirada profunda de una madre, la sonrisa continua de un concejal que vivía en una continua sesión de buen humor. En esa calle suena la voz tronante de una homilía sin equívocos, sin burladeros, sin perífrasis, sin edulcorantes… sin miedo.

En esa calle, yacente, se quedó un trozo de nuestras vidas. Se paró el reloj de la ciudad, se congeló el tiempo. Y por eso siempre hace frío. A esa calle vuelves siempre. Unas veces solo, otras acompañado, pero siempre te topas con el frío. Piensas cuáles serían sus últimas palabras, cuál su última charla, cuál sería el último momento maravilloso de su vida cotidiana. Tal vez preparaban el dinero justo para pagar a la cuidadora de aquellos tres ángeles que dormían el sueño de una noche de enero alto, quizás comentaban algún lance de ese final de su último jueves a los pies de la Giralda, o simplemente miraban la hora para calcular cuántas les quedaban de sueño por delante. La memoria, selectiva ella, quiere que siempre haga frío en los corazones de cuantos por allí pasan. El frío que nos impide olvidar. Sólo asistiremos al funeral definitivo de aquellos dos vecinos el día en que dejemos de sentir ese frío. Por eso necesitamos el calor de nuevas imágenes de Alberto y Ascensión en la plenitud de sus vidas, el calor de los recuerdos de una noche de verano en los Jardines de Murillo, el calor del testimonio de quienes rieron con las ocurrencias de aquel concejal que llegaba tarde al Pleno y ofrecía la explicación más sorprendente, el calor de quienes los trataron y son hoy las lamparillas de guardia de su recuerdo.

Sevilla respeta siempre el frío, como respeta el miedo, el vacío, las ausencias. Somos así. Necesitamos sentir frío cada vez que pasemos por Don Remondo. Que los cuerpos se estremezcan, que los corazones sientan un aldabonazo, que la memoria de los sevillanos sufra un zamarreón para soltar el rencor, liberar la ira, expulsar el odio y quedarnos con esa paz tranquila que sólo reporta una justicia verdadera. Frío, debe seguir haciendo frío, hasta que veamos las armas entregadas y el daño reparado. Frío que nos tenga en vilo y con la guardia alta. Frío, mucho frío, para no perderle el respeto a una fecha, para no perdernos el respeto a nosotros mismos como ciudad.

El velador como medida de poder

Carlos Navarro Antolín | 28 de enero de 2018 a las 5:00

 

ZONA DE VELADORES, RETIRADA GRÚA

DICE Monteseirín que en sus tiempos se arreglaban los casos de abusos de veladores recurriendo a don Juan Robles. Alfredo llamaba a su tabernero de cabecera, también presidente de los hosteleros por aquel entonces, y allá que iba el empresario a dar el toque a su compañero. O quitaba mesas, o el Ayuntamiento metía mano a todos por igual. La fórmula funcionó hasta que el avieso Zapatero sacó la Ley Antitabaco que mejoró nuestros pulmones y empeoró la vía pública. Zapatero llenó los veladores como Jesulín de Ubrique llenó las plazas. Pero ni la política, ni la calle, ni el toreo ganaron nada. Se fue Monteseirín y llegó Zoido. Los veladores, como las cucarachas, se multiplicaron. Ya no se recurría a don Juan para arreglar las cosas con la autoridad del patriarca. El gobierno dejó hacer con la coartada de la crisis. Se vivieron estampas de verdadero peligro, como un Domingo de Ramos con la calle Albareda taponada por las mesas, la bulla de público que trataba de avanzar en diferentes direcciones, los camareros alocados… Un caos consentido con el atrezo de pilas de platos sucios.

Los veladores son la nueva medida de poder, los tanques de la hostelería. Un bar sin veladores es como un establecimiento de nueva apertura sin tataki ni camarero lento en sus acciones y parsimonioso en el manejo de la aplicación digital. La que lían algunos con la maquinita para encargar un café y media tostada con jamón… Los veladores mandan como antaño mandaban las cofradías. Las vallas impedían antiguamente el tránsito con una leyenda certera: “Paso de cofradías”. Yahora acotan los espacios de aparcamiento, amenazan con pegar el telefonazo al tío de la grúa y advierten de la causa certera de la prohibición: “Zona de veladores”. Esto recuerda a la carretera que comunica Matalascañas y Mazagón, la que ardió el pasado julio, donde están los terrenos del Picacho a los que acude de vez en cuando el Rey para dirigir maniobras del Ejército. En esa carretera, de solo dos carriles y por donde pasa un lince cada 37 años, se repiten los carteles en el vallado metálico: “Zona militar”. Otrosí. En los años de la Transición se leía una pintada a la entrada de Virgen de Luján que daba la bienvenida al barrio de Los Remedios: “Zona Nacional”. Los carteles y las prohibiciones revelan cómo es la sociedad del momento, como lo reflejan los mercados, los cementerios y las listas de tapas. No hay nada como acotar una zona para veladores para que un sitio sea respetado.

Ahora no hay quien ejerza el papel de líder de los hosteleros. La sede está vacante. Quizás porque nadie tiene la influencia en el poder local y autonómico que Robles tenía con los gobiernos de Monteseirín y Chaves. El centro de la ciudad está cargado de esas zonas de veladores que hay que respetar. Veladores que embisten la Anunciación por donde el Cristo de la Buena Muerte recoge oraciones a deshoras, veladores que arremeten contra San Isidoro en la Costanilla dejando un olor a pizza la mar de agradable, veladores que afean la Casa de los Seises en Placentines, veladores que convierten Mateos Gago en una selva urbana, veladores que acosan fachadas… Antes se prohibía escupir, se prohibía el cante, se prohibía colocar a los niños encima de la barra, se prohibía dar conversación al chófer, no se admitían propinas y se advertía del perro peligroso. Guau. Antes se prohibía aparcar para no taponar una salida de emergencia, la trasera del Museo de Bellas Artes o de los teatros, y la zona de carga y descarga de unos grandes almacenes. Pero no una zona de veladores. En Urbanismo falta media hora para que las licencias se concedan con el vado adjunto para que cada hostelero pueda colocar –con todas las de la ley– la prohibición de aparcar incluso en las horas en las que la terraza no está instalada.

De la dejación de funciones del gobierno de la derecha –acomplejado para tomar decisiones como corresponde a la derecha actual– ocurren los desmanes de hoy. De aquellos barros de la crisis, del hacer la vista gorda y el dejar pasar la zancadilla de ciertos hosteleros a las ordenanzas, vienen estos lodos de los hechos consumados, del terreno ganado al mar de las aceras públicas y del ruido y la cochambre. Alfredo llamaba a Juan Robles. Juan Ignacio no llamaba a nadie. Y Juan Espadas limpia la Campana para que nadie le diga que no ha hecho nada.

Tabernero, saca tus veladores, exhibe tus poderes, pronto saldrá el sol y ni siquiera harán falta los calentadores. Ni un español sin pan, ni un bar sin veladores, ni un taxista sin mal humor, ni un cabify sin pedrada, ni una cofradía sin coronación, ni un político sin el lenguaje de género, ni un concejal de Ciudadanos sin la chaqueta estrecha, ni una calle del centro sin tíos pidiendo firmas que se cruzan como banderilleros al encuentro con el incauto viandante.

Los veladores son la medida perfecta de poder en esta ciudad en tiempos donde nadie gobierna, sino coordina. Nadie ejecuta, sino trata de consensuar. Nadie quiere decidir, sino alcanzar acuerdos. Y como usted ose discrepar, le mandan la grúa de lo políticamente correcto y se lo llevan al depósito. Por reaccionario. ¡Se sienten, coño, en un velador! Permaneceremos aquí hasta que acuda la grúa, municipal por supuesto. Tal vez sea mejor que acuda la grúa, mucho mejor, y no que le den a uno el bote en un taxi. La ciudad está condicionada por los taberneros y los taxistas. Y se quejaban del exceso de coronaciones… ¿Canónicas o pontificias? Perdona a tu pueblo, Señor. Que viene, que viene… la grúa. Doctor, en ocasiones veo veladores.

ZONA DE VELADORES, RETIRADA GRÚA

 

Los elegidos en la mesa de Rajoy

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2018 a las 5:00

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LA gran clave de la visita de Rajoy a Sevilla del pasado sábado no estaba en lo que dijera de la candidatura a la Alcaldía. De eso no iba a decir ni pío, porque el presidente no se iba a pegar el tiro en el pie de levantar suspicacias en las otras capitales donde los chicos de la Gaviota están revueltos con el mismo proceso. Su sola presencia era el mayor respaldo que podía ofrecer, por el momento, al concejal Beltrán Pérez. No es poco. Se trata más bien de un privilegio en los tiempos que corren. Y de una señal de que en Génova dan por cerrada la crisis del partido en Sevilla, máxime si se tiene en cuenta que desde ayer se tiene confirmado que la convención nacional del PP también será aquí, en Sevilla, nada menos que en el prime time de abril. La gran clave –decíamos al principio– era saber a quiénes se llevaba el presidente a almorzar tras el acto del sábado, quién era la guardia pretoriana con la que compartiría la ensaladilla y la presa ibérica con patatas fritas. El lugar fue el Mesón de Juan, en la calle José Luis de Casso, en Nervión. Allí llegó con los ministros Zoido y Báñez, el delegado del Gobierno, Antonio Sanz; el factótum Javier Arenas, el coordinador nacional Fernando Martínez Maíllo, el presidente del PP andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”) con la secretaria general de la formación, Loles López; y la presidenta provincial, Virginia Pérez, con el líder de la oposición en el Ayuntamiento, Beltrán Pérez. Sí, el comentario de la tarde era que el candidato in pectore se sentó en el restaurante con los altos jefazos. Un concejal de la oposición tenía su plaza asignada dentro de esa liturgia del poder que nunca se publica. Rajoy se hizo fotos con los camareros y los cocineros, incluso junto al lavaplatos. La sabatina del PP fue feliz. O, mejor dicho, guardó la apariencia de la felicidad, que en política es lo que importa. En política, ya se sabe, la apariencia es la realidad. Y las ausencias son reveladoras. A la convención de los distritos no acudió José Luis Sanz, senador, alcalde de Tomares y uno de los escasos políticos del PP de Sevilla que reúne las características que se precisan para ser aspirante a la Alcaldía. El partido explicó en voz baja que Sanz estaba cumpliendo sus obligaciones como alcalde en los actos de la festividad del patrón de los tomareños, San Sebastián.

Sanz, por cierto, es hombre muy próximo a Zoido. El ministro sevillano quiere desentenderse de cualquier polémica orgánica y de cualquier proceso de selección del candidato. En su día apoyó a Juan Bueno, cabeza de lista del bando perdedor en el congreso provincial, pero ahora considera que ya tiene bastante con el Ministerio del Interior (nevadas incluidas) como para perder (y perderse) en rifirrafes de ámbito local, sobre todo cuando en Génova han decretado la paz oficial en la plaza sevillana. Hace bien Zoido en centrarse en Madrid. Es lo más inteligente. Beltrán Pérez, por si acaso, estuvo especialmente espléndido el sábado con la figura del ministro: “¡Mi amigo, mi referente, mi alcalde!”. Hacemos como con las natillas, repetimos: la apariencia en política es la realidad. Y otra realidad fue que Báñez es especialmente querida en el PP sevillano, donde no pocos la ven como una opción de futuro para Andalucía. La ministra de Huelva, como la llaman sus leales colaboradores, tiene grandes amigos en la capital de Andalucía, por lo que a nadie le extrañó su presencia en la convención de los distritos sevillanos. Báñez, feliz en Madrid, se deja querer en Andalucía. Lo mismo se sube al helicóptero para supervisar las maniobras de estabilización del peligroso fuego de Doñana, que se monta en el AVE para contribuir con su presencia a sofocar los rescoldos del incendio del PP sevillano.

Los socialistas, por ejemplo, no guardaron ayer esa apariencia de felicidad en Sevilla con tanto esmero como los de la gaviota unos días antes. El PP y el PSOE eligieron el mismo sitio para sus primerísimos espadas (Juan). Pero al llegar el mediodía, Susana Díaz y Pedro Sánchez no compartieron mesa. No pasaron de un encuentro de veinte minutos en una estancia de la tercera planta del Hotel NH Collection. Susana tuvo que esperar cerca de diez minutos la llegada de un Pedro Sánchez que está más templado, más serio, como el alumno zascandil que tras haber sido mandado a un internado por una temporada (aquellos meses de gestora en Ferraz) regresa a casa más comedido. Sánchez se limitó a picar algo a mediodía en el hotel, con la compañía de su cuadrilla, antes de seguir con la agenda sevillana que le preparó Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, su tentáculo andaluz. Poco más. Susana no se llevó de bares a su secretario general, como los peperos locales hacen con sus grandes líderes nacionales cuando vienen por Sevilla. ¡Si tampoco lo recibió en la portada de la Feria cuando Pedro llegó en el coche oficial! Aquel día de 2016 tuvo que ir Celis, solitario, a recogerle a la esquina de Muebles Matamoros para llevarle hasta la caseta de la SER, donde sí estaba la presidenta. Y después siguió su periplo por las casetas sin ella, tal como hizo ayer el resto de la jornada. Lo de Susana Díaz y Pedro Sánchez tiene menos arreglo que la Madrugada. Siempre las avalanchas van y vienen…

El breve encuentro de ayer entre ambos dirigentes socialistas en la fría tercera planta del Collection fue seguido desde los altos despachos de Madrid, de donde llegaban opiniones contundentes: “¿Veinte minutos? Poco tenían que hablar a pesar de lo mucho que tendrían que hacerlo”. A Sánchez se acercaron en el desayuno organizado por el Foro Joly todos los socialistas andaluces que algún día se consideraron orillados por Susana Díaz. ¡Qué saludo más afectuoso le dio Rosamar Prieto-Castro al secretario general! Monteseirín y Marchena (M&M) lo cumplimentaron también con afecto. Las malas lenguas cuentan que el catedrático Marchena no es afiliado del PSOE de Triana porque ya se encargó Díaz de que el expediente se quedara en el cajón. Marchena no tiene carné en ningún sentido. Ni del PSOE ni de conducir.

Susana Díaz tenía consejo de gobierno. Era martes (no santo). Se fue a San Telmo en cuanto terminó el desayuno. Unos alegan San Sebastián. Otros San Telmo. El santoral es rico. Pedro Sánchez anunció la presentación de unos presupuestos alternativos para el Estado. Como ha hecho Beltrán Pérez para el Ayuntamiento.

 

Alarma naranja en el PP

Carlos Navarro Antolín | 21 de enero de 2018 a las 5:00

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ASÍ está el PP de Sevilla. En estado de alarma naranja. Con las secuelas aún de una división interna que condujo a un congreso provincial fratricida. Todavía hay rescoldos de aquellos días de tensión, de enfrentamiento descarnado, de alianzas por conveniencia y de rupturas de antiguas relaciones fraguadas por oportunismo, que no por la amistad. La visita de Rajoy de ayer templó los ánimos, generó fotografías de uniones interesadas y necesarias y, claro que sí, supuso un espaldarazo para la actual cúpula que dirige el partido. El presidente del Gobierno no se arriesga a visitar una plaza si sabe que será tratado con frialdad por una parte del partido. La sabatina de Rajoy salió de dulce. Pero el fogonazo naranja que deslumbra al PP está encendido. Bien encendido. Ciudadanos es una amenaza para el PP de toda España, para ese gran partido de la derecha que Aznar supo centrar y abrir para que cupieran desde el franquismo sociológico de Alianza Popular hasta los liberales y democristianos.

La presidenta provincial, Virginia Pérez, asume que el PP es pobre en poder territorial en la provincia. Demasiado pobre. La crisis de Palomares ha dejado en siete las Alcaldías del PP. Sí, el partido mantiene los bastiones de Tomares y Carmona, pero hoy se puede considerar todo en serio riesgo de pérdida. Todo está en solfa. Nadie garantiza la recuperación de la Alcaldía de la capital. Beltrán Pérez aprieta, aplica técnicas de resucitación al grupo municipal que descarriló en las elecciones de 2015, hace ruido, se hace notar, procura volar por los ministerios con ayuda de Arenas, culebrea en las redes sociales… Incluso arriesga haciendo política como con la (supuesta) negociación del presupuesto municipal. Curiosamente, ha querido alcanzar un acuerdo con el socialista Espadas para las cuentas de la ciudad, la misma maniobra que intentó su antecesor en el cargo, el concejal Alberto Díaz. Entonces, su compañero Díaz no encontró el apoyo interno del que hoy sí goza Beltrán Pérez. En cualquier caso, la amenaza naranja ha disparado las alarmas internas. El PP de Sevilla tiene que crecer, no puede conformarse con no despeñarse en los comicios andaluces y dejarse arrastrar después por una ola de derrotismo que haga metástasis en las municipales y se lleve por delante el escaso poder de un partido que ya conoce la condición de cuarta fuerza política en la provincia. La alarma naranja provocó un encuentro reciente de cargos públicos del PP de Sevilla en la sede. Una reunión con la presidenta a la cabeza. Allí se analizó la situación del partido, una formación donde cunde el pesimismo tras el 21-D catalán. Alguien dijo: “Aquí hay quien tiene la misma cara que el quinto diputado catalán”. Ese diputado que, ya se sabe, nunca llegó para el PP. No existe. Humor ácido se llama la broma. La presidenta dio un aldabonazo. No ocultó que la situación de la provincia es muy complicada. El único factor que juega a favor del PP es que Ciudadanos, por ahora, no goza de una gran implantación en los pueblos. El PP se encuentra ahora mismo como el PSOE antes de la repetición de las elecciones generales: con el miedo al ‘sorpasso’ metido en el cuerpo. Pánico. Hoy lo que está en juego en España es la hegemonía de la derecha. Hubo dirigentes que en esa reunión menospreciaron el peso de Ciudadanos: “Son morralla”. Y otros que dejaron claro que la lista naranja obtendrá concejales en cualquier pueblo que presente candidatura. La coyuntura actual es favorable a Ciudadanos.

El cónclave popular sirvió para reforzar la figura de la presidenta tanto como para evidenciar la necesidad de remar juntos para salvar, al menos, los muebles del PP en Sevilla. Un veterano como Jaime Raynaud, diputado autonómico, echó mano de un proverbio árabe para clamar por la unión por mucho que haya rescoldos de enfrentamientos: “Yo contra mi hermano, mi hermano y yo contra nuestro primo; nuestro primo, mi hermano y yo contra el extraño”. Raynaud aludió a la necesidad de hacer equipo ante la amenaza general de Ciudadanos. Dicen los expertos en enseñar habilidades directivas que no hay nada que una más que el enemigo común. Alguien, con acidez y sin disimular cierta acritud, tradujo a la práctica el proverbio: “Vamos, Jaime, que aquí hay hijos de puta, pero que tengo que entender que son mis hijos de puta, ¿no?”. Tampoco faltó la pusilánime de turno que, consciente de la tensión que marcaba el ambiente, se planteó si el contenido de la reunión saldría en algún medio de comunicación. Pura anécdota. La presidenta se mostró partidaria del cultivo de las vías de entendimiento con Ciudadanos. De hecho, hasta antes de que empezara el vodevil de los presupuestos en la capital, el PP de Beltrán Pérez había mantenido una relación solvente con el grupo que lidera Javier Millán, portavoz naranja en la Plaza Nueva.

Virginia Pérez quiso reafirmar su autoridad. Lo necesita en este periodo pre-electoral. El aparato provincial quiere ejercer su poder. Marcará las posiciones a partir de ahora. Los cargos públicos (concejales, diputados y senadores) deberán atender las directrices tras unos meses de ‘gracia’ donde algunos vaticinaban la implantación de una gestora y, al final, se han encontrado con la visita de Rajoy a una mera convención de distritos. En Sevilla se dice que ya opera la doble uve. Virginia Pérez en el PP, y Verónica Pérez en el PSOE. La primera norma de los populares hispalenses es no permitir que Ciudadanos robe espacio al PP. La segunda, no llevarse mal del todo con los chicos de Albert Rivera. En ningún foro, en ninguna administración.

La intención del partido es que José Luis Sanz mantenga la Alcaldía de Tomares, Ricardo Tarno se vuelva a presentar por Mairena del Aljarafe, donde ya fue alcalde; y Ricardo Gil-Toresano, hoy subdelegado del Gobierno, trate de recuperar la Alcaldía de Écija. Por supuesto, Beltrán Pérez deberá ser el candidato por Sevilla y tendrá que emprender el difícil reto de ser la lista más votada para, de ese modo, ser acreedor al apoyo de Ciudadanos en una hipotética investidura. Intentos de que no sea el candidato no van a faltar. El enemigo siempre está dentro. Y las encuestas pueden jugar en su contra.

La presidenta provincial liderará la lista por Sevilla al Parlamento de Andalucía. Nadie le discutirá esa posición mientras sea presidenta. Se mirará con lupa la actualidad nacional, la evolución del ministro Zoido (líder natural del bando perdedor en el congreso provincial) y otros factores para decidir los demás puestos. Nunca se olvide que los políticos tienen mala memoria con quienes les ayudan, pero una memoria perfecta para recordar a quienes se las hicieron pasar canutas. La composición de las listas es la oportunidad perfecta para orillar al enemigo, ajustar cuentas y premiar a los fieles.

Virginia Pérez ha ganado fuerza en los dos últimos meses. Ha pasado desapercibida la composición de un comité electoral presidido por el ex edil Maximiliano Vílchez donde tiene mayoría frente a la corriente perdedora. Ha sacado del comité ejecutivo a militantes díscolos, una maniobra delicada donde ha recibido el apoyo público de Juan Ávila, alcalde de Carmona. Los presupuestos internos del partido los ha aprobado con todos los votos a favor, salvo una abstención de Alcalá de Guadaíra. Pero tiene que coser el partido, al menos lo suficiente como para que al PP sevillano no se le ponga en un año la cara de ese quinto diputado catalán, el que nunca llegó.

Rajoy desciende a los distritos de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 16 de enero de 2018 a las 5:00

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RAJOY estará el sábado en Sevilla salvo sorpresas. De la junta directiva nacional de ayer a la sabatina con los distritos de Sevilla. De una cita en la sede de Génova a otra en el salón del NH Convenciones de Diego Martínez Barrio, donde el PP ha vivido algunos de sus momentos de mayor gloria. El presidente del Gobierno desciende a un formato de micropolítica en la capital de Andalucía, un foro que se suele convocar con la intención de activar la maquinaria interna del partido de cara a unas elecciones municipales. Por este motivo hay quienes interpretan la asistencia de Rajoy como un aldabonazo a la presidenta provincial, Virginia Pérez, que ganó un congreso tras un año de fuertes tensiones internas, y por supuesto a Beltrán Pérez, deseoso de ser proclamado candidato a la Alcaldía de Sevilla. La historia reciente de la designación de candidatos del PP aconseja no dar absolutamente nada por hecho. Las encuestas, las presiones de los ministros, las influencias externas, los equilibrios internos de poder, las causas judiciales abiertas y otras circunstancias pueden dar un vuelco en cualquier momento. Incluso en el último instante. El último ejemplo ocurrió cuando José Luis Sanz tenía todos los avales listos para hacerse con las riendas del PP andaluz y hubo que activar la trituradora porque el dedo de Rajoy designó al malagueño Juan Manuel Moreno Bonilla por influencia de Soraya Sáenz de Santamaría. El registrador de la propiedad todavía se está arrepintiendo. Años antes, Raynaud se perfilaba como un solvente candidato para las municipales de 2007, pero lo acabó siendo Juan Ignacio Zoido después de que se le ofreciera la posibilidad a Soledad Becerril, que declinó el ofrecimiento por considerar cerrada su etapa en la política municipal.

Todo el mundo tiene claro que la visita de Rajoy a Sevilla no está promovida por el líder regional, Juan Manuel Moreno Bonilla, sino por el factótum del PP andaluz, Javier Arenas, que lideró la facción ganadora del congreso provincial sevillano. Arenas está fuerte en Sevilla. Siempre lo ha estado desde un punto de vista orgánico. Pero ahora más. Liberado de la presión electoral directa, su reto es colocar a alguien de confianza en la carrera hacia la Alcaldía. Nadie mejor, por el momento, que un pupilo de la quinta del 74 (aún joven) y curtido en la cruzada municipal. Pero cuando se trata de Arenas y de una política volátil siempre cabe aplicar la cláusula rebus sic stantibus. El PSOE, por ejemplo, ventea que los populares apostarán finalmente por una mujer, como la ex edil Alicia Martínez, actual diputada autonómica que viene de abanderar iniciativas tan blancas como la declaración como BIC de la cabalgata de Sevilla, una moción en la que logró la unanimidad de todos los grupos políticos. El propio alcalde, Juan Espadas, ha reconocido públicamente la labor de la parlamentaria del PP, una forma de alabar el trabajo del Ateneo, de quedar como un político que reconoce la labor del rival y, cómo no, de meter un dedo en el ojo al líder de la oposición, Beltrán Pérez.

La apuesta del presidente Rajoy por acudir a Sevilla se desveló tras la junta directiva nacional celebrada ayer en la sede de la calle Génova, una sesión de dos horas de duración marcada por un ambiente enrarecido, condicionada por cierto halo de melancolía. No son buenos tiempos para el PP en España: la amenaza de Podemos se diluye, por lo que ya no habrá coartada para apelar al voto del miedo;Ciudadanos prepara la maquinaria para comerle el máximo terreno posible al partido de la gaviota y rentabilizar en el mapa nacional el éxito territorial de Cataluña. El panorama en Andalucía no es precisamente mucho mejor que en otras autonomías. El partido no levanta cabeza, los sondeos colocan por debajo de los 30 diputados a Moreno Bonilla y hay serios riesgos de perder varias alcaldías. La de Sevilla se presenta muy difícil para los populares, de ahí que el aparato orgánico apueste por proclamar cuanto antes a Pérez como candidato. El sábado no se espera que Rajoy lo haga, pero a nadie escapa que la fotografía será un primer aval con fuerza. Tal vez en marzo, con ocasión de la convención del PP andaluz prevista en Sevilla o Málaga, sea el momento de un anuncio oficial. No más tarde.

Pese al pesimismo que lastra a este PP desde que en Cataluña se ha quedado como un solar, nadie de Andalucía tomó la palabra en la junta directiva nacional. Acudieron la presidenta provincial, Virginia Pérez; el senador y alcalde de Tomares, José Luis Sanz; los diputados nacionales Ricardo Tarno y María Eugenia Romero y el diputado autonómico Jaime Raynaud, entre otros andaluces. No asistieron el senador Toni Martín, brazo derecho de Moreno Bonilla en la difícil plaza hispalense, ni la diputada Silvia Heredia, ni el concejal Alberto Díaz, vicepresidente del PP de Sevilla.

El partido ha comenzado una movilización extraordinaria de militantes para el sábado. Sin precisar que Rajoy presidirá la convención, se han lanzado mensajes de convocatoria en los que se califica la cita de “importantísima”. Y se afirma: “Es fundamental que demostremos la fortaleza de nuestro partido”. En la arenga telefónica se insta a los militantes a invitar a cuantos amigos se desee y a reservar la mañana del sábado al completo para la actividad del partido. No hay duda de que el aparato orgánico quiere y necesitra explotar al máximo la visita del presidente del Gobierno.

Elogio de las ratas

Carlos Navarro Antolín | 14 de enero de 2018 a las 5:00

RATAS EN LAS FAROLAS, LA PESTE

POR fin explotamos el producto propio, el que mejor nos identifica como ciudad en este largo período de depresión posterior a la Expo. Por fin alguien tiene la valentía de colocar el símbolo que con más acierto refleja la decadencia de la ciudad, la degradación de la vida urbana, el pesimismo con el que se imprime la heráldica del tiempo que nos ha tocado vivir. Hartos de vender Sevilla como lo que no es, hastiados de interpretaciones forzadas, de postizos, aderezos e imposturas, y de ser el reclamo para las despedidas de solteros, ya era hora de que alguien vendiera Sevilla tal como es realmente. Por fin tenemos la ruta de las ratas, con su mapa, sus rincones con encanto y con unas esculturas doradas que simulan eso: ratas de verdad, ratas trepadoras. Sobre escaparates, sobre farolas, subiendo por las paredes. Tenemos ruta del raterío con marchamo oficial, con el aval del Ayuntamiento, con los permisos de Urbanismo. Ratas doradas repartidas por los puntos donde se desarrolla la serie La Peste. La rata en Sevilla es la mar de importante. Qué acierto su vaciado en material áureo. No hay mejor metal precioso para este roedor tan sevillano. Las ratas son al siglo XVI lo que los ratas al XXI. Sevilla es una ciudad de ratas, de superpoblación de ratas. Decían los romanos que los cerdos se paseaban ya cocidos. Aquí los ratas se pasean impunemente cada día. Tenemos ratas de cuatro patas que asustan a los turistas de los cruceros, hábilmente explotadas por los socialistas cuando estaban en la oposición y así le creaban un problema al delegado de Turismo, Gregorio Serrano, que hoy hasta estará echando de menos aquellas ratas en comparación con la nevada que se lo puede llevar por delante como a las tropas de Napoleón. Tenemos ratas, también de cuatro patas, por el Paseo Juan Carlos I que parecen empadronadas, con sus papeles en regla y a las que les faltan dar los buenos días a los caminantes de la ruta del colesterol. O del “coleteró”, como dice un conocido empresario de la ciudad cuando acude al médico del seguro. Tenemos ratas en algunos colegios, también de cuatro patas, en la Andalucía imparable del bilingüismo, de las altas tecnologías y del todos y todas, que no falte el ellos y ellas, los niños y las niñas, los andaluces y las andaluzas. Pues eso, como no vamos nosotros a ser menos, marchando media ración de ideología de género camuflada como loable igualdad: las ratas del XVI y los ratas del XXI.

Hay ratas que pasean las agendas por la calle Tetuán, que se pasan la vida en las conspiraciones orgánicas de los partidos sin hacer nada sustancial por la sociedad, ratas que vivaquean por la Plaza Nueva, pululan por los actos sociales a partir de las 20:30 o por los finales de los cultos de la cuaresma que dura todo el año. Los ratas suelen preferir la mañana, cuando están abiertos los despachos del poder, o salir ya a la caída del sol, cuando se citan en los salones de actos donde los supuestos poderosos bajan la guardia y se muestran accesibles. La ruta de las ratas debería colocar roedores dorados por el Ayuntamiento, la Diputación, el salón de actos de la Cruzcampo, Cajasol o esas entidades financieras que aún reparten el canapé, la cerveza gratis, el libro de regalo, el pañuelo para la señora y los pasadores para el señor. Si usted no tiene un puesto que pueda ofrecer semejantes dádivas con cargo al presupuesto ajeno, es que no es un rata que se precie.

Hay ratas y ratas. No todos los ratas son iguales. Hay ratas de altura y de bajura, como la pesca. El rata, modalidad más aviesa y con menos gracia que el tradicional gorrón, puede presentarse en su vertiente de rey mago, aristócrata, usuario de chaqué alquilado en José Gestoso, invitado de boda de postín que busca el regalo más barato en la lista de El Corte Inglés (taburete de 45 euros), trincón de comida en el Ministerio del Interior, etcétera. Estos ratas traen la peste del siglo XXI aunque se revistan de gracejo, aunque escalen socialmente el tiempo (breve) que consiguen tener engañados a tanto ingenuo como anda suelto por Sevilla. Sevilla es una ciudad de enteraos donde los ingenuos son nuestra particular mayoría silenciosa.

El raterío de la ciudad merece algo más que el reconocimiento social, merece protección oficial. E incluso merece ser considerado con cierta caridad. Porque al fin y al cabo son ratas, aunque sean revestidas de oro. Un día se acaba el brazo de farola y la rata se despeña, o se colapsa la red del alcantarillado social y el rata se precipita al vacío. Después pasan los años y alguien hasta hace una película.

MillánYBeltrán

 

Las derechas buscan sus dominios propios

La política es un teatro. Todos actúan. Esta semana se han repartido estopa los representantes de las derechas en el Ayuntamiento, que dicho así suena a cartel electoral de la Segunda República: “Sevillanos, si queréis cofradías, ¡votad a las derechas!”. En Ciudadanos han visto cómo el líder del PP, Beltrán Pérez, ha apretado el acelerador para ganar el perfil institucional que tanto necesita. Está dispuesto a apoyar a Juan Espadas para sacar adelante los presupuestos. La formación naranja se ha soliviantado ante la posibilidad de perder la exclusividad a la derecha del alcalde socialista. Cuestión de dominios, cuestión de espacios, cuestión de ocupación de nichos. A río revuelto en la derecha, ganancia del pescador Espadas. Está claro que el alcalde es el que sale ganando en todos los casos. Lo dijo el visionario Moreno Bonilla: “Espadas es triangular”. Ciudadanos se ha visto sorprendido. Y eso es una victoria parcial de un PP que teme verse superado por la marea naranja que viene de Cataluña. El gesto de Pérez en la fotografía es nítido. El vodevil continúa. El presupuesto es el pretexto. La conquista del poder es el único objetivo.

 

Helada en Interior

Carlos Navarro Antolín | 10 de enero de 2018 a las 5:00

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Gregorio cayó en la trampa invisible de las redes. Pecó de incontinencia. Serrano perdió la oportunidad de quedarse en silencio. A las 08:08 escribió un mensaje con un tono retador, un tuit que puede tener el efecto en un harakiri político. En menos de una hora, los chats internos del Partido Popular eran un hervidero. Se desataron las iras contra el director general del Tráfico. La gestión de la nevada es defendible, los arriolos fabrican argumentarios válidos para casi todo y los hacen llegar de inmediato a los tertulianos. Pero el tono, ese elemento suprasegmental del lenguaje que se enseñaba en el extinto COU, es difícilmente plausible cuando se emplea como lo hizo ayer el ex concejal sevillano. Sobre todo porque comenzó pidiendo disculpas –lo que parecía todo un acierto– y acabó envolviéndose en la bandera carmesí de la ciudad, lo que resultó nefasto para su proyección política. Ese tuit ha dejado al director de la DGT en la cuerda floja entre los suyos, entre la militancia del PP que debe arroparle. Y, sobre todo, ha dejado en jaque al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, que quiere a Serrano como a un hijo. Ni la polémica por el piso en el arranque del mandato dejó a Serrano en una situación tan delicada como la actual. En aquella ocasión se cebaron con él. Hubo saña. Pocos salieron (salimos) en su defensa ante un ataque basado en acusaciones frágiles y retorcidas.

Era defendible hasta cierto punto pasar el día de Reyes en casa, al igual que la Junta defiende que sus funcionarios pueden trabajar en las suyas para cumplir las sentencias judiciales. La tecnología ofrece todas las ventajas para la conciliación de la vida laboral y familiar. Quizás el director de la DGT sí debió evitar que el ministro estuviera en el palco del Sevilla-Betis a la misma hora en que miles de coches estaban varados en la nieve. Alguien tenía y tiene que hacer de Pepito Grillo con un Zoido con una querencia indisimulada para darse el piro de Madrid a la mínima oportunidad. Serrano se equivocó bien temprano, precisamente cuando se deben tener las ideas más claras. Y ha provocado una helada en Interior, le ha creado un problema a su principal valedor. Ha encendido el partido en un momento de debilidad manifiesta, con Ciudadanos disputándole al PP la hegemonía del centro-derecha español.

En Madrid hay quien ha aprovechado para ir a la caza del sevillano. Son los ajustes de cuentas de siempre por los prejuicios con todo lo que huela al sur, da igual que sea el director de la DGT, la presidenta de la Junta o un torero que viene de triunfar en la Real Maestranza.

Serrano no ha dejado de pagar impuestos, no se le ha sorprendido en una gasolinera con material políticamente inflamable, no ha participado en ninguna organización criminal, ni tiene una colección de visones para su mujer con cargo al erario público. Tampoco se ha llevado a familiares a viajes de Estado. Ni se ha metido a contramano contra la todopoderosa ideología de género, ni le han hecho una fotografía polémica sentado en el sillón del betunero del Palace. Pero, ay, ha empleado un tono retador en plena crispación nacional después, además, de no haber estado afortunado al apuntar a la negligencia de los conductores entre las causas de los problemas generados pro la nevada en la AP-6.

Tal vez olvidó que su jefe –precisamente su jefe– exhibe continuamente su frenética actividad pública en las redes sociales: fotos en el avión, fotos en actos sociales del contenido más variado, fotos saliendo del Ministerio los viernes por la mañana camino del consejo de ministros, fotos de reuniones en el salón presidido por el retrato de Eduardo Dato e, incluso, hasta una foto en una cena en casa de su amigo Benito Navarrete. Zoido ha convertido el Ministerio del Interior en un escaparate de sus acciones como no hacen otros ministros. Estilo propio se llama. Tal vez sólo por eso se debía prever –precisamente en coherencia con la línea de comunicación que ha seguido el Ministerio, llamémosla así– una fotografía de algún responsable de Interior en la sala de control de la DGT el día en que comienza la operación retorno de miles de españoles. ¿O no se sabía con tiempo que ese día se produciría el desplazamiento de miles de ciudadanos por las carreteras? Pues con la misma precisión que se sabe que el Domingo de Ramos cae en domingo.

El tuit de Serrano ha tratado de buscar en legítima defensa el punto débil del argumento de sus atacantes: su condición de andaluz que vive la vida con sana alegría, su condición de cofrade sin complejos, e incluso su afición a los toros. Pero Serrano erró en el tono. Hasta vicesecretarios como Maroto le afearon ayer públicamente su falta de humildad, prueba de la fuerte contestación interna que ha provocado su airada reacción en Twitter.

Quizás, de nuevo, se comprueba que Serrano no es un político al uso. No es alguien criado en el aparato desde joven. No necesita de la política para mantener su nivel de vida. Está en ella por vocación y, sobre todo, por amistad y lealtad con el jefe, Juan Ignacio Zoido. Serrano forma parte de ese círculo de confort del ex alcalde de Sevilla y hoy ministro del Interior. De carácter muy sociable y con un agudo sentido del humor, Serrano supo ganarse la confianza de Zoido a su llegada al Ayuntamiento cuando lo tenía todo en contra, pues Serrano venía de ser el favorito del líder anterior, Jaime Raynaud, un solvente y veterano diputado autonómico que controla los áridos temas de urbanismo como pocos políticos pueden presumir. Pasó de ser el favorito de uno a serlo de otro tras pasar su particular travesía del desierto. A Serrano le cuesta el dinero su condición de político, casi tanto como terminar de aprender ciertas normas del orden políticamente correcto y, sobre todo, del sentido de la oportunidad. No era el momento de parapetarse en la ciudad de Sevilla. Bastaba con pedir disculpas desde el principio, como cuando se produjo la bajada de guardia del gobierno del PP en el Ayuntamiento en la Madrugada de 2015, cuando hubo cofradías arrasadas y la cúpula del ejecutivo local estaba desaparecida. Una disculpa rápida, a tiempo, es la mejor defensa. La más certera. Una foto en un palco de fútbol cuando hay miles de conductores atrapados en la nieve es un tiro en el pie. Un tuit inoportuno puede marcar el final de una etapa en la política de hoy. La culpa no es de la nieve. Ni de los Reyes Magos. Ni de ser de Sevilla. La culpa es del tono empleado en una política fuertemente marcada por la comunicación y estrechamente condicionada por el márquetin. En la política de hoy se puede gestionar mal e incluso trabajar poco. Se puede hasta robar, que casos hay de indultos en las urnas de políticos más que sospechosos. Pero el personal no perdona el tono indebido después de una jornada de desatinos múltiples con tal de no pedir disculpas desde el principio. Y eso que Serrano es de largo el miembro del equipo de Zoido que más trabaja, el que más se pringó en la etapa municipal con el ERE de Mercasevilla y las disoluciones de Sevilla Global y la televisión local. El que sufrió pintadas en su casa. Pagó cara su etapa municipal.

La foto esta vez era la del ministro metido con los pies en la nieve junto a su director general de Tráfico y su jefe de gabinete mientras reciben las explicaciones de la Guardia Civil y de los altos mandos de la Unidad Militar de Emergencias. Alguien, otra vez, confundió al ministro. O nadie se atrevió a decirle al ministro lo que por su bien hay que decirle: un titular de Interior no pinta nada en una fábrica de polvorones o en la entrega de un premio de una constructora. O la curia no protege a este Papa, o el Papa no se deja proteger. Claro que se puede trabajar fuera del despacho. Hasta Alfonso Jiménez, maestro mayor de la Catedral, lo hacía cuando controlaba al Giraldillo enfermo desde su teléfono móvil. Y seguía al minuto los movimientos de la veleta sin estar en Sevilla. Zoido aún busca la forma de controlar Sevilla estando fuera de ella. Pero aún no ha podido monitorizarla.

 

ZOIDO PRESIDE EL PLENO DEL CONSEJO SUPERIOR DE TRÁFICO