La Campana, más allá de los veladores

Carlos Navarro Antolín | 26 de marzo de 2017 a las 5:00

Las franquicias toman La Campana Dunkin coffee en la Campana

La Gerencia de Urbanismo quiere que la esquina de la Campana, la del número 3, la que está justo enfrente de la popular y por fortuna aún suntuosa confitería, vuelva a ser lo que fue, como el Himno de Andalucía, pero en versión comercio de éxito e integrado en el paisaje urbano, no como está ahora. Andaluces, levantaos de los veladores que viene Antonio Muñoz a quitarlos de la Campana. ¿Sólo los veladores? No, viene a quitar más cosas. No se vayan todavía que aún hay más. La Gerencia no sólo quiere segar las mesas y sillas de todos los negocios sin distinción –la igualación por abajo– sino que ha mandado a los inspectores a abrir expedientes a esos negocios del centro que abren al público sin escaparates, sin separadores que marquen los límites, sin que se vea a las claras dónde empieza el negocio y dónde la vía pública, y lo que es peor: con rótulos de muy mal gusto, estridentes, horripilantes. Bien por Antonio Muñoz y sus cruzadas imposibles como responsable del ahora llamado hábitat urbano, de soltera Urbanismo. Este marzo ha ocurrido con la tienda de donuts tuneados que funciona en el local donde estaba la zapatería de Pilar Burgos. Los inspectores de Antonio Muñoz le han dado un tirón de orejas a la promotora Moradia Consultores, S.L., responsable de una obra que no ha gustado nada en las caracolas de la Cartuja. Y con razón.

El gerente de Urbanismo dictamina que las obras realizadas para transformar el local incumplen varios artículos del PGOU y de la ordenanza municipal de publicidad. Recuerda la Gerencia que la fachada de los edificios debe componerse unitariamente en todas las plantas del inmueble, “incluidos los locales comerciales si los hubiere”, como es el caso. “Queda expresamente prohibida la composición incompleta, dejando pendiente la fachada de los bajos comerciales”. Apunta en el caso del número 3 de la Campana a que se ha eliminado el escaparate que había antes, que “conformaba la línea de edificación obligatoria de la parcela”. Deja claro el edicto que la ordenanza de publicidad obliga a cuidar “de manera especial el diseño y su integración en el entorno ambiental de los rótulos que pretendan instalarse en el centro histórico, en los arrabales y en los inmuebles catalogados C, D y E, debiendo utilizarse para los mismos materiales nobles, aleaciones metálicas y piedras artificiales o naturales. Dichos elementos publicitarios deberán justificarse –continúa– de forma razonada su integración en la estética de la fachada, respetando los valores arquitectónicos del edificio”. Y concluye que en el caso de la tienda de os donuts: “No se ajustan los elementos publicitarios instalados a dichas determinaciones”.

En el Ayuntamiento precisan que se va a intervenir de la misma forma con todos estos nuevos locales comerciales del centro que, en muchos casos, sitúan los mostradores de atención al público en la misma puerta, por lo que la clientela no llega ni siquiera a acceder al interior del establecimiento. En el caso de la Campana, la Gerencia obliga a la citada empresa a restituir el orden alterado y a la supresión de los rótulos de publicidad. Establece un plazo y advierte de la sanción en caso de incumplimiento. Deja claro que no es posible la legalización de la obra hecha en ningún caso, luego a la promotora no le cabe ora solución que dar marcha atrás: desandar el camino. La licencia concedida era de obra menor, como ocurre tantas veces en la ciudad, y al final las reformas son bastante mayores. La Gerencia va más allá de la retirada de veladores. Es toda una declaración de intenciones. Hay quien a esto le llama tener claro un modelo de ciudad. La pena es que no vuelvan los zapatos de doña Pilar. Nos tenemos que aguantar con los donuts, que disparan el colesterol, como las hamburguesas. Sevilla se nos va… en el C-2.

El ministro andaluz que cae bien en Madrid

zoido

Los ordenanzas del Congreso de los Diputados están encantados con el ministro andaluz. Los camareros del bar Manolo, sito en la calle Jovellanos, muy famoso por sus croquetas, también lo están. Yalgunos destacados veteranos de la información parlamentaria ya proclaman eso de que el Ministero del Interior es “majete”. Hasta elogian que tenga su equipo conformado, no como la ministra catalana de Sanidad, que sigue con nombramientos pendientes. Zoido cae bien, eso ya lo sabíamos en Sevilla hace muchísimos años. En los próximos días se puede convertir en el primer ministro del Interior que suprime todos los escoltas que aún quedan pendientes en el País Vasco por la amenaza terrorista que llevamos décadas soportando. En breve puede tenerlas ya todas consigo para tomar una decisión que supondría la retirada de una treintena de agentes. No es que sean muchos, pero sería una decisión simbólica. Hay diputados vascos que aseguran que se trataría de un paso importante hacia la normalización absoluta: “No sabéis lo que es vivir con alguien pegado a tu lado todo el día”. Después de algunos episodios convulsos con la cúpula policial, para el ministro andaluz –como le llaman en Madrid– sería un anuncio agradable. Tan agradable como pasar los lunes al sol… de Sevilla, una práctica que en Madrid, todo sea dicho, se comprende a la perfección. A partir de los jueves por la tarde, sus señorías escogen ya un vestuario desenfadado, agarran la maletita de ruedas y cada uno a su tierra. Los miembros del Gobierno, por aquello del consejo de ministros, no pueden retornar a casa hasta el mediodía del viernes. A partir de esa hora sólo quedan los leones del Congreso. Y las croquetas del Manolo se fríen sólo para los turistas. Ñam, ñam.

La educación imposible

Carlos Navarro Antolín | 19 de marzo de 2017 a las 5:00

encarnación 2 Encarnación

NI de noche ni de día tienen ciertos males remedio. En Sevilla los veladores embisten, como las nueve cabezas de españoles, que decía Machado. No importa que una terraza arremeta contra la fachada de un BIC, que no es un bolígrafo, sino un monumento según la calificación de la Administración autonómica para proteger (risas en off) esos valores histórico-patrimoniales que hacen una ciudad única. Qué más da la estética, esa gran denostada que el Ayuntamiento quiere imponer por la vía de la ordenanza, cuando eso sólo es posible por la vía de los años y de las aulas, muchos años y muchas horas de aula. Decía una dependienta de una selecta peletería del centro que había determinadas prendas que ya no se fabricaban porque nadie las pedía:“No hay público que valore ciertos trabajos en piel”. Como no lo hay que valoren los muebles de calidad (el efecto Ikea), ni el servicio profesional de la hostelería (que no el servilismo pelota de la ojana), ni el cuidado de un monumento como la Iglesia de la Anunciación.

Los edificios monumentales merecen un respeto tanto en su uso interior como en su aspecto exterior. Para qué iluminamos artísticamente la Catedral, sacándole los cuartos a Endesa, si después consentimos el horror de los negocios estridentes de sus alrededores. Para qué cuidamos la fuente de la Encarnación si después permitimos que alguien, por su cuenta y deliberadamente, rompa la fachada del templo que fue Universidad de Sevilla, donde está el panteón de sevillanos ilustres o donde se custodia imaginería de Montañés. Sombrillas, macetas, banderolas promocionales abatibles, estufas con llamaradas… El azulejo del Cristo de la Buena Muerte no tiene quien lo defienda. Ha presenciado la nevada de 1954 y el horror de la invasión de los cachivaches de la hostelería.

Siempre llegará el tonto que defienda los veladores como instrumentos de captación del turismo. Claro que sí, aunque sea a costa de degradar un monumento, de someterlo a las embestidas del consumismo voraz, de convertir una plaza en un museo de los horrores, en una recreación perfecta del no se vayan todavía que aún hay más.

Los veladores embisten las murallas del Alcázar por la Plaza de la Alianza, la fachada del Palacio Arzobispal por Placentines y la Encarnación por la Anunciación. Tres ejemplos, tres, de una ciudad carente de criterio con una autoridad impotente que, al final, no quiere ni puede admitir que el problema no es otro que la falta de educación, una lacra que conduce directamente a la ausencia de criterio. El amor por el patrimonio histórico se enseña desde pequeño. No se valora lo que no se conoce. La Encarnación hace tiempo que dejó de ser la plaza a la que mira la Anunciación. Ni siquiera es ya el mercado. Son las setas. La plaza de las setas. Con las setas se laminó todo lo anterior. La hostelería hace tiempo que dejó de ser uno de los estandartes de la ciudad. La Semana Santa hace tiempo que dejó de ser la fiesta modélica, representativa del saber estar del pueblo, espontánea, popular, elegante y medida. Los monumentos son plantas que no gritan cuando se les arranca una hoja, muros que callan cuando se ven intimidados, piedras que no sólo caen por el efecto de la polución, sino por el maltrato al que son sometidas. No hace muchos años que el gerente de la Universidad protestó por escrito por la cantidad de basura que llegaba hasta la lonja de la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Rectorado, cuando Eolo sopla y arrastra los desperdicios de los bares hasta el recinto universitario. La Anunciación no tiene quien proteste por ella. Monteseirín y sus adláteres defienden el modelo actual de la plaza con un argumento reiterativo: “¿Acaso estaba mejor la plaza con las ratas que cruzaban de una punta a otra el solar anegado?”.

Está claro que en la Encarnación se ha producido un simple cambio de ratas. Las ratas siempre acuden a la cochambre, se sienten a gusto en las covachas. Embisten. Como las cabezas de los sevillanos. Mejor la nieve de 1954. Qué horror de estufas. Una cosa es cierta: el Cristo de la Buena Muerte sigue siendo dulce hasta con veladores.

Quién cose al PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2017 a las 5:00

Quién cose al PP de Sevilla

EL PP de Sevilla está roto. Fracturado. Exhibe cada día con más nitidez las entrañas de un desgarro provocado por la traumática pérdida de la Alcaldía en mayo de 2015. Los recientes comicios internos para la elección de compromisarios para el congreso regional que se celebra el próximo fin de semana en Málaga revelan que Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente regional, afronta la cita con la formación hecha unos zorros en la capital, con dos bandos que, a tenor de los resultados, están condenados a entenderse, pero donde nadie hace el menor intento de buscar el consenso, de coger hilo y dedal y ponerse a coser, dicho sea en los términos que empleó Susana Díaz para aludir a la necesidad de recomponer el PSOE, ahora dirigido por una gestora. El PP de Sevilla, por el momento, no tiene quien lo cosa. La tensión que ha marcado estas últimas elecciones internas no augura unas vísperas tranquilas de cara al decisivo congreso provincial que habrá de celebrarse tras las fiestas mayores.

Según pasan las fechas, el conflicto interno es cada vez más explícito, con su correspondiente efecto en la vida interna del partido, con episodios agrios entre militantes, y con el tono plano que mantiene el Grupo Popular en el Ayuntamiento, donde Alberto Díaz parece guardar aposta un perfil exclusivamente institucional a la espera de acontecimientos. Hasta la celebración del congreso provincial no se sabrá con certeza si su etapa de portavoz es duradera o, por el contrario, queda relegada a una interinidad operativa. Por el momento, Alberto Díaz parece el respetuoso inquilino de un piso en alquiler de corta duración, que aún no se atreve a taladrar las paredes, pero que tiene los cuadros y los espiches preparados. Mientras tanto, el gran beneficiario de esta situación es el socialista Juan Espadas, que se pasea por la verde pradera de la Plaza Nueva a lomos del corcel de la estabilidad, disfrutando de la carencia de una verdadera oposición y de la compañía poco molesta de una todavía bisoña izquierda radical.

Tanto el bando oficialista (Cospedal, Zoido, Juan Bueno, Alberto Díaz y José Luis Sanz) como el crítico o renovador (Arenas, Amalia Gómez, Patricia del Pozo, Virginia Pérez, Beltrán Pérez y Juan Ávila) han inflado el censo de nuevos militantes para ganar apoyos en la elección de los compromisarios. Aquí han votado por las dos facciones madres, hermanos, primos, allegados de todo vínculo, etcétera.

Los oficialistas se han impuesto en la capital en número de compromisarios, pero con el aliento crítico pegado a la nuca pues los chicos de Arenas presumen de haber ganado en número de votos. Los críticos sí han ganado en la provincia en número de compromisarios, pero saben de la importancia que hubiera tenido para sus intereses haber controlado totalmente las cocinas capitalinas, donde han obtenido importantes avances respecto a la anterior elección de compromisarios para el congreso nacional, pero sin que puedan descorchar ninguna botella por el momento. El resultado de estas últimas elecciones a compromisarios revela que ninguna corriente tiene la hegemonía en el PP de Sevilla. Ni siquiera el propio Juan Manuel Moreno Bonilla controla casi nada en la sede provincial sevillana, de ahí que su tibieza sea manifiesta desde que se evidenció el conflicto el último Miércoles de Feria con la fotografía de los críticos en la caseta ‘El Manijero’, que dio nombre al grupo que quiere controlar el supuesto pos-zoidismo en el partido. Es más, el líder regional ha salido pellizcado de estos comicios internos, pues los militantes tenían dos urnas para votar: una para elegir a los compromisarios del congreso regional y otra para respaldar al único candidato a presidente regional. Votaron 472 militantes en la capital, de los que sólo 375 dieron su apoyo a la continuidad de Moreno Bonilla. Queda claro que el malagueño sigue generando silencios entre la militancia sevillana. Sevilla no es sólo una plaza que se le resiste, sino que le provoca sufrimientos porque unos (los oficialistas) no lo quieren en el cargo de presidente regional, y los otros (los críticos) no terminan de sacarlo del burladero de la tibieza para que se alinee con sus intereses.

De la capital, el primer dato a destacar es que nadie discute la victoria de los oficialistas en la elección de los compromisarios. Incluso han ganado, aunque haya sido por sólo cinco votos, en el distrito Sur, donde votan el mismísimo Javier Arenas y Amalia Gómez. Las discusiones se centran en determinados compromisarios, como ocurre en Los Remedios, donde ambos bandos se atribuyen a la concejal Carmen Ríos. La caída de los críticos ha sido notable en San Pablo-Santa Justa, donde han perdido las cuatro actas de compromisarios de los que gozaron la vez anterior.

El segundo dato destacable es que el líder municipal de los críticos, el concejal Beltrán Pérez, ha vencido en su distrito de Palmera-Bellavista, después de haberse quedado fuera del congreso nacional, al que no pudo acudir como compromisario por falta de votos. Pérez se puso esta vez las pilas y ha salvado su marca personal al lograr los tres compromisarios de su distrito para la causa denominada renovadora. De 88 votantes, 57 apoyaron a Beltrán Pérez.

La victoria oficialista ha sido evidente (aunque con corto margen de votos en algunos casos) en distritos como Triana, pese al avance de los críticos; y en Nervión, Casco Antiguo, Sur o San Pablo-Santa Justa.

En la provincia, la victoria de los críticos no hay quien la discuta, con más de veinte representantes de diferencia, lo que alienta a los leales a Arenas a tener esperanzas fundadas en una victoria en el congreso provincial, cuya elección previa de compromisarios se disputará a cara de perro ante la previsible presentación de dos listas. Los críticos presumen especialmente de victoria en Gines y de tener de su lado a un ramillete de alcaldes entre los que figura el de Carmona. La provincia no ha sido nunca el fuerte del aparato capitalino del PP, una circunstancia que los críticos quieren seguir explotando de cara al congreso provincial.
En los días previos a la elección de compromisarios regionales se han vivido todo tipo de conflictos, desde conversaciones telefónicas grabadas donde se pone a caldo a dos destacados críticos, a los habituales retrasos en la entrega de los listados para dificultar la captación de los votantes, pasando por las denuncias sobre la ausencia de cabinas que garantizaran el derecho al voto.

El actual presidente provincial, Juan Bueno, se está tragando con una meritoria buena cara todos los conflictos que lastran el partido desde hace casi un año. El desgaste para su figura es innegable, pues no se recuerda un enconamiento igual y tan prolongado en el tiempo en la historia del partido en Sevilla. Bueno ya se desgastó en las maniobras de verano para prescindir de Virginia Pérez como secretaria general, unas operaciones que dejaron al partido al borde de la gestora. Pocos son los que confían en que Bueno siga como presidente a partir del próximo congreso provincial, salvo que una improbable coincidencia de circunstancias así lo aconsejaran. Es diputado autonómico y hombre que guarda la disciplina debida hacia los aparatos. Sabe sufrir, como ha demostrado en distintas etapas y tal como le ha reconocido Arenas en alguna ocasión. Su futuro en el partido no se discute. Su papel como presidente provincial parece ya caducado.

¿Quién será el próximo presidente del PP sevillano? ¿Existen opciones de fusionar ambas corrientes en una sola lista para evitar una explosión que dejaría un buen número de heridos?

Los críticos mantienen que su candidata a la presidencia provincial es Virginia Pérez, la correosa portavoz del PP en la Diputación Provincial, cuyo estilo especialmente directo pone de los nervios al oficialismo del partido. Si gana la opción crítica, la referencia municipal será Beltrán Pérez, que lleva catorce años como concejal y vivió su mejor momento en el acoso y derribo del gobierno de Monteseirín, una habilidad que necesitará en breve el PP si quiere recuperar la Alcaldía. Arenas, que nunca se olvide auspicia la lista crítica, querrá colocar en buen sitio de la ejecutiva a una de sus grandes protegidas: Patricia del Pozo. La otra es Macarena O’Neill.

Los oficialistas tienen a José Luis Sanz como su principal referencia para la presidencia. El alcalde y senador de Tomares ya fue presidente en la etapa de mayor éxito electoral para el PP en la provincia. Tomares es una plaza consolidada electoralmente para el centro-derecha. Sanz podría intentar ser candidato a la Alcaldía de Sevilla, para lo que necesita tres requisitos: lograr el poder orgánico en el partido, quedar absolutamente limpio de posibles nuevos frentes judiciales, y convencer al electorado de que se puede pasar de alcalde de un municipio del Aljarafe a serlo de la capital. Monteseirín ya pasó de concejal de pueblo y presidente de la Diputación a alcalde de la capital durante doce años. Los requisitos que tendría que cubrir Sanz no son difíciles de superar, pero tampoco hay que descartar el posible regreso de Zoido a Sevilla en caso de que la legislatura sea corta, se produzca una eventual victoria de Pedro Sánchez en el congreso del PSOE y el hoy ministro del Interior quiera retornar como la marca más sólida del centro-derecha hispalense.

Si Sanz gana, su referencia inmediata en la Plaza Nueva será Alberto Díaz –hoy portavoz– aún con más fuerza. La probabilidad de entendimiento entre José Luis Sanz y Virginia Pérez es nula. Entre Sanz y Beltrán Pérez pudiera existir algún tímido brote verde. Muy tímido. Los días que pasen entre la elección de compromisarios para el congreso provincial y la celebración del mismo congreso serán decisivos para conocer la probabilidad de formación de una lista de consenso en función del número de compromisarios que cada bando crea tener asegurado. Si no hay entendimiento, habrá que ir a votaciones precedidas de discursos cargados de emotividad para captar los votos de última hora. Habrá una lista ganadora, otra perdedora y un cartel que seguirá reclamando la presencia de aguja, dedal y muchas horas de paciencia. La unidad de todo partido no pasa por el discurso o los ideales, sino por asegurar la supervivencia de los actores de la gran obra de teatro que es la política. Nunca se olvide que Pepe Caballos, otrora factótum del PSOE andaluz, expulsó en 2004 a una tal Susana Díaz del Ayuntamiento para orillarla en el Congreso de los Diputados. Se la quitó de Andalucía asegurándole esa supervivencia. Y en esa etapa de exilio nació la estrella de la política andaluza que hoy prepara el asalto a la calle Ferraz. Hay patadas para arriba que son el preludio del nacimiento de una gran figura. Hay convulsiones, períodos de costura, de las que puede surgir la candidatura más inesperada.

Los cacharros de Muñoz

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2017 a las 5:00

Teatro de la Maestranza.

TENEMOS un concejal de la cosa urbanística que no nos lo merecemos. Está claro que Antonio Muñoz es un hombre de fe, mucha fe, y de esperanza, tela de esperanza bien repartida por esa calle Pureza de exornos florales hiperpoblados que tanto le chiflan. Muñoz ha cantado esta semana las verdades del barquero. ¿Que a los veladores bonitos no se les cobra dinero? Negativo. Ha dicho que el centro está feo porque está cargado de “cacharrería”. Ha culpado a la masiva implantación de franquicias y multinacionales de la “vulgarización y estandarización” de las calles. Yha rematado con una media verónica que ha levantado al tendido de los entendidos: “No aportan ningún valor añadido”. ¡Óle por Muñoz! Si se consultan fotografías del centro de Sevilla de los años 70, por ejemplo de la Campana, la ciudad no era precisamente un derroche de belleza desde el punto de vista urbanístico. Pero sí se aprecia algo en los negocios: la gran mayoría son propios, firmas locales, únicas e insustituibles. En la Punta del Diamante, donde hoy hay una mutinacional del café, había unos pocos veladores donde estaban sentados sevillanos. Y en la Campana, donde hoy sólo queda un negocio autóctono, la clientela también era mayoritariamente local en ambas aceras. Sevilla aparecía con un halo cutre, provinciano, despertando a la democracia. La hiperdependencia del turismo ha sacrificado en el altar de las multinacionales el valor propio de los comercios y bares, el mejor legado quizás de aquellos feos años setenta y ochenta. La ciudad se abrió con la Exposición Universal, profesionalizó la gestión de sus principales monumentos y creció urbanísticamente hasta crear el concepto de la Gran Sevilla, pero cada día está más vulgarizada, lo dice el concejal socialista, como si no hubiera sabido conservar sus señas de identidad al mismo tiempo que asumir las novedades propias de la época. Nos hemos pasado de frenada en el servilismo al visitante, nos hemos arrodillado en exceso en la entrega de las llaves de la ciudad al turista. Antes se decía que un sevillano que quería pasar desapercibido con su amante no tenía más que meterse en el Museo de Bellas Artes o en el Real Alcázar, donde sólo hay turistas. Hoy ocurre eso en los bares de la Avenida y en casi todos los de la Campana. Los sevillanos han abandonado ciertos lugares como los zares sus palacios.
Antonio Muñoz anuncia una ordenanza para presevar el paisaje urbano de la fealdad, del mal gusto,de la “cacharrería”. A Dios por el amor, a Huelva por la A-49 y a la estética por la ordenanza. Muñoz hace como los almonteños, que regulan la estética de la romería con una normativa específica sin ningún complejo. Lo de Sevilla parece más difícil por la de terreno que nos tienen comido los “cacharros”. Más le valdría al Grupo Socialista, en primer lugar, promover una moción del Pleno para que la comisión provincial de patrimonio histórico aplicara las leyes vigentes sobre alteración de las volumetrías, remontes, trama urbana y respeto escrupuloso a los valores que motivan las catalogaciones de los inmuebles. La comisión de patrimonio parece demasiadas veces lo que la Justicia de Pacheco: un cachondeo. Permite la “cacharrería” del edificio de la calle Santander en pleno conjunto histórico, la cubierta de hierro chorreado del restaurante que cruje la estética de la calle Betis, el adefesio de aluminio junto al Puente de San Bernardo, o la demolición interior de tantas y tantas casas de las que obliga a dejar la fachada para que Sevilla siga pareciendo lo que ya no es. El cuidado de la estética, de los valores propios a los que alude Muñoz, comienza por la arquitectura y termina por los comercios. Exige pensar a largo plazo. Y, sobre todo, requiere de educación y criterio. Una fiesta de escasos días, como la Feria o el Rocío, se pueden regular por ordenanza con cierta facilidad. De hecho el uno y la otra son ejemplos de bastante éxito en este aspecto. Un modelo estético de centro histórico implantado por ordenanza parece mucho más complicado. El precedente más próximo fue el de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que intentó que todos los bares de los alrededores de la Plaza Nueva tuvieran los mismos veladores. Homogeneizar el mobiliario de la hostelería se decía en el lenguaje cursi de los políticos. Ahora, por cierto, lo que hay son más veladores con y sin homogeneización. En los útimos cuatro años del PP casi nada se hizo por la estética. Se dispararon los “cacharros”, que diría Muñoz, y el alcalde de entonces reconoció (increíble, pero cierto) que tuvo que hacer la vista gorda con los bares y los veladores porque eran años de crisis económica y había que contribuir a que hicieran caja. Zoido sí promovió la sustitución de las farolas-ducha de la Alfalfa y sus proximidades y casi lo fusilan en el paredón de lo políticamente correcto.
Es de agradecer ahora que la cruzada contra los veladores y los “cacharros” del centro sea promovida por un socialista. ¡Menos mal! Si llega a ser Soledad Becerril ya la estaban tildando de marquesona. Yo me alegro del plan de Muñoz, hombre de mucha fe por lo que se ve. Esperemos que la fuerza lo acompañe, que es lo mismo que decir que la superioridad moral de la izquierda lo proteja. Entenderá pronto cuán lamentable resulta tener que defender lo obvio. Que no se puede abandonar la Catedral como todos los gobiernos locales lo han hecho. Que hay que estar encima de la comisión de patrimonio. Que hay que mirar con lupa las licencias en el conjunto histórico-declarado. El velador se retira. El mamarracho de la calle Santander nos lo tragamos cada mañana. Yel criterio no se enseña a golpe de ordenanza.
Quizás a Antonio Muñoz algún día le ocurra lo que al gerente del club privado al que se quejaron por escrito de que la gente comía con el torso al aire en el restaurante de la piscina. El tipo respondió que el club no se hacía responsable de la educación de los socios. Y que si el denunciante no quería almorzar contemplando pelambreras, que acudiera al salón habilitado al efecto, una suerte de gueto para los que aún mantienen ciertas normas de saber estar y, sobre todo, de higiene. El centro de Sevilla está para que lo manden al IAPH para pasarlo… a nuevo terciopelo. Con dos… veladores.

Los gazapos de la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 26 de febrero de 2017 a las 5:00

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SE mantienen como verdades irrefutables que la plaza de toros de la Real Maestranza es el monumento privado mejor conservado gracias al celo de los caballeros maestrantes y que la Catedral es un modelo de autofinanciación gracias al esquema concebido por el cura Paco Navarro tras los fastos del 92. Cada aficionado que renueva su abono, si es que lo renueva, está metiendo dinero para acicalar esa bella moza que es la plaza de toros, iluminada con esplendor por la Fundación Endesa, antes Sevillana de Electricidad. Ycada turista con las pelambreras al aire, cuando pasa por el torno (Triana) de la Puerta del Príncipe, le está metiendo dinero a la propia Catedral, necesitada de obras mayores y menores de forma continua, y también a otros fines de la diócesis: las obras de caridad, la edificación de nuevas parroquias, etcétera. La plaza de toros cuida poco a sus abonados, los maltrata con ganaderías que pierden las manos en el primer tercio, con localidades incómodas que provocan el síndrome de la sardina en lata. ¡Pero cómo trata, en cambio, la Catedral a los turistas! Los turistas son los señores y amos del primer monumento de la ciudad. Los turistas son los consentidos de los canónigos. La Catedral aplica manga ancha a los turistas. Entran vestidos como les da la real gana, sobacos y calzoncillos al aire; hacen las fotos y vídeos que quieren como japoneses compulsivos, sin un acomodador escondido en el vomitorio que de pronto irrumpa y recrimine la acción, como sí ocurre en la plaza de toros: “¡No se puede grabar la faena, oiga!”.

El turismo manda. Los canónigos se pliegan. Poderoso caballero es el turista. El lagarto se calla. Pasen, pasen, que al fondo hay sitio. Toda la Catedral es un inmenso monumento concebido por y para el turismo. Hasta hay turistas que tienen la suerte de encontrarse con Ayarra (don José Enrique) en uno de sus ensayos y disfrutan de cuarto y mitad de gloria musical gratis total, corcheas primorosas salidas de ese órgano mimado por los alemanes cada vez que sus teclas se engollipan. Que suele ocurrir para disgusto de este canónigo de Jaca al que jamás se le quita el aire aragonés por más años que lleve en Sevilla. Y mire que lleva años.

Pero no todo es brillo para los señores de pantalón corto y botellita de Solan de Cabras por la Catedral, oiga. En la capilla de Santa Ana, que es uno de esos muchos rincones para el deleite de la gran montaña hueca, hay una cartelería informativa (por las que hilan lo de informativa) con gazapos vergonzosos. Al cardenal cántabro Luis de la Lastra y Cuesta (1803-1876), nada que ver con Casa Cuesta, la del menudo, lo han rebautizado en su propia tumba como Luis de la Lastra y Costa. Dicen que los errores del editor los corrige el buen lector. Pero es que no se vayan todavía, que aún hay más. Si se interesan por el autor del precioso sepulcro del purpurado, el Cabildo asegura que su autor es Ricardo Beitver, cuando en realidad se trata de Ricardo Bellver (1845-1924). Aceptamos canónigo nombrado a dedo, sin oposición. Aceptamos canónigo de nueva hornada que maneja el latín como el inglés de los taxistas. Aceptamos canónigo con parroquia anexa a la Catedral y malas pulgas. Aceptamos todo lo que haya que aceptar, cual abonados sufridos de la plaza de toros, pero que a Bellver me lo rebauticen en la pila de la ignorancia y el desahogo es para hacérselo mirar. Y no le echen la culpa a don Juan José, que en Historia del Arte y de la Iglesia está, precisamente, puestísimo. Yde cofradías le quedan dos calles para darse cuenta de lo celosas que son las hermandades de su autonomía, que no hay Guardia Suiza que les haga entregar los papeles. Yo lo siento por la pintora Reyes de la Lastra, magnífica retratista donde las haya, y por todos los Lastra que en Sevilla hay, que los hay para formar una distinguida cofradía, a los que les va a dar un sopitipando cada vez que se asomen por la rejería para rezarle a su difunto pariente, Príncipe de la Iglesia, al que han puesto segundo apellido de calle chunga junto a la Alameda de Hércules. Pero tela de chunga. El cardenal Lastra Cuesta es de los que alcanzaron la condición de purpurado en sus últimos años de vida por concesión de Pío IX. Bellver lo representó de rodillas sobre un reclinatorio, con la frialdad marmórea de los monumentos fúnebres. El tío del cartel, que no ha tenido tiempo de consultar siquiera la wikipedia, ni de preguntar a alguno de los canónigos que quedan con cierta cultura, lo ha rebautizado con nombre de delantero del Bayern de Munich: Bietver. De nada le ha servido a Bellver haber firmado obra de importancia en toda España, desde Madrid (El ángel caído, en el Retiro) a la propia Catedral de Sevilla, donde tiene firmada imaginería en la Portada de la Asunción y en la del Príncipe.

Antes de ir a la caza de los turistas en el taco de Emiratos Árabes Unidos, esperemos que nuestros canónigos conozcan su Catedral. Cultura local se llama. Porque lo del latín es ya imposible. Como la rendición de cuentas de las cofradías. Con el sufrimiento de los abonados de la plaza.

La manzana podrida

Carlos Navarro Antolín | 19 de febrero de 2017 a las 5:00

SEVILLA, 13/02/2017.
HACE tiempo que no vemos las brigadas anti-veladores del concejal Antonio Muñoz cargando mesas, taburetes y sillas en la furgoneta con el motor al ralentí. El delegado de esa cosa llamada Hábitat Urbano es listo:tras varios días de batida con sus correspondientes notas de prensa ha logrado que cesen las protestas, cuando la realidad es que las terrazas siguen como estaban. Con inspectores o sin inspectores, cierto hostelero sigue siendo el rey. Muñoz ha salido bien parado en los medios de comunicación. El propio alcalde, Juan Espadas, sabe que su edil de Urbanismo goza de buena prensa. Muñoz ha venteado hábilmente el humo de la eficacia. En política se trata de hacer ver que las cosas funcionan más que de que funcionen realmente. En política vende el gerundio (estamos controlando) mucho más que el participio (está controlado). Muñoz se pasó una buena temporada cogiendo el toro por los cuernos, hasta que se ha metido de nuevo en el burladero de la Gerencia. Y el toro sigue abanto. No nos engañemos, la situación sigue igual –fíjense en la Plaza de la Campana– pero el gobierno ha conseguido, al menos, acabar con esa sensación de inactividad del ejecutivo anterior, amuermado en sus 20 concejales. Lampedusa ha funcionado en las caracolas de la Cartuja.

El mismo Muñoz –¿recuerdan?– también denunció el horror de la Avenida y los alrededores de la Catedral. Nunca un concejal había hablado tan clarito sobre las “pedradas” estéticas que sufren estos lugares. Este Varoufakis hispalense se ganó las simpatías de los medios de comunicación. Se pronunció alto y claro. Llegó la Semana Santa y persiguió los horrorosos puestos de venta ambulante, desde la Encarnación hasta la Plaza de la Contratación. Urbanismo hizo ruido, que es de lo que se trata en comunicación: hay que contar que se quitan los veladores, hay que procurar la publicación de la fotografía de las brigadas haciendo una suerte de razzia de mesas y sillas, hay que dar sensación de frenética actividad.

Por momentos nos faltaba ver a Muñoz revestido de valiente cruzado contra los hosteleros infieles a las ordenanzas. Lástima que algunos meses después, las aguas de los veladores han vuelto a su cauce de descontrol y desorden. Y, además,la galería de los horrores en que se han convertido las proximidades del principal monumento de la ciudad continúa en proceso de perfección. Urbanismo, al menos, ha dado una señal de vida al abrir ahora un expediente disciplinario a la finca del número 17 de la calle Santo Tomás, donde funciona un restaurante de comida mexicana que ha colocado una preciosísima publicidad en la fachada, de las que van cambiando de mensaje. Todo un estoconazo en el hoyo de las agujas del patrimonio de la humanidad. Anuncios de letras fluorescentes y que se mueven como los de un club de carretera frente al mismísimo Archivo de Indias. El inspector de la Gerencia de turno ha realizado un sesudo análisis de la legalidad de los anuncios con gran profusión de citas legales y perífrasis. Todo para concluir que la mamarrachada es “no legalizable” y que el titular tiene que restituir la “realidad física alterada”. Ojalá se pudieran restituir las realidades físicas alteradas en el casco histórico, lo cual no consiste en revivir sueños rancios, ni en sufrir delirios en blanco y negro, ni en bañarse en las aguas siempre parciales de la memoria idealizada. Consiste en no afear aún más lo ya afeado, en cuidar el salón de la ciudad, en mimar el sello de identidad de la urbe, en no maltratar los monumentos, sus perspectivas, su uso, sus colores. Sevilla se está poniendo cada día más fea. Y eso no hay brigadas anti-veladores que lo mitiguen, ni inspectores de 9 a 14 horas que lo arreglen con el pliego del blablablá de expedientes inútiles.

Sevilla sufre el síndrome de la manzana podrida, que ya se sabe que es la manzana que acaba pudriendo todas las sanas que hay en el cesto. Cierra un comercio elegante en la Plaza de Salvador, frente a un Bien de Interés Cultural como es el templo, y no abre otro comercio igual de elegante, ni siquiera una tienda que, al menos, tenga una decoración aséptica que respete ese aire de basílica romana que genera la fachada de la iglesia. Lo que abre es una tienducha de patatas fritas con un pedazo de monigote en el balcón del que rebosan patatas como chirriante reclamo publicitario. Cierra un banco y abre una tienda de comida rápida. Cierra una zapatería y abre una de donuts tuneados. Cierra una de ropa y abre una de venta de sobres de jamón ya cortado con luminosos de cochinos felices por la montanera. Abre una de tortas Inés Rosales, que bien merece la marca la mejor ubicación en el centro de la ciudad, pero le mete a la Plaza de San Francisco un fogonazo de azul azafata muy apropiado por las que hilan para la entrada de la antigua ruta de la seda, la calle Hernando Colón, que conduce hasta la Puerta del Perdón. El síndrome de la manzana podrida que sufre el comercio se expande por los locales vacíos, experimenta su particular metástasis, es una demostración palmaria de la degradación de la ciudad. No hay público que valore la artesanía, como no hay público que valore la buena atención en un bar, el buen producto. Nunca hubo tanta afición a lo gourmet, tanto sibaritismo de escaparate, y tan poco criterio y escaso buen gusto.

El reto del taxi es el esmero

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2017 a las 5:00

TAXIS
AL viejo periodista le amargaron el final de sus días profesionales con cursos sobre el manejo del ordenador, aquel monitor panzudo con una conexión que se paraba más que el C-2. Él, que se había pasado más de treinta años aporreando la máquina de escribir y presumiendo de sacar los folios redactados sin mácula de erratas, se veía ahogado ante la pantalla, al borde de la asfixia y sin destreza para deslizar el ratón. Estaba convencido de que todo aquello complicaba el proceso verdaderamente importante (escribir las historias de cada día sazonadas con la sal y la pimienta de la que sólo es capaz un veterano de la información) y amargaba el tramo final de su carrera. Nunca quiso reconocer que el problema era él mismo, su pánico por el cambio, su terror a sentirse orillado, señalado e incapaz. Siempre era más cómodo instalarse en la queja y denunciar que el culpable está en el entorno, en el ambiente, en los señores de arriba y en toda esa letanía de dianas a las que lanzar los dardos de la amargura cada vez que el cornetín de mando suena para anunciar cualquier modificación sustancial de los hábitos de trabajo.

Estos días se oyen denuncias de los propios taxistas sobre el intrusismo en el sector, propuestas para convocar una consulta sobre las medidas para combatir la mafia del aeropuerto, sabotajes de vehículos, agresiones con tinte mafioso en la casa de representantes del gremio y reivindicaciones de mayor presencia policial para corregir desmanes. Cierta clase dirigente del sector juega las cartas con habilidad, mucha habilidad, para presentar a determinados taxistas como víctimas, como pobres ancianas desvalidas a las que los piratas quieren esquilmar el monedero a la salida de misa. El ruido de estas denuncias se repite estos días como una vuvuzela, a la misma velocidad que suceden extraños incidentes que dejan con las ruedas pinchadas los vehículos de los profesionales del sector a los que se impide pescar en el caladero del aeropuerto. Los discursos victimistas se repiten igualmente a la misma velocidad que los sucesos que afectan a los profesionales de los nuevos medios de transporte, unas ofertas que han dejado al taxi tradicional, por ejemplo, como el más caro de todos los medios para acudir al aeródromo de San Pablo. Es evidente que alguien no ha estado interesado nunca en una línea de Tussam competitiva que enlace el Prado de San Sebastián con el aeródromo. Alguien no ha estado interesado nunca en dar facilidades a la implantación de los nuevos servicios de transporte que se contratan a golpe de teléfono inteligente.

Muchos taxistas están como el viejo periodista: en posición de defensa, reacios a cualquier cambio. Prefieren ventear la media verdad del intrusismo antes que asumir que el verdadero reto que no terminan de afrontar es el del esmero, prestar un servicio de mayor calidad, con una atención más cuidada y profesionalizada. El futuro del taxi no pasa tanto por la vigilancia policial en los puntos negros como por la necesidad de que estos profesionales del volante cuiden el aspecto de sus vehículos, sean diligentes en el trato con el cliente e inspiren siempre su trabajo en el principio de la buena fe. Si el taxi tradicional no asume que los coches en verano deben estar refrigerados antes de que el cliente se vea forzado a pedir el aire acondicionado, Cabify se llevará más y más cuota de negocio en cuanto aumente la reducida flota de coches que ahora tiene en Sevilla. Si el taxi tradicional no asume que el cliente no merece una mala cara –mucho menos una reacción airada– cuando se solicita un trayecto considerado corto, seguirá perdiendo usuarios en beneficio del autobús o del coche particular que se puede aparcar gratis en muchos centros comerciales o a bajo precio en el propio aeropuerto. Si el taxi tradicional no asume que los vehículos deben estar limpios y que hay que tener tacto en las conversaciones con el usuario para no provocar incomodidad, las nuevas plataformas que ofrecen coches de alta gama, servicio esmerado, conductores discretos y la vía del pago digital, irán comiendo terreno al sector tradicional, como los ordenadores fueron desplazando a las máquinas de escribir en las redacciones. Es cuestión de tiempo, no de número de policías en las paradas, ni de barreras, ni de aumentar la tarifa del autobús para que el público retorne al uso del taxi.

El taxi tradicional está llamado a renovarse como las plazas de abastos, cuyos industriales no pueden estar todo el día reclamando mejoras al Ayuntamiento mientras se niegan a abrir los puestos por la tarde, cierran los domingos y muchos aún no ofrecen el reparto a domicilio.

No se trata de ser serviles, como alguno malinterpreta torticeramente, sino serviciales. No se trata de ser pelotas, ni de dar ojana, ni de caer en comportamientos engolados, sino de ser sencillamente profesionales. Intrusos hay en todos los oficios y no por ello se debe rebajar la calidad de las prestaciones. El enemigo del taxi está dentro, como revelan los propios códigos éticos que ha publicado la Federación Andaluza de Autónomos del Taxi, que pone el dedo en la llaga sobre las deficiencias del servicio en un modélico ejemplo de autocrítica constructiva. Cuando todos escribían en ordenador, había quien se empeñaba en no dejar la máquina de escribir. Aquel viejo gruñón se fue quedando solo. La culpa era siempre de los demás. Sevilla necesita taxistas profesionales para que, como dice el alcalde Juan Espadas, cesen ciertos espectáculos más propios de películas donde aparece la cabeza de un caballo en la cama, o la puerta del domicilio de un taxista embadurnada de excrementos. Tan inaceptable casi como llevar el aire acondicionado apagado en agosto. Y, mientras, los autobuses de Tussam fresquitos.

La olla exprés del PP sevillano

Carlos Navarro Antolín | 7 de febrero de 2017 a las 5:00

Caja negra espartinas
LA vicepresidenta del Gobierno está triste. ¿Qué le pasa a la vicepresidenta? Dicen que suspiró en Málaga el pasado sábado al echar en falta al ministro del Interior en la reunión de trabajo sobre la ponencia política que el PP llevará al congreso nacional. Juan Ignacio Zoido hizo rabona. No estuvo junto a Soraya Sáenz de Santamaría, ni junto a Javier Arenas, autor del documento sobre política autonómica y administración territorial, ni junto a Cristóbal Montoro, ese socialdemócrata a juicio de Esperanza Aguirre, ni junto a Fátima Báñez, la ministra de Empleo que ha salido políticamente reforzada nada menos que después de hacer una polémica reforma laboral, ni junto a un tal Feijoó, que gobierna Galicia sin oposición que le rechiste, ni junto al malagueño Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”), que preside el partido en Andalucía. Zoido los plantó a todos, pese a que el cartel era de Domingo de Resurrección. ¿Dónde estaba Zoido? Pues apostó por estar en Espartinas para presidir la inauguración de la nueva sede del partido en esta localidad. Si es que el ex alcalde de Sevilla como disfruta es de alcalde. No lo puede remediar. Es como el torero que va de paisano y la gente dice: “Mira, ese señor que va por ahí tiene todas las hechuras de un matador de toros”. O el que monta a caballo y luce las piernas arqueadas:“Aquel otro parece que acaba de salir de las cuadras de Pineda”. Pues uno ve a Zoido y dice:“Es el alcalde de España, alcalde por los cuatro costados”.

Zoido apostó el sábado por algo mucho más divertido que oír a Javier Arenas hablando sobre política territorial. Qué horror, otra vez la vuvuzela de Cataluña. Los sábados están hechos para el hombre. Apostó por posicionarse una vez más en la guerra interna que vive el PP sevillano, fracturado entre oficialistas (Cospedal, Zoido, Juan Bueno) y manijeros (Arenas y Los Pérez: Virginia y Beltrán). El ministro prefirió la micropolítica. Para colmo, Espartinas está fuertemente dividida. En la localidad aljarafeña, otrora un bastión del centro-derecha hispalense, se reproduce de forma palmaria el enfrentamiento que sufre el PP de la capital. El presidente, Domingo Salado, va por libre. Y el secretario general, Javier Jiménez, no tiene reparos en denunciar la actitud de su presidente ni en una carta dirigida a los altos mandos del partido, ni desde la cuenta oficial de la formación en tuiter. Los manijeros de Espartinas denuncian que todo un ministro del Interior ha inaugurado una sede en su domicilio particular y se quejan de que no rinde cuentas de la gestión del partido en las instancias debidas.

Espartinas no es cualquier pueblo para el PP. Espartinas era todo un estandarte hasta hace año y medio. Era el único municipio con peso para el centro-derecha cuando el PSOE barría en cada cita electoral en el 90% de los municipios. Hoy ese estandarte se ha deshilachado y su posición la juega ahora Tomares, donde gobierna con reiteradas mayorías absolutas el senador José Luis Sanz, y en parte Carmona, donde Juan Ávila mantiene el bastón de alcalde acariciando la mayoría absoluta.

Espartinas es más que una olla exprés para el PP de Sevilla en vísperas del congreso nacional. Es un frente abierto, descarnado si se atiende a la propia difusión del conflicto que han hecho sus protagonistas. Zoido prefirió Espartinas porque sabe que el control político del PP de Sevilla es absolutamente clave para su futuro después de ser ministro. Y todo político piensa en su futuro desde el primer día en que se estrena en un cargo. Zoido no puede consentir que el PP sevillano quede en manos de los manijeros después del congreso provincial que se celebrará este mismo año. Por eso hace rabona en un debate de altura y prefiere los asuntos domésticos. Ya lo demostró cuando asistió a una reunión técnica sobre los criterios de elección de los compromisarios. En Espartinas están tirando a dar. Y el soldado Zoido ha elegido trinchera de nuevo. Qué sevillano es eso de aplicar la ausencia o presencia, según la conveniencia.

Doce meses muy largos

Carlos Navarro Antolín | 30 de enero de 2017 a las 5:00

Imagen obra
Es como aquel cartel con guasa del mercadillo del Charco de la Pava donde se leía: “Calcetines, un euro. Oferta, cinco pares de calcetines, cinco euros”. Va uno paseando a la vera del río, se topa con el mamotreto de la obra de construcción del denominado Centro de Atención al Visitante, lee el cartel oficial al que obliga la ley y piensa dos cosas. Primero, ¿pero de verdad hay que atender aún más a los visitantes? Vamos a acabar como Boabdil: de rodillas y entregando la réplica de las llaves de la ciudad al capitán de cada crucero que atraca en el Guadalquivir. Menos mal que el teniente de alcalde delegado de Turismo, Antonio Muñoz, el Varoufakis hispalense, está en plena forma, porque se va a hartar de usar el reclinatorio con tanto turista que vendrá a ponerse detrás de las vallas de Semana Santa y a dar vueltas sin rumbo por la Feria como pollos sin cabeza, quiero decir sin caseta. Y, en segundo lugar, ¿se han fijado en la duración de la obra? Dice que “doce meses”. ¡Un derroche de precisión, una apuesta por la transparencia! ¿Pero de qué fecha a qué fecha, almas mías? No informan del día de inicio ni del día de finalización. Nos lo tragamos todo: las ampliaciones de presupuesto, que nos quieran colar la obra terminada cuando realmente no lo está, que el alcalde se refiera a los desfases de presupuesto y de plazos como “problemillas”, pero, señores de la constructora, no nos hagan ustedes como el cartel del mercadillo. La obra de Marqués del Contadero va a durar a este paso los doce meses más largo de la historia. Doce meses que ya han pasado y que, de hecho, van a seguir pasando. Tal vez podrían haber puesto algún dato más: “Doce meses, un año”. O mejor aún: “Doce meses… Tela”. Pero, eso sí, han tenido mucho interés en informar de los céntimos del presupuesto… Risas en off. Saquen el reclinatorio.

El pregonero de la Torre Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 29 de enero de 2017 a las 5:00

El presidente del gobierno
DE querer tumbarla y revisar la licencia urbanística, a tratar de conciliar los intereses de ambas partes: los del Ayuntamiento y la promotora. De querer conciliar las posturas, a defenderla en San Petersburgo con bombo y platillo mediáticos. Y de defenderla en un auditorio internacional, a dar un paso más y alardear de ella cuando se es ministro. Juan Ignacio Zoido ha cambiado respecto a la Torre Sevilla más veces que lo ha hecho de nombre el propio edificio:Torre Pelli, Torre Cajasol, Torre Sevilla. No sólo ha acabado rendido ante la torre, postrado ante sus encantos, obnubilado ante su capacidad para ser un símbolo de la Sevilla moderna, sino que se ha erigido en el Atlas que sostuvo su arquitectura en sus duros inicios y que finalmente la hizo posible.

La política no es una noria en este caso, es una verdadera montaña rusa donde algunos no nos preguntamos ya por los barzones que un representante público puede dar sobre un mismo asunto en función de las circunstancias. Que los políticos cambien de opinión es una opción amortizada como el riesgo de error de los predictores del tiempo. Lo que muchos se han preguntado esta semana es qué necesidad tenía el actual ministro del Interior de sacar pecho por una obra en la que todos sabemos que anteayer no creía o que, al menos, la censuraba públicamente en foros de prestigio y cuya paralización incluyó en sus promesas electorales. Zoido ha pasado de querer ser verdugo de la torre a ejercer de pregonero de sus bondades cuando fue a inaugurar la nueva sede de una consultora. Ha ejercido de Solana con la OTAN: de hacerle ascos a ser su secretario general. La Pelli, de entrada no. El hoy ministro ha terminado revestido de vocero de lujo para proclamar las ventajas que el rascacielos ofrece a la ciudad.

Fue el periodista Ignacio Camacho quien, en presencia de Ruiz Gallardón, le preguntó a Zoido en un foro en 2011: “Perdone que le insista, ¿tiene pensada alguna medida concreta que tumbar?”. El ya alcalde se río y respondió:“Tenemos, tenemos alguna”. Y abundó sobre la torre:“Me parece un proyecto que hoy por hoy no tiene viabilidad económica”. Acto seguido planteó dudas sobre la licencia urbanística concedida por el gobierno de Monteseirín y apuntó a su revisión. Pasaron los meses, nada hizo. Javier Arenas le pidió un “gesto” de autoridad política para que se evidenciara su capacidad de mando en la ciudad, para que se percibiera la supuesta fuerza de un gobierno de veinte concejales. Arenas se lo planteó en un comedor privado, con miembros del partido como testigos. No había que demoler la torre, no hacía falta, pero sí hacer un “gesto” cuando aún estaba con andamios y a medio hacer. El alcalde nada hizo. Nada, salvo ir dando un giro de 180 grados que cristalizó cuando, siendo ministro del Gobierno de España, alabó el pasado lunes la torre como un símbolo del futuro de Sevilla que genera “empleo, riqueza y modernidad”. Usó, otra vez, el concepto comodín de “herencia” como salvoconducto para no hacer nada, para dejar edificar la torre, primero, y justificar con loas, después. Pocos dudan de que un magistrado de profesión no supiera de antemano que las opciones de parar la torre serían escasas y, por supuesto, muy gravosas para las arcas públicas. El caso era decirle a la Sevilla más conservadora aquello que quería oír en los días de la campaña electoral. Ya lo decía un viejo canónigo al que, siendo párroco en Nervión, le preguntaron por la obra en que se había metido sin tener el dinero garantizado:“Tranquilos, hacemos lo que debemos. Y ya deberemos lo que hemos hecho”.

El pregón de la Torre Sevilla que nos dio Zoido el pasado lunes tenía más ripios que uno que yo me sé. Tal vez el problema de fondo no sea el cambio de opinión, sino qué hace un ministro del Interior inaugurando los nuevos despachos de una consultora. Cualquier día el director de Asuntos Religiosos corta la cinta de una nueva carretera, el ministro de Fomento inaugura junto al Rey el Año Judicial y la ministra de Defensa acude a la entrega de los Premios Goya. Como ocurre en los pregones, todos le dieron un abrazo tras su discurso. El rito es así. En Sevilla hay demasiadas sirenas que cantan. Y terminan por confundir al ministro (Ulises) pregonero. Zoido es el Solana hispalense. Solano de las marismas, tú que alisas las Arenas (Javié).

El conserje del Colegio de Abogados ya no sabe qué decir a los letrados que piden que Zoido inaugure sus despachos. ¿Irá también a bendecir la nueva sede de Sanguino en la preciosa Casa Ybarra? ¿Y al nuevo despacho de Luis Romero en la Plaza de Cuba? A lo mejor nos suelta otros pregones y proclama la belleza de las setas de la Encarnación, lo bonita que está la Avenida de la Constitución con sus veladores y su canesú, y lo bien que está la calle Almirante Lobo con todos sus árboles talados. Seguro que la copa de los pregones de Zoido termina servida por… Robles. Al tiempo.