Dos hombres y una estatua

Carlos Navarro Antolín | 4 de septiembre de 2015 a las 5:00

mañara
Hay que gente que se echa a morir en los brazos de la soledad, sin ni siquiera camuflar la rutina de los días en los hábitos cotidianos. Se sientan cada mañana en el banco tranquilo de las puertas de la Caridad, ese que permite clavar los ojos en Miguel Mañara, el señor de la estatua que arropa al pobre en su regazo, Piedad al sevillano y masculino modo. Allí estaba uno de estos días aquel mito de las noches eternas de la ciudad, con el cuerpo sentado pero el alma yacente, con un cigarro en la comisura del que caen las cenizas como se despeñan las horas que ya no quieren ser vividas. El rostro enjuto, caracoles perfectos en el peinado, tez aceitunada y la luz declinante de Triana que baña la escena de la soledad. Ni siquiera la chicharra toca el arpa de las calores para no romper esta estampa del verano bajo. Tan sólo el tañido parsimonioso de los cascos de un caballo pone la melodía melancólica a una secuencia de cine casi mudo.

-¿Tienes un cigarro?
-Lo siento, no tengo.
-Y yo no tengo ganas de vivir.
-Vendré a verte tras mi viaje.
-Haz lo que quieras.

Unos turistas preguntan por los cuadros de Valdés Leal. La iglesia está cerrada. Ignoran que ante sí tienen el cuadro perfecto de la fugacidad del tiempo y de la duración efímera de cualquier gloria, martillos de oro enmudecidos, barcos sin mecidas ni sones de cornetería, espléndidos bordados apagados y quién sabe si aún queda ánimo para una plegaria ante su mansa mirada. Los turistas hacen fotos a la fachada de un edificio sin advertir cuanto ocurre en ese banco al que Mañara mira con ternura de bronce desde la calidez y ejemplaridad de su historia. Haz lo que quieras, retumban las palabras, aldabonazo a las conciencias, golpe seco en el costado de los ánimos, condena firme con la que castiga a la sociedad quien nada espera ya de ella. Los turistas se marchan a consumir postales y botellas de agua recalentada. Se apagó el cigarro que sostenía la charla, colilla chamuscada en una pisada que marca el regreso al refugio, a la guarida donde este penitente de las horas muertas se empeña en machetear el toro de la vida para cortarle de una vez las embestidas. Ni en la vida hay sobrero, ni queda tabaco en la cajetilla. Haz lo que quieras, haz lo que quieras… Y los caracolillos de su pelo al alejarse, huyendo con el desdén de la cuchara entregada, parecen candelabros de cola de un paso de palio sin esperanza.

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