Días sin espuma

Carlos Navarro Antolín | 11 de febrero de 2018 a las 5:00

cerveza

JUAN Espadas afronta la imposible misión de que los sevillanos dejemos de ser unos guarros. Los sondeos de Antonio Pascual (Pascualcopia) dicen que el alcalde es un hombre bueno, que la ciudad mejora levemente y otras petaladas, pero le dan calabazas en limpieza. Quizás por eso el hombre se ha puesto manos a la obra a presentar nuevos puntos limpios y otras gaitas. Espadas recuerda en parte a los papás de hoy, que tragan en la puerta de los colegios con que el niño saque calificaciones bajas, no tenga hábito de estudio, orille el cultivo de la memoria y se pase la tarde pegado a una tableta digital, pero se encoleriza si oye que el niño acude sucio a clase, que mi niño es muy limpio, oiga, como lo es toda la familia, que le voy a poner una denuncia en la Junta que va a temblar el misterio. El alcalde está como esos padres de hoy, preocupado porque sus convecinos lo ponen de baldear poco las calles, de ser poco generoso con la escoba. ¡A mí Lipasam, que los arrollo! Hay que decirle al alcalde que baje el balón, que la culpa no es tanto suya como no lo era antes de don Zoido, como sí lo es de la mala educación de un personal malcriado, consentido, sin conciencia de ciudad ni del cumplimiento de las mínimas obligaciones. Los alcaldes –ninguno– no están para educar a la población.

Con la suciedad en la heráldica de la ciudad, a la misma altura que San Isidoro y San Leandro, vivimos unos días sin espuma, unos amaneceres de desgarro interior que deja el alma de Sevilla hecha jirones, unas horas en las que una sensación de vacío se apodera de los vecinos. Los que otros años eran días del gozo, de tirador y cristal fino, son ahora eternas tardes bañadas por la melancolía, trufadas de cierta tristeza contenida, mechadas de un sentimiento taciturno que adelanta la astenia primaveral. Esta ciudad sucia, ayuna de presupuesto, con los barandas pegándose gañafones por el Metro y haciendo posturitas de exhibicionista hortera de playa para ver quien saca más pecho por Sevilla (¡Majestad, por Sevilla, todo por Sevilla!), esta ciudad –decíamos– se ha quedado sin una de sus infraestructuras preferidas y nadie ha dicho esta boca es mía, nadie ha entonado un lamento, nadie ha iniciado una plegaria. Somos sucios y desagradecidos. Somos injustos. Suspendemos a un alcalde por tener el viario como si fuera el Charco de la Pava tras la fiesta de la primavera de los erasmus borrachuzos, cuando en realidad somos nosotros los cochinos sin bellotas ni montanera, pero no echamos de menos a quienes llevan desde 1995 abriéndonos las puertas para todo tipo de actos, con cerveza gratis total, religiosamente tirada al final de cada sesión, con derecho incluso a una diócesis de tortilla española de dos plantas con ático retranqueado. Nadie se ha dado por aludido, nadie ha querido lamentar que este año, ay qué pena más desnuda, no está abierta la sede de la Fundación Cruzcampo por el ambicioso proyecto urbanístico que ha emprendido la compañía Heineken, la de Julio Cuesta y Jorge Paradela, las dos jotas más amables de la ciudad, marcas blancas de las relaciones públicas hispalenses, puertas seguras a las que llamar cuando se busca posada para presentar un libro, reunir a los hermanos mayores, dar un homenaje masivo o cualquier otro acto de alto rango. La ciudad estará dieciocho meses sin la Fundación Cruzcampo, lo que supone, con sus procesos y sus papeleos, dos cuaresmas, dos primaveras, dos veranos… ¿Qué harán esos gorrones de cerveza, esas señoras con las tardes libres que vivaqueaban por el salón cada día que había un acto? Nunca les importaba el orden del día, salvo el punto final: degustación de cerveza de tirador por camarero con batín blanco. El Consejo de Cofradías dice que reubicará por sorteo a los 227 usuarios de las sillas que han esquilmado en Sierpes para que podamos correr más cómodos en la Madrugada, pero la Fundación Cruzcampo, qué falta de tacto, no se ha preocupado de los trincones de croqueta más sibilinos que nunca se han visto.

Días duros para la ciudad, días sin espuma, dieciocho meses es una cuesta (sin Julio) demasiado pronunciada. Hay una sensación de desamparo, de sede vacante, de norte perdido, un espeso silencio donde este cierre de puertas se ha vuelto tabú. Si será grave la cosa que hay quien está convencido de que el acuerdo de las tres administraciones por el Metro es una cortina de humo para que en la ciudad no se hable del cierre provisional del salón del actos de la Fundación Cruzcampo. La ciudad calla, pero la letra de la sevillana de los Romeros de la Puebla pregunta con la crueldad de un niño esas verdades que duelen: ¿Dónde gorronearé la cerveza, Dios mío, la próxima primavera? Antonio Pascual no ha preguntado en su sondeo por lo que de verdad importa. Una omisión piadosa, un servicio más a la ciudad aun a costa de poner al alcalde de limpiar poco. Porça miseria. Ingrata política.


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