La mejor versión de Zoido

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2018 a las 5:00

LA CATEDRAL ACOGE EL FUNERAL POR EL NIÑO GABRIEL

MUCHOS españoles no sabrían el pasado jueves, al contemplar a un decaído ministro del Interior con la bufanda azul del pequeño Gabriel en la mano, que Juan Ignacio Zoido ha ejercido muchos años de juez antes de los veinte que lleva en cargos políticos e institucionales. Y que en el ejercicio de su profesión como magistrado nunca se acostumbró, nadie puede hacerlo, a levantar cadáveres de jóvenes fallecidos en accidentes, niños quemados por los braseros domésticos, muchachos ahogados en una piscina… El ministro ha cumplido con pulcritud sus funciones en el caso del secuestro y asesinato del niño de Almería. Ha estado a la altura. Y máxime si se tiene en cuenta la perspectiva personal, nunca despreciable por mucho que cierto criterio aconseje escrutar el desempeño de un cargo público sin reparar en factores personales.

Zoido me hizo una vez una confesión al recordar aquellas duras experiencias como juez a pie de calle: “Con lo que yo he visto, con lo que yo he visto…”. Los meandros de la existencia conducen a los destinos más imprevisibles, a las aguas más embravecidas. Quién le iba a decir al hoy ministro que uno de sus momentos más duros como titular de la cartera de Interior sería el de recibir la bufanda azul de una criatura yacente, sin vida por acción de la maldad humana. Defiende un ex alcalde de Sevilla como Manuel del Valle que la política está deshumanizada. Casi todo vale en esta España de las cloacas de las redes sociales, los pendulazos agresivos en el enfoque de los temas, los garrotazos a lo Goya entre hermanos de una misma nación, los análisis descarnados de los sucesos más delicados, la intimidad mercadeada y, cómo no, la información convertida en espectáculo con tal intensidad que hasta para muchos profesionales de la comunicación resulta difícil distinguir el sentimiento sincero de la actitud impostada. Todo es un gran teatro donde el azul de una bufanda emerge en el oleaje oscuro de los mercaderes, carroñeros y advenedizos del dolor ajeno. Muchos españoles, decíamos, no podían saber el pasado jueves que el ministro del Interior lleva sobre sus hombros no sólo la mochila de su dura etapa como juez, al igual que la llevan muchos de sus compañeros de toga, sino la experiencia propia, sufrida en sus carnes, de recordar cada día a un hijo fallecido. Y hacerlo además con la mayor naturalidad. Zoido, hombre de pueblo y de fe, cuida con esmero las liturgias del recuerdo sin publicidad alguna. Y en esa prelación de homenajes cotidianos figuran en posición destacada frases, repeticiones de momentos, lugares y, cómo no, algunos objetos especiales. Un polo, un cinturón, un rito, un bar, un estadio, un día señalado…

Recibir esa bufanda azul es aumentar, otra vez, el peso de la cruz de los recuerdos. Cuánto pesa la cruz, ministro, y qué pocos cirineos. Recordar es revivir. Tengan por seguro que el ministro se tragó el pasado jueves el llanto, la amargura y el desgarro como el padre que es, como el juez de pueblo que tuvo que mirar los cuerpos sin vida de tantos chavales antes de firmar el levantamiento. Los ministros no dejan de ser personas, padres o hermanos en una política huérfana de alma. Los reyes lloran cuando mueren sus padres e incluso piden perdón cuando se equivocan y, al hacerlo, salvan a la institución. Dejan ver el lado más humano. Ese rostro de Zoido descompuesto con la bufanda en una mano, como un boxeador vencido que se resiste a perder el equilibrio, revela paradójicamente su lado más fuerte. Con lo que había visto Zoido… Con la de veces que se ha tenido que agarrar al árbol de la cruz, nadie podía prevenirle de que la vida le sorprendería con un varetazo emocional de semejante calibre. La madre del pequeño Gabriel le regaló una bufanda de su niño a quien precisamente, sin que casi nadie lo sepa, lleva años luciendo el cinturón o una prenda de su propio hijo fallecido. La inmensa mayoría de los españoles no tienen por qué saberlo. Tal vez no sea trascendental para quienes están llamados a ejercer una fría fiscalización de la gestión pública. Pero sí es una historia cierta, hermosa para muchos, reveladora para otros o intrascendente incluso para algunos. El gran mérito del hoy ministro del Interior es que ha sido una persona que ha vuelto a sonreír después de haber sufrido la mayor desgracia que puede vivir un ser humano. El jueves soportó en silencio la tremenda losa que se le vino encima al recibir aquella preciosa prenda. Baste un ejemplo. Una persona anónima que perdió a un hijo antes que Zoido telefoneaba a Juan Ignacio frecuentemente y siempre comenzaba la conversación con la misma reflexión: “No sé cómo puedes sonreír”. Y Zoido nunca decía nada, guardaba silencio y esperaba a que el interlocutor se explayara de una vez en el motivo real de la llamada. Se tragaba con bravura el caudal de emociones y recuerdos que provocaba aquella maldita confidencia.

El ministro de la coraza volvió a sonreír a lo largo de su vida. Pero el pasado jueves se le puso la misma cara de un día de hace muchos años, un rostro tiniebla que sobresale y se distingue con nitidez de toda la parafernalia propagandística de la política, del hartazgo de las sobreactuaciones y del ruido cotidiano de los sables de unos contra los otros. La gran verdad de la política es que casi todo es mentira, porque la política está secuestrada por los aparatos de los partidos. El dolor de un padre, el ejemplo de un ser humano que abraza con dignidad la cruz de su destino, no entiende de mentiras, ni de ministerios, ni de otras alharacas de la vida pública. Si en las facultades de Bellas Artes se estudia la vida muchas veces desgraciada de un artista para comprender su obra, por qué no habría que tener en cuenta la trayectoria de los políticos para captar su verdadera dimensión y ponderar con justicia sus reacciones. El ministro de la bufanda azul es la mejor versión de Zoido. Esa prenda es el símbolo de sus mejores días como ministro, ironía macabra de un destino que siempre, siempre, parece que le tiene reservada una cruz a la espera de su abrazo.

  • Bravo

    Estimado Carlos:
    Enhorabuena por este relato tan de verdad. A mí no me cabe la menor duda en la verdad de Zoido y en la sinceridad de la madre, pero ¿nadie le va a reprochar al diputado su alegato? Este impresentable, magistrado, también habrá tenido que encontrarse en lo personal y en lo profesional, con la vileza del ser humano. Entonces ¿cómo se entiende su actuación?. Me encantaría saber lo que realmente opina su mujer, su hijos, sus amigos.. Está claro; todos piensan lo mismo pero callan. Espero las disculpas sinceras (o forzadas) porque un patinazo lo puede tener cualquiera. Ojalá tuviéramos listas abiertas. Le iba a votar su padre. Perdón, creo que ese tampoco.

  • Nuñezdeherrera

    Todas las pérdidas de hijos son dignas de consideración y de afectuosidad hacia los padres. Sin perjuicio de ello el sr. Ministro del Interior tendrá que ganarse su crédito por su labor en dicho Ministerio. La ausencia de efectivos policiales en la Madrugada del Viernes Santo, la falta de respaldo y condiciones adversas en las que tuvieron que cumplir su difícil misión en Cataluña no dicen bien de momento de la labor del sr. Zoido al frente del Ministerio. Lo cortés no quita lo valiente.