El manuscrito inédito de Soledad Becerril

Carlos Navarro Antolín | 13 de mayo de 2018 a las 5:00

PLENO DEL CONGRESO

La noche se precipitaba sobre aquella Plaza Nueva de 1995, marcada por el ruido del motor de los autobuses de Tussam de color butano. Todavía era alcalde el andalucista Rojas-Marcos, que se resistía a soltar el bastón, pese a que había conseguido solamente nueve concejales, uno menos que el PP de Soledad Becerril (Madrid, 1944) y también uno menos que el PSOE de José Rodríguez de la Borbolla. Alejandro había logrado ser investido alcalde en 1991 con el apoyo del PP, con Becerril de primera teniente. No solo no se llevaron bien nunca, sino que la relación fue siempre de mal en peor. Todo indicaba que, cuatro años después de la primera coalición, había llegado la hora de invertir los papeles para ser coherentes con el escrutinio. Los socialistas no sumaban suficientes ediles para gobernar con IU (cuatro concejales) y habían renunciado a tratar de hacerse con el gobierno coaligados con el PA. Borbolla había sufrido un duro ataque de Rojas-Marcos el primer día de campaña, cuando el andalucista lo acusó de tener manchadas las manos de sangre de los GAL. Aquella acusación hacía todavía más difícil cualquier entendimiento entre ambos líderes. Pepote, por encima de todo, aceptaba su papel en la oposición con diez concejales, los mismos que el PP, pero con tres mil sufragios menos. Soledad tenía la vía expedita y debía ser la alcaldesa al haber ganado en número de votos. No había dudas. Pero para su modelo de gobierno necesitaba el apoyo de los andalucistas, liderados por el ego inigualable de un Rojas-Marcos que a duras penas aceptaría que esta vez su lema electoral (ligeramente retocado) no le había bastado para mantenerse en la Alcaldía. Del ‘Amo Sevilla’ de 1991 al ‘Amo Sevilla, barrio a barrio’ de 1995, exhibidos en banderas muy llamativas colgadas en los balcones de muchas casas del centro y de lejos del casco histórico. Ni el brillo de haber sido el alcalde de la Expo le bastó para, al menos, repetir una vez más como alcalde. El PP y el PA negociaron la posible reedición del pacto de gobierno durante varios días de aquella primera quincena de junio. A la mesa se sentaban Jaime Bretón, por los populares, y José Antonio Hurtado, por los andalucistas. Los dos se llevaban muy bien. Se veían en casa de Alejandro, en la calle Castelar, pero sin la presencia del líder mesiánico. El PA endurecía cada día las condiciones, ponía cortapisas a todo, elevaba el listón de exigencias cuando más próximo parecía estar el acuerdo. Soledad se impacientaba. El Pleno de investidura, previsto para el 18 de junio, se acercaba sin que se oteara una solución para garantizar un gobierno sólido para una ciudad que seguía penando la depresión posterior a la Exposición Universal. Los andalucistas o, mejor dicho, Alejandro, interpretaban el papel de negarse al acuerdo. El líder se vendía muy caro. Hubiera bastado, en principio, con una permuta de puestos entre los dos líderes, pues el gobierno estaba rodado, los concejales controlaban ya sus áreas. El alcalde pasaría a primer teniente y la primera teniente al cargo de alcaldesa. Pero el PA ponía trabas continuamente. Tan cuesta arriba parecía el acuerdo que Soledad tomó un bolígrafo azul en su despacho de la Plaza Nueva y se puso a escribir la nota de prensa que haría llegar a todos los medios. Aquella noche del 17 de julio de 1995 escribió con letra picuda un texto hasta hoy inédito en el que, como curiosidad, se aprecia que Becerril rectifica la primera versión y opta por el plural mayestático tras haber empleado la primera persona del singular.

escrito Soledad Becerril

“Lamentamos no haber alcanzado un acuerdo para formar una coalición de gobierno. Desde luego hemos estado dispuestos a un acuerdo tan generoso como el que fuimos capaces de realizar en 1991, pero no podemos, ni queremos, en virtud de pacto alguno, renunciar a tener una Alcaldesa con todas las facultades que le confiere la ley, dialogante y generosa, pero una Alcaldesa revestida de autoridad y con las competencias que la ley establece y la ciudad merece”.

 

Minutos después de haber redactado la nota, con la toalla tirada y el complejo horizonte de un gobierno en minoría, todo dio un vuelco. Alejandro telefoneó a Soledad. Conversaron y, por fin, se cerró un acuerdo. Alejandro, cómo no, quiso erigirse en el conseguidor de la estabilidad para la ciudad. A última hora, como el Séptimo de Caballería. Sin foto oficial. Nunca la hubo, ninguno la quiso. Soledad pudo por fin ser la alcaldesa y él acabó aceptando ser el primer teniente de alcalde. Alejandro se reservó las vicepresidencias ejecutivas de la Gerencia de Urbanismo y del Instituto Municipal de Deportes, dos organismos que concentraban las principales partidas económicas. El PP retenía delegaciones como Hacienda, Fiestas Mayores y Parques y Jardines. Aquel manuscrito se quedó en el archivo y veintitrés años después ve la luz en las páginas de este periódico.

Con ocasión de las elecciones municipales de 1999, cuatro años después, a esta veterana de la política le tocó vivir otro proceso con Alejandro Rojas-Marcos nuevamente enfrente, y con Alfredo Sánchez Monteseirín liderando la lista socialista. Soledad ganó las elecciones de nuevo, pero Alejandro esta vez fue quien directamente le puso muy cara la posible tercera edición del pacto de gobierno. Ambos se entrevistaron un día de la primavera baja en el Real Alcázar. Soledad aguardaba nerviosa a todo un zorro de la política como el líder andalucista. Ella entretenía la espera sacudiendo el polvo de las cortinas del despacho reservado para la Alcaldía en los palacios almohades. En cuanto Alejandro llegó afloraron las tensiones: “No irás a pactar con Monteseirín con lo que suda, ¿no?”. Soledad creía entonces que repetiría cuatro años más como alcaldesa. Veía muy improbable que los andalucistas se echaran en los brazos del PSOE. “A ver cómo explica Alejandro un pacto con los socialistas cuando vaya por Trifón o Casa Moreno”. Olvidó que en política se tarda un minuto en fabricar un buen argumentario. Estaban frente a frente dos políticos que se evitaban, que procuraban no hablarse. Soledad barajó incluso la posibilidad de gobernar en minoría. Pero el PSOE esta vez apretó, estaba deseando recuperar la Alcaldía de Sevilla. Rojas-Marcos recibió a Manuel Chaves en su casa aquel mismo día en que se había celebrado el encuentro de alta tensión en el Alcázar. Alejandro exigió la construcción de la Línea 1 del Metro y la Gerencia de Urbanismo a cambio de la Alcaldía. El presidente de la Junta llamó al consejero Vallejo delante del andalucista y le marcó la prioridad del Metropolitano. El pacto estaba sellado. El alcalde sería el hombre que suda, el que no había ganado las elecciones, pero sí las primarias a Rodríguez de la Borbolla. Becerril reaccionó con un artículo en prensa que algunos interpretaron como un tardío cheque en blanco entregado al PA. El entonces secretario general del PP, Javier Arenas, entró en juego muy tarde: “Hombre, Alejandro, cómo no vamos a hablar tú y yo y tomarnos una cerveza”. Y el andalucista zanjó: “Cerveza cuando quieras, del pacto no hay más que hablar”. A la alcaldesa saliente no le quedó otra que apelar a la honra para justificar el que, cuando menos, fue un error estratégico que privaría al PP de la Alcaldía durante doce años. El día de la toma de posesión en el Salón Colón, recurrió nada menos que al alcalde de Zalamea para salir del paso: “Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor… Es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. La ambición de Alejandro por el control de las caracolas de la Gerencia generaba en ella temores difíciles de paliar. Dicen que no quería verse haciendo el paseíllo en los juzgados.

SEVILLA/27/02/2008/ FOTO: GARCIA CORDERO/  Soledad Becerril

Becerril siempre se ha caracterizado por ser fiel seguidora de las directrices de la Dirección General de Tráfico: la seguridad está en guardar las distancias. Y ella siempre las impone de tal forma que un halo de elitismo envuelve su figura, sellada además muchos años con el celofán del poder. No da nunca excesivas confianzas, como tampoco da besos, menos aún si se trata de un señor con barba. Se limita a acercar la cara. Está en las antípodas del político abrazafarolas. Tanto escrúpulo también lo ha aplicado en la gestión. Jamás se ha venteado una factura a su nombre por comidas o viajes frívolos. Y conocida era su costumbre de ir apagando las luces de las estancias del Ayuntamiento, tanto como el escozor que le producía que las velás de los barrios fueran subvencionadas. No lo entendía, pero tampoco se atrevió a cortar el grifo.

Culta, políglota y rigurosa. Dicen que su elitismo (para algunos puro clasismo) se cultiva en hondas relaciones con destacados miembros de la izquierda ilustrada, hasta el punto de que algún caballero maestrante la conoce por la marquesa roja. Amante de las tertulias con grandes literatos y filósofos, más aún si son en Ronda. Basta un ejemplo: ella fue quien hizo posible que el mexicano Carlos Fuentes pronunciara el pregón taurino de 2003, como el propio escritor nos contó por teléfono desde su residencia de Londres. Y conocidas son sus relaciones con pintores de primera fila como Juan Lacomba, Carmen Laffón y Teresa Duclós.

Ese elitismo, ese manejo perfecto de las distancias con un leve barniz de timidez, nunca le ha impedido ser reconocida y hasta vitoreada por la gente de a pie que la sigue reconociendo como alcaldesa, no sólo en Sevilla, sino en Dos Hermanas, Utrera o Marchena. Tal vez en muchos casos sea por la afición del marujerío hispalense por desenrollar la alfombra roja ante personajes con cierto halo aristocrático. En un acto en Fibes la recibieron con alabanzas a su belleza, lo que encendió a una conocida concejal andalucista: “Lo que me faltaba por oír. ¡Que a Soledad la jalearan también por guapa!”.

Monteseirín le arrebató la Alcaldía en 1999. Cuando en 2000 murió su admirado Jaime García Añoveros, Soledad, ya ex alcaldesa, fue a casa del ex ministro de la UCD a darle el pésame a su familia. Justo cuando salía de aquel portal del barrio de Los Remedios, entraba Alfredo. Dos señoras comentaron: “Mira, la alcaldesa. Y el que entra… Creo que es Monteseirín”.

Le encantan la música, la ópera, los escritores y, por supuesto, los arquitectos, por los que tiene especial predilección. El edificio de Moneo en el Prado debió ser su gran obra material, pero se quedó en los planos al ser orillada de la Alcaldía. Consiguió, al menos, que Rojas-Marcos no se saliera con la suya y convirtiera todo el Prado en una gran explanada. “Este hombre quiere hacer aquí una gran Plaza de Tiennamen, qué horror, qué horror”. Y gracias a la perseverancia de Soledad se plantaron muchos árboles y se obró el milagro de la sombra.

Nunca fue semanasantera y mucho menos feriante. En sus oídos chirriaban los estrenos que le contaban los hermanos mayores en las visitas matutinas a los templos, pero sí le encantó eso de agasajar a Plácido Domingo y a su mujer en los palcos municipales. Una aficionada al té tiene poco que hacer en la Feria. Las fiestas mayores consumen demasiado tiempo para quien está obsesionada con la formación. Conocidas son sus opiniones sobre el exceso de bares que hay en Sevilla y el riesgo de que España, y en especial Andalucía, quede relegada a ejercer el papel de taberna de Europa.

La vitola de la UCD siempre la ha acompañado. Dicen que ha sabido vender a la perfección su condición de primera ministra de la Democracia, aunque sólo ejerciera como tal un año. Quizás por su orgulloso pasado centrista ha sentido siempre recelo por el sector franquista del PP. Nunca se le ha encuadrado en ninguna familia del partido. Nunca ha perdido su individualidad en una organización tan encorsetada como es un partido político. Por el ‘aparato’ no sentía precisamente simpatía. Si siendo alcaldesa recibió algunas orientaciones estratégicas llegaron del exterior, acaso de algún articulista de opinión o de algún escritor, siempre procedentes del progresismo intelectual capaz de relacionarse con los sectores conservadores.

Arenas y ella se han entendido lo justo, nunca se han perdido de vista. Y con Aznar se ha comunicado sin intermediarios. Se le reconoce su decisión de abandonar su acta de diputada cuando logró hacerse con la Alcaldía, sin necesidad de que una ley obligara a no acumular cargos.

No le gustaba nada que sus ediles acudieran a la copa de Navidad que Rojas-Marcos ofrecía en su casa de Castelar, santuario de peregrinación del andalucismo en aquellos felices años. Alguno del PP siempre rompía la disciplina y acudía al besamanos alejandrino por las pascuas, al igual que uno la rompió años antes (Manolo García), cuando Fidel Castro acudió al Ayuntamiento el Día de Cuba en la Expo’92. Tal era la tensión en el gobierno de coalición que cuando había que comunicar algo a los socios del PA, encomendaba esta función a alguno de sus jóvenes concejales. Ella, como ya se ha dicho, siempre evitaba el contacto directo con Alejandro.

Su sueño incumplido es haber sido la primera reina maga de la Cabalgata. No conocía horarios a la hora de trabajar en el Ayuntamiento, en tiempos aún sin teléfonos móviles, pero con aquellos buscas que pitaban reclamando la atención de concejales a las horas más intempestivas. Su amor por los árboles la llevó a impedir la tala de los laureles de Indias que hay delante del Banco de España, como pedía el Consejo de Cofradías para ganar terreno para más palcos. No quería a políticos en las empresas, sino a técnicos. Cortaba a las doce las cenas de compromiso. “Señores, nos vamos a ir, ¿verdad?”. Las horas de sueño son sagradas, casi tanto como la regla por la que todo caballero debe tener un abrigo azul de cashmere. Y si el asiento del AVE es individual, mucho mejor. Salvo que el viaje sea con Albendea, uno de sus grandes partidarios.

Hace pocos meses que los concejales de antiguas corporaciones municipales se reunieron en el Ayuntamiento y almorzaron posteriormente en el Hotel Inglaterra. Coincidieron de nuevo Alejandro y Soledad. Entre ellos hubo un frío polar reeditado. Los autobuses hoy son de color carmesí y ya no llegan hasta la misma Plaza Nueva. Hay un tranvía, un alcalde en minoría y un líder de la oposición que estudiaba Derecho cuando Soledad escribió aquel texto que hoy ve la luz. Alejandro sigue negándose a medallas y reconocimientos. Alfredo gana en imagen cada día que pasa después de doce años de alcalde. Y, por cierto, sigue sudando mucho en verano. El manuscrito inédito de Soledad reflejaba ya en 1995 la misma posición que adoptó cuatro años después y por la que pagó la tarifa de no ser alcaldesa a cualquier precio. Hay quien sigue prefiriendo los principios al poder. Como el que prefiere el autobús al tranvía.

  • Nazareno

    Fue el 23 de febrero de 1997. Actos del “50 aniversario de la inauguración del Hogar San Fernando y la llegada de la congregación salesiana”. Fechas antes, miembros de la comisión organizadora, de la que yo formaba parte, atendiendo a nuestra solicitud protocolaria, fuimos atendidos en el Ayto. por la alcaldesa Soledad Becerril en un saloncito rojo con una larga mesa de caoba y con sillones también tapizados de rojo. El ruego iba en forma de solicitar su presencia para aquella efeméride que se celebraría en el salón de actos del colegio de la Trinidad. La Sra. alcaldesa, en todo momento se mostró atentísima con todas nuestras explicaciones, nos preguntó sobre la historia de nuestro antiguo Hogar, de nuestras perspectivas para el futuro y en ningún momento mostró prisa ni inquietud por terminar la entrevista. En medio de su promesa de acudir a la celebración si no se lo impedían sus obligaciones de agenda, todos quedamos agradecidos por su exquisita amabilidad y por la atención demostrada. Una señora con todos los índices de la palabra.
    Fue que acudiría al acto. Un video casero hizo testimonio de aquella larga jornada y que, por precaución y suerte, guardo en dvd. Los presentadores lo hicieron con sus escritos leídos. La alcaldesa, de pie y con meras anotaciones, lo hizo con una exposición muy bien planteada y sin prácticamente mirar el papel.
    Lo dicho, una auténtica señora. Así que me uno al reconocimiento que hoy se le tributa; y conste que, mi sentido del voto iba por otro lado, no la había votado nunca ni tampoco lo haría después.