Todos con un robot en diez años

Carlos Navarro Antolín | 9 de julio de 2018 a las 20:45

Presentaci¿n de un robot, con forma de rana, que servir¿ de gu¿a para turistas

Imagen de archivo de un robot que hace de guía turístico en el Real Alcázar

Los robots están ahí, han llegado como el tapicero a su ciudad, señora. Más de la mitad de los empleos andaluces se verán afectados en diez años por la automatización, sobre todo si se trata de jóvenes con escasa formación, según el estudio de la Asociación de Empresarios del Sur de España (Cesur), que alaba la mejora en la cifras del desempleo. A mayor formación, menor es el riesgo de que un robot te mande a sufrir los lunes al sol. Y si nuestra actividad profesional requiere de muchas habilidades cognitivas e intelectuales, más difícil será que el robot nos derribe como el toro al caballo por mucho que embista contra el peto de la competitividad. Del estudio de Cesur concluimos que por mucho que el mundo sea cada día más globalizado y esté más tecnificado, siguen vigente los valores de siempre que algunos pretenden orillar: la lectura como ejercicio intelectual, la necesidad de formación humanística y el desarrollo de un perfil que nos haga distintos y por tanto difíciles de ser sustituidos por una máquina. Y ninguna de estas virtudes, qué cosas, se consigue sin hincar codos previamente, sin la fundamental adquisición del hábito de estudio, sin conocer de dónde venimos, sin practicar la memoria (no la memorieta), el espíritu crítico (no la crispación de las redes sociales) o la escritura (no el tuit que simboliza el pensamiento ligero de hoy). Quién nos iba a decir que el mejor blindaje para seguir en el mercado de trabajo en la Andalucía de los próximos diez años sería el desarrollo del intelecto, cuando justamente algunos comerciales de la Educación nos venden un futuro donde todo queda reducido a saber relacionarse en equipos, hablar idiomas y estar dispuestos a aceptar un empleo en la India. Alguno ha malinterpretado a conciencia la enseñanza de don Alfonso de Cossío, que cuestionaba para qué aprenderse los artículos del Código Civil pudiendo llevar el pequeño volumen bajo el brazo. El problema de hoy, aplicado al ejemplo descrito, es ignorar cuestiones preliminares básicas: qué es un código, quiénes impulsaron el derecho codificado o cómo se sistematiza un código. La mera indagación de datos sin el cultivo previo de la memoria productiva (esfuerzo) conduce al conocimiento frío, no digerido y que, por lo tanto, no produce beneficios reales en el sujeto. Estudiar no es divertido, por mucho que nos lo repitan. Es una actividad seria que requiere de esfuerzo y que, por supuesto, puede resultar edificante.

Corremos el riesgo de alentar generaciones de alumnos capaces de hablar varios idiomas pero de no saber escribir tres frases seguidas correctas en la lengua materna. Más que nunca, lo reitera el referido estudio, es necesario el ejercicio intelectual. Ya se sabe que los grandes economistas, qué revelador, han sido filósofos antes que nada.

Lejos de ver la robotización como una amenaza, conviene apreciarla como una ayuda, un acicate, una oportunidad para mejorar la producción. A veces más valdría que un robot nos sirviera el café o nos vendiera el periódico, dado el poco esmero del sector servicios. Seguro que el robot te cambia el tenedor sucio por uno limpio en el segundo plato, te responde las gracias, te las da directamente, como hace la máquina de tabaco, o incluso te pone directamente el vaso de agua junto al café sin necesidad de reclamarlo. Un robot podría ejercer la oposición en el Parlamento de Andalucía como Dios manda, regular la parada de taxis en el Aeropuerto, crear un sistema de sombra en la Avenida para las horas de máximo calor, o escrutar el público que cada día de festejos se concentra en la Puerta del Príncipe para chivarte quiénes son los trincones de foto que se colocan por segundo o tercer día consecutivo.

Hasta podríamos esperar la fabricación de un robot con cierto malaje, sello distintivo de la eficacia en versión local.

Del interesante estudio de Cesur, llama la atención la caída de la industria de la madera y el corcho y de otras asociadas a las actividades de la construcción. Habría que precisar a qué corchos se refiere, porque tenemos claro que hay determinados corchos de la sociedad sevillana que han resistido estupendamente la crisis, como se ve en las fotos de los actos y otros saraos, pero esto ya es digno de otro estudio. Y se necesitará un modelo de robot de vanguardia para quitar a algunos de las fotos, porque los hay que han sacado cum laude en el máster de habilidades.


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