El portaaviones Colón

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2017 a las 5:00

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SEVILLA no tiene playa por mucho que Alejandro Rojas-Marcos se empeñara. Aquí las olas son de calor, las oleadas son de robos en los comercios de Regina y los oleajes, fuertes oleajes, son en la Madrugada que perdimos. Sevilla cada vez tiene la Feria más larga y la sombra más corta. Sevilla no tiene un urbanismo suave pese a que la ciudad se somete a su particular travesía del desierto durante seis meses, somos peregrinos bajo un sol despiadado en la ciudad donde se fundó Quitasol, sublime contradicción. La sombra vendo, la sombra nos arrebatan. No hay Leopoldo que nos eche el toldo. Somos el sol, vivimos con el sol, nuestra cultura es de sol, de aire libre. Nuestro modo de vivir es en la calle, nuestro concepto de uso de los espacios públicos forma parte de la identidad colectiva. La ciudad, sus hábitos, van en un sentido mientras los responsables de diseñar las calles y plazas recorren justo el opuesto. Choque frontal entre el sentido común y el disparate. La Gerencia de Urbanismo y la ciudad parecen vivir en un divorcio perpetuo. El urbanismo de Manuel del Valle nos dejó una ciudad endurecida que Soledad Becerril trató de reparar con los jardines del Prado. El de Zoido nos ha legado un Paseo de Colón árido, una suerte de segundo capítulo de la barbaridad de la Avenida de la Constitución que perpetró el equipo de Monteseirín. Este Paseo de Colón es un perfecto portaaviones con pista expedita para el despegue de turistas con la piel enrojecida, salmonetes de mochila, chanclas y botella de agua. Los técnicos de la Gerencia de Urbanismo son fieles seguidores del mininalismo de estilo NH, de la arquitectura tipo tanque de tormenta y, por supuesto, de extensiones de terreno sin un palmo de sombra, todo lo cual rematado con un sonriente autorretrato que se guarda en los archivos del organismo autónomo cuando la fotografía debería estar en la galería de los horrores. ¿Para cuándo la medalla de oro de Sevilla a la Gerencia de Urbanismo por recrear el primer portaaviones netamente hispalense? Dicen que Sevilla es un estandarte de la industria aeronáutica, pues también lo es de la naval en pleno casco antiguo. Aquí seguimos teniendo los astilleros bien cerquita del río, hemos fabricado un insufrible portaaviones junto a la Torre del Oro, Arenal de Sevilla, como se fabricaban los barcos en las antiguas Atarazanas.

En este portaaviones sólo se echa en falta algún material de hierro chorreado tan de moda en los arquitectos de la post-Expo. El hierro chorreado vale para una casa de hermandad (Candelaria), un restaurante (la visera del Abades), una parroquia (San Vicente) o cualquier plaza dura (bajos del puente del cachorro , junto a la estación de autobuses Plaza). El hierro chorreado es la maldición del tiempo que nos ha tocado vivir, como lo son el cemento sin ninguna muestra de misericordia en forma de agua y sombra. Alejandro soñó la playa, Zoido inventó una Navidad con camellos y sólo le faltó prometer que acabaría con el calor.
Sevilla es una ciudad sin oasis donde el trazado urbanístico de la Judería nos enseñó hace un puñado de siglos cómo ganarle sombra a la ciudad del sol. Pero preferimos no aprender del pasado e inventar nuevos errores y perseverar en ellos. Yhasta jactarnos con un autorretrato que –ya que está la plaza de toros tan cerquita– es todo un pase de la firma que sólo merece una lluvia de almohadillas procedentes del graderío, del graderío del sol, naturalmente. Porque de la sombra, ni mú. Silencio. No existe. Ni se le espera.

Zoido fue un visionario. A falta de sombra trajo camellos. Fue el que tuvo claro que buena parte de Sevilla se había convertido en un desierto gracias a la gestión de gobiernos de diferentes colores. Y decían que no tenía modelo de ciudad. El portaaviones Colón es el mejor símbolo de la gestión de los espacios urbanos de los últimos 25 años. Quiten a San Isidoro y San Leandro del escudo de la ciudad como pretende la izquierda rancia, y pongan cemento y un camello. Hay que jorobarse.

 

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Los padres son meros guardadores

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2017 a las 5:00

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LOS padres ya no existen. Los padres son guardadores de sus hijos. La patria potestad queda recortada. Reducida. Depreciada. Hay una reducción al Pedro Ximénez como hay una reducción del padre al guardador. O guardadora. Los padres son eso: guardadores. O, mejor dicho, persona guardadora primera y persona guardadora segunda. Ya ni siquiera son padre y madre, ni titulares de la custodia, ni progenitores A o B, ni tutores… Meros guardadores. Hay guardadores de fincas urbanas, que eran los antiguos porteros que fueron orillados por los telefonillos, interfonos o fonoportas, como hay guardadores de hijos, que suena a canguros, cuidadoras o monitoras que entretienen a los nenes mientras los padres salen a cenar, al cine o de escapada. Pues eso son los padres: meros guardadores. Así consta en los pliegos de solicitud de matrícula que se publican en la web de la Consejería de Educación de la imparable Junta de Andalucía. Tantos papeles desempeñan los padres de hoy que han terminado perdiendo eso: el papel. Qué desastre. Ya sabemos que el divorcio deja al padre (varón) como cajero automático y, en el mejor de los casos, como custodio de los hijos en fines de semanas alternos. Los padres de hoy son de todo menos padres. Son transportistas enfurecidos en un atasco cotidiano, proveedores de ocio los fines de semana, monitores de cumpleaños en ruidosas hamburgueserías, administradores de la agenda de deberes y gestores de la agenda social de los churumbeles, animadores socio-culturales, hinchas indecorosos en la grada del colegio cuando hay partidos de fútbol de la muchachada, camareros y otras múltiples funciones de servicio (servilismo) a los vástagos. Con tal de no estar en casa, hay padres con la lengua fuera por las tardes para llevar a los niños a esas actividades extraescolares que se amplían incluso a los fines de semana. Qué horror.
Estar en casa no mola. El aburrimiento no cotiza. El hábito de estudio debe ser eso: una prenda. Todos a la calle, a mover la noria, de aquí para allá. La familia que se desplaza unida permanece unida. Al menos hay que agradecerle a la Junta que siga considerando que los padres son personas. Persona guardadora primera y persona guardadora segunda. Es todo un detalle. Las vueltas que dan algunos para no poner jamón en una cena y las que dan otros para no llamar a las cosas por su nombre e ir laminando del vocabulario todo lo que tenga que ver con el concepto retrógrado, fascista y rancio de familia. Tururú.

Padres reducidos a guardadores son, sobre el papel, padres con menos funciones y con menos competencias en la libre elección del modelo educativo de los hijos. Ustedes limítense a guardar al hijo como el que guarda los abrigos en un cotillón, que para educar ya está la Junta. Ya teníamos a los profesores con pies de barro, desautorizados por la Administración en cuanto un alumno se pone gallo (pastas), y poco a poco iremos teniendo a los padres también con el pedestal de la autoridad no agrietado, sino devastado. Primero orillaron las humanidades y nadie dijo nada. Después quisieron quitar los deberes y todos callaron en favor de una visión hedonista, carente de obligaciones y donde se sublima el disfrute. Seguidamente colocaron a los padres y a los alumnos en situación de poder frente a unos profesores arrodillados a la fuerza y nadie protestó. Ahora los padres quedan instrumentalizados por los nuevos roles impuestos por la sociedad de consumo y por la propia Administración en su lenguaje premonitorio. Y tampoco nadie dice nada. El alumno es el nuevo emperador subido a la cuadriga que arrastran los corceles de un poder político cortoplacista y del complejo de unos padres debilitados. Silencio, se educa. Los cuervos de hoy –tengamos esperanza– pagarán mañana unas buenas pensiones a sus guardadores.

El hábito de estudio, el esfuerzo y el cultivo de la memoria seguirán sacrificados en el altar de una educación edulcorada, de engañabobos, donde el aprendizaje se maquilla con técnicas supuestamente divertidas y donde el padre no es padre sino persona guardadora. Un canguro, un tato. O una cangura, una tata, para que no se ofendan los de la ideología de género, menudo género. Anoten un nuevo motivo de discusión en el matrimonio, sociedad, pareja, colectivo, UTE o como quieran llamar a la unión: quién se coloca de persona guardadora primera y quién de segunda. Ahí hay lío. Playa o montaña. Semana Santa o Feria. En tu casa o en la mía. ¿Y por qué no hay persona guardadora tercera, cuarta y quinta? España va camino de la plurinacionalidad. Y la familia hacia dónde va: hacia lo que rima con badajo. Yque circula cuesta abajo.

Espadas sin complejos

Carlos Navarro Antolín | 5 de junio de 2017 a las 5:57

JUAN ESPADAS VISITA EN MERCADO DE LOS REMEDIOS PARA ANUNCIAR PEATONALIZACIONES

Justo ahora que el PP inicia un incierto proceso de transformación, el alcalde Juan Espadas anuncia a bombo platillo un programa de inversiones en Los Remedios, el distrito azul de la ciudad por antonomasia, donde el PP saca el mayor porcentaje de votos de toda España, por encima del que obtiene en el barrio de Salamanca de Madrid. Espadas se mete en terreno teóricamente hostil, sabedor de que los sectores conservadores de la ciudad están encantados con su talante moderado, su asistencia a las citas tradicionales, su buen entendimiento con las cofradías y su capacidad para hacer como el que gobierna sin los apoyos de la izquierda radical. Sabe mejor que nadie que los votantes del PP castigan la indolencia de su partido, entretenido en las refriegas internas del tardozoidismo. La de Espadas es la misma estrategia inteligente que usó Zoido entre 2007 y 2011, cuando se metía un día sí y el otro también en los barrios obreros, en las chabolas del Vacie, en las cocinas estrechas de los pisos de los polígonos: “Señora, buenas tardes, soy Juan Ignacio Zoido y he cocinado este bizcocho para usted”. Espadas se ha venido arriba a base de no tener quien le lleve la contraria en la Plaza Nueva, más allá de algún pellizco de monja. Tiene que aprovechar que el PP está con la guardia baja y que las encuestas le darán buenos augurios cuanto más tiempo se mantengan las circunstancias actuales. Zoido jugó la carta de no parecer del PP. Y Espadas juega la de parecer del PP.

El retorno de la dama al balcón

Carlos Navarro Antolín | 4 de junio de 2017 a las 5:00

Soledad Becerril

EL profesor Márquez Villanueva evocaba su infancia sevillana desde su despacho universitario en los Estados Unidos con una frase que tenía el efecto de un aldabonazo: “Nací en una casa de la calle Oriente que ya no existe”. Es difícil que tan pocas palabras encierren tanto desgarro. El imposible retorno al lugar donde se tomó conciencia primera de las cosas es una cruz particular que muchos llevan en su interior. Casas que ya no existen, colegios derribados, calles transformadas hasta ser irreconocibles, con la piel mudada, los comercios clausurados de los que acaso queda el pastiche de una fachada y los rótulos viejos sobre una pared descascarillada… El pasado es una mano que de vez en cuando aparece tendida y nos invita a entrar en un mundo que puede resultar explosivo para los sentidos.

Hay quien tiene la suerte de poder hacer ese viaje fugaz al pasado, de reencontrarse con la casa en la que nació, el colegió donde estudió, el templo donde se casó, el hotel donde se hospedó y el despacho donde trabajó. En definitiva, hay afortunados que tienen la opción de conservar los escenarios de su vida, de tenerlos como acudideros en momentos de zozobra o, incluso existiendo, de mantenerse firmes en su intención de no volver nunca a ellos, una especie de desprecio al pasado o de franciscana perspectiva alegre de futuro.

La ex alcaldesa Soledad Becerril estuvo el otro día en el Ayuntamiento por un asunto relacionado con la Fundación Jiménez Becerril. Hace dieciocho años que dejó el cargo de alcaldesa. Aquel verano de 1999 consideró cerrada su etapa municipal. Cuando acabó la entrevista formal con el actual alcalde, Juan Espadas, la ex alcaldesa miró hacia el balcón del despacho, sintió que la mano del pasado la invitaba a entrar en el túnel del tiempo y pidió salir a esa preciosa balconada de la que disfrutan los alcaldes de la ciudad. Quiso experimentar de nuevo la sensación de ser alcaldesa por unos minutos, cuando ella miraba por ese balcón en sus últimos meses en el cargo: la Avenida estaba abierta al tráfico, los autobuses eran naranjas, el tranvía no existía y ya sentía el doloroso vacío de Alberto Jiménez Becerril y su mujer. Las dos damas se miraron una a otra. Sevilla y Soledad. Soledad y Sevilla. Soledad echaría de menos los árboles, ay sus árboles, en aquellos años en que se convocaba a los concejales con un pitido en el busca y no por teléfono móvil, en esos tiempos en los que Filella era una confitería, la Avenida un rosario de bancos, zapaterías y cafeterías, la Catedral se ennegrecía por efecto de la polución del tráfico, el Metro no existía y la tesorería del Ayuntamiento sufría la depresión de los años posteriores a la Exposición Universal.

Soledad miró a Sevilla desde uno de sus balcones con mayor lustre. Quiso volver, veinte años no son nada. Se atrevió quizás a evocar los días en que apagaba las luces de los despachos para no engordar la factura de la luz de la Casa Consistorial y cumplía con las tediosas visitas matinales a las hermandades (“¿Qué estrenáis, qué estrenáis?) con esas frases repetidas aposta, un recurso de oratoria que ella empleó mucho antes que Arenas (Javié).

No temió la dama mirar al pasado como nunca temió seguir paseando por Sevilla después de ser alcaldesa. Pudo seguir siendo alcaldesa, pero no estuvo dispuesta a pagar determinados precios. Otros sí pusieron tierra de por medio durante un tiempo, otros sí guardaron una suerte de luto para volver a volver, que diría la canción. Ella miró al pasado porque, al final, la memoria selectiva va limando las aristas y va peinando los flecos enredados de los sucesos más agrios para, al final, indultar los episodios más entrañables y enriquecedores.

Hay toreros que se sacuden las zapatillas y no vuelven a una plaza, alumnos que jamás pisan el aula donde fueron suspendidos y fieles que nunca retornan al templo donde soportaron el aguacero de una mala boda. Soledad volvió a su despacho y quiso que le abrieran ese balcón donde hay una vista privilegiada que se reserva a los alcaldes y sus invitados. Quien no teme mirar cara a cara al pasado es porque tiene la conciencia tranquila. Sólo los honrados pueden hacer esos viajes interiores de ida y vuelta. Y colocar en el epitafio de una etapa el mensaje rotundo que lo dice todo: “Hice lo que pude”.

Ella podrá afirmar algún día: “Trabajé en un despacho como alcaldesa con un balcón que sigue existiendo”. El balcón está intacto. La ciudad es como un hijo, que según crece van cambiando los problemas que genera. Los autobuses naranjas se volvieron rojos. La Catedral está más blanca gracias a la limpieza. Apareció el tranvía con su muñidor. Se fueron los bancos y llegaron las cafeterías franquiciadas de veladores estrechos para clientes escuálidos. “¿Y los árboles?”, preguntaría quizás como el que se interesa por un familiar. Y alguien, después de unos cruces de mirada y de un espeso silencio, le diría a la ex alcaldesa con la mirada baja: “Los árboles murieron”. Y entonces se agrietó la bella porcelana del pasado.

A Moragas le llaman al orden por fumar en el Alcázar

Carlos Navarro Antolín | 31 de mayo de 2017 a las 5:00

MORAGAS PRESENTA CAMPAÑA ELECTORAL PP

Ocurrió en la recepción oficial a los participantes en el foro foro hispano-británico celebrado en Sevilla para analizar el Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Los altos representantes admiraban el Patio de la Montería, guiados por el alcalde de la ciudad, Juan Espadas, cuando alguien del séquito municipal advirtió que un señor trajeado encendió un pitillo sin ningún tipo de reparo. En las estancias de los Reales Alcázares, que no olvidemos que son patrimonio de la humanidad, está terminantemente prohibido fumar. Se cuidan tanto los detalles de uso del monumento que hasta hay hora tope para las celebraciones. Aún así, alguien hizo la consulta a la conservadora –allí presente– para cerciorarse de la normativa aplicable. La respuesta fue tajante: no se admite fumar ni siquiera en los espacios abiertos. De hecho, no existen ceniceros en ningún rincón, ni en ningún despacho. El fumador era nada menos que el diputado Jorge Moragas, director del gabinete del presidente Mariano Rajoy y hombre fuerte desde hace años en el área de relaciones internacionales del PP. Se le llamó la atención con discreción, el hombre se quedó algo absorto y preguntó qué hacer con el cigarro. “Lo apaga y se lo mete en el bolsillo”, le dijeron. Moragas se quedó sin fumar. Por un Alcázar cardiosaludable.

En la fiesta de Juan Bueno

Carlos Navarro Antolín | 30 de mayo de 2017 a las 5:00

Fiesta bueno

LOS homenajes en Sevilla los carga el diablo. ¿Cuántos cazadores no despiden a sus presas, ya cazadas y desplumadas, con el correspondiente homenaje de cena, discurso y placa? En Sevilla homenajeamos muy bien, estupendamente, se nos da de cine. Aquí se jubila del cargo un presidente del Consejo de Cofradías y sale organizada una cena de 600 comensales en dos minutos. Se jubila (o jubilan) un cardenal que ha gobernado 28 años y todavía estamos esperando a que haya un homenaje masivo de la sociedad civil como Dios manda. Las varas de medir son de cualquier manera. A Monteseirín, por ejemplo, le dieron su homenaje en las setas tras doce años de alcalde. En vez de a puerta cerrada, que así fue, alguien dijo con cierta guasa que fue a setas tapadas porque a la prensa no la dejaron acercarse. El otro día le dieron su homenaje al bueno de Juan Bueno tras cuatro años de presidente del PP sevillano. Fue un homenaje a plaza partida, que se decía de los antiguos espectáculos taurinos. Pero no porque acudiera sólo la parte que apoyó a Juan en el XIV congreso de la formación, sino porque asistió la mitad de la mitad de los que lo votaron. En la fiesta de Juan, que no era la de Blas ni la gente –válgame Dios– salía con varias copas de más, hubo muchas ausencias. Notables ausencias. Reveladoras ausencias. De la famosa mesa camilla que dicen que ha gobernado el PP en los últimos tiempos no fue nadie: Ricardo Tarno estaba con los asuntos de la OTAN que le corresponden como diputado nacional, y José Luis Sanz con los de sus dominios de Tomares que le corresponden como alcalde. Tampoco se dejó ver el ministro Juan Ignacio Zoido, que al día siguiente tenía el coñazo del desfile de las Fuerzas Armadas en Guadalajara, dicho sea según la expresión de Rajoy a micrófono abierto, ¿recuerdan?. El presidente del Gobierno, por cierto, se borró del desfile este año para ir a dar una conferencia a Sitges. Don Mariano, usted sí que sabe.

Tampoco, por supuesto, fue Arenas a la fiesta de Juan, a pesar de que tanto elogia siempre a Bueno en sus discursos. El lince no apareció, el lince anda moviendo las piezas del nuevo orden del PP sevillano. Hablando del nuevo orden, tampoco estuvieron Los Pérez: ni Virginia ni Beltrán. ¿Pero el PP de Sevilla no era una gran familia donde todos estaban ya la mar de contentos, pidiéndose perdón por las esquinas y dándose abrazos de costaleros con besos triples en las mejillas? Unos no fueron porque no podían, otros porque alegan que no se les convocó.

Las ausencias no serían por el precio de la fiesta. Se estipularon cinco euros para el merecido obsequio. Las consumiciones eran de Bollullos.

–¿Un cáterin de la provincia?
–No, de Bollullos es que cada uno se paga lo suyo.

La cosa no era gravosa. Asistió algún primer espada como el subdelegado del Gobierno, don Ricardo Gil-Toresano, que le debe el cargo a Zoido y Bueno y que, además, el sitio (La Raza) le cogía cerca de la alcoba (Plaza de España). A Gil-Toresano le diseñaron el festolín con escuadra y cartabón, como Curro Pérez le cuadra las agendas de los lunes al ministro Zoido: un actito en Sevilla para alargar el fin de semana.

El nuevo secretario general, Juan de la Rosa, no faltó, como tampoco lo hizo José Miguel Luque. En la heráldica del buenismo bien podrían aparecer Luque y de la Rosa como los particulares San Isidoro y San Leandro del bueno de Juan Bueno.
Hubo concejales como María del Mar Sánchez Estrella, Pía Halcón, Ignacio Flores y Jaime Ruiz, y diputadas provinciales como Carolina González Vigo. El portavoz del Grupo Popular en el Ayuntamiento, Alberto Díaz, hizo acto de presencia algunos minutos.

Quizás alguien debió pensar en una fecha más idónea para celebrar el homenaje. Tal vez se precipitó la convocatoria. Juan Bueno es un personaje que no tiene aristas pese a todo lo que ha soportado en el último año. Siempre correcto, siempre educado, alejado de las formas agrestes de otros figuras, hay quien dice que le ha pasado como a muchos arzobispos recién aterrizados en Sevilla:que ha estado mal asesorado. Un presidente de partido es un símbolo cuando deja de serlo. Y como tal merece ser cuidado. A Bueno le ha tocado vivir como presidente la mayor convulsión que ha sufrido el PP sevillano desde su fundación. Nunca antes había ocurrido todo lo que ha sucedido en el último año, pese a que algunos se empeñaban en negar la importancia de los hechos. Está por ver que la agitación interna no se reproduzca en los próximos meses. Se sabrá después de agosto.

El homenaje debió ser masivo. Los nostálgicos tienen razón: Sevilla se nos va. Ya no nos sale bien ni la Madrugada ni los homenajes. Esto no es lo que era.

La guerra del PP en la capital

Carlos Navarro Antolín | 23 de mayo de 2017 a las 5:00

VIRGINIA PÉREZ, NUEVA PRESIDENTA DEL PP DE SEVILLA CON EL 61 % DE LOS VOTOS

LA clave para que el PP se coma alguna vez el rosco gordo en Andalucía está en buena medida en la provincia de Sevilla. Arenas dmostró tenerlo muy claro cuando la noche de noviembre de las generales de 2011 todos celebraban el éxito de Rajoy en el balcón de la calle San Fernando, pero él tenía el rostro cariacontecido. No se fiaba un pelo. Sabía desde el principio que con esos resultados no alcanzaba meses después a los 55 diputados en las autonómicas. Y no erró. Lo que ocurrió desde aquellos comicios generales de noviembre a los regionales de marzo fue que Arenas apostó por una campaña plana y se pegó un tiro en el pie al dejar vacío el sillón del debate de Canal Sur. El mejor orador de la política andaluza renunció a la parcela que más controla. Juan Manuel Moreno Bonilla proclamó el domingo pasado que Sevilla es clave para su llegada a San Telmo. Asumió el discurso de Arenas de aquel 2011 en el que la Armada Invencible del PP se fue al traste por el temporal de errores propios. Moreno Bonilla sólo tiene una ventaja respecto a Arenas: la posibilidad de un acuerdo con Ciudadanos. En todo lo demás, el malagueño lo tiene peor que el lince de Olvera. Ni tiene su currículum, ni su proyección, ni su oratoria, ni la capacidad de culebrear que Arenas ha demostrado, otra vez, manejando los hilos en el conflicto interno del PP sevillano. Moreno Bonilla, en cuya heráldica debía estar representada la tibieza con su silueta de perfil, se encuentra ahora con un partido hecho unos zorros y donde los que han ganado saben que no le deben, precisamente, ningún favor al líder regional. “Ná te debo, ná te pido”, le van a cantar los sevillanos manijeros al presidente regional cuando les pida apoyos. El propio Moreno Bonilla aludió en su discurso a la de veces que han discutido su secretaria general, Loles López, con la nueva presidenta provincial, Virginia Pérez.

El PP de Sevilla tendrá que recomponerse en el Ayuntamiento. Por el momento seguirá Alberto Díaz de portavoz mientras no genere problemas de convivencia. El Juan XXIII del palomar podría hacer un papel parecido al del socialista Antonio Hernando cuando la gestora decidió dejarlo como portavoz del grupo en el Congreso contra todo pronóstico. Obviamente esta decisión no es recibida con botes de alegría por Beltrán Pérez, portavoz adjunto en el Ayuntamiento y uno de los principales activistas de la revuelta manijera, quien por el momento podría dedicarse a sus funciones de presidente de la rescatada Junta Local de Sevilla, una estructura recuperada ahora gracias a las mociones presentadas por Rafael Belmonte (sector crítico) y David Antequera (sector oficialista). Ocurre que los oficialistas pretendían armar este organismo de abajo a arriba –desde los distritos a la cúpula– calculando que así podrían controlar sus riendas. Pero una de las primeras decisiones de Virginia Pérez el pasado domingo fue delegar sus funciones directoras en esta junta en Beltrán Pérez (de arriba a abajo), lo que convierte al concejal en el número tres del partido y lo coloca al frente de un organismo que será fundamental en la propuesta del candidato a la Alcaldía en las próximas elecciones municipales.

Virginia Pérez tiene que restablecer contactos en el seno del partido, tender puentes y cerrar algunas heridas. Todo gobierno necesita la paz. “Tenéis que coser, ¿eh?”, le dijo el ministro del Interior a un grupo de militantes cuando se marchaba del plenario del congreso. Los manijeros celebraron la victoria en el bautizado como Kiosko Felisa, ubicado tras el hotel donde se celebró el congreso, un bar donde tuvo lugar el homenaje a Felisa Panadero cuando fue destituida por Zoido como subdelegada del Gobierno. Allí volvieron los críticos (casi todos) a brindar por la victoria a diez euros per cápita. Los principales oficialistas enjugaron las lágrimas de la derrota en La Espumosa de Nervión.

La batalla estará ahora en la capital. La provincia es el particular frente ruso del PP. En la provincia está casi todo por hacer. Moreno Bonilla necesita recuperar la Alcaldía y un gran avance en los pueblos. La marca electoral más fuerte del partido en Sevilla sigue siendo hoy Juan Ignacio Zoido. Si el ejecutivo de Rajoy se mantiene vivo, no hay que descartar que alguien en el PP plantee el retorno del magistrado a la carrera municipal. Pero de aquí a un año pueden ocurrir muchas cosas. La nueva presidenta ha reiterado varias veces que no desea un partido marcado los personalismos. Eso vapor Zoido. La legislatura puede cortarse de repente el próximo otoño tras el resultado de las primarias del PSOE, por lo que la figura de Zoido se quedaría un tiempo en el aire. Si no es Zoido, la opción que más empuja es la de Beltrán Pérez, que sumará dieciséis años de concejal al final del presente mandato, por lo que cuenta con una dilatada trayectoria que o bien corona subiendo hasta la cima de liderar una candidatura, o bien da por zanjada y apuesta por el comienzo de una nueva etapa. La tercera opción es la de José Luis Sanz, senador y alcalde de Tomares, que mantiene en el grupo municipal a Alberto Díaz, persona de su máxima confianza, y que cuenta con un grupo de leales. No hay de momento muchos más nombres, salvo que Arenas saque un conejo de la chistera y, por supuesto, quiera jugar sus cartas en la partida, que las jugará de una u otra forma. La propia Virginia Pérez, conseguida la presidencia del partido y logrado el imprescindible poder orgánico, tendrá también que revelar en algún momento cuál es su objetivo en política por mucho que ahora se pase unos meses consagrada a los asuntos internos propios de un partido fracturado.

Acabado el congreso cesan, al menos, las miradas de tensión, nos libramos de oir a esos militantes que –como gallinas– pronuncian machaconamente eso tan terrible del “coc”, acrónimo del Comité Organizador del Congreso, y dejamos de soportar a los que dicen “catorce congreso” en lugar del ordinal decimocuarto.

Los críticos son ahora oficialistas. Los antiguos oficialistas tendrán que demostrar capacidad de reorganización o diluirse poco a poco. Se acabaron la peinetas que unos (muy conocidos) han dedicados a otros (también conocidos). La feria más larga no va a ser la de Sevilla en 2018, sino la de este PP sevillano que pone rumbo incierto hacia un nuevo orden donde el lince, las gallinas, el tibio y los tíos de la peineta cogerán posiciones en el tío vivo.

Arenas manda desde el púlpito

Carlos Navarro Antolín | 22 de mayo de 2017 a las 5:00

PP

EL lince se revistió ayer con la estola. Arenas abrazó el púlpito más que el atril. Entonó el discurso del perdón. Parecía el cura, el pastor, el reverendo. Quien haya perdido un amigo estos meses que se siente con él, que se pidan disculpas. “Estas cosas las he pensado en la primera comunión en la que he estado”. Arenas es un clásico: quiere la paz tras haber hecho la guerra. Hizo del domingo de congreso su particular Jueves Santo. Faltaba la música del órgano y los cantores de boca bien abierta entonando el Perdón, oh Dios mío. Ha ganado otra vez en un conflicto interno del PP. Es el maestro. Él los ha enseñado a todos. Sabe como nadie que primero hay que controlar el aparato y después, siempre después, vendrán los cargos institucionales. Pero sin aparato no hay paraíso. Ayer barrió en el atril. Perdón, en el púlpito. Demostró que en el PP andaluz nadie controla la oratoria como él, ni la historia del partido, ni el plantel de trabajadores. Le hizo un guiño a Rafael Belmonte: “El único que lleva corbata como yo”. Le gusta dejar claro que nadie como él conoce el PP de Sevilla, se recrea en el remarcar, amarrar y dar la última vuelta de tuerca hasta dejar bien apretado el tornillo de su sapiencia. Ni Zoido ni por supuesto Moreno Bonilla. Su mensaje fue una suerte de En mi casa mando yo. A Zoido le mandó un mensaje, otra vez: “El PP no se inventa hoy. La política no es sólo márquetin. La política es pasión”.

En el lenguaje del poder viste mucho eso de llegar tarde o interumpir. Irrumpir, mejor dicho. Zoido llegó cuando hablaba Virginia Pérez. Aplausos. Arenas lo hizo cuando tenía el turno de palabra Teresa Jiménez Becerril. Larga ovación. Arenas sigue teniendo mucho peso en el PP sevillano. Una proyección que después no ha sabido o podido rentabilizar en la ciudad. Su fuerza se ha quedado siempre de puertas para adentro del PP. No es poco. Pero siempre le ha sido insuficiente.

Virginia Pérez estuvo mucho mejor en el primer discurso –anterior a las votaciones– que en el segundo, breve y menos preparado. Zoido aliñó la faena aposta, sabedor de que en esa plaza tenía muy poco que ganar después de haber perdido. Con Virginia Pérez de presidenta se diluye, en principio, su fuerza en el PP sevillano. Pero aquí no se ha cerrado ninguna guerra. La contienda no ha hecho más que empezar. Los perdedores fruncieron el ceño al ver a Beltrán Pérez de presidente de la Junta Local de Sevilla capital. Ahí puede estar el primer motivo de guerra en este nuevo contexto. ¿Cuánto durará Alberto Díaz de portavoz municipal? Sería un contrasentido derrocarlo ya cuando acaba de ser investido como vicepresidente del partido por mucho que el cargo sea simbólico. Crear un símbolo para orillarlo en 24 horas no parecería un ejercicio de coherencia. Es previsible que, al menos, siga de momento. Un momento en política puede durar un cuarto de hora o la eternidad.

El ambiente del congreso, en general, fue de cordialidad. La mañana trascurrió sin problemas. Por la tarde se percibió la emoción del presidente saliente, Juan Bueno, que en privado se considera el “presidente moral del partido”. Arenas, como siempre, alabó su trabajo en público. Pero lo tiene entre sus cachorros díscolos. Yel maestro no ha parado hasta imponerse y, por cierto, colocar de vicepresidenta a Patricia del Pozo, su brazo derecho. El padre Arenas tiene en ella a su Santa Justa. Santa Rufina es Macarena O’Neill.

Los aseos quedaron inutilizados en varios momentos. “No se pueden usar, están limpiando”, decía un amable vigilante. “La limpieza ha empezado”, apostillaba un militante victorioso con guasa. El mediodía fue largo y la sobremesa aún más para algunos (y algunas). “Es lo que tiene no comer en casa, que es donde hay que comer”, aseveró un periodista caracterizado por su sentido común, mesura y educación.

Hubo ausencias, militantes destacados que no comparecieron en la clausura. Silencios elocuentes de Sevilla, hijos díscolos del lince con estola que no quisieron estar. El viejo profesor no suelta la batuta. La política es una noria, el PP de Sevilla una montaña rusa. Arenas es Mortadelo con los disfraces: hoy lince, mañana sacerdote y siempre, siempre, el guerrero del antifaz. Todos sabíamos que estaba detrás de los críticos. Cospedal y Zoido han perdido. Arenas ha ganado. El partido sigue sumido en su particular cuaresma. Hay que seguir limpiando los aseos. Y acortando las sobremesas.

PP

Cultura retorna al estilo de los años setenta

Carlos Navarro Antolín | 22 de mayo de 2017 a las 4:59

carteles

La Delegación de Cultura del Ayuntamiento nos ha sorprendido con un cartel de su oferta primaveral que es todo un revival. Está colocado en los mupis de la ciudad, por lo que no se extrañe si le recuerda gratamente a los carteles de las fiestas mayores de 1969 y 1970, de Justo Girón y Daniel Puch, respectivamente. El estilo para anunciar las fiestas de primavera de los últimos ayuntamientos del antiguo régimen vuelve a ser empleado para pregonar la programación cultural de 2017. Se trata de una estética pop, heredera de las vanguardias introducidas por Juan Miguel Sánchez a principios del pasado siglo, donde se usan las tintas planas y se emplea un lenguaje de formas simplificadas. Está claro que en el Arte siempre se encuentran referencias a trabajos anteriores, aunque sea en un mínimo porcentaje. En 1970 no había Delegación de Hábitat Urbano, ¿verdad Antonio Muñoz?

Una sociedad sin maestros

Carlos Navarro Antolín | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

Personaje

EN esta sociedad no hay ya maestros, ni modelos de conducta, ni creadores de escuela. Así lo lamentó el letrado Jesús Bores en el homenaje póstumo al catedrático Alfonso de Cossío celebrado en el Colegio de Abogados, uno de esos actos que combinan las anécdotas con el análisis minucioso de la dilatada trayectoria de un personaje y en los que, por lo tanto, nadie se remueve en la butaca a los cinco minutos como suele ocurrir en los pregones, ceremonias de ingreso en las academias, meditaciones de luz baja y otras disertaciones muy apropiadas para terapias de una clínica del sueño o para tutoriales sobre cómo elaborar pestiños. Para que haya maestros tiene que haber un reconocimiento previo de autoridad. No es que la sociedad no admire ya a nadie, don Jesús, es que la autoridad en todas sus acepciones está en crisis. A nadie se le concede autoridad como no se ceden los asientos a las personas mayores en un el tranvía, próxima parada Archivo (sin Indias). La falta de autoridad y la degradación de la convivencia urbana, causas verdaderas de episodios como los de la Madrugada, se aprecian en la vida cotidiana cualquier día del año. No hay que esperar la llegada de las fiestas mayores para reconocer nuestras miserias. Hay ejemplos menores como los hay de peso.

La cuenta oficial del Arzobispado en las redes sociales informa, por ejemplo, del fallecimiento de un “compañero sacerdote” en lugar de un “hermano sacerdote”. El otro día se asombró gratamente un conocido personaje sevillano cuando un viandante lo paró por la calle, le felicitó por su labor y se despidió con un “que Dios te bendiga”. Las referencias celestiales en las despedidas en sus distintas modalidades (“Quede usted con Dios”, “Vaya usted con Dios” o simplemente un “con Dios”) actúan como un lubricante en las relaciones sociales con independencia del credo, pero han sido sustituidas la mayoría de las veces por un terrible y desahogado “venga” cuando no por un vacuo “nos vemos”. El “venga” impera incluso por encima de correctísimas modalidades laicas para decir adiós. La gente va a un funeral o a un responso en mangas de camisa o en bermudas. El calor todo lo justifica. El calor es la gran coartada para la relajación de ciertas formas mínimas.

La autoridad la han perdido también, por supuesto, muchos agentes de la ídem. Hay policías que tutean a los ciudadanos, se dirigen a ellos con las gafas alzadas sobre la frente, mascando chicle, con barba descuidada de tres días o, aún peor, se refieren a la gente que quiere cruzar la carrera oficial de Semana Santa con escaso cuidado del lenguaje: “Hay tres mil tíos esperando para pasar”.

Hoy no hay maestros porque la autoridad está en crisis, don Jesús. La docencia está degradada, como denunció el catedrático León-Castro en su discurso en el acto de homenaje a su maestro Cossío. A qué pocos hombres de raza se les oye hablar de su maestro con el cariño, respeto y admiración que lo hace León-Castro de Cossío, con quien además le unió una amistad moldeada con la cautelas y directrices marcadas por Cicerón: “La confidencia corrompe la amistad; el mucho contacto la consume; el respeto la conserva”.

La Administración ha degradado a los profesores, los ha igualado con los alumnos, los ha sometido de hecho a la evaluación periódica de sus púpilos situándolos temeriamente en el mismo plano, una suerte de populismo sordo que ha terminado por reducir la docencia a una prestación de servicios en el que los usuarios (estudiantes) califican a los proveedores de conocimientos (profesores). De los médicos se puede afirmar casi lo mismo. Vergonzosos para una población son los carteles que se difunden por los centros de salud estos días para clamar respeto para los galenos en una especie de campaña Por favor, no agreda a su médico. Si a la sociedad del momento se le conoce por sus prohibiciones, hemos pasado del “prohibido escupir” o “prohibido el cante”, al “prohibido pegarle al médico”, un retrato perfecto de la degradación de los valores denunciada por dos profesionales (Bores y León-Castro) que no son precisamente representantes de la Sevilla cavernaria, sino testigos directos y activos de la Transición en las filas y bajo el magisterio de quienes luchaban por abrir el camino a la democracia.

El hijo de don Alfonso de Cossío, por cierto, rogó que en la convocatoria impresa del acto no se tratara de don a su difunto padre. Simplemente pidió que se pusieran el nombre y su apellido. A los maestros de cualquier disciplina basta llamarlos por el apellido. No hacen falta más florituras. Sobre todo en una ciudad como Sevilla, en la que tan alegremente se otorgan los dones, como denunció León-Castro en su discurso. Y todo el mundo tutea a todo el mundo en la cotidiana estampida de mal gusto que nos tiene permanentemente cogidos por el badajo de la campana de San Cristóbal de la Giralda.