Los jueces son humanos

Carlos Navarro Antolín | 6 de junio de 2018 a las 12:28

MADRID.

HUBO un tiempo en que no conocíamos la voz de los famosos. Los veíamos en los papeles del colorín montados en su tren de vida de ensueño, subidos al potro de tortura de sus desgracias, luciendo sonrisas impostadas en sus celebraciones de chocolate y oro, o generando titulares que nos impartían lecciones sobre cómo vivir con normalidad una vida de castillo hinchable: frívola, fatua, inconsistente. Pero nunca los veíamos en acción, jamás oíamos el tono de voz en los medios hasta que apareció un programa de televisión pionero en lo que poco después de conoció como telebasura: ¡Qué me dices! Ahí empezó casi todo. Con el sonido y las imágenes en movimiento tuvimos una percepción más ajustada de quienes aparecían exclusivamente (nunca mejor dicho) en las fotos a color.

También hubo un tiempo en que no conocíamos las voces de los jueces. Ni siquiera sabíamos sus nombres. Trascendían las identidades de dos o tres abogados, los más sagaces, los que llevaban la dirección jurídica de la defensa de los famosos. Tal vez se conocía algo más al juez instructor del caso Guerra, un notable usuario de las líneas de Tussam. Los ciudadanos mejor informados manejaban el nombre del presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. Poco más. Con los fiscales, tres cuartos de lo mismo. Y los secretarios judiciales, ahora letrados de la Administración de Justicia, eran y siguen siendo unos perfectos desconocidos. Pero no conocíamos las voces de los jueces. Los magistrados se limitaban a pronunciarse, valorar o decidir, según los casos, en los autos, en las sentencias, en las resoluciones, en las providencias… Se fijaba uno en el nombre del juez cuando le tocaba conocer un fallo que era de su interés personal. Y de ahí no se pasaba.

Con Baltasar Garzón comenzó un nuevo estilo de ser juez, como con el ¡Qué me dices! arrancó una nueva forma de hacer crónica rosa con imágenes, si es que se le puede llamar crónica a aquello. Los jueces son humanos. Tienen su vanidad, su ego, sus legítimos deseos de notoriedad. Como los árbitros de fútbol. Si a esas debilidades humanas se suma que representan uno de los tres poderes del Estado, ya sabe qué resultado sale de la combinación: el riesgo de desvarío.

Cuando el torero aparece más en el Hola que en el Aplausos es que está haciendo la caja que no puede recaudar anunciándose en los carteles.Cuando el juez sale más en las páginas de política que en las de tribunales es que padece ansias de notoriedad, anhelo de estrellato, deseos de ser alguien más allá del ejercicio de su profesión. Cuando el periodista tiene que explicar en las redes sociales lo que ha escrito en el periódico, es que probablemente no ha ejercido bien su oficio. Cuando el Rey comparece ante la Nación y no es 24 de diciembre es que algo se ha podrido en España.

Siempre me dijeron que los jueces se pronuncian en las sentencias, los periodistas en sus medios y los reyes en Nochebuena. De los jueces no se debería ni oír su voz fuera del juzgado, salvo el noble ejercicio de la docencia. Cuando se les oye más de la cuenta no cabe más que exclamar: ¡Qué me dices! Y entonces pierden mucho de ese prestigio, se esfuma ese halo de misterio, se rasga ese velo tan ligado simbólicamente a la Justicia. Y todo lo construido durante años se va a hacer puñetas. Nunca mejor dicho. Lo de las puñetas.

Celis, el cirineo andaluz se queda fuera del Gobierno

Carlos Navarro Antolín | 5 de junio de 2018 a las 16:56

PEDRO SÁNCHEZ VISITA LA FERIA DE ABRIL DE SEVILLA
Una de las escasas referencias andaluzas del sanchismo en tiempos de guerra interna en el PSOE se ha quedado fuera del Gobierno. Alfonso Rodríguez Gómez de Celis (Sevilla, 1970) era a priori la apuesta más firme de los socialistas sevillanos para estar en el consejo de ministros. Celis se la ha jugado estos últimos años por Pedro Sánchez pese a estar en un territorio tan adverso como Andalucía, fortín controlado por Susana Díaz. El ex concejal del Ayuntamiento de Sevilla siempre ha mostrado una inercia natural contra los aparatos del partido, contra el poder establecido, una tendencia reiterada a la rebeldía de muros hacia adentro, pero, al mismo tiempo, se ha cuidado a la hora de no señalar en exceso sus ambiciones políticas. Pudo ser candidato a la Alcaldía, pero no terminó de dar el paso al frente. Pudo ser ministro, pero se ha quedado fuera, al menos de esta primera hornada. Siempre quedan los premios de aproximación, dicho sea en terminología del Organismo Nacional de Loterías y Apuestas del Estado, como son las delegaciones del Gobierno. El paso al frente que Celis dio por Pedro Sánchez en la Andalucía donde reina Susana fue en su día un gesto valiente, reconocido como insólito por ese círculo de íntimos que tiene a este Alfonso encumbrado como un gran estratega político. Celis se ha pasado buena parte de su vida pública midiendo, calculando, tasando riesgos y, eso sí, posicionándose al mismo tiempo en contra del que mandaba en el partido. Ha sido un protestón, pero con cabeza. Por eso llamó la atención su firme apoyo a un candidato sin trayectoria política, una adhesión que se plasmó con nitidez y descaro en la Feria de Sevilla de 2016. Alfonso fue el único socialista sevillano que acudió a recoger al secretario general cuando el coche de Sánchez aparcó junto a la portada. Ningún cargo institucional, ni ningún cargo orgánico del PSOE, fueron a darle la bienvenida a Pedro Sánchez en su entrada (discreta) en aquella Feria. Sólo estuvo aquel militante que se pasó años siendo Alfonsito (Pepe Caballos dixit) y que ahora es Celis, el sevillano militante de la agrupación Nervión-San Pablo que se ha quedado fuera del consejo de ministros que preside un Sánchez que llegó un día a la Feria sin plan y se encontró con todo un cirineo. Celis metió a Susana en el PSOE cuando eran jovenzuelos de la misma pandilla. Y Celis dio la cara por Pedro cuando casi nadie la daba en Andalucía. Y los que la daban en España cabían en un cabify.
ALFONSO RODRIGUEZ GOMEZ DE CELIS

La primera cerveza con Sergio Rodrigo Torrijos

Carlos Navarro Antolín | 4 de junio de 2018 a las 19:17

13.07.00 CERVEZA FOTO JAIME MARTINEZ

LAS primeras veces se anclan en la memoria, son hitos en una trayectoria, muescas de recuerdos que jalonan una vida. No hay segunda oportunidad para una primera vez, pero hay toda una vida para recordar esas primeras veces. La muerte de alguien es el momento idóneo para desenrollar esa alfombra de recuerdos que pisaremos asidos a la memoria y que nos conducirá al palacio efímero de las evocaciones más variopintas. Se ha muerto Sergio Rodrigo Torrijos, el encargado durante veinte años del bar del Instituto de Enseñanza Secundaria Nervión, el hombre que sirvió la primera cerveza a muchos sevillanos que hoy tienen cuarenta y tantos años, el profesional que hizo más agradables los viernes a alumnos y profesores, discípulos y maestros, personal de administración y limpieza, en esos tiempos en que no existían las estupideces de género ni las imposiciones de lo políticamente correcto.

El grosor de las ruedas de chorizo de los bocadillos de Sergio servía al profesor Buenaventura Pinillos para explicar conceptos de su disciplina de Física. Hoy no se sirven fermentados en los centros de enseñanza, pero fuera de ellos, ay qué risa, corren los destilados como las ratas por la ribera del río. Cuando se instauró la ley seca en los centros de enseñanza desparecieron los tiradores de la Cruzcampo, pero quedaron algunos botellines en la reserva. Algún profesor se tomó alguno ya servido en el vaso de tubo, junto al que Sergio colocaba un botellín vacío de cerveza sin alcohol para disimular. Con la muerte de Sergio desaparece un sevillista cabal, fino y con retranca que cada lunes colocaba en el platillo del café de profesores como Rafael Lozano tantos sobres de azúcar como goles le hubieran metido al Betis. Comunicación no verbal se llama. Eso era sutileza y gracia y no las tonterías con la que hoy te martillean por el teléfono móvil. Veo hoy a Sergio sirviendo el café con esa seriedad auténtica, exenta de imposturas, a profesores como Lola Arias, Ana Prieto, Ángel Álvarez, Manoli Ramírez, Victoria Fernández Luceño, Lola Alfageme…

Con el paso de los años conocí y traté al concejal Antonio Rodrigo Torrijos, hermano de Sergio. Antonio es poseedor de la doble condición de comunista (por carné) y conservador (según algunos de sus socios de gobierno socialistas). Ambos hermanos sevillistas, exquisitos en el trato y buenos conversadores. La primera vez que probé la cerveza me la sirvió un señor apellidado Rodrigo Torrijos. No me entusiasmó nada la bebida. Tardé muchos años en probarla de nuevo. La primera vez que cubrí un Pleno del Ayuntamiento intervino otro señor apellidado Rodrigo Torrijos. Los plenos sí me gustaron, aunque terminaron siendo más repetitivos que la carta de ajuste. En ambas experiencias percibí la amargura: la de la cerveza y la de la política. Aunque quiero creer que Antonio sabe, en el fondo, que después de toda amargura siempre viene la Esperanza.

La caída de Rajoy beneficia al PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 3 de junio de 2018 a las 5:00

PREMIO CLAVERO AREVALO A SOLEDAD BECERRIL

EN el aparato del PP de Sevilla se esfuerzan estos días en poner rostro de recibir el pésame. Ay, qué malita cara parece que tienen las criaturas. Asisten al funeral de la pérdida del Gobierno de España, pero en el fondo respiran con cierto alivio. El núcleo duro se concentró el viernes en el despacho de la presidenta provincial, Virginia Pérez, para asistir en directo al adiós de Rajoy. Sí, claro que hubo comentarios sobre la “injusticia” de la situación y se oyeron lamentos varios, pero, en el fondo, el enemigo interno (Cospedal y Zoido con sus cuadrillas de leales) ha quedado como los vampiros tras ingerir verbena: muy debilitado. Es cierto que la mayoría de la gente, los votantes que hacen la ciudad día a día, difícilmente entenderán que en el PP sevillano haya quienes celebran en privado que Zoido ya no sea ministro del Interior, o que Cospedal tenga que dejar el Ministerio de Defensa y recluirse en una secretaría general en la que a ver cómo se entiende ahora con Martínez Maíllo. Zoido y Cospedal asistirán a la confección de las listas electorales sin plaza ya en la bancada azul. Y eso libera de presión a los manijeros, a la camarlenga y a todos los que se la jugaron en el polémico congreso provincial a cara de perro. Guau.

La pérdida de la Moncloa beneficia al aparato del partido en Sevilla, aunque nadie vaya a reconocer esta ventaja repentina que se ha obtenido por la mudanza sorpresiva que a estas horas se ultima en Madrid. Todo ha ocurrido tan pronto que no ha habido ni un instante para digerir la situación.

Estos tiempos de amargura en Madrid despejan el horizonte de la estructura provincial del PP y, nunca se olvide, puede ser rentabilizada por la oposición municipal que lidera Beltrán Pérez. El entendimiento del PSOE de Pedro Sánchez con los separatistas catalanes, el nacionalismo vasco y la extrema izquierda con casoplón en Galapagar, le pueden servir al portavoz del PP para armar un discurso contra la imagen moderada del alcalde Juan Espadas. El alcalde, ya se sabe, encaja mejor en la socialdemocracia de Felipe y Guerra, que en el actual partido del puño y la rosa, ávido poder y que vende su alma al diablo (¡Sí se puede!) con tal de alcanzar la Moncloa.

El PP sevillano se ha conjurado para cerrar las puertas a los que retornan en el AVE para quedarse en Sevilla. La memoria es prima hermana de la política cuando se trata de servir platos fríos. Toda mudanza es una fuente generadora de estrés en el ser humano, tan animal de costumbre, tan miedoso al cambio que, nunca se olvide, puede resistir cuarenta años con los mismos gobiernos. Fíjense, por ejemplo, qué poco amigos de las mudanzas son los andaluces. De Franco al PSOE. Hasta tal punto que el apellido del dictador le suena a muchos jóvenes a calle por la que pasan cofradías.

El PPde Sevilla sufre la cuaresma en el altar, pero sonríe en la sacristía. Queda un año para las elecciones municipales, un tiempo de regeneración si en Madrid se hacen medianamente bien las cosas, o un período para mandar el partido definitivamente al pudridero si se hacen mal. Si el recambio de Rajoy es Alberto Núñez Feijoó, el PP sevillano está la mar de bien colocado. Basta recordar que el presidente gallego compartió velada con la delegación sevillana en la última gran convención, la celebrada en la capital de Andalucía con Cristina Cifuentes todavía de protagonista. Aquel día Feijoó fue agasajado por los chicos de Arenas. Y la apuesta de Virginia Pérez, presidenta provincial, no ofreció dudas. La camarlenga se levantó de la cena formal con Rajoy, abandonó el reservado de Robles antes de los postres y se fue al bar El Copo para estar con Feijoó, con el que se había citado antes de saber que debía acudir a sentarse a mesa y mantel con el presidente del Gobierno. Hay que reconocer que casi nadie sería capaz de dejar a un jefe del Ejecutivo y del partido en plena cena para irse con un presidente autonómico con vitola de delfín. Pero lo hizo.

La mudanza en la Moncloa, qué curiosidad, coincide con la del PP de Sevilla. De la calle Rioja a Luis Montoto. En un radio muy reducido coincidirán las sedes del PP, PSOE y Ciudadanos. Una de las últimas vivencias en la sede pepera de la calle Rioja ha sido, precisamente, el seguimiento melancólico del adiós de Rajoy.

El ejército de Zoido está desarmado y Espadas tendrá que aguantar en los Plenos las acusaciones sobre el entendimiento de su partido con Podemos y los esbirros de Puigdemont. Y quién sabe si como alcalde tendrá que verse con ministros o delegados del Gobierno nada amigos de La Que Manda en el PSOE andaluz. Hay que destacar que Espadas ha sabido valerse de los votos de Participa Sevilla e Izquierda Unida y gobernar después alejado de sus formas. Ya quisiera el presidente Sánchez pode seguir esa senda.

El PP de Sevilla también sonríe en privado porque Ciudadanos tendrá que justificar su apoyo al PSOE de Espadas en esta nueva coyuntura. E incluso en un futuro, la formación naranja lo tendrá más complicado si el alcalde no lanza un mensaje claro ante decisiones del presidente Sánchez que comprometan la cohesión territorial de España. Ciudadanos ha sido hasta ahora inflexible en su discurso sobre la unidad de la nación. Y Sánchez ya se ha mostrado dispuesto a sentarse con el nuevo presidente catalán, ese tipo del lazo amarillo y las continuas alusiones a los “presos políticos”. Peligro.

Todos estos factores entrarán en juego en clave local. Mientras, el PP necesita regenerarse. La pérdida de la Moncloa favorece a Beltrán Pérez porque debilita a sus enemigos internos y hasta puede ser un tiempo para la recuperación de unas siglas castigadas por la corrupción. Pero cuanto más tarde esa regeneración, más complicado lo tendrá.

El papel de Arenas también será importante. Si el de Olvera se sitúa bien en el previsiblemente nuevo organigrama del PP en España, los populares sevillanos seguirán teniendo alguien en Madrid al que se le ponen al teléfono todos los dirigentes del partido. Arenas acudió ayer al comité de campaña, una asistencia más que simbólica en tiempos delicados por mucho que llegara a última hora. Si los gatos tienen siete vidas, los linces como Arenas pueden aspirar a la vida eterna. Los cambios en el PP habrán de ser en la estructura nacional. La andaluza, de momento, no experimentará ninguno al ser los comicios autonómicos los primeros en el calendario. Un debate distinto será el de los muy previsibles movimientos internos en la sede regional si Moreno Bonilla sufre un resultado estrepitoso.

Arenas ayudará a Rajoy a diseñar la sucesión, como lo ayudó decisivamente en el congreso de Valencia de 2007. Y desde su puesto de vicesecretario general intentará conservar la influencia en Sevilla a la espera de las autonómicas y municipales. Mientras tanto seguirá yendo de Madrid a Sevilla y de Sevilla a Madrid, porque la política es un tren AVE de ida y vuelta en el que unas veces se viaja en turista y otras en preferente, pero que siempre, siempre, está en movimiento. En los funerales es menester no sonreír. Y después beber vino.

¿Sevilla cambia de ministro?

Carlos Navarro Antolín | 1 de junio de 2018 a las 11:30

I premio al impulso al autónomo a Cristóbal Montoro

 

 

La tarde del 4 de noviembre de 2016 estaba el centro de Sevilla controlado por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. El Gran Poder era trasladado a la Catedral para presidir el jubileo de las hermandades y cofradías por el Año de la Misericordia. La ciudad recuperaba la confianza en sí misma tras el fracaso de la Madrugada de Semana Santa. Sin una gran cantidad de vallas, en silencio, en perfecto orden, sin desórdenes en ningún punto del recorrido. A esas horas de la festividad de San Carlos Borromeo, el dedo de Rajoy convirtió a Juan Ignacio Zoido en ministro del Interior. El gallego pudo, por fin, formar un Ejecutivo tras diez meses en funciones. Zoido se erigió en muy poco tiempo en el ministro de Sevilla. Se vino arriba tras haber penado año y medio en la oposición municipal después de haber sido el alcalde de los 20 concejales. Zoido supo aguantar como ex alcalde en los despachos del propio Ayuntamiento a la espera de una cartera ministerial conseguida por mediación de María Dolores de Cospedal, secretaria general que ha tenido siempre en el político de Fregenal de la Sierra a su principal ariete en Andalucía contra Javier Arenas, padre natural de la derecha andaluza.

Zoido pierde ahora el Ministerio del Interior, pero conserva el acta de diputado por Sevilla. En Madrid se ha rodeado durante este año y medio de su círculo de confort, de prácticamente la misma curia que, siendo alcalde, terminó aislándolo de la realidad de la ciudad y generándole enemigos gratuitos. Zoido deja de ser ministro cuando probablemente, paradojas del destino, mejor estaba desempeñando el cargo. Su gestión en el crimen del niño de Almería le valió un gran reconocimiento social después de todas las polémicas que han marcado las intervenciones de la Policía Nacional y la Guardia Civil en el desafío separatista catalán. Remontó el vuelo tras un comienzo de mandato excesivamente localista, con asistencia a misas de pontifical, pregones de Semana Santa y actos de empresas privadas que poco o nada tenían que ver con el objeto del Ministerio. Su particular cuadrilla no le hizo el quite cuando acudió a Sevilla a imponer medallas a sus antiguos escoltas en plena amenaza catalana y a escasas horas del referéndum ilegal. Pero mejoró con el tiempo. No sólo por el desgraciado caso de Almería, sino por el refuerzo de los dispositivos contra los narcos y su presencia cada vez mas habitual en La Línea.

Zoido ha buscado siempre el calor localista, el afecto hispalense. Dejó la ciudad con un PP de Sevilla gobernado por su gente. Juan Bueno era el presidente, tutelado por los restantes miembros de la denominada mesa de camilla: los ex presidentes Ricardo Tarno y José Luis Sanz. Pero ese mismo partido ha dado un vuelco en el último año. Zoido no cuenta hoy con el apoyo entusiasta de la estructura provincial, que hoy está gobernada por Virginia Pérez, que últimamente termina sus comités ejecutivos y juntas directivas provinciales con ovaciones y aprobaciones por unanimidad. El candidato a la Alcaldía está proclamado: Beltrán Pérez, un concejal que hace años que dejó de ser afín a Zoido. El PP, curiosamente, sólo tiene designados a los candidatos de las Alcaldías de grandes ciudades en el caso de Andalucía. La vía municipal está ya cerrada para Zoido. Si Pérez todavía no hubiera estado proclamado candidato, como ocurre en la mayoría de ciudades españolas, la situación sería muy distinta (y complicada para el hoy portavoz municipal) ante el repentino retorno de Zoido a Sevilla.

Zoido deja de ser ministro en un momento especialmente adverso para él desde el punto de vista de sus apoyos en la estructura provincial del PP. Y tampoco cuenta con la simpatía de la estructura regional que preside el malagueño Juan Manuel Moreno Bonilla, que nunca lo ha visto con simpatía y que, además, sigue sin zafarse de la alargada sombra de Arenas.
Zoido ha soportado con mérito las dos crisis que se centraron en su director general de Tráfico, Gregorio Serano: la del polémico piso y la de la nevada, ambas con amplia difusión en los telediarios nacionales. Zoido ha aguantado ser el malo de la película en Cataluña, ha sufrido las manifestaciones de policías por las reivindicaciones salariales y, en el caso de Sevilla, ha tenido que digerir las sucesivas críticas por el evidente déficit de agentes. Nada de todo esto ha laminado la figura de un ministro de corto alcance que, lejos de cultivar las altas relaciones en la capital del reino, ha disfrutado ejerciendo de alcalde en el calendario de actos de una ciudad encantada de tenerlo próximo.

Probablemente sea el político con mayor grado de conocimiento en Sevilla. Eso es un activo que cualquier partido debería gestionar. Es posible que no se le discuta ser el número uno por Sevilla en las próximas elecciones generales, pero el aparato provincial no le hará muchas más concesiones. Su fotografía avalando la candidatura de Juan Bueno en el último congreso provincial no se olvida. Era ya ministro y aquello dolió a los que hoy controlan el PP sevillano. Su equipo no encontrará hueco en el organigrama orgánico ni institucional de un partido que verá esquilmadas sus plazas en las próximas citas electorales. Y nunca se olvide que la caída del Gobierno conlleva las pérdidas de las delegaciones y subdelegaciones del Gobierno. En la de Andalucía está el gaditano Antonio Sanz, de perfil muy trabajador, que se ha trabajado mucho su arraigo en Sevilla y que es visto como el recambio natural de Moreno Bonilla si el malagueño se estrella en las elecciones autonómicas. A este respecto tampoco hay que perder de vista la opción de la onubense Fátima Bañez, la ministra de Empleo más longeva de la democracia.

Nadie sabe como Zoido cuándo una etapa está cerrada y cuándo toca aguantar sentado en el vagón de silencio del AVE. Es muy probable que Sevilla cambie de ministro estos días: del popular Juan Ignacio Zoido al socialista Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. Los dos, por cierto, coincidieron en la corporación municipal con Monteseirín de alcalde. Zoido está enfrentado a Arenas. Y Celis lo está a Susana Díaz. Zoido alcanzó el ministerio una tarde de San Carlos. Y supo que tendría que dejarlo una tarde de Corpus. Las casualidades las carga el diablo (cojuelo), pues una tarde de Corpus, también de forma inesperada, fue apartado Jaime Raynaud de la carrera a la Alcaldía. Lo sustituyó Zoido.

Salvemos la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 26 de mayo de 2018 a las 21:00

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CUÁNTAS veces no ha oído usted ese lamento, ese canto a la nostalgia, ese suspiro recurrente cuando es demolida una casa del centro para hacer un hotel de cuatro estrellas, cuando pega el persianazo un negocio de toda la vida para ser sustituido por una heladería franquiciada, cuando las mentes ociosas se inventan una jornada de Semana Santa al revés para hacer el mayor mamarrachos que conocieron las cofradías tras Munarco, cuando usted siente que no se cuida la imagen de la ciudad tenida como tradicional. Es en ese momento cuando se oye: “¡Sevilla se nos va!”. Yadmitimos, fieles a una imagen idealizada, que la ciudad que nos fue dada se está escapando porque, sencillamente, está cambiando, como el hijo que crece y llega un día que parece que se ha criado en otra casa. Esta ciudad no es la mía, esta Feria no es la que yo viví, estos veranos de Sevilla ya no son como antes, pues ahora hay gente por todos lados y a todas horas, ya no queda ni el sonido de la chicharra, pues la chicharra ha sumado los días propios a las vacaciones y se ha dado el piro hasta septiembre. De pronto, fíjese usted qué cosas, hemos vuelto a ese pasado idealizado como cuando a Jesús Becerra le da por rescatar las tapas antiguas por un día. Nos ha ocurrido con la Catedral, que no parece la Catedral, sino la antigua feria de muestras que se celebraba en el Casino de la Exposición y que impulsaba, entre otros, un emergente Juan Salas Tornero. Se entraba en el recinto y comenzaba una carrera oficial de mostradores donde se exponía toda suerte de artilugios y artículos: maquinaria agrícola, maquinaria industrial, vinos, electrodomésticos, artesanía, etcétera. Ahora se guarda la cola en la Catedral y lo de menos, anda qué no, es la gitana que te da la brasa con el romero cuando uno está a punto de acceder por el atrio de la Puerta del Príncipe, a los pies del falso Giraldillo.

–Cógelo, payo, no me lo rechaces… Valiente cara de esaborío con lo grande que eres.

Tras superar los tornos, igualitos a los que hay en un estadio de fútbol, empieza la galería de los horrores de cintas, prohibiciones y, oh sorpresa, los mostradores de diversos productos. Se quejaban en los noventa de la cafetería permanente que el Cabildo pretendía montar en la azotea de la Cilla, que hubiera sido continuadora de la que funcionó en el Patio de los Naranjos en el 92, pero lo de ahora es mucho peor. Es una feria de muestras que va creciendo, con puestos donde a usted le ofrecen otras rutas turísticas por la ciudad, o paseos en autobuses que son muy recomendables –no hay duda– pero con mostradores que casan malamente con la estética gótica de la Catedral y con el concepto de edificio sagrado. Esperando estamos algunos a que pongan un cajero automático debajo del altar de Laureano de Pina, un comercial de banca en la Puerta de la Concepción para ofrecer planes de pensiones y, por supuesto, ya están tardando en montar el mostrador del barco turístico Luna del Guadalquivir.

El interior de la Catedral de hoy es la feria de muestras de los años 70 pero sin don Juan Salas. ¿Dónde ha quedado la sensibilidad de otros tiempos en los que se cuidaba que no se vieran los cables de la luz por los pilares? No nos creemos que los conservadores de prestigio del templo, que los tiene, asuman como propias estas agresiones a la Catedral. Los horripilantes mostradores de productos turísticos sólo pueden obedecer a una visión marcadamente comercial de la denominada visita cultural. Como obedece el centro histórico los fines de semana, como obedece la Feria de formato largo, como obedece todo en esta coyuntura que nos ha tocado vivir a ese fenómeno que se ha bautizado como turistización. Soportamos una Avenida convertida en una Benidorm sin playa porque había que suprimir los autobuses contaminantes. La piedra se caía por efecto de la polución que generaba el tráfico rodado. Y ahora hieren a los sentidos los mupis que crecen como champiñones sobre el frío mármol de la Catedral. ¿Dónde está, oh comisión de patrimonio, tu victoria?

Que no, que no nos creemos que los conservadores del templo bendigan estos horrores. Y mucho menos don Juan José Asenjo, pastor de la diócesis y experto en Arte. No nos podemos creer que avale una Catedral donde las empresas turísticas tratan de aumentar la cifra de negocio. Todo no vale en turismo. Todo no puede valer. ¡La Catedral se nos va! La Nave del Crucero parece una franquicia con tanto turista y tanto mostrador. Ypara esto hicimos la guerra contra los autobuses. Para crear una feria de muestras con canónigos.

El coraje de la artillera Virginia Pérez, presidenta del PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 20 de mayo de 2018 a las 5:00

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EL PP de Sevilla parece afectado por el picudo rojo, pero tan rojo, rojísimo, que se parece cada día más al PSOE sevillano de toda la vida, ese PSOE de familias enfrentadas, de agrupaciones rebeldes (”Hay que ser de Bellavista antes que socialistas”), de cuando los congresos a cara de perro, esos días en los que siempre había alguien que apuntaba: “Colócate al lado de Bernardo Bueno, es la mejor forma de asegurarte que estarás con los ganadores. No se te olvide, siempre junto a Bernardo”. En el PP nunca había críticos, ni enfrentamientos entre agrupaciones, ni mucho menos esos pleitos salpicaban el ámbito institucional, como cuando Carmelo Gómez, ay Carmelo, se quedó con la brocha pintando muros altos y Monteseirín le quitó la escalera de la Delegación de Hacienda. Adiós, Carmelo, adiós. En el PP existía siempre el ordeno y mando de Arenas. Y poco más, salvo alguna escaramuza aislada en aquel congreso de principios de siglo que ganó Tarno (Ricardo) contra Miguel Ángel Arauz , y que se solucionó haciendo senador a Arauz en esos tiempos en los que se guardaba pleitesía absoluta al líder Arenas.

El año que lleva vivido el PP de Sevilla marca un pico pronunciado en la gráfica de la convivencia interna. La gran novedad es que la actual presidenta, Virginia Pérez, está echándole redaños al asunto, muestra un coraje inusual y tiene el apoyo de un amplísimo sector de las bases con un poder orgánico que se asienta cada día. Pérez no procede de familia alguna, más bien al contrario: está enfrentada a familias que se resisten a dejar de ser principalísimas en el partido. Siendo como es, su principal rival es ella misma.

El PP de Sevilla está sufriendo la crisis propia de un cambio de casa reinante. El antiguo régimen se resiste a abandonar sus posiciones y el nuevo régimen no ve la hora de confeccionar unas listas en las que quede reflejado el resultado del congreso: unos han ganado y otros han perdido. Pero la pérdida más dolorosa, la que provoca mayor angustia, es la de perder el medio de vida cuando se ha hecho de la política la única vía de subsistencia. Las opciones de paz entre los dos regímenes son escasas, nulas, inexistentes. Virginia Pérez, a lo Agustina de Aragón de la derecha sevillana, está dispuesta a fajarse como artillera frente a la evidente presión –un asedio en toda regla– que ejercen los perdedores del congreso. El PP de Sevilla tendría que estar rearmándose en torno al candidato de la capital, Beltrán Pérez, para hacer frente a Ciudadanos, que subirá en las urnas en 2019 y que sería su socio natural en un gobierno de coalición. Pero los enfrentamientos internos tiene a unos pensando en cómo atacar los cimientos del partido para provocar la imposición de una gestora, y a otros preparando el cañón para defender la fortaleza.

Este PP de Sevilla es irreconocible porque desde hace un año no dejan de pasar cosas insólitas, empezando por la pérdida de la Alcaldía (60.000 votos menos en sólo cuatro años), la celebración de un congreso donde ganan los críticos y la irrupción de la figura de una presidenta enérgica que, por el momento, mantiene una relación fluida con el que los ha criado, enseñado y forjado a casi todos: Arenas. El enfrentamiento de la presidenta, nadie se engañe nunca, es contra el círculo que rodea al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido. El equipo del ministro quiere recuperar el control del partido como sea. Y la presidenta, lo ha dicho en un comité ejecutivo extraordinario, está dispuesta a usar el cañón. Como Agustina. En el PP de Sevilla no existe hoy la aburrida y añorada paz de otros tiempos, cuando el dedo de Javié iba señalando quién debía ocupar la presidencia cada cuatro años. Y todos, absolutamente todos los de entonces, asentían, le llevaban la maleta, aguantaban las broncas y complacían sus deseos. El antiguo régimen se ha encontrado ahora con un grupo de treintañeros y cuarentañeros que fueron compañeros de aulas y rivales universitarios de la presidenta andaluza (¿verdad Susana Díaz?) y que han tomado la decisión de no querer ser devorados como los hijos de Saturno por unos padres que llevaban dos generaciones a la sombra.

Hoy hay un rostro nuevo, el de la presidenta Virginia Pérez, que además goza de la ventaja del momento político y social actual, muy favorable hacia el perfil de la mujer luchadora. Tendrá una trayectoria garantizada mientras no meta la pata y, por supuesto, se coloque bien para evitar el impacto del retroceso de todo cañón tras un disparo. Bernardo Bueno, por cierto, está hoy de alcaide del Alcázar. Dentro de una fortaleza que solo abandona para pasar las vacaciones en La Antilla.

El ultimátum de la presidenta del PP de Sevilla al enemigo interno

Carlos Navarro Antolín | 17 de mayo de 2018 a las 5:00

Virginia Pérez y Beltrán Pérez ofrecen una rueda de prensa Beltrán nuevo candidato

La documentación comprometida ya ha pasado por el notario. Está protocolizada. La presidenta del PP de Sevilla, Virginia Pérez, remató la sesión: “No se pueden consentir este tipo de actuaciones. No voy a consentirle a nadie que nos mate, nos humille, nos insulte, ni nos arrastre”. La presidenta se ha hartado y tiene claro quién trata de remover los cimientos del PP sevillano. Virginia Pérez ha lanzado un ultimátum a sus enemigos internos. En su última intervención a puerta cerrada no cita a los destinatarios de su invectiva, pero todos saben hacia quiénes va dirigido el torpedo. O, mejor dicho, el anuncio de torpedo. “Quien nada debe, nada teme”, advirtió ante un auditorio expectante en la sede regional de la calle San Fernando. La camarlenga, que preside el PP de Sevilla desde hace un año, convocó un comité ejecutivo extraordinario para dejar clara su posición en las polémicas internas que sacuden la vida doméstica del partido desde que venció en el polémico congreso provincial. Los enemigos –esos seres que siempre habitan en el interior, nunca mejor dicho– son el bando que fundamentalmente componen Juan Ignacio Zoido, ministro del Interior; el diputado Ricardo Tarno y los ex presidentes provinciales José Luis Sanz y Juan Bueno, los cuatro componentes de la conocida como mesa camilla del antiguo régimen del PP sevillano, todos ellos auspiciados por María Dolores de Cospedal, ministra de Defensa y secretaria general del PP. Naturalmente ninguno de ellos reconoce abiertamente estar en contra de Virginia Pérez, más bien al contrario. La política es así, una interpretación continua de papeles, una asunción de roles temporales, una ficción maquillada de autenticidad.

Los enemigos de la presidenta son duros. Especialmente duros. Interior es un ministerio poderoso. Pérez tiene el control del aparato provincial, que no es poco, pues su papel es decisivo en la composición de las listas electorales, y los apoyos de Javier Arenas, vicesecretario general, y del candidato a la Alcaldía, Beltrán Pérez. Arenas está henchido de gloria desde que ganó el congreso provincial, lo que equivalió –nunca se olvide– a ganárselo nada menos que a la secretaria general del partido y a un ministro.

En el comité ejecutivo extraordinario, la presidenta recibió un largo aplauso de la militancia tras un informe rutinario de gestión al que siguió el verdadero motivo de la convocatoria de la sesión: un aviso directo a la curia que trata de alargar el tardozoidismo. Fueron llamativas las ausencias en la sesión de todos los miembros de esa mesa camilla, como si intuyeran que el único punto del orden del día iba, efectivamente, dirigido contra ellos.

El tenso comité ejecutivo ya tuvo un precedente en diciembre de 2015 con ocasión de una junta directiva provincial. Virginia Pérez admitió en aquella ocasión que no admitiría un PP sevillano marcado por los personalismos. Entonces era solamente coordinadora general, un puesto que se conoció popularmente como el de camarlenga. Fue un aviso directo a Zoido y sus muchachos, que entonces todavía penaban la pérdida de la Alcaldía. Virginia jugó fuerte. Se veía ya de presidenta, como así fue tras la guerra del congreso provincial que venció por 24 votos, como 24 fueron los caballeros que acompañaron a San Fernando en su entrada triunfal en Sevilla, por eso 24 son los nazarenos con cera verde que anteceden al Cristo de la Vera-Cruz. El otro día, en el seno de un comité ejecutivo extraordinario, lanzó el segundo aviso a los componentes del antiguo régimen del partido de la gaviota. La guerra interna no ha cesado, las aguas bajan muy revueltas por el arroyo pepero. Se aproxima la formación de las listas electorales. Los puestos de salida se cotizan muy caros, carísimos, porque la guadaña naranja diezmará las opciones del hasta ahora partido hegemónico de la derecha española. El modo de vida de muchos dirigentes –no nos engañemos– está en juego porque saben que Virginia y sus partidarios no van a perdonar algunos ataques. La paz ya no es posible. La situación es muy delicada, como admitió el veterano Jaime Raynaud. El antiguo régimen, la mesa de camilla tensa todo lo que puede esa situación con dos objetivos: que Virginia Pérez o cualquiera de sus más fervientes partidarios, sufran algún resbalón, cometan algún desliz, incurran en alguna desaplicación, que diría Vicente Cantatore y, de esa forma, que Cospedal tenga argumentos para instar a la formación de una gestora. Con la gestora sería más controlable la constitución de las listas electorales a las autonómicas y municipales.

VIRGINA PEREZ PP

No hubo una sola voz que de forma enérgica se posicionara en contra del discurso de la presidenta, acaso el más duro nunca oído en un comité ejecutivo del PP, un partido que nunca en su historia había vivido una división interna de este calibre. Aunque, todo sea dicho, en los comités y juntas directivas provinciales que se han vivido a lo largo del año no han sido significativas las intervenciones críticas, como tampoco han sido ajustadas las votaciones sobre diversos asuntos. Pérez ha ido ganando de largo todas las votaciones. La batalla se ha centrado en tratar por todos los medios de reavivar el polémico escrutinio del congreso provincial y determinados movimientos en Dos Hermanas. Las denuncias presentadas ante el juzgado y la Policía por un militante fueron archivadas. Oficialmente no hay nada, pero las escaramuzas se han sucedido, tratando se sembrar dudas sobre supuestas compras de votos y otras maniobras por el momento no probadas. El discurso de la presidenta fue muy duro en varios momentos de la sesión, celebrada a puerta cerrada: “No voy a consentir que nadie, y nadie es nadie, por muy cargo público que sea, trace estrategias que perjudiquen al PP. ¡A nadie! Ni a diputados, ni a senadores, ni a concejales, ni a parlamentarios. ¡A nadie es a nadie! Al que se le atragante la democracia que se lo haga mirar. No doy un paso atrás. Y os pido que no dudéis nunca, nunca, de la integridad de esta dirección que ha actuado siempre con responsabilidad y que se conduce con tan rectitud que hasta se ha ido al notario para protocolizar algunas cuestiones. Que nada ni nadie nos entretengan de nuestra tarea, que son las elecciones. Vamos a seguir con la cabeza muy alta”. Entre las adhesiones que recibió la presidenta figuró la del veterano Jaime Raynaud, diputado autonómico y director de la campaña del PP en Sevilla capital, que dio todo su apoyo a las acciones que apruebe el comité ejecutivo para normalizar la vida interna: “No pensaba nunca que tuviera que intervenir en un órgano como éste, pero tengo que hacerlo en un día triste y amargo. No pensaba que esto llegara nunca a producirse, pero se ha producido. La presidenta ha hecho un relato dramático, verdaderamente dramático, de los hechos acaecidos con el PP y con algunos de sus militantes en los tribunales. Los hechos son como son y la realidad es tozuda. Hoy lamentablemente tengo que pedir al comité ejecuitivo y a la presidenta que, con la misma dureza, si me permitís la expresión, se emprendan todas las acciones judiciales necesarias, se usen todas las armas legales contra todos los que han manchado el nombre del PP de Sevilla. Esto ha pasado de la legítima divergencia, de la discrepancia, de la disparidad de criterios que se suelen resolver con diálogo en un espacio como éste, de las opiniones distintas, de la elegancia, del saber perder cuando se pierde y del saber ganar cuando se gana, a otro estadio muy distinto, a una situación abiertamente incontrolable desde el punto de vista político. Hemos pasado a un nivel distinto. Hablo exclusivamente en mi nombre. Que se llegue hasta donde se tenga que llegar. Contad siempre con mi respaldo. El comité ejecutivo tiene todo mi apoyo, lo digo públicamente”. 

 

El manuscrito inédito de Soledad Becerril

Carlos Navarro Antolín | 13 de mayo de 2018 a las 5:00

PLENO DEL CONGRESO

La noche se precipitaba sobre aquella Plaza Nueva de 1995, marcada por el ruido del motor de los autobuses de Tussam de color butano. Todavía era alcalde el andalucista Rojas-Marcos, que se resistía a soltar el bastón, pese a que había conseguido solamente nueve concejales, uno menos que el PP de Soledad Becerril (Madrid, 1944) y también uno menos que el PSOE de José Rodríguez de la Borbolla. Alejandro había logrado ser investido alcalde en 1991 con el apoyo del PP, con Becerril de primera teniente. No solo no se llevaron bien nunca, sino que la relación fue siempre de mal en peor. Todo indicaba que, cuatro años después de la primera coalición, había llegado la hora de invertir los papeles para ser coherentes con el escrutinio. Los socialistas no sumaban suficientes ediles para gobernar con IU (cuatro concejales) y habían renunciado a tratar de hacerse con el gobierno coaligados con el PA. Borbolla había sufrido un duro ataque de Rojas-Marcos el primer día de campaña, cuando el andalucista lo acusó de tener manchadas las manos de sangre de los GAL. Aquella acusación hacía todavía más difícil cualquier entendimiento entre ambos líderes. Pepote, por encima de todo, aceptaba su papel en la oposición con diez concejales, los mismos que el PP, pero con tres mil sufragios menos. Soledad tenía la vía expedita y debía ser la alcaldesa al haber ganado en número de votos. No había dudas. Pero para su modelo de gobierno necesitaba el apoyo de los andalucistas, liderados por el ego inigualable de un Rojas-Marcos que a duras penas aceptaría que esta vez su lema electoral (ligeramente retocado) no le había bastado para mantenerse en la Alcaldía. Del ‘Amo Sevilla’ de 1991 al ‘Amo Sevilla, barrio a barrio’ de 1995, exhibidos en banderas muy llamativas colgadas en los balcones de muchas casas del centro y de lejos del casco histórico. Ni el brillo de haber sido el alcalde de la Expo le bastó para, al menos, repetir una vez más como alcalde. El PP y el PA negociaron la posible reedición del pacto de gobierno durante varios días de aquella primera quincena de junio. A la mesa se sentaban Jaime Bretón, por los populares, y José Antonio Hurtado, por los andalucistas. Los dos se llevaban muy bien. Se veían en casa de Alejandro, en la calle Castelar, pero sin la presencia del líder mesiánico. El PA endurecía cada día las condiciones, ponía cortapisas a todo, elevaba el listón de exigencias cuando más próximo parecía estar el acuerdo. Soledad se impacientaba. El Pleno de investidura, previsto para el 18 de junio, se acercaba sin que se oteara una solución para garantizar un gobierno sólido para una ciudad que seguía penando la depresión posterior a la Exposición Universal. Los andalucistas o, mejor dicho, Alejandro, interpretaban el papel de negarse al acuerdo. El líder se vendía muy caro. Hubiera bastado, en principio, con una permuta de puestos entre los dos líderes, pues el gobierno estaba rodado, los concejales controlaban ya sus áreas. El alcalde pasaría a primer teniente y la primera teniente al cargo de alcaldesa. Pero el PA ponía trabas continuamente. Tan cuesta arriba parecía el acuerdo que Soledad tomó un bolígrafo azul en su despacho de la Plaza Nueva y se puso a escribir la nota de prensa que haría llegar a todos los medios. Aquella noche del 17 de julio de 1995 escribió con letra picuda un texto hasta hoy inédito en el que, como curiosidad, se aprecia que Becerril rectifica la primera versión y opta por el plural mayestático tras haber empleado la primera persona del singular.

escrito Soledad Becerril

“Lamentamos no haber alcanzado un acuerdo para formar una coalición de gobierno. Desde luego hemos estado dispuestos a un acuerdo tan generoso como el que fuimos capaces de realizar en 1991, pero no podemos, ni queremos, en virtud de pacto alguno, renunciar a tener una Alcaldesa con todas las facultades que le confiere la ley, dialogante y generosa, pero una Alcaldesa revestida de autoridad y con las competencias que la ley establece y la ciudad merece”.

 

Minutos después de haber redactado la nota, con la toalla tirada y el complejo horizonte de un gobierno en minoría, todo dio un vuelco. Alejandro telefoneó a Soledad. Conversaron y, por fin, se cerró un acuerdo. Alejandro, cómo no, quiso erigirse en el conseguidor de la estabilidad para la ciudad. A última hora, como el Séptimo de Caballería. Sin foto oficial. Nunca la hubo, ninguno la quiso. Soledad pudo por fin ser la alcaldesa y él acabó aceptando ser el primer teniente de alcalde. Alejandro se reservó las vicepresidencias ejecutivas de la Gerencia de Urbanismo y del Instituto Municipal de Deportes, dos organismos que concentraban las principales partidas económicas. El PP retenía delegaciones como Hacienda, Fiestas Mayores y Parques y Jardines. Aquel manuscrito se quedó en el archivo y veintitrés años después ve la luz en las páginas de este periódico.

Con ocasión de las elecciones municipales de 1999, cuatro años después, a esta veterana de la política le tocó vivir otro proceso con Alejandro Rojas-Marcos nuevamente enfrente, y con Alfredo Sánchez Monteseirín liderando la lista socialista. Soledad ganó las elecciones de nuevo, pero Alejandro esta vez fue quien directamente le puso muy cara la posible tercera edición del pacto de gobierno. Ambos se entrevistaron un día de la primavera baja en el Real Alcázar. Soledad aguardaba nerviosa a todo un zorro de la política como el líder andalucista. Ella entretenía la espera sacudiendo el polvo de las cortinas del despacho reservado para la Alcaldía en los palacios almohades. En cuanto Alejandro llegó afloraron las tensiones: “No irás a pactar con Monteseirín con lo que suda, ¿no?”. Soledad creía entonces que repetiría cuatro años más como alcaldesa. Veía muy improbable que los andalucistas se echaran en los brazos del PSOE. “A ver cómo explica Alejandro un pacto con los socialistas cuando vaya por Trifón o Casa Moreno”. Olvidó que en política se tarda un minuto en fabricar un buen argumentario. Estaban frente a frente dos políticos que se evitaban, que procuraban no hablarse. Soledad barajó incluso la posibilidad de gobernar en minoría. Pero el PSOE esta vez apretó, estaba deseando recuperar la Alcaldía de Sevilla. Rojas-Marcos recibió a Manuel Chaves en su casa aquel mismo día en que se había celebrado el encuentro de alta tensión en el Alcázar. Alejandro exigió la construcción de la Línea 1 del Metro y la Gerencia de Urbanismo a cambio de la Alcaldía. El presidente de la Junta llamó al consejero Vallejo delante del andalucista y le marcó la prioridad del Metropolitano. El pacto estaba sellado. El alcalde sería el hombre que suda, el que no había ganado las elecciones, pero sí las primarias a Rodríguez de la Borbolla. Becerril reaccionó con un artículo en prensa que algunos interpretaron como un tardío cheque en blanco entregado al PA. El entonces secretario general del PP, Javier Arenas, entró en juego muy tarde: “Hombre, Alejandro, cómo no vamos a hablar tú y yo y tomarnos una cerveza”. Y el andalucista zanjó: “Cerveza cuando quieras, del pacto no hay más que hablar”. A la alcaldesa saliente no le quedó otra que apelar a la honra para justificar el que, cuando menos, fue un error estratégico que privaría al PP de la Alcaldía durante doce años. El día de la toma de posesión en el Salón Colón, recurrió nada menos que al alcalde de Zalamea para salir del paso: “Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor… Es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. La ambición de Alejandro por el control de las caracolas de la Gerencia generaba en ella temores difíciles de paliar. Dicen que no quería verse haciendo el paseíllo en los juzgados.

SEVILLA/27/02/2008/ FOTO: GARCIA CORDERO/  Soledad Becerril

Becerril siempre se ha caracterizado por ser fiel seguidora de las directrices de la Dirección General de Tráfico: la seguridad está en guardar las distancias. Y ella siempre las impone de tal forma que un halo de elitismo envuelve su figura, sellada además muchos años con el celofán del poder. No da nunca excesivas confianzas, como tampoco da besos, menos aún si se trata de un señor con barba. Se limita a acercar la cara. Está en las antípodas del político abrazafarolas. Tanto escrúpulo también lo ha aplicado en la gestión. Jamás se ha venteado una factura a su nombre por comidas o viajes frívolos. Y conocida era su costumbre de ir apagando las luces de las estancias del Ayuntamiento, tanto como el escozor que le producía que las velás de los barrios fueran subvencionadas. No lo entendía, pero tampoco se atrevió a cortar el grifo.

Culta, políglota y rigurosa. Dicen que su elitismo (para algunos puro clasismo) se cultiva en hondas relaciones con destacados miembros de la izquierda ilustrada, hasta el punto de que algún caballero maestrante la conoce por la marquesa roja. Amante de las tertulias con grandes literatos y filósofos, más aún si son en Ronda. Basta un ejemplo: ella fue quien hizo posible que el mexicano Carlos Fuentes pronunciara el pregón taurino de 2003, como el propio escritor nos contó por teléfono desde su residencia de Londres. Y conocidas son sus relaciones con pintores de primera fila como Juan Lacomba, Carmen Laffón y Teresa Duclós.

Ese elitismo, ese manejo perfecto de las distancias con un leve barniz de timidez, nunca le ha impedido ser reconocida y hasta vitoreada por la gente de a pie que la sigue reconociendo como alcaldesa, no sólo en Sevilla, sino en Dos Hermanas, Utrera o Marchena. Tal vez en muchos casos sea por la afición del marujerío hispalense por desenrollar la alfombra roja ante personajes con cierto halo aristocrático. En un acto en Fibes la recibieron con alabanzas a su belleza, lo que encendió a una conocida concejal andalucista: “Lo que me faltaba por oír. ¡Que a Soledad la jalearan también por guapa!”.

Monteseirín le arrebató la Alcaldía en 1999. Cuando en 2000 murió su admirado Jaime García Añoveros, Soledad, ya ex alcaldesa, fue a casa del ex ministro de la UCD a darle el pésame a su familia. Justo cuando salía de aquel portal del barrio de Los Remedios, entraba Alfredo. Dos señoras comentaron: “Mira, la alcaldesa. Y el que entra… Creo que es Monteseirín”.

Le encantan la música, la ópera, los escritores y, por supuesto, los arquitectos, por los que tiene especial predilección. El edificio de Moneo en el Prado debió ser su gran obra material, pero se quedó en los planos al ser orillada de la Alcaldía. Consiguió, al menos, que Rojas-Marcos no se saliera con la suya y convirtiera todo el Prado en una gran explanada. “Este hombre quiere hacer aquí una gran Plaza de Tiennamen, qué horror, qué horror”. Y gracias a la perseverancia de Soledad se plantaron muchos árboles y se obró el milagro de la sombra.

Nunca fue semanasantera y mucho menos feriante. En sus oídos chirriaban los estrenos que le contaban los hermanos mayores en las visitas matutinas a los templos, pero sí le encantó eso de agasajar a Plácido Domingo y a su mujer en los palcos municipales. Una aficionada al té tiene poco que hacer en la Feria. Las fiestas mayores consumen demasiado tiempo para quien está obsesionada con la formación. Conocidas son sus opiniones sobre el exceso de bares que hay en Sevilla y el riesgo de que España, y en especial Andalucía, quede relegada a ejercer el papel de taberna de Europa.

La vitola de la UCD siempre la ha acompañado. Dicen que ha sabido vender a la perfección su condición de primera ministra de la Democracia, aunque sólo ejerciera como tal un año. Quizás por su orgulloso pasado centrista ha sentido siempre recelo por el sector franquista del PP. Nunca se le ha encuadrado en ninguna familia del partido. Nunca ha perdido su individualidad en una organización tan encorsetada como es un partido político. Por el ‘aparato’ no sentía precisamente simpatía. Si siendo alcaldesa recibió algunas orientaciones estratégicas llegaron del exterior, acaso de algún articulista de opinión o de algún escritor, siempre procedentes del progresismo intelectual capaz de relacionarse con los sectores conservadores.

Arenas y ella se han entendido lo justo, nunca se han perdido de vista. Y con Aznar se ha comunicado sin intermediarios. Se le reconoce su decisión de abandonar su acta de diputada cuando logró hacerse con la Alcaldía, sin necesidad de que una ley obligara a no acumular cargos.

No le gustaba nada que sus ediles acudieran a la copa de Navidad que Rojas-Marcos ofrecía en su casa de Castelar, santuario de peregrinación del andalucismo en aquellos felices años. Alguno del PP siempre rompía la disciplina y acudía al besamanos alejandrino por las pascuas, al igual que uno la rompió años antes (Manolo García), cuando Fidel Castro acudió al Ayuntamiento el Día de Cuba en la Expo’92. Tal era la tensión en el gobierno de coalición que cuando había que comunicar algo a los socios del PA, encomendaba esta función a alguno de sus jóvenes concejales. Ella, como ya se ha dicho, siempre evitaba el contacto directo con Alejandro.

Su sueño incumplido es haber sido la primera reina maga de la Cabalgata. No conocía horarios a la hora de trabajar en el Ayuntamiento, en tiempos aún sin teléfonos móviles, pero con aquellos buscas que pitaban reclamando la atención de concejales a las horas más intempestivas. Su amor por los árboles la llevó a impedir la tala de los laureles de Indias que hay delante del Banco de España, como pedía el Consejo de Cofradías para ganar terreno para más palcos. No quería a políticos en las empresas, sino a técnicos. Cortaba a las doce las cenas de compromiso. “Señores, nos vamos a ir, ¿verdad?”. Las horas de sueño son sagradas, casi tanto como la regla por la que todo caballero debe tener un abrigo azul de cashmere. Y si el asiento del AVE es individual, mucho mejor. Salvo que el viaje sea con Albendea, uno de sus grandes partidarios.

Hace pocos meses que los concejales de antiguas corporaciones municipales se reunieron en el Ayuntamiento y almorzaron posteriormente en el Hotel Inglaterra. Coincidieron de nuevo Alejandro y Soledad. Entre ellos hubo un frío polar reeditado. Los autobuses hoy son de color carmesí y ya no llegan hasta la misma Plaza Nueva. Hay un tranvía, un alcalde en minoría y un líder de la oposición que estudiaba Derecho cuando Soledad escribió aquel texto que hoy ve la luz. Alejandro sigue negándose a medallas y reconocimientos. Alfredo gana en imagen cada día que pasa después de doce años de alcalde. Y, por cierto, sigue sudando mucho en verano. El manuscrito inédito de Soledad reflejaba ya en 1995 la misma posición que adoptó cuatro años después y por la que pagó la tarifa de no ser alcaldesa a cualquier precio. Hay quien sigue prefiriendo los principios al poder. Como el que prefiere el autobús al tranvía.

El Cecop manda más que los hoteles

Carlos Navarro Antolín | 11 de mayo de 2018 a las 9:04

Ambiente de feria 2018 Jueves

LAS tensiones internas son habituales en todos los gobiernos. Absolutamente en todos. Se miran de reojo Cospedal y Santamaría en los maitines de Génova, como pugnan dos canónigos por el favor del arzobispo. Luchas de poder, ego, influencias. Nada nuevo bajo el sol… del paseo Marqués de Contadero. Tremendo sol, por cierto. Un sol embotellado (Tío Pepe) en el agua recalentada de las mochilas de los turistas. En el escuálido gobierno de Espadas no se pierden de vista Antonio Muñoz y Juan Carlos Cabrera: la Sevilla cultureta y la Sevilla del centro, el traje desestructurado y el terno clásico de Dustin, el sevillano de la Alameda y el sevillano del Rinconcillo, el aficionado a las cofradías de tapadillo y el cofrade público y comprometido. Qué listo este Espadas que tiene corceles para las diferentes carreras, qué largo este alcalde que emplea diferentes cañas de pescar según el caladero, qué hábil que lo mismo se pasea con el pintor Luis Gordillo y Antonio Muñoz por los palcos que se presenta por sorpresa en la cruz de mayo de Los Estudiantes. Se puede ser sevillano al estilo de Muñoz, como se puede serlo al estilo de Cabrera.

Muñoz, ay mi dilecto Antonio, quería una Feria que arrancara inmediatamente después de la Semana Santa, con el primero de mayo incrustado en plena celebracion de farolillos. Es cierto que defendió su propuesta sin acritud, como diría Felipe González. Sin escándalos. Cabrera, en cambio, apostó siempre por un periodo de dos semanas entre la entrada del Resucitado y la inauguración del alumbrado. Dos planteamientos legítimos en la Sevilla dual. Dos formas de concebir la realidad, dos visiones distintas de la ciudad. Muñoz mira por los hoteleros, sector pujante en un turismo cambiante. Cabrera cuida de los técnicos de sus delegaciones: Seguridad, Movilidad y Fiestas Mayores.

El alcalde se ha basado en el informe del Cecop para dejar finalmente esas dos semanas de seguridad entre las fiestas mayores. La seguridad es hoy un valor incontestable, una carta insuperable si se echa en el tapete donde se juega la organización de cualquier fenómeno de masas. Con la seguridad ocurre hoy como con la igualdad. Da igual el enfoque. Nadie osa discutir ningún argumento que se base en una u otra bandera.

Si el alumbrado se celebrara el sábado posterior al Domingo de Resurrección, el dispositivo de Feria se debería montar el jueves anterior, lo que hubiera supuesto contar con sólo tres días de margen entre las dos fiestas: solamente el lunes, martes y miércoles para montar los estacionamientos (la letanía del P-1, P-2, P-3…), los carriles de Asunción, las placas de tráfico, la inspección de las casetas y los cacharritos, las cámaras de seguridad, etcétera. No se olvide que los técnicos que montan y desmontan la Semana Santa son los mismos que trabajan en la Feria. Las cámaras son las mismas: hay que mudarlas del Salvador a Joselito el Gallo, del Postigo a Pascual Márquez. No había tiempo material por mucho que Rojas-Marcos proclamara en el 92 que Sevilla puede con todo cuando aquel año se sucedieron la Semana Santa, la Feria y la inauguración de la Exposición Universal. La ciudad de hace 25 años no es la de hoy. El modelo ha cambiado tanto que aquellos patrones no sirven. Esta sociedad se ha vuelto garantista, calculadora, previsora, alarmista y acomodaticia. Queremos la máxima seguridad y el máximo impacto económico. La Feria íntegra en mayo garantiza lo primero. La Feria de formato largo está concebida para lo segundo. La Feria de 2019 es previa a las elecciones municipales, por lo que, cómo no, ha ganado la seguridad. En política vencen los aparatos. Yen las fiestas mayores siempre gana el Cecop. Espadas ya ha contentado bastante a los hoteles con la Feria ampliada. Es hora de no arriesgar. De darle la razón a Cabrera.

¿Usted mismo no prefiere unos días de desahogo entre una fiesta y otra? Las cuentas corrientes y el estómago lo agradecen. Sobre todo con tanto formato largo por todas partes. A Espadas le arrean por estirar la Feria de Sevilla al estilo de Málaga, pero hace tiempo que la Semana Santa también fue artificialmente alargada y nos la hemos tragado sin rechistar como si fuera una insípida tortilla francesa a la que sigue de postre una pera. O su masculino: un pero. Agradezcamos su decisión al alcalde. Con seis días entre Semana Santa y Feria, algunos hubiéramos confundido ciertas cofradías con el Ratón Vacilón.