El museo del poder

Carlos Navarro Antolín | 3 de octubre de 2017 a las 5:00

Caja Negra Sanguino

Estábamos todos preocupadísimos con el futuro del Museo Arqueológico y la ampliación del Museo de Bellas Artes, convertidos ambos proyectos en el nunca visto Canal Sevilla-Bonanza, cuando nos llega uno de esos comunicados envueltos en el celofán de una foto, una simple foto, que son como el caballo de Troya en versión periodística: lleva escondido en las tripas una gran noticia. Ernesto Sanguino se ha empeñado en fundar sin saberlo el museo de la Sevilla de comienzos del siglo XXI. Y lo hace en un lugar privilegiado: la antigua Casa Ybarra, la que fue sede de las oficinas de los barcos que salían del Puerto de Sevilla para las rutas comerciales con América. Sanguino ya tiene en sus filas como consejeros a quienes han manejado el Ayuntamiento capitalino en casi los últimos veinte años: Manuel Marchena y Jesús Maza. Ha fichado a la dupla M&M, dicho sea en la terminología pijo-técnica que la usa usted a la una en la barra del Aero y queda estupendamente mientras se lleva a la comisura una de esas servilletas de hilo con las iniciales de la entidad. No es lo mismo decir que uno ha fichado de consejero “al Marchena” o “al Masa”, pronunciado con ese para que se ajuste al dialecto zoidiano (ese dialecto por el cual Arenas es “Javié”, alguien que enreda es un “enrea” y una situación anormal es “anormá”), que referirse al refuerzo del despacho con la incorporación del dúo M&M. Sanguino nos está dando hecho un nuevo museo para la ciudad, el museo de la Sevilla real, la realísima de antes de ayer por la mañana, el museo del poder, de los tentáculos, de las agendas, de la influencia, del conocimiento del quién es quién, del who is who. ¿Quién deshacía los entuertos durante los doce años de Monteseirín? “Habladlo con Marchena”, decía Alfredo pegándole el trincherazo a los empresarios pelmazos. ¿Quién gestionaba los patrocinios para la final de la Copa Davis que Zoido se encontró como regalo en su arranque de mandato en el glorioso 2011 que terminó en el Waterloo de 2015? “A ver si Jesús puede llamar a…”. Y Maza llamaba a los de siempre, a los cuatro que se llama en Sevilla cuando hace falta guita (sin catavino) y que después, también como siempre, se cobran el favor y te dejan tirados cuando desaparecen los votos.

¿Quién ha mandado más en Sevilla desde los tiempos de Queipo? Manuel Marchena, el último virrey, ora en turismo, ora en Urbanismo, ora en Emasesa, ora en la Agrupación de Interés Económico. Tan fue así que llegó Jesús Maza a tomar posesión del despacho de Marchena, en los albores del período de los veinte concejales, y le preguntaba todos los días al espejito de la suntuosa sede de Escuelas Pías:

–Espejito, espejito, ¿quién manda ahora en Sevilla?

Y le contestaba una voz profunda que alcanzaba desde Escuelas Pías hasta la Plaza Nueva.

–¡Tú no! ¡Manda Marcheeeeeeeeeena!

Maza nunca mandó tanto como Marchena. Eso es cierto. Pero estuvo cuatro años en su despacho y manejó el presupuesto de la joya de la corona de las empresas municipales, Emasesa, la que ni él ni antes Marchena se atrevieron a privatizar. Ya estoy viendo a los turistas bajarse en la antigua estación de Cádiz mientras el guía informa del siguiente destino, señalando con el paraguas de color hortera la placa que anuncia que el despacho Sanguino ejerce el Crowe horwath legal y tributario, que esto está muy bien también para decirlo en el aperitivo de la una, pero que el personal lo que quiere ver son los vuelos de los pájaros, altos vuelos, verlos en acción llamando a Urbanismo para desbloquear licencias, buscando clientes en ultramar como si fueran los antiguos barcos de la Compañía Ybarra, sabiendo cuáles son los vericuetos reales del enjambre de las empresas municipales, lo que se conoce como el know how y que de toda la vida se llama saber conseguir. O su sustantivo: conseguidó, en la terminología del Ministerio… del Interió. Yo, si fuera el gran Sanguino añadiría la leyenda M&M debajo de la del Crowe, que suena a modalidad de gofre en el puesto de Belinda en la entrada nocturna del Tiro de Línea, pero que son Marchena y Maza, Maza y Marchena. Un bético de pro como Sanguino ha fichado a dos reconocidos sevillistas, ejemplo de tolerancia en clave local. Un capataz de prestigio ha fichado a dos aguadores de Sevilla, dos ex responsables de Emasesa, que no falte el agua en su mesa. Sanguino es a los rectores de la AIE lo que Gas Natural o Endesa a los ex presidentes del Gobierno.

Lo que el zoidismo separó lo une ahora Sanguino, fundador del museo del poder. ¿Recuerdan cuando Maza denunciaba que Marchena había vendido el agua del grifo en botellas? Sí, sí, en las conferencias que daba como consejero delegado de Emasesa le guiñaba el ojo a Marchena en los saludos protocolarios, cuarto y mitad de ojana, pero después dejaba pasar los papeles de los resultados económicos de la llamada herencia. Por cierto, a Marchena le encantarán las selectas botellas de agua de Sanguino con el logo del despacho. Son de colección. ¿Serán de agua del grifo, como las que vendió siendo consejero delegado de Emasesa?

Pues, fíjense en las vueltas que da la vida, Maza tiene ahora de compañero de pupitre a Marchena. Yo creo que el que más tranquilo se va a quedar con el super-fichaje de Marchena es Antonio Santiago, el capataz, que dirá que a ver si Ernesto se queda sosegado y no le quita más martillos de las cofradías, que algún malpensado dice que el crowe de Sanguino en realidad consiste en eso: dejar a Antonio Santiago sin ser el capataz de sus cofradías de toda la vida. Qué ciudad, siempre pensando mal. O, lo que es lo mismo, siempre pensando en cofradías.

Todo es un bar

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2017 a las 5:00

Fotos de la puerta del Cicus convertida en bar.

EN Sevilla casi nada es lo que parece. El matadero municipal es un colegio, aunque el rótulo siga haciendo referencia al ganado en el precioso edificio regionalista que está en la frontera del viejo Nervión con el Cerro del Águila. La Real Fábrica de Tabacos es la Universidad de Sevilla, aunque el medallón de la fachada principal siga anunciando la actividad fabril. Es la Universidad. O el Rectorado, como les gusta precisar a muchos de los mismos que dicen la Hispalense para no decir Universidad de Sevilla como se ha dicho toda la vida de Dios que, por cierto, está en la Universidad mal que les pese a los cuatro de siempre. Y está Dios gracias al convenio del cardenal Amigo con el rector comunista don Javier Pérez Royo. Capitanía General es ahora la Jefatura de la Fuerza Terrestre, aunque el rótulo bajo el que hacen guardia los soldados con los subfusiles siga diciendo eso: Capitanía General. Resulta que la Escuela de Comercio de la calle Madre de Dios es el Cicus, que suena a planta mal pronunciada, a especie de pato de Doñana en peligro de extinción. ¿Qué es el Cicus que está en el edificio cuyo rótulo es la Escuela de Comercio? El Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla. Un lío. Pero pasa uno por su fachada, saliendo del barrio de Santa Cruz a la búsqueda de la trama urbana de la verdadera Judería, y allí no se percibe ningún ambiente cultural. Ni se ve ningún ficus que regar, ni tampoco ningún pato que proteger. Se aprecian dos pizarras de bar, con la oferta de tapas del día y con el precio del menú de la casa. Como si fuera una prolongación de la calle Mateos Gago. Carne con tomate, arroz con calamares, salmorejo, aliños, tortilla… Y por supuesto el tuteo imperante al vender los menús: “Entra y pruébalos”. Gaudeamus igitur. ¿Qué es lo más importante del Cicus? ¿Qué es lo primero que se ve al acceder a su privilegiado inmueble? El bar. Todo es un bar. En Sevilla mandan los bares. Los bares se extienden allí donde están. Los bares se imponen sobre el uso de los edificios, sobre el patrimonio, sobre el acerado público. Se extienden como una balsa de aceite.

En Sevilla se restauró antes la Cervecería La Moneda que la Casa de la Moneda, otro edificio que mantiene su rótulo como tal pero que ya no es lo que dice. Ni lo que parece. El Cicus es un bar donde lo peor, acaso, no es la primera impresión que generan las dos pizarras que convierten la fachada en una covacha para turistas descamisados. Lo peor es que no anuncian ensaladilla. Y eso es imperdonable. Todo lo demás, más de lo mismo. Patrimonio afeado, espacio público invadido, estética de tenderete impuesta por la jeta. En Sevilla manda siempre el tío del bar. Ocurre en las casetas de Feria, donde hace tiempo que no mandan los socios, sino el adjudicatario del bar, que es quien tiene que hacer el negocio y acaba imponiendo sus normas de acceso, como el del bar del Cicus acaba sacando las pizarras. A este paso tendremos las pizarras de la cafetería del Rectorado en la calle San Fernando, como las tienen los bares de la acera de enfrente para que los peatones vayamos sorteando obstáculos mientras contemplamos al personal jamando platos adornados con muchas virutas de zanahoria.

¿Qué es el Cicus? Un bar sin ensaladilla. La primera impresión es la que cuenta. ¿Quién es el tío del bar? El que manda en la caseta de Feria, el que manda en la Universidad, el que manda en Sevilla. Toda Sevilla es un bar. El bar mueve las masas. Entra y pruébalos. ¿Estética? Eso es cosa de fachas. Echa zanahoria. En las universidades hace tiempo que entra cualquiera. Como en los bares.

Fotos de la puerta del Cicus convertida en bar.

La mirada del otro

Carlos Navarro Antolín | 24 de septiembre de 2017 a las 5:00

caja negra 24

SE miraron frente a frente las dos Sevillas en la Plaza del Salvador, como se miraron dos caballos en la Feria de Sevilla, mire usted qué maravilla. Uno sintió la mirada del otro. ¿Quién era el otro? La misma pregunta se hicieron los sevillanos en aquella exposición que puso cara a cara a los dos giraldillos en el otoño de 1998: el original y la copia, el verdadero y el falso, el antiguo y el moderno. Se miraron esta semana Montañés y Muñoz. Las dos emes (sin hotel) de la Sevilla de dos polos. Muñoz y Montañés. Juan y Antonio. Antonio y Juan. El maestro del barroco y el Varoufakis hispalense. El hombre que esculpió a Dios (ay, Fernando Carrasco) y el que inventó lo del hábitat urbano para la nomenclatura de un cargo que toda la vida de Dios se llamó Urbanismo. Las dos Sevillas en el andamio. Sevilla a vista de Montañés en la plaza con veladores, bebedores de cerveza en vertical, palomas y otros pájaros. Este Muñoz, Atila de los veladores que por donde pasa no crece la hierba de la cochambre de mesas y sillas, se ha puesto a limpiar monumentos en la ciudad donde sobran las estatuas, las placas y los soldaditos de plomo, donde quieren ponerle ahora otro monumento a la duquesa de Alba. La mirada del otro es la imagen perfecta que prueba que ambas ciudades se necesitan como agujas de reloj, como el alpiste al canario, como el pico gordo a la ensaladilla, como el incienso al carbón, como la nata al palo, como la avalancha a la Madrugada, como el albero a la Alameda, como la melva a Zoido, como las mangas largas a Espadas, como las aspirinas a los Plenos municipales. Ningún alcalde puede tener un modelo único de ciudad, claro que no. En Sevilla coexisten varios modelos, conviven, se cortejan tanto como se repudian, una vida cotidiana marcada por los roces y las filias, donde nunca se sabe quién es el otro, pero donde siempre ambos se están mirando entre guiños de afecto y acusaciones de asfixia, colapso y hartazgo.

Se miraron esta semana dos visiones de la ciudad que se atraen como polos de un imán (sin mezquita): el bronce de Montañés, Inmaculada Concepción en su regazo, y las chaquetas entalladas de Muñoz, con forro interior y botonadura de diferentes colores.
Torrijos restauró el monumento a la Purísima cuando era delegado de aquella cosa bautizada como Infraestructuras para la Sostenibilidad. Muñoz nos va a dejar a Montañés de dulce. La izquierda desprecia el precioso mobiliario del Salón Colón, pero cuida los iconos de la Sevilla más tradicional. Esta progresía se pirra por la Sevilla de postal, las torrijas y las tortas de aceite. Y la derecha se harta después de invitar al rojerío a llevar cristos y vírgenes sobre sus hombros. Las dos Sevillas se necesitan. Sin ti no soy nada, parecen decirse mutuamente a lo Amaral mientras el alcalde, otra vez, se pone celosillo porque Muñoz sale de nuevo bien parado ante las cámaras.

Dicen las malas lenguas –que en Sevilla copan el padrón– que Muñoz en realidad quería quitarle la jamuga a Montañés en aplicación de la ordenanza de veladores. El hombre que esculpió a Dios, el hombre que dejó la Campana como la dehesa de Tablada. La eternidad de Montañés frente a la política efímera. El barroco frente al minimalismo. La Plaza del Salvador frente a la Alameda. Se miraron frente a frente, como se miran cada día, como dos ciclistas se vigilan en el mismo pelotón, como dos modelos reales de la misma ciudad, como dos caras de la moneda del mismo mercado. Como dos giraldillos de una sola Catedral.

El conflicto en el PP alcanza las cuentas de la campaña de 2015

Carlos Navarro Antolín | 20 de septiembre de 2017 a las 5:00

RECIBO+FOLIO

UN miembro de la ejecutiva provincial del PP pretende que un acto electoral que pagó de su bolsillo –el de cierre de campaña de Zoido en 2015– sea computado como pago de cuotas y de esa manera no ser excluido de la carrera hacia la presidencia del distrito Los Remedios. Como consecuencia de esta peculiar denuncia interna han aflorado dos hechos que han puesto en jaque a los cuadrados de mando del partido en San Fernando y hasta en Génova: el último acto de campaña de las municipales de 2015 fue pagado por un particular, y su aportación económica (3.300 euros) no figura en la contabilidad del partido, según revela el informe de tesorería al que alude el donante. La última etapa de Juan Bueno como presidente provincial –actualmente dedicado a sus tareas como diputado autonómico– sufre ahora un inesperado vaivén de consecuencias imprevisibles por efecto de esta denuncia interna.

Los rescoldos de la fractura que ha sufrido el PP de Sevilla durante todo un año se reavivan con ocasión de la próxima celebración del congreso destinado a la renovación de cargos en los distritos, fijados para este sábado. El comité organizador de este congreso ha rechazado una de las dos candidaturas presentadas para la presidencia de Los Remedios, el gran feudo de los populares en la capital. El excluido es David Antequera, actual secretario de Transparencia de la ejecutiva provincial, que no podrá concurrir a las elecciones por haber estado en situación de impago de los recibos como afiliado. El comité organizador, que preside Macarena O´Neill, persona de la máxima confianza de Javier Arenas, se ha basado en el artículo 35 de los estatutos para tumbar la candidatura de Antequera, afín al sector del partido que perdió en el pasado congreso provincial. A la presidencia del partido en Los Remedios opta como candidata única María del Mar Sánchez Estrella, portavoz adjunta del grupo municipal, ahora mismo encuadrada en la nueva corriente que controla una formación que preside Virginia Pérez desde el pasado 21 de mayo.

Antequera, que entró a formar parte del actual comité ejecutivo como secretario de Transparencia por los equilibrios pactados previamente entre los entonces oficialistas (Juan Bueno) y los críticos (Virginia Pérez), ha elevado a los comités regional y nacional de derechos y garantías una denuncia interna por la que ha aflorado que él pagó de su bolsillo el acto de fin de campaña electoral de Juan Ignacio Zoido en 2015 –celebrado en un restaurante de Los Remedios– y que su aportación económica (3.300 euros) no figura ni en la contabilidad ni en el informe de tesorería del partido, hechos que ahora analizan las estructuras nacional y regional de la formación de centro-derecha.

Antequera defiende que esa aportación debería haber sido tenida en cuenta para dar por pagados sobradamente sus recibos como afiliado, cosa que no se ha producido y por la que ha sido excluido de la carrera por la presidencia del PP de Los Remedios. El pago de los 3.300 euros se efectuó el 20 de junio de 2015, cuando el PP ya había sido desalojado del gobierno local tras cuatro años de mayoría absolutísima de Juan Ignacio Zoido. Antequera fue director del distrito Los Remedios durante gran parte del mandato de Zoido como alcalde. Se trata de un militante muy conocido en el partido, activo desde sus años universitarios y que exhibe proximidad con el hoy ministro del Interior, con el que posa en fotografías recientes en su cuenta personal de la red social de facebook.

Nadie en el PP de Sevilla puede dudar del profundo conocimiento que Antequera tiene de las estructuras del PP sevillano, ni de sus contactos con dirigentes de la sede de Génova, dados sus anteriores puestos de responsabilidad en sus años de miembro de Nuevas Generaciones. En su denuncia ante instancias regionales y nacionales del partido aporta el recibo de haber pagado los 3.300 euros, un documento que lleva el sello de la empresa que prestó el servicio: “Por si existe la más mínima duda a la veracidad de mis palabras”. Antequera pretende también tumbar la candidatura de la única pre-candidata aprobada hasta ahora en Los Remedios, la edil María del Mar Sánchez Estrella, por no estar afiliada en el distrito que pretende presidir, sino en Triana, una denuncia que, por el momento, no ha obtenido resultado. En su denuncia alega que sufre “un daño que empieza a ser irreparable” al no ser aprobada su condición de aspirante a la presidencia del PP de los Remedios.

El acto de cierre de campaña de las municipales de 2015 consistió en una alocución de Zoido ante militantes y representantes vecinales de cada uno de los distritos de la ciudad. Uno a uno fueron hablando en público los vecinos y Zoido contestó de forma personalizada a todos ellos, prometiendo finalmente “un gobierno para todos”.

El Alcázar, en el punto de mira

Carlos Navarro Antolín | 17 de septiembre de 2017 a las 5:00

catedral de sevilla  de lamadrid 6.

Otra vez Icomos actúa de rompeolas del patrimonio histórico. El Real Alcázar no se toca. El proyecto de reforma de la Puerta del León se queda en el aire porque el alcalde, reacio a las polémicas, no quiere ser noticia, busca siempre el círculo de confort del perfil plano, la comodidad del tono gris, la actuación solvente del futbolista que juega mejor sin el balón en los pies. No quiere problemas. Juan Espadas ni de lejos está dispuesto a pasar a la historia por ser el alcalde que puso en peligro la declaración de patrimonio de la humanidad de los tres principales edificios monumentales de la ciudad: la Catedral, el Alcázar y el Archivo de Indias. Icomos amaga con que Sevilla pierde la máxima catalogación y el alcalde se pliega porque sabe que en esta sociedad lo que importa, ante todo, es la etiqueta, la marca, el eslogan. Malos tiempos para asumir riesgos en la política. Tan es así que Zoido, siendo alcalde, se fue a San Petersburgo a defender la Torre Sevilla para eso, para que Sevilla no perdiera la etiqueta de ciudad patrimonio de la humanidad. De anunciar la paralización de la torre en campaña electoral a defender su construcción. Responsabilidad institucional, dijeron unos. Oportunismo político, otros. El caso es que los hechos fueron así. Hasta se vendió el regreso de San Petersburgo como un retorno triunfal, con foto del alcalde bajando del avión, una suerte de Air Force Juan (Ignacio). Sólo faltó la banda de música.

Nada cuanto ocurre en el Alcázar es ajeno a Sevilla. Se trata de un edificio codiciado, símbolo de poder y estatus. El Alcázar –o los Alcázares mejor dicho– reúne la belleza del arte, el valor de la historia, el misterio de las leyendas y la capacidad de identificación con sultanes, emperadores, jefes de Estado, presidentes del Gobierno, alcaldes, poetas… El Alcázar lo tiene todo. Ytodos los gobernantes en algún momento quieren dejar su impronta.

Se lió cuando en la década de los años ochenta se suprimieron los parterres de las murallas, bonita decoración vegetal que todavía se recuerda. Se lió cuando el gobierno socialista de Manuel del Valle quitó a medianoche, por sorpresa y sin previo aviso, la Cruz de los Caídos que el cardenal Segura no había dejado instalar en los muros de la Catedral, ¿verdad Paco Mir?

Se lió cuando Rojas-Marcos ejercía de alcalde en  el despacho reservado para este cargo en tan  reales dependencias, al igual que cuando no se terminaba de suprimir el antiestético aparcamiento de autobuses turísticos delante de la Puerta del León. Se lió cuando el concejal Javier Landa (PP) impidió su uso a los miembros del Curso de Temas Sevillanos (¡Duro con  las espigas, suave con las espuelas, don Javier!) y hasta cuando se encendió la polémica por la intención de borrar del nomenclátor el título de la Plaza de la Alianza para dedicarla al ministro Indalecio Prieto, quien firmó la cesión del monumento a la ciudad de Sevilla, un rótulo finalmente colocado delante de la sede de Hacienda, a la vera de la Casa de la Moneda.  Se lió cuando desapareció un trozo de yesería, cuando el jefe de gabinete de Rajoy, Jorge Moragas, encendió un pitillo en el Patio de la Montería, o cuando una concejal usó sus salones y patios para el reportaje de su boda.

El Alcázar es un monumento sensible, con un eco indudable. La Catedral igualmente lo es. Son dos iconos de la ciudad. La reforma de los accesos del turismo por la Puerta del León no es un proyecto cualquiera, como no lo fue la transformación de la Catedral para su puesta a punto para la Exposición Universal de 1992, una revolución liderada por el inolvidable canónigo Francisco Navarro, que sustituyó los estadillos hechos a mano por las hojas de excel, introdujo los tornos y promovió una serie de reformas que le costaron no pocos disgustos. ¿Recuerdan aquel proyecto de cafetería en la Cilla finalmente frustrado?

Si será importante el Alcázar que sus puestos en el patronato se reservan para los principales concejales, la figura del alcaide se otorga a una trayectoria de prestigio y hasta una ex alcaldesa, Soledad Becerril, llegó a dimitir  como consejera en protesta por el desvío de fondos para la conservación de la Casa Consistorial. Becerril siempre defendió que los ingresos que genera el Alcázar por la visita turística deben revertir con exclusividad en su conservación. El Alcázar tiene una contrastada capacidad de autofinanciación.

El Alcázar está hoy en el punto de mira. La seguridad, las tarifas, los macetones, las obras por ahora frustradas en la Puerta del León y hasta el rifirrafe entre políticos de diferentes partidos condenados al entendimiento para sacar adelante el presupuesto de  una gran capital. Nunca a nadie ha dejado indiferente el primer monumento civil de la ciudad. Obama se quedó sin conocerlo, Rojas-Marcos lo usó como despacho. El andalucista concebía la política como una vocación que llevaba implícito el riesgo. Hoy los tiempos son distintos. Icomos frunce el ceño y el Ayuntamiento se allana.  La prudencia máxima, el dontancredismo como norma. El león es el único que tiene asegurada la permanencia.

La sombra mínima

Carlos Navarro Antolín | 10 de septiembre de 2017 a las 5:00

macetones en la Avenida de la Constitución

LA tapita, la pincelada, el chupito. El diíta en la playa, la semanita, la escapadita. La ciudad sublima lo pequeño, le encanta arremolinarse en una taberna recoleta donde hay triple fila para pedir (Cateca, Peregil, La Fresquita, Jota, Tremendo…) y dejar vacíos amplios locales de pretendido postín, disfrutar con los diminutivos (playita, flamenquito, yintonsito, pescaíto) y con las proporciones calculadas a ojo (media tajá, media papa, una pechá de trabajar que diría el cura Chamizo). A esta ciudad que se recrea con lo pequeño, que se regocija en los espacios diminutos, que tiene un centro de devoción mariana en una capillita del Postigo donde caben la Virgen y dos devotos de perfil, le han colocado los árboles que se merece en la Avenida para generar sombra a medida de los sevillanos. Cien gramos de sombra mal despachados. Esto es lo que hay. Los sevillanos al sol, como en un lunes perpetuo en la ciudad de los parados a la que cuesta (del bacalao y de la bacalá) la misma vida rebajar la cifra de desempleados, ¿verdad mi dilecta ministra Fátima Báñez?

El alcalde nos ha despachado una racioncita de árboles en reducción, lo que aporta una pincelada de sombra. A seguir sudando por la Avenida, metáfora de la vida cotidiana que nos toca vivir en este mes del miedo y de los sudores pegajosos. Los 25 ficus en macetones que se colocaron el viernes en la Avenida son de chiste. Aceptamos el ‘ficus rubiginosa’ como especie que aporta sombra en la Avenida, aunque en realidad parezcan esos arbolitos que se ponen a la entrada de las boutiques de la calle Serrano para dar lustre al establecimiento, o en las puertas de los templos en esas bodas pretenciosas que organiza Carlos Telmo. Los arbolitos de Espadas son la sombra mímina en la ciudad de los diminutivos, en la ciudad menguante, que procura hacer de la necesidad virtud y aprovechar la amenaza terrorista para resolver el problema de una Avenida sin sombra desde hace más de una década en una ciudad con un semestre de calor asegurado. A grandes problemas, soluciones diminutas. Somos así. Somo más de trincherazo que de faena completa, de taconazo repentino que de partido jugado con un rendimiento regular, del duende de la inspiración que del trabajo programado.

Tenemos un alcalde con buena voluntad. Algo es algo, dijo el calvo cuando le salió el pelo. Por fin llegó la cosecha, hermano. Como somos la ciudad de la esperanza, la tendremos en que estos árboles crezcan. No será por falta de esperanza por lo que vayamos a hundirnos los sevillanos. Cada vez que recorremos la Avenida a pie se nos pone cara de lagartos al sol. O de lagartija. Incluso de lagartitos, por aquello del diminutivo. Juan Espadas ha sido el alcalde que dijo no a la gran mezquita, que ya es difícil, pero que sigue sin aportar sombra a la Avenida. Dice el aforismo que quien puede más lo puede lo menos, pero se ve que es más díficil lo de no tostarnos al sol que rechazar una peligrosa iniciativa que la España buenista y acomplejada de hoy se hubiera tragado en cualquier otra ciudad.

Estos ficus escuálidos son magníficos para ser usados como ceniceros gigantes o como soporte para atarse los cordones de los zapatos. Son la medida perfecta de una ciudad que no puede más, que no llega, que le cuesta un mundo cualquier empresa. Nosotros a lo bestia: plantamos setas gigantes de madera en la Encarnación y arbolitos de pin y pon junto a la Catedral. Ycon 25 arbolitos liamos un bosque. Con todos sus pájaros. Y pajaritos.

El precio de vivir la calle

Carlos Navarro Antolín | 3 de septiembre de 2017 a las 5:00

CALLE ASUNCION

Cuánto más se manifiesta la idiosincrasia de una ciudad en la calle, más difícil es blindar los espacios públicos y más complejo resulta hacerlo en las horas de máxima concentración de personas. El Ayuntamiento ha fortificado las principales calles de la ciudad en tiempo récord: macetones, vallas, mayor presencia policial, agentes del cuerpo local con chalecos antibalas… Y al mismo tiempo ha culminado la actualización del informe sobre la proliferación de acontecimientos públicos, un estudio que demuestra que las convocatorias multitudinarias se han disparado un 300% desde 2004 y, sobre todo, no dejan de aumentar en los últimos tres años. El trabajo de seguimiento incluye el recién terminado agosto. Sevilla vive la calle a tope. Con intensidad. La ciudad estaba mirando con preocupación la próxima Semana Santa, sobre todo la Madrugada, cuando los atentados de Barcelona han forzado a las autoridades a trabajar de forma inmediata con una visión global. El problema no está sólo en la Madrugada, ni siquiera solamente en las grandes fiestas. El problema se extiende ahora a todo el año y de forma muy especial a los fines de semana. El calendario de actos públicos con elevada participación ciudadana es difícilmente abarcable por los cuerpos y fuerzas de seguridad. La misma ciudad acoge en este inicio de curso, por ejemplo, un concierto de Hombres G, una coronación canónica, una feria taurina, partidos de fútbol internacionales… A la degradación de la convivencia urbana –creciente en los últimos años, y que en el caso de Sevilla ha cristalizado en la popular noche del Viernes Santo– se ha sumado la psicosis de la amenaza yihadista, una sensación de miedo que vertebra ahora las grandes urbes. El miedo es un estado de ánimo colectivo potenciado por sucesos de los que se ha sido testigo directo o por los medios de comunicación: cuando ocurrió el fuego de Doñana estaban muy recientes las imágenes del fuego en Portugal, cuando el público corría en la Madrugada tenía frescas las imágenes del camión de Niza. La ciudad de Sevilla ha vivido también episodios de tristeza colectiva, como tras los asesinatos de Alberto Jiménez Becerril y su mujer (1998) y el repentino fallecimiento del futbolista Antonio Puerta (2007).

Las autoridades, conscientes de que la seguridad es una percepción subjetiva, tratan de frenar la sensación de pánico con una estratégica exhibición de los agentes en lugares de alto tránsito peatonal. Basta un paseo por la Avenida de la Constitución para sentir que vivimos en una continua víspera de la boda de la infanta Elena (marzo de 1995), pero sin gallardetes ni iluminaciones especiales de estilo Camelot.

El pánico es una cerilla encendida en un pajar, un persianazo que es confundido con un camión enloquecido irrumpiendo en una vía urbana, un grito adolescente que inicia una algarada, una situación de perenne vulnerabilidad con la que grandes ciudades han de convivir y que han de superar a base de una suerte de educación colectiva que exige serenidad y tiempo. El miedo nos iguala, nos convierte en ciudadanos en continua guardia, en sociedades que sufren una situación de jaque permanente, en vecinos precavidos que sin motivo racional aparente evitan una calle, sortean una avenida o rechazan el acceso a unos grandes almacenes.

El macetón –icono de la seguridad del tiempo que nos ha tocado vivir– impide la irrupción de vehículos con terroristas al volante en zonas de elevada afluencia de público y el acceso directo en coche a edificios de alto valor histórico-artístico: la Catedral, el Alcázar, el Archivo de Indias. Pero los puntos sensibles de una ciudad como Sevilla no se limitan al centro histórico. Ni son fijos. Hay un sinfín de aglomeraciones itinerantes (procesiones, vía-crucis, traslados, manifestaciones, cabalgatas) y de espectáculos de alto riesgo (conciertos, partidos de fútbol, incluidos los internacionales) que en su mayoría se concentran en los días de la semana con menor número de agentes disponibles, como se refleja en el estudio. El aumento de acontecimientos masivos no se ha registrado progresivamente todos los días de la semana en los últimos tres años, sino de forma especial y pronunciada los sábados (un 14,%%) y los domingos (un 24,5%).

El Ayuntamiento insiste desde hace meses en que necesita convocar nuevas plazas de agentes de la Policía Local: entre 200 y 300 más. El cuerpo envejece, sufre las contingencias propias de cualquier colectivo y se asegura reiterdamente que no da para más. El gobierno exige que el Estado levante las restricciones impuestas en los años de crisis. Aquí aparece inevitablmente la política. O se permite la convocatoria de oposiciones, o se da el visto bueno para que la Intervención General apruebe el pago de más horas extras. Las administraciones locales se quejan de estar asfixiadas por la tasa de reposición cero. Aprovechan la actual coyuntura para apretar al ministro Montoro. En este nuevo estudio del Ayuntamiento de Sevilla, en el apartado de las conclusiones, se advierte que ya ha habido que rechazar numerosos eventos al no disponer de agentes de la Policía Local, se ha puesto en práctica un protocolo de ahorro y se ha intensificado el cobro de tasas. Aun así, el estudio concluye que el ahorro no se percibe porque las convocatorias de eventos se han disparado en los últimos años. Como curiosidad, cuando se registra un leve descenso de las procesiones se aprecia un aumento de las cruces de mayo. El estudio revela que se han reducido los actos de carácter reivindicativos (de 540 a 477). En los últimos tres años sí han aumentado los eventos calificados de cultos, romerías, traslados y vía crucis. También lo han hecho los culturales (de 423 a 634) y los deportivos (de 100 a 118).

El gobierno local clama para que el Estado le permita gastar dinero en una macroconvocatoria de plazas para la Policía Local. El discurso político asegura que el dinero está en el banco pero el Ayuntamiento está atado por las medidas de contención que entraron en vigor con la crisis. La ciudad hace cada vez más uso de la calle, los datos revelan que vive con intensidad de puertas hacia afuera. La autoridad que rechaza convocatorias por falta de agentes es la misma que promueve una Feria de formato largo para que la fiesta alcance dos fines de semana en lugar de uno. Otras voces no discuten que hacen falta más agentes, pero apuntan a la necesidad de cambiar el esquema de trabajo de los agentes, de arbitrar turnos específicos para los fines de semana o de repercutir el cobro de los servicios especiales a las entidades convocantes.

La seguridad tiene un precio económico y un coste social que se traduce en incomodidades y restricciones. Los macetones por el momento han salido gratis para las arcas municipales y no han causado un efecto antiestético en los edificios próximos. El siguiente paso será la adquisición de videocámaras, lo que conllevará nuevas negociaciones con el interventor, y continuar con la reivindicación política de más plazas policiales. Los atentados de Cataluña son la coartada perfecta, el cheque en blanco para los cambios sin necesidad de debates previos. Mientras dura la sensación de miedo, nadie alza la voz contra un macetón. Sevilla ha perdido la cultura de la bulla en el peor momento, ha dejado de confiar en sí misma cuando más fácilmente cunde el miedo. Y en los años en que precisamente sus actos multitudinarios han aumentado un 300%: de 2004 a 2017.

eventos masivos

Elogio de agosto

Carlos Navarro Antolín | 13 de agosto de 2017 a las 5:00

Fotos de turistas y hoteles para reportaje sobre ofertas y preci

AGOSTO todavía es una delicia que se sirve en plato pequeño, sin raciones ni medias raciones. Agosto es el mes donde Sevilla es más pura porque hay más silencio, menos sevillanos y los turistas caminan abatidos por el calor sin temor a ser agredidos. En Sevilla siempre se ha sabido convivir con los turistas con un pacto no escrito por el cual tienen sus zonas reservadas, sus bares y sus horarios propios. El bar Gonzalo es de turistas, como lo es el entorno de la Catedral, el barrio de Santa Cruz con sus comercios despersonalizados, lo que queda de la Carbonería con sus leyendas, las franquicias del café donde dejan quitarse los zapatos, las gitanas que venden romero y los tablaos flamencos. Y no se discute. Los sevillanos y los turistas se han organizado siempre de forma natural, como antiguamente en las bullas. Ustedes por allí con cada vez más sitio, nosotros por acá con cada vez menos. Y en algunos casos se convive directamente, como al compartir barra del Rinconcillo o la espera por un taxi de los que lleva el aire acondicionado apagado. Suficiente tienen los turistas con aguantar el ataque del mercurio alto y con soportar el malaje habitual del sector de los servicios. Agosto es una reserva de soledad monacal en plena vía pública, donde en muchos momentos se puede experimentar esa sensación que tanto le gusta a sevillanos como el doctor Yebra, siempre feliz a contramano, en sentido opuesto al del rebaño de la bulla, sin temor a la soledad, al qué dirán, a parecer que no se está integrado cuando no hay integración plena sin conocimiento, ni más amor verdadero por una ciudad que el que sienta sus raíces en el estudio de su historia y en el análisis de sus personajes. Agosto puede hasta con la muerte, silencia a los que fallecen en su regazo de sudor, música de chicharra y humedad de aspersores de terraza, deja sin eco las esquelas y pasa la pizarra anunciando el aplazamiento de los funerales hasta septiembre, que agosto no quiere crisantemos porque no conoce más flores que las varas de nardos y las moñas de jazmines vendidas en bandejas, coja usted la que más le guste por un euro.

Agosto anestesia la ciudad, deja dormidas las polémicas que marcan el cansino ritmo de la vida cotidiana y crea las suyas propias, polémicas de ratas que corren por los barrios, ramas que se desprenden, plagas que amenazan los árboles y visitantes atendidos de sopitipandos por las calores. Agosto cierra bares, echa persianas, mete a los albañiles dentro, recorta el horario de misas y convierte la televisión en una caja idiota más idiotizada que nunca. Agosto despuebla las calles y deja ver una piel desnuda de adoquines, unas fachadas más expuestas que nunca, unos comercios sedientos de mirones. Agosto mejora la ciudad porque la empequeñece como la casa vacía que parece perder metros cuadrados a la espera de vida y muebles. Agosto es una oportunidad para el reencuentro con la ciudad, para revivir los mejores momentos del año en un laberinto de calles que guardan el recuerdo de los hitos de tu existencia. Agosto tiene el silencio y la espesura que permiten la serenidad para vivir mejor, el sopor de cochero de punto que se reclina malamente para dormitar mientras pleitea con una mosca, el frío del agua de tirador que alivia los paseos largos por las plazas duras y el golpeteo de la piocha que derriba tabiques para levantar nuevo muros. En agosto un bar se convierte en otro bar, un comercio de ropa en sucursal de banca privada, una joyería en tienda de helados de yogures. En agosto se gana el otoño, en agosto se forjan las reformas, en agosto hay quienes pierden su silla por el éxodo estival. Sevilla en agosto coge hechuras de convento con pocas monjas, muchos refectorios clausurados y olor a cerrado. Agosto en Sevilla es la expresión de un hermoso vacío de tarde de domingo, de patio de la Caridad donde la soledad se cita consigo misma y corteja con la muerte con los rosales por testigos. Agosto es el precipicio del calendario por donde se despeña todo lo fatuo, todo lo irrelevante, todo lo ruidoso que amenaza la serena calma de nuestra existencia, nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda; la paciencia del agosto sevillano todo lo alcanza.

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El pedrismo más light

Carlos Navarro Antolín | 6 de agosto de 2017 a las 5:00

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EN la carrera por el poder en el PSOE de Sevilla, en ese hipódromo donde se disputa la primera plaza que da derecho al control del aparato, los pedristas hispalenses han escogido el caballo menos conocido, teóricamente con menor entidad de los posibles y con el palmarés más escuálido. Es cierto que en la política de hoy las trayectorias cuentan muy poco. Prima la obediencia ciega al líder, esa cualidad que lleva a tirarse a la piscina sin agua, esa capacidad para construir una unión temporal frente al enemigo común (que para los pedristas es Susana Díaz) y esa sumisión inmediata a las directrices de la superioridad por ridículas y temerarias que sean, como ser repelida del templo de Ferraz ante las cámaras de todos los telediarios tras entrar revestida con la estola de “máxima autoridad” (Verónica Pérez).

El pedrismo hispalense ha elegido a la ex concejal Eva Patricia Bueno para aspirar a la secretaría general del PSOE sevillano. Antes tendrá que asumir la difícil tarea de reunir el 20% de los avales, cosa que hasta los sanchistas más convencidos admiten que equivale a encontrar el Vellocino de Oro. Eva Patricia Bueno es la opción más plana de los seguidores de este Pedro que trata de edificar la nueva Iglesia socialista sobre la piedra de las primarias donde derrotó al icono del PSOE andaluz. Bueno es una opción light. Cumplirá la función de instrumento necesario, de colaboradora indispensable para dar el aldabonazo y denunciar la imposibilidad de celebrar unas primarias con dos listas por el requisito imposible de sumar tan alto porcentaje de avales. ¿Algún socialista a sueldo en la Junta, el Ayuntamiento o la Diputación estampará su firma para avalar la lista pedrista?

Eva Patricia Bueno es la secretaria general de la Agrupación Miraflores, donde Sánchez ganó en las primarias por muy poco margen. Pero ganó. Los pedristas sólo vencieron en cinco agrupaciones sevillanas: Bellavista, Nervión, Dos Hermanas, Las Cabezas y la citada de Miraflores. Esta desconocida del PSOE sevillano tiene su propia agrupación fuertemente dividida. El bando contrario en Miraflores lo encabeza en la práctica Antonio Rodríguez, con plaza laboral fija en Emasesa, donde fue una suerte de jefe de gabinete para obras menores en tiempos del virrey Marchena, pasó al ostracismo en la etapa de Zoido y ahora ha levantado el vuelo con Juan Espadas, al que debe lealtad. Eva Patricia fue en tiempos una protegida de Evangelina Naranjo, la ex concejal y ex consejera de la Junta, pero las dos se distanciaron cuando la primera apoyó a Fernández Tapias y la segunda a Madina en las primarias que venció Pedro Sánchez. A Bueno se le reconoce criterio propio en muchos asuntos, aunque también un excesivo entusiasmo a la hora de hablar de algunos de sus supuestos logros en su etapa de edil, como conseguir que el recorrido de la cabalgata se ampliara a los barrios, y la habilidad para haber salido absolutamente limpia del caso Fitonovo aun habiendo sido concejal de Parques y Jardines. Perito agrícola de profesión, su perfil es el más bajo de los posibles para emprender la carrera hacia el poder de la agrupación socialista tradicionalmente más potente de España. Nieves Hernández, ex portavoz de gobierno local, ha rechazado la contienda después de haber liderado las plataformas sanchistas en toda España. Luis Ángel Rojo tampoco ha dado el paso al frente, quizás porque ni siquiera logró que la lista de Pedro Sánchez ganara en la agrupación de la que es secretario general (Sur). Y Maribel Montaño, vista con buenos ojos por el entorno del ex alcalde Monteseirín, tampoco ha querido saber de esta empresa.

Eva Patricia Bueno comparte con Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, el gran pedrista andaluz, la cualidad propia de un núcleo muy particular del PSOE sevillano: la vocación crítica, la necesidad de estar siempre frente al aparato. Esta ex edil es el cucharón necesario para ser golpeado en la cacerola del susanismo y denunciar que las normas del “viejo PSOE” impiden una votación con dos listas, en lugar de ser aplicadas las normas del “nuevo PSOE” que a partir de 2018 rebajan el porcentaje de avales necesario hasta un 3% simbólico. Hacer ruido, evidenciar, hacerse oír. La política de hoy tiene poco de discurso racional, menos de ideología, y mucho de lucha por el poder puro y duro. Y, sobre todo, por el ajuste de cuentas personales. El caballo menos conocido para un hipódromo donde muy probablemente no habrá siquiera carrera. Una apuesta plana y sin riesgos. Los pedristas se conforman con encender la bengala para dejar clara su presencia.

Al gran estratega del sanchismo del Sur, el correoso Gómez de Celis, poco le importa que no se consiga el 20% de los avales. Sabe que la conquista del PSOE andaluz comienza por los cimientos y requiere de algo tan cotizado en política (por la dictadura del cortoplacismo) como es el tiempo. Tras hacer ruido con Eva Patricia, sólo habrá que esperar la entrada en vigor de la nueva normativa que rebaja la exigencia de avales y, después, preparar la batalla en la conformación de las listas de las municipales de 2019, donde el sanchismo querrá sus cuotas en las listas. Hoy ya la tiene en la Plaza Nueva con la edil Inmaculada Acevedo, un ariete poco conocido de Gómez de Celis en el actual gobierno local. Ahí, en el ruedo municipal, es donde Celis le hará cosquillas muy incómodas al actual alcalde, Juan Espadas, si no se las hace antes por otras vías, dadas sus más que solventes conexiones desde hace años con sectores políticos conservadores donde él y los suyos se entienden con terceros a la hora de defender intereses comunes. Porque, insistimos, sólo el enemigo común es capaz de establecer uniones con cierta solidez en la política y explicar extrañas adhesiones. Que socialistas andaluces moderados, con sentido de Estado y altura de miras, reconozcan que han votado a Pedro Sánchez sólo se explica por la animadversión a Susana Díaz, a la que el vídeo ‘robado’ tras la derrota en Madrid y la guasa del cónsul le han venido de perlas. Aparece como víctima quien tanto ha destacado durante años por su perfil más duro. Nada más conmovedor que ser la agredida, la agraviada, la odiada. Entonces el caballo va al galope.

La Ley Mordaza contra la Campana

Carlos Navarro Antolín | 30 de julio de 2017 a las 5:00

16/07/2017: pancarta en la confitería la Campana.

LA Campana es una plaza fea. En su caso cualquier tiempo pasado fue mejor porque la aleja de su actual estética de trasera de caseta. La Campana es la Alfalfa con derecho al Corte Inglés. La Alfalfa es la Campana sin Corte Inglés, sin mercadillo de pájaros (con pico) y sin El Gran Tino que perdimos (se vende). La Campana de hoy es grande como Barcelona y fea como… esa ciudad en la que está usted pensando. Sevilla es una ciudad que se adapta a la fealdad con una gran facilidad, Sevilla sublima lo feo como sólo es propio de la ciudades sin rumbo, satisfechas en su decadencia, de la gente sin criterio, la misma gente que confunde el mero con la rosada, una vajilla de Arcopal con una de la Cartuja, un brillante con una circonita y un encaje de supuesta blonda para turistas en tienducha de Santa Cruz con uno de chantilly de Antigüedades Ortega. Sevilla es feliz en su ignorancia mientras otros se ríen de ella con el desdén de la superioridad. La ciudad pacata mira hacia otro lado cuando caen las casas del XVII y XVIII que daban personalidad a su viejo casco urbano, está dormida cuando es bajado el Giraldillo original para cambiarlo por un pastiche y guarda silencio cuando algunos de sus templos barrocos son reconvertidos en hoteles NH con sacristán y horario de misas.

La ciudad vive del nombre, del cuento, de la historia que ha oído, que le han dicho, que le han vendido. Y se rasga las vestiduras porque el único comercio de La Campana con historia, el único que suma décadas para contar un siglo, el único distinto, diferente y que, por tanto, aporta valor añadido, sello propio y autenticidad a prueba de imitaciones, ha colgado una pancarta donde pide apoyos para reivindicar el derecho a instalar los veladores que siempre tuvo antes de la invasión de la vía pública perpetrada al amparo de la Ley Antitabaco de Zapatero y con la vista gorda del gobierno municipal.

Una “orden superior” –como se refleja en los papeles– ha mandado a los inspectores al centenario establecimiento por el mero hecho de exhibir una pancarta. Adelante un pastel de mordaza con nata envuelto en una servilleta que me lo voy jamando por la calle Sierpes. La confitería de la Campana es la perra apaleada (guau) en la polémica de los veladores. El gerente de Urbanismo, señor Pozuelo, le echa valor (buen chocolate) contra la pancarta que canta la verdad en una demostración palmaria de respeto a la libertad de expresión por las que hilan… el huevo hilado que venden en la Campana por Navidad. ¡Viva usted, señor Pozuelo! La pancarta de la confitería es el problema de la Campana, la pancarta es lo que afea la plaza que a fuerza de perder negocios tradicionales bien podría ser cualquier plaza de Albacete, Badajoz o Pontevedra. No la afean los luminosos del Burger King, no la afean los rótulos del Mac Donalds, no la afean las bombillas del otro burguer de la acera de enfrente. No, señor Pozuelo, nada de eso afea la Campana. El problema de la Campana, el único detectado por las finas mentes a sueldo en horario de mañana (las tardes libres, cómo no), es la pancarta de la confitería. Este despropósito evoca a la inigualable comisión de patrimonio de la Junta, que autorizaba la construcción de las setas pero impedía el simple traslado de la fuente de La Encarnita a la Plaza de la Contratación para salvaguardar la estética histórica de la plaza. ¡Toma del frasco!

Ya sabemos dónde están los pájaros del extinto mercadillo de la Alfalfa que, por cierto, anclaba sus orígenes en la Sevilla romana. Todos aquellos pájaros se fueron a la Gerencia de Urbanismo a montar la brigada político-social que ahora arremete contra una mera pancarta. Por “orden superior” de la autoridad, a lo que habría que añadir lo que dijo el que entró sin llamar en el Congreso de los Diputados: “Militar, por supuesto”. Siga así, señor Pozuelo, duro con las espigas del café en taza y blando con las multinacionales de la peste a mostaza y ruido ensordecedor de cumpleaños con padres fantásticos. A este paso manda usted los inspectores al Cabildo Catedral por la pancarta anual del Domund en la rejería de la Puerta de los Palos.

Entre todos hemos conseguido que la Campana deje de ser una plaza y sea eso: un hábitat… urbano. Y decían que el problema de la confitería era el malaje y la parsimonia de algunos camareros, timbres de gloria de la antipática pero eficaz hostelería local. Siempre podemos ir a peor. Que nos lo digan con el caso del Laredo, tanto lamentar su transformación, pero a puntito ha estado de caer en manos de la franquicia esa de nombre impronunciable donde te hablan de tú, te preguntan tu nombre de pila (del pato) y te obligan a consumir el café en vaso grande y contemplando los pies por lo alto del guiri desahogado de la mesa de al lado. En Urbanismo sólo se preocupan de la estética cuando se les dice la verdad en una pancarta, sin darse cuenta de que atropellan ese valor supremo con el que después se les llena la boca: la libertad. Esto, en el fondo, es una conjuración, un plan del avieso hostelero para que no nos quejemos de la lentitud de esos dos camareros que usted y yo sabemos, al igual que sabemos qué ciudad es más fea que incoar un acta de inspección por una pancarta. Y no por eso dejamos de ir a sus playas. Ni de entrar en la Campana. Y ahora hasta entraremos alguna vez en el Laredo para reconocer que ha ejercido de rompeolas del avance de las multinacionales. ¿Seguirán, por cierto, despachando el Manchenieto? Póngame una de ese queso, por favor, pero sólo si es por tapa. Y si es tan amable me da una servilleta para limpiarme el rocío de las gafas, que no es del cielo (amén), sino de los aspersores.