El Despeñaperros de los veladores

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2016 a las 5:00

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QUÉ valiente este Ayuntamiento en materia de veladores, qué forma de abrirse la chaquetilla y ofrecer el pecho a la cornamenta del avieso toro de la hostelería, dispuesto siempre a pegar una andanada en cuanto se anuncia cierta regulación del uso de la vía pública. El gobierno de Juan Espadas ha tomado la Campana como estandarte de la lucha contra la ciudad chabolizada, le ha echado coraje a dos negocios de dirección despersonalizada como son las franquicias de las hamburgueserías y a la popular confitería. Bien está, señor alcalde. Bien está, don Juan Espadas, eso de mandar al bueno de Antonio Muñoz con su tropa de inspectores a hacer razzias de mesas y sillas en la Campana, donde dicen que no quedará ni una; y en la Avenida y en la calle San Fernando, donde anuncian que se reducirán en elevados porcentajes. En materia de veladores, uno es muy de Santo Tomás, siempre con el dedito buscando la llaga.

Zoido gestionó la miseria en los años de crisis. Y Espadas tiene que aplicar medidas correctoras por la dejación de funciones de Zoido: poner orden en la Semana Santa, nombrar un jefe de la Policía Local, meterle mano al Vacie y tratar de frenar el caos con los veladores a partir del primero de enero, el día que la gente deja de fumar y, en Sevilla, dejará de sentarse en los veladores. Anoche cuando dormía, soñé, ¡bendita ilusión!, que Urbanismo limpiaba de veladores la Avenida de la Constitución.

De todo cuando ha ocurrido en los últimos días, extraña que el señor alcalde no se haya acordado de la Plaza de San Francisco en el arranque de su ambicioso plan contra la estética de covacha que marca un lugar tan noble de la ciudad, tan próximo a su propio despacho. Antonio Muñoz no dijo ni pío de la Plaza de San Francisco. Ni pío, ni mú, ni esta boca es mía. El mismo alcalde que estuvo raudo en su primer día de gobierno para sustituir el suntuoso sillón de su despacho por un funcional sillón de oficina, no se ha acordado en materia de ordenación de la vía pública de empezar por su propio entorno, donde la firma hostelera de siempre sigue como las tropas de San Fernando en vísperas de la reconquista de Sevilla: exhibiendo todo su poder a las mismas puertas del gobierno de la ciudad. Si en Nochebuena y en Nochevieja apareció la jaima de Gadafi en la Plaza de San Francisco para dar cobijo a los comensales, desprovista la ciudad de inspectores a esas horas donde la calle es Jauja con coheterío, estos días del otoño cálido aparece un puesto donde se ofrecen cachimbas. Cachimbas con vistas a la Giralda, oiga, y con el fondo plateresco del Ayuntamiento, marco incomparable donde suena el eco del con dinero o sin dinero hago siempre lo que quiero y mis veladores son la ley.

En otro lugar del centro, en la calle Luchana, hay un restaurante italiano que cada noche empotra el mostrador auxiliar de los cubiertos en la rejería del templo de San Isidoro, catalogado como Bien de Interés Cultural, que se dice BIC, cristal escribe fino. Y el BIC normal ya se sabe: escribe normal. Algunos estamos esperando la firmeza del delegado Antonio Muñoz a la hora de hacer cumplir la ordenanza bajo sus narices, en la misma Plaza de San Francisco, la que estuvo décadas libre de obstáculos y que en la última década es salón multiusos de la ciudad, aparcamiento de motos y una suerte de zona franca de cierta hostelería que organiza cócteles, planta lamparitas, veladores, mesas auxiliares, parasoles, media Ikea de quita y pon… Y ahora hasta cachimbas. ¿No refiere el gran Muñoz, con más razón que un santo, que hay que reducir las mesas por una razón estética, entre otras? Pues haga también una razzia por esta plaza, que la tiene bien cerquita de su asiento de concejal en los plenos. Cualquier día la web municipal nos ofrece la evolución de la Plaza de San Francisco en streaming, como la tortura de los plenos, pero en plan más divertido, con alguien de la familia pendiente de la pantalla para dar el aviso.

–¡Corred, corred, que han sacado la jaima y las cachimbas! Qué monas esas lámparas y esos aspersores. Qué precioso todo.

La Plaza de San Francisco es el Despeñaperros del plan anti-veladores de Juan Espadas. Aquella anécdota de la locomotora que al llegar a Atocha pegó un resoplío atronador que asustó a los viajeros que circulaban por el andén: “¡Esos cojones en Despeñaperros!”. Ahí, en esa plaza, es donde muchos queremos ver el coraje de un alcalde que confiamos en que no sea blando con las espigas del hostelero de siempre y duro con las espuelas de las franquicias que, al final, nadie sabe de quién son por que todas son iguales por el arte de la globalización.

–¡Óle! Ha rimado.
–Gracias.

En la Plaza de San Francisco es donde muchos esperamos que el alcalde la líe gorda y no haga la vista gorda. Y lo mismo se puede decir del entorno de la Catedral, de esa calle Mateos Gago que prometió reorganizar siendo líder de la oposición, y de la Cuesta del Bacalao, donde la misma firma hostelera tiene la milla de oro de la verdadera unidad del PIB local:el velador. Toda terraza de veladores de la Cuesta del Bacalao ya se sabe de quién es mientras no se demuestre lo contrario. Del tío de las cachimbas, que ya no es Torrijos, sino aquel al que todos temían y se salvó otra vez… por la Campana.

El río, el eterno maltratado

Carlos Navarro Antolín | 16 de octubre de 2016 a las 5:00

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EL río no tiene esquinas, pero un paseo matutino por las riberas es morir lentamente en ellas con la banda sonora del zumbido de las barredoras de Lipasam, trompetas que anuncian la recuperación de la higiene perdida. El Guadalquivir es a los programas electorales lo que los deportes minoritarios a la televisión:sólo interesan cada cuatro años. Consumadas las opciones de medalla en el hockey, el tiro al plato y el judo, se esfuma como humo de castañas el interés del público de sofá, se produce el apagón hasta los próximos Juegos. Sufridas las promesas de los candidatos sobre el aprovechamiento del río, nada más se sabe hasta los siguientes comicios. Con el río nos han prometido casi de todo: desde una playa hasta una piscina fluvial, desde ser convertido en la calle ancha de Sevilla con catamaranes para ir a la Feria hasta proyectos de dragado que nunca llegan.

La realidad siempre tiene el efecto del mazazo de un péndulo que se venir. La ribera del río es muchas mañanas un gran espejo de las entrañas de la ciudad indolente. El río trae el olor de la mar para los poetas y tiene el sonido de las barredoras para los viandantes, el bufido sostenido de esas sopladoras que retiran la cochambre como el que ordena apresuradamente cuatro libros y estira los cojines arrugados antes de recibir a una visita. Los sevillanos ensucian el río, los políticos lo manosean, Lipasam lo maquilla. El río es el botellódromo que Sevilla no tiene. A las ciudades se las conoce por los mercados, los cementerios, los parques y los ríos. El río al salir el sol es como la carrera oficial cuando cae la noche: un estercolero que exhibe las miserias de la ciudad.

El río es el eterno maltratado. Nunca una ciudad recibió tanto y valoró tan poco lo recibido. El río no interesa más allá del pimpampún del fuego cruzado entre políticos, más allá del interés de los rapsodas por ensalzar las espumas recamadas de sus aguas en los atriles de los ripios, más allá de los destellos de plata que iluminan las fotos nocturnas de la Semana Santa o la velá trianera. Al río le han sacado más provecho los tres clubes privados, los bares de copas y los caminantes contra el colesterol, que la administración pública con todos sus pomposos anuncios que son afluentes de humo que van a morir a la mar de los paneles de las recreaciones virtuales.

La costra matinal del chapapote de plástico, alcohol y vidrio que afea el Paseo Juan Carlos I, el Muelle de las Delicias o la glorieta de las Cigarreras, contrasta con el interés del Ayuntamiento por convertir un tramo de la margen del río en el gran pabellón de recepción de visitantes. Sevilla con los turistas es la señora que se ajusta el moño en el ascensor antes de llegar a casa de los anfitriones, pero que se ha olvidado de repasar unos zapatos con la piel levantada por los bordes y los tacones desgastados.

A los sevillanos en el río no se nos puede dejar solos. El río es para hacer fotos, para ese morir parsimonioso, para esos paseos cardiosaludables entre vómitos, cristales en punta y desechos propios de las noches altas. Por el río entraba lo mejor para la ciudad y en el río se contempla muchas mañanas una de sus peores estampas. No hay sopladoras bastantes en Lipasam para ir amontonando las vergüenzas de la ciudad en un rincón y dejarlas listas para ser recogidas por el camión de la basura. Llévense las vergüenzas a otra parte, que no quiero verlas, que no quiero verlas. Esa hilera de grandes bolsas de plástico negro con todos los desechos recogidos son una suerte de cadáveres de la noche alineados en un pabellón al aire de los que se habilitan tras una catástrofe.

El río es quizás el símbolo más preciso de la ciudad. El contraluz de su lámina aguanta todos los malos tratos. Por su río los conoceréis. Qué bonito el río de Sevilla cuando se va alejando de la propia Sevilla. El río es una calle sin esquinas en la ciudad que tiene esquinado al Guadalquivir. El río de los barbos y de los esturiones soporta a la ciudad de los pájaros de pico afilado. El río de las márgenes emborronadas como la libreta de un escolar inquieto. La ciudad primero sopla y después pasa la sopladora en un eterno tormento de Sísifo con uniforme de barrendero de Lipasam. El río a su paso por Sevilla está para ser visto de lejos, como la torre del pueblo de Juan Ramón. Pasear una mañana por las riberas del Guadalquivir más urbano es adentrarse en los meandros de una ciudad que a base de creerse la más bella no hace más que evidenciar esa indolencia mal disimulada que es propia de la soberbia.

Metro, un túnel sin salida para Espadas

Carlos Navarro Antolín | 9 de octubre de 2016 a las 5:00

Juan Espadas en el metro de SEVILLA
A Juan Espadas se le pone un día cara de Zoido, cuando se dedica a promocionar procesiones y a convocar el plebiscito del escarnio, y otro cara de Manuel del Valle, cuando no hay antiácido que le ayude a tragarse el sapo del Metro. Espadas con el Metro es Manuel de Valle pero sin camisa a medida ni austero abrigo largo. Del Valle llenó Sevilla de carteles para convencer a la grey de que el Metro era inviable, una campaña para decir que no había proyecto. Enseguía ahora el márquetin político que impera aprobaría una campaña igual, una campaña en negativo… El alcalde se ha metido en pocos meses en su segundo lío. Primero fue la consulta de la fecha de la Feria (¡Han cantado gol en propia meta!) y ahora ha sido el Metro, donde Espadas se ha construido su propio túnel sin salida sin necesidad de carteles ni de campañas. Manuel del Valle se salió del Metro. Espadas se vio metido y no sabe salir.

Ha dicho el alcalde esta semana en el colegio Buen Pastor, el auditorio blanco soñado por cualquier político, que las soluciones al tráfico de la ciudad no tienen por qué pasar por el Metro. ¡Ahí va, el Metro! ¡Ahí va, los donuts! El alcalde ha dicho la verdad ante un público blanco, inocente, alumnos que formularon preguntas sobre su ciudad. Juan Espadas, por fin, ha hecho la ingestión. ¡El sapo entró! No vamos a tener más Metro. Todos estos meses hemos sido nosotros, los sufridos administrados, los que nos hemos tragado los sapos de los diversos anuncios, el humo tóxico de las declaraciones y las cucharadas de sopas bobas. Sólo la Ciudad de la Justicia ha generado tanto humo como el Metro en menos tiempo. ¿Cuántas veces nos ha repetido Juan Espadas que no hay que dejar de reivindicar el Metro? El 13 de julio de 2010, cuando era el líder de la oposición, dio la razón a los vecinos de Pino Montano que llevan años exigiendo un Metro soterrado. El 9 de septiembre de ese mismo año alabó a los diez componentes del equipo de la Junta de Andalucía que han diseñado las líneas de Metro: “Cuentan con una experiencia internacional en la ejecución de metros en las principales ciudades del mundo”, por lo que todos, según Espadas, debíamos estar tranquilos ante los imponderables técnicos del trazado sevillano.

El 29 de abril de 2011, en vísperas de su primera campaña electoral, se comprometió a promover el paso de la línea 3 del Metro por San Jerónimo, caladero de votos socialistas. El 15 de abril de 2015, a un mes de las elecciones, sentenció: “Retomaré el Metro y derogaré la nueva zona azul”.

La coincidencia de gobiernos socialistas en el Ayuntamiento y en la Junta de Andalucía a partir del verano de 2015 servía en bandeja la ejecución de nuevas líneas de Metro. Ya no cabía la confrontación entre ambas administraciones. Zoido ya no estaba. Espadas sería un nuevo estilo, por fin había llegado el gestor a la Plaza Nueva como el tapicero a su ciudad, señora.

El pasado 27 de julio, metidos en las calores y sin sombra en la Avenida, el alcalde exigía financiación para el Metro al gobierno central, que todos sabemos que está en funciones y que tiene las manos atadas, pero el rigor es lo de menos. Se trata de confrontar. De hacer ruido, de vivir de la renta efímera de un titular, de echar el balón a la olla de las administraciones para señalar a todas y a ninguna a la vez . Espadas se ponía gallito ante el Ministerio de Fomento cuando la Junta de Andalucía ya daba por perdidos los proyectos de nuevas líneas, cosa que destapó recientemente este periódico. Sevilla tiene Metro, sí. Literal. Una única y solitaria línea de Metro. El 22 de septiembre, Espadas tildó el crecimiento de la red de Metro de “irrenunciable”, pero advirtió que la ciudad no estará parada mientras se inician unas obras ya descartadas por la Junta. Y tanto que Espadas no está parado, por eso agita el sonajero de la ampliación del tranvía hasta Santa Justa, ha ampliado en más de 3 kilómetros el autobús que cubre el Polígono Carretera Amarilla, ha creado las lanzaderas entre la Cartuja y el apeadero de Blas Infante con el pretencioso nombre de Tussam exprés, ha potenciado la línea C5 que pasea a velocidad de tío vivo a cuatro jubilados cada tres horas por el casco antiguo, y no para de referir que hay “otras soluciones” antes que el Metro cuando se relaja y dice la verdad antes tiernos infantes. Por fin asume en público el discurso de la Junta de Andalucía largamente ocultado en los despachos: Sevilla tendrá más autobuses y tranvías, pero no más Metro.

El alcalde sabía de sobras que la Administración autonómica tenía tirada la toalla del Metro sevillano pese al elevado coste (18 millones de euros) que había tenido el diseño de las líneas que faltan. Por eso llevaba varios meses exhibiendo los nuevos planes de Tussam sin verle la salida al túnel del Metro. Por eso Zoido tenía preparados en el cajón los proyectos de ampliación del tranvía a Sevilla Este y a la Plaza de Armas, dos nuevas líneas estudiadas por Tussam de cuyos detalles informó este periódico en agosto. Todos sabían la verdad y se fabricaron las respectivas salidas de un túnel donde se ahogan los sueños de Sevilla por ser de nuevo una gran ciudad.

El alcalde fija mientras otro objetivo para el mandato: acabar con el Vacie. Sevilla en blanco y negro en pleno 2016. De erradicar el Vacie ya habló Franco. Hasta lo visitó. Y la primera ley de Metro de la ciudad es de las cortes franquistas, de 1968. Seguimos con el Vacie como Hurdes a lo hispalense y tenemos un Metro menguado, insuficiente para una ciudad que roza los 700.000 habitantes y que en buena parte discurre por la superficie. Espadas cualquier día, entre viaje y viaje a Málaga, nos habla de recuperar el Canal Sevilla-Bonanza, reabrir Ecovol o reinstalar las sillas de tijera de color verde de la Plaza Nueva.

Ni Metro, ni cercanías al aeropuerto. Y Espadas sacando pecho al quejarse de que las cláusulas sociales de los contratos municipales son tan innovadoras que abrirían los telediarios si se tratara de Madrid y Barcelona. No se preocupe el señor alcalde que los sevillanos nos hemos hartado de salir en los telediarios el último mes entre su consulta sobre la Feria y el pifiazo de su compañera Verónica Pérez a las puertas de Ferraz. Eso es lo que le ha pasado al alcalde con el Metro, que ha hecho un Verónica Pérez al exigir un proyecto con mucha energía, obtener un portazo del gobierno amigo de la Junta y aplicarnos el placebo de unos cuantos autobuses más. Esperemos, al menos, que seamos capaces el próximo verano de colocar bien los toldos de la Plaza del Pan al primer intento y que al alcalde se le quite la cara de Manuel del Valle, quien, por cierto, nunca bailó en la Feria. Ni prometió el Metro ni la Ciudad de la Justicia. Al menos nos anticipó la verdad. El Metro sigue siendo un tunel sin salida. Aunque nunca haya que perder la fe. Dios existe, decían los autobuses de Tussam. Siempre Tussam.

Una concejal que vulnera la Constitución

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2016 a las 5:00

Comienzo del Pleno Fotos de todos los grupos políticos Especial atención a la presidenta de la sesión, Carmen Castreño
Desde que entró en vigor la Ley de Grandes Ciudades, también conocida como Ley Arenas, hemos tenido presidentas del Pleno de un perfil sosegado como Aurora Atoche e Inmaculada Muñoz (PSOE) y de un perfil polémico y un punto altivo como Javier Landa (PP). Pero nunca hasta ahora habíamos contado con una presidenta del Pleno que vulnerara los derechos constitucionales de grupos de la oposición, caso de Participa, la marca blanca de Podemos. Carmen Castreño ha metido el pinrel. Y no lo dicen solo los chicos de la oposición, sino la Sala de lo Contencioso administrativo del TSJA. Se comprende que Participa, que llevó el asunto a los tribunales, y el PP coincidan en pedir su cese como máxima autoridad del Pleno. Su figura ha quedado erosionada contra todo pronóstico, pues venía avalada por un halo de sensatez y una gran capacidad de trabajo. Si a Landa le montaron la de San Quintín por expulsar a un fotógrafo del Salón Colón (el típico tiro en el pie que es marca de la casa la derecha), qué menos que se exija de Espadas una reacción contudente. La sentencia es clara: vulneración de los derechos que la Carta Magna recoge en favor de los representantes públicos. Se trataba simplemente de permitir el debate y la votación de unas enmiendas. Y Castreño lo impidió. Un alcalde que promueve consultas populares sobre cuestiones de la Señorita Pepis, no debería hacerse el sueco con una sentencia que vuelve a dejarle en una posición, cuando menos, incómoda. El PSOE se ha quedado solo en la defensa de Castreño.

El triunfo de la fritanga

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Horno San Buenaventura cerrado
EL día que cerró la tienda de Milano de la Plaza de la Magdalena, alguien decidió estirar la vida útil de la marca abriendo un Milano Copas en el mismo local. Cuando el Teatro Quintero vivaquea como puede, lastrado por la ruina de su dueño, alguien también ha decidido aprovechar las sobras de la tortilla para hacer un revuelto, por lo que ya tenemos el Quintero como bar de copas, con entrada libre hasta las tres de la madrugada, con sus lamparones encendidos en la puerta para atraer la atención del público. Que la finca tenga la catalogación de suelo de interés social y cultural importa muy poco en una ciudad que tiene asumido que el trago largo forma parte de ese concepto chicle que es la cultura. La misma ciudad que tiene igualmente asumido que los inspectores de Medio Ambiente son esos padres que lanzan el zapatillazo con cuidado de no agredir al pequeño bribón. Recuerden que estuvimos a punto de tener una cafetería en una de las azoteas de la Catedral.

Los poderes fácticos son los bares. Nadie puede con la infantería de la hostelería, que son los veladores. Nada extraño en una ciudad que vio cómo la popular cervecería de la Moneda se restauraba mucho antes que la propia Casa de la Moneda, monumento archicatalogado. Que la principal multinacional del pollo frito apueste con fuerza para hacerse con el local del antiguo Horno de San Buenaventura en la Avenida de la Constitución es la confirmación del repliegue que entidades bancarias, fundaciones y empresas hacen en las principales arterias de la ciudad. Es un éxodo hacia otros distritos, mejor comunicados y con menos turistas, que aportan poco en su cuenta de resultados.

La hostelería es el mar embravecido que va ganando terreno a la playa urbana de oleada en oleada. Y es una hostelería mediocre, franquiciada, dirigida desde los departamentos de expansión de Madrid, con olor a fritanga o a café en vasos de plástico tamaño XXL. Jamás se han tomado esos gigantescos cafés en Sevilla, pero todo pueblo débil se deja influir por hábitos ajenos con una facilidad pasmosa. Quizás sea porque Sevilla es la ciudad donde más se cita al prójimo a tomar café, pero donde ya no quedan verdaderas cafeterías. Cerrada Nova Roma, no hay un establecimiento donde tomar un café pausado a un precio más elevado que el habitual, pero con ciertas comodidades añadidas. No hay un café Gijón, como en Madrid, ni un Novelty, como en Salamanca. Tampoco queda rastro de aquel suntuoso Café Placentines que el propio Quintero fundó bajo su emisora de radio. No hay público que pague tres, cuatro o cinco euros, en función del horario, como ocurre en los parisinos Campos Eliseos, por un café bien servido con derecho a tertulia de larga duración. Probablemente Sevilla tenga la hostelería que se merece, una oferta de pollo frito en una Avenida que desde hace una década es la milla de oro de los cafés despersonalizados, un sector servicios degradado para que el turista se sienta como si no hubiera salido de su casa.

La Avenida de la Constitución de hoy es el triunfo de la fritanga. Empezó con el despropósito urbanístico de una peatonalización tan falsa como mal concebida, y termina por concentrar las ofertas de comida rápida y yogures exprés donde antes había bancos y negocios arraigados que aportaban el genuino valor local que, se supone, desea disfrutar el visitante. El entorno de la Catedral, principal monumento de la ciudad, presenta una oferta de comida marroquí, pizzas y pollo frito, que poco tiene que ver con la Sevilla de postal que genera el turismo. Aquí lo único originario que subsiste es el calor. Todo lo demás está embadurnado de vinagre de Módena. Por muchos ventiladores y aspersores que sean colocados, el calor, como el amor de la carta de San Pablo, todo lo soporta. Venga pollo frito de KFC. Y si falla el negocio, se abre el KFC Copas.

Tendría que venir el profesor Enrique Figueroa con su famoso medidor, que usa para calcular los grados que hace a la sombra o en los pavimentos, para que nos chive cuántos bares buenos quedan de verdad en el entorno del Alcázar y la Catedral. Probablemente, las muestras de la hostelería más genunina de Sevilla se encuentren ya en los barrios más que en el centro. Para ver Roma en Sevilla hay que ir a Santiponce. Y para leer una lista de tapas de toda la vida, a Nervión, Rochelambert o el Cerro. Sin un tío al lado que te pegue con la mochila. Y con un café con el tamaño de un café.

El alcalde irritado

Carlos Navarro Antolín | 25 de septiembre de 2016 a las 5:00

JUAN ESPADAS VOTA LA CONSULTA SOBRE LA FERIA
SE ha tambaleado el pedestal de su trabajada fama de técnico riguroso, alejado del humo del puesto de las castañas urbanísticas. El alcalde Juan Espadas se ha metido él solito en una bulla de Feria en pleno septiembre. Le han birlado la cartera de hombre serio, le han despojado de la coraza de político gestor, de la imagen de ejecutivo que saca 25 horas al día y que jamás se salpica del irreversible barro de las frivolidades.

Se ha irritado a golpe de telediario nacional, de los informativos rapaces que buscan la carroña del ceceo y el sobrepeso para mantenernos condenados a la estética estereotipada de pueblo inculto, indolente, conformista y anestesiado. El gran técnico del PSOE de Sevilla, amamantado y criado en los despachos de la Junta, lápiz, calculadora y cartabón, ha hundido a la ciudad en el pozo de las banalidades, caseta, jolgorio y vino. Su bien elaborada fama de gestor, de hombre de despacho, de silencio, temple y mando, de flexo y folios ordenados en una carpetilla para cada asunto, se ha desmoronado como un castillo de arena a la primera ola embravecida del mandato: la consulta sobre la Feria.

Juan Fernandez-Rodríguez García del Busto, el alcalde de frac en las grandes solemnidades que era hermano de Pasión, trasladó la Feria del Prado a los Remedios. Y Juan Espadas nos lleva a las urnas cibernéticas para preguntarnos por su fecha de celebración. Espadas se ha irritado cuando se ha visto colocado deliberadamente en la casilla de salida de los alcaldes de corte populista, se ha sentado en ese velador de la política local que está cargado de cacahuetes y cerveza fresquita, esas mesas donde se arregla el mundo a golpe de tirador. “No es lo que parece”, pretende explicar sin éxito el alcalde. Él, al que difícilmente se sorprende en un bar ni siquiera después de un Pleno, quedará en el recuerdo como el alcalde que convocó el plebiscito de la Feria. El alcalde irritado porque llevó a Sevilla a los telediarios un mes de septiembre a cuenta de una fiesta, otra más. El alcalde que siendo líder de la oposición quiso bautizar a Zoido como el superalcalde de las fiestas mayores y que está ya como el propio Zoido: colocando las fiestas mayores en el centro del debate político, talando árboles y promocionando procesiones magnas, el hat trick justamente contrario de su ideario.

Tanto pregonar sostenibilidades, transversalidades y reformas estructurales en el pregón cotidiano de las idioteces vacuas de la oratoria política actual, para, al final, colocar los farolillos (y farolillas) a destiempo y con el viento en contra. Se cuidó de no acudir a presidir el balance de la pasada Semana Santa, su mayor logro de gestión hasta ahora, para no inmiscuirse en los asuntos costumbristas, de acuerdo con el tacticismo de salón tan del gusto de los gobernantes de hoy. Se ausentó por conveniencia, para no parecer un alcalde folclórico, y ha terminado al poco tiempo pinchándose al tocar la rosa de la Feria. El alcalde se irrita y atribuye toda la polémica “a dos o tres mentes estrechas”.

Tanto trabajarse el eje turístico con los alcaldes de Málaga, Granada y Córdoba, y tanto vendernos hasta una aventura galáctica (¿Recuerdan cuando Sevilla iba a acoger un congreso de la agencia espacial europea?), para al final quedarnos condenados al fotocol del caballito de plástico, clavel de solapa y sombrero de ala ancha.

El golpe ha sido duro por imprevisto. Espadas, un tipo en apariencia muy alejado del perfil de Zoido y más próximo al de Manuel del Valle, se ha visto sobrepasado por los efectos de su propia decisión. La ciudad banalizada. Ya le ocurrió al trascender que el Ayuntamiento alquila monumentos y plazas públicas de la ciudad para cuchipandas de alto copete, una decisión de su gobierno tan legítima como discutible. Se irritó al ver las recreaciones virtuales de una Plaza de España, una Puerta de Jerez o un Monasterio de Santa Clara con mesas altas y taburetes. El patrimonio histórico rentabilizado con fines hosteleros. La ciudad convertida en un gran velador, la ciudad preocupada por la fecha de la Feria en los coletazos del verano. La política de hoy es márquetin. Y el márquetin tiende a la reducción, a la injusta simplificación. Yeso irrita al alcalde, que corre el riesgo de ser el cojo del desfile, convencido de ser el único que lleva el paso correcto.

Espadas reabrió la caseta municipal, tras los años de la austeridad de escaparate impuesta por Zoido, para ganar la gloria efímera de un titular de prensa. Nadie lo criticó. Espadas ha confirmado su participación como Baltasar en la cabalgata del centenario, invitado por el Ateneo. Su presencia en el cortejo está más que justificada. Pero Espadas debe entender que debutar en las consultas populares preguntando por la Feria lo coloca como un alcalde con pies de barro en el ya de por sí lodazal de la política de hoy.

Los árboles cayendo y el sevillano votando si quiere un día más de juerga oficial. Las nuevas líneas de Metro desapareciendo y el sevillano distraído con el sonido del sonajero de la consulta ferial. Los veladores creciendo como adosados del Aljarafe en tiempos de bonanza y el sevillano celebrando que el pescao frito de un sábado será de mejor calidad que el de un lunes.

El alcalde de escuadra y cartabón, que se había ganado el respeto de la derecha sociológica, anda perdido en la bulla. Yde la bulla sólo se sale con calma, apretando la cartera con una mano y esperando a que se organicen las dos corrientes en sentidos opuestos. Hay quien dice que todo no es más que la maldición de Carretero. Como el Benfica con Gutmann.

Los policías que sabían demasiado

Carlos Navarro Antolín | 20 de septiembre de 2016 a las 5:00

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LA alternancia no es un valor en sí mismo. Lo dijo el cardenal Amigo cuando le preguntaron si no era necesario que la derecha gobernara en Andalucía al menos una vez tras varios lustros encadenados de ejecutivos socialistas. Recuerdo las palabras del purpurado al leer la carta del sindicato alternativo de la Policía Local, el que debía soplar cual Eolo y borrar las malas prácticas del sindicato de toda la vida, el que sigue siendo mayoritario y el que tiene cogidos por donde usted y yo sabemos a todos y cada uno de los alcaldes y tenientes de alcalde de Seguridad. Llegó el sindicato alternativo y fue saludado con la esperanza de que su fundación sirviera para reducir la omnipresencia del sindicato de siempre, que comenzaba ya a dar muestras serias de vicios adquiridos y óxidos con tal intensidad que han derivado en titulares sobre procesos judiciales que lastran su imagen y, en general, la de toda la Policía Local.

Los alternativos han comenzado septiembre con fuerza. Igual que ha hecho el alcalde con la consulta sobre las fechas de la Feria (no es un referéndum, en todo caso sería un plebiscito), igualito han hecho los responsables de representar una alternativa: ofrecer una imagen frívola y banalizada sobre cuáles deben ser las prioridades de una ciudad y de una organización sindical, respectivamente. Estos muchachos en los que teníamos tantas esperanzas se han descolgado, oh criaturas, con una carta que exige zona azul gratis en los alrededores de los juzgados para que los agentes no sufran “sanciones económicas” como cualquier administrado ni tengan que estar pendientes de renovar el ticket como cualquier conductor en apuros cuando Su Señoría se retrasa, que ya sabemos que la justicia tarda más que San Bernardo de vuelta, pero hay ciudadanos de primera que no pueden esperar (policías locales) y ciudadanos de segunda (el resto del padrón) condenados al ajo y agua… de Melonares.

El sindicato alternativo exige “distintivos” para aparcar gratis en los alrededores del juzgado. Pedid y se os dará. Se han vuelto de la casta, que diría el tertuliano de guardia. Venían a renovar el panorama sindical y han quedado fagocitados. Zona azul gratis total para los locales que nunca son comprensivos con los cinco minutos en la segunda fila de aparcamiento cuando usted hace el mandado en la farmacia de Amador de los Ríos, el VIPS de República Argentina o la taquilla de los toros en Adriano. En todos esos casos, multazo que te crió y no rechiste porque se puede llevar una respuesta con un tuteo incluido como una Catedral y las gafas de sol elevadas por la frente.

Por las exigencias de privilegios los conoceréis. La imagen de la Policía Local está como la de los taxistas, fruto de estar instalados en la queja y de prestar servicios con cada vez menos esmero. La solución no es fácil en absoluto, pues apunta a cuestiones tan difíciles de cambiar como son la educación y la formación en unos principios básicos. No hay lavado de cara que suprima las legañas que afean el sector del taxi, como no sirvieron para nada los anuncios que el alcalde Zoido difundió para suavizar la imagen de los agentes de la Policía Local. Todo se vino abajo con los casos judiciales que han puesto bajo sospecha a todo un cuerpo, supuestos amaños de oposiciones y casos acosos laborales, con informaciones en telediarios de ámbito nacional incluidas.

Ni la imagen actual de los sindicatos, lastrada por su tradicional afición a revestirse de pedigüeños, ni los tiempos en el sector público están para exigencias de plazas de aparcamiento gratis total por la imposibilidad de “no renovar el ticket de la zona azul”, el mismo cuya carencia o caducidad lleva a miles de sevillanos a figurar como morosos en las páginas del BOP. Arbitren otra fórmula que no sea la gratuidad. Porque su exigencia huele. Si el cambio era esto, prefiero el original. Nos quedamos con Bustelo y sus muchachos.
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El duelo a puerta cerrada

Carlos Navarro Antolín | 18 de septiembre de 2016 a las 5:00

RP JUAN BUENO
NADA ha trascendido de la última intervención de Virginia Pérez como secretaria general del PP en el comité celebrado a puerta cerrada. De tal intensidad fue el aldabonazo del jefe Arenas a sus cachorros que ha eclipsado cuanto dijeron Juan Bueno, presidente provincial, y la conocida como la camarlenga. Pues sepan todos que la Pérez intervino unos minutos y soltó un combinado de perlas australiana con cien gramos de ojana bien despachaítos, que ya se sabe que la política es una actuación. E incluso una sobreactuación. Pues que se abra el telón y sepamos cuanto ocurrió intramuros.

El discurso de la camarlenga era el más esperado. Comenzó negando la mayor: “Se me ha solicitado la renuncia como secretaria general porque se considera que ha habido un hecho desleal, una deslealtad. Yo entiendo que no he sido desleal ni con el partido ni con su presidente. Cumplo los acuerdos y, de hecho, hoy renuncio como secretaria general”. Acto seguido Virginia pegó el aguijonazo al denunciar que se enteró por la prensa de los dos nuevos fichajes que Bueno y Zoido preparaban para blindar la cúpula del partido contra el sector crítico que ella encabeza en Sevilla, unos nombramientos abortados por el mismísimo Arenas en colaboración con Fernando Martínez Maíllo, vicesecretario general de Organización. “El PP de Sevilla es un partido serio, debe ser un ejemplo de seriedad, compromiso, lealtad, participación y respeto. Pero la sensación que uno tiene cuando se entera por los medios de comunicación de convocatorias y de nombramientos de los que debería conocer precisamente este comité, es es de indignación y desconcierto, justamente algo que debemos corregir”. Y comenzó a combinar el fuego a discreción contra los rostros tradicionales que se han alternado en el control del partido en los últimos lustros con los guiños estratégicos de cara exclsuivamente a la galería: “No quiero un PP lleno de personalismos, sino que refleje los equipos, el proyecto de las ideas, principios y valores. Mi partido es el de los ocho alcaldes. José Luis, Ricardo, Juan, Jorge, Martín, Antonio, Lola o José Leocadio, quien no está aquí hoy porque está ejerciendo de alcalde. Mi partido es el de los cargos públicos y orgánicos. El de Zoido, Arenas, Juanma Moreno y Loles López. Es el de los 278 concejales de la provincia, el de los concejales de la capital y, sobre todo, el de los hombres y mujeres que no aspiran más que a ayudar, que no salen en las fotos, pero que son el pilar sólido del proyecto”.

Uno de los mensajes más directos se produjo cuando expuso su ideal de partido:“Quiero hacer un ruego. Me gustaría que este partido no fuera el partido del rencor, sino el de la unión. Que no sea el partido de tres o cuatro, sino de veinte mil. ¡Tenemos veinte mil afiliados! Con ellos tenemos que ofrecer proyectos para un millón y medio de sevillanos de la capital y la provincia. Tengamos amplitud de miras”.

A modo de declaración de últimas voluntades como secretaria general, Pérez hizo una petición con un tono pretendidamente solemne:“Os pido un último favor. Comportaos con nuestro nuevo secretario general como conmigo. No puedo estar más agradecida por el trato que he recibido en este año. Querido Andrés [Parrado], compañero de aventuras con el que tengo afinidad y amistad, tienes mi mano tendida”. Hubo un largo aplauso.

El presidente provincial Juan Bueno explicó previamente de forma muy somera el cese (renuncia) de Pérez como secretaria general por efecto de los “acontecimientos” que han marcado la vida interna del partido. “Las buenas relaciones que deben existir entre un presidente y una secretaria general se truncaron. Es cierto que yo soy el presidente y, por tanto, soy el que necesita más que nadie mantener esas relaciones. Yo le pedí a la secretaria general que ocurriera lo que está ocurriendo en este momento [su renuncia]. No hay más quejas sobre nadie, ni siquiera sobre ella. Ella es vicesecretaria general del PP andaluz y de Sevilla. Yes portavoz en la Diputación. Y lo va a seguir siendo. Cada uno hacemos las cosas lo mejor que podemos y ella lo va a seguir haciendo. Es la explicación que os quería dar. A algunos les parecerá suficiente y a otros no”. Bueno dejó claro que no entraría en detalles sobre sus problemas con Virginia Pérez. No habría reproches personales:“En los momentos que vivimos, creo que no nos llevaría a nada bueno hurgar en la pormenorización de otro tipo de cuestiones, hurgar en todos los problemas que hemos tenido, en los errores que yo, por supuesto, he cometido, en los asuntos en los que yo no he estado fino… Os pido que con esta explicación no os deis por satisfechos, pero sí por explicados”.

El comité tuvo notas pintorescas, como la del representante de Lebrija, harto de que el abogado del partido tarde en atender sus necesidades y cansado de los problemas internos: “Uno está luchando en Lebrija contra una manada de lobos y viene aquí y resulta que si hay un bando, otro bando…”. Bueno tomó la palabra de nuevo al final de la sesión:“Pido perdón por no haber controlado las filtraciones”. Y algunos hablaron de la cantidad de mosquitos que hay en Coria, la localidad del nuevo secretario general. El PP de Sevilla ya no tiene camarlenga. Pero la curia la sigue controlando (o condicionando) el mismo de siempre. Arenas, el sumo pontífice.
REUNION PP

Los puyazos de Arenas

Carlos Navarro Antolín | 15 de septiembre de 2016 a las 5:00

JUNTA DIRECTIVA NACIONAL DEL PP
DE Manuel Chaves se decía en tiempos que no tenía ningún complejo en remangarse y ponerse a trabajar en cuestiones propias de fontaneros de partido. Es verdad que así lo hizo en 1999, cuando acudió a casa de Rojas-Marcos para negociar directamente el pacto de gobierno que devolvió la Alcaldía a los socialistas. No delegó en cargos orgánicos ni en mediadores. No le importó desplazarse a casa de un particular pese a su condición de presidente de la Junta de Andalucía. Se bajó del pedestal, cogió el pico y la pala y se marchó hasta la calle Castelar, milla de oro del andalucismo en los buenos tiempos, a remover la tierra y edificar los pilares de un acuerdo de gobierno. Desde allí telefoneó al consejero Francisco Vallejo: “Hay que hacer el Metro de Sevilla. Sí, como me oyes”. El PP se durmió, dio por hecho que se revalidaría el pacto con los andalucistas por tercera vez y no supo ver que la inacción de sus cargos, sumado al odio africano que ya enfrentaba a los dos líderes en liza (Alejandro y Soledad, Soledad y Alejandro), hacían imposible el acuerdo. Arenas debió aprender entonces que la distancia es el olvido, el globo picado que pierde fuerza con lenta cadencia, la esponja apretada que se reseca al perder el agua. Por eso el pasado viernes, tantos años después, se remangó, se subió en el tren de alta velocidad por enésima vez (Felipe González creó el AVE pensando en Arenas) y vino a poner orden en el polémico comité del PP sevillano, una suerte de jaula de grillos donde su descendencia política anda a la gresca desde julio. Dos bandos. Unos batallan en su nombre y otros en el de Dolores de Cospedal.

Arenas usó su condición de vicesecretario general para presidir el comité sevillano. Y también empleó su autoridad moral y su siempre solvente oratoria para propinar esos puyazos dirigidos a la muchachada díscola, a todos aquellos a los que ha amamantado cuando eran sus cachorros políticos y que, al final, son los cuervos que quieren sacarle los ojos.

Se le nota a leguas. Arenas está muy decepcionado con Juan Ignacio Zoido, Juan Bueno, Ricardo Tarno, José Luis Sanz… Y a su vez todos ellos están hartos de las tutelas del lince de Olvera. Incluso el líder regional, Moreno Bonilla, ha flirteado contra natura con los sevillanos antiarenistas por si sacaba tajada del conflicto, ya que no hay nada que una más que el enemigo común.

En el tenso comité del viernes, celebrado a puerta cerrada, Arenas, aficionado a arrancar los discursos con referencias a la actualidad nacional, auguró que al PP le irá bien en las elecciones de Galicia. Y sobre las del País Vasco, donde siempre ha estado personalmente volcado, hizo un ruego: “Tenemos que hacer lo posible para que nuestros compañeros vascos sientan el calor del PP de Sevilla”.

Colocado el toro del comité en suerte tras los trasteos iniciales con la política española, comenzaron las puyas en clave local. Arenas trufó su discurso de referencias a sus buenos resultados electorales siendo candidato a la Presidencia de la Junta y número uno al Congreso de los Diputados por Sevilla. Todo un mensaje a Moreno Bonilla y a quienes se han emborrachado en la primera taberna de un empate en número de escaños en Sevilla en las últimas generales: “En 1994 ya gané en las ocho capitales andaluzas en unas autonómicas…”. Más perlas, más puyas, más recados: “Cuando tuve el honor de ganarle unas elecciones al PSOE…”. “Nuestro referente deben ser los cinco diputados nacionales de 2000”, todo un puyazo a los que descorchan el cava por sólo cuatro escaños. “Nuestro referente deben ser los 20 concejales de Zoido y los siete diputados autonómicos por Sevilla”, instando al huir del conformismo. Sabida es la teoría de Arenas por la que prefiere ser segundo con un 40% de votos que no primero con sólo el 20% de sufragios.

Y el gran mensaje: “Tuve el honor de ganar al PSOE unas elecciones autonómicas, no pude gobernar y decidí dar un paso atrás. En un partido se pueden trabajar de muchas maneras. Por eso desde aquel momento decidí trabajar desde un segundo plano. En política hay que saber cuándo hay que pasar a un segundo plano”. Zoido, que se aferra al palomar del Ayuntamiento y que no pudo gobernar tras las municipales de 2015 tras el descalabro que supuso la pérdida de 60.000 votos, estaba en primera fila oyendo la lección de su antiguo padrino.

Arenas denunció una circunstancia poco conocida:es inadmisible que haya 23 pueblos sin concejales del PP. “Me emplearé a fondo para que el partido presente listas en todos los pueblos”, dijo dejando entrever que estará muy encima del PP sevillano. Fue todo un aviso a Juan Bueno, presidente provincial, para que tome nota de que el padre natural del centro derecha sevillano no está dispuesto a abandonar el hogar levantado a golpe de furgoneta por los municipios de la provincia, en los duros años en que iba reclutando perfiles moderados para sustituir a los vecinos más próximos a los ideales de Fuerza Nueva.

“En los partidos es muy importante la unidad, las bases de unidad se asientan en el respeto a la opinión discrepante, en el trabajo intenso que sirve para unir a los compañeros, en rodearse de los más inteligentes, a ser posible más inteligentes que tú, aunque no sean tus amigos…”. En este momento se torcieron algunos gestos.

Arenas habló, riñó, logró controlar un comité en el que los oficialistas (sus hijos díscolos) no pudieron sacar adelante los nombramientos de dos nuevos vicesecretarios con los que Bueno y Zoido pretendían blindar la cúpula del partido. Despojar a Virginia Pérez de las funciones de secretaria general ha tenido un precio: ver a Arenas remangado para luchar por el control del PP de Sevilla y anotarse una nueva victoria. Esas victorias parciales que tienen el sabor de un arroz de Becerrita, la sensación relajante de un partido de pádel recién terminado en Antares, los destellos de miel dorada de un dedito de Cardhu.

El eje pendiente

Carlos Navarro Antolín | 11 de septiembre de 2016 a las 5:00

Málaga 07 Septiembre 2016 Los alcaldes de Málaga
JUAN Espadas ha cogido la matraca del eje andaluz como Zoido se abonó a la zona franca o a contarle al primero que quisiera oírle (que antes eran muchos) la cantidad de hamburguesas que se despachan a diario en el Macdonalds de la supuesta Ciudad de la Imagen, aquel terreno del Higuerón Sur que se bautizó así por la cantidad de empresas audiovisuales que se iban a instalar en sus solares, pero imagen, lo que se dice imagen, lo que seguimos teniendo es la calle. Aceptamos hamburguesería como apuesta audiovisual con doble de queso. Espadas no suelta el eje, qué afición le ha cogido a fotografiarse con los alcaldes de Málaga, Córdoba y Granada. Vertebrando Andalucía, sí señor. Andaluces, levantaos… del velador. Los cuatro alcaldes presentaron esta semana una marca de promoción conjunta de sus urbes para captar esos turistas que son nuestros amos y señores. Aquí las fuerzas vivas ya no son las cofradías, por fortuna (ni ducados), sino los turistas de pelambreras al aire en la sacristía mayor de la Catedral y de sangría bajo los aspersores de cualquier terraza sudorosa.

Esta política blandita, de márquetin buenista, de declaraciones de pescado en blanco con la guarnición de las patatas hervidas del todos y todas, tiene mucho más en cuenta la cifra de negocio que los criterios que hacen que Sevilla siga siendo de verdad un atractivo turístico auténtico, basado en monumentos bien conservados, una traza urbana respetada, un comercio asolerado y, por supuesto, un ambiente callejero limpio y ordenado. Estos políticos se preocupan más por el rótulo del comercio que por contratar a un buen profesional detrás del mostrador que sea el valor añadido que hace rentable la inversión. Se esfuerzan más por los vídeos promocionales, por el minuto en las redes sociales, los retuits y tatararretuits que por que Sevilla tenga un casco histórico libre de obstáculos, aseado, sin olor a fritanga mezclada con el aroma de las heces de caballo. Porque hace tiempo que muchas calles de Sevilla huelen mal y tienen un color chillón que echa para atrás, mientras la comisión de patrimonio sestea espantando las moscas de cuatro proyectos a los que pone dos reparos menores para justificar su propia existencia. Aquí se trata de dejar hacer, que consiste fundamentalmente en no hacer nada, y acaso hablar a media voz.

La medida exacta de las actuales autoridades municipales la ofreció esta semana el impagable edil Joaquín Castillo, delegado de Hacienda y del distrito Sur, cuando preguntado por las quejas más que razonables de los vecinos del Plantinar por los ruidos y la suciedad que generan las fiestas de los estudiantes de los pisos alquilados, no se le ocurrió otra cosa al baranda que aumentar el lapidario bobo. Don Castillo se puso equidistante y presto a defender a los residentes frente a los alborotadores. Dijo que todos tienen que “coexistir” (ojo al verbo empleado, que es literal), que hay que hablar con todas las partes para que “entren en razón”. Resulta conmovedor cómo el obligado a ejercer la autoridad se pliega, melífluo, ante el colectivo que considera más fuerte y desprecia al tradicionalmente quejica. El vecino, que se ponga tapones para dormir, ¿verdad usted?. Cuando Castillo quiera cobrar el IBI atrasado de los señores del Plantinar, que se ponga a la misma altura de los morosos y que ambas partes “entren en razón” y no se active el procedimiento de cobro por la vía ejecutiva. ¿O no?. A “coexistir”, que es lo de que se trata, según Castillo.
El verdadero eje pendiente sería el de trabajar más por la ciudad y menos por las marcas, más por la realidad a pie de calle y menos por el humo publicitario. Tendrían que sentarse los alcaldes de Sevilla, Córdoba, Málaga y Granada muchas veces más, claro que sí. Por el turismo, sí, pero también para compartir criterios en asuntos de vida cotidiana como la movida, la recaudación de impuestos, el uso y abuso de la vía pública, la normativa para ciclistas, la recogida de excrementos caninos, los procesos de tramitación de todo tipo de licencias, la organización de la seguridad de las mil y una procesiones, la conservación del entorno de los monumentos, la estética de los cascos históricos, la uniformidad del mobiliario urbano, las reformas que necesita el sector del taxi, el diseño con sombra de los grandes espacios públicos, etcétera. Aquí los ejes son sólo para explotar aquello que peor cuidamos: un centro histórico prostituido donde para cruzar por ciertas calles hay que pedir la vez, donde un día taponan un edificio de Aníbal González con cuatro toldos que dan una sombra escuálida y otro ventean un catálogo para ofrecer edificios y entornos monumentales para cuchipandas de postín, donde en pocos meses cierran establecimientos centenarios sin que nadie demande al alcalde aquella promesa de crear una catalogación que proteja esos negocios que son parte de la sangre del ser vivo que es toda ciudad, donde perdimos la suntuosidad de un hotel de cinco estrellas en pleno centro a cambio de una decoración de apartamento abaratado de Rota.

El eje turístico es una apuesta por la pasta rápida que emana de ese turismo elevado a la condición de Saturno que devora los centros históricos, adulterados, maltratados y malolientes. Somos la familia tiesa (como el marido de Susana) que busca cada día colocar a la hija ofreciendo la falsa dote de una historia y una grandeza que acaso ya está sólo en los libros. Pero como se lee poco, tenemos la suerte de que muchos pican. Y se nos pone una sonrisa de pícaros triunfantes con la estadística mensual de los turistas. El Ayuntamiento con el turista es como aquel desvergonzado padre de familia: “La de gente a la que tengo que engañar cada día para llevar el sueldo a casa”. El eje, idiota, es el eje. Todo por el eje. Al turista, todo. Al sevillano pesimista, nada. Y al sevillano indiferente, la legislación vigente.