El quite de Romero a Espadas

Carlos Navarro Antolín | 18 de abril de 2017 a las 5:00

Alcázar.

El alcalde es un tipo con suerte. Este Juan Espadas ha caído de pie en el Ayuntamiento y no hay estampida que lo zarandee. Con sólo once concejales, con la Sevilla cofradiera encantada, tocando las fechas de la Feria como le da la gana para contentar a madrileños y hoteleros, y sin oposición política que le rechiste. Espadas descafeinó el premio taurino del Ayuntamiento para no molestar a sus socios de la izquierda, los muchachos de Participa Sevilla e Izquierda Unida. El premio ya no depende sólo del Ayuntamiento, como ocurría en tiempos de Zoido, sino de la Fundación Europea del Toro y su Cultura. Se trataba de que el galardón perdiera su dependencia directa del gobierno y se centrara más en los aspectos culturales de la Fiesta Nacional. ¡Ahí va, la cultura y yo con estos pelos!

El 28 de marzo de 2016 se publicó la concesión del premio al pintor Miguel Barceló. Ya ha llovido y ya hemos corrido en la Madrugada. Y el lunes 17 de abril de 2017 han tenido que venir a recogerlo en nombre del pintor, porque el pintor, el artista, que es un artista, pedazo de artista, no ha tenido tiempo de venir a Sevilla a recogerlo de manos del alcalde. Para algo inventaron los romanos la representación.

¿A quién ha mandado Barceló a recoger el premio que lleva el nombre de la ciudad? ¿A su abogado? Frío, frío. ¿Al proveedor de sus lienzos y pinceles? Frío, frío. ¿A su fisioterapeuta? Más frío, mucho frío, pero más frío que el cuerpo que se nos quedó la noche del Viernes Santo. El premio despreciado por Barceló lo ha tenido que recoger nada menos que Curro Romero más de un año después de su concesión. El mismísimo Curro le ha hecho el quite providencial a este alcalde suertudo. Curro le ha salvado el expediente a un gobierno que sí tuvo lo que hay que tener para poner vallas en las calles en Semana Santa, pero no lo ha tenido para darle el premio taurino a un torero, a un ganadero, a un rejoneador o a un novillero. Ni los 175 años del hierro de Miura han valido, oiga.

Como se trataba de buscar el aspecto cultural de la fiesta, tururú, se lo dieron a un tipo que no ha tenido la consideración de coger un AVE, pasar una noche en el Alfonso XIII y recoger el galardón. Barceló ha pasado de la ciudad, del premio y del alcalde como de eso que está usted pensando y es de color marrón. Tan aficionado era Romero a esos quites del perdón en las ferias de los años noventa que ha vuelto a hacer uno, pero no para que lo perdonen a él, sino para que Espadas se libre de los almohadillazos que merece su buenismo, su afición a lo políticamente correcto en estos asuntos de la tauromaquia, su objetivo de no molestar a sus socios minoritarios. Romero solía hacer el quite del perdón al toro que cerraba plaza la tarde que clausuraba su particular feria. Tres lances de capa y una media con las manos bajas bastaban para consolar a una afición que se había tragado todos sus macheteos desde el Domingo de Resurrección. A Romero, a este paso y a sus años, le van a dar el premio doctor Vila al quite providencial. Si no es por Curro, Espadas se queda sin acto de entrega de su descafeinado premio taurino, que ya de taurino le queda lo mismo que al hotel Colón, el de la suntuosidad sacrificada. ¿Tenía, por cierto, necesidad el Faraón de meterse en esta faena? La que han liado Espadas y sus muchachos para no tener que dar el premio a un torero ha sido como las que liaba Juliá con esos canapés tan raros que se inventaba para no tener que poner jamón. Y, al final, han tenido que tirar de Curro, un torero. Y Curro, papeles cambiados, le ha puesto el escudo al alcalde del buenismo taurino y al pintor que ha despreciado a Sevilla. Como los escudos que le ponían a él cuando cabizbajo abandonaba el ruedo camino del callejón de Iris.

Madrugada: la hora del cheque en blanco

Carlos Navarro Antolín | 16 de abril de 2017 a las 5:00

EL SILENCIO

SI la Hermandad de los Gitanos hubiera suspendido su estación de penitencia en plena calle, tal como planteó su hermano mayor en una consulta elevada sobre la marcha, habríamos asistido a la derrota final, se habría proyectado la imagen de un ejército en vergonzosa retirada, el Titanic de la Semana Santa hundiéndose mientras la orquesta de rapsodas seguía jugando con las casitas de muñecas de los ripios. Pero las seis cofradías, por fortuna, cumplieron con sus recorridos. Pagaron un precio muy caro, el más gravoso hasta ahora, pero hicieron sus estaciones. Cuanto ha ocurrido en la noche del Viernes Santo tiene sólo una ventaja: ningún alcalde ni ningún presidente del Consejo de Cofradías han gozado de tan amplio margen de libertad para emprender a partir de ahora todas las reformas que necesita esta Semana Santa herida, que lleva casi dos décadas en jaque y que refleja con toda claridad la crisis de valores que lastra la sociedad actual.

La Madrugada no puede seguir más años como está, víctima de la crisis de autoridad (política y de las propias cofradías como instituciones), de la falta de educación, de la pérdida de ciertos valores universales que están arrastrados por un suelo manchado de vómitos, de una cultura de cámping playa que chabacaniza las salidas y entradas de las cofradías, del vocerío faltusco, de jóvenes y adultos convertidos en vándalos en esa peligrosa franja horaria de las tres a la seis de la noche y, sobre todo y por encima de todo, de una Semana Santa donde el consumismo ha sustituido a la emoción, la participación light a la vivencia asentada en la fe y la silla estática al movimiento responsable. La Madrugada es un fracaso absoluto. El fracaso de todos. El gran fracaso de la ciudad.

Es justo reconocer que las medidas preventivas tomadas por el Cecop en coordinación con los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado han servido para paliar los efectos. Estremece especular qué hubiera podido ocurrir en la calle Cuna o en otras muchas vías urbanas y plazas en caso de no estar aforadas, con bares cerrados y veladores y obstáculos retirados. La labor del Cecop permitió, al menos, que muchas calles funcionaran como vías de evacuación para nazarenos, menores y público en general. Pero está claro que no fue suficiente. Hemos ido a peor. Y tal vez lo más grave es que nos lo temíamos. La solución a largo plazo es casi utópica porque señala a la mala educación como causa inicial. El abuso del alcohol atenta directamente contra la principal noche de la ciudad, como reconocen en privado varios representantes municipales. Ese abuso es consecuencia de esa mala educación. Y esos abusos se producen por la crisis de autoridad ya referida. Se trata, en definitiva, de lo mismo de todos los días y de todas las noches de fines de semana, amplificado por el tremendo eco que tiene todo cuanto ocurre en la Madrugada. No hay más, no busquen más. Padres débiles, políticos débiles, profesores debilitados al igual que, por cierto, lo están los médicos. Alcohol, noche y bulla. El cóctel es dolorosamente perfecto.

Hace tiempo que cayeron los mitos de la Sevilla que sabe estar, que se maneja con maestría en las bullas y que tiene veneración por las sagradas imágenes y un respeto escrupuloso por los nazarenos. Basta un paseo por las calles del centro a la caída del Jueves Santo para comprobar cómo la ciudad pareciera que muda de piel, cómo el público se encanalla por momentos, cómo no se facilita el desplazamiento ni siquiera de los nazarenos que se dirigen a sus templos. La convivencia se torna en imposible. Sillitas, piernas estiradas, miradas agresivas ante cualquier petición amable de paso, reacciones violentas a la mínima discrepancia… Todas estas deficiencias (llamémoslas así) no las arregla el Cecop, que sólo puede arbitrar medidas preventivas. El Cecop no educa. La Policía tampoco. Educan los padres (debilitados), los mismos que prefieren estar del lado de los hijos antes que reforzar el papel de los profesores.

Este cuarto rejonazo a la Madrugada es un cheque en blanco en manos del alcalde y del presidente del Consejo de Cofradías. En 2018 tendrán que blindar el centro, establecer accesos limitados con arcos de seguridad, exigir una mayor colaboración a los hosteleros, triplicar el número de vallas, reducir el número de sillas, sobre todo en el avispero de Sierpes y, si es necesario, cambiar cofradías de día. ¿Por qué no?

Todo es susceptible de modificación tras el balance aciago de la pasada Madrugada. Mejor no recordar el espectáculo de las negociaciones de hace un año, en las que las seis cofradías no se pusieron de acuerdo en horarios e itinerarios, unos meses que mermaron la autoridad de las cofradías y del anterior Consejo como instituciones válidas para asumir los grandes retos que ahora se precisan. Aquello fue un ridículo revelador, un bochorno sonrojante para muchos.

La ciudad que roza la tragedia en su principal noche no puede permanecer indolente, con esquemas anticuados o negándose a la apertura de ciertos debates por estar anclada en perspectivas simplistas. ¿Cuántos avisos más se necesitan para blindar el centro en la Madrugada? ¿Cuántas algaradas más se precisan para reducir drásticamente el número de sillas de la calle Sierpes, un auténtico avispero que ningún técnico de la Gerencia de Urbanismo debería autorizar con su firma?. Importa muy poco que con la previsible reducción de asientos disminuyan las subvenciones cuando hay tanto en juego. Se exige altura de miras, que cada cual vea más allá de su loseta: el cofrade que protesta airadamente por un puesto de venta ambulante o que se niega a llevar agentes de Protección Civil porque los chalecos reflectantes afean el cortejo, el hostelero que despacha macetas de cerveza por una ventana directamente a la calle y comete abusos con los veladores, y hasta el vecino que se niega a usar los pases o que abusa de ellos, que de todo hay.
Con las reformas que se precisan, den por hecho que tendremos una Semana Santa más encorsetada y gélida, pero es el tiempo que nos ha tocado vivir, son los problemas que hay que gestionar. A otros, entre finales de los años ochenta y noventa de la pasada centuria, les tocó vallar la Avenida y soportar todas las protestas que se generaron; blindar la Gavidia al paso del Gran Poder, polémica incluida, y obtener la planimetría al detalle de una carrera oficial de la que se desconocía absolutamente todo porque estaba controlada por cuatro silleros que hacían y deshacían a su antojo.

Queda mucho por hacer. Muchísimo. El balance de detenidos, heridos, ataques de nervios, niños conmocionados y adultos afectados por el pánico es –repetimos– un cheque en blanco para el alcalde y el presidente del Consejo. La Madrugada es la Semana Santa. Todo lo que afecta a la Madrugada afecta a la Semana Santa. Para ganar en seguridad habrá que renunciar a cierto grado de libertad. La ciudad ya vivió varios días con espacios representativos del centro histórico acotados durante muchas horas a lo largo de una semana. Fue con ocasión del rodaje de la película Noche y día, protagonizada por Tom Cruise y Cameron Díaz. El acceso quedó restringido a los residentes. Basta declarar cuales son las zonas de acceso restringido (la carrera oficial y el primer anillo del entorno, por ejemplo) y establecer los lugares de acceso mediante arcos de seguridad, como si se tratara de la Isla de la Cartuja en los meses de la Exposición Universal. Habrá con toda seguridad más cámaras de videovigilancia, un sistema de megafonía como el de los estadios, se pedirá la colaboración de entidades privadas para costear el nuevo dispositivo; se prohibirán las capuchas y el uso de pañuelos para taparse el rostro, habrá que someter a ciertas hermandades a la disciplina que marcan los criterios de seguridad, y los nazarenos recibirán normas por escrito, junto a las papeletas de sitio, sobre cómo reaccionar en momentos de histeria, cosa que algunos ya hacen motu proprio. Las cofradías tendrán que ser más humildes, pues habrán de reconocer que esto se ha ido de las manos, que la Madrugada está pasada de rosca. El poder político tendrá que comprometerse más. En menos de una semana debe haber una declaración de intenciones firme por parte del Consejo, una hoja de ruta que marque el camino hacia 2018. Lo peor sería dejar pasar los días y que la Feria duerma el debate.

Que no tengamos que pedir perdón a las generaciones siguientes por dejarles una Madrugada peor que la que recibimos. La Semana Santa está en la UVI, huele a alcohol y gofre. Suena a ripio. Es una bella dama en coma.

SEMANA SANTA, MONTESIÓN.

Rajoy hace un ‘ya si eso’

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2017 a las 5:00

 

EL tío de la mochila dice que Rajoy no viene el día 20 de abril a la conmemoración del XXV aniversario de la Expo’92.El tío de la mochila es Jorge Moragas, ese señor del pelazo que siempre va detrás del presidente cuando el gallego sale del pleno del Congreso de los Diputados para montarse con rapidez en el coche blindado que aguarda al ralentí en la calle Floridablanca. Moragas es el hombre que habla en nombre de Rajoy, el mismo que, por cierto, usa su enorme influencia para colocar en la ejecutiva del PP andaluz a su gran protegida, Tita Astolfi. Moragas anuncia por carta que Rajoy acepta formar parte del comité de honor de los actos de las bodas de plata de la Muestra Universal, pero que la “complicada agenda institucional y política” del presidente del gobierno le impedirán estar en Sevilla el día 20. En realidad dice que Rajoy aún no puede comprometerse. No dice que no, tampoco dice que sí. Rajoy, a través de su vicario, hace un ya si eso. Todos sabemos que cuando se acepta formar parte de un comité de honor es porque no se va a poner un pie en el sitio adecuado en la hora y el día indicados. Rajoy pasa de estar en Sevilla el día 20 para recordar la gran obra de Felipe González en Sevilla, una ciudad que sigue pagando en los presupuestos estatales (y autonómicos) la gran inversión que recibió con motivo de aquellos fastos. Pareciera que los sevillanos tenemos que seguir pidiendo perdón por el 92, cosa que no ocurre en Barcelona. Pareciera que a nuestras provincias vecinas hay que seguir compensándolas por el “privilegio” del que disfrutamos hace 25 años, no justificado por el peso de la Historia, sino por el dedo de un presidente sevillano que, menos mal, nos dio el AVE los primeros, porque de lo contrario, viendo nuestro potencial y nuestras capacidades de reivindicación, estaríamos aún como los gallegos y vascos: sin oler la alta velocidad.

Ya si eso vendrá Rajoy. O no. El presidente, ya si eso, irá mejor a Barcelona cuando toque recordar los Juegos Olímpicos –“Los mejores de la era moderna”, que dijo Samaranch– o como fue el otro día a anunciar los millones en inversiones que soltará el Estado en 2017 para asegurar la unidad nacional. Ola cohesión. O el equilibrio. O como se diga en el código políticamente correcto de turno. Moragas juega al equilibrio epistolar. Nos suelta un me alegro de verte bueno y a ver si un día nos vemos, al estilo Arenas (Javié), al estilo de Zoido, al estilo andaluz (Este no es tu referéndum). Primero pone el algodón de reconocer la importancia que tuvo la Expo, “que marcó un antes y un después en la ciudad y en la proyección internacional de España”.

–¿Eso lo ha escrito Moragas él solito?
–Han debido ayudarle.

Y después nos coloca la aguja del ya si eso. Ya si eso lo llamaremos si podemos “acompañarle”. Ve yendo tú que ya veré quiénes van y cómo está el PSOE andaluz para entonces. Los reyes eméritos estarán el día 20 en el monasterio de Santa María de las Cuevas para abrir con solemnidad los actos conmemorativos. Pero Rajoy recula. Moragas felicita al alcalde al final de la carta por la celebración de la efeméride. Eso sí que es sevillano. Me recuerda al que felicitó a un pintor en voz alta por la calle Cuna por el “pedazo de cartel” que había hecho, a pesar de que la obra de arte no se había presentado aún. Ojana se llama. Las frases hechas las carga el maligno. A Moragas se le ha olvidado escribir que el Gobierno de España está seguro de que el ministro Zoido sí que se pasará por el acto. Para eso está Zoido, ¿o no? Para presentar libros en el Colegio de Abogados o planes de seguridad del pequeño comercio, o para asistir a inauguraciones de rascacielos y pregones de Semana Santa. Por eso dicen ya con guasa (que no falte) que el de Fregenal de la Sierra es el “ministro laborista” del ejecutivo del PP. Porque se dedica a sus labores. A sus labores en Sevilla.

La verdad es que mejor que contar con Rajoy el 20 de abril en la Cartuja, mucho mejor sería contar con los millones necesarios en el Presupuesto de 2017 para la construcción, por fin, de los túneles que requiere la SE-40 en el Aljarafe. Opara la gran reforma pendiente del Museo de Bellas Artes. O para la red ferroviaria de Cercanías. O para esas comisarías de las que se habla desde los tiempos del socialista Monteseirín como alcalde. Pero decir estas cosas un Domingo de Ramos en Sevilla es como colocarle el silenciador al discurso. Qué más da. Todos esos proyectos vitales para la ciudad bien merecen un ya si eso. Al estilo Moragas. En la Expo al final hizo mucho calor. Quizás podría venir Moragas al acto como director del gabinete del presidente y organizar esa noche un cotarro flamenco, como hizo con ocasión del congreso pepero que hubo en Fibes no hace muchos años. Qué noche aquella, Jorge. Ya si eso la contamos otro día que el coche espera hoy al ralentí y no conviene emitir más gases en Floridablanca.

El precio de Madrid

Carlos Navarro Antolín | 2 de abril de 2017 a las 5:00

COMITÉ DE SEGURIDAD VIAL

EL recurso a la caricatura es la forma de mantener vivo en periodismo un tema que se ha desinflado. Meterse con la Iglesia Católica, manipular las imágenes sagradas o pintarrajear los muros de un templo, es la forma fácil de provocar al público de masas. Cuando los argumentos se han caído hay que buscar nuevos pabilos para mantener el fuego encendido. Madrid no es Sevilla, eso lo está comprobando (sufriendo) el director general de Tráfico, Gregorio Serrano, a cuenta de la polémica del piso de la Guardia Civil que supuestamente le estaban preparando como residencia tras una reforma de 50.000 euros. Cierta prensa capitalina cree, está convencida, de que ha mordido un jugoso muslo y no está dispuesta a sacar los colmillos. Serrano, un sevillano de perfil tradicional, de costumbres arraigadas y que nunca ha sido un político convencional, está siendo literalmente acribillado estos días por una cuestión que no se sostiene. Está siendo vilipendiado de una forma clamorosamente cruel. Serrano no ha dejado de pagar impuestos, no se le ha sorprendido en una gasolinera con material políticamente inflamable, no ha participado en ninguna organización criminal, ni tiene una colección de visones para su mujer con cargo al erario público, ni se ha llevado a familiares a viajes de Estado. Tampoco ha efectuado declaraciones políticamente incorrectas, ni se ha metido a contramano contra la todopoderosa ideología de género, ni le han hecho una fotografía sentado en el sillón del betunero de Palace.

Sevilla no es Madrid, estará maldiciéndose el concejal estos días. Serrano no estuvo afortunado en algunas decisiones o comentarios en su dilatada trayectoria municipal –ejemplos hay de las unas y de los otros– pero la prensa de estos lares terminaba tratándole con condescendencia porque, al final, en esta ciudad de cuatro gatos (en la barriga) sabíamos que se trataba de uno de los concejales que más trabajaban y controlaban los temas. Fue feroz en los años que ejerció en la oposición, es cierto. Tuvo en ocasiones poca misericordia con el socialista Monteseirín en su tramo final como alcalde. Junto a otros compañeros de partido hizo las veces de doberman y erosionó con fuerza aquel último ejecutivo formado por el PSOE e IU. Pero trabajaba mucho. Y en política no es habitual ese ritmo de trabajo. En el gobierno disfrutó algo (poco) y sufrió mucho: le amenazaron de muerte con una pintada en la fachada de su casa (Mercasevilla), le tocó cerrar la televisión local y fue el delegado de Fiestas Mayores que menos pudo agasajar al público en la Caseta Municipal de la Feria por el complejo de austeridad que marcó al PP de aquellos años en toda España.

Serrano está ya viviendo en el piso del edificio propiedad de la DGT que tiene ocupada la jefatura central de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil. El precio de residir en este inmueble se detrae de su nómina en función de los metros cuadrados de la finca y el valor catastral, como ocurre con todos los altos cargos del Estado. No hay más. No hubo más mientras no se demuestre lo contrario. El tiempo que ha transcurrido mientras se ha preparado la vivienda tradicionalmente asignada al director de Trafico ha residido en los hoteles que le ha asignado la agencia de viajes que trabaja para el Estado, sabedora de que el tope de la dieta fijada es de 102 euros al día por hospedaje. Unos días le ha tocado alojarse en un cuatro estrellas y otros en un tres estrellas.
Es cierto que el general de la Guardia Civil de Tráfico le pidió el polémico piso para disponer del edificio al completo, como consta en la documentación oficial. Es cierto también que Serrano dijo que sí, accedió a la petición, pero pidió a cambio la cesión de unas instalaciones similares equivalentes, una operación que nunca se produjo, una permuta que no llegó a materializarse. La denuncia de los hechos se ha caído, por eso cierta prensa de Madrid recurre a la caricatura, como hace con la presidenta andaluza. Abundan las fotos con la portada de Feria de fondo, la repetición de las imágenes en las que el concejal reconoce en una comisión de investigación municipal haber hecho un favor a la Guardia Civil al procurarle la construcción de un parquecito infantil. Y estarán al caer las imágenes de una entevista de 2011 en la que anunció que si no se lograba el gobierno de la ciudad, dejaría la política porque ya no podría seguir viviendo con el sueldo de edil de la oposición, de apenas 1.800 euros al mes.

Que el equipo de Zoido tiene un punto cañí es innegable. Que ese rasgo ha sido cultivado por ellos mismos durante años, incluyendo mensajes en las redes sociales bastante frívolos en ocasiones, también. Y que Serrano, el político más próximo en lo personal a Zoido, es quien más trabaja de todo ese equipo lo saben (sabemos) bien en Sevilla. Los puntos débiles del ministro del Interior no están precisamente en Serrano, un tipo madrugador, metódico, buen lector, aficionado a la Historia y que se ha pasado los primeros meses en Madrid tratando de coger las riendas de la DGT y lamentando la pérdida de tiempo que le han supuesto los actos que son compromisos del partido, meros chau-chaus para una foto o para que el líder de turno tenga sus 30 segundos en el telediario dominical.

Han corneado en Madrid a un político sevillano que responde al estereotipo del andaluz que gusta azuzar en la capital. Bajito, de derechas, bien trajeado, sin alopecia, con el acento marcado, de una fisonomía parecida a la del ministro y que, entre cuyas aficiones, están los barcos. Su error ha sido, tal vez, no medir a quienes tenía enfrente, no saber que la Carrera de San Jerónimo no es la Plaza Nueva, que Lhardy o Casa Manolo no son Trifón o Casa Moreno. Que hay que evitar ciertas singladuras en Elcano si se sabe que el jefe podía llegar a ministro. Y que lo que impera, como en todo, es la política defensiva, como imperan la justicia defensiva, la medicina defensiva y, por supuesto, el periodismo defensivo. Mientras Zoido aguante y el gallego siga en silencio, Serrano seguirá en Madrid y viniendo a Sevilla algunos fines de semana. Mientras los naranjitos de Ciudadanos no se pongan estupendos, como en Murcia, Serrano seguirá usando los AVE con frecuencia. La diferencia entre Sevilla y Madrid es que Sevilla te mata con el desprecio y Madrid se ceba con la mordida. Por si acaso, Zoido y sus chicos podrían ir rebajando el punto cañí. Por puro márquetin. Por pura imagen. Qué fea es Imagen, la calle.

La Campana, más allá de los veladores

Carlos Navarro Antolín | 26 de marzo de 2017 a las 5:00

Las franquicias toman La Campana Dunkin coffee en la Campana

La Gerencia de Urbanismo quiere que la esquina de la Campana, la del número 3, la que está justo enfrente de la popular y por fortuna aún suntuosa confitería, vuelva a ser lo que fue, como el Himno de Andalucía, pero en versión comercio de éxito e integrado en el paisaje urbano, no como está ahora. Andaluces, levantaos de los veladores que viene Antonio Muñoz a quitarlos de la Campana. ¿Sólo los veladores? No, viene a quitar más cosas. No se vayan todavía que aún hay más. La Gerencia no sólo quiere segar las mesas y sillas de todos los negocios sin distinción –la igualación por abajo– sino que ha mandado a los inspectores a abrir expedientes a esos negocios del centro que abren al público sin escaparates, sin separadores que marquen los límites, sin que se vea a las claras dónde empieza el negocio y dónde la vía pública, y lo que es peor: con rótulos de muy mal gusto, estridentes, horripilantes. Bien por Antonio Muñoz y sus cruzadas imposibles como responsable del ahora llamado hábitat urbano, de soltera Urbanismo. Este marzo ha ocurrido con la tienda de donuts tuneados que funciona en el local donde estaba la zapatería de Pilar Burgos. Los inspectores de Antonio Muñoz le han dado un tirón de orejas a la promotora Moradia Consultores, S.L., responsable de una obra que no ha gustado nada en las caracolas de la Cartuja. Y con razón.

El gerente de Urbanismo dictamina que las obras realizadas para transformar el local incumplen varios artículos del PGOU y de la ordenanza municipal de publicidad. Recuerda la Gerencia que la fachada de los edificios debe componerse unitariamente en todas las plantas del inmueble, “incluidos los locales comerciales si los hubiere”, como es el caso. “Queda expresamente prohibida la composición incompleta, dejando pendiente la fachada de los bajos comerciales”. Apunta en el caso del número 3 de la Campana a que se ha eliminado el escaparate que había antes, que “conformaba la línea de edificación obligatoria de la parcela”. Deja claro el edicto que la ordenanza de publicidad obliga a cuidar “de manera especial el diseño y su integración en el entorno ambiental de los rótulos que pretendan instalarse en el centro histórico, en los arrabales y en los inmuebles catalogados C, D y E, debiendo utilizarse para los mismos materiales nobles, aleaciones metálicas y piedras artificiales o naturales. Dichos elementos publicitarios deberán justificarse –continúa– de forma razonada su integración en la estética de la fachada, respetando los valores arquitectónicos del edificio”. Y concluye que en el caso de la tienda de os donuts: “No se ajustan los elementos publicitarios instalados a dichas determinaciones”.

En el Ayuntamiento precisan que se va a intervenir de la misma forma con todos estos nuevos locales comerciales del centro que, en muchos casos, sitúan los mostradores de atención al público en la misma puerta, por lo que la clientela no llega ni siquiera a acceder al interior del establecimiento. En el caso de la Campana, la Gerencia obliga a la citada empresa a restituir el orden alterado y a la supresión de los rótulos de publicidad. Establece un plazo y advierte de la sanción en caso de incumplimiento. Deja claro que no es posible la legalización de la obra hecha en ningún caso, luego a la promotora no le cabe ora solución que dar marcha atrás: desandar el camino. La licencia concedida era de obra menor, como ocurre tantas veces en la ciudad, y al final las reformas son bastante mayores. La Gerencia va más allá de la retirada de veladores. Es toda una declaración de intenciones. Hay quien a esto le llama tener claro un modelo de ciudad. La pena es que no vuelvan los zapatos de doña Pilar. Nos tenemos que aguantar con los donuts, que disparan el colesterol, como las hamburguesas. Sevilla se nos va… en el C-2.

El ministro andaluz que cae bien en Madrid

zoido

Los ordenanzas del Congreso de los Diputados están encantados con el ministro andaluz. Los camareros del bar Manolo, sito en la calle Jovellanos, muy famoso por sus croquetas, también lo están. Yalgunos destacados veteranos de la información parlamentaria ya proclaman eso de que el Ministero del Interior es “majete”. Hasta elogian que tenga su equipo conformado, no como la ministra catalana de Sanidad, que sigue con nombramientos pendientes. Zoido cae bien, eso ya lo sabíamos en Sevilla hace muchísimos años. En los próximos días se puede convertir en el primer ministro del Interior que suprime todos los escoltas que aún quedan pendientes en el País Vasco por la amenaza terrorista que llevamos décadas soportando. En breve puede tenerlas ya todas consigo para tomar una decisión que supondría la retirada de una treintena de agentes. No es que sean muchos, pero sería una decisión simbólica. Hay diputados vascos que aseguran que se trataría de un paso importante hacia la normalización absoluta: “No sabéis lo que es vivir con alguien pegado a tu lado todo el día”. Después de algunos episodios convulsos con la cúpula policial, para el ministro andaluz –como le llaman en Madrid– sería un anuncio agradable. Tan agradable como pasar los lunes al sol… de Sevilla, una práctica que en Madrid, todo sea dicho, se comprende a la perfección. A partir de los jueves por la tarde, sus señorías escogen ya un vestuario desenfadado, agarran la maletita de ruedas y cada uno a su tierra. Los miembros del Gobierno, por aquello del consejo de ministros, no pueden retornar a casa hasta el mediodía del viernes. A partir de esa hora sólo quedan los leones del Congreso. Y las croquetas del Manolo se fríen sólo para los turistas. Ñam, ñam.

La educación imposible

Carlos Navarro Antolín | 19 de marzo de 2017 a las 5:00

encarnación 2 Encarnación

NI de noche ni de día tienen ciertos males remedio. En Sevilla los veladores embisten, como las nueve cabezas de españoles, que decía Machado. No importa que una terraza arremeta contra la fachada de un BIC, que no es un bolígrafo, sino un monumento según la calificación de la Administración autonómica para proteger (risas en off) esos valores histórico-patrimoniales que hacen una ciudad única. Qué más da la estética, esa gran denostada que el Ayuntamiento quiere imponer por la vía de la ordenanza, cuando eso sólo es posible por la vía de los años y de las aulas, muchos años y muchas horas de aula. Decía una dependienta de una selecta peletería del centro que había determinadas prendas que ya no se fabricaban porque nadie las pedía:“No hay público que valore ciertos trabajos en piel”. Como no lo hay que valoren los muebles de calidad (el efecto Ikea), ni el servicio profesional de la hostelería (que no el servilismo pelota de la ojana), ni el cuidado de un monumento como la Iglesia de la Anunciación.

Los edificios monumentales merecen un respeto tanto en su uso interior como en su aspecto exterior. Para qué iluminamos artísticamente la Catedral, sacándole los cuartos a Endesa, si después consentimos el horror de los negocios estridentes de sus alrededores. Para qué cuidamos la fuente de la Encarnación si después permitimos que alguien, por su cuenta y deliberadamente, rompa la fachada del templo que fue Universidad de Sevilla, donde está el panteón de sevillanos ilustres o donde se custodia imaginería de Montañés. Sombrillas, macetas, banderolas promocionales abatibles, estufas con llamaradas… El azulejo del Cristo de la Buena Muerte no tiene quien lo defienda. Ha presenciado la nevada de 1954 y el horror de la invasión de los cachivaches de la hostelería.

Siempre llegará el tonto que defienda los veladores como instrumentos de captación del turismo. Claro que sí, aunque sea a costa de degradar un monumento, de someterlo a las embestidas del consumismo voraz, de convertir una plaza en un museo de los horrores, en una recreación perfecta del no se vayan todavía que aún hay más.

Los veladores embisten las murallas del Alcázar por la Plaza de la Alianza, la fachada del Palacio Arzobispal por Placentines y la Encarnación por la Anunciación. Tres ejemplos, tres, de una ciudad carente de criterio con una autoridad impotente que, al final, no quiere ni puede admitir que el problema no es otro que la falta de educación, una lacra que conduce directamente a la ausencia de criterio. El amor por el patrimonio histórico se enseña desde pequeño. No se valora lo que no se conoce. La Encarnación hace tiempo que dejó de ser la plaza a la que mira la Anunciación. Ni siquiera es ya el mercado. Son las setas. La plaza de las setas. Con las setas se laminó todo lo anterior. La hostelería hace tiempo que dejó de ser uno de los estandartes de la ciudad. La Semana Santa hace tiempo que dejó de ser la fiesta modélica, representativa del saber estar del pueblo, espontánea, popular, elegante y medida. Los monumentos son plantas que no gritan cuando se les arranca una hoja, muros que callan cuando se ven intimidados, piedras que no sólo caen por el efecto de la polución, sino por el maltrato al que son sometidas. No hace muchos años que el gerente de la Universidad protestó por escrito por la cantidad de basura que llegaba hasta la lonja de la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Rectorado, cuando Eolo sopla y arrastra los desperdicios de los bares hasta el recinto universitario. La Anunciación no tiene quien proteste por ella. Monteseirín y sus adláteres defienden el modelo actual de la plaza con un argumento reiterativo: “¿Acaso estaba mejor la plaza con las ratas que cruzaban de una punta a otra el solar anegado?”.

Está claro que en la Encarnación se ha producido un simple cambio de ratas. Las ratas siempre acuden a la cochambre, se sienten a gusto en las covachas. Embisten. Como las cabezas de los sevillanos. Mejor la nieve de 1954. Qué horror de estufas. Una cosa es cierta: el Cristo de la Buena Muerte sigue siendo dulce hasta con veladores.

Quién cose al PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2017 a las 5:00

Quién cose al PP de Sevilla

EL PP de Sevilla está roto. Fracturado. Exhibe cada día con más nitidez las entrañas de un desgarro provocado por la traumática pérdida de la Alcaldía en mayo de 2015. Los recientes comicios internos para la elección de compromisarios para el congreso regional que se celebra el próximo fin de semana en Málaga revelan que Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente regional, afronta la cita con la formación hecha unos zorros en la capital, con dos bandos que, a tenor de los resultados, están condenados a entenderse, pero donde nadie hace el menor intento de buscar el consenso, de coger hilo y dedal y ponerse a coser, dicho sea en los términos que empleó Susana Díaz para aludir a la necesidad de recomponer el PSOE, ahora dirigido por una gestora. El PP de Sevilla, por el momento, no tiene quien lo cosa. La tensión que ha marcado estas últimas elecciones internas no augura unas vísperas tranquilas de cara al decisivo congreso provincial que habrá de celebrarse tras las fiestas mayores.

Según pasan las fechas, el conflicto interno es cada vez más explícito, con su correspondiente efecto en la vida interna del partido, con episodios agrios entre militantes, y con el tono plano que mantiene el Grupo Popular en el Ayuntamiento, donde Alberto Díaz parece guardar aposta un perfil exclusivamente institucional a la espera de acontecimientos. Hasta la celebración del congreso provincial no se sabrá con certeza si su etapa de portavoz es duradera o, por el contrario, queda relegada a una interinidad operativa. Por el momento, Alberto Díaz parece el respetuoso inquilino de un piso en alquiler de corta duración, que aún no se atreve a taladrar las paredes, pero que tiene los cuadros y los espiches preparados. Mientras tanto, el gran beneficiario de esta situación es el socialista Juan Espadas, que se pasea por la verde pradera de la Plaza Nueva a lomos del corcel de la estabilidad, disfrutando de la carencia de una verdadera oposición y de la compañía poco molesta de una todavía bisoña izquierda radical.

Tanto el bando oficialista (Cospedal, Zoido, Juan Bueno, Alberto Díaz y José Luis Sanz) como el crítico o renovador (Arenas, Amalia Gómez, Patricia del Pozo, Virginia Pérez, Beltrán Pérez y Juan Ávila) han inflado el censo de nuevos militantes para ganar apoyos en la elección de los compromisarios. Aquí han votado por las dos facciones madres, hermanos, primos, allegados de todo vínculo, etcétera.

Los oficialistas se han impuesto en la capital en número de compromisarios, pero con el aliento crítico pegado a la nuca pues los chicos de Arenas presumen de haber ganado en número de votos. Los críticos sí han ganado en la provincia en número de compromisarios, pero saben de la importancia que hubiera tenido para sus intereses haber controlado totalmente las cocinas capitalinas, donde han obtenido importantes avances respecto a la anterior elección de compromisarios para el congreso nacional, pero sin que puedan descorchar ninguna botella por el momento. El resultado de estas últimas elecciones a compromisarios revela que ninguna corriente tiene la hegemonía en el PP de Sevilla. Ni siquiera el propio Juan Manuel Moreno Bonilla controla casi nada en la sede provincial sevillana, de ahí que su tibieza sea manifiesta desde que se evidenció el conflicto el último Miércoles de Feria con la fotografía de los críticos en la caseta ‘El Manijero’, que dio nombre al grupo que quiere controlar el supuesto pos-zoidismo en el partido. Es más, el líder regional ha salido pellizcado de estos comicios internos, pues los militantes tenían dos urnas para votar: una para elegir a los compromisarios del congreso regional y otra para respaldar al único candidato a presidente regional. Votaron 472 militantes en la capital, de los que sólo 375 dieron su apoyo a la continuidad de Moreno Bonilla. Queda claro que el malagueño sigue generando silencios entre la militancia sevillana. Sevilla no es sólo una plaza que se le resiste, sino que le provoca sufrimientos porque unos (los oficialistas) no lo quieren en el cargo de presidente regional, y los otros (los críticos) no terminan de sacarlo del burladero de la tibieza para que se alinee con sus intereses.

De la capital, el primer dato a destacar es que nadie discute la victoria de los oficialistas en la elección de los compromisarios. Incluso han ganado, aunque haya sido por sólo cinco votos, en el distrito Sur, donde votan el mismísimo Javier Arenas y Amalia Gómez. Las discusiones se centran en determinados compromisarios, como ocurre en Los Remedios, donde ambos bandos se atribuyen a la concejal Carmen Ríos. La caída de los críticos ha sido notable en San Pablo-Santa Justa, donde han perdido las cuatro actas de compromisarios de los que gozaron la vez anterior.

El segundo dato destacable es que el líder municipal de los críticos, el concejal Beltrán Pérez, ha vencido en su distrito de Palmera-Bellavista, después de haberse quedado fuera del congreso nacional, al que no pudo acudir como compromisario por falta de votos. Pérez se puso esta vez las pilas y ha salvado su marca personal al lograr los tres compromisarios de su distrito para la causa denominada renovadora. De 88 votantes, 57 apoyaron a Beltrán Pérez.

La victoria oficialista ha sido evidente (aunque con corto margen de votos en algunos casos) en distritos como Triana, pese al avance de los críticos; y en Nervión, Casco Antiguo, Sur o San Pablo-Santa Justa.

En la provincia, la victoria de los críticos no hay quien la discuta, con más de veinte representantes de diferencia, lo que alienta a los leales a Arenas a tener esperanzas fundadas en una victoria en el congreso provincial, cuya elección previa de compromisarios se disputará a cara de perro ante la previsible presentación de dos listas. Los críticos presumen especialmente de victoria en Gines y de tener de su lado a un ramillete de alcaldes entre los que figura el de Carmona. La provincia no ha sido nunca el fuerte del aparato capitalino del PP, una circunstancia que los críticos quieren seguir explotando de cara al congreso provincial.
En los días previos a la elección de compromisarios regionales se han vivido todo tipo de conflictos, desde conversaciones telefónicas grabadas donde se pone a caldo a dos destacados críticos, a los habituales retrasos en la entrega de los listados para dificultar la captación de los votantes, pasando por las denuncias sobre la ausencia de cabinas que garantizaran el derecho al voto.

El actual presidente provincial, Juan Bueno, se está tragando con una meritoria buena cara todos los conflictos que lastran el partido desde hace casi un año. El desgaste para su figura es innegable, pues no se recuerda un enconamiento igual y tan prolongado en el tiempo en la historia del partido en Sevilla. Bueno ya se desgastó en las maniobras de verano para prescindir de Virginia Pérez como secretaria general, unas operaciones que dejaron al partido al borde de la gestora. Pocos son los que confían en que Bueno siga como presidente a partir del próximo congreso provincial, salvo que una improbable coincidencia de circunstancias así lo aconsejaran. Es diputado autonómico y hombre que guarda la disciplina debida hacia los aparatos. Sabe sufrir, como ha demostrado en distintas etapas y tal como le ha reconocido Arenas en alguna ocasión. Su futuro en el partido no se discute. Su papel como presidente provincial parece ya caducado.

¿Quién será el próximo presidente del PP sevillano? ¿Existen opciones de fusionar ambas corrientes en una sola lista para evitar una explosión que dejaría un buen número de heridos?

Los críticos mantienen que su candidata a la presidencia provincial es Virginia Pérez, la correosa portavoz del PP en la Diputación Provincial, cuyo estilo especialmente directo pone de los nervios al oficialismo del partido. Si gana la opción crítica, la referencia municipal será Beltrán Pérez, que lleva catorce años como concejal y vivió su mejor momento en el acoso y derribo del gobierno de Monteseirín, una habilidad que necesitará en breve el PP si quiere recuperar la Alcaldía. Arenas, que nunca se olvide auspicia la lista crítica, querrá colocar en buen sitio de la ejecutiva a una de sus grandes protegidas: Patricia del Pozo. La otra es Macarena O’Neill.

Los oficialistas tienen a José Luis Sanz como su principal referencia para la presidencia. El alcalde y senador de Tomares ya fue presidente en la etapa de mayor éxito electoral para el PP en la provincia. Tomares es una plaza consolidada electoralmente para el centro-derecha. Sanz podría intentar ser candidato a la Alcaldía de Sevilla, para lo que necesita tres requisitos: lograr el poder orgánico en el partido, quedar absolutamente limpio de posibles nuevos frentes judiciales, y convencer al electorado de que se puede pasar de alcalde de un municipio del Aljarafe a serlo de la capital. Monteseirín ya pasó de concejal de pueblo y presidente de la Diputación a alcalde de la capital durante doce años. Los requisitos que tendría que cubrir Sanz no son difíciles de superar, pero tampoco hay que descartar el posible regreso de Zoido a Sevilla en caso de que la legislatura sea corta, se produzca una eventual victoria de Pedro Sánchez en el congreso del PSOE y el hoy ministro del Interior quiera retornar como la marca más sólida del centro-derecha hispalense.

Si Sanz gana, su referencia inmediata en la Plaza Nueva será Alberto Díaz –hoy portavoz– aún con más fuerza. La probabilidad de entendimiento entre José Luis Sanz y Virginia Pérez es nula. Entre Sanz y Beltrán Pérez pudiera existir algún tímido brote verde. Muy tímido. Los días que pasen entre la elección de compromisarios para el congreso provincial y la celebración del mismo congreso serán decisivos para conocer la probabilidad de formación de una lista de consenso en función del número de compromisarios que cada bando crea tener asegurado. Si no hay entendimiento, habrá que ir a votaciones precedidas de discursos cargados de emotividad para captar los votos de última hora. Habrá una lista ganadora, otra perdedora y un cartel que seguirá reclamando la presencia de aguja, dedal y muchas horas de paciencia. La unidad de todo partido no pasa por el discurso o los ideales, sino por asegurar la supervivencia de los actores de la gran obra de teatro que es la política. Nunca se olvide que Pepe Caballos, otrora factótum del PSOE andaluz, expulsó en 2004 a una tal Susana Díaz del Ayuntamiento para orillarla en el Congreso de los Diputados. Se la quitó de Andalucía asegurándole esa supervivencia. Y en esa etapa de exilio nació la estrella de la política andaluza que hoy prepara el asalto a la calle Ferraz. Hay patadas para arriba que son el preludio del nacimiento de una gran figura. Hay convulsiones, períodos de costura, de las que puede surgir la candidatura más inesperada.

Los cacharros de Muñoz

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2017 a las 5:00

Teatro de la Maestranza.

TENEMOS un concejal de la cosa urbanística que no nos lo merecemos. Está claro que Antonio Muñoz es un hombre de fe, mucha fe, y de esperanza, tela de esperanza bien repartida por esa calle Pureza de exornos florales hiperpoblados que tanto le chiflan. Muñoz ha cantado esta semana las verdades del barquero. ¿Que a los veladores bonitos no se les cobra dinero? Negativo. Ha dicho que el centro está feo porque está cargado de “cacharrería”. Ha culpado a la masiva implantación de franquicias y multinacionales de la “vulgarización y estandarización” de las calles. Yha rematado con una media verónica que ha levantado al tendido de los entendidos: “No aportan ningún valor añadido”. ¡Óle por Muñoz! Si se consultan fotografías del centro de Sevilla de los años 70, por ejemplo de la Campana, la ciudad no era precisamente un derroche de belleza desde el punto de vista urbanístico. Pero sí se aprecia algo en los negocios: la gran mayoría son propios, firmas locales, únicas e insustituibles. En la Punta del Diamante, donde hoy hay una mutinacional del café, había unos pocos veladores donde estaban sentados sevillanos. Y en la Campana, donde hoy sólo queda un negocio autóctono, la clientela también era mayoritariamente local en ambas aceras. Sevilla aparecía con un halo cutre, provinciano, despertando a la democracia. La hiperdependencia del turismo ha sacrificado en el altar de las multinacionales el valor propio de los comercios y bares, el mejor legado quizás de aquellos feos años setenta y ochenta. La ciudad se abrió con la Exposición Universal, profesionalizó la gestión de sus principales monumentos y creció urbanísticamente hasta crear el concepto de la Gran Sevilla, pero cada día está más vulgarizada, lo dice el concejal socialista, como si no hubiera sabido conservar sus señas de identidad al mismo tiempo que asumir las novedades propias de la época. Nos hemos pasado de frenada en el servilismo al visitante, nos hemos arrodillado en exceso en la entrega de las llaves de la ciudad al turista. Antes se decía que un sevillano que quería pasar desapercibido con su amante no tenía más que meterse en el Museo de Bellas Artes o en el Real Alcázar, donde sólo hay turistas. Hoy ocurre eso en los bares de la Avenida y en casi todos los de la Campana. Los sevillanos han abandonado ciertos lugares como los zares sus palacios.
Antonio Muñoz anuncia una ordenanza para presevar el paisaje urbano de la fealdad, del mal gusto,de la “cacharrería”. A Dios por el amor, a Huelva por la A-49 y a la estética por la ordenanza. Muñoz hace como los almonteños, que regulan la estética de la romería con una normativa específica sin ningún complejo. Lo de Sevilla parece más difícil por la de terreno que nos tienen comido los “cacharros”. Más le valdría al Grupo Socialista, en primer lugar, promover una moción del Pleno para que la comisión provincial de patrimonio histórico aplicara las leyes vigentes sobre alteración de las volumetrías, remontes, trama urbana y respeto escrupuloso a los valores que motivan las catalogaciones de los inmuebles. La comisión de patrimonio parece demasiadas veces lo que la Justicia de Pacheco: un cachondeo. Permite la “cacharrería” del edificio de la calle Santander en pleno conjunto histórico, la cubierta de hierro chorreado del restaurante que cruje la estética de la calle Betis, el adefesio de aluminio junto al Puente de San Bernardo, o la demolición interior de tantas y tantas casas de las que obliga a dejar la fachada para que Sevilla siga pareciendo lo que ya no es. El cuidado de la estética, de los valores propios a los que alude Muñoz, comienza por la arquitectura y termina por los comercios. Exige pensar a largo plazo. Y, sobre todo, requiere de educación y criterio. Una fiesta de escasos días, como la Feria o el Rocío, se pueden regular por ordenanza con cierta facilidad. De hecho el uno y la otra son ejemplos de bastante éxito en este aspecto. Un modelo estético de centro histórico implantado por ordenanza parece mucho más complicado. El precedente más próximo fue el de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que intentó que todos los bares de los alrededores de la Plaza Nueva tuvieran los mismos veladores. Homogeneizar el mobiliario de la hostelería se decía en el lenguaje cursi de los políticos. Ahora, por cierto, lo que hay son más veladores con y sin homogeneización. En los útimos cuatro años del PP casi nada se hizo por la estética. Se dispararon los “cacharros”, que diría Muñoz, y el alcalde de entonces reconoció (increíble, pero cierto) que tuvo que hacer la vista gorda con los bares y los veladores porque eran años de crisis económica y había que contribuir a que hicieran caja. Zoido sí promovió la sustitución de las farolas-ducha de la Alfalfa y sus proximidades y casi lo fusilan en el paredón de lo políticamente correcto.
Es de agradecer ahora que la cruzada contra los veladores y los “cacharros” del centro sea promovida por un socialista. ¡Menos mal! Si llega a ser Soledad Becerril ya la estaban tildando de marquesona. Yo me alegro del plan de Muñoz, hombre de mucha fe por lo que se ve. Esperemos que la fuerza lo acompañe, que es lo mismo que decir que la superioridad moral de la izquierda lo proteja. Entenderá pronto cuán lamentable resulta tener que defender lo obvio. Que no se puede abandonar la Catedral como todos los gobiernos locales lo han hecho. Que hay que estar encima de la comisión de patrimonio. Que hay que mirar con lupa las licencias en el conjunto histórico-declarado. El velador se retira. El mamarracho de la calle Santander nos lo tragamos cada mañana. Yel criterio no se enseña a golpe de ordenanza.
Quizás a Antonio Muñoz algún día le ocurra lo que al gerente del club privado al que se quejaron por escrito de que la gente comía con el torso al aire en el restaurante de la piscina. El tipo respondió que el club no se hacía responsable de la educación de los socios. Y que si el denunciante no quería almorzar contemplando pelambreras, que acudiera al salón habilitado al efecto, una suerte de gueto para los que aún mantienen ciertas normas de saber estar y, sobre todo, de higiene. El centro de Sevilla está para que lo manden al IAPH para pasarlo… a nuevo terciopelo. Con dos… veladores.

Los gazapos de la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 26 de febrero de 2017 a las 5:00

gazapos_en_la_Catedral.jpg

SE mantienen como verdades irrefutables que la plaza de toros de la Real Maestranza es el monumento privado mejor conservado gracias al celo de los caballeros maestrantes y que la Catedral es un modelo de autofinanciación gracias al esquema concebido por el cura Paco Navarro tras los fastos del 92. Cada aficionado que renueva su abono, si es que lo renueva, está metiendo dinero para acicalar esa bella moza que es la plaza de toros, iluminada con esplendor por la Fundación Endesa, antes Sevillana de Electricidad. Ycada turista con las pelambreras al aire, cuando pasa por el torno (Triana) de la Puerta del Príncipe, le está metiendo dinero a la propia Catedral, necesitada de obras mayores y menores de forma continua, y también a otros fines de la diócesis: las obras de caridad, la edificación de nuevas parroquias, etcétera. La plaza de toros cuida poco a sus abonados, los maltrata con ganaderías que pierden las manos en el primer tercio, con localidades incómodas que provocan el síndrome de la sardina en lata. ¡Pero cómo trata, en cambio, la Catedral a los turistas! Los turistas son los señores y amos del primer monumento de la ciudad. Los turistas son los consentidos de los canónigos. La Catedral aplica manga ancha a los turistas. Entran vestidos como les da la real gana, sobacos y calzoncillos al aire; hacen las fotos y vídeos que quieren como japoneses compulsivos, sin un acomodador escondido en el vomitorio que de pronto irrumpa y recrimine la acción, como sí ocurre en la plaza de toros: “¡No se puede grabar la faena, oiga!”.

El turismo manda. Los canónigos se pliegan. Poderoso caballero es el turista. El lagarto se calla. Pasen, pasen, que al fondo hay sitio. Toda la Catedral es un inmenso monumento concebido por y para el turismo. Hasta hay turistas que tienen la suerte de encontrarse con Ayarra (don José Enrique) en uno de sus ensayos y disfrutan de cuarto y mitad de gloria musical gratis total, corcheas primorosas salidas de ese órgano mimado por los alemanes cada vez que sus teclas se engollipan. Que suele ocurrir para disgusto de este canónigo de Jaca al que jamás se le quita el aire aragonés por más años que lleve en Sevilla. Y mire que lleva años.

Pero no todo es brillo para los señores de pantalón corto y botellita de Solan de Cabras por la Catedral, oiga. En la capilla de Santa Ana, que es uno de esos muchos rincones para el deleite de la gran montaña hueca, hay una cartelería informativa (por las que hilan lo de informativa) con gazapos vergonzosos. Al cardenal cántabro Luis de la Lastra y Cuesta (1803-1876), nada que ver con Casa Cuesta, la del menudo, lo han rebautizado en su propia tumba como Luis de la Lastra y Costa. Dicen que los errores del editor los corrige el buen lector. Pero es que no se vayan todavía, que aún hay más. Si se interesan por el autor del precioso sepulcro del purpurado, el Cabildo asegura que su autor es Ricardo Beitver, cuando en realidad se trata de Ricardo Bellver (1845-1924). Aceptamos canónigo nombrado a dedo, sin oposición. Aceptamos canónigo de nueva hornada que maneja el latín como el inglés de los taxistas. Aceptamos canónigo con parroquia anexa a la Catedral y malas pulgas. Aceptamos todo lo que haya que aceptar, cual abonados sufridos de la plaza de toros, pero que a Bellver me lo rebauticen en la pila de la ignorancia y el desahogo es para hacérselo mirar. Y no le echen la culpa a don Juan José, que en Historia del Arte y de la Iglesia está, precisamente, puestísimo. Yde cofradías le quedan dos calles para darse cuenta de lo celosas que son las hermandades de su autonomía, que no hay Guardia Suiza que les haga entregar los papeles. Yo lo siento por la pintora Reyes de la Lastra, magnífica retratista donde las haya, y por todos los Lastra que en Sevilla hay, que los hay para formar una distinguida cofradía, a los que les va a dar un sopitipando cada vez que se asomen por la rejería para rezarle a su difunto pariente, Príncipe de la Iglesia, al que han puesto segundo apellido de calle chunga junto a la Alameda de Hércules. Pero tela de chunga. El cardenal Lastra Cuesta es de los que alcanzaron la condición de purpurado en sus últimos años de vida por concesión de Pío IX. Bellver lo representó de rodillas sobre un reclinatorio, con la frialdad marmórea de los monumentos fúnebres. El tío del cartel, que no ha tenido tiempo de consultar siquiera la wikipedia, ni de preguntar a alguno de los canónigos que quedan con cierta cultura, lo ha rebautizado con nombre de delantero del Bayern de Munich: Bietver. De nada le ha servido a Bellver haber firmado obra de importancia en toda España, desde Madrid (El ángel caído, en el Retiro) a la propia Catedral de Sevilla, donde tiene firmada imaginería en la Portada de la Asunción y en la del Príncipe.

Antes de ir a la caza de los turistas en el taco de Emiratos Árabes Unidos, esperemos que nuestros canónigos conozcan su Catedral. Cultura local se llama. Porque lo del latín es ya imposible. Como la rendición de cuentas de las cofradías. Con el sufrimiento de los abonados de la plaza.

La manzana podrida

Carlos Navarro Antolín | 19 de febrero de 2017 a las 5:00

SEVILLA, 13/02/2017.
HACE tiempo que no vemos las brigadas anti-veladores del concejal Antonio Muñoz cargando mesas, taburetes y sillas en la furgoneta con el motor al ralentí. El delegado de esa cosa llamada Hábitat Urbano es listo:tras varios días de batida con sus correspondientes notas de prensa ha logrado que cesen las protestas, cuando la realidad es que las terrazas siguen como estaban. Con inspectores o sin inspectores, cierto hostelero sigue siendo el rey. Muñoz ha salido bien parado en los medios de comunicación. El propio alcalde, Juan Espadas, sabe que su edil de Urbanismo goza de buena prensa. Muñoz ha venteado hábilmente el humo de la eficacia. En política se trata de hacer ver que las cosas funcionan más que de que funcionen realmente. En política vende el gerundio (estamos controlando) mucho más que el participio (está controlado). Muñoz se pasó una buena temporada cogiendo el toro por los cuernos, hasta que se ha metido de nuevo en el burladero de la Gerencia. Y el toro sigue abanto. No nos engañemos, la situación sigue igual –fíjense en la Plaza de la Campana– pero el gobierno ha conseguido, al menos, acabar con esa sensación de inactividad del ejecutivo anterior, amuermado en sus 20 concejales. Lampedusa ha funcionado en las caracolas de la Cartuja.

El mismo Muñoz –¿recuerdan?– también denunció el horror de la Avenida y los alrededores de la Catedral. Nunca un concejal había hablado tan clarito sobre las “pedradas” estéticas que sufren estos lugares. Este Varoufakis hispalense se ganó las simpatías de los medios de comunicación. Se pronunció alto y claro. Llegó la Semana Santa y persiguió los horrorosos puestos de venta ambulante, desde la Encarnación hasta la Plaza de la Contratación. Urbanismo hizo ruido, que es de lo que se trata en comunicación: hay que contar que se quitan los veladores, hay que procurar la publicación de la fotografía de las brigadas haciendo una suerte de razzia de mesas y sillas, hay que dar sensación de frenética actividad.

Por momentos nos faltaba ver a Muñoz revestido de valiente cruzado contra los hosteleros infieles a las ordenanzas. Lástima que algunos meses después, las aguas de los veladores han vuelto a su cauce de descontrol y desorden. Y, además,la galería de los horrores en que se han convertido las proximidades del principal monumento de la ciudad continúa en proceso de perfección. Urbanismo, al menos, ha dado una señal de vida al abrir ahora un expediente disciplinario a la finca del número 17 de la calle Santo Tomás, donde funciona un restaurante de comida mexicana que ha colocado una preciosísima publicidad en la fachada, de las que van cambiando de mensaje. Todo un estoconazo en el hoyo de las agujas del patrimonio de la humanidad. Anuncios de letras fluorescentes y que se mueven como los de un club de carretera frente al mismísimo Archivo de Indias. El inspector de la Gerencia de turno ha realizado un sesudo análisis de la legalidad de los anuncios con gran profusión de citas legales y perífrasis. Todo para concluir que la mamarrachada es “no legalizable” y que el titular tiene que restituir la “realidad física alterada”. Ojalá se pudieran restituir las realidades físicas alteradas en el casco histórico, lo cual no consiste en revivir sueños rancios, ni en sufrir delirios en blanco y negro, ni en bañarse en las aguas siempre parciales de la memoria idealizada. Consiste en no afear aún más lo ya afeado, en cuidar el salón de la ciudad, en mimar el sello de identidad de la urbe, en no maltratar los monumentos, sus perspectivas, su uso, sus colores. Sevilla se está poniendo cada día más fea. Y eso no hay brigadas anti-veladores que lo mitiguen, ni inspectores de 9 a 14 horas que lo arreglen con el pliego del blablablá de expedientes inútiles.

Sevilla sufre el síndrome de la manzana podrida, que ya se sabe que es la manzana que acaba pudriendo todas las sanas que hay en el cesto. Cierra un comercio elegante en la Plaza de Salvador, frente a un Bien de Interés Cultural como es el templo, y no abre otro comercio igual de elegante, ni siquiera una tienda que, al menos, tenga una decoración aséptica que respete ese aire de basílica romana que genera la fachada de la iglesia. Lo que abre es una tienducha de patatas fritas con un pedazo de monigote en el balcón del que rebosan patatas como chirriante reclamo publicitario. Cierra un banco y abre una tienda de comida rápida. Cierra una zapatería y abre una de donuts tuneados. Cierra una de ropa y abre una de venta de sobres de jamón ya cortado con luminosos de cochinos felices por la montanera. Abre una de tortas Inés Rosales, que bien merece la marca la mejor ubicación en el centro de la ciudad, pero le mete a la Plaza de San Francisco un fogonazo de azul azafata muy apropiado por las que hilan para la entrada de la antigua ruta de la seda, la calle Hernando Colón, que conduce hasta la Puerta del Perdón. El síndrome de la manzana podrida que sufre el comercio se expande por los locales vacíos, experimenta su particular metástasis, es una demostración palmaria de la degradación de la ciudad. No hay público que valore la artesanía, como no hay público que valore la buena atención en un bar, el buen producto. Nunca hubo tanta afición a lo gourmet, tanto sibaritismo de escaparate, y tan poco criterio y escaso buen gusto.