Archivos para el tag ‘Alfredo Sánchez Monteseirín’

Los 5.000 naranjos de Zoido

Carlos Navarro Antolín | 11 de agosto de 2014 a las 12:59

El alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, visita el parque Vega de Triana
¿Qué mal han provocado los árboles a unos políticos que en tan baja estima los tienen? ¿Qué sombra le ha negado un naranjo a Monteseirín o a Zoido? ¿Acaso se la han negado un olmo, una palmera, una jacaranda, un laurel o un plátano? ¿Sienten celillos de los estorninos de la Plaza de Cuba, de los gorriones de Nervión o de los vencejos de la Catedral? Tan sólo Soledad Becerril cuidó de esos grandes desprotegidos que son los árboles, por eso y por muchas cosas más es una dama de la política andaluza con proyección y prestigio verdaderamente nacional y no esa proyección low cost que ahora se vende de alguna con mando en plaza, pero un low cost en plan turista tieso que llega a Sevilla con mochila y botellita de agua, que son los que ahora llegan tras haberse disipado los cruceros como una gaseosa de chiringuito. Los árboles envidian al lince y al velador, los grandes referentes para el PSOE y el PP, respectivamente. No hay árboles para dar sombra a Sevilla más allá del bosque animado de un Ayuntamiento atufado ya de electoralismo. No hay árboles que alivien los andares en esos grandes espacios moscovitas, duros, grises, feos y convertidos en exaltaciones del vacío que nos dejó el urbanismo socialista y alejandrino, de Alejandro, no de la estrofa. Los árboles no están en las prioridades reales de ningún gobierno, pese a que ofrecen sus ramas a las aves, su perfume a los viandantes y su sombra a ciertos pájaros… ¿Qué le hicieron los árboles a Monteseirín, que los taló en el Prado, en la Avenida y en Ramón Cajal, por poner sólo tres ejemplos? Zoido prometió en 2010 nada menos que cinco mil naranjos en un plan de reforestación urbana para evitar el efecto “isla de calor” de Sevilla. Eso dijo. Quedan nueve meses mal contados para las elecciones y por mucho que miramos y miramos no nos salen las cuentas de los árboles nuevos. En el templo de apertura perpetua de San Onofre hay que entrar a suplicar que algunos de esos cinco mil naranjos, bien frondosos, sean plantados en la Avenida, donde se entra blanquecino por la Puerta de Jerez y se acaba salmón en la Plaza Nueva. El entonces candidato del PP a la Alcaldía proclamó que la tala de un árbol requeriría de la firma del alcalde. Mire usted, señor Zoido, bastaría con que la firma del alcalde sirviera para poner algo de sombra en esa inhóspita Avenida de la Constitución, convertida en un video-juego donde el peatón sortea ciclistas, mesas, sillas, banderolas, coches procedentes de Alemanes y peticionarios de firmas para causas humanitarias; en la calle San Fernando, en la Plaza de Armas, en la gran explanada que recibe a los viajeros del AVE y de otras líneas de Renfe y en tantos y tantos metros cuadrados de superficie de esa desangelada Isla de la Cartuja, a la que Monteseirín quiso convertir en un nuevo distrito de la ciudad. Zoido también dijo que por cada árbol talado habría que adquirir el compromiso de plantar cinco. Bastaría, alcalde, con un árbol nuevo por cada nueva licencia de velador, pero entonces Sevilla sería no ya una ciudad con sombra, sino una urbe sin sol. Pocos árboles hay en Sevilla para tantísimo pájaro.
VIRGEN DE LUJAN

Como un Mercadante más

Carlos Navarro Antolín | 27 de enero de 2014 a las 18:48

mercadante
Siéntate en la Avenida y verás pasar a quien la libró de autobuses, pero la entregó de rodillas, como un Boabdil de la sostenibilidad, a nuestros nuevos señores y amos: los ciclistas y veladores. El virrey de las peatonalizaciones camina por la acera (¿izquierda?) de la Avenida, por el único tramo que sigue inalterado durante quinientos años. Pisa fuerte por las losas de Tarifa, que resisten ahora y siempre a los promotores trincones que acudieron como mercaderes del templo al olor del negocio de las losas de pizarra. Monteseirín camina por terreno aforado, protegido por las cadenas de la Catedral que en el XVI concedían derecho de asilo en el templo a los perseguidos por la Justicia ordinaria. Qué ironías reserva el destino, que semiótica encierra la plasticidad de un momento preciso de la vida cotidiana, de un instante, de una coincidencia. Avanza el ex alcalde bajo la mirada de las estatuas de Lorenzo Mercadante de Bretaña, que también cuentan su presencia en la Avenida por siglos. Y surge la estampa que representa con toda carga simbólica la contradicción entre lo permanente y lo efímero, el paso de los siglos frente a la volatilidad de doce años de gobierno, una lección de filosofía escondida entre piedras y egos. Pasa Monteseirín bajo las estatuas de barro cocido que han visto el tránsito de generaciones y generaciones de sevillanos, reyes de carrozas y monarcas modernos, presidentes del Gobierno, jefes de Estado, dictadores, arzobispos beatos y prelados soberbios, cardenales recibidos con glorias y purpurados despedidos con los pies por delante, canónigos por oposición y canónigos digitales, pobres pedigüeños y fieles potentados, señoritos en sepia y aristócratas del ladrillo a todo color, beatas de abanico y turistas de pantalón corto, cofradías de medio pelo y hermandades de tronío, alcaldes bajo mazas suntuosas y ediles de saldo… Todo pasa y ellas permanecen, escoltadas por el granito de las columnas de Itálica, tan sólo acariciadas por la brisa del tiempo y cortejadas por el piar de algunos vencejos. Todo pasa, ellas permanecen. Doce años para ellas es un soplo, apenas una línea en el tratado de la urbe cotidiana de la que son testigos, una insignificante moldura en la arquitectura del retablo de la historia que conforman regímenes políticos, revueltas, períodos de sosiego y turbamultas. Sólo hay que sentarse en la Avenida para comprobar el teatro que encierra cualquier pasaje de la vida cotidiana. In ictu oculi. Sin séquito de aduladores, sin la tensión de las faenas de gobierno, sin nadie ya que lo pare ni le pida una prebenda, como un Mercadante itinerante más del templo de la ciudad de las mil fachadas, Monteseirín recorre la Avenida que recibió con hedor de tufos negros, banda sonora de motores de autobuses urbanos y sucursales de bancos y que dejó convertida en una gran terraza de mesas y sillas, puestos ambulantes, cafeterías por doquier y abundante trufa de bicicletas. Siéntate en la Avenida, donde las piedras hablan, y verás pasar a los hombres que parecían eternos. Y la eternidad si acaso sólo está en las piedras, aurigas del paso del tiempo que susurran a todos los viandantes la gran verdad de aquellos que algún día se creen dioses por el número de concejales: “Recuerda que eres mortal”. Un día pasó con tiros largos y bajo mazas, hoy es uno más en la felicidad de la tensión perdida en una ciudad en crisis que se desangra y se deja la vida barbeando en las tablas del desempleo. El alcalde que abrió en canal la Avenida camina por el único tramo que no pudo cambiar. Y las estatuas de Mercadante lo miran con indulgencia. Plenaria, de Pleno.

El fin de las perífrasis

Carlos Navarro Antolín | 23 de noviembre de 2013 a las 5:36

Nunca tuvo Izquierda Unida tanta cuota de poder municipal en la historia de la democracia que con este político perifrástico y aficionado convulso a la verborrea como cabeza de lista. Antonio Rodrigo Torrijos (Sevilla, 1950) ha sido una suerte de mesías del tardocomunismo en la Plaza Nueva. Después de un mandato de concejal como delegado de Empleo y del Distrito Sur, alcanzó el número uno en las elecciones de 2007 y besó el santo del gobierno, de la mayor cuota de gobierno que ha tenido nunca la coalición de izquierdas, que pudo vender aún más caro de lo que ya lo venía haciendo su apoyo al PSOE. Con Torrijos al frente, Izquierda Unida entró en las caracolas de la Gerencia de Urbanismo de la Isla de la Cartuja en los años de imperio de ladrillo, de la multiplicación del pan y los peces de las licencias de obras y de los grandes proyectos faraónicos que eran posibles tanto por los pingües beneficios que obtenía el organismo autónomo por efecto del boom inmobiliario como por los patrocinios y los créditos que caían del cielo un día sí y el otro también. Torrijos ha vivido en el trono de la carroza del poder los años de vacas gordas del Ayuntamiento de Sevilla, esos años sin retorno como el vuelo de las oscuras golondrinas. En torno a su figura se ha creado la leyenda del demonio con hoz y martillo. No es tan fiero el león visto de cerca, pero ciertamente ha tenido y tiene zarpas. Su vida política concluye por el ahogamiento provocado por los frentes judiciales abiertos en su contra. Su cartel electoral está agotado no sólo porque las normas internas de su formación política impidan un cuarto mandato en la misma institución, sino porque todos los partidos recurren siempre a la amputación cuando la gangrena de la corrupción puede afectar al conjunto, a las siglas, a la marca. Y todo indica que IU no está dispuesta a la peligrosa sinécdoque por la que un Torrijos cercado por los jueces sea tomado como la referencia del todo. En política mandan los aparatos de los partidos. Y los partidos son estructuras para alcanzar el poder con vocación de perpetuidad. La marca electoral de Torrijos se ha ido desgastando por un discurso tan hábil como trasnochado, por la difusión reiterada de la fotografía de la mariscada convertida en la síntesis perfecta de los excesos de una etapa en la que la prima de riesgo era jerga exclusiva de los economistas y por un cerco judicial que ya le ha dejado mella (una sentencia por acoso laboral) y que tiene el sonido del cascabeleo previo a la estocada de una nueva condena.

En su haber político no sólo está el haber conseguido nada menos que una estructura paralela de vicegerente con una cuadrilla de asesores propios en la golosa Gerencia de Urbanismo, sino una amplia cuota de influencia en los gobiernos de coalición con el PSOE. Sánchez Monteseirín se llevó siempre mejor con los concejales de IU (“Son gente especial, pero con la que uno se puede entender”) que con los del PA con los que gobernó y se peleó de 1999 a 2003. Y ese buen entendimiento se notó en muchos proyectos. Torrijos tiene tanto protagonismo en la construcción del carril bici o en la instauración del bonobús solidario como mérito a la hora de colocarse la servilleta XXL ante la fuente de marisco con los mayoristas de Mercasevilla.

Su vida política se interrumpe y se va al traste cuando soñaba con un retiro en alguna de las consejerías de la Junta que ahora detenta su partido, sobre todo si era cerca de su gran amigo José Antonio Salido. Pero se le ha acabado el crédito en una formación dominada por los jóvenes más radicales y que guarda ya muy poca relación con aquel Partido Comunista que Torrijos conoció hace décadas, cuando en sus filas cabían figuras como el recordado Adolfo Cuéllar, Rosa Bendala o incluso el entonces líder estudiantil Luis Pizarro, hoy como adjunto en la Oficina del Defensor del Pueblo.

Con Torrijos se cierra una etapa en el Ayuntamiento cuyos principales símbolos son la pipa, la barba, las perífrasis y la riqueza de adjetivos calificativos al referirse a la derecha. Y el principal efecto ha sido el ejercicio de una política fuertemente ideologizada. Ya nadie hablará en privado de los “exiguos sueldos” de los asesores de su grupo político, ni en público de lo “poco que hacen honor” los concejales del PP a la inversión que hicieron sus padres en educación privada, de los “oscuros intereses particulares que hay detrás los proyectos” de un alcalde que es la “marioneta del capitalismo”, de las “aspiraciones bonapartistas” de Zoido ni de la derecha “reaccionaria, tramontana, sierva del capitalismo y de sus poderosos brazos mediáticos”. Por supuesto, se echarán en falta sus comentarios sobre las luces de Navidad (“El solsticio de invierno”) o sus audiencias con el cardenal Amigo en la planta alta del Palacio Arzobispal.

Detrás de ese cartel de hombre de otro siglo, con un discurso más propio de ser pronunciado en lo alto de un tanque en los años duros de la Guerra Fría, se esconde un sevillano del barrio de Santa Cruz que en su vida privada ha llegado entablar relaciones más que fluidas con personajes de esa derecha local a la que tanto ha atacado como caricaturizado, que ha salido de nazareno en Santa Cruz y Los Negritos, que ha sido voluntario en sus años de juventud en el comedor social de Regina Mundi y que, también es cierto, dedicó partidas de dinero público a la restauración de monumentos religiosos siendo delegado para aquella perifrástica Delegación de Infraestructuras para la Sostenibilidad, de cuyo recuerdo sólo quedan las horquillas para aparcar las bicicletas.

Los primeros que han dejado a Torrijos en la dura soledad, como siempre ocurre en política, han sido sus propios camaradas. Ayer lo arroparon en el anuncio de su despedida, pero no lo hicieron el lunes en su nuevo paseíllo judicial como imputado. La indisposición sufrida en el último Pleno, que ha derivado en numerosas revisiones médicas, y ese vacío al llegar a los juzgados (los apóstoles de su partido estaban dormidos) han sido la combinación letal para anunciar el final inminente de la política de las perífrasis. Los concejales en España no gozan de aforamiento. Y no hay Senado donde dar refugio a este enfermero de profesión, curtido en las Comisiones Obreras de los años de la Transición y que a partir de ahora verá la vida pasar desde la umbría estrechez de la calle donde vive.

El águila roja de la Encarnación

Carlos Navarro Antolín | 5 de noviembre de 2013 a las 18:22

Sevilla da para una retransmisión de la vida cotidiana con la voz de Félix Rodríguez de la Fuente. Ahora que tenemos rapaces en la Encarnación por gentileza de Sacyr, fíjense cómo el animalito hace su trabajo entre árboles y balcones, cómo sobrevuela al autobús de Tussam que recuperamos en su máxima penetración hasta el Duque gracias a Zoido y cómo, finalmente, se posa en el balcón de Comisiones Obreras, donde presume orgulloso de pico y plumaje… Y ni se atreve a entrar pese a estar los balcones abiertos.

El águila se siente a gusto en las grandes centrales sindicales, desde donde contempla el mamotreto de madera que le ha tocado defender del corrosivo palomerío. Será por eso que es un águila roja, como el de la televisión. Águila que no hiere la mano que le da de comer, a la que siempre regresa. Águila que trabaja al alba. Decía Monteseirín que la plaza era un terreno de fango, suciedad y charcos con ranas antes del Metropol Parasol. Ahora es toda una Plaza de la Cetrería, dicho sea por recuperar aquellos antiguos rótulos de oficios y gremios al borde de la extinción. En la ciudad de los vencejos, el águila es el rey. Águila roja, de las comisiones cetreras.

Rapaces en la Encarnación

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2013 a las 12:43

la foto
Un águila vigila cada mañana que la madera de las setas de la Encarnación no sufra el efecto corrosivo de las defecaciones de paloma. El símbolo de la paz en la pintura por antonomasia es al mismo tiempo el peor enemigo de los materiales de la construcción, como hace veinte años que ya estudió al detalle el arquitecto Fernando Mendoza, que luego restauró el templo del Salvador. Las heces de paloma tienen ácido. Y el ácido corroe. Así de sencillo. La cetrería es un arte que de lunes a viernes puede contemplarse en el piso alto del Metropol Parasol antes de que se abra al público la plaza. Sacyr tiene contratada la intervención del ave rapaz, que va desayunando de la mano del cetrero entre vuelo y vuelo fugaz por balcones escogidos. Hay espectadores que son ya habituales en la cita, en una interpretación perfecta de esa España pura del unos trabajando (el cetrero y el pájaro) y los demás mirando. Los niños que acuden apresurados a los colegios de la zona se quedan extasiados con el vuelo del águila, que el curso pasado era halcón. Tal vez con los recortes el águila sea más baratita que el halcón, porque ya se sabe que el apellido Halcón cotiza mucho en Sevilla, sea con hache y sin hache. En política exterior norteamericana se distingue entre halcones y palomas. Atención preguntas:¿Zoido sería para los americanos un halcón o una paloma? ¿Un ave rapaz come melva o pasaría de ella sin olerla siquiera? ¿Ha pasado Susana de halcón a paloma?
–¿Qué Susana?
–Susana no hay más que una.
Cuestiones ambas que merecen un sesudo estudio financiado por el Observatorio de las Rapaces Andaluzas. En la Plaza de la Encarnación hemos visto en el último año ovejas, burros, camellos, halcones y ahora un águila. Es el nuevo zoo en la ciudad de la avifauna. Porque en Sevilla hay pájaros, pajaritas y pajarracos. ¿O no? El águila de Sacyr es inofensiva, se limita de dejarse ver y ahuyenta a los enemigos alados de la madera. Su labor es disuasoria, dicho en el lenguaje de un subdelegado del Gobierno el día de manifestación mientras saca a la calle los camiones de la Policía Nacional.
Tal vez habría que aprender de Sacyr y contratar varios águilas y halcones de lunes a viernes para exhibirlos tanto en las antiguas puertas de Sevilla como en los nuevos accesos a la ciudad. A un catedrático de Universidad casi lo toman por loco en los años ochenta cuando planteó el uso de aves rapaces para ahuyentar a las palomitas (pitas, pitas) de las cubiertas de la Catedral. Catedral que tiene su Cabildo, ahora que hablamos de rapaces…
La imaginería de Mercadante de la Catedral ha sufrido durante años la polución de los autobuses de Tussam, la arenización de los vientos y el ácido corrosivo de las palomitas. Fue la coartada perfecta para conventir la Avenida en un lugar inhóspito donde ya se montan hasta puestos de flores ambulantes al estilo de la Rambla catalana, solo que por la Rambla se puede pasear y por la Avenida hay que ir sorteando obstáculos bajo el sol.
Quizás haya ya cetreros soltando las aves rapaces en esos accesos a Sevilla, porque algunos de los inversores anunciados para la ciudad no terminan de llegar. Tal vez haya un halcón en el Puente de Triana, porque en la Lonja del Barranco hay menos movimiento que en un puesto de turrón de la Feria. ¿Usted ha visto a alguien comprando una tajadita de coco alguna vez en esos puestos? Todo lo más, gente mirando cómo funciona el sistema de chorritos para que no pierdan frescura. Dijeron que iba a correr el caviar en ese nuevo mercado, al estilo del mercado de San Miguel capitalino, y lo que se ha llenado es de mendigos a la búsqueda de techo nocturno. Un cetrero parece que tiene contratado alguno en la puerta de su caseta de la Feria para evitar al pájaro gorrón, arte disuasorio que pocos controlan con destreza suficiente, porque las rapaces que a veces se usan para ahuyentar al fresco de turno sí pueden resultar agresivas y dejar heridas para toda la vida. Al calvo nunca le digan calvo, ni al gorrón le digan gorrón.
Lo que no hay es cetrero que acabe con la muchedumbre de las procesiones extraordinarias, con efecto corrosivo para muchos cofrades saturados que hace tiempo que dejaron de disfrutar de los pasos fuera de temporada. Y eso que en el cofraderío hay verdaderos buitres croqueteros que si no jaman de válvula se ponen cetrinos.
Tanto largar de la setas y de sus desfases económicos y resulta que Sacyr cuida las setas con tal mimo que hasta invierte en ahuyentar a las palomas. Parece que Monteseirín hubiera querido colocar las águilas como en la casa palaciega que da nombre a la calle, como símbolo de los doce años de poder, como el remate perfecto a la obra que recordará su gestión. El rapaz es el sello perfecto para no olvidar nunca el dinero esquilmado de los sistemas generales urbanísticos: 86 millones de euros que volaron en la antesala de una crisis que parece como aquella campaña que nos quería privar del Metro: un túnel sin salida.
La Real Maestranza pierde ya la exclusividad de quienes la elogian con la grandilocuencia al afirmar que es el único ejemplo de institución privada que sabe cuidar de un edificio monumental como es la Plaza de Toros. Sacyr también lo hace echando las rapaces por delante. Claro que para buitres, buitres, lo que se dice buitres, los que revolotean por la Puerta del Príncipe en días de abono, donde además el pajarerío es de pluma más variada que el pelaje de un encierro de Prieto de la Cal.
Haga como Sacyr, ponga un ave rapaz en su vida. Basta con media horita al día para evitar palomas, palomos y palomitas.

Las verdaderas amenazas para la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 27 de agosto de 2013 a las 12:08

Fotos de la contaminación visual de tiendas y restaurantes en la calle Alemanes, entorno de la Catedral
De qué sirve preocuparse por las farolas del centro histórico si un buen día llega un tío y te monta enfrente de la Catedral de Sevilla un comedero de kebabs con rótulos fluorescentes y el correspondiente pestazo. Para qué un cuerpo de técnicos que inspeccionan hasta la mínima obra de sustitución de un pináculo o de un pretil si el estruendo visual de camisetas y el despliegue de la chabacanería de souvenirs al uso se encargará con toda eficacia de romper el encanto del gótico, su sentido ascendente y la penumbra misteriosa de la montaña más hueca de la ciudad. Para qué tanto arremeter contra los bancos de Ikea (microdenuncia) o la Torre Pelli (macrodenuncia) si los alrededores de la Catedral en agosto son una versión de Benidorm con adoquines en lugar de playa. Ningún gobierno local ha querido realmente regular la estética del espacio de la ciudad al que rimbobantemente se denomina como patrimonio de la humanidad (Catedral, Alcázar y Archivo de Indias). Lo único meritorio que se ha hecho fue la supresión del aparcamiento de autobuses turísticos delante de la Puerta del León. Porque la peatonalización de la Avenida ha sido una de las mejores ideas peor ejecutadas que ha habido en la ciudad en la última década. Monteseirín nos dejó una Avenida inhóspita para el peatón, sin sombra y en la que los nuevos y mañarianos amos y señores de la ciudad, los ciclistas, campan a sus anchas sin que tampoco Zoido sepa ni pueda enseñarles a muchos de ellos la educación que no han mamado en sus casas. La instalación de losas de pizarra en el entorno del templo fue una chapuza palmaria que, además, originó todo tipo de leyendas sobre supuestas mangoletas y traslados del antiguo material de losas de Tarifa a chalés de afamados constructores. Quizás el entorno de la Catedral no sea más que ese mar de mal gusto donde desemboca el río estrecho de Mateos Gago donde navegan sillas, camareros marineando de mesa en mesa, letreros con pizarras de colores que anuncian los noveleros rulos de queso de cabra, coches particulares, paradas de taxis y puestos de camisetas, todo lo cual con sus correspondientes afluentes de callejuelas con más comercios-cochambre donde pocas son las excepciones de buen gusto. El Ayuntamiento siempre ha tenido una posición acomplejada a la hora de cuidar este entorno, muy distante del celo con el que el Vaticano cuida la Plaza de San Pedro y sus alrededores (donde a los turistas no se les permite sentarse en el suelo) o del que las autoridades municipales romanas ponen para velar por la estética y el comercio de la Piazza Navonna. Y mucho más próximo tenemos el ejemplo religioso de la Romería del Rocío, en la que el bando del alcalde establece cada año las normas que velan por el ambiente tradicional de la cita y la armonía estética de la aldea, y el ejemplo laico de la Feria, con unas ordenanzas que fijan los cánones estéticos hasta de las pañoletas siguiendo la escuela de Bacarisas. Censuran la Torre Pelli quienes son incapaces de cuidar por el decoro apropiado de los alrededores de un monumento que hasta julio de este año ha recibido 755.000 visitas. Lo escribía en este periódico el arquitecto Juan Ruesga: “A veces tengo la sensación de que nos perdemos en el detalle de una farola sin darnos cuenta que son los servicios los que conforman en gran medida la imagen de la ciudad”. Un paseo por los alrededores de la Catedral, con la vista predispuesta a evaluar esos servicios que constituyen en buena parte la arquitectura del concepto de estética de una ciudad, termina en depresión…o en rulo de queso. Cualquier cosa antes que el kebab.
Fotos de la contaminación visual de tiendas y restaurantes en la calle Alemanes, entorno de la Catedral

Zoido le da salida al queso

Carlos Navarro Antolín | 22 de julio de 2013 a las 21:37


Había un veterano maitre de Juliá que cuando los invitados manseaban y no repetían en el encuentro con las bandejas de taquitos de manchego, servidos en grandes quesos vaciados previamente, le exigía a los camareros que dieran más vueltas por la sala con las mismas bandejas. Quedaba prohibido sacar nuevos aperitivos. Todo el mundo a yantar queso. Y en las cocinas se quedaban esperando esos canapés con medio tomatito y una punta de anchoa en lo alto. Al igual que se quedaban aguardando los tramos de gambitas rebozadas.

-Dadle salida al queso, dadle salida al queso…

Recordaba la maestría del viejo maitre a cuenta del enésimo anuncio de un político municipal para revitalizar el Guadalquivir. Qué quieren que les diga, pero los proyectos de piscina a la vera del río tienen el sonido de la gramola. Alejandro Rojas-Marcos propuso en la campaña de 1999 la creación de una playa artificial en San Jerónimo con nada menos que de 60.000 metros cúbicos de arena. Monteseirín anunció que en la Feria de 2002 se estrenaría un transporte fluvial a base de catamaranes para descongestionar el tráfico rodado. Jaime Rayunaud, candidato del PP a la Alcaldía en 2003, propuso la creación del vaporetto. Su sucesor como candidato a la Alcaldía, Juan Ignacio Zoido, planteó cuatro años después un transporte fluvial bajo la original denominación del Guadalbús. El propio Zoido prometió también en la campaña de 2007 la construcción de dos piscinas, una en Chapina y otra en el Alamillo, con capacidad para 500 personas. Dijo que se harían en tres meses si era elegido alcalde.
Ni hemos ido a la Feria en barco, ni se venden bonobuses para el Guadalbús, ni el vaporetto ha dejado de sonar a postre de restaurante italiano, ni por supuesto hay playa más próxima a Sevilla que no sea la de Matalascañas. Al leer que el alcalde plantea una piscina junto al río al estilo de las de Berlín y Amsterdam, está claro que todos los partidos tienen de asesor a algún discípulo aventajado de aquel viejo maitre.

-Dadle salida al río, dadle salida al río.

Y el personal se queda comentando como en aquellas copas de Juliá en la caseta municipal. “Hay que ver la de tonterías modernas que nos sirven con tal de no sacar el jamón”. Pues eso, que hay que preguntar cuándo salen las bandejas del jamón de la reducción de los veladores de Argote de Molina, por poner un ejemplo facilón; cuándo la caña de lomo de proyectos traducidos a la práctica cuya imposibilidad no haya que imputar a la Junta, y cuándo las tartaletas de caviar de acciones de gobierno más allá de una elemental política de infantería. Hay quien dice en el Ayuntamiento como aquel gorrón de canapés de farolillos: “Hay que ver la de humo que nos han venteado sobre el río todos los partidos con tal de no hincarle el diente a lo que de verdad importa”. Que no es el queso, que es el jamón.

Celis, Susana y la ola…

Carlos Navarro Antolín | 9 de julio de 2013 a las 5:00

El día en que Alfonso Rodríguez Gómez de Celis decidió dar el paso al frente y dirigir la comunicación de la candidatura de Luis Planas a las primarias del PSOE andaluz, muchos de sus incondicionales resoplaron con alivio por dos motivos. Primero, porque la candidatura ganaba en credibilidad después de ser interpretada como un señuelo, una suerte de sparring, como un acto de último servicio al partido para dar legitimidad al proceso exprés abierto por la renuncia de Griñán. Y segundo, porque por fin el socialista sevillano daba un paso hacia adelante, lo que no hizo cuando renunció a ser el sucesor de Alfredo Sánchez Monteseirín. Celis sí ha salido en esta ocasión del burladero. En 2010 llegó a brindar con fina cristalería en un restaurante temático de ópera en Madrid junto a Monteseirín y otros colaboradores tras una entrevista del entonces alcalde sevillano con José Blanco, ministro y secretario de Organización del PSOE por aquellas calendas. “¡Por el futuro alcalde de Sevilla!” Y sonaron los chin-chin. Todos creían que Celis daría la guerra por encabezar la candidatura socialista a la Alcaldía tras los doce años de Alfredo (“Llamadme Alfredo simplemente”). Pero Celis, considerado por grandes comunicadores como Carlos Herrera como una de las cabezas mejor amuebladas del PSOE, se echó al final para atrás oliéndose la ola azul del PP que iba a arrasar en casi toda España. Ahora ha visto venir otra ola, muy distinta, vestida de blanco albino por los pasillos del antiguo Hospital de las Cinco Llagas en aquel debate sobre el estado de la comunidad, como en una interpretación exacta de la célebre letra de la Jurado: como una ola de fuerza desmedida, de espuma blanca y rumor de caracola…

-Y tan desmedida, oiga. No lo sabe usted bien…

Así apareció Susana Díaz en ese día clave en el que todos la miraban ya como la sucesora de San Telmo, cuando el ex consejero Manuel Recio no había escrito aún la majadería de bautizarla como la esperanza de Triana. Ha visto Alfonso la ola y, ahora sí, ha mordido la esclavina y ha salido al ruedo. Tal vez le haya encandilado también el apoyo tácito de FG a Planas. Pero quizás le pase como la otra canción de la considerada La Más Grande la Copla. Ahora es tarde, señora. Ahora es tarde, Alfonso. Y La Que Manda en el PSOE, por aquello de seguir con los títulos en mayúsculas, se convertirá en La Que Manda Tela del Telón en el PSOE. Como una ola, vestida de blanco, con rumor de caracola… Cuando viene la ola, no hay palo al que agarrarse. Tal vez Gomez de Celis sólo busque la dignidad de los guerreros de Braveheart, embravecidos por la arenga sabiendo todos que la iban a espichar. O simplemente ocurra que en la política actual no hay sitio para las cabezas bien amuebladas. Política de Ikea, olas de espumas blancas. Rumor de caracolas, como aquellas caracolas junto al Lope de Vega en las que La Que Manda en el PSOE estudió Derecho en los años posteriores a los Exposición Universal. De fuerza desmedida…

Torrijos y el tiempo de convento

Carlos Navarro Antolín | 12 de junio de 2013 a las 11:23

Al perro flaco de los plenos en el Salón Colón le han salido las pulgas de los insultos de sindicalistas de Mercasevilla a concejales del PP. Hace tiempo que los Plenos dejaron de ser una cita de debate político sobre los problemas de los sevillanos de a pie para ser el espejo de una clase política degradada a la búsqueda del tobillo del contrario más que de la solución de las contingencias cotidianas. El orden del día que importa es el de las manifestaciones en el andén del Ayuntamiento. Antes, con Monteseirín. Y ahora, con Zoido. Los Plenos están decadentes, huelen a las chirlas podridas que los trabajadores de la Lonja esparcen por las escalinatas principales, suenan a la estruendosa megafonía que busca hacer inaudibles las intervenciones de los capitulares y saben a los frutos secos con los que los concejales soportan las interminables horas que duran unas sesiones que no despiertan interés alguno. Si a esta evolución de las asambleas plenarias se añade la caída en picado del prestigio de la clase política, los descarados chanchullos en una empresa pública y la condición de político amortizado, tardorrevolucionario y pasado de rosca del portavoz de IU, el resultado es el que todo el mundo ha podido ver gracias a las cámaras de TeleSevilla. En los Plenos se ha pasado en muy poco tiempo de llamar perro a un periodista al te espero a la salida de unos energúmenos que mientan a la hija de un concejal. Y con la insólita complicidad de dos representantes públicos que están obligados a todo lo contrario y que parecen disfrutar con la acción que se predica del poco tiempo que queda de convento. Habrá que suprimir los plenos, porque la reeducación de algunos, como decía Calvo Sotelo, es un imposible metafísico. Y en el Ayuntamiento, antiguo convento de San Francisco, hay recortes en la compra de papel higiénico.

Socialistas sentados en la escalera

Carlos Navarro Antolín | 18 de diciembre de 2012 a las 21:19


No habrá primarias en el PSOE. El presidente Griñán dice que sería una frivolidad. Y la política ya está suficientemente cargada de frivolidades. Y de las majaderías de un tal Tomás Gómez. La foto que remite un socialista del acto celebrado el pasado viernes en la agrupación Cerro-Amate ilustra a la perfección el momento actual del PSOE. Sin primarias, todos sentados. A esperar. Aunque sea en una escalera. De Rajoy nunca se sabe si la sube o si la baja. En el PSOE se sientan directamente en ella. Ya sea un ex presidente de la Junta, un aspirante a alcalde en la agrupación que dirige uno de sus concejales o un ex presidente de la Diputación. Todos a sentarse en la escalera. Unos por humildad. Y otros porque nadie les ofrece un sitio en primera fila. Depende.
A Alfredo Sánchez Monteseirín, que anda estos días recuperando sus paseos por el centro de Sevilla, le preocupa que medio mundo aconseje al otro medio que en los tiempos que corren es mejor quedarse quietos. Alfredo es un polvorilla. No debe gustarle eso de sentarse en la escalera. Sino frecuentar ese entorno de la Plaza Nueva donde hasta hace poco era mejor que no se dejara ver. Un viandante le espetó el otro día en Gamazo:

-Lo feliz que se le ve al tío…

Y el tío verdaderamente lo estaba. Probablemente porque ya bajó la escalera donde otros ahora se sientan. Y probablemente también porque ya no tenga escalera en la que acomodarse. El que se mueva de peldaño, no sale en la foto. Ahí tienen un cartel bien rematado: Borbolla, Espadas y Navarrete. Y al micrófono estaba Alfonso Guerra, que ya no llena los mítines, pero al menos pone a reventar las escaleras. Que no es poco, oiga. Cuando Julio Iglesias dejó de llenar los estadios le organizaron conciertos con señores cenando a mesa y mantel. El caso era seguir actuando. En el PSOE los hay que quieren seguir cantando, que ya no pueden cantar y también que dan el cante. La escalera es un símbolo, como la tortilla. Pero no son tiempos de frivolidades. Palabra de Griñán. Amén.