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La mirada del otro

Carlos Navarro Antolín | 24 de septiembre de 2017 a las 5:00

caja negra 24

SE miraron frente a frente las dos Sevillas en la Plaza del Salvador, como se miraron dos caballos en la Feria de Sevilla, mire usted qué maravilla. Uno sintió la mirada del otro. ¿Quién era el otro? La misma pregunta se hicieron los sevillanos en aquella exposición que puso cara a cara a los dos giraldillos en el otoño de 1998: el original y la copia, el verdadero y el falso, el antiguo y el moderno. Se miraron esta semana Montañés y Muñoz. Las dos emes (sin hotel) de la Sevilla de dos polos. Muñoz y Montañés. Juan y Antonio. Antonio y Juan. El maestro del barroco y el Varoufakis hispalense. El hombre que esculpió a Dios (ay, Fernando Carrasco) y el que inventó lo del hábitat urbano para la nomenclatura de un cargo que toda la vida de Dios se llamó Urbanismo. Las dos Sevillas en el andamio. Sevilla a vista de Montañés en la plaza con veladores, bebedores de cerveza en vertical, palomas y otros pájaros. Este Muñoz, Atila de los veladores que por donde pasa no crece la hierba de la cochambre de mesas y sillas, se ha puesto a limpiar monumentos en la ciudad donde sobran las estatuas, las placas y los soldaditos de plomo, donde quieren ponerle ahora otro monumento a la duquesa de Alba. La mirada del otro es la imagen perfecta que prueba que ambas ciudades se necesitan como agujas de reloj, como el alpiste al canario, como el pico gordo a la ensaladilla, como el incienso al carbón, como la nata al palo, como la avalancha a la Madrugada, como el albero a la Alameda, como la melva a Zoido, como las mangas largas a Espadas, como las aspirinas a los Plenos municipales. Ningún alcalde puede tener un modelo único de ciudad, claro que no. En Sevilla coexisten varios modelos, conviven, se cortejan tanto como se repudian, una vida cotidiana marcada por los roces y las filias, donde nunca se sabe quién es el otro, pero donde siempre ambos se están mirando entre guiños de afecto y acusaciones de asfixia, colapso y hartazgo.

Se miraron esta semana dos visiones de la ciudad que se atraen como polos de un imán (sin mezquita): el bronce de Montañés, Inmaculada Concepción en su regazo, y las chaquetas entalladas de Muñoz, con forro interior y botonadura de diferentes colores.
Torrijos restauró el monumento a la Purísima cuando era delegado de aquella cosa bautizada como Infraestructuras para la Sostenibilidad. Muñoz nos va a dejar a Montañés de dulce. La izquierda desprecia el precioso mobiliario del Salón Colón, pero cuida los iconos de la Sevilla más tradicional. Esta progresía se pirra por la Sevilla de postal, las torrijas y las tortas de aceite. Y la derecha se harta después de invitar al rojerío a llevar cristos y vírgenes sobre sus hombros. Las dos Sevillas se necesitan. Sin ti no soy nada, parecen decirse mutuamente a lo Amaral mientras el alcalde, otra vez, se pone celosillo porque Muñoz sale de nuevo bien parado ante las cámaras.

Dicen las malas lenguas –que en Sevilla copan el padrón– que Muñoz en realidad quería quitarle la jamuga a Montañés en aplicación de la ordenanza de veladores. El hombre que esculpió a Dios, el hombre que dejó la Campana como la dehesa de Tablada. La eternidad de Montañés frente a la política efímera. El barroco frente al minimalismo. La Plaza del Salvador frente a la Alameda. Se miraron frente a frente, como se miran cada día, como dos ciclistas se vigilan en el mismo pelotón, como dos modelos reales de la misma ciudad, como dos caras de la moneda del mismo mercado. Como dos giraldillos de una sola Catedral.

La soledad rentable

Carlos Navarro Antolín | 18 de junio de 2017 a las 5:00

El alcalde de Sevilla, Juan Espadas, y el consejero delegado de Emasesa, Jaime Palop, presentan iniciativas para la ampliación del número de fuentes de agua potable en la ciudad de Sevilla

LA alegría en fútbol dura una semana. La felicidad en política dura un cuarto de hora. Y la estabilidad en la vida se rompe en un minuto. A Juan Espadas se le ha acabado el Möet Chandon de los amiguetes de la izquierda radical de tanto descorcharlo. Hace dos años sacó rédito de ese odio a la derecha que figura en la heráldica de Participa Sevilla e Izquierda Unida. Lo votaron a él para echar a Zoido. Le concedieron el sillón de alcalde para quitárselo a Zoido. El planteamiento era sencillo: no deseaban al PSOE de Espadas, querían derribar al PP de Zoido. IU y Participa Sevilla reproducen los esquemas de Madrid: el primer objetivo es que no gobierne el PP, sobre todo si se trata de la lista más votada. Todo lo demás es secundario. El segundo objetivo es inalcanzable por el momento en una plaza como Sevilla: fagocitar al PSOE. Espadas, como la España de Aznar, va bien. Incluso le puede venir bien quedarse sin las amistades peligrosas que lo convirtieron en un alcalde con sólo once concejales. Es un alcalde que se ha quedado solo a la izquierda porque esas amistades peligrosas han terminado por aguar la fiesta de la estabilidad con una algarada más propia de una función de fin de curso. Han enseñado la patita de su carácter zascandil, han mostrado el verdadero pelo de la dehesa dejando ver sus intenciones bochincheras. Los encierros de trabajadores alentados por ellos mismos son una coartada de diseño, un pretexto fabricado, una caída exagerada para simular un penalti.

El alcalde ha perdido en quince días la estabilidad municipal y también se han esfumado sus anhelos autonómicos: ser el sucesor de Susana Díaz, para lo cual se estaba trabajando un perfil andaluz con la velocidad pausada de los inteligentes a base de fomentar los ejes con Málaga, Córdoba y Granada. Esa soledad puede hasta ser rentable para sus intereses. Acaso le ha podido sorprender que la bestia adolescentoide de esa izquierda radical haya despertado a los dos años de mandato. Esperaba el zarpazo de la fiera más adelante, quizás en el cuarto año, cuando todos los socios de gobierno o de investidura se desmarcan del pelotón del gobierno con vistas a las elecciones.

La soledad será rentable para Espadas, un tipo gris, de equilibrios medidos, de pies siempre metidos en el plato, al que se le vincula muy poco con protestas airadas, estéticas desaliñadas calculadamente medidas, discursos huecos y alarmistas y mociones ideologizadas donde se saca partido de enemigos externos que poco interesan a la gestión municipal. La soledad podrá ser rentable, pocos lo dudan, pero la convivencia será difícil. La aprobación de los presupuestos requerirá de una negociación viciada de origen. Esta izquierda radical se ha dado cuenta a los dos años de que el alcalde está creciendo electoralmente porque el PPno existe y porque ellos, precisamente ellos, la muchachada de Participa Sevilla e IU, se lo estaban poniendo demasiado fácil. Tan fácil que, al final, los tres concejales de Participa Sevilla y los dos de IU pasan bastante desapercibidos para el público. Rozan la irrelevancia. Con el espacio institucional perdido –o nunca ganado– no quedaba otra que provocar la tangana dentro del mismo Ayuntamiento, hacer ruido, practicar una política de cacerola y silbato, provocar la intervención de la Policía Local para presentarse como víctimas reprimidas por las fuerzas del orden, irrumpir por las ventanas en lugar de llamar a la puerta.

Esta izquierda zascandil necesita el río revuelto para pescar en las espumas sucias del desorden y el pitote, del desaliño de márquetin y la chancla que enseña uñas como garras. Tras echar a Zoido del poder, los amigos del bochinche necesitan crecer, sonar, existir. Yeso solo se consigue a costa de este PSOE en minoría, al que harán la vida imposible en los próximos dos años. Niegan que exista un pulso cuando lo hay en toda regla. Ellos, los de Participa e IU, necesitan ese pulso como necesitan el enfrentamiento, el pleito y los forcejeos porque son su terreno natural, son las aguas preferidas donde navega el bote que sus hermanos mayores han construido en los astilleros del odio y en la concepción de una política que sólo prima el poder por el poder en sí mismo.

El grupo municipal de Ciudadanos, tan melifluo en las negociaciones del presupuesto, también apretará. Tendrá que hacerlo. Es ley de vida. Tendrá que tomar distancia para saltar del pelotón y crecer. IU y Participa se han echado al monte. Espadas sufre la cuña de la misma madera. El PP está adormecido, fiel retrato de una Sevilla a más de 40 grados. La izquierda se devora a sí misma. La casa del PP de Sevilla está metida en albañiles, con los muros sin alicatar y los tubos del cuarto de baño al aire. Espadas tiene a su delegado Juan Carlos Cabrera con demasiados frentes abiertos:los polémicos desalojos del Ayuntamiento, la mafia del taxi, la falta de seguridad en la Madrugada… Al de Urbanismo, Antonio Muñoz, lo tiene consagrado a la misión imposible de convertir la Gerencia en un motor de la ciudad. Y los restantes concejales están entretenidos en quehaceres que ofrecen, en apariencia, poca rentabilidad política. El gobierno es reducido y muy gris. Expira la primera mitad del mandato. Tan dulce y sin curvas como carente de grandes logros. Sólo faltó la foto con Obama. Comienza la segunda mitad. La soledad es una moneda de dos caras: la de la rentabilidad de librarse de amigos poco recomendables, y la de la complejidad de trabajar con presupuestos prorrogados, amenazas de algaradas, un debate político tensionado y un PP que necesariamente tendrá que despertar.

Los amigos de la izquierda han acabado subiéndose al sofá, desparramando las palomitas por el suelo, rompiendo algún vaso y provocando las quejas razonables de los vecinos. Espadas ha pasado de soñar con los asuntos exteriores de la Junta a tener que lidiar con los asuntos internos de unos socios que prefieren hacer la política en la calle. Se metió a vivir (gobernar) en un piso de estudiantes.

Los picudos rojos pudren las palmeras sanas. Los estudios universitarios avalan el exterminio de las cotorras. Los vencejos atraen el turismo. Sevilla, ciudad en la que los pájaros se llevan los titulares.

Cerveza y bicicletas

Carlos Navarro Antolín | 23 de abril de 2017 a las 5:00

SEVILLA BIKE CENTER

SIN tirador no hay paraíso. Sin cerveza nada es lo mismo. Cerveza bebe el Papa emérito, cerveza se ofrece a los ciclistas del denominado centro integral de la bicicleta, el que está en los Jardines de Murillo, del que nos dijeron en los planos que tendría una zona de cafetería y bebidas como complemento. ¡Y tanto que es integral este servicio! Si parece más extensa la zona de bar, llamemos a las cosas por su nombre, que la dedicada a las bicis. La adjudicataria del servicio ha hecho la mar de bien en poner un bar grande, con sus mesas y sillas, y con sus tiradores de birra. Pan y circo, cerveza y bicicletas. A pedalear, a pedalear que la Cruzcampo se va acabar. No conviene perder muchos líquidos tras darle a la bici. Si no teníamos bares en Sevilla, otro más a cuenta de un nuevo servicio… público. Lo dijo aquel al que recriminaron que tras hacer deporte se hincara una tostada untada con roquefort: “Peor, mucho peor, sería zampármela sin haber corrido antes”.

Los proyectos sin bar no prosperan, como los actos culturales sin copa de vino español no atraen al gran público. Que se lo digan a Gregorio Serrano, hoy director general de Tráfico, que siendo concejal de Turismo no pudo asignar un uso al edificio monumental del Costurero de la Reina porque a ningún empresario le parecía atractivo explotar el inmueble como centro de atención a los cruceristas. De los 46.000 euros del primer concurso se pasó a 25.000 (una rebaja del 45% en números redondos) y con la posibilidad de habilitar una cafetería en la planta baja, pero ni así se generó el interés de alguna empresa. Hasta tres veces se quedó desierto el concurso de adjudicación. Un conocido empresario de la noche telefoneó a Serrano y le explicó que estaba dispuesto a hacerse cargo del Costurero si le permitían abrir en horario nocturno y servir copas largas. Por fortuna, el gobierno de entonces se negó a pervertir el uso del edificio.

Aquella propuesta tuvo cierto efecto de mazazo. ¿Nada se puede abrir en Sevilla, nada puede funcionar, si no es poniendo una barra por delante? Milano cerró en la Plaza de la Magdalena tras décadas de venta de trajes para caballero, unos ternos funcionales y económicos. “Te han salido sarpullidos en el cuello, ¿te has puesto algún traje de Milano?”, preguntaba alguno con guasa. Pues al persianazo de Milano le siguió un negocio llamado, naturalmente, Milano Copas. Es como el negocio de muebles Matamoros, frente a la portada de la Feria, una referencia inequívoca para muchas generaciones, pero no para comprar muebles, sino para citarse para entrar juntos en el real, ¿o no?. Ahora Matamoros es un bar. El bar Matamoros, cómo no. A puntito estuvimos de tener el Costurero Copas. Sevilla es una ciudad donde se restauró mucho antes la cervecería de la Moneda que la Casa de la Moneda. La cerveza es el opio del pueblo. Carril Cruzcampo ya.

SEVILLA BIKE CENTER

Gobernar es apostar y tener criterio

El sueño de la razón genera monstruos. La aplicación taxativa de la igualdad puede provocar efectos perversos. Se aprecia con el asunto de los veladores. Esta sociedad propensa a los pendulazos asiste ojiplática a la supresión absoluta de las mesas y sillas de la Plaza de la Campana, una medida desproporcionada que trata por igual a un negocio centenario, que contribuye a que la ciudad tenga un sello propio, con unas multinacionales de quita y pon, hijas de la globalización, que generan una ciudad despersonalizada. No es cuestión de costumbrismos, ni de perspectivas nostálgicas, ni de evocaciones de la Sevilla en sepia, ni de otras monsergas argumentales propias de inadaptados sociales. El propio Ayuntamiento, de hecho, no cobra lo mismo por un velador en la calle del centro que por uno en una calle de barriada alejada de la Plaza Nueva. Es decir, no considera por igual a todas las calles desde el punto de vista fiscal. El propio Antonio Muñoz, siendo portavoz de la oposición, visitó el Bazar Victoria para apoyar un negocio que, por cierto, agoniza ahora en Francos. En breve se sumará a la lista de los caídos por la Ley de Arrendamientos Urbanos. El PSOE pidió entonces una protección especial para los negocios con historia, lo que el gobierno de Zoido no hizo. Ahora que han segado los veladores de la confitería La Campana, el PP pide una consideración especial para este negocio, lo que equivale a reformar la propia ordenanza de veladores que promovió el alcalde de los 20 concejales. Ni el PSOE ha hecho lo que prometió (catalogar los establecimientos señeros) ni el PP acertó con su normativa (dejó que Sevilla fuera una selva de mesas y sillas). Muñoz ha querido aplicar mano dura ante una lacra que chabacaniza la ciudad, como es la invasión de veladores, pero se ha pasado con las dosis de aceite de ricino y ha contradicho sus propios criterios cuando estaba en la oposición. La confitería La Campana debería tener, al menos, cuatro o cinco mesas próximas a su fachada. El gobierno ha querido aplicar una medida ejemplarizante. Gobernar es tomar decisiones, apostar y tener criterio. En este caso, el criterio no ha sido el idóneo por desproprorcionado.

Los cacharros de Muñoz

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2017 a las 5:00

Teatro de la Maestranza.

TENEMOS un concejal de la cosa urbanística que no nos lo merecemos. Está claro que Antonio Muñoz es un hombre de fe, mucha fe, y de esperanza, tela de esperanza bien repartida por esa calle Pureza de exornos florales hiperpoblados que tanto le chiflan. Muñoz ha cantado esta semana las verdades del barquero. ¿Que a los veladores bonitos no se les cobra dinero? Negativo. Ha dicho que el centro está feo porque está cargado de “cacharrería”. Ha culpado a la masiva implantación de franquicias y multinacionales de la “vulgarización y estandarización” de las calles. Yha rematado con una media verónica que ha levantado al tendido de los entendidos: “No aportan ningún valor añadido”. ¡Óle por Muñoz! Si se consultan fotografías del centro de Sevilla de los años 70, por ejemplo de la Campana, la ciudad no era precisamente un derroche de belleza desde el punto de vista urbanístico. Pero sí se aprecia algo en los negocios: la gran mayoría son propios, firmas locales, únicas e insustituibles. En la Punta del Diamante, donde hoy hay una mutinacional del café, había unos pocos veladores donde estaban sentados sevillanos. Y en la Campana, donde hoy sólo queda un negocio autóctono, la clientela también era mayoritariamente local en ambas aceras. Sevilla aparecía con un halo cutre, provinciano, despertando a la democracia. La hiperdependencia del turismo ha sacrificado en el altar de las multinacionales el valor propio de los comercios y bares, el mejor legado quizás de aquellos feos años setenta y ochenta. La ciudad se abrió con la Exposición Universal, profesionalizó la gestión de sus principales monumentos y creció urbanísticamente hasta crear el concepto de la Gran Sevilla, pero cada día está más vulgarizada, lo dice el concejal socialista, como si no hubiera sabido conservar sus señas de identidad al mismo tiempo que asumir las novedades propias de la época. Nos hemos pasado de frenada en el servilismo al visitante, nos hemos arrodillado en exceso en la entrega de las llaves de la ciudad al turista. Antes se decía que un sevillano que quería pasar desapercibido con su amante no tenía más que meterse en el Museo de Bellas Artes o en el Real Alcázar, donde sólo hay turistas. Hoy ocurre eso en los bares de la Avenida y en casi todos los de la Campana. Los sevillanos han abandonado ciertos lugares como los zares sus palacios.
Antonio Muñoz anuncia una ordenanza para presevar el paisaje urbano de la fealdad, del mal gusto,de la “cacharrería”. A Dios por el amor, a Huelva por la A-49 y a la estética por la ordenanza. Muñoz hace como los almonteños, que regulan la estética de la romería con una normativa específica sin ningún complejo. Lo de Sevilla parece más difícil por la de terreno que nos tienen comido los “cacharros”. Más le valdría al Grupo Socialista, en primer lugar, promover una moción del Pleno para que la comisión provincial de patrimonio histórico aplicara las leyes vigentes sobre alteración de las volumetrías, remontes, trama urbana y respeto escrupuloso a los valores que motivan las catalogaciones de los inmuebles. La comisión de patrimonio parece demasiadas veces lo que la Justicia de Pacheco: un cachondeo. Permite la “cacharrería” del edificio de la calle Santander en pleno conjunto histórico, la cubierta de hierro chorreado del restaurante que cruje la estética de la calle Betis, el adefesio de aluminio junto al Puente de San Bernardo, o la demolición interior de tantas y tantas casas de las que obliga a dejar la fachada para que Sevilla siga pareciendo lo que ya no es. El cuidado de la estética, de los valores propios a los que alude Muñoz, comienza por la arquitectura y termina por los comercios. Exige pensar a largo plazo. Y, sobre todo, requiere de educación y criterio. Una fiesta de escasos días, como la Feria o el Rocío, se pueden regular por ordenanza con cierta facilidad. De hecho el uno y la otra son ejemplos de bastante éxito en este aspecto. Un modelo estético de centro histórico implantado por ordenanza parece mucho más complicado. El precedente más próximo fue el de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que intentó que todos los bares de los alrededores de la Plaza Nueva tuvieran los mismos veladores. Homogeneizar el mobiliario de la hostelería se decía en el lenguaje cursi de los políticos. Ahora, por cierto, lo que hay son más veladores con y sin homogeneización. En los útimos cuatro años del PP casi nada se hizo por la estética. Se dispararon los “cacharros”, que diría Muñoz, y el alcalde de entonces reconoció (increíble, pero cierto) que tuvo que hacer la vista gorda con los bares y los veladores porque eran años de crisis económica y había que contribuir a que hicieran caja. Zoido sí promovió la sustitución de las farolas-ducha de la Alfalfa y sus proximidades y casi lo fusilan en el paredón de lo políticamente correcto.
Es de agradecer ahora que la cruzada contra los veladores y los “cacharros” del centro sea promovida por un socialista. ¡Menos mal! Si llega a ser Soledad Becerril ya la estaban tildando de marquesona. Yo me alegro del plan de Muñoz, hombre de mucha fe por lo que se ve. Esperemos que la fuerza lo acompañe, que es lo mismo que decir que la superioridad moral de la izquierda lo proteja. Entenderá pronto cuán lamentable resulta tener que defender lo obvio. Que no se puede abandonar la Catedral como todos los gobiernos locales lo han hecho. Que hay que estar encima de la comisión de patrimonio. Que hay que mirar con lupa las licencias en el conjunto histórico-declarado. El velador se retira. El mamarracho de la calle Santander nos lo tragamos cada mañana. Yel criterio no se enseña a golpe de ordenanza.
Quizás a Antonio Muñoz algún día le ocurra lo que al gerente del club privado al que se quejaron por escrito de que la gente comía con el torso al aire en el restaurante de la piscina. El tipo respondió que el club no se hacía responsable de la educación de los socios. Y que si el denunciante no quería almorzar contemplando pelambreras, que acudiera al salón habilitado al efecto, una suerte de gueto para los que aún mantienen ciertas normas de saber estar y, sobre todo, de higiene. El centro de Sevilla está para que lo manden al IAPH para pasarlo… a nuevo terciopelo. Con dos… veladores.

La manzana podrida

Carlos Navarro Antolín | 19 de febrero de 2017 a las 5:00

SEVILLA, 13/02/2017.
HACE tiempo que no vemos las brigadas anti-veladores del concejal Antonio Muñoz cargando mesas, taburetes y sillas en la furgoneta con el motor al ralentí. El delegado de esa cosa llamada Hábitat Urbano es listo:tras varios días de batida con sus correspondientes notas de prensa ha logrado que cesen las protestas, cuando la realidad es que las terrazas siguen como estaban. Con inspectores o sin inspectores, cierto hostelero sigue siendo el rey. Muñoz ha salido bien parado en los medios de comunicación. El propio alcalde, Juan Espadas, sabe que su edil de Urbanismo goza de buena prensa. Muñoz ha venteado hábilmente el humo de la eficacia. En política se trata de hacer ver que las cosas funcionan más que de que funcionen realmente. En política vende el gerundio (estamos controlando) mucho más que el participio (está controlado). Muñoz se pasó una buena temporada cogiendo el toro por los cuernos, hasta que se ha metido de nuevo en el burladero de la Gerencia. Y el toro sigue abanto. No nos engañemos, la situación sigue igual –fíjense en la Plaza de la Campana– pero el gobierno ha conseguido, al menos, acabar con esa sensación de inactividad del ejecutivo anterior, amuermado en sus 20 concejales. Lampedusa ha funcionado en las caracolas de la Cartuja.

El mismo Muñoz –¿recuerdan?– también denunció el horror de la Avenida y los alrededores de la Catedral. Nunca un concejal había hablado tan clarito sobre las “pedradas” estéticas que sufren estos lugares. Este Varoufakis hispalense se ganó las simpatías de los medios de comunicación. Se pronunció alto y claro. Llegó la Semana Santa y persiguió los horrorosos puestos de venta ambulante, desde la Encarnación hasta la Plaza de la Contratación. Urbanismo hizo ruido, que es de lo que se trata en comunicación: hay que contar que se quitan los veladores, hay que procurar la publicación de la fotografía de las brigadas haciendo una suerte de razzia de mesas y sillas, hay que dar sensación de frenética actividad.

Por momentos nos faltaba ver a Muñoz revestido de valiente cruzado contra los hosteleros infieles a las ordenanzas. Lástima que algunos meses después, las aguas de los veladores han vuelto a su cauce de descontrol y desorden. Y, además,la galería de los horrores en que se han convertido las proximidades del principal monumento de la ciudad continúa en proceso de perfección. Urbanismo, al menos, ha dado una señal de vida al abrir ahora un expediente disciplinario a la finca del número 17 de la calle Santo Tomás, donde funciona un restaurante de comida mexicana que ha colocado una preciosísima publicidad en la fachada, de las que van cambiando de mensaje. Todo un estoconazo en el hoyo de las agujas del patrimonio de la humanidad. Anuncios de letras fluorescentes y que se mueven como los de un club de carretera frente al mismísimo Archivo de Indias. El inspector de la Gerencia de turno ha realizado un sesudo análisis de la legalidad de los anuncios con gran profusión de citas legales y perífrasis. Todo para concluir que la mamarrachada es “no legalizable” y que el titular tiene que restituir la “realidad física alterada”. Ojalá se pudieran restituir las realidades físicas alteradas en el casco histórico, lo cual no consiste en revivir sueños rancios, ni en sufrir delirios en blanco y negro, ni en bañarse en las aguas siempre parciales de la memoria idealizada. Consiste en no afear aún más lo ya afeado, en cuidar el salón de la ciudad, en mimar el sello de identidad de la urbe, en no maltratar los monumentos, sus perspectivas, su uso, sus colores. Sevilla se está poniendo cada día más fea. Y eso no hay brigadas anti-veladores que lo mitiguen, ni inspectores de 9 a 14 horas que lo arreglen con el pliego del blablablá de expedientes inútiles.

Sevilla sufre el síndrome de la manzana podrida, que ya se sabe que es la manzana que acaba pudriendo todas las sanas que hay en el cesto. Cierra un comercio elegante en la Plaza de Salvador, frente a un Bien de Interés Cultural como es el templo, y no abre otro comercio igual de elegante, ni siquiera una tienda que, al menos, tenga una decoración aséptica que respete ese aire de basílica romana que genera la fachada de la iglesia. Lo que abre es una tienducha de patatas fritas con un pedazo de monigote en el balcón del que rebosan patatas como chirriante reclamo publicitario. Cierra un banco y abre una tienda de comida rápida. Cierra una zapatería y abre una de donuts tuneados. Cierra una de ropa y abre una de venta de sobres de jamón ya cortado con luminosos de cochinos felices por la montanera. Abre una de tortas Inés Rosales, que bien merece la marca la mejor ubicación en el centro de la ciudad, pero le mete a la Plaza de San Francisco un fogonazo de azul azafata muy apropiado por las que hilan para la entrada de la antigua ruta de la seda, la calle Hernando Colón, que conduce hasta la Puerta del Perdón. El síndrome de la manzana podrida que sufre el comercio se expande por los locales vacíos, experimenta su particular metástasis, es una demostración palmaria de la degradación de la ciudad. No hay público que valore la artesanía, como no hay público que valore la buena atención en un bar, el buen producto. Nunca hubo tanta afición a lo gourmet, tanto sibaritismo de escaparate, y tan poco criterio y escaso buen gusto.

Las canonjías de la Cartuja

Carlos Navarro Antolín | 11 de diciembre de 2016 a las 5:00

Centro cívico La Ranilla.
CUESTA trabajo creer que los sindicatos levanten la voz para protestar en un organismo donde el sueldo mínimo ronda los 30.000 euros anuales y el máximo supera los 100.000. Así ocurre en la Gerencia de Urbanismo, antiguo cuerno de la abundancia del Ayuntamiento de Sevilla, donde los sindicatos se han decidido a publicar las tablas salariales (pura conveniencia) al objeto de que cada empleado compare la evolución de su salario en los últimos años. Comisiones Obreras calienta motores y pretende soliviantar a los trabajadores de la Gerencia, obviando las condiciones de trabajo de la mayoría de los trabajadores del Ayuntamiento, que ven a los empleados del organismo autonómo como los nuevos canónigos de la Cartuja. El objetivo del sindicato es denunciar que “los sueldos han disminuido, a lo que se suma el aumento del coste de la vida: ganamos menos que en 2008 y el IPC ha subido un 8,6%”. Por fortuna para la transparencia, los sueldos de la Gerencia de Urbanismo y el lujazo del convenio colectivo están publicados por este periódico desde hace tiempo. Nadie discute que se trata de los mejores salarios de todo el Ayuntamiento, muy por encima de la inmensa mayoría de los cinco mil trabajadores de la administración local. Hay casos en los que un trabajador de la Gerencia, organismo autónomo municipal, gana un 60% más que uno del Ayuntamiento propiamente dicho. Casi la mitad de los trabajadores de la Gerencia disfrutan de una jefatura, lo que supone el acceso a determinados complementos. El convenio de los trabajadores de la Gerencia es uno de los mejores de España, según se admite en las valoraciones oficiales, y en sus preceptos se contemplan numerosas ventajas.

Es cierto que las sucesivas corporaciones municipales han dejado de cumplir con las transferencias aprobadas cada año por el Pleno municipal con destino a la Gerencia de Urbanismo, lo que ha lastrado las arcas de este organismo. Es cierto también que las contrataciones de eventuales han cesado, que los puestos por jubilación han quedado amortizados y que a la Gerencia ya no llega un euro de los convenios urbanísticos que perdimos, amén de que los ingresos por intereses financieros son ya un sueño celestial.

La Gerencia no ha estado bien tratada en ciertos aspectos fundamentales por el gobierno local en los últimos años. Monteseirín pasó de usar las reservas de este organismo autónomo para pagar la obra de las setas, a obligar a hacer las fotocopias por las dos caras, una brusca y dolorosa transición del Möet&Chandon al Dubois que refleja a las claras el talante de un gobierno que no tomó las precauciones debidas en tiempo de vacas gordas.

Zoido también siguió la senda de no cumplir con las transferencias en beneficio de la Gerencia. El dinero se reservaba para salvar Tussam y Lipasam, en un plan en favor de la política de infantería que es la que, ciertamente, percibe el ciudadano. El PP amagó con la negociación de un nuevo convenio colectivo con la finalidad de bajar sueldos hasta un 30% a cambio de hacer funcionarios a los trabajadores. Hasta el entonces líder de la oposición, Juan Espadas, estuvo de acuerdo en la necesidad de moderar los salarios, siempre y cuando se asegurara la existencia de la Gerencia como organismo autónomo, pues el PP dejó entrever que su deseo real era la disolución del organismo y la apuesta por su integración como servicio en una delegación. ¡Los dos grandes partidos fueron de la mano en un primer momento para rebajar los sueldos! Sí, pero como siempre ocurrió con Zoido: fuese y no hubo nada. El ordenanza que menos cobra en la Gerencia percibe 29.000 euros anuales, lo que supone la mitad que el actual alcalde, quien recuérdese que fijó el sueldo máximo de políticos y cargos de confianza en 60.000.

Juan Espadas, hoy alcalde, no quiere ni oír hablar de recortes de sueldos en la Gerencia. Sufrió para conseguir un gerente por 60.000 euros, un salario muy por debajo de la mayoría de los jefes de servicio. Alguno de ellos superan los 100.000 euros anuales si se tiene en cuenta que a todos los complementos hay que sumar el de antigüedad, que oscila entre un 10 y un 75% más de sueldo base en función de los años de desempeño en la empresa. La Gerencia de Urbanismo sigue concentrando las canonjías del Ayuntamiento, por mucho que esta afirmación soliviante a algunos representantes sindicales, y escueza a los altos cargos de Espadas que han sido víctimas del absurdo tope salarial impuesto por el alcalde. Los altos sueldos de la Gerencia de Urbanismo han sobrevivido a la crisis y todo indica que lo harán al gobierno de un alcalde que se mostró partidario de “adaptar” las tablas salariales del organismo autónomo cuando era líder de la oposición. Bastante tiene el delegado, Antonio Muñoz, con intentar sacar inspectores a la calle alguna tarde para luchar contra la invasión de veladores y mobiliario urbano en la vía pública, porque, pese a los elevados emolumentos, resulta un lujo contar con trabajadores de la Gerencia después de la hora de comer. Lean lo que reza la norma: “La jornada de trabajo es de 37,5 horas semanales, que se desarrollará de lunes a viernes entre las 07:45 y las 15:15, con horario flexible entre las 07:30 y las 09:00, y entre las 14:00 y las 16:00, y una jornada obligatoria de cinco horas comprendida entre las 09:00 y las 14:00”. Todo lo cual sin olvidar las ayudas médicas, los permisos retribuidos, el festivo del viernes de Feria por tradición, el tiempo de descanso ante el ordenador y, por supuesto, el compromiso del gobierno de ampliar la caseta de Feria. No faltaba más. Comisiones Obreras ha olido la pusilanimidad de Espadas y, al año y medio de gobierno, ha asomado la patita: “Nuestros sueldos han disminuido”. Y los veladores han aumentado. Y luego dicen que los canónigos ya no saben latín. En la Cartuja hay algunos canónigos en toda regla. Sancho, con la Gerencia hemos topado.

Las cuadrillas antiveladores

Carlos Navarro Antolín | 31 de octubre de 2016 a las 5:00

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Antonio Muñoz está como si viviera en un continuo Viernes de Dolores: quitando veladores por las calles del centro. El gobierno se ha dado cuenta de que las batidas contra los abusos de ciertos hosteleros tienen impacto mediatizo. Yhasta hacen de sonajero que distrae al público de otros asuntos de la vida cotidiana. Muñoz saca las cuadrillas antiveladores, que dejan la camioneta al ralentí en las proximidades de la taberna de turno y en un plispás aparecen los tíos cargando mesas, taburetes, banderolas y demás utensilios que convierten la ciudad en la mayor covacha. Hala, todos los cachivaches a la camioneta y arranque usted que ya estamos soltando lastre en el almacén municipal, convertido en el cementerio de veladores. Todo hostelero que oye esos motores encendidos, sabe que no es el tío del hielo, sino los temidos hombres de Muñoz.

El Despeñaperros de los veladores

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2016 a las 5:00

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QUÉ valiente este Ayuntamiento en materia de veladores, qué forma de abrirse la chaquetilla y ofrecer el pecho a la cornamenta del avieso toro de la hostelería, dispuesto siempre a pegar una andanada en cuanto se anuncia cierta regulación del uso de la vía pública. El gobierno de Juan Espadas ha tomado la Campana como estandarte de la lucha contra la ciudad chabolizada, le ha echado coraje a dos negocios de dirección despersonalizada como son las franquicias de las hamburgueserías y a la popular confitería. Bien está, señor alcalde. Bien está, don Juan Espadas, eso de mandar al bueno de Antonio Muñoz con su tropa de inspectores a hacer razzias de mesas y sillas en la Campana, donde dicen que no quedará ni una; y en la Avenida y en la calle San Fernando, donde anuncian que se reducirán en elevados porcentajes. En materia de veladores, uno es muy de Santo Tomás, siempre con el dedito buscando la llaga.

Zoido gestionó la miseria en los años de crisis. Y Espadas tiene que aplicar medidas correctoras por la dejación de funciones de Zoido: poner orden en la Semana Santa, nombrar un jefe de la Policía Local, meterle mano al Vacie y tratar de frenar el caos con los veladores a partir del primero de enero, el día que la gente deja de fumar y, en Sevilla, dejará de sentarse en los veladores. Anoche cuando dormía, soñé, ¡bendita ilusión!, que Urbanismo limpiaba de veladores la Avenida de la Constitución.

De todo cuando ha ocurrido en los últimos días, extraña que el señor alcalde no se haya acordado de la Plaza de San Francisco en el arranque de su ambicioso plan contra la estética de covacha que marca un lugar tan noble de la ciudad, tan próximo a su propio despacho. Antonio Muñoz no dijo ni pío de la Plaza de San Francisco. Ni pío, ni mú, ni esta boca es mía. El mismo alcalde que estuvo raudo en su primer día de gobierno para sustituir el suntuoso sillón de su despacho por un funcional sillón de oficina, no se ha acordado en materia de ordenación de la vía pública de empezar por su propio entorno, donde la firma hostelera de siempre sigue como las tropas de San Fernando en vísperas de la reconquista de Sevilla: exhibiendo todo su poder a las mismas puertas del gobierno de la ciudad. Si en Nochebuena y en Nochevieja apareció la jaima de Gadafi en la Plaza de San Francisco para dar cobijo a los comensales, desprovista la ciudad de inspectores a esas horas donde la calle es Jauja con coheterío, estos días del otoño cálido aparece un puesto donde se ofrecen cachimbas. Cachimbas con vistas a la Giralda, oiga, y con el fondo plateresco del Ayuntamiento, marco incomparable donde suena el eco del con dinero o sin dinero hago siempre lo que quiero y mis veladores son la ley.

En otro lugar del centro, en la calle Luchana, hay un restaurante italiano que cada noche empotra el mostrador auxiliar de los cubiertos en la rejería del templo de San Isidoro, catalogado como Bien de Interés Cultural, que se dice BIC, cristal escribe fino. Y el BIC normal ya se sabe: escribe normal. Algunos estamos esperando la firmeza del delegado Antonio Muñoz a la hora de hacer cumplir la ordenanza bajo sus narices, en la misma Plaza de San Francisco, la que estuvo décadas libre de obstáculos y que en la última década es salón multiusos de la ciudad, aparcamiento de motos y una suerte de zona franca de cierta hostelería que organiza cócteles, planta lamparitas, veladores, mesas auxiliares, parasoles, media Ikea de quita y pon… Y ahora hasta cachimbas. ¿No refiere el gran Muñoz, con más razón que un santo, que hay que reducir las mesas por una razón estética, entre otras? Pues haga también una razzia por esta plaza, que la tiene bien cerquita de su asiento de concejal en los plenos. Cualquier día la web municipal nos ofrece la evolución de la Plaza de San Francisco en streaming, como la tortura de los plenos, pero en plan más divertido, con alguien de la familia pendiente de la pantalla para dar el aviso.

–¡Corred, corred, que han sacado la jaima y las cachimbas! Qué monas esas lámparas y esos aspersores. Qué precioso todo.

La Plaza de San Francisco es el Despeñaperros del plan anti-veladores de Juan Espadas. Aquella anécdota de la locomotora que al llegar a Atocha pegó un resoplío atronador que asustó a los viajeros que circulaban por el andén: “¡Esos cojones en Despeñaperros!”. Ahí, en esa plaza, es donde muchos queremos ver el coraje de un alcalde que confiamos en que no sea blando con las espigas del hostelero de siempre y duro con las espuelas de las franquicias que, al final, nadie sabe de quién son por que todas son iguales por el arte de la globalización.

–¡Óle! Ha rimado.
–Gracias.

En la Plaza de San Francisco es donde muchos esperamos que el alcalde la líe gorda y no haga la vista gorda. Y lo mismo se puede decir del entorno de la Catedral, de esa calle Mateos Gago que prometió reorganizar siendo líder de la oposición, y de la Cuesta del Bacalao, donde la misma firma hostelera tiene la milla de oro de la verdadera unidad del PIB local:el velador. Toda terraza de veladores de la Cuesta del Bacalao ya se sabe de quién es mientras no se demuestre lo contrario. Del tío de las cachimbas, que ya no es Torrijos, sino aquel al que todos temían y se salvó otra vez… por la Campana.

Hábitat vacante durante 28 días

Carlos Navarro Antolín | 7 de agosto de 2016 a las 5:00

El delegado de Hábitat Urbano, Cultura y Turismo del Ayuntamien
AGOSTO es un mes para morirse sin hacer ruido, disfrutar de la fresca penumbra de algún templo de guardia, o hartarse de aparcar donde el resto del año resulta heroico. Este agosto de políticos de Madrid en plena actividad nos está adulterando los días de quietud por antonomasia. El agosto de siempre nos es hurtado. Debe ser el efecto de la crisis de valores que nos asuela, que no tiene que ver con el piso de los zapatos, oiga. España se nos va como se nos ha ido cuarto y mitad de Sevilla con el persianazo al sucedáneo de La Alicantina. Aquí no vacacionan los leones del Congreso, ni Rajoy parece que tenga tiempo de pisar Las Marismillas. Larga vida al mosquito tigre de Matalascañas. Nadie defiende el mes de agosto, que se debería vivir siempre como Dios manda:entre baños y paseítos de chicotá en chicotá para dar cuenta del helado de turrón.

¿De verdad que no queda nadie que defienda las esencias del agosto de toda la vida? En Sevilla hay una caracola donde se resiste el empuje de los nuevos tiempos como los locos galos aguantaban en su aldea los envites de los romanos. Sí, hay una reserva espiritual del mes de agosto nada menos que en la Gerencia de Urbanismo, organismo autónomo del Ayuntamiento. Ya no quedan fondos de los convenios urbanísticos ni grandes morterás por los intereses financieros, pero sí queda una idea clara de lo que debe hacerse en agosto: largarse.

En la Gerencia se para en agosto aun cuando Andalucía vaya imparable, ¿verdad mi dilecto Antonio Muñoz, delegado de la gaita del Hábitat Urbano y del cuerno de la abundancia del Turismo, amén de la cultura?

No quedan picos de La Alicantina, ni calentitos del Postigo (ea, ya salieron), ni los perfumes carísimos de Uclés. ¡Sevilla se nos va! Pero sí nos queda el agosto de toda la vida en las caracolas de la Isla de la Cartuja, con esa sensación de oficinas sin oficinistas y las pajaritas de papel en desbandada, de ventanillas sin ventanilleros, del vuelva usted en septiembre, del lo sentimos pero no está el compañero que tiene que mover el papel de esta mesa a aquella otra mesa, del torno sin tiempo de desayuno que controlar… ¿Cuánto se tarda en tomar un café con leche sin lactosa, sacarina en vez de azúcar, media de la parte de abajo poco hechecita con tomate en rodaja y un hilo de aceite? Pues según los últimos estudios se tarda entre 37 y 43 minutos en días sin lluvia. Si llueve, la cosa se dispara a los 53 minutos.

Nos contaron que la Gerencia de Urbanismo era el motor de la ciudad. Pues en agosto se queda gripado en días sin frío. Sólo hay que mirar los 28 días de ausencia de su delegado. Antonio Muñoz, la sonrisa del gobierno de Espadas, anuncia período de hábitat vacante del 8 de agosto al 4 de septiembre, ambos inclusives. Este Muñoz se nos ha hecho aficionado al PA justo cuando el andalucismo vuela como el grajo.

–Se equivoca. El compañero Antonio se ha sacado el carné del PA, pero del PA del Por Ausencia.
Por ausencia de Muñoz firmarán los poquitos expedientes de Urbanismo que logren llegar hasta la mesa oportuna los concejales Juan Carlos Cabrera (del 8 al 14 de agosto), José Luis David Guevara (del 15 al 21 de agosto), Joaquín Luis Castillo (del 22 al 28 de agosto) y Juan Manuel Flores (del 28 de agosto al 4 de septiembre). ¿No se tratan los socialistas de compañeros? Muñoz debe estar contentísimo con sus compañeros que le hacen los turnos de rúbricas para que él se sople 28 días de ausencia en una España en funciones. Más que compañeros, estos turnos tan bien organizados son un reflejo de que, por lo menos, se trata de compadres de Muñoz.

Rajoy negociando con las derechas (Sánchez dixit) mientras Muñoz nos deja el hábitat vacante durante 28 días. ¿Quién tendrá la originalidad de arremeter este largo agosto contra los veladores desde el atril de la oficialidad al mismo tiempo que tiene las competencias para poner orden? ¿Quién nos recordará el horror estético de la Avenida? ¿Quién vigilará si la obra de la Alameda mantiene el amarillo horripilante? ¿Y el turismo, quién velará por el turismo en la ciudad terciarizada por excelencia? El delegado de Turismo se va en el agosto sevillano que el PP trataba de vender como destino idóneo donde los reyes magos dormían la siesta a la sombra de la Catedral.

Un enorme vacío nos condiciona la existencia durante 28 días. El motor de la ciudad (Espadas dixit) se queda al ralentí. En la caracola número uno no suena la chicharra, sino aquella música de Jon Secada de los años noventa: “Otro día más sin verte, Antonio”. El gerente Ignacio Pozuelo sólo estará ausente del 8 al 28 de agosto, pero anuncia dos jornadas para firmas: los días 18 y 25. Este gerente no se entera de que en agosto hay que levantar el pie del acelerador, que ya no están los tiempos para impulsar proyectos a la vera del río, ni otros camelos del urbanismo productivo.

Los 28 días de asueto del gran Muñoz me recuerdan al concejal novato de Ciudadanos al que le preguntaron por las fechas de sus comparecencias ante los medios en agosto del año pasado, recién estrenado el mandato: “¿Pero el Ayuntamiento abre en agosto?”. Abre, claro que abre, Naranjito de la Plaza Nueva, pero en el caso de Urbanismo el Hábitat está vacante, el pontífice cambia de aires. No lo veremos en 28 días. Y por no ver, no vemos estos días ni al alcalde, que se ha debido ir a otros lares a dar la barrila con las “reformas estructurales” que quiere hacer en el Ayuntamiento.

¿Y las derechas? Lo de las derechas suena a cartel electoral de la República, a serial de Nicolás Salas, a la ciudad de toda la vida que ahora se nos va, pero que un socialista como Muñoz salvaguarda como El Penitente salvaguardó tantos tesoros en esos años cuyo lenguaje rescata alguien tan moderno como Pedro Sánchez. El campo para quien lo trabaja y agosto para descansar. En el próximo barómetro de Antonio Pascual (Unos vienen y otros van, Antonio Pascual siempre está), los jóvenes universitarios de Sevilla dirán que de mayor quieren ser Antonio Muñoz. Agosto es para hacerse el muerto… Y resucitar en septiembre con el hábitat bien fresquito y remojado.
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Veladores metidos en los palcos

Carlos Navarro Antolín | 29 de febrero de 2016 a las 6:21

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Todos los esfuerzos que haga Antonio Muñoz para frenar la marea de veladores, todos los observatorios que convoque cada miércoles, todos los diagnósticos que anuncie para peinar las calles y todos los calificativos contudentes que emplee para referirse a la cochambre de mesas, sillas y cachivaches que afean la ciudad, caerán en el saco roto de la frustración personal y el fracaso institucional si no saca a trabajar por las tardes a los señores inspectores de Urbanismo. Ellos son los que emiten las licencias y pueden sancionar su incumplimiento. Ellos tienen las competencias en vía pública. Los de Medio Ambiente tienen potestad en caso de ruidos. La Policía Local está para las urgencias. Pero el gran aparato coercitivo reside en la Gerencia. Zoido no logró que estos inspectores trabajaran más allá del horario de mañana.

El gran reto de Muñoz, además de defender las Diputaciones Provinciales a contramano de Ferraz, es negociar con los inspectores. Yahí puede topar con la indolencia de algunos responsables de un organismo autónomo maltratado por todas las corporaciones a la hora de recibir transferencias. Mientras, algunos meten los veladores hasta en los palcos… Pista, que va el artista.