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La educación imposible

Carlos Navarro Antolín | 19 de marzo de 2017 a las 5:00

encarnación 2 Encarnación

NI de noche ni de día tienen ciertos males remedio. En Sevilla los veladores embisten, como las nueve cabezas de españoles, que decía Machado. No importa que una terraza arremeta contra la fachada de un BIC, que no es un bolígrafo, sino un monumento según la calificación de la Administración autonómica para proteger (risas en off) esos valores histórico-patrimoniales que hacen una ciudad única. Qué más da la estética, esa gran denostada que el Ayuntamiento quiere imponer por la vía de la ordenanza, cuando eso sólo es posible por la vía de los años y de las aulas, muchos años y muchas horas de aula. Decía una dependienta de una selecta peletería del centro que había determinadas prendas que ya no se fabricaban porque nadie las pedía:“No hay público que valore ciertos trabajos en piel”. Como no lo hay que valoren los muebles de calidad (el efecto Ikea), ni el servicio profesional de la hostelería (que no el servilismo pelota de la ojana), ni el cuidado de un monumento como la Iglesia de la Anunciación.

Los edificios monumentales merecen un respeto tanto en su uso interior como en su aspecto exterior. Para qué iluminamos artísticamente la Catedral, sacándole los cuartos a Endesa, si después consentimos el horror de los negocios estridentes de sus alrededores. Para qué cuidamos la fuente de la Encarnación si después permitimos que alguien, por su cuenta y deliberadamente, rompa la fachada del templo que fue Universidad de Sevilla, donde está el panteón de sevillanos ilustres o donde se custodia imaginería de Montañés. Sombrillas, macetas, banderolas promocionales abatibles, estufas con llamaradas… El azulejo del Cristo de la Buena Muerte no tiene quien lo defienda. Ha presenciado la nevada de 1954 y el horror de la invasión de los cachivaches de la hostelería.

Siempre llegará el tonto que defienda los veladores como instrumentos de captación del turismo. Claro que sí, aunque sea a costa de degradar un monumento, de someterlo a las embestidas del consumismo voraz, de convertir una plaza en un museo de los horrores, en una recreación perfecta del no se vayan todavía que aún hay más.

Los veladores embisten las murallas del Alcázar por la Plaza de la Alianza, la fachada del Palacio Arzobispal por Placentines y la Encarnación por la Anunciación. Tres ejemplos, tres, de una ciudad carente de criterio con una autoridad impotente que, al final, no quiere ni puede admitir que el problema no es otro que la falta de educación, una lacra que conduce directamente a la ausencia de criterio. El amor por el patrimonio histórico se enseña desde pequeño. No se valora lo que no se conoce. La Encarnación hace tiempo que dejó de ser la plaza a la que mira la Anunciación. Ni siquiera es ya el mercado. Son las setas. La plaza de las setas. Con las setas se laminó todo lo anterior. La hostelería hace tiempo que dejó de ser uno de los estandartes de la ciudad. La Semana Santa hace tiempo que dejó de ser la fiesta modélica, representativa del saber estar del pueblo, espontánea, popular, elegante y medida. Los monumentos son plantas que no gritan cuando se les arranca una hoja, muros que callan cuando se ven intimidados, piedras que no sólo caen por el efecto de la polución, sino por el maltrato al que son sometidas. No hace muchos años que el gerente de la Universidad protestó por escrito por la cantidad de basura que llegaba hasta la lonja de la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Rectorado, cuando Eolo sopla y arrastra los desperdicios de los bares hasta el recinto universitario. La Anunciación no tiene quien proteste por ella. Monteseirín y sus adláteres defienden el modelo actual de la plaza con un argumento reiterativo: “¿Acaso estaba mejor la plaza con las ratas que cruzaban de una punta a otra el solar anegado?”.

Está claro que en la Encarnación se ha producido un simple cambio de ratas. Las ratas siempre acuden a la cochambre, se sienten a gusto en las covachas. Embisten. Como las cabezas de los sevillanos. Mejor la nieve de 1954. Qué horror de estufas. Una cosa es cierta: el Cristo de la Buena Muerte sigue siendo dulce hasta con veladores.