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Los cacharros de Muñoz

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2017 a las 5:00

Teatro de la Maestranza.

TENEMOS un concejal de la cosa urbanística que no nos lo merecemos. Está claro que Antonio Muñoz es un hombre de fe, mucha fe, y de esperanza, tela de esperanza bien repartida por esa calle Pureza de exornos florales hiperpoblados que tanto le chiflan. Muñoz ha cantado esta semana las verdades del barquero. ¿Que a los veladores bonitos no se les cobra dinero? Negativo. Ha dicho que el centro está feo porque está cargado de “cacharrería”. Ha culpado a la masiva implantación de franquicias y multinacionales de la “vulgarización y estandarización” de las calles. Yha rematado con una media verónica que ha levantado al tendido de los entendidos: “No aportan ningún valor añadido”. ¡Óle por Muñoz! Si se consultan fotografías del centro de Sevilla de los años 70, por ejemplo de la Campana, la ciudad no era precisamente un derroche de belleza desde el punto de vista urbanístico. Pero sí se aprecia algo en los negocios: la gran mayoría son propios, firmas locales, únicas e insustituibles. En la Punta del Diamante, donde hoy hay una mutinacional del café, había unos pocos veladores donde estaban sentados sevillanos. Y en la Campana, donde hoy sólo queda un negocio autóctono, la clientela también era mayoritariamente local en ambas aceras. Sevilla aparecía con un halo cutre, provinciano, despertando a la democracia. La hiperdependencia del turismo ha sacrificado en el altar de las multinacionales el valor propio de los comercios y bares, el mejor legado quizás de aquellos feos años setenta y ochenta. La ciudad se abrió con la Exposición Universal, profesionalizó la gestión de sus principales monumentos y creció urbanísticamente hasta crear el concepto de la Gran Sevilla, pero cada día está más vulgarizada, lo dice el concejal socialista, como si no hubiera sabido conservar sus señas de identidad al mismo tiempo que asumir las novedades propias de la época. Nos hemos pasado de frenada en el servilismo al visitante, nos hemos arrodillado en exceso en la entrega de las llaves de la ciudad al turista. Antes se decía que un sevillano que quería pasar desapercibido con su amante no tenía más que meterse en el Museo de Bellas Artes o en el Real Alcázar, donde sólo hay turistas. Hoy ocurre eso en los bares de la Avenida y en casi todos los de la Campana. Los sevillanos han abandonado ciertos lugares como los zares sus palacios.
Antonio Muñoz anuncia una ordenanza para presevar el paisaje urbano de la fealdad, del mal gusto,de la “cacharrería”. A Dios por el amor, a Huelva por la A-49 y a la estética por la ordenanza. Muñoz hace como los almonteños, que regulan la estética de la romería con una normativa específica sin ningún complejo. Lo de Sevilla parece más difícil por la de terreno que nos tienen comido los “cacharros”. Más le valdría al Grupo Socialista, en primer lugar, promover una moción del Pleno para que la comisión provincial de patrimonio histórico aplicara las leyes vigentes sobre alteración de las volumetrías, remontes, trama urbana y respeto escrupuloso a los valores que motivan las catalogaciones de los inmuebles. La comisión de patrimonio parece demasiadas veces lo que la Justicia de Pacheco: un cachondeo. Permite la “cacharrería” del edificio de la calle Santander en pleno conjunto histórico, la cubierta de hierro chorreado del restaurante que cruje la estética de la calle Betis, el adefesio de aluminio junto al Puente de San Bernardo, o la demolición interior de tantas y tantas casas de las que obliga a dejar la fachada para que Sevilla siga pareciendo lo que ya no es. El cuidado de la estética, de los valores propios a los que alude Muñoz, comienza por la arquitectura y termina por los comercios. Exige pensar a largo plazo. Y, sobre todo, requiere de educación y criterio. Una fiesta de escasos días, como la Feria o el Rocío, se pueden regular por ordenanza con cierta facilidad. De hecho el uno y la otra son ejemplos de bastante éxito en este aspecto. Un modelo estético de centro histórico implantado por ordenanza parece mucho más complicado. El precedente más próximo fue el de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que intentó que todos los bares de los alrededores de la Plaza Nueva tuvieran los mismos veladores. Homogeneizar el mobiliario de la hostelería se decía en el lenguaje cursi de los políticos. Ahora, por cierto, lo que hay son más veladores con y sin homogeneización. En los útimos cuatro años del PP casi nada se hizo por la estética. Se dispararon los “cacharros”, que diría Muñoz, y el alcalde de entonces reconoció (increíble, pero cierto) que tuvo que hacer la vista gorda con los bares y los veladores porque eran años de crisis económica y había que contribuir a que hicieran caja. Zoido sí promovió la sustitución de las farolas-ducha de la Alfalfa y sus proximidades y casi lo fusilan en el paredón de lo políticamente correcto.
Es de agradecer ahora que la cruzada contra los veladores y los “cacharros” del centro sea promovida por un socialista. ¡Menos mal! Si llega a ser Soledad Becerril ya la estaban tildando de marquesona. Yo me alegro del plan de Muñoz, hombre de mucha fe por lo que se ve. Esperemos que la fuerza lo acompañe, que es lo mismo que decir que la superioridad moral de la izquierda lo proteja. Entenderá pronto cuán lamentable resulta tener que defender lo obvio. Que no se puede abandonar la Catedral como todos los gobiernos locales lo han hecho. Que hay que estar encima de la comisión de patrimonio. Que hay que mirar con lupa las licencias en el conjunto histórico-declarado. El velador se retira. El mamarracho de la calle Santander nos lo tragamos cada mañana. Yel criterio no se enseña a golpe de ordenanza.
Quizás a Antonio Muñoz algún día le ocurra lo que al gerente del club privado al que se quejaron por escrito de que la gente comía con el torso al aire en el restaurante de la piscina. El tipo respondió que el club no se hacía responsable de la educación de los socios. Y que si el denunciante no quería almorzar contemplando pelambreras, que acudiera al salón habilitado al efecto, una suerte de gueto para los que aún mantienen ciertas normas de saber estar y, sobre todo, de higiene. El centro de Sevilla está para que lo manden al IAPH para pasarlo… a nuevo terciopelo. Con dos… veladores.

El Despeñaperros de los veladores

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2016 a las 5:00

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QUÉ valiente este Ayuntamiento en materia de veladores, qué forma de abrirse la chaquetilla y ofrecer el pecho a la cornamenta del avieso toro de la hostelería, dispuesto siempre a pegar una andanada en cuanto se anuncia cierta regulación del uso de la vía pública. El gobierno de Juan Espadas ha tomado la Campana como estandarte de la lucha contra la ciudad chabolizada, le ha echado coraje a dos negocios de dirección despersonalizada como son las franquicias de las hamburgueserías y a la popular confitería. Bien está, señor alcalde. Bien está, don Juan Espadas, eso de mandar al bueno de Antonio Muñoz con su tropa de inspectores a hacer razzias de mesas y sillas en la Campana, donde dicen que no quedará ni una; y en la Avenida y en la calle San Fernando, donde anuncian que se reducirán en elevados porcentajes. En materia de veladores, uno es muy de Santo Tomás, siempre con el dedito buscando la llaga.

Zoido gestionó la miseria en los años de crisis. Y Espadas tiene que aplicar medidas correctoras por la dejación de funciones de Zoido: poner orden en la Semana Santa, nombrar un jefe de la Policía Local, meterle mano al Vacie y tratar de frenar el caos con los veladores a partir del primero de enero, el día que la gente deja de fumar y, en Sevilla, dejará de sentarse en los veladores. Anoche cuando dormía, soñé, ¡bendita ilusión!, que Urbanismo limpiaba de veladores la Avenida de la Constitución.

De todo cuando ha ocurrido en los últimos días, extraña que el señor alcalde no se haya acordado de la Plaza de San Francisco en el arranque de su ambicioso plan contra la estética de covacha que marca un lugar tan noble de la ciudad, tan próximo a su propio despacho. Antonio Muñoz no dijo ni pío de la Plaza de San Francisco. Ni pío, ni mú, ni esta boca es mía. El mismo alcalde que estuvo raudo en su primer día de gobierno para sustituir el suntuoso sillón de su despacho por un funcional sillón de oficina, no se ha acordado en materia de ordenación de la vía pública de empezar por su propio entorno, donde la firma hostelera de siempre sigue como las tropas de San Fernando en vísperas de la reconquista de Sevilla: exhibiendo todo su poder a las mismas puertas del gobierno de la ciudad. Si en Nochebuena y en Nochevieja apareció la jaima de Gadafi en la Plaza de San Francisco para dar cobijo a los comensales, desprovista la ciudad de inspectores a esas horas donde la calle es Jauja con coheterío, estos días del otoño cálido aparece un puesto donde se ofrecen cachimbas. Cachimbas con vistas a la Giralda, oiga, y con el fondo plateresco del Ayuntamiento, marco incomparable donde suena el eco del con dinero o sin dinero hago siempre lo que quiero y mis veladores son la ley.

En otro lugar del centro, en la calle Luchana, hay un restaurante italiano que cada noche empotra el mostrador auxiliar de los cubiertos en la rejería del templo de San Isidoro, catalogado como Bien de Interés Cultural, que se dice BIC, cristal escribe fino. Y el BIC normal ya se sabe: escribe normal. Algunos estamos esperando la firmeza del delegado Antonio Muñoz a la hora de hacer cumplir la ordenanza bajo sus narices, en la misma Plaza de San Francisco, la que estuvo décadas libre de obstáculos y que en la última década es salón multiusos de la ciudad, aparcamiento de motos y una suerte de zona franca de cierta hostelería que organiza cócteles, planta lamparitas, veladores, mesas auxiliares, parasoles, media Ikea de quita y pon… Y ahora hasta cachimbas. ¿No refiere el gran Muñoz, con más razón que un santo, que hay que reducir las mesas por una razón estética, entre otras? Pues haga también una razzia por esta plaza, que la tiene bien cerquita de su asiento de concejal en los plenos. Cualquier día la web municipal nos ofrece la evolución de la Plaza de San Francisco en streaming, como la tortura de los plenos, pero en plan más divertido, con alguien de la familia pendiente de la pantalla para dar el aviso.

–¡Corred, corred, que han sacado la jaima y las cachimbas! Qué monas esas lámparas y esos aspersores. Qué precioso todo.

La Plaza de San Francisco es el Despeñaperros del plan anti-veladores de Juan Espadas. Aquella anécdota de la locomotora que al llegar a Atocha pegó un resoplío atronador que asustó a los viajeros que circulaban por el andén: “¡Esos cojones en Despeñaperros!”. Ahí, en esa plaza, es donde muchos queremos ver el coraje de un alcalde que confiamos en que no sea blando con las espigas del hostelero de siempre y duro con las espuelas de las franquicias que, al final, nadie sabe de quién son por que todas son iguales por el arte de la globalización.

–¡Óle! Ha rimado.
–Gracias.

En la Plaza de San Francisco es donde muchos esperamos que el alcalde la líe gorda y no haga la vista gorda. Y lo mismo se puede decir del entorno de la Catedral, de esa calle Mateos Gago que prometió reorganizar siendo líder de la oposición, y de la Cuesta del Bacalao, donde la misma firma hostelera tiene la milla de oro de la verdadera unidad del PIB local:el velador. Toda terraza de veladores de la Cuesta del Bacalao ya se sabe de quién es mientras no se demuestre lo contrario. Del tío de las cachimbas, que ya no es Torrijos, sino aquel al que todos temían y se salvó otra vez… por la Campana.

El triunfo de la fritanga

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Horno San Buenaventura cerrado
EL día que cerró la tienda de Milano de la Plaza de la Magdalena, alguien decidió estirar la vida útil de la marca abriendo un Milano Copas en el mismo local. Cuando el Teatro Quintero vivaquea como puede, lastrado por la ruina de su dueño, alguien también ha decidido aprovechar las sobras de la tortilla para hacer un revuelto, por lo que ya tenemos el Quintero como bar de copas, con entrada libre hasta las tres de la madrugada, con sus lamparones encendidos en la puerta para atraer la atención del público. Que la finca tenga la catalogación de suelo de interés social y cultural importa muy poco en una ciudad que tiene asumido que el trago largo forma parte de ese concepto chicle que es la cultura. La misma ciudad que tiene igualmente asumido que los inspectores de Medio Ambiente son esos padres que lanzan el zapatillazo con cuidado de no agredir al pequeño bribón. Recuerden que estuvimos a punto de tener una cafetería en una de las azoteas de la Catedral.

Los poderes fácticos son los bares. Nadie puede con la infantería de la hostelería, que son los veladores. Nada extraño en una ciudad que vio cómo la popular cervecería de la Moneda se restauraba mucho antes que la propia Casa de la Moneda, monumento archicatalogado. Que la principal multinacional del pollo frito apueste con fuerza para hacerse con el local del antiguo Horno de San Buenaventura en la Avenida de la Constitución es la confirmación del repliegue que entidades bancarias, fundaciones y empresas hacen en las principales arterias de la ciudad. Es un éxodo hacia otros distritos, mejor comunicados y con menos turistas, que aportan poco en su cuenta de resultados.

La hostelería es el mar embravecido que va ganando terreno a la playa urbana de oleada en oleada. Y es una hostelería mediocre, franquiciada, dirigida desde los departamentos de expansión de Madrid, con olor a fritanga o a café en vasos de plástico tamaño XXL. Jamás se han tomado esos gigantescos cafés en Sevilla, pero todo pueblo débil se deja influir por hábitos ajenos con una facilidad pasmosa. Quizás sea porque Sevilla es la ciudad donde más se cita al prójimo a tomar café, pero donde ya no quedan verdaderas cafeterías. Cerrada Nova Roma, no hay un establecimiento donde tomar un café pausado a un precio más elevado que el habitual, pero con ciertas comodidades añadidas. No hay un café Gijón, como en Madrid, ni un Novelty, como en Salamanca. Tampoco queda rastro de aquel suntuoso Café Placentines que el propio Quintero fundó bajo su emisora de radio. No hay público que pague tres, cuatro o cinco euros, en función del horario, como ocurre en los parisinos Campos Eliseos, por un café bien servido con derecho a tertulia de larga duración. Probablemente Sevilla tenga la hostelería que se merece, una oferta de pollo frito en una Avenida que desde hace una década es la milla de oro de los cafés despersonalizados, un sector servicios degradado para que el turista se sienta como si no hubiera salido de su casa.

La Avenida de la Constitución de hoy es el triunfo de la fritanga. Empezó con el despropósito urbanístico de una peatonalización tan falsa como mal concebida, y termina por concentrar las ofertas de comida rápida y yogures exprés donde antes había bancos y negocios arraigados que aportaban el genuino valor local que, se supone, desea disfrutar el visitante. El entorno de la Catedral, principal monumento de la ciudad, presenta una oferta de comida marroquí, pizzas y pollo frito, que poco tiene que ver con la Sevilla de postal que genera el turismo. Aquí lo único originario que subsiste es el calor. Todo lo demás está embadurnado de vinagre de Módena. Por muchos ventiladores y aspersores que sean colocados, el calor, como el amor de la carta de San Pablo, todo lo soporta. Venga pollo frito de KFC. Y si falla el negocio, se abre el KFC Copas.

Tendría que venir el profesor Enrique Figueroa con su famoso medidor, que usa para calcular los grados que hace a la sombra o en los pavimentos, para que nos chive cuántos bares buenos quedan de verdad en el entorno del Alcázar y la Catedral. Probablemente, las muestras de la hostelería más genunina de Sevilla se encuentren ya en los barrios más que en el centro. Para ver Roma en Sevilla hay que ir a Santiponce. Y para leer una lista de tapas de toda la vida, a Nervión, Rochelambert o el Cerro. Sin un tío al lado que te pegue con la mochila. Y con un café con el tamaño de un café.

La perspectiva buenista en los veladores

Carlos Navarro Antolín | 26 de junio de 2016 a las 5:00

En los Reales Alcázares. Espadas mantiene una reunión con los organizadores del congreso ASTA agencias de viajes de EEUU
LOS veladores se reproducen. Como los manteros. Como los gorrillas en tiempos de Rojas-Marcos, el alcalde que creó aquellos vovis que eran parados con uniformes que ayudaban a aparcar a cambio de un donativo. Espadas debutó anunciando su intención de poner orden por medio de un plan de trabajo con los distritos para no recurrir al aparato coercitivo de la Gerencia de Urbanismo: “Queremos que se vea el tema desde otras perspectivas, no sólo de la que genera ingresos”. Tururú, señor alcalde. Primero, porque la teoría de la perspectiva suena a la equidistancia buenista que los políticos aplican a todo problema sensible. Un ejemplo: ¿La movida nocturna es molesta? El político de catálogo acude al manual de la corrección exenta de compromiso, que dicta en su lección primera: “Fórmese una mesa para ver el problema desde todas las perspectivas: jóvenes, empresarios de la noche, vecinos y fabricantes de destilados”. Y confundidos con tantas perspectivas ocurre como cuando uno se pierde en una bulla de Semana Santa, que te quitan la cartera… O te cogen el culo, ahora que se ven más culos que nunca en la Avenida de la Constitución. Pues al alcalde le han cogido lo que dijimos con los veladores. En un año se ha metido él solito en la bulla y nos quiere confundir con una notas de prensa que son un bacalao, un bacalao como el que Zoido inauguró en la cuesta del ídem, símbolo de la bacalá de gestión.

Segundo, porque al final Espadas ha tardado muy poquito en empezar a hacer lo que había que hacer, que es recurrir a los servicios de inspección de la Gerencia de Urbanismo, como revelan las campañas anti-veladores que periódicamente pregona el Ayuntamiento, pero el error está en que lo hace sin poner antes los medios adecuados. Sin hacer los deberes. Ha mandado a los inspectores a poner multas. Eso está muy bien, señor alcalde. ¡Adelante la infantería municipal contra unos abusos tan evidentes! Ocurre que las oleadas de multas suenan mucho, pero son estériles. Porque sólo hay un inspector por cada 1.800 veladores. La última batida anunciada esta semana proclama sesenta expedientes “en menos de un mes”, una cifra ridícula si se tiene en cuenta que Sevilla es una ciudad de 700.000 habitantes, más de 4.000 bares y más de 10.000 veladores legales (súmense los ilegales, que son legión). Todo resulta tan ridículo como aquel anuncio de atajar el problema por medio de bienintencionados planes a través de los distritos. Los distritos están muy bien para los talleres de aerobic, los cursos de cocina, la ventanilla para preguntar dónde se consigue un certificado del padrón y, sobre todo, para que un ramillete de concejales en tiempos de Zoido tuvieran la pedrea de un despacho oficial. Pero poco más.

Aquí la clave es meterle mano al organigrama de la Gerencia de Urbanismo para que haya una cantidad de inspectores suficiente y, sobre todo, para que haya personal de inspección por las tardes y las noches de los fines de semana. Vigilar los veladores a las diez de la mañana es como reordenar el trafico en la puerta de un colegio un diez de agosto. Para saber dónde están los abusos en asuntos de veladores no hay que recurrir a ningún distrito. Ni a planes especiales. Se trata de crear por fin el cuerpo de inspectores de la vía pública que debe tener una ciudad que vive tanto en la calle. Ha pasado un año de este gobierno y sólo hemos visto la calle Mateos Gago libre de obstáculos en Semana Santa o en tardes de vía crucis. Será que la Semana Santa es lo que mejor se le da a este alcalde que pone una vela en el altar de la derecha sociológica, en Roma rodeado de embajadores, curas y monjas, y otra en las carrozas del Orgullo Gay, jalonando la Avenida de fotos picaronas, que lo grave no es la carrera oficial de culos, tangas y correajes, que eso sí que es una mezcla de perspectivas. Todo muy edificante, señor Espadas. ¿Pero para cuándo la sombra en la Avenida? ¿Para cuándo las cláusulas sociales en los contratos públicos que impidan el uso de materiales duros y la obligación de tener en cuenta zonas de sombra para los peatones? Siga yendo a Roma y siga sembrando de culos la Avenida, pero coloque sombra, por favor. Por piedad.

Espadas le ha echado más valor a tirarle tierra al proyecto embrionario de la mezquita en Sevilla Este que a retirar los veladores en el centro o en la Buhaira. Será por la teoría sevillana de temer aquello que se conoce. Y el alcalde sabe que a esta ciudad le gusta estar sentada. El alcalde nos cuenta que la clave es tener pronto un jefe de la Policía Local, pero no nos dice que la otra clave pendiente (de Balbín) es triplicar los inspectores de la vía pública y hacer retenes de guardia los domingos y festivos, aunque para eso hay que fajarse con los sindicatos, negociar, trabajar, asumir riesgos, vivir tensiones, gestionar, gobernar en definitiva. A Rojas-Marcos le crecían los gorrillas y se inventó los vovis. A Espadas le crecen los veladores y se inventa unas batidas de multas de escaso valor, con pretendido eco, pero sin el efecto siquiera de un analgésico. Estamos igual que con Zoido. Hemos sustituido la melva por los culos. Ya lo avisó el alcalde. Había que cambiar la perspectiva.

San Fernando, la reconquista pendiente

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

Reportaje amplio de la cochambre en que está convertida la calle San Fernando: mesas, banderolas, mobiliario de los bares, anuncios abatibles.
NO es que Sevilla tenga un trozo de Cádiz dentro, alma de provincia hermana en cuerpo de capital. Es que tiene un trozo de Huelva dentro, de avenida de Castilla de la Antilla, valga la rima, cuando uno recorre la calle San Fernando, por la que ya no pasan cigarreras, pasa el que puede entre la cochambre de anuncios, calefacciones, banderolas, toldos, ceniceros, vallas, etcétera. En un reciente balance ha salido que en la calle San Fernando hay autorizadas 454 sillas y 133 mesas, una galería de caos, mal gusto, Benidorm sin playa, Matalascañas de fritanga en el último fin de semana de agosto, mercadillo de la hostelería que en lugar de calcetines oferta montaditos. San Fernando es la calle cutre de un centro cada día más cutre, la calle que mejor representa la chabacanización de la hostelería en una ciudad que debiera mimar su patrimonio y el sector servicios con el celo de un camarero chino, qué pesados fiscalizando a los comensales en todo momento para ver qué desean.

¿Y saben quién dio la primera voz de alarma sobre la mutación de San Fernando? La Universidad de Sevilla. Para que luego digan que la Universidad está muda y no cumple su papel dentro de la sociedad civil. El señor gerente de la institución académica protestó por escrito al Ayuntamiento en tiempos de Zoido, cuando en Urbanismo estaba el delegado Maximiliano Vílchez, con cara de recibir siempre el pésame por los pasillos del Ayuntamiento (“Lo siento, Maxi, no somos nadie. No hay quien haga cambiar los turnos de trabajo de los empleados de la Gerencia. Te acompaño en el sentimiento”), y un gerente la mar de emperifollado que formaba parte de los gerentes cucharas de Zoido: ni pinchaban, ni cortaban.

El gerente de la Universidad se quejó con buenas palabras de la mierda que generan los veladores de la calle San Fernando, porque los residuos de todo tipo acaban en la lonja los días de brisas, dejando hecho un estercolero el tramo comprendido entre la puerta principal del Rectorado y la capilla. Aquella carta de protesta estaba firmado por don Juan Ignacio Ferraro, que adjuntaba fotocopia de las ordenanzas municipales que obligan a los señores titulares de licencias de veladores a no ser unos guarros. Urbanismo abrió expediente. Y hasta hoy. Los cucharas ya no están, porque las urnas los mandaron a la Venta, que ya saben ustedes la hortaliza a la que está dedicada la venta más famosa de las redes sociales. Ahora está Antonio Muñoz, socialista que ha creado una comisión de veladores para que, como Lampedusa, todo siga prácticamente igual pero parezca que hay una frenética actividad. A mi Antonio Muñoz con los veladores me recuerda a aquella gestoría de jóvenes emprendedores que al entrar el primer cliente se pusieron todos a aporrear el teclado e hicieron subir los cafés del negocio de abajo con la voz del camarero diligente: “El desayuno de siempre, señores, aquí lo tienen”. El caso es parecer que se trabaja, que es mucho más rentable que trabajar.

La calle San Fernando es la Antilla sevillana sin Terrón, pero con Fábrica de Tabacos. De los cielos que perdimos a las calles que perdimos. Las agresiones de hace 50 años eran por las alturas, por los aires, con remontes y plantas que crecían al amparo del desarrollo urbanístico. Las agresiones de hoy son a pie, de infantería pura, invaden el espacio del peatón a base de crear un estilo de sangría azucarada y pies por lo alto, de erasmus asalmonetados, de auténticas carpas que son el campinplaya de los bares en un centro histórico que cuenta con las máximas catalogaciones patrimoniales. Tururú.

La Universidad no hizo pública aquella protesta. La carta de queja generó un expediente que se lo llevó el viento. En Sevilla todo se lo lleva el viento de matacanónigos. El gobierno cambió. Todo sigue igual. De los cucharas de Zoido veremos si no pasamos al pantuflerío de Espadas. San Fernando perdió la batalla en favor del tranvía, las bicis y un rosario de bares que han hecho buena la hilera de las casas que siempre decían que afeaban una zona que debía estar expedita entre los jardines del Alcázar y la Universidad. Entre col y col, velador. San Fernando ha mutado en la Antilla. Sevilla es una playa barata, una ciudad donde todo es susceptible de empeorar, un hotel de tres estrellas donde los clientes se conforman con el maltrato y su venganza consiste en mangar los jabones en lugar de protestar alto y claro. San Fernando era una calle preciosa hasta con aquellas casas, digna de la Vía Roma de Florencia. Ahora huele a cruasán y sólo le falta el negro con el expositor de gafas, pulseras y los elefantes de la suerte.

Política de aperitivo

Carlos Navarro Antolín | 10 de noviembre de 2015 a las 14:06

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Comer es un éxito social digno de ser narrado. Los españoles abusan de las redes sociales para exhibir platos de comida casi tanto como para publicar fotos de los pinreles con el mar de fondo. Como y veraneo, chínchate. El que llena el buche ha de contarlo. Antes se sacudía uno las migas de la solapa del abrigo para demostrar que había yantado. Ahora se cuelgan fotos de almuerzos pantagruélicos regados con exquisitos caldos. Y desde bien temprano, oiga, que ya se sabe el dicho de una a las doce y doce a la una. Rajoy se va de bares y lo cuenta. Difunde sus cuchipandas justo ahora que se acercan las elecciones, claro. Los políticos son interesados como niños. Y tratan de colartela con la inocente ternura (impostada) de un niño. Zoido come tartas y lo cuenta en Twitter. Zoido va a un bar de la calle Asunción y cuenta que el solomillo al whisky de ese establecimiento está que tiembla el misterio. ¡Óle! ¿Pero dónde ha dejado la melva? Comer se asocia a una imagen de victoria, a un estado de felicidad, a una trayectoria de éxito. Los ganadores comen y van de bares. La aventuras del gran Astérix siempre acababan en banquete, con el bardo debidamente atado por aguafiestas. Los perdedores no comen, reman como galeotes al ritmo que marca el comitre. Con Rajoy y Zoido es divertido hacer las catorce estaciones del vía crucis de la hostelería local. Juan Espadas, en cambio, frecuenta poco el tabernerío. Sus tuits son más sobre modelos productivos, sostenibilidad y otras gaitas. Espadas es más de botellita de agua recargada en el grifo, como Torrijos era de menú frugal en la Casa de Soria. Alfredo era un alcalde glotón, pero sólo desde el punto de vista político. Zoido se ha relajado por fin con su condición de cabeza de lista al Congreso. Y se va de bares, qué lugares. Para que luego digan los siesos de turno que no tiene modelo de ciudad. Serán amargados los tíos de la botellita de agua. Hay que atarlos, como al bardo. Hombre, por Dios.

Sevilla, ciudad de tanatorios

Carlos Navarro Antolín | 29 de enero de 2015 a las 5:00

CALLE SANTANDER
SEVILLA es la ciudad donde sale más barato destrozar el caserío centenario y levantar mamotretos en el conjunto histórico declarado. El delito de prevaricación no existe cuando la Comisión Provincial de Patrimonio emite dictámenes que avalan la construcción de edificaciones como tanatorios a cincuenta metros de la Torre de la Plata y de las Atarazanas. Aquí se talan árboles porque no dejan contemplar la Torre del Oro, pero se permiten edificaciones de nuevo rico sin que nadie, absolutamente nadie, se plantee si incurren en un excesivo vuelo de la fachada, en una alteración de la trama urbana o si, simplemente, atentan contra la concepción estética de un casco antiguo que se supone vital para la captación del sacrosanto turismo, una actividad que genera el 12% del Producto Interior Bruto de la ciudad. Brutos, brutísimos, tienen que ser los miembros de la Comisión de Patrimonio de la Consejería de Cultura que han bendecido una nueva construcción tipo tanatorio o parroquia pos-conciliar en la calle Santander, donde dan ganas de preguntar por las salas de velatorio o por la próxima reunión del movimiento neocatecumenal.

La susodicha comisión tiene la obligación de tutelar la conservación del conjunto histórico declarado (risas en off), pero a la hora de la verdad sólo derrocha valor para impedir que el Ayuntamiento traslade la histórica fuente de la Plaza de la Encarnación a un lugar más digno como la Plaza de la Contratación. Tiene cuarto y mitad de cinismo bien despachado que la misma comisión que avala el Metropol Parasol se preocupe luego de que la fuente de la plaza continúe en su lugar original para no sacarla de contexto. Hablar de cambios de contexto en la Encarnación es invocar a María Luisa… qué risa.

En esta ciudad se revientan las sacristías de tres siglos de antigüedad con paneles de pladur, se derriban casas del XVII y del XVIII con la coartada de mantener las fachadas-pastiche, que nos hemos hartado de practicar la política de mantenimiento de fachada y primera crujía como placebo; se protege la arquitectura de la desubicadora calle Imagen, que lo mismo podría estar en Avilés, Getafe o Sabadell; se levantan las losas de Tarifa y los adoquines para colocar pavimentos resbaladizos o que se resquebrajan con el simple paso de los coches de caballo (qué olores). En Sevilla sale muy barato destrozar el patrimonio porque las órdenes de restitución tienen menos fuerza que un montadito de negocio franquiciado.

Nunca una ciudad que vive tanto del casco antiguo, del turismo y de la hostelería, cuidó tan mal sus monumentos, destrozó su conjunto histórico declarado y tragó tanto con bares de paelladores y pizarras de colores que poco o nada tienen que ver con la leyenda de la ciudad de las tapas. Esta ciudad protege la calle Imagen y ahoga la Torre de la Plata. Levanta las setas e impide el traslado de una fuente. Y por contaminación paisajística debe entender el humo de las chimeneas, porque los alrededores de la Catedral están más próximos a Benidorm que a la estética de Mercadante. Sevilla, ciudad de tanatorios. El duelo despide en el tanatorio de la Torre de la Plata.

Los urdangarines de la hostelería

Carlos Navarro Antolín | 25 de noviembre de 2014 a las 18:19

tapas en mesas
En cuestiones de hostelería hemos pasado del cuidado con el perro al pasen y vean con toda tranquilidad que el perro está atado. Sevilla fue arrinconando la tapa, con su medida exacta y proporcionada, en favor de los platos, medias raciones y raciones completas. Las mesas llevaban incluido el tasazo de sólo poder ser utilizadas para comer raciones. Tomarse una tapa sentados en uno de los diez mil veladores era un acto imposible en muchos bares. En mesas solo raciones, mandaba la leyenda. Y todos a tragar, a tragar en la barra obviamente, como tragamos con el imperativo del sólo se puede pagar con tarjeta si son cantidades superiores a 10 euros, por mucho que Rubén Facua alerte de lo contrario. Porque el apellido de Rubén es Facua, ¿o alguien lo duda? Igual que Benito Navarrete es Benito Mapping (sin patrocinio) y Jesús Becerra es Jesús Becerrita (con croqueta de cola de toro). Pues eso: que tragamos sin decir ni pío con los cartelitos que cantan el límite mínimo para pagar con tarjeta. Pasamos del serrín esparcido por el suelo a los bares libre de humos, es el pendulazo de siempre, marca de la casa de una sociedad que no entiende de evoluciones en equilibrio. Y por fin ha llegado el cartel que es como el quitamiedos de la antigua Cuesta de la Media Fanega. Por fin leemos que en las mesas se sirven tapas. ¿Y por qué antes no se servían, oiga?, podría preguntarse cualquier marciano recién aterrizado en la dehesa de Tablada, si Sevilla es la ciudad de la tapa por antonomasia, si el personal se ha hartado de presumir del taperío local como un timbre de gloria, si hasta ha habido concursos a las mejores tapas. Las tapas volaron de las mesas por la codicia, que es el barniz que ha cubierto casi todo en esta nación en los últimos años. Los hosteleros devoraron la tapa como Saturno a sus hijos sin saber que se estaban devorando a sí mismos. Mataron la gallina de los huevos de oro por quedarse con la granja entera y la del vecino si era posible. Ampliaron los salones, achicaron las barras cual Menottis con delantal, poblaron todo de mesas y redujeron las tapas hasta tal punto que en fechas especiales como la Semana Santa los hubo que las suprimieron de las listas, pese a que esos días hay más gente de fuera que nunca deseando pedir el símbolo por excelencia de la gastronomía local. Era llegar la Semana Santa y aplicarse el reglamento apócrifo de la hostelería local: fuera tapas y el servicio averiado. La codicia pudo a muchos, que ahora han replegado las tropas del puyazo, quitando los manteles gordos y poniendo veladores donde antes había mesas de restaurantes. Vuelven a la tapa y servida en mesa, qué amables se han vuelto de pronto, qué diligentes, qué atentos. ¡Viva la crisis que ha devuelto las tapas a las mesas y servidas por camareros! Algo bueno tenía que tener esta crisis: ha mandado al garete las copas de Navidad de los partidos políticos y podemos (¡sí se puede!, a lo Errejón trincón) tomar una ensaladilla en un velador servida por un amable camarero. En la hostelería se puede ya cantar lo de volver a ser lo que fuimos. Se nos rompió la ración de tanto usarla, con el asco que da meter el tenedor chupado donde han metido otros los tenedores una vez pasados por los piños propios. Donde se ponga la tapa individual que se quiten esos platos para compartir que terminan siendo muladares, sobre todo si son de fritanga con mayonesa en el centro. Regresa la tapa de donde fue expulsada por la codicia de los urdangarines de la hostelería. Lo siguiente será que funcionen todos los servicios en Semana Santa.

Tapas a un euro: volver a ser lo que fuimos

Carlos Navarro Antolín | 15 de octubre de 2014 a las 12:03

tapa un euro
Hubo un tiempo en que se despachaban tapas de ensaladilla a 25 pesetas en un bar de Los Remedios que se llamaba Tendido 5, en la calle con nombre de monja que tenía ambiente de pequeño infierno las noches de los sábados. La orza donde se guardaba aquella masa compacta de patata con abundante mayonesa y alguna lámina de atún extraviada recordaba necesariamente a los pollos de Simago. Por cinco duros de los antiguos se obtenía derecho a un cucharón bien despachado de aquella vianda, rebosante en el platillo y con escolta de dos picos gordos. Con un poco de suerte no había que arrascarse al día siguiente ni los antebrazos ni las corvas. Todo había sido digerido con éxito, prueba superada y hasta el siguiente fin de semana. Pasaron los años, llegó el euro y entró la locura. Quién no ha visto y aún sigue viendo tapas a cinco euros porque sí. Porque lo valen, sabe usted. Y se han pagado. Hay gente capaz de pagar cuatro o cinco euros por una tapa como hay gente capaz de comer esos rulos de queso frito, que luego pasa lo que pasa y los rulos siempre cantan en los análisis de sangre.
-Usted ha ingerido un excesivo número de rulos de queso frito y tiene que dejarlo inmediatamente. Son malísimos.
La consumación de la locura llegó a los menús de Navidad, donde lo normal era gastarse hasta 60 euros, diez mil pesetas del ala. Y algunas veladas hasta con actuaciones incluidas. Quien no aceptara semejante dispendio era tenido directamente como de la UGT, por lo del puño cerrado, que por lo demás no es buen ejemplo de austeridad, precisamente. Aún se recuerda el cruce de jamones como regalos personales en algunas cenas de instituciones que hoy están sufriendo para pagar el recibo de la luz. Los regalos también pasaron a ser bonos de viajes, sesiones de masajes y demás chirimbolos al alcance de cualquiera con un simple tarjetazo. No renuncie, usted puede permitírselo. Todo valía antes que sentirse señalado por no aceptar la nueva liturgia. Hasta hubo un caso de un padre que, cautivo de los delirios de grandeza de aquellos maravillosos años, propuso un fin de semana en una casa rural como regalo colectivo de fin de curso para la profesora. Todo se infló hasta dejar el billete de 20 euros en un papel mojado. El rulo de queso era el símbolo del esnobista que mejor resumía esos hábitos, la seña de identidad de quien despreciaba los usos de siempre, la orillada moderación, la denostada mesura.
Hoy se topa uno con mojones que son un aldabonazo, mojones urbanos que indican lo efímero de algunos hábitos, pizarras abatibles que cantan el retorno a los precios que perdimos. Hoy volvemos al cucharón y paso atrás. Tapas a un euro. El mojón informa de la corta distancia que hay entre lo sublime y lo ridículo, entre aquellos excesos de tapas a cinco euros y el reajuste obligado que vuelve a convertir en publicidad el despacho de tapas por solo uno. Sólo queda por saber si a la mañana siguiente hay o no que arrascarse. Pero ahí radica, en parte, la emoción que nunca debió perderse. Ni mucho menos despreciarse. Y nunca orillarse. En la ciudad de los cuatro mil bares, demasiados se emborracharon en la primera taberna.

Los nuevos veladores

Carlos Navarro Antolín | 10 de octubre de 2014 a las 5:00

veladores Arzobispado

CON los veladores pasa como con la luz. Decía Romero Murube que hay una luz para la mañana de Corpus, como la había para la Semana Santa o para la tarde del Día de los Difuntos. Pues hay unos veladores de Pin y Pón, más pensados para cuerpos de niños que para adultos; como los hay que embisten contra edificios catalogados, caso de los colocados contra los muros del Palacio Arzobispal; como los hay de los que cuelga un cubito a modo de papelera, que son los veladores sambernardinos, que también los hay en modalidad papelera patera, bien con la pata de la mesa dentro del cubo, bien con la papelera junto a la pata; como los hay para quitar el miedo al puyazo, que son las mesas altas con taburetes, en las que siempre parece que a uno no le cobran más por sentarse, porque al final está medio de pie, medio sentado. Los peores quizás son los microveladores, los de Pin y Pón, de casita de muñecas. Se han puesto muy de moda en las cafeterías de nuevo cuño. Tanto se repitió que en Sevilla no quedaban apenas cafés desde que cerró el del Loco de la Colina que no paran de aparecer cafeterías de las que entran ganas de merendar, con colores amarillos y verdes, con dulces de obrador casero idóneos para meriendas pijas y, cómo no, con mesas y sillas recoletas, menudas, para cuerpos minimalistas. Se sienta uno en esas sillas tan monísimas como inútiles y se siente el mismo efecto que sentarte en lo alto de un bolardo. Parece uno el canario obeso del chiste, que siempre parecía que se iba a caer del palo. ¿Y esas mesitas de miniaturas de coleccionable? Si parece que las han robado de un aula infantil. Y para colmo, todas estas micromesas siempre muy pegadas unas a otras, en perfecta disposición para seguir la conversación del vecino, como si fuera montado en un autobús de Tussam pero en versión fresita. A un paso estamos en Sevilla de compartir mesa con extraños, un hábito de lo más normal en muchas ciudades. Sólo faltan farmacias con veladores para tomarte la presión arterial o las pastillas del día.
El velador sambernardino en realidad es una cochinada. Se traga usted los desperdicios que ha dejado el anterior, es como si comiera en su casa junto al cubo de basura abierto, porque en ningún sitio se limpia el cubo tras marcharse el cliente. Allí se quedan el trozo de San Jacobo duro, las servilletas sucias y el bote del potito. Recoger, lo que se dice recoger con celeridad, sólo se recogen los vasos y los platos en cuantito el cliente ha terminado, pero no por limpieza, sino para que el cliente se sienta obligado a pedir de nuevo. Una suerte de mobbing hostelero, una costumbre cada vez más asentada a la que los dueños de los bares llaman “levantar”. Hay que levantar la mesa cuando se percibe que el consumo decae. ¿Y cómo? Dejando al cliente como al torero que pierde los trastos: desnudo. O pide una segunda ronda, o puerta.

 

veladores san bernardinos

Los mejores embestidas de veladores se ven en la calle Placentines, donde se han hecho con la acera a un lado y a otro. Las mesas están pegadas al Palacio, incrustadas como celulitis a la piedra. Aquí no hay impacto visual que valga contra un Bien de Interés Cultural. ¿Dónde está la comisión de patrimonio para dictaminar sobre la contaminación paisajística de tanto velador en edificios con valores histórico-artísticos? Igual que se está muriendo gente que nunca se moría, están apareciendo veladores donde uno jamás lo hubiera pensado. Estos veladores que embisten contra los muros palaciegos tienen derecho al aroma de pipí de caballo procedente de la parada que hay a la misma verita, una fragancia puramente sevillana, perfectamente declarable patrimonio de la humanidad, lo que un cursi definiría como un valor añadido. Se sienta usted en ellos y disfruta de la Giralda mientras se fastidian sus cervicales y se abre el tarro de las esencias más urbanas, un cúmulo de sensaciones de lo más chic. La calle Placentines a determinadas horas es un laberinto de meandros de orines equinos que van a morir a la acera del Palacio de Arzobispal, donde los guiris se acomodan en los veladores como si pasara el Jordán por debajo de sus pies. Las dos Sevillas en un radio de menos de cien metros. En una acera del Palacio, la de Don Remondo, se guarda siempre ese frío de enero con olor a pólvora asesina de atentado. Y en la otra se contempla cada día que, al final, somos los camareros de Europa, como denunciaba siempre aquella alcaldesa llamada Soledad Becerril. Sólo sabemos poner mesas y sillas, más mesas y muchas más sillas. Hemos pasado de leer ‘Sevilla en los labios’, con los diferentes tipos de luz, a ser una Sevilla sentada, con los diferentes tipos de veladores. El caso es sentarse. Aunque huela a pipí.

microveladores

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