Archivos para el tag ‘Bares’

La ciudad que espera sentada

Carlos Navarro Antolín | 10 de diciembre de 2017 a las 5:00

Casa Eme

EN Sevilla hay más bares que macetones con árboles de sombra rácana, más bares que procesiones de gloria, más bares que tíos pidiendo firmas en la Plaza Nueva o en la Campana tan pesados como moscas de una venta de carretera, más bares que pregones (hasta la cabalgata tiene pregón y gente dispuesta a darlo), más bares que apartamentos turísticos con inquilinos que arrastran la maleta con una mano y miran el teléfono móvil con la otra para, al final, acabar preguntando desesperados a un taxista dónde está el hotel Las Casas de la Judería. Y el taxista se carga de un plumazo el encanto del grimpolón con el dibujo de un águila que utilizaba el duque de Medinaceli en sus barcos de regata, el símbolo que Ignacio Medina, duque de Segorbe, emplea hoy como divisa de sus hoteles.

–Tienes que seguir de frente. El hotel es el que tiene las banderas de Robin Hood.

Habrá bares en Sevilla, pero los funcionarios tienen bien crecidita la pila de los expedientes que piden nuevas licencias de apertura, ampliaciones de local, un aumento de la terraza de veladores, una nueva salida de humos para hacer más grande la cocina… Habrá bares, pero pocos pueden presumir de que sus clientes los esperan a la intemperie en estos días de frío con una fidelidad sólo comparable al puente de la Calzada de Pascual González, que siempre lo estaba esperando, como los partidarios de Curro que, en medio de los chubascos de almohadillas, en un arrebato de misericordia, clamaban en una lección de amor y fidelidad: “¡Mañana vengo a verte otra vez!”

Ahí están los clientes de Casa Eme, ocupando los veladores como los parroquianos que llegan a misa y van poco a poco llenando los bancos. Están las mesas, están las sillas, están los consumidores, pero el bar está cerrado. No importa la espera, ni el frío. El horario está tasado y se cumple a rajatabla. El personal aguarda porque busca las coquinas, el montadito de fuagrás de pato y gambas, el de solomillo alwhisky y los caracoles en temporada. El dueño lo hace todo. No está más que él. Y funciona. La hora de cierre no se altera ni aunque empiecen a entrar costaleros con la ropa ceñida a los ojos pidiendo cerveza. Se les espanta: “¡Yo no estoy aquí para estas cosas!”. Estilo se llama. Dicen que un día le preguntaron al tabernero por su nombre y que respondió al estilo genial de Belmonte: “Eme”. El interrogador miró el toldo y leyó lo obvio: “Casa Eme”. Puso cara del fiscal acusador que se retira y sentencia: “De acuerdo, señoría, no hay más preguntas”. A Curro le esperaban sus lances, a Eme sus coquinas. La clientela adiestrada es el sueño del titular de cualquier negocio, es la traducción a la práctica de la teoría de las lentejas en versión hostelera. Seis veladores llenos antes de abrir no lo mejora ni el Consejo de Cofradías, que tiene hecha la recaudación completa de la carrera oficial antes de que empiece el negocio.

A Sevilla se le da la mar de bien lo de esperar sentada. Lo mismo aguardamos sedentes que nos pongan una línea de Metro que una ración de coquinas, lo mismo que nos pongan el tren entre Santa Justa y el Aeropuerto que el montadito de solomillo al whisky, lo mismo nos da Robin Hood que el águila del abuelo de Segorbe. Y si nos pegan el persianazo en el bar para invitarnos a salir, o no nos ponen ni tren ni Metro, decimos lo mismo que el partidario: “Mañana venimos otra vez”. Y la vida pasa mientras estamos… sentados. Para que luego se pregunten dónde está la sociedad civil. En los veladores. Todo el día en los veladores.

Centro de Estimulación Precoz Cristo del Buen Fin  Susana Díaz y Juan Espadas inauguran las nuevas instalaciones

El PP y Ciudadanos cultivan la huerta, mantienen en línea a los embajadores

Ciudadanos está deseando tocar pelo en el gobierno andaluz. Lo saben hasta los niños de parvulario. Yen Sevilla también aspiran al gobierno, pero a partir del próximo mandato. Nunca antes. Sueña la margarita con ser romero y Ciudadanos con formar parte de la junta de gobierno… con la lista más votada. Ay, qué ilusión que las monjas nos llevan de excursión y si es con Beltrán Pérez mucho mejor, ¿verdad Javier Millán?. En el caso del Ayuntamiento, el PP es el aliado natural para Ciudadanos y el PSOE es la relación de conveniencia. A Espadas se le puede apoyar, pero siempre que sea desde fuera. Ciudadanos es el betadine del gobierno actual: de uso externo. Con el PP se podría uno coger la mano. Y hasta ir al cine los domingos por la tarde, como iban Chaves y Griñán antes de que la amistad se fuera por la borda. Se nos rompió el amor de tanto piripi en la terraza de Antonio Romero tras la película de precepto dominical. En los nuevos tiempos que se avecinan nada será posible si el PP no es el partido más votado. Difícilmente podría Ciudadanos explicar a sus votantes que apoya a la segunda lista. Sería, valga el ejemplo, cometer el error de Rojas-Marcos en 1999. Los dos partidos de centro-derecha están en línea, cultivan la huerta, mantienen en contacto a sus embajadores con una periodicidad semanal. Pero, primero, los dos cabecillas deben ser candidatos. Y ni Pérez ni Millán lo  son por el momento. Tiempos para los oráculos sin piripis.

 

El Paseo de Colón enmudece

Carlos Navarro Antolín | 7 de diciembre de 2017 a las 5:00

05/12/2017: Bares del paseo Colón cerrados.

LA Campana sin veladores, el Paseo de Colón sin gin tonics. Los hoteles rozan el lleno en estos días de bulla, luces altas, humo de castañas, frenadoles, mucho paseante de la hermandad de los mirones y mucha triple fila en los bares. En el Paseo de Colón se ha hecho la ley del silencio. Llegó la Policía y mandó callar. Se acabó la diversión. La política es el arte de lo posible, mandar es el arte de que otro haga lo que tú quieres que haga sin que se note que tú lo has querido. Juan Espadas inauguraba la exposición de los dulces de conventos y, entre bollito de Santa Inés y yema de San Leandro, precinto que te crió. A Dios rogando y el Paseo de Colón ordenando. El alcalde con cara de ángel, los dueños de los bares con rostros de demonios. Eso es mandar: que no se noten las intenciones, que sólo se vea la mano que adquiere dulces para ayudar a esos cenobios donde se reza mientras los demás precintan. En el Paseo de Colón no hay público por las aceras, no hay cables, no hay pantallas de televisión, ni repisas para descansar las copas de balón. Al Paseo de Colón le han puesto como a algunos de los vagones del AVE: el silenciador.

Dicen que los bares andan buscando las posadas de letrados ilustres, la asistencia jurídica que permita la reapertura de puertas en estos días de temporada alta en el consumo. Se dice que si abogados apadrinados por ministros, que si letrados independientes y, por lo tanto, peligrosos para el poder establecido… Malos tiempos para los bares, qué lugares. Pero nadie, nadie, enfoca el asunto desde el punto de vista de la indefensión del cliente. Un bar de copas con elementos instalados sin el amparo de una licencia y con informes que dictaminan la imposibilidad de legalización, es un establecimiento sin esperanza. Y donde no hay esperanza, sólo hay peligros. Caídas, incendios, posibles intoxicaciones y un etcétera más largo que un Pleno municipal. El seguro del bar no se haría cargo de los gastos provocados por toda esa ristra de posibles incidencias. Sería como viajar en un coche sin la ITV en regla. En Sevilla hace tiempo que ya no funciona el nunca pasa nada. Recuerden el caso de Cádiz, aquel de los 70 consumidores ingresados por una ingesta de alimento en mal estado. El derecho de indemnización se esfuma si no hay cobertura legal de la actividad. No digamos en caso de incendio si sale afectado, por ejemplo, la vivienda de arriba. Los seguros se lavan las manos. De nada de esto se habla, nada de esto se escucha, salvo en los informes de seguridad y emergencias que maneja Urbanismo sobre esta emergente milla de oro del gin tonic.
Precinto a precinto, tacita a tacita, bienmesabe a bienmesabe, este alcalde con silenciador cierra los bares, limpia la vía pública y, por si acaso, engorda la cuenta de las productividades en el presupuesto de 2018 para que no falte un policía en las procesiones y otros actos de 2018. La superioridad moral de la izquierda, bien aprovechada, es un filón para este Espadas. Política de tiquitaca, dulces y precintos, barrenderos y sinergias con Málaga. Espadas no entra en los bares. Los cierra. La noche es para dormir, el bastón de alcalde es para mandar. Sin que se note. La fiera que rugía en el Paseo de Colón amanece hoy enjaulada.

 

05/12/2017: Bares del paseo Colón cerrados.

Espadas saca la infantería

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2017 a las 5:00

Ayuntamiento. Espadas informa sobre los asuntos tratados en el M

MIENTRAS se aclara cuándo podremos ir en tranvía de San Bernardo a Santa Justa, cuál será el uso de inmuebles como los de la Gavidia y la antigua iglesia de San Hermenegildo, cuándo pondremos el pie en el edificio de la antigua estación de Cádiz o en el del antiguo mercado de la Puerta de la Carne, en qué futuro período de la Historia estarán comunicados por tren el aeropuerto y la estación ferroviaria, o qué conjunción de planetas debe producirse para tener la siguiente línea de Metro, mientras ocurre todo esto, decíamos, el alcalde ha apostado sin proclamarlo por eso que se da en llamar la política de infantería, también conocida en el código cursi como la política de proximidad o micropolítica. Se trata de que los administrados sientan cerca a su Administración, de que perciban con claridad que el Ayuntamiento barre, poda y cierra los bares ruidosos. La expresión del Estado es el vacío, la del Ayuntamiento es una legión de barrenderos, policías y jardineros. Llevamos tres semanas en las que la sombra del Ayuntamiento es alargada, un ciprés estilizado con aspiraciones a dar sombra de platanero de indias. Se repiten los comunicados y convocatorias sobre las podas y plantaciones de nuevos árboles, sabedor el gobierno de que la oposición ha hecho pupa en este asunto. Los anuncios de planes especiales de limpieza, con el amplificador de campañas de concienciación, también se multiplican a menos de dos años de las elecciones, incluidos los de limpiar el entorno de la Catedral de publicidades estridentes. Y qué decir de las intervenciones de la Policía Local en el horario de máximo apogeo de la movida nocturna, no ya contra los efectos de la botellona, sino directamente contra bares de renombre y en zonas de elevada cotización de Nervión o el Centro.

Espadas, al que se ha acusado en reiteradas ocasiones de ejercer una política de ni fu ni fá, de tibieza, de tener prestigio en ciertos sectores de la ciudad sin haberse pringado en grandes cuestiones, ha sacado la infantería, se mete en los charcos y exhibe los tentáculos de una estructura mastodóntica como la del Ayuntamiento, a la que se reprocha con frecuencia estar oxidada y tardar una eternidad en afrontar un problema. Ahora existe eso que se llama voluntad política para requisar veladores, sillas y chirimbolos sin licencia; inspeccionar bares a los que se mide el aforo y el nivel de ruido, y ordenar la retirada de anuncios de fuerte impacto visual como los que afeaban la plaza del Salvador en su confluencia con Álvarez Quintero. La infantería en política ofrece conquistas a corto plazo que no son nada despreciables. Tal vez no genere el brillo de un balance material que incluya un gran proyecto que sirva de estandarte para identificar un alcalde con un logro, pero quizás los ciudadanos hayan superado ya con creces los tiempos en los que se exigían proyectos colosales de dudosa rentabilidad, como el estadio de la Cartuja o las Setas. Este gobierno, por el momento, es casi mejor cuando juega sin balón, como al frenar la gran mezquita de Sevilla Este, que cuando trata de hacer goles con alguna filigrana, como la ampliación de la Feria o la compra de inmuebles de la Junta en la Plaza Nueva, una operación que se quedó varada a la mitad de un Pleno por falta de apoyo de otros grupos políticos.

La ciudad está necesitada de mucha política de infantería, la que se aprecia de forma inmediata, pero que no descorre cortinillas de azulejos que quedan para la posteridad. La política de infantería obliga a un compromiso permanente, a una tensión mantenida en el tiempo para que, por ejemplo, las inspecciones a los bares abusones no queden como una andanada, a mantener una vigilancia de oficio para que las zonas libres de obstáculos sean, efectivamente, lugares por los que se pueda transitar todos los días. Tal vez Espadas pueda un día presumir como el nonagenario duque de Edimburgo (“Soy el que mejor descorre las cortinillas en las inauguraciones”) pero por el momento su eficacia se plasma en los comunicados de balances de lucha contra la movida, la retirada de obstáculos y en ese eficiente juego sin esférico que carece de brillo y que la memoria selectiva y cruel del votante suele olvidar con facilidad. Recuerden que poco le sirvió a Zoido la venta machacona de unas cuentas saneadas.

Por mucho que al alcalde le gusten los foros de gobiernos locales, las jornadas de sosteniliblidad en cuestiones variopintas y otras entelequias para rellenar la agenda, la realidad es que ha tenido que recurrir a la infantería, una vez superada la mitad del mandato. Es la mejor forma de hacerse patente y de preparar la vía pública para las grandes concentraciones de Navidad y Semana Santa. A los administrados les importa poco el porcentaje que han conseguido los sanchistas en la agrupación Centro, ignoran quiénes son los concejales de Participa Sevilla y tienen escaso o ningún conocimiento de los avances de Sevilla para beneficiarse de los programas europeos de smart city. Quieren una calle limpia, un transporte eficaz y que las ordenanzas se cumplan. Lo de contar con un servicio de taxi con esmero se deja para la carta a los Reyes Magos. Eso es cuestión de poderosos magos. Ahí no hay infantería que valga.

La guerra de Cuba

Carlos Navarro Antolín | 12 de noviembre de 2017 a las 5:00

Caja Negra Puerto de Cuba

HACE mucho tiempo que Río Grande dejó de ser Río Grande y pasó a formar parte del elenco de marcas de Sevilla que viven del rastro de la fama, de las migas que sobraron del bollo orondo, del polvo caído de la estrella apagada de un establecimiento que atendió con brillantez a la emergente población de los Remedios de los años setenta en adelante. Río Grande triunfaba cuando en Sevilla funcionaban muy pocos restaurantes de verdad. El Becerra de la calle Recaredo era el preferido por la clase política municipal de los últimos años del franquismo y primeros de la democracia. La Isla del Arenal, el que servía a la clientela del Alfonso XIII. El Robles de Placentines combinaba el turismo de alta calidad con una mayoría de sevillanos del centro. La Raza era el refugio para decenas de visitantes de la Plaza de España. Yapunten si acaso una tríada más en el casco antiguo:Los Corales, El Burladero y Senra. Y se acabó.

A Río Grande acudía Doña María, la madre del Rey, tras sus visitas al templo del Salvador, de lo que daban fe unas fotografías expuestas a la entrada del restaurante. Y cuando era su hijo, don Juan Carlos, quien quería comer con vistas a la Torre del Oro, telefoneaba a su madre para que le recomendara algún plato. Río Grande fue agonizando lentamente, como casi todas las grandes marcas que han sido el estandarte hostelero de varias generaciones. En Sevilla hay cosas que se acaban poco a poco, como Río Grande, y cosas que están más que acabadas, como el economato Ecovol y su bar donde servían la tapa de salchicha roja con patatas congeladas; el cine Fantasio con los trailer iniciales de Movierecord, o el bar Asturias con el desarme y los cachopos.

No hay sentencia de muerte peor para un negocio señero que cuando alguien dice: “¿Ese sitio? Ha cambiado de dueño”. Que se lo digan a la antigua tasca del Burladero desde que la trincaron los pijas de la multinacional de turno sin pajolera idea del oficio. El cambio de dueño genera desconfianza, provoca recelos y obliga a poner en cuarentena cualquier establecimiento. Muy sevillano es eso de colocar el cordón sanitario a un bar que ha cambiado de dueño. Eso le pasó a Río Grande, que un día cambió de dueño y una legión de sevillanos dejaron de ir a almorzar a su espléndido comedor. Al perro flaco del cambio de titular se sumaron polémicas urbanísticas y hasta judiciales en las que ahora no vamos a entrar por enésima vez. Y como hecho curioso –revelador– cocurrió, mire usted, que comenzó a coger buena fama una cuidada terraza de copas, llamada Puerto de Cuba, fundada en 2005. La terraza se volvió más conocida y con muchísimo más tirón de público que el restaurante en muy poco tiempo. Yahí empezaron los problemas. A la marca herida de Río Grande le salió la incómoda marca pujante de la terraza de copas, nacida en sus mismas entrañas, en un espacio alquilado por la propiedad a un grupo de empresarios a razón de 90.000 euros anuales. Entre esos promotores figura, por cierto, Pablo Castilla, el que fue gerente de la televisión local con Monteseirín y con Zoido. Puerto de Cuba aprovechó el río como casi nadie hace en Sevilla. Tanto hablar de la calle ancha olvidada de la ciudad hasta que llegó este grupo de arriesgados, alquilaron un barco y ofrecieron pequeños cruceros entre copa y copa, e incluso copa en mano en la cubierta, a los clientes de la terraza dispuestos a pagar un plus. El personal se apuntaba en masa a lo de llegar al bar en barco y cenar luego en… Abades. He ahí otro de los problemas: los pasajeros no se quedaban en Río Grande pese a que el barco atracaba en Puerto de Cuba. La terraza iba como un tiro mientras el restaurante y su bar de tapas no lograban beneficiarse de la ingente captación de público de Puerto de Cuba.

Hace unos días que un grupo de forzudos han acabado literalmente con la terraza, han desmontado todo el mobiliario, han cambiado las cerraduras y han vigilado para que ni Castilla ni sus socios puedan acceder al lugar que han explotado desde 2005. Puerto de Cuba ha pagado religiosamente los 90.000 euros anuales a la propiedad con el viento a favor de un cambio climático que alarga los veranos y que genera que haya clientela al aire libre hasta entrado el mes de noviembre.

Puerto de Cuba ha revalorizado una finca cuya referencia era la marca agonizante de Río Grande. Y en ella ha puesto los ojos un fondo de inversión (Faetón Capital, S.L.) vinculado a un destacado empresario de la ciudad, Miguel Gallego, que lo adquiere como inversión. Según el comunicado oficial, Río Grande será cedido en alquiler a una firma de “operadores profesionales del sector”.

–Ojú. Lo de operadores suena más a quirófano que a ensaladilla bien elaborada.

Los compradores valoran internamente los activos de la sociedad en 9,6 millones de euros. La finca tiene dos zonas bien diferenciadas (el restaurante y la conocida terraza de copas) que suman 2.800 metros cuadrados. La rentabilidad del alquiler se calcula en un 6%. Con estos datos –nunca publicados– se comprenden las prisas de la parte vendedora por dejar la finca libre de inquilinos a la mayor brevedad para su entrega al fondo de inversión. Los empresarios de Puerto de Cuba han sido como la vieja indefensa que sobrevive en el bloque de pisos cuando la grúa está lista para el derribo y sólo queda ella por bajar la escalera. Se entiende que el abogado José Manuel García-Quílez, que representa a los desalojados, haya afirmado que jamás ha visto nada igual en sus veinticinco años como letrado: ni tantas prisas, ni tanta vehemencia, ni tantos forzudos con estética de los que recogen las fichas de los coches locos. Lo que está claro, mi dilecto García-Quílez, es que no volverás a ver a ningún monarca almorzando en Río Grande. Ahora resulta, además, que Río Grande no es un restaurante sino un “complejo”, según el lenguaje fatuo de los comunicados oficiales.

El desalojo de la terraza efectuado en la noche de Halloween, como quien aprovecha las luces bajas, los disfraces y la risa hierática de las calabazas, nos retrotrae a una Sevilla en blanco y negro donde todo el mundo calla, echa el visillo y cierra las ventanas, mientras se perpetran acciones de dudosa legalidad por personajes patibularios a sueldo. Por dinero danza el perro. Unos activos valorados en 9,6 millones de euros dan para muchos canes, para muchos bailes y para muchas cuadrillas de forzudos con sus correspondientes relevos. Castilla ha cometido el gran error de revalorizar una marca herida a base de trabajo y tesón. El éxito del gin tonic ha provocado la guerra de Cuba, una contienda que no ha hecho más que empezar y que se comenzará a despachar el próximo viernes en el juzgado con una pila de denuncias, actas notariales, fotografías, vídeos y todo ese rosario de pruebas de cualquier proceso complicado que se precie.

Que al sevillano no le gustan tantos cambios de dueño en tan poco tiempo es una regla que no falla, como la de parar solamente en las ventas donde hay muchos camiones aparcados. En las ventas no suele haber operadores. Acaso algún forzudo que mata la espera al son de una melodía de Camela, una de esas canciones que suenan en los coches locos los domingos por la tarde.

PuertoCuba

Todo es un bar

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2017 a las 5:00

Fotos de la puerta del Cicus convertida en bar.

EN Sevilla casi nada es lo que parece. El matadero municipal es un colegio, aunque el rótulo siga haciendo referencia al ganado en el precioso edificio regionalista que está en la frontera del viejo Nervión con el Cerro del Águila. La Real Fábrica de Tabacos es la Universidad de Sevilla, aunque el medallón de la fachada principal siga anunciando la actividad fabril. Es la Universidad. O el Rectorado, como les gusta precisar a muchos de los mismos que dicen la Hispalense para no decir Universidad de Sevilla como se ha dicho toda la vida de Dios que, por cierto, está en la Universidad mal que les pese a los cuatro de siempre. Y está Dios gracias al convenio del cardenal Amigo con el rector comunista don Javier Pérez Royo. Capitanía General es ahora la Jefatura de la Fuerza Terrestre, aunque el rótulo bajo el que hacen guardia los soldados con los subfusiles siga diciendo eso: Capitanía General. Resulta que la Escuela de Comercio de la calle Madre de Dios es el Cicus, que suena a planta mal pronunciada, a especie de pato de Doñana en peligro de extinción. ¿Qué es el Cicus que está en el edificio cuyo rótulo es la Escuela de Comercio? El Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla. Un lío. Pero pasa uno por su fachada, saliendo del barrio de Santa Cruz a la búsqueda de la trama urbana de la verdadera Judería, y allí no se percibe ningún ambiente cultural. Ni se ve ningún ficus que regar, ni tampoco ningún pato que proteger. Se aprecian dos pizarras de bar, con la oferta de tapas del día y con el precio del menú de la casa. Como si fuera una prolongación de la calle Mateos Gago. Carne con tomate, arroz con calamares, salmorejo, aliños, tortilla… Y por supuesto el tuteo imperante al vender los menús: “Entra y pruébalos”. Gaudeamus igitur. ¿Qué es lo más importante del Cicus? ¿Qué es lo primero que se ve al acceder a su privilegiado inmueble? El bar. Todo es un bar. En Sevilla mandan los bares. Los bares se extienden allí donde están. Los bares se imponen sobre el uso de los edificios, sobre el patrimonio, sobre el acerado público. Se extienden como una balsa de aceite.

En Sevilla se restauró antes la Cervecería La Moneda que la Casa de la Moneda, otro edificio que mantiene su rótulo como tal pero que ya no es lo que dice. Ni lo que parece. El Cicus es un bar donde lo peor, acaso, no es la primera impresión que generan las dos pizarras que convierten la fachada en una covacha para turistas descamisados. Lo peor es que no anuncian ensaladilla. Y eso es imperdonable. Todo lo demás, más de lo mismo. Patrimonio afeado, espacio público invadido, estética de tenderete impuesta por la jeta. En Sevilla manda siempre el tío del bar. Ocurre en las casetas de Feria, donde hace tiempo que no mandan los socios, sino el adjudicatario del bar, que es quien tiene que hacer el negocio y acaba imponiendo sus normas de acceso, como el del bar del Cicus acaba sacando las pizarras. A este paso tendremos las pizarras de la cafetería del Rectorado en la calle San Fernando, como las tienen los bares de la acera de enfrente para que los peatones vayamos sorteando obstáculos mientras contemplamos al personal jamando platos adornados con muchas virutas de zanahoria.

¿Qué es el Cicus? Un bar sin ensaladilla. La primera impresión es la que cuenta. ¿Quién es el tío del bar? El que manda en la caseta de Feria, el que manda en la Universidad, el que manda en Sevilla. Toda Sevilla es un bar. El bar mueve las masas. Entra y pruébalos. ¿Estética? Eso es cosa de fachas. Echa zanahoria. En las universidades hace tiempo que entra cualquiera. Como en los bares.

Fotos de la puerta del Cicus convertida en bar.

Los cacharros de Muñoz

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2017 a las 5:00

Teatro de la Maestranza.

TENEMOS un concejal de la cosa urbanística que no nos lo merecemos. Está claro que Antonio Muñoz es un hombre de fe, mucha fe, y de esperanza, tela de esperanza bien repartida por esa calle Pureza de exornos florales hiperpoblados que tanto le chiflan. Muñoz ha cantado esta semana las verdades del barquero. ¿Que a los veladores bonitos no se les cobra dinero? Negativo. Ha dicho que el centro está feo porque está cargado de “cacharrería”. Ha culpado a la masiva implantación de franquicias y multinacionales de la “vulgarización y estandarización” de las calles. Yha rematado con una media verónica que ha levantado al tendido de los entendidos: “No aportan ningún valor añadido”. ¡Óle por Muñoz! Si se consultan fotografías del centro de Sevilla de los años 70, por ejemplo de la Campana, la ciudad no era precisamente un derroche de belleza desde el punto de vista urbanístico. Pero sí se aprecia algo en los negocios: la gran mayoría son propios, firmas locales, únicas e insustituibles. En la Punta del Diamante, donde hoy hay una mutinacional del café, había unos pocos veladores donde estaban sentados sevillanos. Y en la Campana, donde hoy sólo queda un negocio autóctono, la clientela también era mayoritariamente local en ambas aceras. Sevilla aparecía con un halo cutre, provinciano, despertando a la democracia. La hiperdependencia del turismo ha sacrificado en el altar de las multinacionales el valor propio de los comercios y bares, el mejor legado quizás de aquellos feos años setenta y ochenta. La ciudad se abrió con la Exposición Universal, profesionalizó la gestión de sus principales monumentos y creció urbanísticamente hasta crear el concepto de la Gran Sevilla, pero cada día está más vulgarizada, lo dice el concejal socialista, como si no hubiera sabido conservar sus señas de identidad al mismo tiempo que asumir las novedades propias de la época. Nos hemos pasado de frenada en el servilismo al visitante, nos hemos arrodillado en exceso en la entrega de las llaves de la ciudad al turista. Antes se decía que un sevillano que quería pasar desapercibido con su amante no tenía más que meterse en el Museo de Bellas Artes o en el Real Alcázar, donde sólo hay turistas. Hoy ocurre eso en los bares de la Avenida y en casi todos los de la Campana. Los sevillanos han abandonado ciertos lugares como los zares sus palacios.
Antonio Muñoz anuncia una ordenanza para presevar el paisaje urbano de la fealdad, del mal gusto,de la “cacharrería”. A Dios por el amor, a Huelva por la A-49 y a la estética por la ordenanza. Muñoz hace como los almonteños, que regulan la estética de la romería con una normativa específica sin ningún complejo. Lo de Sevilla parece más difícil por la de terreno que nos tienen comido los “cacharros”. Más le valdría al Grupo Socialista, en primer lugar, promover una moción del Pleno para que la comisión provincial de patrimonio histórico aplicara las leyes vigentes sobre alteración de las volumetrías, remontes, trama urbana y respeto escrupuloso a los valores que motivan las catalogaciones de los inmuebles. La comisión de patrimonio parece demasiadas veces lo que la Justicia de Pacheco: un cachondeo. Permite la “cacharrería” del edificio de la calle Santander en pleno conjunto histórico, la cubierta de hierro chorreado del restaurante que cruje la estética de la calle Betis, el adefesio de aluminio junto al Puente de San Bernardo, o la demolición interior de tantas y tantas casas de las que obliga a dejar la fachada para que Sevilla siga pareciendo lo que ya no es. El cuidado de la estética, de los valores propios a los que alude Muñoz, comienza por la arquitectura y termina por los comercios. Exige pensar a largo plazo. Y, sobre todo, requiere de educación y criterio. Una fiesta de escasos días, como la Feria o el Rocío, se pueden regular por ordenanza con cierta facilidad. De hecho el uno y la otra son ejemplos de bastante éxito en este aspecto. Un modelo estético de centro histórico implantado por ordenanza parece mucho más complicado. El precedente más próximo fue el de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que intentó que todos los bares de los alrededores de la Plaza Nueva tuvieran los mismos veladores. Homogeneizar el mobiliario de la hostelería se decía en el lenguaje cursi de los políticos. Ahora, por cierto, lo que hay son más veladores con y sin homogeneización. En los útimos cuatro años del PP casi nada se hizo por la estética. Se dispararon los “cacharros”, que diría Muñoz, y el alcalde de entonces reconoció (increíble, pero cierto) que tuvo que hacer la vista gorda con los bares y los veladores porque eran años de crisis económica y había que contribuir a que hicieran caja. Zoido sí promovió la sustitución de las farolas-ducha de la Alfalfa y sus proximidades y casi lo fusilan en el paredón de lo políticamente correcto.
Es de agradecer ahora que la cruzada contra los veladores y los “cacharros” del centro sea promovida por un socialista. ¡Menos mal! Si llega a ser Soledad Becerril ya la estaban tildando de marquesona. Yo me alegro del plan de Muñoz, hombre de mucha fe por lo que se ve. Esperemos que la fuerza lo acompañe, que es lo mismo que decir que la superioridad moral de la izquierda lo proteja. Entenderá pronto cuán lamentable resulta tener que defender lo obvio. Que no se puede abandonar la Catedral como todos los gobiernos locales lo han hecho. Que hay que estar encima de la comisión de patrimonio. Que hay que mirar con lupa las licencias en el conjunto histórico-declarado. El velador se retira. El mamarracho de la calle Santander nos lo tragamos cada mañana. Yel criterio no se enseña a golpe de ordenanza.
Quizás a Antonio Muñoz algún día le ocurra lo que al gerente del club privado al que se quejaron por escrito de que la gente comía con el torso al aire en el restaurante de la piscina. El tipo respondió que el club no se hacía responsable de la educación de los socios. Y que si el denunciante no quería almorzar contemplando pelambreras, que acudiera al salón habilitado al efecto, una suerte de gueto para los que aún mantienen ciertas normas de saber estar y, sobre todo, de higiene. El centro de Sevilla está para que lo manden al IAPH para pasarlo… a nuevo terciopelo. Con dos… veladores.

El Despeñaperros de los veladores

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2016 a las 5:00

2-_CHE7998
QUÉ valiente este Ayuntamiento en materia de veladores, qué forma de abrirse la chaquetilla y ofrecer el pecho a la cornamenta del avieso toro de la hostelería, dispuesto siempre a pegar una andanada en cuanto se anuncia cierta regulación del uso de la vía pública. El gobierno de Juan Espadas ha tomado la Campana como estandarte de la lucha contra la ciudad chabolizada, le ha echado coraje a dos negocios de dirección despersonalizada como son las franquicias de las hamburgueserías y a la popular confitería. Bien está, señor alcalde. Bien está, don Juan Espadas, eso de mandar al bueno de Antonio Muñoz con su tropa de inspectores a hacer razzias de mesas y sillas en la Campana, donde dicen que no quedará ni una; y en la Avenida y en la calle San Fernando, donde anuncian que se reducirán en elevados porcentajes. En materia de veladores, uno es muy de Santo Tomás, siempre con el dedito buscando la llaga.

Zoido gestionó la miseria en los años de crisis. Y Espadas tiene que aplicar medidas correctoras por la dejación de funciones de Zoido: poner orden en la Semana Santa, nombrar un jefe de la Policía Local, meterle mano al Vacie y tratar de frenar el caos con los veladores a partir del primero de enero, el día que la gente deja de fumar y, en Sevilla, dejará de sentarse en los veladores. Anoche cuando dormía, soñé, ¡bendita ilusión!, que Urbanismo limpiaba de veladores la Avenida de la Constitución.

De todo cuando ha ocurrido en los últimos días, extraña que el señor alcalde no se haya acordado de la Plaza de San Francisco en el arranque de su ambicioso plan contra la estética de covacha que marca un lugar tan noble de la ciudad, tan próximo a su propio despacho. Antonio Muñoz no dijo ni pío de la Plaza de San Francisco. Ni pío, ni mú, ni esta boca es mía. El mismo alcalde que estuvo raudo en su primer día de gobierno para sustituir el suntuoso sillón de su despacho por un funcional sillón de oficina, no se ha acordado en materia de ordenación de la vía pública de empezar por su propio entorno, donde la firma hostelera de siempre sigue como las tropas de San Fernando en vísperas de la reconquista de Sevilla: exhibiendo todo su poder a las mismas puertas del gobierno de la ciudad. Si en Nochebuena y en Nochevieja apareció la jaima de Gadafi en la Plaza de San Francisco para dar cobijo a los comensales, desprovista la ciudad de inspectores a esas horas donde la calle es Jauja con coheterío, estos días del otoño cálido aparece un puesto donde se ofrecen cachimbas. Cachimbas con vistas a la Giralda, oiga, y con el fondo plateresco del Ayuntamiento, marco incomparable donde suena el eco del con dinero o sin dinero hago siempre lo que quiero y mis veladores son la ley.

En otro lugar del centro, en la calle Luchana, hay un restaurante italiano que cada noche empotra el mostrador auxiliar de los cubiertos en la rejería del templo de San Isidoro, catalogado como Bien de Interés Cultural, que se dice BIC, cristal escribe fino. Y el BIC normal ya se sabe: escribe normal. Algunos estamos esperando la firmeza del delegado Antonio Muñoz a la hora de hacer cumplir la ordenanza bajo sus narices, en la misma Plaza de San Francisco, la que estuvo décadas libre de obstáculos y que en la última década es salón multiusos de la ciudad, aparcamiento de motos y una suerte de zona franca de cierta hostelería que organiza cócteles, planta lamparitas, veladores, mesas auxiliares, parasoles, media Ikea de quita y pon… Y ahora hasta cachimbas. ¿No refiere el gran Muñoz, con más razón que un santo, que hay que reducir las mesas por una razón estética, entre otras? Pues haga también una razzia por esta plaza, que la tiene bien cerquita de su asiento de concejal en los plenos. Cualquier día la web municipal nos ofrece la evolución de la Plaza de San Francisco en streaming, como la tortura de los plenos, pero en plan más divertido, con alguien de la familia pendiente de la pantalla para dar el aviso.

–¡Corred, corred, que han sacado la jaima y las cachimbas! Qué monas esas lámparas y esos aspersores. Qué precioso todo.

La Plaza de San Francisco es el Despeñaperros del plan anti-veladores de Juan Espadas. Aquella anécdota de la locomotora que al llegar a Atocha pegó un resoplío atronador que asustó a los viajeros que circulaban por el andén: “¡Esos cojones en Despeñaperros!”. Ahí, en esa plaza, es donde muchos queremos ver el coraje de un alcalde que confiamos en que no sea blando con las espigas del hostelero de siempre y duro con las espuelas de las franquicias que, al final, nadie sabe de quién son por que todas son iguales por el arte de la globalización.

–¡Óle! Ha rimado.
–Gracias.

En la Plaza de San Francisco es donde muchos esperamos que el alcalde la líe gorda y no haga la vista gorda. Y lo mismo se puede decir del entorno de la Catedral, de esa calle Mateos Gago que prometió reorganizar siendo líder de la oposición, y de la Cuesta del Bacalao, donde la misma firma hostelera tiene la milla de oro de la verdadera unidad del PIB local:el velador. Toda terraza de veladores de la Cuesta del Bacalao ya se sabe de quién es mientras no se demuestre lo contrario. Del tío de las cachimbas, que ya no es Torrijos, sino aquel al que todos temían y se salvó otra vez… por la Campana.

El triunfo de la fritanga

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Horno San Buenaventura cerrado
EL día que cerró la tienda de Milano de la Plaza de la Magdalena, alguien decidió estirar la vida útil de la marca abriendo un Milano Copas en el mismo local. Cuando el Teatro Quintero vivaquea como puede, lastrado por la ruina de su dueño, alguien también ha decidido aprovechar las sobras de la tortilla para hacer un revuelto, por lo que ya tenemos el Quintero como bar de copas, con entrada libre hasta las tres de la madrugada, con sus lamparones encendidos en la puerta para atraer la atención del público. Que la finca tenga la catalogación de suelo de interés social y cultural importa muy poco en una ciudad que tiene asumido que el trago largo forma parte de ese concepto chicle que es la cultura. La misma ciudad que tiene igualmente asumido que los inspectores de Medio Ambiente son esos padres que lanzan el zapatillazo con cuidado de no agredir al pequeño bribón. Recuerden que estuvimos a punto de tener una cafetería en una de las azoteas de la Catedral.

Los poderes fácticos son los bares. Nadie puede con la infantería de la hostelería, que son los veladores. Nada extraño en una ciudad que vio cómo la popular cervecería de la Moneda se restauraba mucho antes que la propia Casa de la Moneda, monumento archicatalogado. Que la principal multinacional del pollo frito apueste con fuerza para hacerse con el local del antiguo Horno de San Buenaventura en la Avenida de la Constitución es la confirmación del repliegue que entidades bancarias, fundaciones y empresas hacen en las principales arterias de la ciudad. Es un éxodo hacia otros distritos, mejor comunicados y con menos turistas, que aportan poco en su cuenta de resultados.

La hostelería es el mar embravecido que va ganando terreno a la playa urbana de oleada en oleada. Y es una hostelería mediocre, franquiciada, dirigida desde los departamentos de expansión de Madrid, con olor a fritanga o a café en vasos de plástico tamaño XXL. Jamás se han tomado esos gigantescos cafés en Sevilla, pero todo pueblo débil se deja influir por hábitos ajenos con una facilidad pasmosa. Quizás sea porque Sevilla es la ciudad donde más se cita al prójimo a tomar café, pero donde ya no quedan verdaderas cafeterías. Cerrada Nova Roma, no hay un establecimiento donde tomar un café pausado a un precio más elevado que el habitual, pero con ciertas comodidades añadidas. No hay un café Gijón, como en Madrid, ni un Novelty, como en Salamanca. Tampoco queda rastro de aquel suntuoso Café Placentines que el propio Quintero fundó bajo su emisora de radio. No hay público que pague tres, cuatro o cinco euros, en función del horario, como ocurre en los parisinos Campos Eliseos, por un café bien servido con derecho a tertulia de larga duración. Probablemente Sevilla tenga la hostelería que se merece, una oferta de pollo frito en una Avenida que desde hace una década es la milla de oro de los cafés despersonalizados, un sector servicios degradado para que el turista se sienta como si no hubiera salido de su casa.

La Avenida de la Constitución de hoy es el triunfo de la fritanga. Empezó con el despropósito urbanístico de una peatonalización tan falsa como mal concebida, y termina por concentrar las ofertas de comida rápida y yogures exprés donde antes había bancos y negocios arraigados que aportaban el genuino valor local que, se supone, desea disfrutar el visitante. El entorno de la Catedral, principal monumento de la ciudad, presenta una oferta de comida marroquí, pizzas y pollo frito, que poco tiene que ver con la Sevilla de postal que genera el turismo. Aquí lo único originario que subsiste es el calor. Todo lo demás está embadurnado de vinagre de Módena. Por muchos ventiladores y aspersores que sean colocados, el calor, como el amor de la carta de San Pablo, todo lo soporta. Venga pollo frito de KFC. Y si falla el negocio, se abre el KFC Copas.

Tendría que venir el profesor Enrique Figueroa con su famoso medidor, que usa para calcular los grados que hace a la sombra o en los pavimentos, para que nos chive cuántos bares buenos quedan de verdad en el entorno del Alcázar y la Catedral. Probablemente, las muestras de la hostelería más genunina de Sevilla se encuentren ya en los barrios más que en el centro. Para ver Roma en Sevilla hay que ir a Santiponce. Y para leer una lista de tapas de toda la vida, a Nervión, Rochelambert o el Cerro. Sin un tío al lado que te pegue con la mochila. Y con un café con el tamaño de un café.

La perspectiva buenista en los veladores

Carlos Navarro Antolín | 26 de junio de 2016 a las 5:00

En los Reales Alcázares. Espadas mantiene una reunión con los organizadores del congreso ASTA agencias de viajes de EEUU
LOS veladores se reproducen. Como los manteros. Como los gorrillas en tiempos de Rojas-Marcos, el alcalde que creó aquellos vovis que eran parados con uniformes que ayudaban a aparcar a cambio de un donativo. Espadas debutó anunciando su intención de poner orden por medio de un plan de trabajo con los distritos para no recurrir al aparato coercitivo de la Gerencia de Urbanismo: “Queremos que se vea el tema desde otras perspectivas, no sólo de la que genera ingresos”. Tururú, señor alcalde. Primero, porque la teoría de la perspectiva suena a la equidistancia buenista que los políticos aplican a todo problema sensible. Un ejemplo: ¿La movida nocturna es molesta? El político de catálogo acude al manual de la corrección exenta de compromiso, que dicta en su lección primera: “Fórmese una mesa para ver el problema desde todas las perspectivas: jóvenes, empresarios de la noche, vecinos y fabricantes de destilados”. Y confundidos con tantas perspectivas ocurre como cuando uno se pierde en una bulla de Semana Santa, que te quitan la cartera… O te cogen el culo, ahora que se ven más culos que nunca en la Avenida de la Constitución. Pues al alcalde le han cogido lo que dijimos con los veladores. En un año se ha metido él solito en la bulla y nos quiere confundir con una notas de prensa que son un bacalao, un bacalao como el que Zoido inauguró en la cuesta del ídem, símbolo de la bacalá de gestión.

Segundo, porque al final Espadas ha tardado muy poquito en empezar a hacer lo que había que hacer, que es recurrir a los servicios de inspección de la Gerencia de Urbanismo, como revelan las campañas anti-veladores que periódicamente pregona el Ayuntamiento, pero el error está en que lo hace sin poner antes los medios adecuados. Sin hacer los deberes. Ha mandado a los inspectores a poner multas. Eso está muy bien, señor alcalde. ¡Adelante la infantería municipal contra unos abusos tan evidentes! Ocurre que las oleadas de multas suenan mucho, pero son estériles. Porque sólo hay un inspector por cada 1.800 veladores. La última batida anunciada esta semana proclama sesenta expedientes “en menos de un mes”, una cifra ridícula si se tiene en cuenta que Sevilla es una ciudad de 700.000 habitantes, más de 4.000 bares y más de 10.000 veladores legales (súmense los ilegales, que son legión). Todo resulta tan ridículo como aquel anuncio de atajar el problema por medio de bienintencionados planes a través de los distritos. Los distritos están muy bien para los talleres de aerobic, los cursos de cocina, la ventanilla para preguntar dónde se consigue un certificado del padrón y, sobre todo, para que un ramillete de concejales en tiempos de Zoido tuvieran la pedrea de un despacho oficial. Pero poco más.

Aquí la clave es meterle mano al organigrama de la Gerencia de Urbanismo para que haya una cantidad de inspectores suficiente y, sobre todo, para que haya personal de inspección por las tardes y las noches de los fines de semana. Vigilar los veladores a las diez de la mañana es como reordenar el trafico en la puerta de un colegio un diez de agosto. Para saber dónde están los abusos en asuntos de veladores no hay que recurrir a ningún distrito. Ni a planes especiales. Se trata de crear por fin el cuerpo de inspectores de la vía pública que debe tener una ciudad que vive tanto en la calle. Ha pasado un año de este gobierno y sólo hemos visto la calle Mateos Gago libre de obstáculos en Semana Santa o en tardes de vía crucis. Será que la Semana Santa es lo que mejor se le da a este alcalde que pone una vela en el altar de la derecha sociológica, en Roma rodeado de embajadores, curas y monjas, y otra en las carrozas del Orgullo Gay, jalonando la Avenida de fotos picaronas, que lo grave no es la carrera oficial de culos, tangas y correajes, que eso sí que es una mezcla de perspectivas. Todo muy edificante, señor Espadas. ¿Pero para cuándo la sombra en la Avenida? ¿Para cuándo las cláusulas sociales en los contratos públicos que impidan el uso de materiales duros y la obligación de tener en cuenta zonas de sombra para los peatones? Siga yendo a Roma y siga sembrando de culos la Avenida, pero coloque sombra, por favor. Por piedad.

Espadas le ha echado más valor a tirarle tierra al proyecto embrionario de la mezquita en Sevilla Este que a retirar los veladores en el centro o en la Buhaira. Será por la teoría sevillana de temer aquello que se conoce. Y el alcalde sabe que a esta ciudad le gusta estar sentada. El alcalde nos cuenta que la clave es tener pronto un jefe de la Policía Local, pero no nos dice que la otra clave pendiente (de Balbín) es triplicar los inspectores de la vía pública y hacer retenes de guardia los domingos y festivos, aunque para eso hay que fajarse con los sindicatos, negociar, trabajar, asumir riesgos, vivir tensiones, gestionar, gobernar en definitiva. A Rojas-Marcos le crecían los gorrillas y se inventó los vovis. A Espadas le crecen los veladores y se inventa unas batidas de multas de escaso valor, con pretendido eco, pero sin el efecto siquiera de un analgésico. Estamos igual que con Zoido. Hemos sustituido la melva por los culos. Ya lo avisó el alcalde. Había que cambiar la perspectiva.

San Fernando, la reconquista pendiente

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

Reportaje amplio de la cochambre en que está convertida la calle San Fernando: mesas, banderolas, mobiliario de los bares, anuncios abatibles.
NO es que Sevilla tenga un trozo de Cádiz dentro, alma de provincia hermana en cuerpo de capital. Es que tiene un trozo de Huelva dentro, de avenida de Castilla de la Antilla, valga la rima, cuando uno recorre la calle San Fernando, por la que ya no pasan cigarreras, pasa el que puede entre la cochambre de anuncios, calefacciones, banderolas, toldos, ceniceros, vallas, etcétera. En un reciente balance ha salido que en la calle San Fernando hay autorizadas 454 sillas y 133 mesas, una galería de caos, mal gusto, Benidorm sin playa, Matalascañas de fritanga en el último fin de semana de agosto, mercadillo de la hostelería que en lugar de calcetines oferta montaditos. San Fernando es la calle cutre de un centro cada día más cutre, la calle que mejor representa la chabacanización de la hostelería en una ciudad que debiera mimar su patrimonio y el sector servicios con el celo de un camarero chino, qué pesados fiscalizando a los comensales en todo momento para ver qué desean.

¿Y saben quién dio la primera voz de alarma sobre la mutación de San Fernando? La Universidad de Sevilla. Para que luego digan que la Universidad está muda y no cumple su papel dentro de la sociedad civil. El señor gerente de la institución académica protestó por escrito al Ayuntamiento en tiempos de Zoido, cuando en Urbanismo estaba el delegado Maximiliano Vílchez, con cara de recibir siempre el pésame por los pasillos del Ayuntamiento (“Lo siento, Maxi, no somos nadie. No hay quien haga cambiar los turnos de trabajo de los empleados de la Gerencia. Te acompaño en el sentimiento”), y un gerente la mar de emperifollado que formaba parte de los gerentes cucharas de Zoido: ni pinchaban, ni cortaban.

El gerente de la Universidad se quejó con buenas palabras de la mierda que generan los veladores de la calle San Fernando, porque los residuos de todo tipo acaban en la lonja los días de brisas, dejando hecho un estercolero el tramo comprendido entre la puerta principal del Rectorado y la capilla. Aquella carta de protesta estaba firmado por don Juan Ignacio Ferraro, que adjuntaba fotocopia de las ordenanzas municipales que obligan a los señores titulares de licencias de veladores a no ser unos guarros. Urbanismo abrió expediente. Y hasta hoy. Los cucharas ya no están, porque las urnas los mandaron a la Venta, que ya saben ustedes la hortaliza a la que está dedicada la venta más famosa de las redes sociales. Ahora está Antonio Muñoz, socialista que ha creado una comisión de veladores para que, como Lampedusa, todo siga prácticamente igual pero parezca que hay una frenética actividad. A mi Antonio Muñoz con los veladores me recuerda a aquella gestoría de jóvenes emprendedores que al entrar el primer cliente se pusieron todos a aporrear el teclado e hicieron subir los cafés del negocio de abajo con la voz del camarero diligente: “El desayuno de siempre, señores, aquí lo tienen”. El caso es parecer que se trabaja, que es mucho más rentable que trabajar.

La calle San Fernando es la Antilla sevillana sin Terrón, pero con Fábrica de Tabacos. De los cielos que perdimos a las calles que perdimos. Las agresiones de hace 50 años eran por las alturas, por los aires, con remontes y plantas que crecían al amparo del desarrollo urbanístico. Las agresiones de hoy son a pie, de infantería pura, invaden el espacio del peatón a base de crear un estilo de sangría azucarada y pies por lo alto, de erasmus asalmonetados, de auténticas carpas que son el campinplaya de los bares en un centro histórico que cuenta con las máximas catalogaciones patrimoniales. Tururú.

La Universidad no hizo pública aquella protesta. La carta de queja generó un expediente que se lo llevó el viento. En Sevilla todo se lo lleva el viento de matacanónigos. El gobierno cambió. Todo sigue igual. De los cucharas de Zoido veremos si no pasamos al pantuflerío de Espadas. San Fernando perdió la batalla en favor del tranvía, las bicis y un rosario de bares que han hecho buena la hilera de las casas que siempre decían que afeaban una zona que debía estar expedita entre los jardines del Alcázar y la Universidad. Entre col y col, velador. San Fernando ha mutado en la Antilla. Sevilla es una playa barata, una ciudad donde todo es susceptible de empeorar, un hotel de tres estrellas donde los clientes se conforman con el maltrato y su venganza consiste en mangar los jabones en lugar de protestar alto y claro. San Fernando era una calle preciosa hasta con aquellas casas, digna de la Vía Roma de Florencia. Ahora huele a cruasán y sólo le falta el negro con el expositor de gafas, pulseras y los elefantes de la suerte.