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El pregonero de la Torre Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 29 de enero de 2017 a las 5:00

El presidente del gobierno
DE querer tumbarla y revisar la licencia urbanística, a tratar de conciliar los intereses de ambas partes: los del Ayuntamiento y la promotora. De querer conciliar las posturas, a defenderla en San Petersburgo con bombo y platillo mediáticos. Y de defenderla en un auditorio internacional, a dar un paso más y alardear de ella cuando se es ministro. Juan Ignacio Zoido ha cambiado respecto a la Torre Sevilla más veces que lo ha hecho de nombre el propio edificio:Torre Pelli, Torre Cajasol, Torre Sevilla. No sólo ha acabado rendido ante la torre, postrado ante sus encantos, obnubilado ante su capacidad para ser un símbolo de la Sevilla moderna, sino que se ha erigido en el Atlas que sostuvo su arquitectura en sus duros inicios y que finalmente la hizo posible.

La política no es una noria en este caso, es una verdadera montaña rusa donde algunos no nos preguntamos ya por los barzones que un representante público puede dar sobre un mismo asunto en función de las circunstancias. Que los políticos cambien de opinión es una opción amortizada como el riesgo de error de los predictores del tiempo. Lo que muchos se han preguntado esta semana es qué necesidad tenía el actual ministro del Interior de sacar pecho por una obra en la que todos sabemos que anteayer no creía o que, al menos, la censuraba públicamente en foros de prestigio y cuya paralización incluyó en sus promesas electorales. Zoido ha pasado de querer ser verdugo de la torre a ejercer de pregonero de sus bondades cuando fue a inaugurar la nueva sede de una consultora. Ha ejercido de Solana con la OTAN: de hacerle ascos a ser su secretario general. La Pelli, de entrada no. El hoy ministro ha terminado revestido de vocero de lujo para proclamar las ventajas que el rascacielos ofrece a la ciudad.

Fue el periodista Ignacio Camacho quien, en presencia de Ruiz Gallardón, le preguntó a Zoido en un foro en 2011: “Perdone que le insista, ¿tiene pensada alguna medida concreta que tumbar?”. El ya alcalde se río y respondió:“Tenemos, tenemos alguna”. Y abundó sobre la torre:“Me parece un proyecto que hoy por hoy no tiene viabilidad económica”. Acto seguido planteó dudas sobre la licencia urbanística concedida por el gobierno de Monteseirín y apuntó a su revisión. Pasaron los meses, nada hizo. Javier Arenas le pidió un “gesto” de autoridad política para que se evidenciara su capacidad de mando en la ciudad, para que se percibiera la supuesta fuerza de un gobierno de veinte concejales. Arenas se lo planteó en un comedor privado, con miembros del partido como testigos. No había que demoler la torre, no hacía falta, pero sí hacer un “gesto” cuando aún estaba con andamios y a medio hacer. El alcalde nada hizo. Nada, salvo ir dando un giro de 180 grados que cristalizó cuando, siendo ministro del Gobierno de España, alabó el pasado lunes la torre como un símbolo del futuro de Sevilla que genera “empleo, riqueza y modernidad”. Usó, otra vez, el concepto comodín de “herencia” como salvoconducto para no hacer nada, para dejar edificar la torre, primero, y justificar con loas, después. Pocos dudan de que un magistrado de profesión no supiera de antemano que las opciones de parar la torre serían escasas y, por supuesto, muy gravosas para las arcas públicas. El caso era decirle a la Sevilla más conservadora aquello que quería oír en los días de la campaña electoral. Ya lo decía un viejo canónigo al que, siendo párroco en Nervión, le preguntaron por la obra en que se había metido sin tener el dinero garantizado:“Tranquilos, hacemos lo que debemos. Y ya deberemos lo que hemos hecho”.

El pregón de la Torre Sevilla que nos dio Zoido el pasado lunes tenía más ripios que uno que yo me sé. Tal vez el problema de fondo no sea el cambio de opinión, sino qué hace un ministro del Interior inaugurando los nuevos despachos de una consultora. Cualquier día el director de Asuntos Religiosos corta la cinta de una nueva carretera, el ministro de Fomento inaugura junto al Rey el Año Judicial y la ministra de Defensa acude a la entrega de los Premios Goya. Como ocurre en los pregones, todos le dieron un abrazo tras su discurso. El rito es así. En Sevilla hay demasiadas sirenas que cantan. Y terminan por confundir al ministro (Ulises) pregonero. Zoido es el Solana hispalense. Solano de las marismas, tú que alisas las Arenas (Javié).

El conserje del Colegio de Abogados ya no sabe qué decir a los letrados que piden que Zoido inaugure sus despachos. ¿Irá también a bendecir la nueva sede de Sanguino en la preciosa Casa Ybarra? ¿Y al nuevo despacho de Luis Romero en la Plaza de Cuba? A lo mejor nos suelta otros pregones y proclama la belleza de las setas de la Encarnación, lo bonita que está la Avenida de la Constitución con sus veladores y su canesú, y lo bien que está la calle Almirante Lobo con todos sus árboles talados. Seguro que la copa de los pregones de Zoido termina servida por… Robles. Al tiempo.

Dos años de mandato

Carlos Navarro Antolín | 20 de mayo de 2013 a las 18:00


Saber interpretar el momento actual es clave para cualquier mandatario. El de 2011-15 no es un mandato municipal para hacer nuevos puentes en la Cartuja, sino para que los autobuses municipales lleguen a su hora, aumenten la velocidad comercial y los conductores cobren sus nóminas el primer día del mes. El de 2011-15 no es un mandato para ventear el humo de grandes proyectos que se sacan al escenario como marionetas interesadas para distraer la atención o como munición de titulares entre administraciones, sino para que la calle Cuna deje de tener ochenta baches, se busquen inquilinos para los 150 locales de Emvisesa o las calles tengan un grado de limpieza aceptable que alivien la etiqueta de Sevilla como ciudad sucia. Este mandato no es para hablar de grandes rondas, ni para marear la perdiz de líneas del Metro imposibles ni para seguir agitando las aguas de un río del que varias generaciones de la ciudad están hartas ya de leer y oír que debe ser la calle ancha de la ciudad, sino para poner orden en cuestiones domésticas, tratar de que las calles no sean territorios preferentes para los veladores, que la Policía Local sea un cuerpo verdaderamente al servicio de los ciudadanos y que los parques sean espacios acogedores en los que conviven peatones, ciclistas y mascotas. El de 2011-15 no es un mandato para alharacas en el PGOU, ni para hacer periodismo ficción sobre megalomanías imposibles, ni para engañar al ciudadano con fuegos de artificio. Zoido cumple dos años de alcalde. En los últimos meses, con una intensidad notoria, han retornado las viejas prácticas de la política hueca e insustancial de los grandes proyectos, como si este gobierno quisiera responder de pronto a las acusaciones sobre la falta de modelo de ciudad. El alcalde no debería perder el horizonte que el mismo se fijó como objetivo: el funcionamiento de la ciudad. Ni más, ni menos. El momento actual no está para engañabobos del urbanismo que nace y muere en las infografías, ni para colorines de suburbanos imposibles, ni para grandes rehabilitaciones basadas en inversiones que nunca llegan. Habría que preguntarle a la delegada de Hacienda, Asunción Fley, por todas estas excentricidades con las que se pierde el tiempo en los plenos y la tinta en los periódicos. Sevilla parece cada vez más una de esas señoras de la alta sociedad venida a menos que va vendiendo casa por casa las joyas que algún día alumbraron su belleza. Y algunos, que aún la estiman con el corazón, le siguen la corriente para no contradecirla, le compran unos pendientes de perlitas para la primera comunión de la niña y le dejan con condescendencia que siga creyendo que su grandeza es aún recuperable.