Archivos para el tag ‘comercio’

¿La Alcaicería o la Antilla?

Carlos Navarro Antolín | 30 de mayo de 2016 a las 5:00

alcaicería
La ciudad está afeada por acción de los gobiernos o de los administrados, que no toda la culpa es de los alcaldes de turno y los lumbreras que los rodean. Hay calles del centro que son más horripilantes ahora que cuando gobernaban PSOE e IU, que fue la unión de dos partidos más mortífera para el patrimnoio histórico en una ciudad cuya economía pivota en el turismo. Descontamos al PP porque sencillamente no hizo nada con el casco antiguo: ni frío ni calor. Y escrito está que los tibios serán expulsados… en las urnas. Pero Monteseirín y su espíritu reformista erosionaron para siempre el conjunto histórico declarado de la ciudad. En algunos casos de forma irreversible. Algunos fines buenos, como acabar con la agresion que sufría la Catedral por la polución que generaban los autobuses, tuvo finalmente el efecto perverso de convertir la Avenida en uno de los lugares más inhóspitos para el peatón. Yfeos, muy feos. Los pavimentos de calles como Alcaicería o la Plaza de la Pescadería tornaron en cutres, de estética tan guarrindonga como esos aceros chorreados de la nueva arquitectura. A las acciones de los gobiernos hay que sumar las de los particulares, caso de los comerciantes que convierten una de las calles de más sabor del centro en un paisaje más propio de la Antilla. Quien saca un perchero y lo cruza directamente en la zona de paso de los ya de por sí sufridos viandantes demuestra carecer de sensibilidad, como también lo demostraron el tío que levantó la calle para colocar un firme tan asqueroso, los señores de la comisión de Patrimonio cuanto autorizaron el mamarracho de la calle Santander o el Ayuntamiento que sigue dando el visto bueno a tantos comercios de estética agresiva junto a los principales monumentos de la ciudad. ¡Qué bonita es la estridente Jabuteca a la vera del barroco del Salvados! Ve uno los jamones y se acuerda irremediablemente… de los cerdos.

Tres mujeres curadas de espanto

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2015 a las 5:00

curadas.jpg
SEVILLA es una ciudad en la que quedarse quieto da sus frutos. Y moverse es asumir riesgos. A Sevilla le encanta hacer el estatuario para que el toro de la circunstancia no acabe llevándosela por delante. La indolencia está en el escudo de armas de una inmensa mayoría. ¿Para qué hacer nada si cualquier empresa está condenada al fracaso? ¿Para qué afrontar un objetivo si el sanedrín de la ciudad lo hará desbarrar en la primera curva? ¿Para qué tratar de innovar si la fuerza de la postal acaba con cualquier novedad en las artes medianamente seria y bien concebida? ¿Para qué abrir un nuevo negocio si sólo triunfan los bares y la vara de medir universal es el montadito con guarnición de patatas fritas de paquete? ¿Para qué hacer nada si los agoreros del todo está inventado lanzarán las bolas negras? Es mejor hacerse el tonto en la ciudad donde hay más suecos por metro cuadrado. Es mejor no moverse, no dar pasos al frente. ¿Caminar? Siéntese en cualquier de los trece mil veladores, que la ciudad está para quedarse sentados. A Zoido, por cierto, se le ocurrió decir en la campaña que arreglaría los abusos de los veladores mediante la creación de una mesa formada por los representantes de los bares, los vecinos, la Gerencia de Urbanismo… Y cuentan que alguien advirtió:

–No, por Dios, no monte usted más mesas que ya hay 13.000… Quédese usted quieto.

Pues en la ciudad de los estatuarios hay de vez en cuando ciudadanos que piensan cómo hacer la vida mejor a otros sevillanos mediante iniciativas empresariales ejemplares, de las de medalla de oro sin necesidad de ser agradaores del alcalde de turno. Hay tres ciudadanas que, mientras unos ponen veladores y otros ya hacen cola ante Juan Espadas para no perder el tendido de sombra en la plaza del poder, han fundado una empresa que lleva por denominación Curadas de Espanto, S. L. Estas tres mujeres abrirán un comercio en la calle Francos que llevará ese mismo nombre. Las promotoras han viajado a varias capitales del extranjero para elegir bien los productos. Venderán ropa, enseñarán técnicas de maquillaje, darán charlas, habilitarán un espacio para la lectura, ofrecerán masajes y atenderán a personas que han demostrado en la vida estar ya curadas de espanto. El pintor Manolo Cuervo ha hecho el logotipo de un comercio singular.

Detrás del mostrador y junto a los clientes, sobre todo muy próximos a unos clientes tan especiales, habrá un personal cualificado para atender a esos ciudadanos que están curados de espanto. Las tres empresarias son la ex concejal Rosamar Prieto-Castro, Chiqui Domínguez y Marina Sanz. Las tres quieren que los pacientes de cáncer, mujeres y hombres, tengan un comercio donde comprar prendas y artículos específicamente pensados para sus circunstancias sin necesidad de sentirse estigmatizados. Ya es noticia que alguien en Sevilla reforme un local del centro para montar un negocio que no sea un bar. Si además esa obra, esa inversión, ese tinglado de licencias y esos viajes por el mundo para hacer las cosas con el rigor que requiere la causa, están proyectados para hacer la vida más fácil a quienes demuestran una capacidad de superación ante la adversidad, es para sentirse muy orgullosos de estas tres vecinas, de tres mujeres que representan la mejor sociedad civil de la ciudad, la que no está sentada ni juega al tacticismo de quedarse quieto y esperar las rentas, la que piensa en cómo hacer en definitiva un mundo mejor.

El doble tumor de la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 2 de mayo de 2015 a las 5:00

avenida1

Real Madrid
Maltratada por dentro y por fuera. Tiene el interior aquejado por el colesterol de las vallas. La gente se molesta con los cazafirmas que pueblan las calles y que obligan a ir dando nones. En la Catedral es peor. En la Catedral hay que dar explicaciones. Hay que ir convenciendo a las azafatas de la clausura –que son esas trabajadoras de abrigo largo tipo Doctor Chivago en los fríos de enero– para que descorran la cinta y te permitan el paso porque uno va a misa, uno va a unas bodas de plata en la Capilla Real, o uno quiere simplemente verle la cara a La Cieguecita, ¿pasa algo? Entrar en la Catedral tiene mucho de videojuego con fases en las que hay que superar distintos obstáculos. Cualquier templo de Sevilla resulta mucho más cómodo que una Catedral tan conservada con primor, como consagrada al turismo de pago con obsesión, con agentes de seguridad que responden al prototipo del cancerbero, aquel perro mitológico de tres cabezas que guardaba las puertas del… infierno. Alguno he visto que experimenta un verdadero placer en el rostro cuando no deja pasar a unos fieles. Se tienen bien aprendido el espíritu de la compañía: el turista paga, el fiel no.

La pobre Catedral tiene ese tumor interno de vallas que hace metástasis con el estilo agreste que incomoda al fiel que no pasa por taquilla. Ytiene un tumor externo que ataca su estética de Mercadante. Cerraron al tráfico la Avenida con la coartada de preservar su fachada principal de la contaminación. La piedra se ennegrecía por efecto de los escapes de los autobuses de Tussam. Por la Avenida ya no pasan los autobuses, pero hay que ver la cantidad de cosas que pasan que no son peatones. La piedra ya no se ennegrece. Ahora es la Avenida la que cada mañana aparece más afeada y se ha sumado al cinturón de mal gusto que rodea el monumento más importante de la ciudad. Un cinturón que aún puede seguir ahogando más la belleza gótica de un edificio aún más bello cuando llueve. Frente a la Puerta de San Miguel chirrían cada noche –horror de los horrores– las terribles luces azules del comercio chino de complementos para el móvil. Y muy cerca, una heladería con estruendo interior de luces verdes que parece una tortuga. Nuevos negocios, nuevas agresiones. Mateos Gago es la Benidorm de Sevilla, ciudad de veladores. Placentines huele a pizzas y comida marroquí. Y la Avenida es una cochambre a cuyo lado hasta las urgencias del Macarena son un ejemplo de orden.

Ni las comisiones provinciales de patrimonio, ni las locales. Ni los delegados de Urbanismo, ni los planes especiales, ni nada por el estilo. Tienen la misma utilidad que el regalo de recuerdo que los novios dan a sus invitados. Como dijo Arenas tras cinco intentos para ser presidente de la Junta: “Tó pa ná, tó pa ná”. El chino le da al botón cada noche y aquello es el alumbrado de la portada del Nacimiento. Ni un club de alterne de carretera llama tanto la atención. Y se quejaban de los autobuses de Tussam. Tan bellos ellos, con ese color cítrico de fruta del Patio de los Naranjos. Lo dicho: tó pa ná.
Real Madrid

Sevilla, ciudad de tanatorios

Carlos Navarro Antolín | 29 de enero de 2015 a las 5:00

CALLE SANTANDER
SEVILLA es la ciudad donde sale más barato destrozar el caserío centenario y levantar mamotretos en el conjunto histórico declarado. El delito de prevaricación no existe cuando la Comisión Provincial de Patrimonio emite dictámenes que avalan la construcción de edificaciones como tanatorios a cincuenta metros de la Torre de la Plata y de las Atarazanas. Aquí se talan árboles porque no dejan contemplar la Torre del Oro, pero se permiten edificaciones de nuevo rico sin que nadie, absolutamente nadie, se plantee si incurren en un excesivo vuelo de la fachada, en una alteración de la trama urbana o si, simplemente, atentan contra la concepción estética de un casco antiguo que se supone vital para la captación del sacrosanto turismo, una actividad que genera el 12% del Producto Interior Bruto de la ciudad. Brutos, brutísimos, tienen que ser los miembros de la Comisión de Patrimonio de la Consejería de Cultura que han bendecido una nueva construcción tipo tanatorio o parroquia pos-conciliar en la calle Santander, donde dan ganas de preguntar por las salas de velatorio o por la próxima reunión del movimiento neocatecumenal.

La susodicha comisión tiene la obligación de tutelar la conservación del conjunto histórico declarado (risas en off), pero a la hora de la verdad sólo derrocha valor para impedir que el Ayuntamiento traslade la histórica fuente de la Plaza de la Encarnación a un lugar más digno como la Plaza de la Contratación. Tiene cuarto y mitad de cinismo bien despachado que la misma comisión que avala el Metropol Parasol se preocupe luego de que la fuente de la plaza continúe en su lugar original para no sacarla de contexto. Hablar de cambios de contexto en la Encarnación es invocar a María Luisa… qué risa.

En esta ciudad se revientan las sacristías de tres siglos de antigüedad con paneles de pladur, se derriban casas del XVII y del XVIII con la coartada de mantener las fachadas-pastiche, que nos hemos hartado de practicar la política de mantenimiento de fachada y primera crujía como placebo; se protege la arquitectura de la desubicadora calle Imagen, que lo mismo podría estar en Avilés, Getafe o Sabadell; se levantan las losas de Tarifa y los adoquines para colocar pavimentos resbaladizos o que se resquebrajan con el simple paso de los coches de caballo (qué olores). En Sevilla sale muy barato destrozar el patrimonio porque las órdenes de restitución tienen menos fuerza que un montadito de negocio franquiciado.

Nunca una ciudad que vive tanto del casco antiguo, del turismo y de la hostelería, cuidó tan mal sus monumentos, destrozó su conjunto histórico declarado y tragó tanto con bares de paelladores y pizarras de colores que poco o nada tienen que ver con la leyenda de la ciudad de las tapas. Esta ciudad protege la calle Imagen y ahoga la Torre de la Plata. Levanta las setas e impide el traslado de una fuente. Y por contaminación paisajística debe entender el humo de las chimeneas, porque los alrededores de la Catedral están más próximos a Benidorm que a la estética de Mercadante. Sevilla, ciudad de tanatorios. El duelo despide en el tanatorio de la Torre de la Plata.

Pulido, salvemos el bazar Victoria

Carlos Navarro Antolín | 18 de septiembre de 2014 a las 5:00

BAZAR VICTORIA

DICEN que hay riesgo de cierre por el vencimiento del alquiler y que hay que salvarlo. No podemos perder el comercio que mejor aúna la estética con la funcionalidad. Tiene la primera posición en la guía apócrifa de los establecimientos útiles de Sevilla, no los de tanta pantomima de decoraciones para el hogar (diga menaje y quedará chachi) con chirimbolos que no sirven absolutamente para nada. Que tire la primera piedra (o tale el primer árbol) el que haya comprado una televisión para la pared y se haya quedado sin colocarla por no encontrar la alcayata adecuada y, al final, haya resuelto el problema con una visita al bazar Victoria de la calle Entrecárceles. Allí estaba esa alcayata, y no otra, que usted necesitaba el sábado por la noche para estrenar su televisión digital sin esperar al lunes. ¿Y cuántas veces se hartó de llorar cortando cebolla en la cocina de su casa y maldijo el día en que no aceptó la oferta para comprar unas gafas especiales para no llorar mientras se corta cebolla? Desconfiado, que pensaba usted que aquel amable dependiente sólo quería endilgárselas porque sí.
¿Ratones en su casa? En el bazar Victoria tiene usted las trampas de madera, las que no fallan, donde coloca su mendrugo de payoyo y caen a pares, por sus dos agujeritos, dos. ¡Zas, dos ratones menos en la ciudad de las ratas! Trampas para ratones de eficacia probada, trampas baratísimas, utilísimas, sin necesidad de productos químicos, trampas para ratones nada menos que a cincuenta metros del Ayuntamiento. Qué cosas, qué proximidades.
¿Su cuñado achicharró la rejilla de la barbacoa? De todos los tamaños las tiene usted en el bazar Victoria, donde se fijaron los tíos pelmazos de la televisión en los años noventa para inventar aquella insufrible teletienda de vendedores con estética de Artur Mas colocando aspiradoras que se movían solas, como serpientes cobras para penetrar a fondo en estanterías y debajo del sofá. Qué miedo, quítame esa bicha.
Dicen que el contrato de arrendamiento del bazar Victoria se acaba en unos meses. ¿Y quién es el casero? Tachán, tachán. Don Antonio Pulido, ese hombre, el que da de comer en su casa a los obispos, obra de misericordia. El mismísimo presidente de la Fundación Cajasol, al que ahora le han endilgado el muerto de buscar arrendatarios para la Torre Pelli en la ciudad de los miles de locales vacíos. Ante semejante encomienda sólo cabe hacer como el lobo: “¡Auuuuuuuuuuu!”. A Pulido le han encajado el marrón de darle vida a la Torre Pelli, que eso sí que es un chisme inútil y no las gafas de cortar cebollas sin llorar. Pulido tiene ante sí la oportunidad, o tempora, o mores, de devolverle a Sevilla lo mucho que Sevilla le ha dado a él. Porque Sevilla le ha dado a Pulido, ¿verdad? Exhortamos a Pulido a que renueve ese contrato de arrendamiento para que el bazar Victoria siga haciéndole la vida más fácil a tantísimos sevillanos, con esa eficacia y amabilidad de sus dependientes que ya quisiéramos en los establecimientos de cadenas nórdicas donde se hartan de vender velas inútiles para el cuarto de baño o farolitos para mesitas de restaurante sin manteles, trapos de cocina y cojines, muchos cojines de colores tristes como para un NH diseñado por Vázquez Consuegra. Hay dos establecimientos en Sevilla donde uno aún no ha puesto un pie en el sitio y ya le están atendiendo: El Tremendo y el bazar Victoria.
Rogamos a Pulido que permita que el bazar Victoria siga proveyendo a los sevillanos de peroles, perchas que no necesitan taladros, picadoras, tostadoras, espumaderas, tendederos, tablas de planchar, mil tipos de tornillos, alcayatas y espiches, utensilios para la repostería, los bares y los amantes del vino; paelleras, morteros, pinzas para quitar las espinas del pescado, moldes para empanadillas… Que no arrample con este establecimiento para ampliar la ya de por sí suntuosa y suficientemente espléndida sede de la fundación para ese museo valiosísimo que se proyecta pero que después sólo visitan los turistas y cuatro sevillanos de guardia.
Muy cerquita ya perdimos el Laredo de la forma más dolorosa, convertido en el recibidor de la finca Ambiciones, que el sufrido busto de Cervantes aguanta que le pinten los ojos, que le apaguen las colillas en la gola y que le pongan el botellín vacío de Cruzcampo junto a la boca, pero aún recuerda Don Miguel que no sabía dónde mirar el día que subieron al Laredo de pastiche aquella lámpara de chalé de constructor antes de la crisis. El bronce del Príncipe de las Letras era una psicofonía doliéndose como cierta alcaldesa: “Qué horror, qué horror”.
Más de cien años de historia contemplan el bazar Victoria. La Fundación Cajasol no se puede permitir ser su verdugo, no debe consentir que en un radio de cincuenta metros se produzca un segundo atentado. Pulido tiene ante sí la oportunidad de poner en práctica la cacareada responsabilidad social corporativa. Y sin salir de casa, sin molestar al chófer y sin gastar teléfono. Si los sevillanos nos quedamos sin comprar trampas para los ratones en el bazar Victoria, la culpa será de Pulido. Menuda rémora.
BAZAR VICTORIA

La sorpresa de una buena rehabilitación

Carlos Navarro Antolín | 20 de julio de 2014 a las 5:00

rehabilitación
No todo son plazas duras donde la sombra ni está ni se le espera, que resulta increíble que nadie pensara en la sombra cuando la gran reforma urbanística de la Avenida como sí se pensó con la agradable pérgola del Paseo de Cristina. No todos es fachadismo hipócrita que respeta hasta la primera crujía para recibir la bendición de la Comisión de Patrimonio y arrasar luego con todo lo demás. No todo es pastiche, ni iglesias barrocas reconvertidas en un NH. No todo es la puerca pizarra, ni materiales con estética de óxido que lo mismo ensucian el paisaje del río en restaurantes de cristal que hasta las fachadas de las nuevas casas de hermandad. No todos son farolas de cuarto de baño de nuevo rico, ni bancos de paseo marítimo de aquellos años de concejales de Urbanismo gestionando el presupuesto desde lo alto de una carroza, ni proyectos de azulejos impostados en la zapata trianera rebautizada como malecón por la novelería hispalense, ni ese mininalismo de nuevo cuño revestido de modernidad, ni esa afición por lo oscuro en la ciudad de la luz, ni esas casas del área metropolitana con tejados propios de Cantabria, como si aquí lloviera como en Santander y viviéramos entre vacas tudancas. No todo es eso. Hay casas bien rehabilitadas en el centro de Sevilla, como hay comercios arquitectónicamente modélicos como Abrines o la Joyería Reyes. Sevilla es una ciudad que no ha tenido el mínimo tacto para conservar el caserío del XVII y XVIII, que ha tomado asiento en la butaca de la indolencia ante verdaderas atrocidades y que ha tildado de inmovilista cualquier defensa del patrimonio histórico-artístico realizada con criterio y sensibilidad. Hace pocos días ha concluido la obra de rehabilitación de una casa realizada con sensatez, con respeto a los colores y a los huecos de fachada, incluso con el detalle de conservar uno de los escasos y preciosos azulejos publicitarios que quedan en el casco antiguo, en este caso el de Rioja Palacio. Una intervención sin histrionismos, sin alardes, sin licencias propias de divinos enlutados. Se trata de la casa ubicada en la esquina de Muñoz y Pabón con Almirante Hoyos, muchos años en desuso y en la que ahora hay una peluquería donde antaño hubo un negocio de antigüedades. Una peluquería que, por cierto, ha tenido el buen gusto de no emplear rótulos ni irreversibles ni agresivos, lo que prueba que es perfectamente posible la convivencia entre la estética de un negocio moderno, que apuesta por un estilo de autor, y las líneas arquitectónicas de una casa del XIX. No se ha reinventado donde sólo cabía respetar, no se ha reinterpretado donde sólo cabía conservar. Dejen la pizarra para las aulas, el negro para los entierros y planten árboles, que son buenos para todo tipo de pájaros, sobre todo para los que vuelan. Y pían.

Los chinos también cierran por vacaciones

Carlos Navarro Antolín | 17 de julio de 2014 a las 5:00

Chino vacaciones
Se cayó el mito. Se nos rompió el amor. Se vino abajo el quiosco. Nos caímos con todo el equipo, el titular y el suplente. Se rompieron los pedestales de las estatuas más sólidas, se torcieron las farolas de las calles y se derritieron las velas de las promesas. Todo era mentira, fatuo, impostado, hueco, estéril y blando. Todo era una mentira o una verdad con jirones. Todo fue un suspiro, un hálito y un visto y no visto. Horror, pavor y pánico, trío de sensaciones que oprimen el pecho.

-Respire, respire hondo.

Se apagó la lamparilla que siempre estaba de guardia, se le acabó el aceite. Adiós a la anhelada tranquilidad, adiós a la pretendida garantía de tener siempre un templo abierto para las necesidades a deshoras, adiós a los turnos de guardia perfectamente cuadrados. Se acabó. Se apagó la luz encarnada de la capilla sacramental del comercio. Hay chinos que se cogen un mes de vacaciones. Los chinos también echan la persiana. Los chinos se han romanizado. Treinta días de asueto, treinta días sin garita donde comprar el pan rallado, la harina o la bolsa de hielo de urgencia, treinta días sin ver al gato levantar una y otra vez el banderín de fuera de juego, treinta días sin contemplar esas corbatas atornasoladas para las funciones principales de los barrios, treinta días sin disfrutar de los lunares negros de esos perros de porcelana que se regalan en las despedidas de soltero para cabrear a la novia, treinta días sin esos sobres de jamón york a los que hay que mirar siempre la caducidad, porque al chino, so desconfiado, se le exige más que a los grandes almacenes; treinta días sin esas miradas escrutadoras cuando el cliente recorre los pasillos, treinta días sin esas respuestas tan monosilábicas como eficaces, treinta días en los que se ha desmoronado todo lo que era sólido. Hay chinos que tienen un mes de vacaciones. Su fuerza no es eterna. Fuimos felices mientras ellos parecían de otro planeta. Nos hemos hecho mayores. Podemos seguir creyendo en los reyes magos. Pero ya no tanto en los chinos. Roma siempre gana. Como los alemanes en el fútbol.

Etiquetas: , ,

El comercio cangrejea

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2014 a las 5:00

SEVILLA, 03/02/2014.
Hay calles malditas con locales malditos en los que el rosario de negocios caídos está en la memoria colectiva. Hay calles traseras, con aspecto de traseras, olor y hedor a traseras y estética de contenedores destapados y gatos rabiosos en las que nadie sabe cómo hay bares y tiendas que triunfan. Estos negocios llevan años abiertos y con una demanda de clientes considerable a pesar de estar ubicados en calles donde todas las puertas parece que son la de atrás. Hay grandes avenidas por las que pasan miles de peatones a la hora, pero donde no se vende un bollo por más pizarras abatibles que el dueño coloque en la vía pública como mojones en una carretera comarcal. En años de crisis y en cuestiones de comercio se cumple el aserto de que los ricos son más ricos y los pobres más pobres. Madrid y Barcelona arrasan. Y en particular, las principales calles de Madrid y Barcelona son las que engullen las posiciones de privilegio del ránking nacional. Entre las dos grandes urbes se llevan los ocho primeros puestos. Para Valencia queda el noveno con la calle Colón. Y Sevilla ha estado a punto de abandonar el top ten por primera vez, donde se agarra al asidero del puesto décimo con Tetuán. Hemos cangrejeado como vulgares capillitas ¿La causa? Las grandes firmas se vuelven muy conservadoras, no asumen riesgos y prefieren apostarlo todo a las principales calles de los grandes núcleos de población. Son inversiones infinitamente más caras (entre 240 y 160 euros el metro cuadrado en alquiler) pero con una garantía mayor a la hora de asegurarse un retorno de la inversión. ¿Se entiende ahora que otras calles no levanten el vuelo? En Sevilla lo único que ha abierto en plena Plaza Nueva desde que estalló la crisis es un bar de montaditos y la adoración perpetua de San Onofre, donde monseñor Asenjo confiesa todos los lunes a primera hora. Con la desaparición de las paradas de Tussam se acabó el bombeo de clientes. En la mayoría de locales hay telarañas empadronadas. Mientras tanto todos los bajos de ese eje privilegiado de Tetuán, Velázquez y O’Donnell están ocupados, nutridos por el efecto llamada de los grandes almacenes, de las paradas de Tussam del Duque y de la recuperación hace ya dos años de la máxima penetración de autobuses urbanos hasta la Campana. Los atractivos turísticos permanentes también se apuntan como vitales para fortalecer el comercio, así como una oferta internacional de moda, lo que ayuda a la captación de las grandes firmas. Sevilla lo tuvo al alcance de la mano hasta pocos años, con una Plaza Nueva convertida en la gran milla de oro de esas primeras marcas de pasarela. Ahora sólo queda la firma tradicional de caballeros del también caballero O´Kean, que se acerca ya a los 60 años de apertura. Lejos, muy lejos, ha quedado Sevilla de tener alguna calle como el actual modelo barcelonés del Paseo de Gracia, donde rusos y japoneses navegan en el cuerno de la abundancia, libando carbónicos y jamando productos de gourmet.
El último informe de la consultora catalana de Jordá deja claro que cuanto mayor es la crisis, más notable es la fuerza de un número cada vez más reducido de calles. Ni el estar entre las 50 calles principales de España le sirve a la de Sierpes (puesto 37 con un alquiler de 70 euros al mes por metro cuadrado) para tener todos sus locales ocupados. La única alternativa es tener esa capacidad para oler el negocio en un local de calle trasera por mucho que los sesudos informes digan lo contrario. Que se lo digan al del adobo de Blanco Cerrillo. O a Javier Sobrino, donde el personal no tiene reparos en meterse en un pasaje y en bajar y subir escaleras para comprarse ropa aun habiendo establecimientos a pie de calle. Valor añadido, le llaman. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, por no alejarnos del espíritu de San Onofre. Mientras tanto los irlandeses de Primark siguen buscando posada en un centro comercial. Ni accesibilidad, ni fenómenos de concentración, ni lanzaderas, ni peatonalizaciones. El olor a adobo atrae mucho más que el selecto carbónico servido en altos vidrios. Y no provoca gases, si acaso acidez. Pero eso es ya otra historia.
SEVILLA, 03/02/2014.

Trilogía de novelería sevillana

Carlos Navarro Antolín | 17 de noviembre de 2013 a las 5:00

BARES EN EL MERCADO DE TRIANA
En Sevilla nos da por una cantinela y no paramos hasta que nos aburrimos de la música y tiramos la corneta por el retrete, vocablo en desuso donde los haya. Cuanto mayor es la crisis, mayor es la afición por los productos gourmet. Cuanto más intensa era la decadencia del Imperio, más altas las estatuas de los romanos. Será por eso que Sevilla tiene mucha Roma dentro. En el mercado de Triana hay ya tal oferta de productos gourmet, con gintonería incluida, que no ha hecho ninguna falta que se abra el mercado pijo de la Lonja del Barranco, del que Zoido espera un canon anual de 230.000 euros del ala, que no es lo mismo el ala que la chistera cuando se habla de tocados. Puesto a puesto, Triana tiene ya su mercado gourmet con todos sus avíos, que parece aquello el de San Miguel de Madrid en el que inspiró Monteseirín en uno de sus viajes a la capital. La espera para coger mesa un sábado a mediodía en el mercado del arrabal es de órdago. Triana ha inventado el gourmet popular, sin cánones que apoquinar, sin pliegos de condiciones, sin maniobras forzadas para cambiar los usos urbanísticos de la parcela, sin pronunciamiento de la Comisión Provincial de Patrimonio.
El mercado gourmet de Triana ha nacido y nadie sabe cómo ha sido. O sí. Ha sido espontáneamente, como espontáneamente monta la gente su carrera oficial con las sillas de los chinos en Semana Santa en Tetuán, en Velázquez y en la Plaza Nueva. Pues igual. Y venga a comer el personal raciones de sushi y ostras a la vera del Pasmo. La novelería es la mano negra de Adam Smith que mueve las modas en Sevilla, está claro. A los productos del gourmet le han seguido las alfombritas de césped artificial en las entradas de bares y restaurantes. No hay establecimiento que se precie que no tenga sus veladores (inclinación reverencial de cabeza) sobre un entarimado verde como si de un campo de golf se tratara, ya sea en comercios del Hotel Inglaterra, en Muñoz y Pabón, en Candilejo, en Adriano, en Álvarez Quintero… La marea verde de las alfombritas se expande a la velocidad a la que un día lo hicieron los adosados del Aljarafe, en silencio, como mancha de aceite virgen extra, sin ruido. En la ciudad de las sequías y los canales almohades para transportar el agua, colocamos lonas y más lonas de césped artificial encima de los adoquines, del granito y de las losas de Tarifa, como si Sevilla fuera una ciudad de lluvia norteña, de verdes cántabros con paisajes de vacas tudancas y sabor a anchoas de Santoña. Un verde que enseguida se llena de porquería, colillas y otras suciedades, pero que cumple el objetivo de dar lustre al local si se mira de lejos. Será por aquello de que a ciertas alturas las pisadas de bueyes parecen molduras. Mantengamos la esperanza de que un día florezcan los árboles para dar sombra de verdad en la Avenida y en la calle San Fernando.
Y la tercera moda son las tiendas que venden cigarrillos de vapor para dejar el fumeque. Las tienen ya en las calles Velázquez, donde estaba el originario Palacio del Fumador, sublime contradicción o ironía del destino; en Alcaicería y en Puente y Pekín, perdón Puente y Pellón queríamos decir. En los años ochenta florecían las boutiques promovidas por señoras de buena sociedad, señoras de tardes en la Nova Roma del té que perdimos para hacer de aquel símbolo hostelero del barrio de Los Remedios un negocio franquiciado de botellines. Y con el siglo ya entrado lo que se abren son muchos chinos, muchos bares y muchos comercios de cigarrillos de vapor con las indemnizaciones de los despidos. Hasta hay chinos de complementos para el móvil que también ofrecen el falso cigarro para espantar la ansiedad. Lo del vapor sí que tiene tirón en Sevilla, la ciudad donde los mil y un proyectos que un día nos vendieron se evaporaron en el horizonte azulado como el globo perdido de un niño en la tarde del 5 de enero. Pero sin ilusión.
CESPED EN LA ENTREDA DE BARES

La dama envejecida de Asunción

Carlos Navarro Antolín | 28 de noviembre de 2012 a las 5:00


Se acabó la Nova Roma. Y tanto. Pegó el cerrojazo el acudidero de las señoronas y parece que a la calle Asunción le miró un tuerto desde aquel día. Ya van por quince los locales de escaparates con papeles de periódico y letreros fluorescentes con los teléfonos móviles de los corredores de fincas, que antes tenían una larga lista de pretendientes y ahora tienen en su agenda media Sevilla para alquilar y la otra media para arrendar. Se acabó la Nova Roma y llegó a paso lento la decadencia con el peligro sordo del colesterol, que ya sabe usted que no avisa. Asunción ahora es más habitable, según el adjetivo monteseirinesco preferido, pero los niños que juegan a la pelota no consumen. La ciudad de las personas… que no consumen, pero que se hartan de pasear. Poco hay más sevillano que pasear, que es de gorra. Al perro flaco de una Asunción sin Nova Roma todo son pulgas: la peatonalización, la crisis, el envejecimiento del barrio… O se ven abuelos, o se ven abuelos con nietos. La edad media está como la clase media: cada día más desaparecida. La generación que tenía en Los Remedios de los años 90 un referente del ocio nocturno, que iba a Las Riendas, que consumía la ensaladilla a 25 pesetas en el Tendido Cinco, que probaba los chupitos de extraños colores en el Ferrari para horror de los vecinos de Madre Rafols o que poblaba la placita del Fresa las noches de los fines de semana, está ahora en la diáspora del Aljarafe o en otros distritos mucho más cómodos y mejor comunicados, desde donde se sale en coche de la plaza de garaje, se aparca de balde en el centro comercial y se regresa en coche de nuevo a casa. Los Remedios es un barrio viejo con Metro pero sin Catedral. Con mucho cofrade, pero sin cofradía. Se acabó la Nova Roma. Ya no se ven cigarreras por la calle San Fernando, ni coches en doble fila recogiendo los chaqués en Ibáñez, que viste al pregonero de la Semana Santa mientras siga existiendo el Pregón… Ojú, el Pregón. Los niños pueblan las tardes de una Asunción low cost. No consumen, pero son la esperanza. Sin consumo no se sale de la crisis. Sin niños no hay mañana. El Imperio Romano cayó. No iba a caer la Nova Roma… Unos pregoneros vienen y otros van, Ibáñez siempre está. Como Asunción, una dama envejecida amortiguada por los niños. Tenga cuidado que de tanto mirar locales vacíos se ha metido en el carril bici…