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Helada en Interior

Carlos Navarro Antolín | 10 de enero de 2018 a las 5:00

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Gregorio cayó en la trampa invisible de las redes. Pecó de incontinencia. Serrano perdió la oportunidad de quedarse en silencio. A las 08:08 escribió un mensaje con un tono retador, un tuit que puede tener el efecto en un harakiri político. En menos de una hora, los chats internos del Partido Popular eran un hervidero. Se desataron las iras contra el director general del Tráfico. La gestión de la nevada es defendible, los arriolos fabrican argumentarios válidos para casi todo y los hacen llegar de inmediato a los tertulianos. Pero el tono, ese elemento suprasegmental del lenguaje que se enseñaba en el extinto COU, es difícilmente plausible cuando se emplea como lo hizo ayer el ex concejal sevillano. Sobre todo porque comenzó pidiendo disculpas –lo que parecía todo un acierto– y acabó envolviéndose en la bandera carmesí de la ciudad, lo que resultó nefasto para su proyección política. Ese tuit ha dejado al director de la DGT en la cuerda floja entre los suyos, entre la militancia del PP que debe arroparle. Y, sobre todo, ha dejado en jaque al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, que quiere a Serrano como a un hijo. Ni la polémica por el piso en el arranque del mandato dejó a Serrano en una situación tan delicada como la actual. En aquella ocasión se cebaron con él. Hubo saña. Pocos salieron (salimos) en su defensa ante un ataque basado en acusaciones frágiles y retorcidas.

Era defendible hasta cierto punto pasar el día de Reyes en casa, al igual que la Junta defiende que sus funcionarios pueden trabajar en las suyas para cumplir las sentencias judiciales. La tecnología ofrece todas las ventajas para la conciliación de la vida laboral y familiar. Quizás el director de la DGT sí debió evitar que el ministro estuviera en el palco del Sevilla-Betis a la misma hora en que miles de coches estaban varados en la nieve. Alguien tenía y tiene que hacer de Pepito Grillo con un Zoido con una querencia indisimulada para darse el piro de Madrid a la mínima oportunidad. Serrano se equivocó bien temprano, precisamente cuando se deben tener las ideas más claras. Y ha provocado una helada en Interior, le ha creado un problema a su principal valedor. Ha encendido el partido en un momento de debilidad manifiesta, con Ciudadanos disputándole al PP la hegemonía del centro-derecha español.

En Madrid hay quien ha aprovechado para ir a la caza del sevillano. Son los ajustes de cuentas de siempre por los prejuicios con todo lo que huela al sur, da igual que sea el director de la DGT, la presidenta de la Junta o un torero que viene de triunfar en la Real Maestranza.

Serrano no ha dejado de pagar impuestos, no se le ha sorprendido en una gasolinera con material políticamente inflamable, no ha participado en ninguna organización criminal, ni tiene una colección de visones para su mujer con cargo al erario público. Tampoco se ha llevado a familiares a viajes de Estado. Ni se ha metido a contramano contra la todopoderosa ideología de género, ni le han hecho una fotografía polémica sentado en el sillón del betunero del Palace. Pero, ay, ha empleado un tono retador en plena crispación nacional después, además, de no haber estado afortunado al apuntar a la negligencia de los conductores entre las causas de los problemas generados pro la nevada en la AP-6.

Tal vez olvidó que su jefe –precisamente su jefe– exhibe continuamente su frenética actividad pública en las redes sociales: fotos en el avión, fotos en actos sociales del contenido más variado, fotos saliendo del Ministerio los viernes por la mañana camino del consejo de ministros, fotos de reuniones en el salón presidido por el retrato de Eduardo Dato e, incluso, hasta una foto en una cena en casa de su amigo Benito Navarrete. Zoido ha convertido el Ministerio del Interior en un escaparate de sus acciones como no hacen otros ministros. Estilo propio se llama. Tal vez sólo por eso se debía prever –precisamente en coherencia con la línea de comunicación que ha seguido el Ministerio, llamémosla así– una fotografía de algún responsable de Interior en la sala de control de la DGT el día en que comienza la operación retorno de miles de españoles. ¿O no se sabía con tiempo que ese día se produciría el desplazamiento de miles de ciudadanos por las carreteras? Pues con la misma precisión que se sabe que el Domingo de Ramos cae en domingo.

El tuit de Serrano ha tratado de buscar en legítima defensa el punto débil del argumento de sus atacantes: su condición de andaluz que vive la vida con sana alegría, su condición de cofrade sin complejos, e incluso su afición a los toros. Pero Serrano erró en el tono. Hasta vicesecretarios como Maroto le afearon ayer públicamente su falta de humildad, prueba de la fuerte contestación interna que ha provocado su airada reacción en Twitter.

Quizás, de nuevo, se comprueba que Serrano no es un político al uso. No es alguien criado en el aparato desde joven. No necesita de la política para mantener su nivel de vida. Está en ella por vocación y, sobre todo, por amistad y lealtad con el jefe, Juan Ignacio Zoido. Serrano forma parte de ese círculo de confort del ex alcalde de Sevilla y hoy ministro del Interior. De carácter muy sociable y con un agudo sentido del humor, Serrano supo ganarse la confianza de Zoido a su llegada al Ayuntamiento cuando lo tenía todo en contra, pues Serrano venía de ser el favorito del líder anterior, Jaime Raynaud, un solvente y veterano diputado autonómico que controla los áridos temas de urbanismo como pocos políticos pueden presumir. Pasó de ser el favorito de uno a serlo de otro tras pasar su particular travesía del desierto. A Serrano le cuesta el dinero su condición de político, casi tanto como terminar de aprender ciertas normas del orden políticamente correcto y, sobre todo, del sentido de la oportunidad. No era el momento de parapetarse en la ciudad de Sevilla. Bastaba con pedir disculpas desde el principio, como cuando se produjo la bajada de guardia del gobierno del PP en el Ayuntamiento en la Madrugada de 2015, cuando hubo cofradías arrasadas y la cúpula del ejecutivo local estaba desaparecida. Una disculpa rápida, a tiempo, es la mejor defensa. La más certera. Una foto en un palco de fútbol cuando hay miles de conductores atrapados en la nieve es un tiro en el pie. Un tuit inoportuno puede marcar el final de una etapa en la política de hoy. La culpa no es de la nieve. Ni de los Reyes Magos. Ni de ser de Sevilla. La culpa es del tono empleado en una política fuertemente marcada por la comunicación y estrechamente condicionada por el márquetin. En la política de hoy se puede gestionar mal e incluso trabajar poco. Se puede hasta robar, que casos hay de indultos en las urnas de políticos más que sospechosos. Pero el personal no perdona el tono indebido después de una jornada de desatinos múltiples con tal de no pedir disculpas desde el principio. Y eso que Serrano es de largo el miembro del equipo de Zoido que más trabaja, el que más se pringó en la etapa municipal con el ERE de Mercasevilla y las disoluciones de Sevilla Global y la televisión local. El que sufrió pintadas en su casa. Pagó cara su etapa municipal.

La foto esta vez era la del ministro metido con los pies en la nieve junto a su director general de Tráfico y su jefe de gabinete mientras reciben las explicaciones de la Guardia Civil y de los altos mandos de la Unidad Militar de Emergencias. Alguien, otra vez, confundió al ministro. O nadie se atrevió a decirle al ministro lo que por su bien hay que decirle: un titular de Interior no pinta nada en una fábrica de polvorones o en la entrega de un premio de una constructora. O la curia no protege a este Papa, o el Papa no se deja proteger. Claro que se puede trabajar fuera del despacho. Hasta Alfonso Jiménez, maestro mayor de la Catedral, lo hacía cuando controlaba al Giraldillo enfermo desde su teléfono móvil. Y seguía al minuto los movimientos de la veleta sin estar en Sevilla. Zoido aún busca la forma de controlar Sevilla estando fuera de ella. Pero aún no ha podido monitorizarla.

 

ZOIDO PRESIDE EL PLENO DEL CONSEJO SUPERIOR DE TRÁFICO

Moreno revienta Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 20 de octubre de 2017 a las 5:00

Parlamento, Sesión de control.

AQUELLA noche de marzo de 2015 en la que Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”) se pegó el batacazo en las elecciones autonómicas, el PP de Sevilla lo dejó abandonado en el salón del Hotel Meliá. Un abandono cruel como los silencios de indiferencia que la ciudad dedica a ciertos personajes y a determinadas obras. Ni el alcalde Zoido ni otros destacados dirigentes estuvieron para arroparle en un descalabro que dejó al partido con sólo 33 diputados de los 50 que logró Javier Arenas. Esa noche sólo aparecieron cuatro concejales del entonces todopoderoso gobierno de la ciudad: Beltrán Pérez. Evelia Rincón, Rafael Belmonte y José Luis García, cuatro ediles orillados en aquel ejecutivo que quisieron tener un gesto con el líder regional en sus peores horas, cuatro concejales que después sufrieron los efectos de haber dado aquel paso al frente en aquellas fatídicas horas al estar en un acto prohibido, en el que, además, se cumplía la elocuente realidad de haber menos gente que invitados. Juan Manuel Moreno Bonilla seguía así una historia de desencuentros con la capital de Andalucía. Nunca se ha entendido con su partido en Sevilla: ni con Virginia Pérez, ni con Juan Bueno, ni por supuesto con Juan Ignacio Zoido, ni con el senador José Luis Sanz, ni con tantos y tantos cargos de mayor o menor relumbrón del organigrama hispalense. Llegó meses después el año de fuertes tensiones en el PP sevillano, una oportunidad para ejercer la autoridad, pero Moreno Bonilla se puso de perfil. Jugó a la tibieza. Ni estuvo con el bando donde se incluían aquellos cuatro concejales que acudieron a lamerle las heridas en esa noche negra (un bando impulsado por Javier Arenas), ni mucho menos con el bando de los partidarios de Zoido y Cospedal. Sevilla ha sido su gran problema en estos más de tres años y pico que lleva en la capital de Andalucía. Sólo un político de la talla de Javier Arenas ha sabido manejarse en esta ciudad sin haberse sentido nunca integrado en ella. Arenas le ha tenido siempre un miedo reverencial a Sevilla. El miedo reverencial es un freno, pero también protege de meteduras de pata. A Moreno se le nota su desconfianza con la ciudad y a la ciudad se le nota el poco entusiasmo que tiene para con el malagueño. No nos engañemos: poca gente ve en Sevilla a Juan Manuel Moreno como la esperanza blanca del centro-derecha andaluz que logre sacar al PSOE del Palacio de San Telmo. El último inquilino de derechas que ocupó el viejo palacio llevaba sotana. Y nada hace presagiar que el sastre de la curia se pase por la sede la calle San Fernando próximamente. Nada.

A Moreno le aplican en Sevilla la sentencia del conde de Mayalde sobre algunos políticos jóvenes: «Tienen todos nuestros defectos y ninguna de nuestras virtudes». Y se la dedican sus potenciales votantes, aquellos que anidan en los sectores que, sobre el papel, deberían ser sus apoyos naturales. Moreno sí se ha hecho con la compañía de un ramillete de sevillanos, pero muy corto. Insuficiente. Su espacio se lo tiene comido Susana Díaz.

El error de este presidente regional ha sido doble esta semana. Primero, expresarse a puerta cerrada sobre la actualidad de su partido con un lenguaje de taberna, sin valorar que si han trascendido las votaciones y deliberaciones de un cónclave donde se elegía pontífice, no iba a ocurrir menos con su reunión con los concejales de la capital. “En Málaga nos podemos meter una hostia”. “En Huelva tenemos un grupo machacado”. “Al final, coño, cuanto antes tengamos a la gente trabajando con certidumbre, mucho mejor”. Y la guinda de referirse al alcalde de Sevilla, Juan Espadas, con la expresión “el tío”. El segundo error fue ordenar a la mañana siguiente, con el café recién servido, el cese como portavoz adjunto del grupo municipal de Alberto Díaz, al que culpa sin pruebas de haber transmitido sus palabras. Fuentes de la regional reiteran que en ningún momento se señaló a nadie en particular, sino simplemente se pidió una investigación y la toma de decisiones. Dicho lo cual, que diría don Manuel Fraga, conviene precisar que el martes por mañana, bien tempranito, la estructura regional del PP, encolerizada como casi nunca se había visto, comenzó a tensionar el grupo municipal pidiendo la cabeza del portavoz adjunto, Alberto Díaz, destacado zoidista, vicepresidente del PP sevillano y miembro de la Junta Directiva Nacional a propuesta de Rajoy. Incluso esa misma estructura regional le dio un plazo de 48 horas al portavoz, Beltrán Pérez, para ejecutar el cese de su portavoz adjunto. El PP andaluz puso entre la espada y la pared a Beltrán Pérez. Y, lo que es peor, evidenció por primera vez un desacuerdo entre dos que hasta ahora habían cabalgado juntos: la presidenta provincial, Virginia Pérez, y el portavoz municipal, Beltrán Pérez. Incomprensiblemente, sin la diligencia de un buen padre de familia, el líder andaluz estaba volviendo a reabrir heridas en un partido que terminaba de celebrar sus congresos de distrito con un resultado uniforme (Virginia Pérez ya controla los once), que no lleva ni tres meses con un nuevo y experimentado portavoz en el Ayuntamiento y que, según el propio testimonio del presidente regional expresado el lunes, considera que es fundamental que la formación en Sevilla rinda al cien por cien para obtener un resultado que le permita gobernar Andalucía con Ciudadanos. ¡Pista, que va el artista!

Moreno ha reventado el partido en Sevilla con tal de alcanzar una suerte de salvación tras su discurso airado, con tal de ajustar cuentas, con tal de mostrar la autoridad (escasa) de quien da un arreón sin control, ejerce una maniobra destemplada, pega una andanada sorpresiva, sin importarle a quién se lleva por delante. O quizás sí: queriendo castigar a Alberto Díaz por ser el íntimo amigo del senador José Luis Sanz, alcalde de Tomares, orillado de la candidatura a presidente regional cuando el malagueño accedió a ella: “Juanma, tú lo has querido”, le dijo Rajoy en aquel congreso.

Moreno creía que al ser duro con las espigas de Alberto Díaz limpiaba su imagen tras sus reproches a puerta cerrada a la dirección nacional (en los que ha podido tener hasta razón) y tras haber exhibido un perfil poco serio, más propio de quien –mosqueado– le pega un empujón a la máquina de los petacos en una taberna con el firme cargado de serrín. Nada de pedir disculpas por el tono empleado, nada de retractarse de algunas afirmaciones, nada de destensionar el entuerto con alguna fórmula inteligente. Una cabeza, el malagueño necesitaba una cabeza. Y Beltrán Pérez –contra el criterio del aparato orgánico provincial– optó por entregársela. “No hay ninguna prueba”, afirmaron ayer fuentes oficial del PP sevillano. Al mismo tiempo, confirmaron que el señor Díaz seguirá no sólo de concejal, sino de vicepresidente del partido. Nadie entiende nada. Si se tiene la profunda convicción de que Alberto Díaz transmite lo que no debe, si se tiene la certeza de que revela las deliberaciones, ¿cómo es que sigue de concejal, asistiendo a las reuniones y vicepresidiendo el partido? Era, simplemente, la gran coartada de la resentida estructura regional para señalar a quien fue jefe de gabinete de Zoido. El pretexto para el ajuste de cuentas. La exigencia planteada a un joven portavoz, temeroso de que Moreno Bonilla no colabore en su sueño de ser el candidato a la Alcaldía, pues la regional tendrá que pronunciarse en su momento. A Díaz no le tocan ni el sueldo ni el cargo orgánico. Sólo se le arrincona de forma simbólica. Lo mismo hizo Juan Bueno cuando tensionó el partido para orillar a Virginia Pérez. La quitó de coordinadora general (camarlenga, le decíamos) pero la mantuvo de portavoz en la Diputación. La camarlenga se creció en el castigo –como el toro de Miguel Hernández que citó el ministro Wert– y es hoy la presidenta del partido.

El doble error de Moreno evidencia debilidad, revela torpeza, demuestra un estilo chusco. Porque sería mucho peor creernos la versión oficial del partido, que se lava en cierta manera las manos al asegurar que no pidió ninguna cabeza en concreto, lo que supondría que la estructura regional deja sólo a Beltrán Pérez en la compleja maniobra de castigar a alguien del que no existe una sola prueba sobre las acusaciones que se vierten. Y Pérez se la jugó aquella noche de 2015 estando a su lado en las horas más duras de su trayectoria política. A Moreno Bonilla cabe aplicarle el título de aquella célebre tribuna de opinión de Ricardo de la Cierva: “Qué error, qué inmenso error”. Al tiempo.

 

Alberto Díaz y Beltrán Pérez

El retorno a lo sólido

Carlos Navarro Antolín | 11 de julio de 2017 a las 19:10

Foto Magdalena

POR la calle San Fernando ya no pasan cigarreras y en la Avenida al paso que vamos no van a pasar empleados de banca con cara de cabreo porque usted quiere hacer una transferencia en ventanilla. Ni van a quedar bancos para sentarse, que no hay desgraciado que se siente bajo el sol que cae a plomo en la Avenida, ni de los que dan créditos y tratan de colocarle a usted un televisor, un teléfono inteligente, una vajilla y un seguro médico, cosas que o ya tiene o no le hacen ninguna falta. En la Avenida, además de las cafeterías desubicadoras que ya hay, habrá un hotel de cuatro estrellas donde en un principio iba una pensión de lujo, lo que se conoce como ‘hostel’ pero que en las licencias urbanísticas viene inmejorablemente definido: pensión a secas. Porque lo de pensión de lujo es como lo de la jet de Almería. O se es de la jet, o se es de Almería, pero lo de en misa y repicando ya se sabe que es imposible, a no ser que uno sea Juan Espadas, ora con don Juan José abriendo el Palacio Arzobispal a la visita, ora con la muchachada de la izquierda radical que le hacen la pirula. En Sevilla los hoteles se reproducen como los veladores, como las cofradías de víspera, como los políticos aludiendo a la puesta en valor. La crisis debe haber acabado ya, pero es como la primavera cuando llega, que nadie sabe como ha sido.

Oído a lo que se anuncia: un hotel nuevo en la Avenida, un hotel de cinco estrellas proyectado en la Magdalena, un hotel que dicen que irá en Vilima, el hotel América que va a ser ampliamente reformado… Hasta había dos proyectos para abrir un hotel en el edificio de la Gavidia, uno de ellos nada menos que de Barceló. La burbuja hotelera crece. No llegamos a las dos pernoctaciones de media, los turistas sólo nos quieren para un noche, pero los analistas siguen viendo mercado para hoteles nuevos en Sevilla, pese al auge de los apartamentos turísticos: los legales y los piratas. En el nuevo hotel de la Avenida van a invertir la friolera de ocho millones de euros. En la reforma del América, medio millón. En el edificio de la Gavidia tendrán que dejarse el manso para rehabilitar un inmueble en desuso desde 2003 y tasado entonces en 14 millones de euros. El Ayuntamiento, por cierto, ha disparado la partida de cooperación internacional. Ha anunciado esta semana que de 200.000 euros pasa a más de un millón. El Consejo ha multiplicado las subvenciones. Cabify aumenta las cifras de negocio en Sevilla, pese a que el coste medio de sus viajes es superior al del taxi ordinario, lo que demuestra que hay un público que paga por la calidad del servicio, por el esmero. Y antes de ayer estábamos con la caseta municipal cerrada por respeto a los sevillanos que lo estaban pasando mal. Los sevillanos han debido dejar de pasarlo mal.

El retorno a lo sólido, a todo aquello que se derribó con la crisis. La memoria discrimina, olvida pronto los padecimientos, los días de economistas hasta en la sopa, aquellos meses marcados por la prima de riesgo. Todo irá retornando. Habrá que preguntar si el Hotel América reabrirá la cafetería amarilla. Parecía tan sólida, con sus grandes ventanales, su betunero y ese color estridente del que nunca se quejó ningún conservacionista de guardia.

La soledad rentable

Carlos Navarro Antolín | 18 de junio de 2017 a las 5:00

El alcalde de Sevilla, Juan Espadas, y el consejero delegado de Emasesa, Jaime Palop, presentan iniciativas para la ampliación del número de fuentes de agua potable en la ciudad de Sevilla

LA alegría en fútbol dura una semana. La felicidad en política dura un cuarto de hora. Y la estabilidad en la vida se rompe en un minuto. A Juan Espadas se le ha acabado el Möet Chandon de los amiguetes de la izquierda radical de tanto descorcharlo. Hace dos años sacó rédito de ese odio a la derecha que figura en la heráldica de Participa Sevilla e Izquierda Unida. Lo votaron a él para echar a Zoido. Le concedieron el sillón de alcalde para quitárselo a Zoido. El planteamiento era sencillo: no deseaban al PSOE de Espadas, querían derribar al PP de Zoido. IU y Participa Sevilla reproducen los esquemas de Madrid: el primer objetivo es que no gobierne el PP, sobre todo si se trata de la lista más votada. Todo lo demás es secundario. El segundo objetivo es inalcanzable por el momento en una plaza como Sevilla: fagocitar al PSOE. Espadas, como la España de Aznar, va bien. Incluso le puede venir bien quedarse sin las amistades peligrosas que lo convirtieron en un alcalde con sólo once concejales. Es un alcalde que se ha quedado solo a la izquierda porque esas amistades peligrosas han terminado por aguar la fiesta de la estabilidad con una algarada más propia de una función de fin de curso. Han enseñado la patita de su carácter zascandil, han mostrado el verdadero pelo de la dehesa dejando ver sus intenciones bochincheras. Los encierros de trabajadores alentados por ellos mismos son una coartada de diseño, un pretexto fabricado, una caída exagerada para simular un penalti.

El alcalde ha perdido en quince días la estabilidad municipal y también se han esfumado sus anhelos autonómicos: ser el sucesor de Susana Díaz, para lo cual se estaba trabajando un perfil andaluz con la velocidad pausada de los inteligentes a base de fomentar los ejes con Málaga, Córdoba y Granada. Esa soledad puede hasta ser rentable para sus intereses. Acaso le ha podido sorprender que la bestia adolescentoide de esa izquierda radical haya despertado a los dos años de mandato. Esperaba el zarpazo de la fiera más adelante, quizás en el cuarto año, cuando todos los socios de gobierno o de investidura se desmarcan del pelotón del gobierno con vistas a las elecciones.

La soledad será rentable para Espadas, un tipo gris, de equilibrios medidos, de pies siempre metidos en el plato, al que se le vincula muy poco con protestas airadas, estéticas desaliñadas calculadamente medidas, discursos huecos y alarmistas y mociones ideologizadas donde se saca partido de enemigos externos que poco interesan a la gestión municipal. La soledad podrá ser rentable, pocos lo dudan, pero la convivencia será difícil. La aprobación de los presupuestos requerirá de una negociación viciada de origen. Esta izquierda radical se ha dado cuenta a los dos años de que el alcalde está creciendo electoralmente porque el PPno existe y porque ellos, precisamente ellos, la muchachada de Participa Sevilla e IU, se lo estaban poniendo demasiado fácil. Tan fácil que, al final, los tres concejales de Participa Sevilla y los dos de IU pasan bastante desapercibidos para el público. Rozan la irrelevancia. Con el espacio institucional perdido –o nunca ganado– no quedaba otra que provocar la tangana dentro del mismo Ayuntamiento, hacer ruido, practicar una política de cacerola y silbato, provocar la intervención de la Policía Local para presentarse como víctimas reprimidas por las fuerzas del orden, irrumpir por las ventanas en lugar de llamar a la puerta.

Esta izquierda zascandil necesita el río revuelto para pescar en las espumas sucias del desorden y el pitote, del desaliño de márquetin y la chancla que enseña uñas como garras. Tras echar a Zoido del poder, los amigos del bochinche necesitan crecer, sonar, existir. Yeso solo se consigue a costa de este PSOE en minoría, al que harán la vida imposible en los próximos dos años. Niegan que exista un pulso cuando lo hay en toda regla. Ellos, los de Participa e IU, necesitan ese pulso como necesitan el enfrentamiento, el pleito y los forcejeos porque son su terreno natural, son las aguas preferidas donde navega el bote que sus hermanos mayores han construido en los astilleros del odio y en la concepción de una política que sólo prima el poder por el poder en sí mismo.

El grupo municipal de Ciudadanos, tan melifluo en las negociaciones del presupuesto, también apretará. Tendrá que hacerlo. Es ley de vida. Tendrá que tomar distancia para saltar del pelotón y crecer. IU y Participa se han echado al monte. Espadas sufre la cuña de la misma madera. El PP está adormecido, fiel retrato de una Sevilla a más de 40 grados. La izquierda se devora a sí misma. La casa del PP de Sevilla está metida en albañiles, con los muros sin alicatar y los tubos del cuarto de baño al aire. Espadas tiene a su delegado Juan Carlos Cabrera con demasiados frentes abiertos:los polémicos desalojos del Ayuntamiento, la mafia del taxi, la falta de seguridad en la Madrugada… Al de Urbanismo, Antonio Muñoz, lo tiene consagrado a la misión imposible de convertir la Gerencia en un motor de la ciudad. Y los restantes concejales están entretenidos en quehaceres que ofrecen, en apariencia, poca rentabilidad política. El gobierno es reducido y muy gris. Expira la primera mitad del mandato. Tan dulce y sin curvas como carente de grandes logros. Sólo faltó la foto con Obama. Comienza la segunda mitad. La soledad es una moneda de dos caras: la de la rentabilidad de librarse de amigos poco recomendables, y la de la complejidad de trabajar con presupuestos prorrogados, amenazas de algaradas, un debate político tensionado y un PP que necesariamente tendrá que despertar.

Los amigos de la izquierda han acabado subiéndose al sofá, desparramando las palomitas por el suelo, rompiendo algún vaso y provocando las quejas razonables de los vecinos. Espadas ha pasado de soñar con los asuntos exteriores de la Junta a tener que lidiar con los asuntos internos de unos socios que prefieren hacer la política en la calle. Se metió a vivir (gobernar) en un piso de estudiantes.

Los picudos rojos pudren las palmeras sanas. Los estudios universitarios avalan el exterminio de las cotorras. Los vencejos atraen el turismo. Sevilla, ciudad en la que los pájaros se llevan los titulares.

Amalia irrumpe en la crisis del PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 13 de enero de 2017 a las 5:00

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LA tarde del miércoles será difícil de olvidar por la militancia del PP de Sevilla. La formación de la gaviota es una olla exprés a toda potencia donde todos temen el último chuchú, la explosición que provoque los nuevos efectos del enfrentamiento sordo entre Javier Arenas y Juan Ignacio Zoido, que es lo mismo que decir entre los críticos y los oficialistas. La actualidad del partido se concentró la otra tarde en tres frentes. En primer lugar, en la sala de juntas del Grupo Popular del Ayuntamiento, donde los representantes de una y otra facción discutieron sobre los criterios para cubrir una plaza vacante de asesor a 49.000 euros anuales. Unos y otros quieren colocar a un allegado. La sesión vivió momentos de verdadera tensión por el desagradable rifirrafe entre dos concejales. A media tarde, ya en la sede regional, se celebró la reunión de los compromisarios que representarán a Sevilla en el próximo congreso nacional, previsto para febrero en Madrid. Los críticos, encabezados en esa sesión por Virginia Pérez, portavoz del PP en la Diputación Provincial, intentaron difundir un manifiesto sobre las reformas que el sector exige para que haya mayor democracia interna en el partido. Destacados miembros oficialistas recriminaron a la mesa que se estuviera debatiendo sobre un manifiesto entregado por militantes particulares y no sobre los asuntos de debate del congreso nacional. La sorpresa previa para los oficialistas es que el mismísimo Javier Arenas, consagrado a la lucha por el control del partido en Sevilla, se había presentado en la sede regional para presidir esa reunión como vicesecretario general del PP nacional. Y fue el propio Arenas quien zanjó el tema, dejando claro que mientras él ostentara la presidencia, todos los militantes presentes podrían hablar con libertad de cualquier asunto. Arenas, de facto, estaba corrigiendo a sus propios cachorros, algunos de los cuales no soportan ni un minuto más las tutelas del lince de Olvera.

Por la noche, la atención del partido se centró en el homenaje organizado por los críticos a la ex subdelegada del Gobierno, Felisa Panadero, secretaria judicial de profesión, defenestrada del cargo el pasado diciembre por haber tomado partido en la fractura interna del partido, un cese en el que tuvo un peso determinante el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido.

El homenaje se celebró bajo la carpa de un bar-quiosco de Nervión. Aseguran que acudieron 112 militantes, lo que generó bromas al coincidir la cifra con la del número de Emergencias. La sorpresa no sólo fue que acudió el propio Arenas, que por fin se retrata con el sector de los críticos nueve meses después de que éstos hayan comenzado sus andanzas, sino que asistió Amalia Gómez, todo un icono del PP andaluz, ex secretaria de Estado de Asuntos Sociales, ex presidenta del PP de Sevilla y actual presidenta de la Cruz Roja sevillana. Se trataba de exhibir músculo frente al aparato oficialista que lidera Zoido con el aval de María Dolores de Cospedal.

Arenas, que acudió junto a su esposa, Macarena Olivencia, no habló en el homenaje a Panadero, pero sí lo hicieron Amalia Gómez, la propia homenajeada y Virginia Pérez. Gómez fue rotunda e hizo continuos guiños a Arenas sin olvidar algún aguijón por la destitución de Panadero: “Estoy aquí porque quiero a Felisa y quiero a Javier, donde esté Javier estaré yo. Felisa ha hecho una labor magnífica y no es justo”. Virginia Pérez fue directa: “Has sido una subdelegada ejemplar con la que se ha cometido una tremenda injusticia”. Ensalzó la presencia de Amalia Gómez en el acto. “La injusticia de Felisa ha hecho que se unan el presente y el futuro del PP de Sevilla. Y que contemos también con los cimientos del partido”.

El alcalde de Carmona, Juan Ávila, elogió a la ex subdelegada del Gobierno en Sevilla en una reunión marcada por un clima almibarado:“Siempre me ha atendido, siempre ha ayudado a todos los pueblos. Me siento orgulloso de ti”. Y habló, cómo no, la propia homenajeada: “Llevo décadas afiliada al Partido Popular. Soy secretaria judicial. Vuelvo a mi puesto. En mi responsabilidad de gestión he tenido que trabajar con Administraciones de todos los Partidos. A todos he intentado servir y ayudar. A eso me enseñó el Partido Popular en el que creo. Son normales los relevos en las Administraciones, pero no son normales otras cosas. Por vosotros ha merecido la pena. Vuelvo a mi puesto de trabajo, pero voy seguir comprometida con un partido en Sevilla que no sea de cuatro personas, sino de los militantes y en donde la gente no tenga miedo”.

Cada uno de los asistentes abonó diez euros para participar en una muestra más de fuerza de los arenistas. Croquetas, calamaritos y cazuelitas de arroz regados con botellines de cerveza o copas de tinto. No hubo melva, símbolo del gobierno de los 20 concejales de Zoido. Felisa sonrió al recibir un regalo de recuerdo: un reloj. Entre los asistentes, además de los ya citados, acudieron el alcalde de Lora, la alcaldesa de Palomares, cinco diputados provinciales, dos diputados autonómicos (Jaime Raynaud y Patricia del Pozo), cinco concejales de la capital, militantes de diversos distritos de la ciudad y de localidades como Gelves y Morón, ex cargos del Ayuntamiento de Sevilla como Francisco Ibáñez, que fue director general de Medio Ambiente, o Pedro Molina de los Santos, que fue director del Distrito Norte.

El calor añadido lo pusieron las estufas de media altura. Los fumadores se tuvieron que salir del salón. Entre caladas a la intemperie hubo comentarios sobre la tensión de la sesión previa de los compromisarios. Algunos abstemios destacaban que los diez euros no incluían el agua con gas. Acudió también la arquitecta Sol Cruz. Arenas no se fue sin saludar uno a uno a los presentes, escoltado por Macarena O´Neill. Arenas en estado puro. Arenas en versión Javié. Alguien dice por teléfono: “Todo esto se arreglaría con una charla de no más de quince minutos entre Javié y Juan Ignacio, pero…”.
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La gestión de la miseria

Carlos Navarro Antolín | 17 de diciembre de 2014 a las 5:00

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Igual que se ha abierto la veda para meter políticos en la cárcel, se cerró hace unos años el tiempo de la política de los grandes proyectos, de la necesidad de apostar por transformaciones materiales, de vender esas grandes recreaciones virtuales que dividen a la ciudadanía o que enfrentan a las administraciones. No son tiempos para megalomanías, como no lo son para los patrocinios y las obras faraónicas. Son años para administrar con imaginación. A Zoido se le podrán criticar muchas cosas con razonamientos sólidos, pero seguro que nadie le achacará que no haya sacado adelante grandes obras urbanísticas. ¿Para qué se mete entonces en el berenjenal de proyectos que son devueltos una y otra vez a los corrales de la Gerencia de Urbanismo?

La interpretación precisa de los tiempos que a uno le han tocado en suerte es clave. En el PP de Sevilla hay quien sostiene que este mandato es sencilla y directamente el de la gestión de la miseria. Y que bastaba con haber sabido moverse en ese contexto marcado por la pobreza desde el día de la toma de posesión. El problema es que esa necesidad de vender proyectos de transformación (esa política de la manida puesta en valor)ha tenido al cabo el efecto de un tiro en el pie. ¿Qué necesidad había de anunciar un centro de promoción de las tradiciones de Sevilla? ¿Y los párkings del Prado y de San Martín de Porres? ¿Y el paradisíaco Paseo del Arte que ha terminado descafeinado y, como las iniciativas ya citadas, también orillado por la falta de solvencia del empresariado?

Son tiempos de política municipal de infantería, para no alimentar la letanía de quereres y no poderes. A Zoido le va mal cuando quiere volar por encima de las nubes de la micropolítica. Yle va bien cuando vende la gestión inmaterial del orden en las cuentas y de la paz social en empresas de servicios fundamentales como Tussam, que en 2015 necesitará dos millones menos de transferencias directas, un dato inimaginable en los años de Monteseirín.

De 2011 a 2015 sólo cabe la gestión de la miseria y recorrer el desierto con el alivio del agua de la cantimplora que de vez en cuando ofrece la edil de Hacienda con sus balances. Y refrescarse una vez al año en el oasis del mapping.

Los urdangarines de la hostelería

Carlos Navarro Antolín | 25 de noviembre de 2014 a las 18:19

tapas en mesas
En cuestiones de hostelería hemos pasado del cuidado con el perro al pasen y vean con toda tranquilidad que el perro está atado. Sevilla fue arrinconando la tapa, con su medida exacta y proporcionada, en favor de los platos, medias raciones y raciones completas. Las mesas llevaban incluido el tasazo de sólo poder ser utilizadas para comer raciones. Tomarse una tapa sentados en uno de los diez mil veladores era un acto imposible en muchos bares. En mesas solo raciones, mandaba la leyenda. Y todos a tragar, a tragar en la barra obviamente, como tragamos con el imperativo del sólo se puede pagar con tarjeta si son cantidades superiores a 10 euros, por mucho que Rubén Facua alerte de lo contrario. Porque el apellido de Rubén es Facua, ¿o alguien lo duda? Igual que Benito Navarrete es Benito Mapping (sin patrocinio) y Jesús Becerra es Jesús Becerrita (con croqueta de cola de toro). Pues eso: que tragamos sin decir ni pío con los cartelitos que cantan el límite mínimo para pagar con tarjeta. Pasamos del serrín esparcido por el suelo a los bares libre de humos, es el pendulazo de siempre, marca de la casa de una sociedad que no entiende de evoluciones en equilibrio. Y por fin ha llegado el cartel que es como el quitamiedos de la antigua Cuesta de la Media Fanega. Por fin leemos que en las mesas se sirven tapas. ¿Y por qué antes no se servían, oiga?, podría preguntarse cualquier marciano recién aterrizado en la dehesa de Tablada, si Sevilla es la ciudad de la tapa por antonomasia, si el personal se ha hartado de presumir del taperío local como un timbre de gloria, si hasta ha habido concursos a las mejores tapas. Las tapas volaron de las mesas por la codicia, que es el barniz que ha cubierto casi todo en esta nación en los últimos años. Los hosteleros devoraron la tapa como Saturno a sus hijos sin saber que se estaban devorando a sí mismos. Mataron la gallina de los huevos de oro por quedarse con la granja entera y la del vecino si era posible. Ampliaron los salones, achicaron las barras cual Menottis con delantal, poblaron todo de mesas y redujeron las tapas hasta tal punto que en fechas especiales como la Semana Santa los hubo que las suprimieron de las listas, pese a que esos días hay más gente de fuera que nunca deseando pedir el símbolo por excelencia de la gastronomía local. Era llegar la Semana Santa y aplicarse el reglamento apócrifo de la hostelería local: fuera tapas y el servicio averiado. La codicia pudo a muchos, que ahora han replegado las tropas del puyazo, quitando los manteles gordos y poniendo veladores donde antes había mesas de restaurantes. Vuelven a la tapa y servida en mesa, qué amables se han vuelto de pronto, qué diligentes, qué atentos. ¡Viva la crisis que ha devuelto las tapas a las mesas y servidas por camareros! Algo bueno tenía que tener esta crisis: ha mandado al garete las copas de Navidad de los partidos políticos y podemos (¡sí se puede!, a lo Errejón trincón) tomar una ensaladilla en un velador servida por un amable camarero. En la hostelería se puede ya cantar lo de volver a ser lo que fuimos. Se nos rompió la ración de tanto usarla, con el asco que da meter el tenedor chupado donde han metido otros los tenedores una vez pasados por los piños propios. Donde se ponga la tapa individual que se quiten esos platos para compartir que terminan siendo muladares, sobre todo si son de fritanga con mayonesa en el centro. Regresa la tapa de donde fue expulsada por la codicia de los urdangarines de la hostelería. Lo siguiente será que funcionen todos los servicios en Semana Santa.

Tapas a un euro: volver a ser lo que fuimos

Carlos Navarro Antolín | 15 de octubre de 2014 a las 12:03

tapa un euro
Hubo un tiempo en que se despachaban tapas de ensaladilla a 25 pesetas en un bar de Los Remedios que se llamaba Tendido 5, en la calle con nombre de monja que tenía ambiente de pequeño infierno las noches de los sábados. La orza donde se guardaba aquella masa compacta de patata con abundante mayonesa y alguna lámina de atún extraviada recordaba necesariamente a los pollos de Simago. Por cinco duros de los antiguos se obtenía derecho a un cucharón bien despachado de aquella vianda, rebosante en el platillo y con escolta de dos picos gordos. Con un poco de suerte no había que arrascarse al día siguiente ni los antebrazos ni las corvas. Todo había sido digerido con éxito, prueba superada y hasta el siguiente fin de semana. Pasaron los años, llegó el euro y entró la locura. Quién no ha visto y aún sigue viendo tapas a cinco euros porque sí. Porque lo valen, sabe usted. Y se han pagado. Hay gente capaz de pagar cuatro o cinco euros por una tapa como hay gente capaz de comer esos rulos de queso frito, que luego pasa lo que pasa y los rulos siempre cantan en los análisis de sangre.
-Usted ha ingerido un excesivo número de rulos de queso frito y tiene que dejarlo inmediatamente. Son malísimos.
La consumación de la locura llegó a los menús de Navidad, donde lo normal era gastarse hasta 60 euros, diez mil pesetas del ala. Y algunas veladas hasta con actuaciones incluidas. Quien no aceptara semejante dispendio era tenido directamente como de la UGT, por lo del puño cerrado, que por lo demás no es buen ejemplo de austeridad, precisamente. Aún se recuerda el cruce de jamones como regalos personales en algunas cenas de instituciones que hoy están sufriendo para pagar el recibo de la luz. Los regalos también pasaron a ser bonos de viajes, sesiones de masajes y demás chirimbolos al alcance de cualquiera con un simple tarjetazo. No renuncie, usted puede permitírselo. Todo valía antes que sentirse señalado por no aceptar la nueva liturgia. Hasta hubo un caso de un padre que, cautivo de los delirios de grandeza de aquellos maravillosos años, propuso un fin de semana en una casa rural como regalo colectivo de fin de curso para la profesora. Todo se infló hasta dejar el billete de 20 euros en un papel mojado. El rulo de queso era el símbolo del esnobista que mejor resumía esos hábitos, la seña de identidad de quien despreciaba los usos de siempre, la orillada moderación, la denostada mesura.
Hoy se topa uno con mojones que son un aldabonazo, mojones urbanos que indican lo efímero de algunos hábitos, pizarras abatibles que cantan el retorno a los precios que perdimos. Hoy volvemos al cucharón y paso atrás. Tapas a un euro. El mojón informa de la corta distancia que hay entre lo sublime y lo ridículo, entre aquellos excesos de tapas a cinco euros y el reajuste obligado que vuelve a convertir en publicidad el despacho de tapas por solo uno. Sólo queda por saber si a la mañana siguiente hay o no que arrascarse. Pero ahí radica, en parte, la emoción que nunca debió perderse. Ni mucho menos despreciarse. Y nunca orillarse. En la ciudad de los cuatro mil bares, demasiados se emborracharon en la primera taberna.

Las cenizas de hoy

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2014 a las 11:19

RAMAS DE OLIVO ARDIENDO PARA CONVERTISE EN CENIZAS FOTO RUESGA BONO
Aquellos maravillosos años había parejas de recién casados que en un plisplás llevaban un tren de vida propio de economías consolidadas. Ni pasaban por el trámite del alquiler, directamente a la propiedad. Ni el viaje por carreteras nacionales, directamente al avión con aterrizaje en destinos exóticos, tan exóticos que algunos presumían de haber estado en lugares donde no se permitía el pago con tarjeta. Mucho mejor cuanto más lejos fuera el periplo. La mesura sólo merecía el desprecio de una mirada por encima del hombro. Todo debía estar condicionado por una velocidad de vértigo. Con 30 ó 35 años se alcanzaban estatus que a la generación anterior le había costado llegar más de cincuenta años en el mejor de los casos tras sacrificios, ahorros y administraciones diligentes. Todo era posible. Todo era sólido. Todo cuanto ocurría alrededor invitaba a subirse a la noria, a entrar en el cuerno de la abundancia, a hablar, pensar y escribir con tramos de ceros. La borrachera era duradera y estable. El sueño de todo borracho: no conocer la resaca.
Las cajas de ahorros tenían testaferros a los que entregaban millones de euros para ir señalando solares, hombres de paja que ahora vivaquean escuálidos por la calle; las fundaciones se multiplicaban al amparo de la perfecta coartada de la responsabilidad social corporativa, pedir el DNI en una notaría era poco menos que una grosería que enlentecía el tráfico jurídico y la CEA era vista como el sueño americano, la cúspide de una pirámide robusta y la representación del verdadero poder fáctico a cuya melodía de flauta acudían todos los roedores de langostinos previa rendición de culto al faraón y a su Anubis. Hoy al secretario general de la patronal lo han zarandeado a las puertas de los juzgados cuando antaño lo recibían con olivos en todos sus destinos. Hoy hay un nuevo preso en la cárcel que antaño levantaba trofeos. Hoy hay esquelas que son un grito de Munch, de las que, en elocuente paradoja, todos hablan y todos callan a la vez. De la hoguera de las vanidades quedan rescoldos de ceniza que tienen la música de la esquila que sigue anunciando caídos.
Dicen que España ha iniciado la senda de la recuperación cuando la ciudad se estremece porque siguen cayendo los cascotes de ese glacial con el que hasta hace poco se ensimismaba. Y de pronto ha entrado el miedo en los cuerpos, la jindama, el deseo de retornar a la prudencia perdida, de volver a circular a aquella velocidad pausada que era despreciada con la altivez propia del pobre harto de pan, a hacer las cosas despacio, al ritmo que marca la prudencia y desaconseja la codicia, a reconstruir los cimientos de la vida cotidiana con los ladrillos de los valores de siempre, a bajar de los altares a los falsos dioses, a la despreciada cultura del esfuerzo y la moderación, a ofrecerle notoriedad a quien de verdad hace cosas sustanciales, a taponar las chimeneas por las que se escapa tanto humo venteado por los agentes de la ficción, a no firmar los expedientes de dinero público sin mirar la letra pequeña, a volver en fin al espíritu de Mañara y la lección de Valdés Leal…. Aquellos nombres elevados a la cúspide en las tertulias, en charlas de café o en simples encuentros a pie de calle, aquellos nombres presentados como valores seguros, con marchamo de éxito incontestable, como referencias sólidas y de trayectorias infalibles, aquellos gentileshombres de la sociedad aupados a las carrozas y exhibidos en los murales de la vanidad, aquellos nombres de prestigio siguen desprendiéndose como arena de Catedral vieja, ligados a destinos fatales, a la misma cárcel o a la diáspora del olvido, mientras el futuro aparece como un callejón vacío, oscuro y con la sola presencia de un gato arisco que en su apresurada huida derriba un cubo cuyo estruendo nos dispara la angustia interior, nos retrotrae a la búsqueda del dormitorio paterno y nos obliga a dejar de una vez el oro de la Visa para los atletas aplicados.

Los quitamiedos de la hostelería de hoy

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2012 a las 11:24


Será porque es la versión hostelera del Juan sin miedo por lo que no se calló cuando el golferío de Mercasevilla le pidió el impuesto revolucionario, será por eso que Pedro Sánchez Cuerda ha bautizado esas mesas altas que le comen terreno a los veladores de toda la vida como los quitamiedos, en sustitución de unas mesas bajas que, por cierto, parecen en muchos casos sacadas de la casita de Pin y Pon. Se sienta usted en esas mesitas de casita de muñeca que ahora se destilan en muchas cafeterías y experimenta una sensación próxima al gigantismo, cuando no de incómoda apretura si el establecimiento está cargado de público.

-¿Has cogido varios kilos, no?
-¡No, qué va! Es que estoy sentado en una mesa de Ochoa y me sobran piernas por todos lados.

Lo de las mesas altas como quitamiedos, según el ilustre tabernero, es para no asustar a la cada vez más tiesa clientela, escarmentada de los puyazos que en tiempos del maná se pegaba por el mero hecho de sentarse. La mesa alta es una suerte de mixtolobo: ni es el velador con mantel y servilleta en floritura donde el camarero levanta la vara en cuanto avista al comensal (mejor sin sal, que es más sano) ni es el taburete pelado y mondado con o sin resbaladero para apoyar el pie. Lo del quitamiedos de Sánchez Cuerda, qué quiere que les diga, suena a cuesta de la media fanega de los años ochenta, que era cuando tenía mérito subir la cuesta de la media fanega detrás del camión de turno camino de Extremadura. Aquellos quitamiedos de carretera ni quitaban el miedo ni ná. Lo mejor era no mirar por la ventanilla del coche hacia abajo y clavar los ojitos en la trasera (culo) del camión, ora con jamones de Jabugo para colocarlos en el mercado salmantino, ora con productos de la huerta murciana con destino a Portugal. Las mesas altas son esos quitamiedos de la hostelería de hoy. Ni sentado del todo, ni de pie del todo. Ni ración, ni tapa. Mejor, como siempre, no mirar para abajo. Y pedir el chupito de la casa.