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Amalia irrumpe en la crisis del PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 13 de enero de 2017 a las 5:00

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LA tarde del miércoles será difícil de olvidar por la militancia del PP de Sevilla. La formación de la gaviota es una olla exprés a toda potencia donde todos temen el último chuchú, la explosición que provoque los nuevos efectos del enfrentamiento sordo entre Javier Arenas y Juan Ignacio Zoido, que es lo mismo que decir entre los críticos y los oficialistas. La actualidad del partido se concentró la otra tarde en tres frentes. En primer lugar, en la sala de juntas del Grupo Popular del Ayuntamiento, donde los representantes de una y otra facción discutieron sobre los criterios para cubrir una plaza vacante de asesor a 49.000 euros anuales. Unos y otros quieren colocar a un allegado. La sesión vivió momentos de verdadera tensión por el desagradable rifirrafe entre dos concejales. A media tarde, ya en la sede regional, se celebró la reunión de los compromisarios que representarán a Sevilla en el próximo congreso nacional, previsto para febrero en Madrid. Los críticos, encabezados en esa sesión por Virginia Pérez, portavoz del PP en la Diputación Provincial, intentaron difundir un manifiesto sobre las reformas que el sector exige para que haya mayor democracia interna en el partido. Destacados miembros oficialistas recriminaron a la mesa que se estuviera debatiendo sobre un manifiesto entregado por militantes particulares y no sobre los asuntos de debate del congreso nacional. La sorpresa previa para los oficialistas es que el mismísimo Javier Arenas, consagrado a la lucha por el control del partido en Sevilla, se había presentado en la sede regional para presidir esa reunión como vicesecretario general del PP nacional. Y fue el propio Arenas quien zanjó el tema, dejando claro que mientras él ostentara la presidencia, todos los militantes presentes podrían hablar con libertad de cualquier asunto. Arenas, de facto, estaba corrigiendo a sus propios cachorros, algunos de los cuales no soportan ni un minuto más las tutelas del lince de Olvera.

Por la noche, la atención del partido se centró en el homenaje organizado por los críticos a la ex subdelegada del Gobierno, Felisa Panadero, secretaria judicial de profesión, defenestrada del cargo el pasado diciembre por haber tomado partido en la fractura interna del partido, un cese en el que tuvo un peso determinante el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido.

El homenaje se celebró bajo la carpa de un bar-quiosco de Nervión. Aseguran que acudieron 112 militantes, lo que generó bromas al coincidir la cifra con la del número de Emergencias. La sorpresa no sólo fue que acudió el propio Arenas, que por fin se retrata con el sector de los críticos nueve meses después de que éstos hayan comenzado sus andanzas, sino que asistió Amalia Gómez, todo un icono del PP andaluz, ex secretaria de Estado de Asuntos Sociales, ex presidenta del PP de Sevilla y actual presidenta de la Cruz Roja sevillana. Se trataba de exhibir músculo frente al aparato oficialista que lidera Zoido con el aval de María Dolores de Cospedal.

Arenas, que acudió junto a su esposa, Macarena Olivencia, no habló en el homenaje a Panadero, pero sí lo hicieron Amalia Gómez, la propia homenajeada y Virginia Pérez. Gómez fue rotunda e hizo continuos guiños a Arenas sin olvidar algún aguijón por la destitución de Panadero: “Estoy aquí porque quiero a Felisa y quiero a Javier, donde esté Javier estaré yo. Felisa ha hecho una labor magnífica y no es justo”. Virginia Pérez fue directa: “Has sido una subdelegada ejemplar con la que se ha cometido una tremenda injusticia”. Ensalzó la presencia de Amalia Gómez en el acto. “La injusticia de Felisa ha hecho que se unan el presente y el futuro del PP de Sevilla. Y que contemos también con los cimientos del partido”.

El alcalde de Carmona, Juan Ávila, elogió a la ex subdelegada del Gobierno en Sevilla en una reunión marcada por un clima almibarado:“Siempre me ha atendido, siempre ha ayudado a todos los pueblos. Me siento orgulloso de ti”. Y habló, cómo no, la propia homenajeada: “Llevo décadas afiliada al Partido Popular. Soy secretaria judicial. Vuelvo a mi puesto. En mi responsabilidad de gestión he tenido que trabajar con Administraciones de todos los Partidos. A todos he intentado servir y ayudar. A eso me enseñó el Partido Popular en el que creo. Son normales los relevos en las Administraciones, pero no son normales otras cosas. Por vosotros ha merecido la pena. Vuelvo a mi puesto de trabajo, pero voy seguir comprometida con un partido en Sevilla que no sea de cuatro personas, sino de los militantes y en donde la gente no tenga miedo”.

Cada uno de los asistentes abonó diez euros para participar en una muestra más de fuerza de los arenistas. Croquetas, calamaritos y cazuelitas de arroz regados con botellines de cerveza o copas de tinto. No hubo melva, símbolo del gobierno de los 20 concejales de Zoido. Felisa sonrió al recibir un regalo de recuerdo: un reloj. Entre los asistentes, además de los ya citados, acudieron el alcalde de Lora, la alcaldesa de Palomares, cinco diputados provinciales, dos diputados autonómicos (Jaime Raynaud y Patricia del Pozo), cinco concejales de la capital, militantes de diversos distritos de la ciudad y de localidades como Gelves y Morón, ex cargos del Ayuntamiento de Sevilla como Francisco Ibáñez, que fue director general de Medio Ambiente, o Pedro Molina de los Santos, que fue director del Distrito Norte.

El calor añadido lo pusieron las estufas de media altura. Los fumadores se tuvieron que salir del salón. Entre caladas a la intemperie hubo comentarios sobre la tensión de la sesión previa de los compromisarios. Algunos abstemios destacaban que los diez euros no incluían el agua con gas. Acudió también la arquitecta Sol Cruz. Arenas no se fue sin saludar uno a uno a los presentes, escoltado por Macarena O´Neill. Arenas en estado puro. Arenas en versión Javié. Alguien dice por teléfono: “Todo esto se arreglaría con una charla de no más de quince minutos entre Javié y Juan Ignacio, pero…”.
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La gestión de la miseria

Carlos Navarro Antolín | 17 de diciembre de 2014 a las 5:00

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Igual que se ha abierto la veda para meter políticos en la cárcel, se cerró hace unos años el tiempo de la política de los grandes proyectos, de la necesidad de apostar por transformaciones materiales, de vender esas grandes recreaciones virtuales que dividen a la ciudadanía o que enfrentan a las administraciones. No son tiempos para megalomanías, como no lo son para los patrocinios y las obras faraónicas. Son años para administrar con imaginación. A Zoido se le podrán criticar muchas cosas con razonamientos sólidos, pero seguro que nadie le achacará que no haya sacado adelante grandes obras urbanísticas. ¿Para qué se mete entonces en el berenjenal de proyectos que son devueltos una y otra vez a los corrales de la Gerencia de Urbanismo?

La interpretación precisa de los tiempos que a uno le han tocado en suerte es clave. En el PP de Sevilla hay quien sostiene que este mandato es sencilla y directamente el de la gestión de la miseria. Y que bastaba con haber sabido moverse en ese contexto marcado por la pobreza desde el día de la toma de posesión. El problema es que esa necesidad de vender proyectos de transformación (esa política de la manida puesta en valor)ha tenido al cabo el efecto de un tiro en el pie. ¿Qué necesidad había de anunciar un centro de promoción de las tradiciones de Sevilla? ¿Y los párkings del Prado y de San Martín de Porres? ¿Y el paradisíaco Paseo del Arte que ha terminado descafeinado y, como las iniciativas ya citadas, también orillado por la falta de solvencia del empresariado?

Son tiempos de política municipal de infantería, para no alimentar la letanía de quereres y no poderes. A Zoido le va mal cuando quiere volar por encima de las nubes de la micropolítica. Yle va bien cuando vende la gestión inmaterial del orden en las cuentas y de la paz social en empresas de servicios fundamentales como Tussam, que en 2015 necesitará dos millones menos de transferencias directas, un dato inimaginable en los años de Monteseirín.

De 2011 a 2015 sólo cabe la gestión de la miseria y recorrer el desierto con el alivio del agua de la cantimplora que de vez en cuando ofrece la edil de Hacienda con sus balances. Y refrescarse una vez al año en el oasis del mapping.

Los urdangarines de la hostelería

Carlos Navarro Antolín | 25 de noviembre de 2014 a las 18:19

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En cuestiones de hostelería hemos pasado del cuidado con el perro al pasen y vean con toda tranquilidad que el perro está atado. Sevilla fue arrinconando la tapa, con su medida exacta y proporcionada, en favor de los platos, medias raciones y raciones completas. Las mesas llevaban incluido el tasazo de sólo poder ser utilizadas para comer raciones. Tomarse una tapa sentados en uno de los diez mil veladores era un acto imposible en muchos bares. En mesas solo raciones, mandaba la leyenda. Y todos a tragar, a tragar en la barra obviamente, como tragamos con el imperativo del sólo se puede pagar con tarjeta si son cantidades superiores a 10 euros, por mucho que Rubén Facua alerte de lo contrario. Porque el apellido de Rubén es Facua, ¿o alguien lo duda? Igual que Benito Navarrete es Benito Mapping (sin patrocinio) y Jesús Becerra es Jesús Becerrita (con croqueta de cola de toro). Pues eso: que tragamos sin decir ni pío con los cartelitos que cantan el límite mínimo para pagar con tarjeta. Pasamos del serrín esparcido por el suelo a los bares libre de humos, es el pendulazo de siempre, marca de la casa de una sociedad que no entiende de evoluciones en equilibrio. Y por fin ha llegado el cartel que es como el quitamiedos de la antigua Cuesta de la Media Fanega. Por fin leemos que en las mesas se sirven tapas. ¿Y por qué antes no se servían, oiga?, podría preguntarse cualquier marciano recién aterrizado en la dehesa de Tablada, si Sevilla es la ciudad de la tapa por antonomasia, si el personal se ha hartado de presumir del taperío local como un timbre de gloria, si hasta ha habido concursos a las mejores tapas. Las tapas volaron de las mesas por la codicia, que es el barniz que ha cubierto casi todo en esta nación en los últimos años. Los hosteleros devoraron la tapa como Saturno a sus hijos sin saber que se estaban devorando a sí mismos. Mataron la gallina de los huevos de oro por quedarse con la granja entera y la del vecino si era posible. Ampliaron los salones, achicaron las barras cual Menottis con delantal, poblaron todo de mesas y redujeron las tapas hasta tal punto que en fechas especiales como la Semana Santa los hubo que las suprimieron de las listas, pese a que esos días hay más gente de fuera que nunca deseando pedir el símbolo por excelencia de la gastronomía local. Era llegar la Semana Santa y aplicarse el reglamento apócrifo de la hostelería local: fuera tapas y el servicio averiado. La codicia pudo a muchos, que ahora han replegado las tropas del puyazo, quitando los manteles gordos y poniendo veladores donde antes había mesas de restaurantes. Vuelven a la tapa y servida en mesa, qué amables se han vuelto de pronto, qué diligentes, qué atentos. ¡Viva la crisis que ha devuelto las tapas a las mesas y servidas por camareros! Algo bueno tenía que tener esta crisis: ha mandado al garete las copas de Navidad de los partidos políticos y podemos (¡sí se puede!, a lo Errejón trincón) tomar una ensaladilla en un velador servida por un amable camarero. En la hostelería se puede ya cantar lo de volver a ser lo que fuimos. Se nos rompió la ración de tanto usarla, con el asco que da meter el tenedor chupado donde han metido otros los tenedores una vez pasados por los piños propios. Donde se ponga la tapa individual que se quiten esos platos para compartir que terminan siendo muladares, sobre todo si son de fritanga con mayonesa en el centro. Regresa la tapa de donde fue expulsada por la codicia de los urdangarines de la hostelería. Lo siguiente será que funcionen todos los servicios en Semana Santa.

Tapas a un euro: volver a ser lo que fuimos

Carlos Navarro Antolín | 15 de octubre de 2014 a las 12:03

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Hubo un tiempo en que se despachaban tapas de ensaladilla a 25 pesetas en un bar de Los Remedios que se llamaba Tendido 5, en la calle con nombre de monja que tenía ambiente de pequeño infierno las noches de los sábados. La orza donde se guardaba aquella masa compacta de patata con abundante mayonesa y alguna lámina de atún extraviada recordaba necesariamente a los pollos de Simago. Por cinco duros de los antiguos se obtenía derecho a un cucharón bien despachado de aquella vianda, rebosante en el platillo y con escolta de dos picos gordos. Con un poco de suerte no había que arrascarse al día siguiente ni los antebrazos ni las corvas. Todo había sido digerido con éxito, prueba superada y hasta el siguiente fin de semana. Pasaron los años, llegó el euro y entró la locura. Quién no ha visto y aún sigue viendo tapas a cinco euros porque sí. Porque lo valen, sabe usted. Y se han pagado. Hay gente capaz de pagar cuatro o cinco euros por una tapa como hay gente capaz de comer esos rulos de queso frito, que luego pasa lo que pasa y los rulos siempre cantan en los análisis de sangre.
-Usted ha ingerido un excesivo número de rulos de queso frito y tiene que dejarlo inmediatamente. Son malísimos.
La consumación de la locura llegó a los menús de Navidad, donde lo normal era gastarse hasta 60 euros, diez mil pesetas del ala. Y algunas veladas hasta con actuaciones incluidas. Quien no aceptara semejante dispendio era tenido directamente como de la UGT, por lo del puño cerrado, que por lo demás no es buen ejemplo de austeridad, precisamente. Aún se recuerda el cruce de jamones como regalos personales en algunas cenas de instituciones que hoy están sufriendo para pagar el recibo de la luz. Los regalos también pasaron a ser bonos de viajes, sesiones de masajes y demás chirimbolos al alcance de cualquiera con un simple tarjetazo. No renuncie, usted puede permitírselo. Todo valía antes que sentirse señalado por no aceptar la nueva liturgia. Hasta hubo un caso de un padre que, cautivo de los delirios de grandeza de aquellos maravillosos años, propuso un fin de semana en una casa rural como regalo colectivo de fin de curso para la profesora. Todo se infló hasta dejar el billete de 20 euros en un papel mojado. El rulo de queso era el símbolo del esnobista que mejor resumía esos hábitos, la seña de identidad de quien despreciaba los usos de siempre, la orillada moderación, la denostada mesura.
Hoy se topa uno con mojones que son un aldabonazo, mojones urbanos que indican lo efímero de algunos hábitos, pizarras abatibles que cantan el retorno a los precios que perdimos. Hoy volvemos al cucharón y paso atrás. Tapas a un euro. El mojón informa de la corta distancia que hay entre lo sublime y lo ridículo, entre aquellos excesos de tapas a cinco euros y el reajuste obligado que vuelve a convertir en publicidad el despacho de tapas por solo uno. Sólo queda por saber si a la mañana siguiente hay o no que arrascarse. Pero ahí radica, en parte, la emoción que nunca debió perderse. Ni mucho menos despreciarse. Y nunca orillarse. En la ciudad de los cuatro mil bares, demasiados se emborracharon en la primera taberna.

Las cenizas de hoy

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2014 a las 11:19

RAMAS DE OLIVO ARDIENDO PARA CONVERTISE EN CENIZAS FOTO RUESGA BONO
Aquellos maravillosos años había parejas de recién casados que en un plisplás llevaban un tren de vida propio de economías consolidadas. Ni pasaban por el trámite del alquiler, directamente a la propiedad. Ni el viaje por carreteras nacionales, directamente al avión con aterrizaje en destinos exóticos, tan exóticos que algunos presumían de haber estado en lugares donde no se permitía el pago con tarjeta. Mucho mejor cuanto más lejos fuera el periplo. La mesura sólo merecía el desprecio de una mirada por encima del hombro. Todo debía estar condicionado por una velocidad de vértigo. Con 30 ó 35 años se alcanzaban estatus que a la generación anterior le había costado llegar más de cincuenta años en el mejor de los casos tras sacrificios, ahorros y administraciones diligentes. Todo era posible. Todo era sólido. Todo cuanto ocurría alrededor invitaba a subirse a la noria, a entrar en el cuerno de la abundancia, a hablar, pensar y escribir con tramos de ceros. La borrachera era duradera y estable. El sueño de todo borracho: no conocer la resaca.
Las cajas de ahorros tenían testaferros a los que entregaban millones de euros para ir señalando solares, hombres de paja que ahora vivaquean escuálidos por la calle; las fundaciones se multiplicaban al amparo de la perfecta coartada de la responsabilidad social corporativa, pedir el DNI en una notaría era poco menos que una grosería que enlentecía el tráfico jurídico y la CEA era vista como el sueño americano, la cúspide de una pirámide robusta y la representación del verdadero poder fáctico a cuya melodía de flauta acudían todos los roedores de langostinos previa rendición de culto al faraón y a su Anubis. Hoy al secretario general de la patronal lo han zarandeado a las puertas de los juzgados cuando antaño lo recibían con olivos en todos sus destinos. Hoy hay un nuevo preso en la cárcel que antaño levantaba trofeos. Hoy hay esquelas que son un grito de Munch, de las que, en elocuente paradoja, todos hablan y todos callan a la vez. De la hoguera de las vanidades quedan rescoldos de ceniza que tienen la música de la esquila que sigue anunciando caídos.
Dicen que España ha iniciado la senda de la recuperación cuando la ciudad se estremece porque siguen cayendo los cascotes de ese glacial con el que hasta hace poco se ensimismaba. Y de pronto ha entrado el miedo en los cuerpos, la jindama, el deseo de retornar a la prudencia perdida, de volver a circular a aquella velocidad pausada que era despreciada con la altivez propia del pobre harto de pan, a hacer las cosas despacio, al ritmo que marca la prudencia y desaconseja la codicia, a reconstruir los cimientos de la vida cotidiana con los ladrillos de los valores de siempre, a bajar de los altares a los falsos dioses, a la despreciada cultura del esfuerzo y la moderación, a ofrecerle notoriedad a quien de verdad hace cosas sustanciales, a taponar las chimeneas por las que se escapa tanto humo venteado por los agentes de la ficción, a no firmar los expedientes de dinero público sin mirar la letra pequeña, a volver en fin al espíritu de Mañara y la lección de Valdés Leal…. Aquellos nombres elevados a la cúspide en las tertulias, en charlas de café o en simples encuentros a pie de calle, aquellos nombres presentados como valores seguros, con marchamo de éxito incontestable, como referencias sólidas y de trayectorias infalibles, aquellos gentileshombres de la sociedad aupados a las carrozas y exhibidos en los murales de la vanidad, aquellos nombres de prestigio siguen desprendiéndose como arena de Catedral vieja, ligados a destinos fatales, a la misma cárcel o a la diáspora del olvido, mientras el futuro aparece como un callejón vacío, oscuro y con la sola presencia de un gato arisco que en su apresurada huida derriba un cubo cuyo estruendo nos dispara la angustia interior, nos retrotrae a la búsqueda del dormitorio paterno y nos obliga a dejar de una vez el oro de la Visa para los atletas aplicados.

Los quitamiedos de la hostelería de hoy

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2012 a las 11:24


Será porque es la versión hostelera del Juan sin miedo por lo que no se calló cuando el golferío de Mercasevilla le pidió el impuesto revolucionario, será por eso que Pedro Sánchez Cuerda ha bautizado esas mesas altas que le comen terreno a los veladores de toda la vida como los quitamiedos, en sustitución de unas mesas bajas que, por cierto, parecen en muchos casos sacadas de la casita de Pin y Pon. Se sienta usted en esas mesitas de casita de muñeca que ahora se destilan en muchas cafeterías y experimenta una sensación próxima al gigantismo, cuando no de incómoda apretura si el establecimiento está cargado de público.

-¿Has cogido varios kilos, no?
-¡No, qué va! Es que estoy sentado en una mesa de Ochoa y me sobran piernas por todos lados.

Lo de las mesas altas como quitamiedos, según el ilustre tabernero, es para no asustar a la cada vez más tiesa clientela, escarmentada de los puyazos que en tiempos del maná se pegaba por el mero hecho de sentarse. La mesa alta es una suerte de mixtolobo: ni es el velador con mantel y servilleta en floritura donde el camarero levanta la vara en cuanto avista al comensal (mejor sin sal, que es más sano) ni es el taburete pelado y mondado con o sin resbaladero para apoyar el pie. Lo del quitamiedos de Sánchez Cuerda, qué quiere que les diga, suena a cuesta de la media fanega de los años ochenta, que era cuando tenía mérito subir la cuesta de la media fanega detrás del camión de turno camino de Extremadura. Aquellos quitamiedos de carretera ni quitaban el miedo ni ná. Lo mejor era no mirar por la ventanilla del coche hacia abajo y clavar los ojitos en la trasera (culo) del camión, ora con jamones de Jabugo para colocarlos en el mercado salmantino, ora con productos de la huerta murciana con destino a Portugal. Las mesas altas son esos quitamiedos de la hostelería de hoy. Ni sentado del todo, ni de pie del todo. Ni ración, ni tapa. Mejor, como siempre, no mirar para abajo. Y pedir el chupito de la casa.

Los restaurantes clandestinos

Carlos Navarro Antolín | 16 de agosto de 2012 a las 20:10


Con la crisis rebrotan una serie de actividades muy interesantes, negocios perdidos u oficios en desuso. La crisis agudiza el ingenio de los cinco botellines en el cubo o del llévese usted la botella de vino que ha descorchado para ronear ante sus invitados y se la termina en su casa con una tapa de queso. Hay familias de las llamadas bien que recuerdan cómo salieron adelante en los años ochenta gracias a esa madre coraje vendiendo joyas por las casas de sus selectas amistades, catálogo en mano y con el orgullo alto. O montando la boutique de turno. O dando clases del manejo del robot de cocina, hoy llamado thermomix. Con discreción y con toda dignidad, la cabeza de familia pulsaba los timbres de los hogares, se metía en el recibidor y desplegaba los últimos modelos de collares, pendientes, esclavas y gargantillas. Y visita a visita iban entrando algunas perras en esa maltrecha economía casera por el fallecimiento del padre o por una desgracia sobrevenida en la empresa familiar por culpa de un hermano trincón.
Las señoras de hoy no venden joyas, pero han hecho de sus grandes casas, con sus extensos salones con vistas al Casco Antiguo o al Aljarafe y sus numerosos aseos, selectos restaurantes en los que dan de comer a una clientela que procede, una vez más, de sus muchas amistades cultivadas en los años de bonanza. Sólo tiene usted que avisar por la mañana y saber la dirección. No hay anuncios ni publicidades, pues no deja de ser un mercado negro del menú al que ya quisiera hincarle el diente el ministro Montoro. Funcionan con el boca a boca y así les va bien. Les llaman ya los restaurantes clandestinos. “¿Quiere que le prepare unas lentejitas o unas albóndigas? Si es para alguna celebración podemos encargarle gambas”. Y la señora, de apellido de rancio abolengo y exquisita educación, le pondrá de almorzar en un ambiente de absoluta tranquilidad y confidencialidad. Tal vez coincida en la mesa de al lado con un aristócrata venido a menos, con un empresario conocido o con alguno de esos niños bien que sus padres han dejado en el agosto sevillano para hincar los codos que no hincaron durante el curso. Puede comer la mar de a gusto desde los 20 euros, atendido con unas formas ya perdidas y metiéndose hasta la cocina de una casa de tronío de la ciudad, sin necesidad de la pastilla de almax y con unas vistas envidiables.
En uno de estos restaurantes clandestinos ya se ofrece hasta la posibilidad de tener un pase de cine privado los martes y domingos. ¿A quién le extrañan estos nuevos negocios? Es una forma de sacarle partido a la agenda y a esas casas de 500 metros cuadrados de los años de vino y rosas, imposibles hoy de colocar a un incauto comprador. Antes eran las joyas, ahora son los guisos. Los guisos…y la intimidad misma de un hogar lo que se ofrece. Hasta en el selecto Aeroclub de la Avenida de la Constitución tienen los socios ya la posibilidad de hacerse su propio plato, que para eso han puesto un hermoso horno en el sótano.

Los bares florecen como hongos

Carlos Navarro Antolín | 1 de noviembre de 2011 a las 13:34

Los bares florecen como hongos. Son los champiñones de la crisis. Calles tradicionalmente sin bares y plazas maravillosamente diáfanas sin mesas ni sillas han quedado convertidas a la nueva religión del consumo al aire libre en un plis plas. No hace falta consultar las fotos en sepia de la calles San Fernando y Albareda o del mismísimo Paseo de Colón para comprobar cómo se han terciarizado brutalmente determinados espacios urbanos que renacen como esa playa de Benidorm atiborrada de sombrillas pero con mesas, sillas y camareros driblando peatones. Cada día abren más y más bares. Donde menos se imaginaba, donde más imposible parecía. Donde había una oficina de Banesto junto al Arco del Postigo hay ahora un bar. Donde había una tienda de recuerdos en el Paseo de Colón se está montando una barra la misma mañana del primero de noviembre festivo. Donde había una camisería en Bailén, funciona ya una cafetería especializada en las tortas de Alcalá. Donde había una… Y siga usted mismo la retahíla porque seguro, segurísimo, que echa de menos aquella tienda de complementos o aquella entidad donde se hallaba el cajero automático de guardia. Ahora donde usted piensa hay un bar, con sus mesas, sus sillas, sus pizarras de colores para los güiris y sus camareros con el oficio por aprender.

Antes tenía usted un local y se frotaba las manos si llegaba el tío del banco ofreciéndole un traspaso. Encajarle su bajo comercial heredado a una entidad bancaria era como encontrar el Vellocino de Oro. Ahora que ya nos hemos acostumbrado a los veladores en la Plaza de San Francisco, que resistió más de 50 años libre de mesas y sillas, sólo nos queda la Plaza de Pilatos como espacio libre de paelladores y montaditos franquiciados. De las Zonas Acústicamente Saturadas, que son las ZAS que siempre recuerdan a la margarina de la infancia, habríamos de pasar a la concesión de Zona Libre de Veladores para espacios dignos de protección. La Plaza de Pilatos es un buen ejemplo de nuestro particular lince ibérico en versión urbana. ¿Se ha tropezado usted alguna vez con un lince yendo para Matalascañas o Sanlúcar de Barrameda? Rápido, piense en una plaza del centro de Sevilla donde no haya un solo bar. Y que no sea la de Pilatos… ¿Lo ve? Ocurre como con el lince.

La fuga de talentos

Carlos Navarro Antolín | 3 de diciembre de 2010 a las 12:19

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Zoido se encerró ayer con alumnos de Económicas y Empresariales en un foro promovido por los cachorros de Nuevas Generaciones, luego el viento soplaba a favor de querencia, aunque el público resultó muy variopinto como se pudo deducir de diversas intervenciones (y de la ausencia casi total de pelo engominado). Más de dos horas dieron para mucho. Hubo debate de verdad, del que se suele celebrar cuando ya no hay periodistas en la sala. O el personal cree que no lo hay. Los jóvenes se expresaron sin tapujos, lamentando que han sido engañados en cierta forma porque en sus casas les instaron a hacer una carrera universitaria y ahora resulta que la carrera no garantiza ningún porvenir. Sólo uno levantó la mano cuando la mesa preguntó cuántos de los presentes estarían dispuestos a fundar su propia empresa al terminar la carrera. ¡Y eso que era la facultad que era!

La fuga de talentos, marca de la casa hispalense, continúa a una gran velocidad como pudo comprobar el aspirante del PP a la Alcaldía, especialmente cuando un joven recién salido de las aulas realizó todo un relato de su vida con el siguiente eje: “Soy ingeniero industrial, hablo dos idiomas perfectamente y en breve me voy a tener que ir de Sevilla. ¿Sabe usted lo peor? Lo peor no es vivir fuera, que ya lo hice un año en Inglaterra, lo peor es que sé que ya no volveré salvo en Navidad”. Otros se quejaron del paro creciente que hay en el gremio de los odontólogos, aprovechando la presencia del presidente del colegio profesional, Luis Cáceres, quien no se anduvo por las ramas en su exposición al denunciar que el Estado no regula la profesión en función de la verdadera demanda de plazas, así como que los miles de odontólogos sin empleo están condenados en el mejor de los casos a trabajar como asalariados, pues montar por su cuenta una consulta supone un desembolso entre 150.000 y 200.000 euros en el supuesto más económico. “Nos gastamos un dineral en universidades para formar odontólogos que luego no van a poder trabajar como tales”.

Terminó el acto después de un sesudo debate sobre el papel de los bancos, la inutilidad del ICO y la impotencia de las cámaras de comercio por ayudar a todos los jóvenes emprendedores. Uno de los recién licenciados se acercó ya en privado al candidato: “Me he criado en una casa de izquierdas, de lo cual estoy muy orgulloso, pero sepa que yo a usted le votaré antes de irme definitivamente de Sevilla”.