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El quite de Romero a Espadas

Carlos Navarro Antolín | 18 de abril de 2017 a las 5:00

Alcázar.

El alcalde es un tipo con suerte. Este Juan Espadas ha caído de pie en el Ayuntamiento y no hay estampida que lo zarandee. Con sólo once concejales, con la Sevilla cofradiera encantada, tocando las fechas de la Feria como le da la gana para contentar a madrileños y hoteleros, y sin oposición política que le rechiste. Espadas descafeinó el premio taurino del Ayuntamiento para no molestar a sus socios de la izquierda, los muchachos de Participa Sevilla e Izquierda Unida. El premio ya no depende sólo del Ayuntamiento, como ocurría en tiempos de Zoido, sino de la Fundación Europea del Toro y su Cultura. Se trataba de que el galardón perdiera su dependencia directa del gobierno y se centrara más en los aspectos culturales de la Fiesta Nacional. ¡Ahí va, la cultura y yo con estos pelos!

El 28 de marzo de 2016 se publicó la concesión del premio al pintor Miguel Barceló. Ya ha llovido y ya hemos corrido en la Madrugada. Y el lunes 17 de abril de 2017 han tenido que venir a recogerlo en nombre del pintor, porque el pintor, el artista, que es un artista, pedazo de artista, no ha tenido tiempo de venir a Sevilla a recogerlo de manos del alcalde. Para algo inventaron los romanos la representación.

¿A quién ha mandado Barceló a recoger el premio que lleva el nombre de la ciudad? ¿A su abogado? Frío, frío. ¿Al proveedor de sus lienzos y pinceles? Frío, frío. ¿A su fisioterapeuta? Más frío, mucho frío, pero más frío que el cuerpo que se nos quedó la noche del Viernes Santo. El premio despreciado por Barceló lo ha tenido que recoger nada menos que Curro Romero más de un año después de su concesión. El mismísimo Curro le ha hecho el quite providencial a este alcalde suertudo. Curro le ha salvado el expediente a un gobierno que sí tuvo lo que hay que tener para poner vallas en las calles en Semana Santa, pero no lo ha tenido para darle el premio taurino a un torero, a un ganadero, a un rejoneador o a un novillero. Ni los 175 años del hierro de Miura han valido, oiga.

Como se trataba de buscar el aspecto cultural de la fiesta, tururú, se lo dieron a un tipo que no ha tenido la consideración de coger un AVE, pasar una noche en el Alfonso XIII y recoger el galardón. Barceló ha pasado de la ciudad, del premio y del alcalde como de eso que está usted pensando y es de color marrón. Tan aficionado era Romero a esos quites del perdón en las ferias de los años noventa que ha vuelto a hacer uno, pero no para que lo perdonen a él, sino para que Espadas se libre de los almohadillazos que merece su buenismo, su afición a lo políticamente correcto en estos asuntos de la tauromaquia, su objetivo de no molestar a sus socios minoritarios. Romero solía hacer el quite del perdón al toro que cerraba plaza la tarde que clausuraba su particular feria. Tres lances de capa y una media con las manos bajas bastaban para consolar a una afición que se había tragado todos sus macheteos desde el Domingo de Resurrección. A Romero, a este paso y a sus años, le van a dar el premio doctor Vila al quite providencial. Si no es por Curro, Espadas se queda sin acto de entrega de su descafeinado premio taurino, que ya de taurino le queda lo mismo que al hotel Colón, el de la suntuosidad sacrificada. ¿Tenía, por cierto, necesidad el Faraón de meterse en esta faena? La que han liado Espadas y sus muchachos para no tener que dar el premio a un torero ha sido como las que liaba Juliá con esos canapés tan raros que se inventaba para no tener que poner jamón. Y, al final, han tenido que tirar de Curro, un torero. Y Curro, papeles cambiados, le ha puesto el escudo al alcalde del buenismo taurino y al pintor que ha despreciado a Sevilla. Como los escudos que le ponían a él cuando cabizbajo abandonaba el ruedo camino del callejón de Iris.

La liquidación de la quinta del Cardenal

Carlos Navarro Antolín | 22 de noviembre de 2014 a las 5:00

SEVILLA, 27/02/2014.
EL día que un muchacho llamado Alfonso Jiménez recogió en la Real Maestranza el premio al mejor expediente de la Facultad de Arquitectura, su padre quiso que Curro Romero, presente en la ceremonia, firmara detrás del diploma. El Faraón de Camas dejó el toreo en 2000, unos meses después del fallecimiento de Diodoro Canorea, el empresario con el que se entendió a la perfección al negociar el número de tardes en el abono sevillano. Tres o cuatro en la Feria y una en San Miguel. Sin Diodoro, Romero no se veía. El ciclo estaba liquidado. No lo retiró un toro, sino la interpretación precisa de la coyuntura.
Ironía del destino, al maestro mayor de la Catedral no lo quita su edad de los andamios del templo, sino que ya no tiene a Francisco Navarro a su lado, su particular Canorea con el que confeccionaba el programa de obras de cada año como Curro y Canorea pactaban cada temporada. La vejez que esgrime don Alfonso en su carta se merece un tururú de grande como la Catedral y su sucursal del Salvador (convertida en museo con tienda en la puerta principal) juntas. Con Jiménez se va la última gran referencia de un pontificado de casi 30 años. En esta diócesis ocurren cosas muy extrañas: en una misma semana hay un cura que entrega las llaves de la parroquia al vicario de zona y un arquitecto de prestigio que entona el ya estoy yo en mi casa cuando sabemos que se encuentra divinamente y con salud para seguir quitando jaramagos de los pináculos e inventando andamios imposibles para auscultar esa piedra con la que yo creo que ha llegado a hablar a solas como el doctor Rodríguez de la Fuente se entendía con los lobos.
La quinta del Cardenal está en liquidación. A cierta edad y con cierto currículum no está uno para admitir ciertas tutelas. Ni para bailar con el loberío de medio aullido. Querido don Alfonso, lo de la edad se lo cuenta usted a los canónigos. O al Lagarto de la Catedral.