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El Paseo de Colón enmudece

Carlos Navarro Antolín | 7 de diciembre de 2017 a las 5:00

05/12/2017: Bares del paseo Colón cerrados.

LA Campana sin veladores, el Paseo de Colón sin gin tonics. Los hoteles rozan el lleno en estos días de bulla, luces altas, humo de castañas, frenadoles, mucho paseante de la hermandad de los mirones y mucha triple fila en los bares. En el Paseo de Colón se ha hecho la ley del silencio. Llegó la Policía y mandó callar. Se acabó la diversión. La política es el arte de lo posible, mandar es el arte de que otro haga lo que tú quieres que haga sin que se note que tú lo has querido. Juan Espadas inauguraba la exposición de los dulces de conventos y, entre bollito de Santa Inés y yema de San Leandro, precinto que te crió. A Dios rogando y el Paseo de Colón ordenando. El alcalde con cara de ángel, los dueños de los bares con rostros de demonios. Eso es mandar: que no se noten las intenciones, que sólo se vea la mano que adquiere dulces para ayudar a esos cenobios donde se reza mientras los demás precintan. En el Paseo de Colón no hay público por las aceras, no hay cables, no hay pantallas de televisión, ni repisas para descansar las copas de balón. Al Paseo de Colón le han puesto como a algunos de los vagones del AVE: el silenciador.

Dicen que los bares andan buscando las posadas de letrados ilustres, la asistencia jurídica que permita la reapertura de puertas en estos días de temporada alta en el consumo. Se dice que si abogados apadrinados por ministros, que si letrados independientes y, por lo tanto, peligrosos para el poder establecido… Malos tiempos para los bares, qué lugares. Pero nadie, nadie, enfoca el asunto desde el punto de vista de la indefensión del cliente. Un bar de copas con elementos instalados sin el amparo de una licencia y con informes que dictaminan la imposibilidad de legalización, es un establecimiento sin esperanza. Y donde no hay esperanza, sólo hay peligros. Caídas, incendios, posibles intoxicaciones y un etcétera más largo que un Pleno municipal. El seguro del bar no se haría cargo de los gastos provocados por toda esa ristra de posibles incidencias. Sería como viajar en un coche sin la ITV en regla. En Sevilla hace tiempo que ya no funciona el nunca pasa nada. Recuerden el caso de Cádiz, aquel de los 70 consumidores ingresados por una ingesta de alimento en mal estado. El derecho de indemnización se esfuma si no hay cobertura legal de la actividad. No digamos en caso de incendio si sale afectado, por ejemplo, la vivienda de arriba. Los seguros se lavan las manos. De nada de esto se habla, nada de esto se escucha, salvo en los informes de seguridad y emergencias que maneja Urbanismo sobre esta emergente milla de oro del gin tonic.
Precinto a precinto, tacita a tacita, bienmesabe a bienmesabe, este alcalde con silenciador cierra los bares, limpia la vía pública y, por si acaso, engorda la cuenta de las productividades en el presupuesto de 2018 para que no falte un policía en las procesiones y otros actos de 2018. La superioridad moral de la izquierda, bien aprovechada, es un filón para este Espadas. Política de tiquitaca, dulces y precintos, barrenderos y sinergias con Málaga. Espadas no entra en los bares. Los cierra. La noche es para dormir, el bastón de alcalde es para mandar. Sin que se note. La fiera que rugía en el Paseo de Colón amanece hoy enjaulada.

 

05/12/2017: Bares del paseo Colón cerrados.

Espadas saca la infantería

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2017 a las 5:00

Ayuntamiento. Espadas informa sobre los asuntos tratados en el M

MIENTRAS se aclara cuándo podremos ir en tranvía de San Bernardo a Santa Justa, cuál será el uso de inmuebles como los de la Gavidia y la antigua iglesia de San Hermenegildo, cuándo pondremos el pie en el edificio de la antigua estación de Cádiz o en el del antiguo mercado de la Puerta de la Carne, en qué futuro período de la Historia estarán comunicados por tren el aeropuerto y la estación ferroviaria, o qué conjunción de planetas debe producirse para tener la siguiente línea de Metro, mientras ocurre todo esto, decíamos, el alcalde ha apostado sin proclamarlo por eso que se da en llamar la política de infantería, también conocida en el código cursi como la política de proximidad o micropolítica. Se trata de que los administrados sientan cerca a su Administración, de que perciban con claridad que el Ayuntamiento barre, poda y cierra los bares ruidosos. La expresión del Estado es el vacío, la del Ayuntamiento es una legión de barrenderos, policías y jardineros. Llevamos tres semanas en las que la sombra del Ayuntamiento es alargada, un ciprés estilizado con aspiraciones a dar sombra de platanero de indias. Se repiten los comunicados y convocatorias sobre las podas y plantaciones de nuevos árboles, sabedor el gobierno de que la oposición ha hecho pupa en este asunto. Los anuncios de planes especiales de limpieza, con el amplificador de campañas de concienciación, también se multiplican a menos de dos años de las elecciones, incluidos los de limpiar el entorno de la Catedral de publicidades estridentes. Y qué decir de las intervenciones de la Policía Local en el horario de máximo apogeo de la movida nocturna, no ya contra los efectos de la botellona, sino directamente contra bares de renombre y en zonas de elevada cotización de Nervión o el Centro.

Espadas, al que se ha acusado en reiteradas ocasiones de ejercer una política de ni fu ni fá, de tibieza, de tener prestigio en ciertos sectores de la ciudad sin haberse pringado en grandes cuestiones, ha sacado la infantería, se mete en los charcos y exhibe los tentáculos de una estructura mastodóntica como la del Ayuntamiento, a la que se reprocha con frecuencia estar oxidada y tardar una eternidad en afrontar un problema. Ahora existe eso que se llama voluntad política para requisar veladores, sillas y chirimbolos sin licencia; inspeccionar bares a los que se mide el aforo y el nivel de ruido, y ordenar la retirada de anuncios de fuerte impacto visual como los que afeaban la plaza del Salvador en su confluencia con Álvarez Quintero. La infantería en política ofrece conquistas a corto plazo que no son nada despreciables. Tal vez no genere el brillo de un balance material que incluya un gran proyecto que sirva de estandarte para identificar un alcalde con un logro, pero quizás los ciudadanos hayan superado ya con creces los tiempos en los que se exigían proyectos colosales de dudosa rentabilidad, como el estadio de la Cartuja o las Setas. Este gobierno, por el momento, es casi mejor cuando juega sin balón, como al frenar la gran mezquita de Sevilla Este, que cuando trata de hacer goles con alguna filigrana, como la ampliación de la Feria o la compra de inmuebles de la Junta en la Plaza Nueva, una operación que se quedó varada a la mitad de un Pleno por falta de apoyo de otros grupos políticos.

La ciudad está necesitada de mucha política de infantería, la que se aprecia de forma inmediata, pero que no descorre cortinillas de azulejos que quedan para la posteridad. La política de infantería obliga a un compromiso permanente, a una tensión mantenida en el tiempo para que, por ejemplo, las inspecciones a los bares abusones no queden como una andanada, a mantener una vigilancia de oficio para que las zonas libres de obstáculos sean, efectivamente, lugares por los que se pueda transitar todos los días. Tal vez Espadas pueda un día presumir como el nonagenario duque de Edimburgo (“Soy el que mejor descorre las cortinillas en las inauguraciones”) pero por el momento su eficacia se plasma en los comunicados de balances de lucha contra la movida, la retirada de obstáculos y en ese eficiente juego sin esférico que carece de brillo y que la memoria selectiva y cruel del votante suele olvidar con facilidad. Recuerden que poco le sirvió a Zoido la venta machacona de unas cuentas saneadas.

Por mucho que al alcalde le gusten los foros de gobiernos locales, las jornadas de sosteniliblidad en cuestiones variopintas y otras entelequias para rellenar la agenda, la realidad es que ha tenido que recurrir a la infantería, una vez superada la mitad del mandato. Es la mejor forma de hacerse patente y de preparar la vía pública para las grandes concentraciones de Navidad y Semana Santa. A los administrados les importa poco el porcentaje que han conseguido los sanchistas en la agrupación Centro, ignoran quiénes son los concejales de Participa Sevilla y tienen escaso o ningún conocimiento de los avances de Sevilla para beneficiarse de los programas europeos de smart city. Quieren una calle limpia, un transporte eficaz y que las ordenanzas se cumplan. Lo de contar con un servicio de taxi con esmero se deja para la carta a los Reyes Magos. Eso es cuestión de poderosos magos. Ahí no hay infantería que valga.

La mirada del otro

Carlos Navarro Antolín | 24 de septiembre de 2017 a las 5:00

caja negra 24

SE miraron frente a frente las dos Sevillas en la Plaza del Salvador, como se miraron dos caballos en la Feria de Sevilla, mire usted qué maravilla. Uno sintió la mirada del otro. ¿Quién era el otro? La misma pregunta se hicieron los sevillanos en aquella exposición que puso cara a cara a los dos giraldillos en el otoño de 1998: el original y la copia, el verdadero y el falso, el antiguo y el moderno. Se miraron esta semana Montañés y Muñoz. Las dos emes (sin hotel) de la Sevilla de dos polos. Muñoz y Montañés. Juan y Antonio. Antonio y Juan. El maestro del barroco y el Varoufakis hispalense. El hombre que esculpió a Dios (ay, Fernando Carrasco) y el que inventó lo del hábitat urbano para la nomenclatura de un cargo que toda la vida de Dios se llamó Urbanismo. Las dos Sevillas en el andamio. Sevilla a vista de Montañés en la plaza con veladores, bebedores de cerveza en vertical, palomas y otros pájaros. Este Muñoz, Atila de los veladores que por donde pasa no crece la hierba de la cochambre de mesas y sillas, se ha puesto a limpiar monumentos en la ciudad donde sobran las estatuas, las placas y los soldaditos de plomo, donde quieren ponerle ahora otro monumento a la duquesa de Alba. La mirada del otro es la imagen perfecta que prueba que ambas ciudades se necesitan como agujas de reloj, como el alpiste al canario, como el pico gordo a la ensaladilla, como el incienso al carbón, como la nata al palo, como la avalancha a la Madrugada, como el albero a la Alameda, como la melva a Zoido, como las mangas largas a Espadas, como las aspirinas a los Plenos municipales. Ningún alcalde puede tener un modelo único de ciudad, claro que no. En Sevilla coexisten varios modelos, conviven, se cortejan tanto como se repudian, una vida cotidiana marcada por los roces y las filias, donde nunca se sabe quién es el otro, pero donde siempre ambos se están mirando entre guiños de afecto y acusaciones de asfixia, colapso y hartazgo.

Se miraron esta semana dos visiones de la ciudad que se atraen como polos de un imán (sin mezquita): el bronce de Montañés, Inmaculada Concepción en su regazo, y las chaquetas entalladas de Muñoz, con forro interior y botonadura de diferentes colores.
Torrijos restauró el monumento a la Purísima cuando era delegado de aquella cosa bautizada como Infraestructuras para la Sostenibilidad. Muñoz nos va a dejar a Montañés de dulce. La izquierda desprecia el precioso mobiliario del Salón Colón, pero cuida los iconos de la Sevilla más tradicional. Esta progresía se pirra por la Sevilla de postal, las torrijas y las tortas de aceite. Y la derecha se harta después de invitar al rojerío a llevar cristos y vírgenes sobre sus hombros. Las dos Sevillas se necesitan. Sin ti no soy nada, parecen decirse mutuamente a lo Amaral mientras el alcalde, otra vez, se pone celosillo porque Muñoz sale de nuevo bien parado ante las cámaras.

Dicen las malas lenguas –que en Sevilla copan el padrón– que Muñoz en realidad quería quitarle la jamuga a Montañés en aplicación de la ordenanza de veladores. El hombre que esculpió a Dios, el hombre que dejó la Campana como la dehesa de Tablada. La eternidad de Montañés frente a la política efímera. El barroco frente al minimalismo. La Plaza del Salvador frente a la Alameda. Se miraron frente a frente, como se miran cada día, como dos ciclistas se vigilan en el mismo pelotón, como dos modelos reales de la misma ciudad, como dos caras de la moneda del mismo mercado. Como dos giraldillos de una sola Catedral.

Un portavoz ante el espejo

Carlos Navarro Antolín | 23 de julio de 2017 a las 5:00

Beltrán sentado

CONSCIENTES del tiempo que se ha llevado sangrando la herida de la división interna, el PP de Sevilla se apresura en pintar la fachada, adecentar la casa y mesarse los cabellos para poner su mejor cara ante el votante. Los populares se dan prisa para alcanzar agosto con los primeros deberes hechos. El líder supremo, Javier Arenas, ha desembarco nada menos que en el Ayuntamiento para reforzar la posición del jefe de la oposición, Beltrán Pérez. Arenas no pisaba la Casa Consistorial desde la toma de posesión como alcalde de Juan Ignacio Zoido, allá por el verano de 2011. A la sesión estaban convocados todos los cargos electos de Sevilla, en presencia, por supuesto, de la presidenta provincial, Virginia Pérez. Arenas, a puerta cerrada, les pidió a todos que trasladen la voz del grupo municipal a los despachos de la Administración del Estado. Y Virginia, siempre con la aguja y el dedal para coser los jirones internos tras un año de zozobra, hizo alusión a que la familia estaba al completo pese a las heridas aún por cicatrizar: “Como veis, existen mesas lo suficientemente grandes para que podamos caber todos”. Claro, lo dijo porque en la sala había miembros destacados del bando oficialista que perdió el control del partido, algunos tan importantes como José Luis Sanz, alcalde de Tomares y senador, jaleado y proclamado el jueves en las redes sociales como “referente del municipalismo del PP”, y también estaban Alberto Díaz, hoy portavoz adjunto del grupo municipal, y los ex presidentes provinciales Ricardo Tarno, diputado nacional, y Juan Bueno, diputado autonómico. La verdad es que acudieron todos los citados salvo la concejal Lola de Pablo-Blanco y la diputada nacional Silvia Heredia, en ambos casos por razones justificadas.

Beltrán Pérez, llamado a ser el candidato en 2019 con todo el apoyo de Arenas y Virginia, tal como se pudo evidenciar el viernes, ha trazado la hoja de ruta de los próximos meses en un documento al que ha tenido acceso este periódico. Lo llamativo del guión es que el PP de Sevilla se dispone a la recuperación del voto de los electores “tradicionales de la Derecha”, escrito así: con mayúsculas. El PP es consciente de que debe remontar el auge de Ciudadanos y contrarrestar el efecto de Espadas en los sectores conservadores de la ciudad. El actual alcalde no provoca rechazo en Los Remedios, ni en el Centro, ni en Triana, ni mucho menos en Nervión, distritos tradicionalmente azules. Espadas es un socialdemócrata sin aristas de los que tanto gusta en Sevilla. Tampoco acumula mandatos como Monteseirín, por lo que aún no ha cometido irregularidades que puedan generarle escándalos mediáticos, ni tan siquiera preside un Ayuntamiento con sueldos altos. Por todo esto, Beltrán Pérez tiene que sacar su perfil más político, reinventarse como concejal correoso de la oposición. No le vale hoy su estilo de éxito anterior a 2011, cuando fue uno de los arietes más fuertes contra el cuartel de Monteseirín. Basta recordar aquella rueda de prensa en la que hizo sonar un cencerro para llamar la atención del entonces alcalde socialista. Hoy no hay facturas de comilonas, ningún cargo electo cobra por encima de los 60.000, todavía no hay primos colocados y los viajes (pocos) han dejado de ser noticia.

Beltrán Pérez se mira estos días al espejo a la búsqueda, quizás, de un nuevo perfil, de un nuevo estilo que lo diferencie a las claras de la imagen de un alcalde que le ha comido terreno al PP por los terrenos de esa derecha sociológica tan amplia en una ciudad como Sevilla. El viernes, entre los suyos y sin cámaras, pronunció un discurso de alcalde, en el que llamó a los cargos hispalenses del PP a trabajar para que Sevilla ejerza una “calidad competitiva” como capital de Andalucía y que sea una urbe que lidere el área metropolitana. En el documento insta a huir de “los liderazgos personales”, a mantener “agilidad y comunicación” con otros grupos municipales de la oposición y a que los doce concejales del PP tengan la convicción de que forman “el mejor grupo del Ayuntamiento”, entre otros detalles de funcionamiento interno. El mismo guión insta a los concejales a “tener vida propia, capacidades propias y agenda propia”. Pero la principal idea es la de la necesidad de “convencer” al votante de derecha. Tal vez por eso Arenas citó a los suyos en el Salón Santo Tomás: para que sus cachorros rebeldes (el bando oficialista) metieran el dedo en la llaga del costado del que ha sido designado como candidato ‘in pectore’ a la Alcaldía de Sevilla en 2019. Beltrán es el elegido por Arenas. De eso no hay duda. En política, un cuarto de hora es mucho tiempo. Arenas representa la eternidad, capaz de pegar un regate en una baldosa, de estar brujuleando por Génova y aparecer en pleno julio en el Ayuntamiento del que fue concejal hasta 1989. Su éxito es que se reinventa. Beltrán Pérez tiene que pasar del cencerro al perfil institucional sin descuidar el aguijón político. Y, al mismo tiempo, mirarse en el espejo y reconocerse.

El portaaviones Colón

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2017 a las 5:00

portaaviones colon digital

SEVILLA no tiene playa por mucho que Alejandro Rojas-Marcos se empeñara. Aquí las olas son de calor, las oleadas son de robos en los comercios de Regina y los oleajes, fuertes oleajes, son en la Madrugada que perdimos. Sevilla cada vez tiene la Feria más larga y la sombra más corta. Sevilla no tiene un urbanismo suave pese a que la ciudad se somete a su particular travesía del desierto durante seis meses, somos peregrinos bajo un sol despiadado en la ciudad donde se fundó Quitasol, sublime contradicción. La sombra vendo, la sombra nos arrebatan. No hay Leopoldo que nos eche el toldo. Somos el sol, vivimos con el sol, nuestra cultura es de sol, de aire libre. Nuestro modo de vivir es en la calle, nuestro concepto de uso de los espacios públicos forma parte de la identidad colectiva. La ciudad, sus hábitos, van en un sentido mientras los responsables de diseñar las calles y plazas recorren justo el opuesto. Choque frontal entre el sentido común y el disparate. La Gerencia de Urbanismo y la ciudad parecen vivir en un divorcio perpetuo. El urbanismo de Manuel del Valle nos dejó una ciudad endurecida que Soledad Becerril trató de reparar con los jardines del Prado. El de Zoido nos ha legado un Paseo de Colón árido, una suerte de segundo capítulo de la barbaridad de la Avenida de la Constitución que perpetró el equipo de Monteseirín. Este Paseo de Colón es un perfecto portaaviones con pista expedita para el despegue de turistas con la piel enrojecida, salmonetes de mochila, chanclas y botella de agua. Los técnicos de la Gerencia de Urbanismo son fieles seguidores del mininalismo de estilo NH, de la arquitectura tipo tanque de tormenta y, por supuesto, de extensiones de terreno sin un palmo de sombra, todo lo cual rematado con un sonriente autorretrato que se guarda en los archivos del organismo autónomo cuando la fotografía debería estar en la galería de los horrores. ¿Para cuándo la medalla de oro de Sevilla a la Gerencia de Urbanismo por recrear el primer portaaviones netamente hispalense? Dicen que Sevilla es un estandarte de la industria aeronáutica, pues también lo es de la naval en pleno casco antiguo. Aquí seguimos teniendo los astilleros bien cerquita del río, hemos fabricado un insufrible portaaviones junto a la Torre del Oro, Arenal de Sevilla, como se fabricaban los barcos en las antiguas Atarazanas.

En este portaaviones sólo se echa en falta algún material de hierro chorreado tan de moda en los arquitectos de la post-Expo. El hierro chorreado vale para una casa de hermandad (Candelaria), un restaurante (la visera del Abades), una parroquia (San Vicente) o cualquier plaza dura (bajos del puente del cachorro , junto a la estación de autobuses Plaza). El hierro chorreado es la maldición del tiempo que nos ha tocado vivir, como lo son el cemento sin ninguna muestra de misericordia en forma de agua y sombra. Alejandro soñó la playa, Zoido inventó una Navidad con camellos y sólo le faltó prometer que acabaría con el calor.
Sevilla es una ciudad sin oasis donde el trazado urbanístico de la Judería nos enseñó hace un puñado de siglos cómo ganarle sombra a la ciudad del sol. Pero preferimos no aprender del pasado e inventar nuevos errores y perseverar en ellos. Yhasta jactarnos con un autorretrato que –ya que está la plaza de toros tan cerquita– es todo un pase de la firma que sólo merece una lluvia de almohadillas procedentes del graderío, del graderío del sol, naturalmente. Porque de la sombra, ni mú. Silencio. No existe. Ni se le espera.

Zoido fue un visionario. A falta de sombra trajo camellos. Fue el que tuvo claro que buena parte de Sevilla se había convertido en un desierto gracias a la gestión de gobiernos de diferentes colores. Y decían que no tenía modelo de ciudad. El portaaviones Colón es el mejor símbolo de la gestión de los espacios urbanos de los últimos 25 años. Quiten a San Isidoro y San Leandro del escudo de la ciudad como pretende la izquierda rancia, y pongan cemento y un camello. Hay que jorobarse.

 

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Rajoy hace un ‘ya si eso’

Carlos Navarro Antolín | 9 de abril de 2017 a las 5:00

 

EL tío de la mochila dice que Rajoy no viene el día 20 de abril a la conmemoración del XXV aniversario de la Expo’92.El tío de la mochila es Jorge Moragas, ese señor del pelazo que siempre va detrás del presidente cuando el gallego sale del pleno del Congreso de los Diputados para montarse con rapidez en el coche blindado que aguarda al ralentí en la calle Floridablanca. Moragas es el hombre que habla en nombre de Rajoy, el mismo que, por cierto, usa su enorme influencia para colocar en la ejecutiva del PP andaluz a su gran protegida, Tita Astolfi. Moragas anuncia por carta que Rajoy acepta formar parte del comité de honor de los actos de las bodas de plata de la Muestra Universal, pero que la “complicada agenda institucional y política” del presidente del gobierno le impedirán estar en Sevilla el día 20. En realidad dice que Rajoy aún no puede comprometerse. No dice que no, tampoco dice que sí. Rajoy, a través de su vicario, hace un ya si eso. Todos sabemos que cuando se acepta formar parte de un comité de honor es porque no se va a poner un pie en el sitio adecuado en la hora y el día indicados. Rajoy pasa de estar en Sevilla el día 20 para recordar la gran obra de Felipe González en Sevilla, una ciudad que sigue pagando en los presupuestos estatales (y autonómicos) la gran inversión que recibió con motivo de aquellos fastos. Pareciera que los sevillanos tenemos que seguir pidiendo perdón por el 92, cosa que no ocurre en Barcelona. Pareciera que a nuestras provincias vecinas hay que seguir compensándolas por el “privilegio” del que disfrutamos hace 25 años, no justificado por el peso de la Historia, sino por el dedo de un presidente sevillano que, menos mal, nos dio el AVE los primeros, porque de lo contrario, viendo nuestro potencial y nuestras capacidades de reivindicación, estaríamos aún como los gallegos y vascos: sin oler la alta velocidad.

Ya si eso vendrá Rajoy. O no. El presidente, ya si eso, irá mejor a Barcelona cuando toque recordar los Juegos Olímpicos –“Los mejores de la era moderna”, que dijo Samaranch– o como fue el otro día a anunciar los millones en inversiones que soltará el Estado en 2017 para asegurar la unidad nacional. Ola cohesión. O el equilibrio. O como se diga en el código políticamente correcto de turno. Moragas juega al equilibrio epistolar. Nos suelta un me alegro de verte bueno y a ver si un día nos vemos, al estilo Arenas (Javié), al estilo de Zoido, al estilo andaluz (Este no es tu referéndum). Primero pone el algodón de reconocer la importancia que tuvo la Expo, “que marcó un antes y un después en la ciudad y en la proyección internacional de España”.

–¿Eso lo ha escrito Moragas él solito?
–Han debido ayudarle.

Y después nos coloca la aguja del ya si eso. Ya si eso lo llamaremos si podemos “acompañarle”. Ve yendo tú que ya veré quiénes van y cómo está el PSOE andaluz para entonces. Los reyes eméritos estarán el día 20 en el monasterio de Santa María de las Cuevas para abrir con solemnidad los actos conmemorativos. Pero Rajoy recula. Moragas felicita al alcalde al final de la carta por la celebración de la efeméride. Eso sí que es sevillano. Me recuerda al que felicitó a un pintor en voz alta por la calle Cuna por el “pedazo de cartel” que había hecho, a pesar de que la obra de arte no se había presentado aún. Ojana se llama. Las frases hechas las carga el maligno. A Moragas se le ha olvidado escribir que el Gobierno de España está seguro de que el ministro Zoido sí que se pasará por el acto. Para eso está Zoido, ¿o no? Para presentar libros en el Colegio de Abogados o planes de seguridad del pequeño comercio, o para asistir a inauguraciones de rascacielos y pregones de Semana Santa. Por eso dicen ya con guasa (que no falte) que el de Fregenal de la Sierra es el “ministro laborista” del ejecutivo del PP. Porque se dedica a sus labores. A sus labores en Sevilla.

La verdad es que mejor que contar con Rajoy el 20 de abril en la Cartuja, mucho mejor sería contar con los millones necesarios en el Presupuesto de 2017 para la construcción, por fin, de los túneles que requiere la SE-40 en el Aljarafe. Opara la gran reforma pendiente del Museo de Bellas Artes. O para la red ferroviaria de Cercanías. O para esas comisarías de las que se habla desde los tiempos del socialista Monteseirín como alcalde. Pero decir estas cosas un Domingo de Ramos en Sevilla es como colocarle el silenciador al discurso. Qué más da. Todos esos proyectos vitales para la ciudad bien merecen un ya si eso. Al estilo Moragas. En la Expo al final hizo mucho calor. Quizás podría venir Moragas al acto como director del gabinete del presidente y organizar esa noche un cotarro flamenco, como hizo con ocasión del congreso pepero que hubo en Fibes no hace muchos años. Qué noche aquella, Jorge. Ya si eso la contamos otro día que el coche espera hoy al ralentí y no conviene emitir más gases en Floridablanca.

Quién cose al PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2017 a las 5:00

Quién cose al PP de Sevilla

EL PP de Sevilla está roto. Fracturado. Exhibe cada día con más nitidez las entrañas de un desgarro provocado por la traumática pérdida de la Alcaldía en mayo de 2015. Los recientes comicios internos para la elección de compromisarios para el congreso regional que se celebra el próximo fin de semana en Málaga revelan que Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente regional, afronta la cita con la formación hecha unos zorros en la capital, con dos bandos que, a tenor de los resultados, están condenados a entenderse, pero donde nadie hace el menor intento de buscar el consenso, de coger hilo y dedal y ponerse a coser, dicho sea en los términos que empleó Susana Díaz para aludir a la necesidad de recomponer el PSOE, ahora dirigido por una gestora. El PP de Sevilla, por el momento, no tiene quien lo cosa. La tensión que ha marcado estas últimas elecciones internas no augura unas vísperas tranquilas de cara al decisivo congreso provincial que habrá de celebrarse tras las fiestas mayores.

Según pasan las fechas, el conflicto interno es cada vez más explícito, con su correspondiente efecto en la vida interna del partido, con episodios agrios entre militantes, y con el tono plano que mantiene el Grupo Popular en el Ayuntamiento, donde Alberto Díaz parece guardar aposta un perfil exclusivamente institucional a la espera de acontecimientos. Hasta la celebración del congreso provincial no se sabrá con certeza si su etapa de portavoz es duradera o, por el contrario, queda relegada a una interinidad operativa. Por el momento, Alberto Díaz parece el respetuoso inquilino de un piso en alquiler de corta duración, que aún no se atreve a taladrar las paredes, pero que tiene los cuadros y los espiches preparados. Mientras tanto, el gran beneficiario de esta situación es el socialista Juan Espadas, que se pasea por la verde pradera de la Plaza Nueva a lomos del corcel de la estabilidad, disfrutando de la carencia de una verdadera oposición y de la compañía poco molesta de una todavía bisoña izquierda radical.

Tanto el bando oficialista (Cospedal, Zoido, Juan Bueno, Alberto Díaz y José Luis Sanz) como el crítico o renovador (Arenas, Amalia Gómez, Patricia del Pozo, Virginia Pérez, Beltrán Pérez y Juan Ávila) han inflado el censo de nuevos militantes para ganar apoyos en la elección de los compromisarios. Aquí han votado por las dos facciones madres, hermanos, primos, allegados de todo vínculo, etcétera.

Los oficialistas se han impuesto en la capital en número de compromisarios, pero con el aliento crítico pegado a la nuca pues los chicos de Arenas presumen de haber ganado en número de votos. Los críticos sí han ganado en la provincia en número de compromisarios, pero saben de la importancia que hubiera tenido para sus intereses haber controlado totalmente las cocinas capitalinas, donde han obtenido importantes avances respecto a la anterior elección de compromisarios para el congreso nacional, pero sin que puedan descorchar ninguna botella por el momento. El resultado de estas últimas elecciones a compromisarios revela que ninguna corriente tiene la hegemonía en el PP de Sevilla. Ni siquiera el propio Juan Manuel Moreno Bonilla controla casi nada en la sede provincial sevillana, de ahí que su tibieza sea manifiesta desde que se evidenció el conflicto el último Miércoles de Feria con la fotografía de los críticos en la caseta ‘El Manijero’, que dio nombre al grupo que quiere controlar el supuesto pos-zoidismo en el partido. Es más, el líder regional ha salido pellizcado de estos comicios internos, pues los militantes tenían dos urnas para votar: una para elegir a los compromisarios del congreso regional y otra para respaldar al único candidato a presidente regional. Votaron 472 militantes en la capital, de los que sólo 375 dieron su apoyo a la continuidad de Moreno Bonilla. Queda claro que el malagueño sigue generando silencios entre la militancia sevillana. Sevilla no es sólo una plaza que se le resiste, sino que le provoca sufrimientos porque unos (los oficialistas) no lo quieren en el cargo de presidente regional, y los otros (los críticos) no terminan de sacarlo del burladero de la tibieza para que se alinee con sus intereses.

De la capital, el primer dato a destacar es que nadie discute la victoria de los oficialistas en la elección de los compromisarios. Incluso han ganado, aunque haya sido por sólo cinco votos, en el distrito Sur, donde votan el mismísimo Javier Arenas y Amalia Gómez. Las discusiones se centran en determinados compromisarios, como ocurre en Los Remedios, donde ambos bandos se atribuyen a la concejal Carmen Ríos. La caída de los críticos ha sido notable en San Pablo-Santa Justa, donde han perdido las cuatro actas de compromisarios de los que gozaron la vez anterior.

El segundo dato destacable es que el líder municipal de los críticos, el concejal Beltrán Pérez, ha vencido en su distrito de Palmera-Bellavista, después de haberse quedado fuera del congreso nacional, al que no pudo acudir como compromisario por falta de votos. Pérez se puso esta vez las pilas y ha salvado su marca personal al lograr los tres compromisarios de su distrito para la causa denominada renovadora. De 88 votantes, 57 apoyaron a Beltrán Pérez.

La victoria oficialista ha sido evidente (aunque con corto margen de votos en algunos casos) en distritos como Triana, pese al avance de los críticos; y en Nervión, Casco Antiguo, Sur o San Pablo-Santa Justa.

En la provincia, la victoria de los críticos no hay quien la discuta, con más de veinte representantes de diferencia, lo que alienta a los leales a Arenas a tener esperanzas fundadas en una victoria en el congreso provincial, cuya elección previa de compromisarios se disputará a cara de perro ante la previsible presentación de dos listas. Los críticos presumen especialmente de victoria en Gines y de tener de su lado a un ramillete de alcaldes entre los que figura el de Carmona. La provincia no ha sido nunca el fuerte del aparato capitalino del PP, una circunstancia que los críticos quieren seguir explotando de cara al congreso provincial.
En los días previos a la elección de compromisarios regionales se han vivido todo tipo de conflictos, desde conversaciones telefónicas grabadas donde se pone a caldo a dos destacados críticos, a los habituales retrasos en la entrega de los listados para dificultar la captación de los votantes, pasando por las denuncias sobre la ausencia de cabinas que garantizaran el derecho al voto.

El actual presidente provincial, Juan Bueno, se está tragando con una meritoria buena cara todos los conflictos que lastran el partido desde hace casi un año. El desgaste para su figura es innegable, pues no se recuerda un enconamiento igual y tan prolongado en el tiempo en la historia del partido en Sevilla. Bueno ya se desgastó en las maniobras de verano para prescindir de Virginia Pérez como secretaria general, unas operaciones que dejaron al partido al borde de la gestora. Pocos son los que confían en que Bueno siga como presidente a partir del próximo congreso provincial, salvo que una improbable coincidencia de circunstancias así lo aconsejaran. Es diputado autonómico y hombre que guarda la disciplina debida hacia los aparatos. Sabe sufrir, como ha demostrado en distintas etapas y tal como le ha reconocido Arenas en alguna ocasión. Su futuro en el partido no se discute. Su papel como presidente provincial parece ya caducado.

¿Quién será el próximo presidente del PP sevillano? ¿Existen opciones de fusionar ambas corrientes en una sola lista para evitar una explosión que dejaría un buen número de heridos?

Los críticos mantienen que su candidata a la presidencia provincial es Virginia Pérez, la correosa portavoz del PP en la Diputación Provincial, cuyo estilo especialmente directo pone de los nervios al oficialismo del partido. Si gana la opción crítica, la referencia municipal será Beltrán Pérez, que lleva catorce años como concejal y vivió su mejor momento en el acoso y derribo del gobierno de Monteseirín, una habilidad que necesitará en breve el PP si quiere recuperar la Alcaldía. Arenas, que nunca se olvide auspicia la lista crítica, querrá colocar en buen sitio de la ejecutiva a una de sus grandes protegidas: Patricia del Pozo. La otra es Macarena O’Neill.

Los oficialistas tienen a José Luis Sanz como su principal referencia para la presidencia. El alcalde y senador de Tomares ya fue presidente en la etapa de mayor éxito electoral para el PP en la provincia. Tomares es una plaza consolidada electoralmente para el centro-derecha. Sanz podría intentar ser candidato a la Alcaldía de Sevilla, para lo que necesita tres requisitos: lograr el poder orgánico en el partido, quedar absolutamente limpio de posibles nuevos frentes judiciales, y convencer al electorado de que se puede pasar de alcalde de un municipio del Aljarafe a serlo de la capital. Monteseirín ya pasó de concejal de pueblo y presidente de la Diputación a alcalde de la capital durante doce años. Los requisitos que tendría que cubrir Sanz no son difíciles de superar, pero tampoco hay que descartar el posible regreso de Zoido a Sevilla en caso de que la legislatura sea corta, se produzca una eventual victoria de Pedro Sánchez en el congreso del PSOE y el hoy ministro del Interior quiera retornar como la marca más sólida del centro-derecha hispalense.

Si Sanz gana, su referencia inmediata en la Plaza Nueva será Alberto Díaz –hoy portavoz– aún con más fuerza. La probabilidad de entendimiento entre José Luis Sanz y Virginia Pérez es nula. Entre Sanz y Beltrán Pérez pudiera existir algún tímido brote verde. Muy tímido. Los días que pasen entre la elección de compromisarios para el congreso provincial y la celebración del mismo congreso serán decisivos para conocer la probabilidad de formación de una lista de consenso en función del número de compromisarios que cada bando crea tener asegurado. Si no hay entendimiento, habrá que ir a votaciones precedidas de discursos cargados de emotividad para captar los votos de última hora. Habrá una lista ganadora, otra perdedora y un cartel que seguirá reclamando la presencia de aguja, dedal y muchas horas de paciencia. La unidad de todo partido no pasa por el discurso o los ideales, sino por asegurar la supervivencia de los actores de la gran obra de teatro que es la política. Nunca se olvide que Pepe Caballos, otrora factótum del PSOE andaluz, expulsó en 2004 a una tal Susana Díaz del Ayuntamiento para orillarla en el Congreso de los Diputados. Se la quitó de Andalucía asegurándole esa supervivencia. Y en esa etapa de exilio nació la estrella de la política andaluza que hoy prepara el asalto a la calle Ferraz. Hay patadas para arriba que son el preludio del nacimiento de una gran figura. Hay convulsiones, períodos de costura, de las que puede surgir la candidatura más inesperada.

Zoido acaba con la subdelegada del Gobierno

Carlos Navarro Antolín | 27 de diciembre de 2016 a las 5:00

La delegada del Gobierno en Andalucía, Carmen Crespo, preside el acto de presentación de la nueva subdelegada del Gobierno en Sevilla, Felisa Panadero.
DEL bombo grande del sorteo de Navidad de la Lotería Nacional iban cayendo los números en un escenario donde se combinaban de mala forma la suntuosidad del Teatro Real de Madrid y el barniz hortera del público habitual de estas citas. También en la capital del reino, en los despachos del Ministerio del Interior, se ejercían todas las influencias posibles a esas horas para dejar huella en el nuevo organigrama de subdelegados del Gobierno, antiguamente denominados gobernadores civiles hasta que Aznar suprimió tal denominación y algunas condiciones para contentar a Cataluña. En simultáneo, en el Salón Colón del Ayuntamiento de Sevilla se celebraba el último Pleno del año. Mientras unos se distraían con el sonajero del cambio del mobiliario de una estancia en otros tiempos suntuosa y ahora degradada, algunos (muy pocos) estaban atentos al plato frío que se estaba preparando en las cocinas del PP. Toda una venganza. Estaba en juego el puesto de la subdelegada del Gobierno en Sevilla, Felisa Panadero, cuya gestión está marcada por el éxito, especialmente en el último año. Cantaban los niños de San Ildefonso y la subdelegada tenía a esas horas el puesto asegurado. Pero sólo en esos momentos. Interior apretaba desde Madrid para derribarla. Y la cúpula del partido, leal al ministro Zoido, empujaba desde Sevilla con el mismo objetivo de tumbar a Panadero: “Ha hecho mucho daño al partido, muchísimo”. Daba igual el éxito de seguridad de la Semana Santa de 2016, una fiesta en la que el gobierno de Zoido cometió una imperdonable bajada de guardia en 2015 con el agravante, además, de tratar de ocultar los graves sucesos ocurridos. Importaba poco que Panadero se haya entendido a la perfección con el gobierno socialista de Juan Espadas en operativos tan delicados como la salida extraordinaria del Gran Poder, las cientos de manifestaciones o la cabalgata del Orgullo Gay. “Ha hecho mucho daño al partido”, se insistía desde Sevilla. El aparato del PP hispalense, en el fondo, no le perdona a esta secretaria judicial que haya asistido a dos reuniones de los críticos con sus correspondientes fotografías: una el Miércoles de Feria y otra el 30 de mayo. Felisa debía caer por alinearse con Javier Arenas, debía ser cesada de manera ejemplarizante como serio aviso del futuro que puede esperar a los críticos del PP sevillano, amparados por Arenas, padre natural del centro derecho andaluz.

Los subdelegados del Gobierno dependen en la actualidad de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que para eso es también ministra para las Administraciones Territoriales. El Pleno, soporífero, continuaba en Sevilla. El secretario, Luis Enrique Flores, daba lectura a un nuevo punto del orden del día mientras en la calle todo era jarana y de fondo se oía una banda sonora de cantes de lengua gorda: “Un pasito palante, María, un, dos, tres, un pasito patrás”. Panadero cayó por la tarde . Las presiones de Zoido y sus chicos desde Sevilla surtieron efecto. Antonio Sanz, ahijado político de Arenas, sería respetado por ahora como delegado del Gobierno en Andalucía, pero Panadero debía ser relevada. Es el precio de la rebeldía. El precio de enfrentarse al aparato del partido. El precio, también, de ser amiga íntima de la hermana de Javier Arenas. Remover a Sanz hubiera sido tocarle un hijo político a Javié. Remover a Felisa es advertir a la parroquia del cambio de roles. Antes era Arenas el que influía para que Zoido fuera delegado del Gobierno en Castilla la Mancha, primero, y en Andalucía después. Hoy es al revés. Annuntio vobis.

Zoido jamás lo reconocerá. Hoy pondrá la sonrisa de rigor en la ceremonia de jura del nuevo subdelegado. Son días de pascua. Zoido metió la bola negra en el bombo grande y los subalternos la hicieron caer cuando del chico salió el nombre de Felisa Panadero. ¡Premio! Hasta el arzobispo Asenjo pidió que Felisa continuara en el cargo como premio a su eficacia, ¿verdad Juan Ignacio? Fue al término de la misa oficiada en la Catedral ante el Gran Poder. Nada menos que un prelado y en presencia del Señor de Sevilla se interesó por el futuro de una profesional leal. Zoido dijo que sí –¡Cómo no!– y anunció que no habría problemas. Hasta los socialistas Juan Espadas y Juan Carlos Cabrera defendieron su permanencia en el cargo por la colaboración eficaz y leal entre ambas partes. “La seguridad no tiene color político”. ¿Cuándo ha ocurrido que un gobierno de la ciudad, de color socialista, elogie a la Delegación y a la Subdelegación del Gobierno en manos del PP? En Sevilla lleva casi dos años ocurriendo en beneficio de los ciudadanos. Pero Panadero cae porque es de Arenas. Y porque ayudó a que la Semana Santa fuera un éxito, la Semana Santa que se le fue de las manos a Zoido cuando su gobierno sesteaba por enésima vez y aún no se había recuperado del paso por la primera taberna de los 20 concejales. Así es la política. Las caras de algunos concejales tanto del PSOE como del PP en la tarde del último Pleno eran literalmente un poema. Hablando de poemas, alguien escribió en su teléfono móvil que a Zoido habría que tomarle juramento como al rey Alfonso en los versos del Mío Cid: “En la Plaza de España, donde juran los subdelegados, allí toma juramento Arenas a su antiguo cortesano. Las juras eran tan recias que a Zoido ponen de espanto. Melva no pruebes jamás, ni de Calvo ni de Usisa, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si fuiste o consentiste en el cese de Felisa”.

Y a don Juan José ya se lo explicarán. Los siglos de la Iglesia todo lo resisten. Como el poema del Mío Cid.

Sonrisas y lágrimas

Carlos Navarro Antolín | 27 de noviembre de 2016 a las 5:00

sonrisasylagrimas
EL coche del ministro del Interior llegó esta semana hasta la sede de la Conferencia Episcopal Española en Madrid. Del vehículo se bajó el arzobispo de Sevilla. Zoido y el prelado hispalense se habían encontrado en Atocha. Se llevan muy bien desde que ambos coincidieron en Toledo: uno como delegado del Gobierno en Castilla la Mancha y el otro como obispo auxiliar. El ministro insistió en acercar a monseñor Asenjo, que viajó a la capital para participar en la asamblea plenaria de los obispos españoles bajo la presidencia extraordinaria de los reyes de España y la asistencia de Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno. El ministro estuvo el miércoles posterior en Sevilla, recibido a las puertas del Consulado de Portugal por José Pérez, consejero delegado de Ernst&Young, para presidir la entrega anual del premio que convoca la consultoría. Zoido se dio un baño de abrazos y cumplimenteos en un ambiente a favor de querencia. César llegó, vio y venció. Zoido vino, cenó y se marchó por la mañana con la corona de laureles de decenas de palmadas en la espalda y guiños públicos en los discursos. Sevilla, que en mayo de 2015 se convirtió en un tormento tras la pérdida de la Alcaldía, vuelve a tener para Zoido ese color que es como la tapa de lomo de Casa Ruperto: especiá. Ruperto, ese paraíso de los pájaros. Fritos.

Esta misma semana, el alcalde socialista Juan Espadas sufría de nuevo el frío de la mañana de San Clemente en la Catedral –lobera y pendón– y el de gobernar en minoría: le han tumbado la compra de la sede de la Junta en la Plaza Nueva y sus planes para los sesenta solares de la ciudad, donde pretendía obligar a construir en unos y permitir, en cambio, que los del conjunto histórico siguieran como están. Ningún grupo lo ha apoyado: ni los socios de investidura, ni los chicos del PPque ahora están capitaneados por Alberto Díaz.

Zoido viene a Sevilla como el madrileño que se baja del AVE la noche del alumbrao. Espadas sufre los efectos de la noria del Muelle de las Delicias en proceso de desmontaje, un fracaso más en las apuestas por reforzar la oferta turística. Zoido asiste a los pontificales de la Catedral y visita la Macarena. Espadas sufre otro pulso de la constructora del centro de recepción de visitantes junto al río. La empresa alega que no queda ya dinero para terminar la obra.

Sonrisas y lágrimas. La política sí que es una noria. Aquel líder de la oposición que vivaqueaba en el palomar aguardando la llamada del presidente Rajoy, es hoy el que regresa a Sevilla a cruzar una y otra vez bajo el Arco del Triunfo de los abrazos, besos y parabienes de una ciudad encantada de tenerle como ministro. Ni un español sin pan, ni un sevillano sin su foto con Zoido. Y Espadas sufriendo en el potro de tortura de la Alcaldía. Hasta tiene que arrear con el entierro de la segunda tienda de Ikea, la que Zoido iba a arreglar en 15 días. ¿Se acuerdan?. Si la Alcaldía fue un potro con 20 concejales, ¿verdad Juan Ignacio?, cómo no será para quien tiene sólo once y ha de entenderse con ediles que casi no llegan a la talla de delegados de la ESO.

El ascenso de Zoido al Ministerio del Interior, gracias a un dedazo –como no podía ser de otra forma– ha coincidido con la previsible cuesta arriba de un mandato que, en breve, comenzará a experimentar los efectos de curvas pronunciadas. Lo dijo Pepote: la alegría en fútbol puede durar hasta una semana, pero en política nunca más de un cuarto de hora. La política es una noria que un día se monta con comisiones a 60.000 euros y otro día se desmonta. Un día estás en un palomar, otro día con un séquito de policías nacionales de paisano y el tableteo de un helicóptero, banda sonora del poder. Nadie en Sevilla te recuerda que eres mortal. Aquí el único que mantendrá su condición hasta el final es don Juan José. Otros actúan como si los hubieran ordenado en lugar de designado. Efímero tableteo. Suba que yo le acerco. Y Espadas se quedó en Sevilla. Y Sevilla se quedó sin noria.

Barranca, el frío de los independientes

Carlos Navarro Antolín | 1 de mayo de 2016 a las 5:00

Pleno extraordinario del Ayuntamiento.  Comparece José Barranca.
El aserto jurídico dice que quien puede lo más puede lo menos. En Sevilla funciona maravillosamente. Miren la Plaza de San Francisco: quien coloca una jaima, coloca también muebles botelleros o alargaderas eléctricas. Miren la Plaza de la Encarnación: quien levanta un corsé con forma de setas que ahoga la plaza, es capaz también de afear aún más un espacio urbano de traza histórica al montar un zoco de barriada periférica los días de Navidad. Miren las Atarazanas… O mejor no las miren, cierren los ojos para que no sufra el corazón.

Si Sevilla tiene un alcalde capaz de desbloquear en pocos meses la situación de los terrenos del Puerto, cultivar una relación fluida con los alcaldes de otras capitales de provincia andaluzas, incluidos los de ideología opuesta a la suya, y acabar a la primera con los problemas de seguridad de la Semana Santa, también debe ser capaz de gestionar con la diligencia debida asuntos mucho más fáciles de afrontar. Espadas se pirra por la macropolítica, la economía, la sostenibilidad, el medio ambiente, las sinergias y esa ristra de conceptos baúles donde siempre caben todos los proyectos, análisis y teorías sesudas sobre modelos de ciudad. Es un político modelo hoja de excel, lo cual puede ser estupendo, pero no debería descuidar ciertos detalles. La dimisión del Defensor del Ciudadano, José Barranca, era un episodio evitable. Este militar ha estado ejerciendo hasta esta semana como presidente de la comisión de sugerencias y reclamaciones porque así lo dicta el reglamento, que insta a sus miembros a continuar en sus puestos hasta que la nueva Corporación municipal efectúe los nuevos nombramientos. También dice la norma que el gobierno debe tener lista la nueva composición de la oficina del Defensor en los tres meses siguientes a la toma de posesión. A Espadas, está claro, se le han ido los plazos. Lleva más de diez meses en el gobierno y no ha hecho estos mínimos deberes de micropolítica, digámoslo así.

El alcalde no debe decir que Barranca sabía que en diciembre terminaba su labor al haber entregado el informe anual sobre su actividad como Defensor. Los correos electrónicos que se han cruzado entre el Defensor y la delegada de Participación Ciudadana hasta hace poco demuestran que eso no es así. La concejal de la que depende la oficina no tenía asumido, al menos, que a partir de enero había que considerar expirada la relación con Barranca. O el alcalde y Adela Castaño no se coordinan, o Espadas simplemente ha evitado cualquier contacto con este curtido militar para no soliviantar a sus aliados de la izquierda radical.

Costaba muy poco recibir a Barranca, agradecerle los servicios prestados desde una independencia fuera de toda duda y promover su sustitución en el Pleno. Si al alcalde le han fallado los sustitutos, si se le ha atascado la negociación del nombramiento del nuevo Defensor con los grupos políticos, al menos podía haber atendido, aunque fuera en privado, algunos de los requerimientos de quien ha demostrado que no era un vasallo del gobierno que lo promovió al cargo (Zoido), ni ha estado dispuesto a perpetuarse en un puesto en el que se cobra una dieta ínfima.

Así no se despide al Defensor. Por una mera cuestión de estilo. Las vallas están bien en puntos clave del callejero en la Semana Santa, pero no para dejar aislado a quien ya anunció hace tres años que, al final, pagaría la factura de su independencia. Ni el alcalde del PP lo llamó al dejar el gobierno –¡qué caro le salió al Defensor decirle al rey que estaba desnudo!–, ni el del PSOE al acceder al cargo, no vaya a ser que molestemos a la izquierda radical con un recibimiento institucional a quien se ha declarado de derechas. ¡Horror! Está claro que ser independiente lleva aparejado sentir frío polar.

Ordenen el Puerto, conecten Santa Justa por tranvía y reordenen la calle Mateos Gago, pero cuiden también a las personas. No sólo al alcalde de Málaga.