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El vuelo de la ciudad

Carlos Navarro Antolín | 14 de mayo de 2017 a las 5:00

rapaz giralda

CON la inercia del vuelo sostenido tras un aleteo jaranero de días, interminables días que son los que duran las fiestas mayores. Con la mirada altiva, orgullosa, presumida, coqueta y con ese punto estirado que es la vanidad de quien cree que oculta con éxito sus miserias. No hay muchas más horas de vuelo, sabemos que nos quedan pocas, pero mantenemos a duras penas cierta altura mientras dura un ralentí que nos basta, nos genera la felicidad del bienestar cotidiano, ese estado de ánimo que se atribuye al carácter, al clima o a ambas causas. Sabemos vivir, sabemos volar alto y también tenemos capacidad demostrada en muchos aterrizajes forzosos. Vamos cayendo ahora poco a poco, en un descenso silencioso, hasta la llegada del muermo del verano. Nos vamos reblandeciendo con parsimonia, perdiendo la fuerza con una cadencia hermosa hasta posarnos en la balaustrada de algún proyecto, en el pináculo de la esperanza hueca del discurso de algún vendedor de crecepelo que nos haga sonreír, en el tejadillo de la música melódica del anuncio de alguna visita ilustre que nos obligue regar los jardines, exhibir las jacarandas y acicalar ese salón de casa que es el casco histórico.

Iremos perdiendo altura, como siempre ocurre tras cada primavera en que despegamos con fuerza. O creemos que despegamos. O soñamos con que hemos despegado. Qué mas da. Siempre pasa. Somos el calendario que tenemos. Somos esclavos de un cronograma. Un calendario completo que incluye nuestro orto y nuestro ocaso. Está todo programado. En este caso sabemos el día y la hora. Y se cumple cada año como una liturgia perfecta. El calendario marca la vida de la ciudad, lo tenemos alicatado en el biorritmo de la urbe. No volverán algunos ministros con sus cuadrillas a posarse en los balcones de las vanidades. No volverán los famosetes de tres al cuarto con sus trajes a pasear por la ciudad del albero. Salud (de San Bernardo) y hasta el año que viene. Sevilla es la primavera. Sevilla es el vuelo de un pájaro hermoso que cuando llega mayo va perdiendo la energía, se refugia en verano en la sombra de algún patio del Alcázar para regocijo de poetas y deja de abrir el pico en cuanto las tardes son cortas y las noches son mantos de flecos largos. Se apagó el motor. Se recogieron las alas. Se consumieron las mejores horas. Nos quedamos los de siempre, mirándonos unos a otros como parientes tristes en un velatorio de trámite donde nadie llora porque todos sabían de antemano el final. Nos gusta el rito de recrearnos en las horas bailadas, dejar navegar la memoria en la mar perdida de los gozos efímeros, en lugar de lanzarnos a la búsqueda de nuevos tablaos productivos.

Pasaremos otra vez calor, mucho calor, por una Avenida sin sombra, metáfora perfecta de la ciudad: calle ancha, larga y esbelta, pero sin árboles, inhóspita y adusta. Los ecos de algunos proyectos tintinearán en algún debate para minorías, pasarán las horas, los meses, los días largos y volveremos a soñar con ese despegue que parece compensarnos todo. Somos el pájaro Curro, nostalgia, recuerdo, evocación, pasado. Vuelo alegre y caída. Borrachera y resaca. Pan y migas. Traje elegante por un día y harapos para el resto. Somos ese calendario que llevamos grabado en la heráldica íntima de la ciudad. Somos aves de vuelo corto. Sevilla es un calendario. Somos el pájaro que presume de pico largo en primavera y que parece estar condenado a un eterno invierno desplumado. Vivimos de la inercia de unos días hermosos. Mantenemos el vuelo sostenido cuanto podemos porque somos pájaros en una ciudad sin sombra. Nadie vendrá a plantar árboles por nosotros. Nos quieren por unas horas, nos dejan al ralentí el resto del año. Es nuestro encanto. Es nuestra condena. Por pájaros.

Pero Bilbao no tiene ‘mapping’

Carlos Navarro Antolín | 9 de enero de 2013 a las 5:00


Iñaki Azkuna pasaba por Sevilla para ver la exposición de Murillo cuando le cayó la petalada del título de mejor alcalde del mundo. Pura casualidad. O no, que diría uno con barba. La celebración improvisada (o no) incluyó como fondo la Giralda. El alcalde de Bilbao subió a la azotea del Ayuntamiento sevillano y, con la melodía de fondo del desmontaje del mapping, que equivale a la desarmá de los palcos de la Navidad, redujo didácticamente la política a un do ut des: “Yo te doy, tú me das. Yo te presto, tú me prestas. En eso consiste esto”. Por eso confesó sin complejos que le gusta cuidar sus relaciones con la capital de Andalucía y, en especial, con la Fundación Focus Abengoa. No se olvide que Azkuna tiene un museo que alimentar, el Guggenheim, una pinacoteca que en buena medida le ha valido el título que concede la Fundación City Mayors. Dicen que también le avala el meritazo de tener el Ayuntamiento de Bilbao con una deuda a cero, mientras que en Sevilla la losa que se debe a los bancos es de 518 millones. Y creciendo. El jurado del balón de oro de la política municipal pondera que Azkuna ha logrado transformar una ciudad industrial, “fea y sucia, como dijo Hemingway”, en una ciudad más limpia, más transparente y de servicios: “La verdad es que ha sido complicado. En los años ochenta tuvimos una crisis en la que todo el tejido industrial se vino abajo y hubo que empezar de nuevo”.
Sevilla aguantó la crisis de los ochenta, la depresión posterior a 1992, ahora anda rozando los 90.000 parados y, puestos a hablar de limpieza, la ciudad lleva meses sufriendo las amenazas de huelgas indefinidas de la sociedad municipal de limpieza, cuyo comité de empresa se niega al recorte de un 5% en las nóminas de los trabajadores y a trabajar dos horas y media más a la semana. Sevilla pareciera como Sísifo… pero sin ni siquiera llegar a subir la roca a la cima de la colina. Siempre abajo, aplastada quizás por el pedrusco de su propia indolencia, marca de la casa.
Azkuna dijo que la transformación de Bilbao ha sido posible por la “paciencia, tenacidad y perseverancia de los bilbaínos”, virtudes que cualquiera de buena fe podría atribuir a los sevillanos tras aguantar obras faraónicas sin sentido, derroches de dinero público con publicidad y alevosía, continuas subidas de tasas e impuestos, la huida de grandes empresas y un amplio catálogo de corruptelas tanto de corbata como de baja estofa que huelga citar para no alargar la letanía. Pero, aquí, la transformación duró lo que duró el motor de la Expo. Y ahora la ciudad vive al ralentí, capitalizando las sobras del mandato anterior (Lonja del Barranco, ampliación de Fibes) , a la gresca con la Junta (Decathlón, Gavidia) y cultivando la política de infantería o ilusionista a falta de dinero (policías contra la prostitución, refuerzo de Tussam los días de partido, bonobuses para béticos y sevillistas, luces de Navidad, reparaciones en las aceras de los barrios, etcétera).
Azkuna presumió del tranvía bilbaíno. Y le echó un piropo al Metrocentro sevillano, el que inventó el socialista Monteseirín y por el que el Ayuntamiento de Sevilla sigue pagando el crédito al ICO: “He visto que en Sevilla tienen tranvía. ¡Ole!” Se hizo el silencio. Como en la Maestranza. Hasta el Giraldillo miró para otro lado. Y el alcalde de Sevilla, presidente también del PP andaluz, aguantó el tirón. Cortesía obligaba.
El político peneuvista elogió a los alcaldes de pueblos pequeños, a los que quiso dedicar su título, esos alcaldes sin que sacan adelante sus consistorios sin presupuesto, sin asesores, sin policías, sin bomberos. Azkuna preside el Ayuntamiento de Bilbao desde 1999, aunque solamente con mayoría absoluta desde mayo de 2011. Zoido preside con mayoría absolutísima el Ayuntamiento sevillano. Azkuna se hizo la foto del día con la Giralda de fondo, una habilidad de Zoido, porque Azkuna se fue desde la Plaza Nueva a San Telmo para ver al presidente Griñán, otro que no tiene la deuda precisamente a cero, y alguien musitó: “Ya lleva la foto hecha. Porque Griñán no tiene Giralda para contrarrestar nuestra foto”. Y Azkuna… Azkuna será el mejor alcalde del mundo, pero no tiene mapping. El mapping es nuestro. Como el mundo. Eso es así.

La Navidad de Zoido, del ‘mapping’ del Ayuntamiento al ‘luminaring’ de la Giralda

Carlos Navarro Antolín | 20 de diciembre de 2011 a las 19:37

A esta Navidad como Dios manda de Zoido le falta tan sólo un remate en condiciones. Y está previsto. La tarde del 5 de enero, nada menos que la Giralda quedará teñida de azul inmaculado desde las seis y media hasta la medianoche. Del mapping de la fachada renacentista del Ayuntamiento al luminaring de la Giralda, sin ministriles pero con despliegue de cañones de luz para que el alminar almohade luzca estética novelera durante cuatro horas y por sus cuatro caras. Esta suerte de luminarias en época de crisis, a base de luz y sin fuegos de artificio, resultan una iniciativa original y revive la tradición de ligar la principal torre de la ciudad con los grandes acontecimientos. El horario es de prime time en las calles del centro. La cabalgata, la novelería de la ciudad y el gratis total del espectáculo son una combinación perfecta. Ciertos asesores se saben bien el truco. Los dos mil euritos que cuesta iluminar la Giralda los apoquinan los comerciantes de la asociación Al Centro. Así que este Zoido recuerda al negrito de la playa que hartito de patearse la orilla te acaba colocando el reloj con el bueno, bonito y barato. Por cierto, la autoridad eclesiástica sugirió como propietaria de la torre el uso del color blanco en los cañones de luz por ser el de la Epifanía, pero el Ayuntamiento ha logrado convencer al Cabildo Catedral de que el tono albo no tendría el efecto deseado sobre la torre. Visto que este alcalde tiene tanta ascendencia sobre los señores de la Catedral y se lleva de dulce con monseñor Asenjo, conviene que una vez pasadas las pascuas sea el propio Ayuntamiento el que inste a reabrir el Patio de los Naranjos como la plaza de uso público que fue para la ciudad. Para entonces sí que habría que organizar un luminaring.