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La guerra de Cuba

Carlos Navarro Antolín | 12 de noviembre de 2017 a las 5:00

Caja Negra Puerto de Cuba

HACE mucho tiempo que Río Grande dejó de ser Río Grande y pasó a formar parte del elenco de marcas de Sevilla que viven del rastro de la fama, de las migas que sobraron del bollo orondo, del polvo caído de la estrella apagada de un establecimiento que atendió con brillantez a la emergente población de los Remedios de los años setenta en adelante. Río Grande triunfaba cuando en Sevilla funcionaban muy pocos restaurantes de verdad. El Becerra de la calle Recaredo era el preferido por la clase política municipal de los últimos años del franquismo y primeros de la democracia. La Isla del Arenal, el que servía a la clientela del Alfonso XIII. El Robles de Placentines combinaba el turismo de alta calidad con una mayoría de sevillanos del centro. La Raza era el refugio para decenas de visitantes de la Plaza de España. Yapunten si acaso una tríada más en el casco antiguo:Los Corales, El Burladero y Senra. Y se acabó.

A Río Grande acudía Doña María, la madre del Rey, tras sus visitas al templo del Salvador, de lo que daban fe unas fotografías expuestas a la entrada del restaurante. Y cuando era su hijo, don Juan Carlos, quien quería comer con vistas a la Torre del Oro, telefoneaba a su madre para que le recomendara algún plato. Río Grande fue agonizando lentamente, como casi todas las grandes marcas que han sido el estandarte hostelero de varias generaciones. En Sevilla hay cosas que se acaban poco a poco, como Río Grande, y cosas que están más que acabadas, como el economato Ecovol y su bar donde servían la tapa de salchicha roja con patatas congeladas; el cine Fantasio con los trailer iniciales de Movierecord, o el bar Asturias con el desarme y los cachopos.

No hay sentencia de muerte peor para un negocio señero que cuando alguien dice: “¿Ese sitio? Ha cambiado de dueño”. Que se lo digan a la antigua tasca del Burladero desde que la trincaron los pijas de la multinacional de turno sin pajolera idea del oficio. El cambio de dueño genera desconfianza, provoca recelos y obliga a poner en cuarentena cualquier establecimiento. Muy sevillano es eso de colocar el cordón sanitario a un bar que ha cambiado de dueño. Eso le pasó a Río Grande, que un día cambió de dueño y una legión de sevillanos dejaron de ir a almorzar a su espléndido comedor. Al perro flaco del cambio de titular se sumaron polémicas urbanísticas y hasta judiciales en las que ahora no vamos a entrar por enésima vez. Y como hecho curioso –revelador– cocurrió, mire usted, que comenzó a coger buena fama una cuidada terraza de copas, llamada Puerto de Cuba, fundada en 2005. La terraza se volvió más conocida y con muchísimo más tirón de público que el restaurante en muy poco tiempo. Yahí empezaron los problemas. A la marca herida de Río Grande le salió la incómoda marca pujante de la terraza de copas, nacida en sus mismas entrañas, en un espacio alquilado por la propiedad a un grupo de empresarios a razón de 90.000 euros anuales. Entre esos promotores figura, por cierto, Pablo Castilla, el que fue gerente de la televisión local con Monteseirín y con Zoido. Puerto de Cuba aprovechó el río como casi nadie hace en Sevilla. Tanto hablar de la calle ancha olvidada de la ciudad hasta que llegó este grupo de arriesgados, alquilaron un barco y ofrecieron pequeños cruceros entre copa y copa, e incluso copa en mano en la cubierta, a los clientes de la terraza dispuestos a pagar un plus. El personal se apuntaba en masa a lo de llegar al bar en barco y cenar luego en… Abades. He ahí otro de los problemas: los pasajeros no se quedaban en Río Grande pese a que el barco atracaba en Puerto de Cuba. La terraza iba como un tiro mientras el restaurante y su bar de tapas no lograban beneficiarse de la ingente captación de público de Puerto de Cuba.

Hace unos días que un grupo de forzudos han acabado literalmente con la terraza, han desmontado todo el mobiliario, han cambiado las cerraduras y han vigilado para que ni Castilla ni sus socios puedan acceder al lugar que han explotado desde 2005. Puerto de Cuba ha pagado religiosamente los 90.000 euros anuales a la propiedad con el viento a favor de un cambio climático que alarga los veranos y que genera que haya clientela al aire libre hasta entrado el mes de noviembre.

Puerto de Cuba ha revalorizado una finca cuya referencia era la marca agonizante de Río Grande. Y en ella ha puesto los ojos un fondo de inversión (Faetón Capital, S.L.) vinculado a un destacado empresario de la ciudad, Miguel Gallego, que lo adquiere como inversión. Según el comunicado oficial, Río Grande será cedido en alquiler a una firma de “operadores profesionales del sector”.

–Ojú. Lo de operadores suena más a quirófano que a ensaladilla bien elaborada.

Los compradores valoran internamente los activos de la sociedad en 9,6 millones de euros. La finca tiene dos zonas bien diferenciadas (el restaurante y la conocida terraza de copas) que suman 2.800 metros cuadrados. La rentabilidad del alquiler se calcula en un 6%. Con estos datos –nunca publicados– se comprenden las prisas de la parte vendedora por dejar la finca libre de inquilinos a la mayor brevedad para su entrega al fondo de inversión. Los empresarios de Puerto de Cuba han sido como la vieja indefensa que sobrevive en el bloque de pisos cuando la grúa está lista para el derribo y sólo queda ella por bajar la escalera. Se entiende que el abogado José Manuel García-Quílez, que representa a los desalojados, haya afirmado que jamás ha visto nada igual en sus veinticinco años como letrado: ni tantas prisas, ni tanta vehemencia, ni tantos forzudos con estética de los que recogen las fichas de los coches locos. Lo que está claro, mi dilecto García-Quílez, es que no volverás a ver a ningún monarca almorzando en Río Grande. Ahora resulta, además, que Río Grande no es un restaurante sino un “complejo”, según el lenguaje fatuo de los comunicados oficiales.

El desalojo de la terraza efectuado en la noche de Halloween, como quien aprovecha las luces bajas, los disfraces y la risa hierática de las calabazas, nos retrotrae a una Sevilla en blanco y negro donde todo el mundo calla, echa el visillo y cierra las ventanas, mientras se perpetran acciones de dudosa legalidad por personajes patibularios a sueldo. Por dinero danza el perro. Unos activos valorados en 9,6 millones de euros dan para muchos canes, para muchos bailes y para muchas cuadrillas de forzudos con sus correspondientes relevos. Castilla ha cometido el gran error de revalorizar una marca herida a base de trabajo y tesón. El éxito del gin tonic ha provocado la guerra de Cuba, una contienda que no ha hecho más que empezar y que se comenzará a despachar el próximo viernes en el juzgado con una pila de denuncias, actas notariales, fotografías, vídeos y todo ese rosario de pruebas de cualquier proceso complicado que se precie.

Que al sevillano no le gustan tantos cambios de dueño en tan poco tiempo es una regla que no falla, como la de parar solamente en las ventas donde hay muchos camiones aparcados. En las ventas no suele haber operadores. Acaso algún forzudo que mata la espera al son de una melodía de Camela, una de esas canciones que suenan en los coches locos los domingos por la tarde.

PuertoCuba

El triunfo de la fritanga

Carlos Navarro Antolín | 2 de octubre de 2016 a las 5:00

Horno San Buenaventura cerrado
EL día que cerró la tienda de Milano de la Plaza de la Magdalena, alguien decidió estirar la vida útil de la marca abriendo un Milano Copas en el mismo local. Cuando el Teatro Quintero vivaquea como puede, lastrado por la ruina de su dueño, alguien también ha decidido aprovechar las sobras de la tortilla para hacer un revuelto, por lo que ya tenemos el Quintero como bar de copas, con entrada libre hasta las tres de la madrugada, con sus lamparones encendidos en la puerta para atraer la atención del público. Que la finca tenga la catalogación de suelo de interés social y cultural importa muy poco en una ciudad que tiene asumido que el trago largo forma parte de ese concepto chicle que es la cultura. La misma ciudad que tiene igualmente asumido que los inspectores de Medio Ambiente son esos padres que lanzan el zapatillazo con cuidado de no agredir al pequeño bribón. Recuerden que estuvimos a punto de tener una cafetería en una de las azoteas de la Catedral.

Los poderes fácticos son los bares. Nadie puede con la infantería de la hostelería, que son los veladores. Nada extraño en una ciudad que vio cómo la popular cervecería de la Moneda se restauraba mucho antes que la propia Casa de la Moneda, monumento archicatalogado. Que la principal multinacional del pollo frito apueste con fuerza para hacerse con el local del antiguo Horno de San Buenaventura en la Avenida de la Constitución es la confirmación del repliegue que entidades bancarias, fundaciones y empresas hacen en las principales arterias de la ciudad. Es un éxodo hacia otros distritos, mejor comunicados y con menos turistas, que aportan poco en su cuenta de resultados.

La hostelería es el mar embravecido que va ganando terreno a la playa urbana de oleada en oleada. Y es una hostelería mediocre, franquiciada, dirigida desde los departamentos de expansión de Madrid, con olor a fritanga o a café en vasos de plástico tamaño XXL. Jamás se han tomado esos gigantescos cafés en Sevilla, pero todo pueblo débil se deja influir por hábitos ajenos con una facilidad pasmosa. Quizás sea porque Sevilla es la ciudad donde más se cita al prójimo a tomar café, pero donde ya no quedan verdaderas cafeterías. Cerrada Nova Roma, no hay un establecimiento donde tomar un café pausado a un precio más elevado que el habitual, pero con ciertas comodidades añadidas. No hay un café Gijón, como en Madrid, ni un Novelty, como en Salamanca. Tampoco queda rastro de aquel suntuoso Café Placentines que el propio Quintero fundó bajo su emisora de radio. No hay público que pague tres, cuatro o cinco euros, en función del horario, como ocurre en los parisinos Campos Eliseos, por un café bien servido con derecho a tertulia de larga duración. Probablemente Sevilla tenga la hostelería que se merece, una oferta de pollo frito en una Avenida que desde hace una década es la milla de oro de los cafés despersonalizados, un sector servicios degradado para que el turista se sienta como si no hubiera salido de su casa.

La Avenida de la Constitución de hoy es el triunfo de la fritanga. Empezó con el despropósito urbanístico de una peatonalización tan falsa como mal concebida, y termina por concentrar las ofertas de comida rápida y yogures exprés donde antes había bancos y negocios arraigados que aportaban el genuino valor local que, se supone, desea disfrutar el visitante. El entorno de la Catedral, principal monumento de la ciudad, presenta una oferta de comida marroquí, pizzas y pollo frito, que poco tiene que ver con la Sevilla de postal que genera el turismo. Aquí lo único originario que subsiste es el calor. Todo lo demás está embadurnado de vinagre de Módena. Por muchos ventiladores y aspersores que sean colocados, el calor, como el amor de la carta de San Pablo, todo lo soporta. Venga pollo frito de KFC. Y si falla el negocio, se abre el KFC Copas.

Tendría que venir el profesor Enrique Figueroa con su famoso medidor, que usa para calcular los grados que hace a la sombra o en los pavimentos, para que nos chive cuántos bares buenos quedan de verdad en el entorno del Alcázar y la Catedral. Probablemente, las muestras de la hostelería más genunina de Sevilla se encuentren ya en los barrios más que en el centro. Para ver Roma en Sevilla hay que ir a Santiponce. Y para leer una lista de tapas de toda la vida, a Nervión, Rochelambert o el Cerro. Sin un tío al lado que te pegue con la mochila. Y con un café con el tamaño de un café.

San Fernando, la reconquista pendiente

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

Reportaje amplio de la cochambre en que está convertida la calle San Fernando: mesas, banderolas, mobiliario de los bares, anuncios abatibles.
NO es que Sevilla tenga un trozo de Cádiz dentro, alma de provincia hermana en cuerpo de capital. Es que tiene un trozo de Huelva dentro, de avenida de Castilla de la Antilla, valga la rima, cuando uno recorre la calle San Fernando, por la que ya no pasan cigarreras, pasa el que puede entre la cochambre de anuncios, calefacciones, banderolas, toldos, ceniceros, vallas, etcétera. En un reciente balance ha salido que en la calle San Fernando hay autorizadas 454 sillas y 133 mesas, una galería de caos, mal gusto, Benidorm sin playa, Matalascañas de fritanga en el último fin de semana de agosto, mercadillo de la hostelería que en lugar de calcetines oferta montaditos. San Fernando es la calle cutre de un centro cada día más cutre, la calle que mejor representa la chabacanización de la hostelería en una ciudad que debiera mimar su patrimonio y el sector servicios con el celo de un camarero chino, qué pesados fiscalizando a los comensales en todo momento para ver qué desean.

¿Y saben quién dio la primera voz de alarma sobre la mutación de San Fernando? La Universidad de Sevilla. Para que luego digan que la Universidad está muda y no cumple su papel dentro de la sociedad civil. El señor gerente de la institución académica protestó por escrito al Ayuntamiento en tiempos de Zoido, cuando en Urbanismo estaba el delegado Maximiliano Vílchez, con cara de recibir siempre el pésame por los pasillos del Ayuntamiento (“Lo siento, Maxi, no somos nadie. No hay quien haga cambiar los turnos de trabajo de los empleados de la Gerencia. Te acompaño en el sentimiento”), y un gerente la mar de emperifollado que formaba parte de los gerentes cucharas de Zoido: ni pinchaban, ni cortaban.

El gerente de la Universidad se quejó con buenas palabras de la mierda que generan los veladores de la calle San Fernando, porque los residuos de todo tipo acaban en la lonja los días de brisas, dejando hecho un estercolero el tramo comprendido entre la puerta principal del Rectorado y la capilla. Aquella carta de protesta estaba firmado por don Juan Ignacio Ferraro, que adjuntaba fotocopia de las ordenanzas municipales que obligan a los señores titulares de licencias de veladores a no ser unos guarros. Urbanismo abrió expediente. Y hasta hoy. Los cucharas ya no están, porque las urnas los mandaron a la Venta, que ya saben ustedes la hortaliza a la que está dedicada la venta más famosa de las redes sociales. Ahora está Antonio Muñoz, socialista que ha creado una comisión de veladores para que, como Lampedusa, todo siga prácticamente igual pero parezca que hay una frenética actividad. A mi Antonio Muñoz con los veladores me recuerda a aquella gestoría de jóvenes emprendedores que al entrar el primer cliente se pusieron todos a aporrear el teclado e hicieron subir los cafés del negocio de abajo con la voz del camarero diligente: “El desayuno de siempre, señores, aquí lo tienen”. El caso es parecer que se trabaja, que es mucho más rentable que trabajar.

La calle San Fernando es la Antilla sevillana sin Terrón, pero con Fábrica de Tabacos. De los cielos que perdimos a las calles que perdimos. Las agresiones de hace 50 años eran por las alturas, por los aires, con remontes y plantas que crecían al amparo del desarrollo urbanístico. Las agresiones de hoy son a pie, de infantería pura, invaden el espacio del peatón a base de crear un estilo de sangría azucarada y pies por lo alto, de erasmus asalmonetados, de auténticas carpas que son el campinplaya de los bares en un centro histórico que cuenta con las máximas catalogaciones patrimoniales. Tururú.

La Universidad no hizo pública aquella protesta. La carta de queja generó un expediente que se lo llevó el viento. En Sevilla todo se lo lleva el viento de matacanónigos. El gobierno cambió. Todo sigue igual. De los cucharas de Zoido veremos si no pasamos al pantuflerío de Espadas. San Fernando perdió la batalla en favor del tranvía, las bicis y un rosario de bares que han hecho buena la hilera de las casas que siempre decían que afeaban una zona que debía estar expedita entre los jardines del Alcázar y la Universidad. Entre col y col, velador. San Fernando ha mutado en la Antilla. Sevilla es una playa barata, una ciudad donde todo es susceptible de empeorar, un hotel de tres estrellas donde los clientes se conforman con el maltrato y su venganza consiste en mangar los jabones en lugar de protestar alto y claro. San Fernando era una calle preciosa hasta con aquellas casas, digna de la Vía Roma de Florencia. Ahora huele a cruasán y sólo le falta el negro con el expositor de gafas, pulseras y los elefantes de la suerte.

Los urdangarines de la hostelería

Carlos Navarro Antolín | 25 de noviembre de 2014 a las 18:19

tapas en mesas
En cuestiones de hostelería hemos pasado del cuidado con el perro al pasen y vean con toda tranquilidad que el perro está atado. Sevilla fue arrinconando la tapa, con su medida exacta y proporcionada, en favor de los platos, medias raciones y raciones completas. Las mesas llevaban incluido el tasazo de sólo poder ser utilizadas para comer raciones. Tomarse una tapa sentados en uno de los diez mil veladores era un acto imposible en muchos bares. En mesas solo raciones, mandaba la leyenda. Y todos a tragar, a tragar en la barra obviamente, como tragamos con el imperativo del sólo se puede pagar con tarjeta si son cantidades superiores a 10 euros, por mucho que Rubén Facua alerte de lo contrario. Porque el apellido de Rubén es Facua, ¿o alguien lo duda? Igual que Benito Navarrete es Benito Mapping (sin patrocinio) y Jesús Becerra es Jesús Becerrita (con croqueta de cola de toro). Pues eso: que tragamos sin decir ni pío con los cartelitos que cantan el límite mínimo para pagar con tarjeta. Pasamos del serrín esparcido por el suelo a los bares libre de humos, es el pendulazo de siempre, marca de la casa de una sociedad que no entiende de evoluciones en equilibrio. Y por fin ha llegado el cartel que es como el quitamiedos de la antigua Cuesta de la Media Fanega. Por fin leemos que en las mesas se sirven tapas. ¿Y por qué antes no se servían, oiga?, podría preguntarse cualquier marciano recién aterrizado en la dehesa de Tablada, si Sevilla es la ciudad de la tapa por antonomasia, si el personal se ha hartado de presumir del taperío local como un timbre de gloria, si hasta ha habido concursos a las mejores tapas. Las tapas volaron de las mesas por la codicia, que es el barniz que ha cubierto casi todo en esta nación en los últimos años. Los hosteleros devoraron la tapa como Saturno a sus hijos sin saber que se estaban devorando a sí mismos. Mataron la gallina de los huevos de oro por quedarse con la granja entera y la del vecino si era posible. Ampliaron los salones, achicaron las barras cual Menottis con delantal, poblaron todo de mesas y redujeron las tapas hasta tal punto que en fechas especiales como la Semana Santa los hubo que las suprimieron de las listas, pese a que esos días hay más gente de fuera que nunca deseando pedir el símbolo por excelencia de la gastronomía local. Era llegar la Semana Santa y aplicarse el reglamento apócrifo de la hostelería local: fuera tapas y el servicio averiado. La codicia pudo a muchos, que ahora han replegado las tropas del puyazo, quitando los manteles gordos y poniendo veladores donde antes había mesas de restaurantes. Vuelven a la tapa y servida en mesa, qué amables se han vuelto de pronto, qué diligentes, qué atentos. ¡Viva la crisis que ha devuelto las tapas a las mesas y servidas por camareros! Algo bueno tenía que tener esta crisis: ha mandado al garete las copas de Navidad de los partidos políticos y podemos (¡sí se puede!, a lo Errejón trincón) tomar una ensaladilla en un velador servida por un amable camarero. En la hostelería se puede ya cantar lo de volver a ser lo que fuimos. Se nos rompió la ración de tanto usarla, con el asco que da meter el tenedor chupado donde han metido otros los tenedores una vez pasados por los piños propios. Donde se ponga la tapa individual que se quiten esos platos para compartir que terminan siendo muladares, sobre todo si son de fritanga con mayonesa en el centro. Regresa la tapa de donde fue expulsada por la codicia de los urdangarines de la hostelería. Lo siguiente será que funcionen todos los servicios en Semana Santa.

Tapas a un euro: volver a ser lo que fuimos

Carlos Navarro Antolín | 15 de octubre de 2014 a las 12:03

tapa un euro
Hubo un tiempo en que se despachaban tapas de ensaladilla a 25 pesetas en un bar de Los Remedios que se llamaba Tendido 5, en la calle con nombre de monja que tenía ambiente de pequeño infierno las noches de los sábados. La orza donde se guardaba aquella masa compacta de patata con abundante mayonesa y alguna lámina de atún extraviada recordaba necesariamente a los pollos de Simago. Por cinco duros de los antiguos se obtenía derecho a un cucharón bien despachado de aquella vianda, rebosante en el platillo y con escolta de dos picos gordos. Con un poco de suerte no había que arrascarse al día siguiente ni los antebrazos ni las corvas. Todo había sido digerido con éxito, prueba superada y hasta el siguiente fin de semana. Pasaron los años, llegó el euro y entró la locura. Quién no ha visto y aún sigue viendo tapas a cinco euros porque sí. Porque lo valen, sabe usted. Y se han pagado. Hay gente capaz de pagar cuatro o cinco euros por una tapa como hay gente capaz de comer esos rulos de queso frito, que luego pasa lo que pasa y los rulos siempre cantan en los análisis de sangre.
-Usted ha ingerido un excesivo número de rulos de queso frito y tiene que dejarlo inmediatamente. Son malísimos.
La consumación de la locura llegó a los menús de Navidad, donde lo normal era gastarse hasta 60 euros, diez mil pesetas del ala. Y algunas veladas hasta con actuaciones incluidas. Quien no aceptara semejante dispendio era tenido directamente como de la UGT, por lo del puño cerrado, que por lo demás no es buen ejemplo de austeridad, precisamente. Aún se recuerda el cruce de jamones como regalos personales en algunas cenas de instituciones que hoy están sufriendo para pagar el recibo de la luz. Los regalos también pasaron a ser bonos de viajes, sesiones de masajes y demás chirimbolos al alcance de cualquiera con un simple tarjetazo. No renuncie, usted puede permitírselo. Todo valía antes que sentirse señalado por no aceptar la nueva liturgia. Hasta hubo un caso de un padre que, cautivo de los delirios de grandeza de aquellos maravillosos años, propuso un fin de semana en una casa rural como regalo colectivo de fin de curso para la profesora. Todo se infló hasta dejar el billete de 20 euros en un papel mojado. El rulo de queso era el símbolo del esnobista que mejor resumía esos hábitos, la seña de identidad de quien despreciaba los usos de siempre, la orillada moderación, la denostada mesura.
Hoy se topa uno con mojones que son un aldabonazo, mojones urbanos que indican lo efímero de algunos hábitos, pizarras abatibles que cantan el retorno a los precios que perdimos. Hoy volvemos al cucharón y paso atrás. Tapas a un euro. El mojón informa de la corta distancia que hay entre lo sublime y lo ridículo, entre aquellos excesos de tapas a cinco euros y el reajuste obligado que vuelve a convertir en publicidad el despacho de tapas por solo uno. Sólo queda por saber si a la mañana siguiente hay o no que arrascarse. Pero ahí radica, en parte, la emoción que nunca debió perderse. Ni mucho menos despreciarse. Y nunca orillarse. En la ciudad de los cuatro mil bares, demasiados se emborracharon en la primera taberna.

Restaurantes libres de pelambreras

Carlos Navarro Antolín | 14 de julio de 2014 a las 17:55

14.08.00 antilla
Han tenido que pasar veintidós años para que Renfe se decida a habilitar vagones donde pueda viajar esa minoría selecta y pisoteada que sabe hablar en voz baja con el acompañante y que responde al teléfono sin elevar el tono como si estuviera explicándole a un turista en la calle Adriano el camino más corto hasta la Catedral. Renfe prohíbe en positivo, que es políticamente mucho más correcto que prohibir en negativo. No es lo mismo inaugurar el vagón silencioso del AVE que el vagón donde se prohíbe hacer el ganso. Renfe apuesta por esa sutileza transversal que todo lo embadurna hoy con tal de no molestar a esa gran mayoría desahogada. Como el AVE es casi siempre un modelo de buen funcionamiento y encima es junto al fútbol el otro gran elemento vertebrador de España, bien harían otras empresas en tomar nota de su gestión. Si existe un vagón de AVE exento de carracas, la hostelería española, sobre todo la de la costa, podría implantar comederos libres de pelambreras. Si los charlatanes del AVE son verdaderas vuvuzelas para los sufridos acompañantes, piensen qué es un tío sin camiseta en un restaurante de playa, de piscina o de los lagos de las serranías. Un verdadero asco. Seguro que alguna vez le ha pasado. Pide una paella mirando al mar cuando de pronto se sienta en la mesa de al lado un individuo sin camiseta que le planta su oronda y desnuda espalda en su ángulo de visión.

¿Para cuándo un cartelito de advertencia a la entrada de los mil y un comederos en los que nada más abrir la puerta está el tío con el pecho al aire provocando un verdadero episodio de eso que hoy se llama contaminación paisajística? Habría que facilitar camisetas en préstamo a la entrada de ciertos negocios hosteleros para los velludos comensales, al igual que en los años ochenta había un tío que prestaba pantalones para que ningún veraneante de Matalascañas se quedara sin visitar a la Virgen del Rocío por ir en pantalón corto.

Tal vez la mente preclara que quería suprimir los chiringuitos de las costas españolas buscaba acabar con el martirio de comer junto a pobladas pelambreras, abundantes verrugas y otras excrecencias cutáneas. Hasta en restaurantes de cierto nivel con vistas al mar y cubertería de la que no se dobla se pueden ver tipos que se sientan a mesa y mantel con las cadenas de oro asomando entre los pelos, incluida una exhibición de axilas cada vez que abordan la fuente de gambas. Está por estudiar el misterioso origen del placer de comer semidesnudo, seguro que algún antropólogo de guardia puede encontrar antecedentes en alguna primitiva tribu. Tal vez hay que llegar a la conclusión de que el mórbido despechugado consumidor de paella es una especie a proteger en los catálogos de la Junta de Andalucía por ser la reminiscencia de un modelo de vida casi extinguido.

Si quitarse la camiseta es tarjeta amarilla en el fútbol, sentarse a comer sin ella debe ser motivo de roja directa por una mera cuestión de consideración al prójimo, ese gran olvidado que sufre los horrores visuales y los olores terrenales. Salgan a contar pelambreras en los bares de la capital y de las playas, verán que no hay exageración alguna, como se pueden contar y no parar el número de tíos que utilizan las sillas de los veladores para descansar los pinreles. Echan los pies por alto como el toro manso echa las manos, sin reparar en que luego alguien tendrá que tomar ese mismo asiento donde han estado reposando los sudorosos pies. Mucho aspersor para quitarle la sensación de salmonetes fritos a los guiris, pero ningún comedor advierte junto a la lista de los precios de que se trata de un local libre de pelambreras. Lo que sí prohíben es la entrada de perros, cuando hay canes más considerados a la hora de comer y de beber que muchos individuos de dos patas. Y otro ejemplo. ¿Imaginan una Catedral libre de pantalones piratas? Qué sólito se iba a quedar el Lagarto. Y que vacía la caja.

El imperio de la pizarra abatible

Carlos Navarro Antolín | 3 de febrero de 2014 a las 9:46

jovellanos
DICEN los expertos que a la Catedral de Sevilla le falta un gran espacio abierto que permita la contemplación de la fachada principal, que es la de la Asunción, por donde entran los nuevos obispos con cara de susto y por donde salen con los pies por delante y con peor cara aún. La Catedral de Sevilla no tiene esa gran plaza, explanada o espacio abierto que permita disfrutar con perspectiva de la monumentalidad de esa gran montaña hueca. Con el impacto hermoso de la Catedral se topa uno procedente de la Plaza de la Contratación, como un gigante que irrumpe siempre en el paseo del turista novato y del nativo que conserva la capacidad de sorpresa. Pero la fachada principal no tiene metros cuadrados por delante que canten su poderío. Si la enormidad interior de la Catedral se lo come todo por dentro, dejando a veces ridículo cualquier exorno floral, altar o estructura que no esté debidamente presentado, por el exterior pierde todo el impacto por el ahogo que ejerce la inhóspita Avenida, una Avenida que es a la Catedral lo que la calle Imagen a la trama urbana del centro histórico: un horror del tamaño de la campana de San Cristóbal. El caso es que como no hay forma de tener esa visión global, a la Catedral hay que mirarla por partes, buscando los rincones y las perspectivas, casi como la mayoría de pequeños templos de la ciudad.
Si la Catedral está condicionada por el diseño urbano tanto como está afeada por el rosario de bares chillones, tenderetes de camisetas y olores de fritanga, hay también capillas con todo su encanto que sufren el mismo problema, templos recoletos con portadas barrocas ahogadas por la cartelería abatible de una hostelería que saca sus propias tropas a la calle: los camareros a la búsqueda de los clientes, como laceros de Puerto Banús exportados a Sevilla, y las pizarras con el menú del día y el pida la exquisita pringá que no se arrepentirá. La infantería del sector terciario no entiende de perspectivas de catedrales ni de la calle Jovellanos, donde hasta hace poco uno se deleitaba con la estética de portalón y hornacinas con imaginería de Duque Cornejo. Los gamberros la tomaron hace pocos años con la capillita de San José atacando las imágenes de frailes de su portada. Y ahora la agresión es de otro tipo, practicada al amparo de la regla suprema de todo por el consumo, con el aval de la misma autoridad que puebla de veladores la Plaza de San Francisco o que hace la vista gorda en tantas y tantas calles convertidas en un Benidorm de pizarras, calefactores y camareros vestidos a lo Baremboin. Las ciudades se miden y mucho por cómo cuidan su patrimonio. A nadie se le ocurre colocar un anuncio de macarrones y pizzas delante de la fachada de San Andrea del Quirinal en Roma, por poner un ejemplo similar al de esta capillita mancillada por los tentáculos de la fiebre hostelera, víctima del imperio de la pizarra abatible. ¿Dónde está el gerente de Urbanismo para mandar a sus inspectores y cuidar la imagen de la ciudad ante los turistas? Aquí venga a presumir de la macrogestión para traer aviones de Estambul y venga a sacar campañas con lemas en inglés como la del We love people, que hay que ver lo bien que pronuncia el alcalde el lema del We love people, con lo malamente que lo pasaba el hombre en los días señalaítos de campaña con aquella promesa del Open government, mucho más difícil de pronunciar y que me lo traía por la calle de la Amargura (dos pasos). Jesús, otra vez el Open Government, pensaba Zoido cada vez que el asesor le mandaba tirar de tecnicismos extranjeros para ronear en los barrios de batas y rulos. Parecía un vendedor de lavadoras, pero de los buenos, de los que al final vende la lavadora y la clienta se va la mar de satisfecha y cuchicheando con el marido desconfiado.
–Este hombre tiene cara de buena persona, so malpensado.
Al alcalde le pasa con el inglés lo que a todos los presidentes del Gobierno de España. Ni pajolera. Hay un sevillano que recuerda con toda precisión una charla a pie de calle con Zoido, de las mil que tiene al día cuando no está perdiendo el tiempo en convenciones del partido (pero bien partido, partido en Vox) en Valladolid.
–¿Y tu padre? ¿Y tu madre? El otro día vi a tu hermana con su marido, que bien iban los dos con la niña camino del mapping. Por cierto, tu cuñado me ha mandado su último libro.
–Ah, estupendo… ¿No?
–[Cara de póker de Zoido]
–¿Qué problema hay, alcalde? ¿No te lo ha dedicado?
–Es que está en inglés…
Ni el We love people para atraer a los turistas ni el Open Goverment para vender la lavadora. ¿Alguien de Urbanismo va a practicar esa micropolítica de Zoido y va a barrer las calles del centro? Pero no con escoba de Lipasam del gerente Paco Pepe, sino con bolígrafo de inspector de la Gerencia y camioneta para cargar tanta cochambre. Uno de los grandes misterios de la ciudad es a qué se dedica el gerente de Urbanismo si ya no hay constructores con los que comer, ni dinero de los convenios que fumarse. Son como los 50 diputados del PP en el Parlamento, el ejército más poblado y desorientado que se haya visto en política. Si es que hay días que parece que no hay veladores en Sevilla para sentar a tanto diputado del PP como se ve vivaqueando por los bares de los alrededores del Parlamento. En las definiciones de calidad de vida ya figura el ejemplo de diputado del PP del tardoarenismo. Política cardiosaludable. Usted evite las grasas, tome dieta rica en verdura y pasee como un diputado del PP andaluz que haya ganado las elecciones.
Mientras no haya micropolítica de la buena que salvaguarde el patrimonio, tal vez lo mejor sea que la Catedral no tenga esa gran explanada que muchos envidian de Santiago de Compostela, Ávila, Salamanca o Vitoria para admirar la arquitectura con todo realce. En Sevilla nos dan metros cuadrados por delante y los plagamos de pizarras abatibles. Mejor la estrechez de la Avenida, para que no se note la poquísima gente que hay para recibir a algunos obispos.

Trilogía de novelería sevillana

Carlos Navarro Antolín | 17 de noviembre de 2013 a las 5:00

BARES EN EL MERCADO DE TRIANA
En Sevilla nos da por una cantinela y no paramos hasta que nos aburrimos de la música y tiramos la corneta por el retrete, vocablo en desuso donde los haya. Cuanto mayor es la crisis, mayor es la afición por los productos gourmet. Cuanto más intensa era la decadencia del Imperio, más altas las estatuas de los romanos. Será por eso que Sevilla tiene mucha Roma dentro. En el mercado de Triana hay ya tal oferta de productos gourmet, con gintonería incluida, que no ha hecho ninguna falta que se abra el mercado pijo de la Lonja del Barranco, del que Zoido espera un canon anual de 230.000 euros del ala, que no es lo mismo el ala que la chistera cuando se habla de tocados. Puesto a puesto, Triana tiene ya su mercado gourmet con todos sus avíos, que parece aquello el de San Miguel de Madrid en el que inspiró Monteseirín en uno de sus viajes a la capital. La espera para coger mesa un sábado a mediodía en el mercado del arrabal es de órdago. Triana ha inventado el gourmet popular, sin cánones que apoquinar, sin pliegos de condiciones, sin maniobras forzadas para cambiar los usos urbanísticos de la parcela, sin pronunciamiento de la Comisión Provincial de Patrimonio.
El mercado gourmet de Triana ha nacido y nadie sabe cómo ha sido. O sí. Ha sido espontáneamente, como espontáneamente monta la gente su carrera oficial con las sillas de los chinos en Semana Santa en Tetuán, en Velázquez y en la Plaza Nueva. Pues igual. Y venga a comer el personal raciones de sushi y ostras a la vera del Pasmo. La novelería es la mano negra de Adam Smith que mueve las modas en Sevilla, está claro. A los productos del gourmet le han seguido las alfombritas de césped artificial en las entradas de bares y restaurantes. No hay establecimiento que se precie que no tenga sus veladores (inclinación reverencial de cabeza) sobre un entarimado verde como si de un campo de golf se tratara, ya sea en comercios del Hotel Inglaterra, en Muñoz y Pabón, en Candilejo, en Adriano, en Álvarez Quintero… La marea verde de las alfombritas se expande a la velocidad a la que un día lo hicieron los adosados del Aljarafe, en silencio, como mancha de aceite virgen extra, sin ruido. En la ciudad de las sequías y los canales almohades para transportar el agua, colocamos lonas y más lonas de césped artificial encima de los adoquines, del granito y de las losas de Tarifa, como si Sevilla fuera una ciudad de lluvia norteña, de verdes cántabros con paisajes de vacas tudancas y sabor a anchoas de Santoña. Un verde que enseguida se llena de porquería, colillas y otras suciedades, pero que cumple el objetivo de dar lustre al local si se mira de lejos. Será por aquello de que a ciertas alturas las pisadas de bueyes parecen molduras. Mantengamos la esperanza de que un día florezcan los árboles para dar sombra de verdad en la Avenida y en la calle San Fernando.
Y la tercera moda son las tiendas que venden cigarrillos de vapor para dejar el fumeque. Las tienen ya en las calles Velázquez, donde estaba el originario Palacio del Fumador, sublime contradicción o ironía del destino; en Alcaicería y en Puente y Pekín, perdón Puente y Pellón queríamos decir. En los años ochenta florecían las boutiques promovidas por señoras de buena sociedad, señoras de tardes en la Nova Roma del té que perdimos para hacer de aquel símbolo hostelero del barrio de Los Remedios un negocio franquiciado de botellines. Y con el siglo ya entrado lo que se abren son muchos chinos, muchos bares y muchos comercios de cigarrillos de vapor con las indemnizaciones de los despidos. Hasta hay chinos de complementos para el móvil que también ofrecen el falso cigarro para espantar la ansiedad. Lo del vapor sí que tiene tirón en Sevilla, la ciudad donde los mil y un proyectos que un día nos vendieron se evaporaron en el horizonte azulado como el globo perdido de un niño en la tarde del 5 de enero. Pero sin ilusión.
CESPED EN LA ENTREDA DE BARES

Golpes de maza

Carlos Navarro Antolín | 10 de octubre de 2013 a las 5:00

* Oído en la Plaza Nueva. “José Antonio García Cebrián está subiendo su cotización dentro de IU, tiene buena imagen por su labor eficaz en la Consejería de Fomento y Vivienda desde su puesto de número dos, volcado en el plan para llevar los carriles bici a todas las áreas metropolitanas de Andalucía. En el post-torrijismo que necesariamente se avecina, puede tener un papel destacado. Recuerda que no era un figura del agrado de Antonio. Y Antonio cuenta ya los telediarios y se ha comprado la tarjeta de Tussam para que le salgan más baratos los viajes en tranvía hasta los juzgados del Prado”.

* Confirmadísimo en la Gerencia de Urbanismo. Las mesas altas que Robles Laredo colocó para un privilegiado cóctail en plena Plaza de San Francisco no contaban con ninguna licencia municipal. La cuestión es si existe algún tipo de bula, porque de otra forma no se entiende que cada dos por tres se combinen lámparas, mesas bajas, mesas altas y otras estructuras en la vía pública sin que nadie intervenga para hacer cumplir las ordenanzas, cuando a muchos bares de los barrios los traen fritos si colocan sin licencia una televisión para dar los partidos de fútbol.
Local cerrado en Avenida
* Movimientos en el comercio. Hard-Rock Café se interesó ante Urbanismo por el local de la Avenida del edificio Santa Lucía, de lo cual hay documentación oficial, pero está apurando las opciones de hacerse con uno, ya reformado, en la misma zona, que abarataría la operación. El Caballo deja la calle Antonia Díaz y se muda a Adriano, al local que acogió Jara y Sedal. Un importante empresario, emergente y con muy buenas relaciones con el alcalde, ha comprado la casa de Antonia Díaz donde ha estado El Caballo todos estos años.

* Movimientos en la hostelería. La Azotea abrirá negocio en Mateos Gago, donde la saturación de veladores es incorregible. Y en la Avenida, milla de oro del café y los helados, ya hay un primer caído. El establecimiento Ferreti, que ha estado cuatro años nada menos que en la privilegiada esquina con Santo Tomás, ha echado el cierre. Vean la foto y compruébenlo.

* Ocurrido hace una semana en el establecimiento hostelero de la planta alta de las setas de la Encarnación. En la reunión estaban un ex altísimo cargo de la Junta de Andalucía, un ex alto cargo municipal con escaño en el Parlamento y el presidente de una importante federación deportiva. La conversación no tardó en derivar en la figura de la presidenta de la Junta de Andalucía, a la que si no le hicieron un traje faltaron pocas costuras. Cuentan que ese presidente tuvo que pedir moderación en unas opiniones que, por otra parte, sus contertulios nunca han ocultado en cuantos foros y tribunas públicas han frecuentado. ¿Tendrán ya constancia en San Telmo de esa aviesa charla? ¿Quién se ha ido la lengua? ¿Quizás para ganar un match-ball ante La Que Manda?

Los quitamiedos de la hostelería de hoy

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2012 a las 11:24


Será porque es la versión hostelera del Juan sin miedo por lo que no se calló cuando el golferío de Mercasevilla le pidió el impuesto revolucionario, será por eso que Pedro Sánchez Cuerda ha bautizado esas mesas altas que le comen terreno a los veladores de toda la vida como los quitamiedos, en sustitución de unas mesas bajas que, por cierto, parecen en muchos casos sacadas de la casita de Pin y Pon. Se sienta usted en esas mesitas de casita de muñeca que ahora se destilan en muchas cafeterías y experimenta una sensación próxima al gigantismo, cuando no de incómoda apretura si el establecimiento está cargado de público.

-¿Has cogido varios kilos, no?
-¡No, qué va! Es que estoy sentado en una mesa de Ochoa y me sobran piernas por todos lados.

Lo de las mesas altas como quitamiedos, según el ilustre tabernero, es para no asustar a la cada vez más tiesa clientela, escarmentada de los puyazos que en tiempos del maná se pegaba por el mero hecho de sentarse. La mesa alta es una suerte de mixtolobo: ni es el velador con mantel y servilleta en floritura donde el camarero levanta la vara en cuanto avista al comensal (mejor sin sal, que es más sano) ni es el taburete pelado y mondado con o sin resbaladero para apoyar el pie. Lo del quitamiedos de Sánchez Cuerda, qué quiere que les diga, suena a cuesta de la media fanega de los años ochenta, que era cuando tenía mérito subir la cuesta de la media fanega detrás del camión de turno camino de Extremadura. Aquellos quitamiedos de carretera ni quitaban el miedo ni ná. Lo mejor era no mirar por la ventanilla del coche hacia abajo y clavar los ojitos en la trasera (culo) del camión, ora con jamones de Jabugo para colocarlos en el mercado salmantino, ora con productos de la huerta murciana con destino a Portugal. Las mesas altas son esos quitamiedos de la hostelería de hoy. Ni sentado del todo, ni de pie del todo. Ni ración, ni tapa. Mejor, como siempre, no mirar para abajo. Y pedir el chupito de la casa.