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El reencuentro del PP y Ciudadanos en el Labradores

Carlos Navarro Antolín | 7 de febrero de 2018 a las 5:00

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MEDIA mañana. Sede del Real Círculo de Labradores. Café. Luces y taburetes altos. La cabeza del toro Nochebuena desparrama la vista por la estancia. En los sofás mullidos hay clientes ajenos a la escena. En una mesa debaten sobre la ciudad los portavoces municipales de dos importantes grupos políticos que han tenido serios roces en los últimos días a cuenta de la negociación del presupuesto general de la ciudad. Hablan de todo, se dicen las cosas a la cara. Hay reproches por el pasado y también guiños de cara a posibles coyunturas de futuro. Nadie quiere enemistarse con nadie, ni tampoco exhibir pasteleos antes de tiempo. Es verdad que los días de Navidad fueron tensos. La propuesta de presupuesto alternativo presentada por el PP soliviantó a Ciudadanos. Y la victoria de Ciudadanos en Cataluña encumbró a los chicos del partido naranja. La batalla por el voto de centro-derecha alcanza de lleno la Plaza Nueva. Beltrán Pérez, portavoz del Grupo Popular, necesita hacer ruido para ser el candidato a la Alcaldía. Y Javier Millán, portavoz de Ciudadanos, no podía consentir de ningún modo que el PP pactara el presupuesto con el PSOE y le birlara su rol de único partido político de la derecha que es capaz de colaborar con el gobierno y, por lo tanto, ser el modelo de esa nueva política que quieren los ciudadanos, hastiados ya de la confrontación por la confrontación.

A Beltrán Pérez le molestó que Millán denunciara públicamente que la estrategia del PP en el presupuesto podía desembocar en una “posible prevaricación”. Se lo dijo ayer de forma directa. Millán había censurado que el PP presentara una propuesta de presupuesto alternativo sin el formato técnico de enmienda. “Yo no puedo votar ni pronunciarme en la junta de portavoces sobre un documento que no se ajusta técnica ni reglamentariamente a las características de una enmienda. Pretender que hiciéramos eso, con un informe en contra del secretario y del interventor, era pedirnos que prevaricáramos. Y yo no puedo hacer eso, Beltrán”. El concejal Rafael Belmonte, brazo derecho de Beltrán Pérez, es testigo de la escena en silencio. Toma algunas notas. Se percibe cierta tensión. Pérez se defiende: “El presupuesto alternativo era y es un documento político, para generar debate político, no pretendíamos que se tomara como enmienda”. Millán se lamenta de que el PP intentara excluirles (despreciarles) del debate presupuestario al exigir entenderse a solas con el PSOE. “Beltrán, nos quisisteis apartar y eso no lo podemos consentir”. El líder del PP pasa al contraataque: “¿Nosotros quisimos eso? ¡Yo quiero la paz, Javier, pero si me lanzas una pedrada como lo dela prevaricación, tengo que responder!”, le recrimina Beltrán Pérez, molesto todavía por la alusión a un posible delito: “Hombre, Javier, que tú sabes lo que es una prevaricación. Que diga eso un funcionario del grupo A…”.

Belmonte sigue en silencio, siempre con un papel doblado por varias caras preparado para las anotaciones. El Pleno del presupuesto es el 14, día de San Valentín. “Lo que tenéis que hacer es absteneos y dejad que las cuentas salgan adelante por el bien de la ciudad”, exige el portavoz de Ciudadanos. Beltrán responde con rapidez. “Votaremos no al presupuesto salvo que se cumplan nuestras condiciones”. “¿Las tres condiciones que habéis exigido al alcalde?”, pregunta Millán con precisión. “No seré yo quien revele las cosas que hablo con determinadas personas en ciertos despachos”, zanja el líder de la oposición.
Millán desvía la conversación para poner en duda la estrategia del PP de arremeter contra Ciudadanos. “Os estáis equivocando, Beltrán. Os han dicho desde Madrid que tenéis que hacer eso y es un auténtico error. No te puede hacer una idea la de gente del PP que se viene con nosotros y lo que dicen…”. Beltrán se niega a aceptar que haya recibido orden alguna de atacar por atacar a Ciudadanos. “De hecho promuevo unas buenas relaciones con vosotros siempre que sea posible”. El líder de la oposición alude a que así se lo han reconocido en su partido en alguna ocasión. De pronto, cómo no, se habla de las encuestas. Millán tiene claro que Beltrán Pérez será el candidato del PP. No lo dice expresamente, pero en sus afirmaciones asume que así será. “No tenemos orden de apoyar a la lista más votada. No está escrito en ningún sitio”, sentencia el portavoz de Ciudadanos. Beltrán bromea: “¿Entonces nos apoyarías también si no quedamos los primeros?”. Y el de Ciudadanos formula un augurio:“Creo que los tres partidos podemos quedar bastante igualados…”.

Millán se siente feliz de concejal, se entiende con el socialista Juan Espadas. Está convencido de que repetirá como candidato a la Alcaldía, una condición que se oficializará después del verano. Presume de un partido que disfruta de paz interna, a excepción de algunos episodios tensos en el Aljarafe que Belmonte se encarga de recordarle. “¡Menudo padrinazgo tienes con Arenas!”, le refiere Millán a Beltrán Pérez. El dirigente del PP le recuerda –con razón– que también ha tenido sus años de pesares en política. Un bedel irrumpe en la tertulia:“¿Don Rafael Belmonte? Unos señores le esperan”. Se disuelve lentamente la tertulia del reencuentro. Los tres se paran junto al busto del Rey Juan Carlos I. Alguien dice: “El bien de Espadas no es necesariamente el bien de la ciudad”. Millán habla de sus plenos en la Diputación, donde se las tiene que ver con la presidenta del PP, Virginia Pérez.

Nochebuena se queda en su calma astifina. Los políticos se van. Se esfuman. Parece que hay vida en los ojos del burel, parece como si quedara una ráfaga de bravura en su expresión. Las tazas de café aguardan a ser recogidas. Alguien lee un libro en la barra. Hay periódicos repartidos por la mesa con la tablilla de madera de la entidad. Se forman nuevas tertulias. Alguien rechaza el café y apunta a que ya es la hora de un fino con escolta reducida de patatas fritas. Lo más destacado, quizás, es que alguien ha hablado de los presupuestos en un café. Sólo queda encontrar una tertulia sobre los dictámenes del Consejo Económico y Social. Un cartel anuncia que el club carece de peluquero desde el 31 de enero. La ciudad tendrá presupuesto. Pero en el Labradores seguirá vacante el puesto de peluquero.

Elogio de las ratas

Carlos Navarro Antolín | 14 de enero de 2018 a las 5:00

RATAS EN LAS FAROLAS, LA PESTE

POR fin explotamos el producto propio, el que mejor nos identifica como ciudad en este largo período de depresión posterior a la Expo. Por fin alguien tiene la valentía de colocar el símbolo que con más acierto refleja la decadencia de la ciudad, la degradación de la vida urbana, el pesimismo con el que se imprime la heráldica del tiempo que nos ha tocado vivir. Hartos de vender Sevilla como lo que no es, hastiados de interpretaciones forzadas, de postizos, aderezos e imposturas, y de ser el reclamo para las despedidas de solteros, ya era hora de que alguien vendiera Sevilla tal como es realmente. Por fin tenemos la ruta de las ratas, con su mapa, sus rincones con encanto y con unas esculturas doradas que simulan eso: ratas de verdad, ratas trepadoras. Sobre escaparates, sobre farolas, subiendo por las paredes. Tenemos ruta del raterío con marchamo oficial, con el aval del Ayuntamiento, con los permisos de Urbanismo. Ratas doradas repartidas por los puntos donde se desarrolla la serie La Peste. La rata en Sevilla es la mar de importante. Qué acierto su vaciado en material áureo. No hay mejor metal precioso para este roedor tan sevillano. Las ratas son al siglo XVI lo que los ratas al XXI. Sevilla es una ciudad de ratas, de superpoblación de ratas. Decían los romanos que los cerdos se paseaban ya cocidos. Aquí los ratas se pasean impunemente cada día. Tenemos ratas de cuatro patas que asustan a los turistas de los cruceros, hábilmente explotadas por los socialistas cuando estaban en la oposición y así le creaban un problema al delegado de Turismo, Gregorio Serrano, que hoy hasta estará echando de menos aquellas ratas en comparación con la nevada que se lo puede llevar por delante como a las tropas de Napoleón. Tenemos ratas, también de cuatro patas, por el Paseo Juan Carlos I que parecen empadronadas, con sus papeles en regla y a las que les faltan dar los buenos días a los caminantes de la ruta del colesterol. O del “coleteró”, como dice un conocido empresario de la ciudad cuando acude al médico del seguro. Tenemos ratas en algunos colegios, también de cuatro patas, en la Andalucía imparable del bilingüismo, de las altas tecnologías y del todos y todas, que no falte el ellos y ellas, los niños y las niñas, los andaluces y las andaluzas. Pues eso, como no vamos nosotros a ser menos, marchando media ración de ideología de género camuflada como loable igualdad: las ratas del XVI y los ratas del XXI.

Hay ratas que pasean las agendas por la calle Tetuán, que se pasan la vida en las conspiraciones orgánicas de los partidos sin hacer nada sustancial por la sociedad, ratas que vivaquean por la Plaza Nueva, pululan por los actos sociales a partir de las 20:30 o por los finales de los cultos de la cuaresma que dura todo el año. Los ratas suelen preferir la mañana, cuando están abiertos los despachos del poder, o salir ya a la caída del sol, cuando se citan en los salones de actos donde los supuestos poderosos bajan la guardia y se muestran accesibles. La ruta de las ratas debería colocar roedores dorados por el Ayuntamiento, la Diputación, el salón de actos de la Cruzcampo, Cajasol o esas entidades financieras que aún reparten el canapé, la cerveza gratis, el libro de regalo, el pañuelo para la señora y los pasadores para el señor. Si usted no tiene un puesto que pueda ofrecer semejantes dádivas con cargo al presupuesto ajeno, es que no es un rata que se precie.

Hay ratas y ratas. No todos los ratas son iguales. Hay ratas de altura y de bajura, como la pesca. El rata, modalidad más aviesa y con menos gracia que el tradicional gorrón, puede presentarse en su vertiente de rey mago, aristócrata, usuario de chaqué alquilado en José Gestoso, invitado de boda de postín que busca el regalo más barato en la lista de El Corte Inglés (taburete de 45 euros), trincón de comida en el Ministerio del Interior, etcétera. Estos ratas traen la peste del siglo XXI aunque se revistan de gracejo, aunque escalen socialmente el tiempo (breve) que consiguen tener engañados a tanto ingenuo como anda suelto por Sevilla. Sevilla es una ciudad de enteraos donde los ingenuos son nuestra particular mayoría silenciosa.

El raterío de la ciudad merece algo más que el reconocimiento social, merece protección oficial. E incluso merece ser considerado con cierta caridad. Porque al fin y al cabo son ratas, aunque sean revestidas de oro. Un día se acaba el brazo de farola y la rata se despeña, o se colapsa la red del alcantarillado social y el rata se precipita al vacío. Después pasan los años y alguien hasta hace una película.

MillánYBeltrán

 

Las derechas buscan sus dominios propios

La política es un teatro. Todos actúan. Esta semana se han repartido estopa los representantes de las derechas en el Ayuntamiento, que dicho así suena a cartel electoral de la Segunda República: “Sevillanos, si queréis cofradías, ¡votad a las derechas!”. En Ciudadanos han visto cómo el líder del PP, Beltrán Pérez, ha apretado el acelerador para ganar el perfil institucional que tanto necesita. Está dispuesto a apoyar a Juan Espadas para sacar adelante los presupuestos. La formación naranja se ha soliviantado ante la posibilidad de perder la exclusividad a la derecha del alcalde socialista. Cuestión de dominios, cuestión de espacios, cuestión de ocupación de nichos. A río revuelto en la derecha, ganancia del pescador Espadas. Está claro que el alcalde es el que sale ganando en todos los casos. Lo dijo el visionario Moreno Bonilla: “Espadas es triangular”. Ciudadanos se ha visto sorprendido. Y eso es una victoria parcial de un PP que teme verse superado por la marea naranja que viene de Cataluña. El gesto de Pérez en la fotografía es nítido. El vodevil continúa. El presupuesto es el pretexto. La conquista del poder es el único objetivo.

 

La ciudad que espera sentada

Carlos Navarro Antolín | 10 de diciembre de 2017 a las 5:00

Casa Eme

EN Sevilla hay más bares que macetones con árboles de sombra rácana, más bares que procesiones de gloria, más bares que tíos pidiendo firmas en la Plaza Nueva o en la Campana tan pesados como moscas de una venta de carretera, más bares que pregones (hasta la cabalgata tiene pregón y gente dispuesta a darlo), más bares que apartamentos turísticos con inquilinos que arrastran la maleta con una mano y miran el teléfono móvil con la otra para, al final, acabar preguntando desesperados a un taxista dónde está el hotel Las Casas de la Judería. Y el taxista se carga de un plumazo el encanto del grimpolón con el dibujo de un águila que utilizaba el duque de Medinaceli en sus barcos de regata, el símbolo que Ignacio Medina, duque de Segorbe, emplea hoy como divisa de sus hoteles.

–Tienes que seguir de frente. El hotel es el que tiene las banderas de Robin Hood.

Habrá bares en Sevilla, pero los funcionarios tienen bien crecidita la pila de los expedientes que piden nuevas licencias de apertura, ampliaciones de local, un aumento de la terraza de veladores, una nueva salida de humos para hacer más grande la cocina… Habrá bares, pero pocos pueden presumir de que sus clientes los esperan a la intemperie en estos días de frío con una fidelidad sólo comparable al puente de la Calzada de Pascual González, que siempre lo estaba esperando, como los partidarios de Curro que, en medio de los chubascos de almohadillas, en un arrebato de misericordia, clamaban en una lección de amor y fidelidad: “¡Mañana vengo a verte otra vez!”

Ahí están los clientes de Casa Eme, ocupando los veladores como los parroquianos que llegan a misa y van poco a poco llenando los bancos. Están las mesas, están las sillas, están los consumidores, pero el bar está cerrado. No importa la espera, ni el frío. El horario está tasado y se cumple a rajatabla. El personal aguarda porque busca las coquinas, el montadito de fuagrás de pato y gambas, el de solomillo alwhisky y los caracoles en temporada. El dueño lo hace todo. No está más que él. Y funciona. La hora de cierre no se altera ni aunque empiecen a entrar costaleros con la ropa ceñida a los ojos pidiendo cerveza. Se les espanta: “¡Yo no estoy aquí para estas cosas!”. Estilo se llama. Dicen que un día le preguntaron al tabernero por su nombre y que respondió al estilo genial de Belmonte: “Eme”. El interrogador miró el toldo y leyó lo obvio: “Casa Eme”. Puso cara del fiscal acusador que se retira y sentencia: “De acuerdo, señoría, no hay más preguntas”. A Curro le esperaban sus lances, a Eme sus coquinas. La clientela adiestrada es el sueño del titular de cualquier negocio, es la traducción a la práctica de la teoría de las lentejas en versión hostelera. Seis veladores llenos antes de abrir no lo mejora ni el Consejo de Cofradías, que tiene hecha la recaudación completa de la carrera oficial antes de que empiece el negocio.

A Sevilla se le da la mar de bien lo de esperar sentada. Lo mismo aguardamos sedentes que nos pongan una línea de Metro que una ración de coquinas, lo mismo que nos pongan el tren entre Santa Justa y el Aeropuerto que el montadito de solomillo al whisky, lo mismo nos da Robin Hood que el águila del abuelo de Segorbe. Y si nos pegan el persianazo en el bar para invitarnos a salir, o no nos ponen ni tren ni Metro, decimos lo mismo que el partidario: “Mañana venimos otra vez”. Y la vida pasa mientras estamos… sentados. Para que luego se pregunten dónde está la sociedad civil. En los veladores. Todo el día en los veladores.

Centro de Estimulación Precoz Cristo del Buen Fin  Susana Díaz y Juan Espadas inauguran las nuevas instalaciones

El PP y Ciudadanos cultivan la huerta, mantienen en línea a los embajadores

Ciudadanos está deseando tocar pelo en el gobierno andaluz. Lo saben hasta los niños de parvulario. Yen Sevilla también aspiran al gobierno, pero a partir del próximo mandato. Nunca antes. Sueña la margarita con ser romero y Ciudadanos con formar parte de la junta de gobierno… con la lista más votada. Ay, qué ilusión que las monjas nos llevan de excursión y si es con Beltrán Pérez mucho mejor, ¿verdad Javier Millán?. En el caso del Ayuntamiento, el PP es el aliado natural para Ciudadanos y el PSOE es la relación de conveniencia. A Espadas se le puede apoyar, pero siempre que sea desde fuera. Ciudadanos es el betadine del gobierno actual: de uso externo. Con el PP se podría uno coger la mano. Y hasta ir al cine los domingos por la tarde, como iban Chaves y Griñán antes de que la amistad se fuera por la borda. Se nos rompió el amor de tanto piripi en la terraza de Antonio Romero tras la película de precepto dominical. En los nuevos tiempos que se avecinan nada será posible si el PP no es el partido más votado. Difícilmente podría Ciudadanos explicar a sus votantes que apoya a la segunda lista. Sería, valga el ejemplo, cometer el error de Rojas-Marcos en 1999. Los dos partidos de centro-derecha están en línea, cultivan la huerta, mantienen en contacto a sus embajadores con una periodicidad semanal. Pero, primero, los dos cabecillas deben ser candidatos. Y ni Pérez ni Millán lo  son por el momento. Tiempos para los oráculos sin piripis.

 

El desaire de Alejandro Rojas-Marcos

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2017 a las 5:00

Reunidón de los que fueron concejales del 83 al 87 y del 87 al 91,coincidiendo que fue alcalde Manuel del Valle

Existe una memoria histórica gracias a la cual algunos desayunan, almuerzan y cenan a diario, un fin muy loable, y por medio de la que también algunos pretenden ganar ahora la guerra que sus antepasados perdieron hace ya casi ochenta años, un fin absolutamente perverso que aniquila el espíritu de reconciliación de los próceres de la Transición. Ya se sabe que la mejor foto fija de España, la que nunca caduca, es la del cuadro de los garrotazos de Goya. Una foto que estaba casi con las esquinas desgastadas, con los colores en sepia, cuando el avieso Zapatero nos la puso en digital por los siglos de los siglos. El sábado se reunieron en el Ayuntamiento la mayoría de los concejales de dos corporaciones municipales, las dos que presidió Manuel del Valle como alcalde, de 1983 a 1991, nada menos que los capitulares que pusieron la ciudad a punto para la Exposición Universal. Don Juan Espadas los recibió con el cuello abierto, como Pedro Sánchez acude al Palacio Real. Y allí estuvieron también los portavoces de Ciudadanos, Javier Millán, y de Participa Sevilla, Susana Serrano. Del PP no hubo nadie, dicen que no los invitaron, estarían buscando los topos del palomar en plan rastreator. Manuel del Valle pronunció unas palabras en el Ayuntamiento, después pidió agua porque hacía calor y se la ofrecieron con toda amabilidad… en un vaso de plástico. Tendrá menaje la Casa Consistorial para tener que recurrir al plástico… Ni un jarrillo de lata, ni un vaso de plata como llevan los mozos de espada que se precian de serlo, ni un cántaro de Lebrija. Si hasta hay tazas con la heráldica de la Corporación. No es que tuvieran que estar los maceros para servirle el agua a don Manuel, pero de ahí a un vaso cutre… Lo mejor, como de costumbre, estaba por llegar. Y llegó, vaya si llegó. Don Alejandro Rojas-Marcos apareció directamente al almuerzo en el Hotel Inglaterra (50 euros por barba y para los que no tenían barba) porque alegó que no acude a actos políticos. Ojú. Recuerden que el alcalde más carismático de la democracia, el que acorraló al PSOE siendo diputado en las Cortes, tampoco aceptó la Medalla de la Ciudad que sí acudieron a recoger el andaluz inglés que es Luis Uruuela, la dama de la política que es Soledad Becerril y el gran Monteseirín (“Llamadme Alfredo”), entregadas por el hoy ministro del Interió que está a punto de coger el mando de los mossos, don Juan Ignacio Zoido. Alejandro (no hay otro en Sevilla) se presentó en el almuerzo con camiseta amarilla y chaqueta. Llegó cuando los corrillos disfrutaban del primer sorbo de la cerveza. Repartió saludos hasta que se produjo el primer minuto de oro. Luis Pizarro, aquel correoso portavoz de Izquierda Unida, le tendió la mano. Y Alejandro no se la apretó. Menudo desaire. Le dijo que no lo saludaba y que si después era necesario le explicaría a todo el mundo la causa de haberle colocado el carro de la nieve al hoy adjunto al Defensor del Pueblo Andaluz. Pizarro, conocido entonces por Luispi, fue quien se hartó de denunciar asuntos urbanísticos del PA de Rojas-Marcos. ¿Recuerdan aquella teoría del holding de empresas vinculadas a las cajas de ahorro? ¿Recuerdan las indagaciones sobre un conseguidor que aparecía en todas las recalificaciones? ¿Recuerdan que hubo quien se fue hasta el Registro de Vitoria a pedir papeles? Nada de aquello tuvo trascendencia jurídica, eran otros tiempos en los que la Fiscalía se dedicaba a otros menesteres, pero todo aquello terminó en que Soledad Becerril se negó a entregarle de nuevo las competencias de Urbanismo tras los resultados de las elecciones de 1999, por lo que el PA pegó el volantazo hacia el PSOE de Monteseirín y, cuatro años después, se hundió en los comicios de 2003 desgastado por las denuncias del “urbanismo bajo sospecha” para acabar desapareciendo definitivamente de la Plaza Nueva en las elecciones de 2007.

Pues el sábado se vio que Rojas-Marcos no olvida. Ni perdona. Tampoco se lo ha perdonado a Soledad Becerril, a la que no saluda ni siquiera si se la encuentra en una caseta de Feria, ni tampoco el otro día en el almuerzo de confraternización de los capitulares corporación municipal en la que convivieron hace ya treinta años. Lo peor de todo es que Manuel del Valle presume siempre de que en esos años existía una camaradería que ahora se echa en falta. Y el sábado volvió a decirlo. Sin que estuviera previsto, Alejandro tomó la palabra y mantuvo el tono de tensión al referir que le habían dicho que el acto era un encuentro de “amigos”, pero él precisó en público que allí había amigos, enemigos, rivales y compañeros de partido. Más tensión bien despachada. Soledad Becerril no quiso hablar, le pareció oportuno que sólo lo hiciera quien fue el alcalde de aquellos años que se recordaban en el acto. Las caras eran de póker, de domingo por la tarde o de Viernes Santo por la mañana, según los casos. El rencor histórico existe. El día que algunos consigan hacerlo rentable, tendremos un nuevo chiringuito montado. Y esta vez no se le puede reprochar nada a Arenas (Javié), que excusó su asistencia porque estaba con la cuestión catalana. Y así es. Hay homenajes que los carga el diablo y encuentros de antiguos compañeros que salen mucho más caros que los 50 euros que les cobraron por comer… malamente. Genio y figura. El alcalde que más amó Sevilla le dejó la mano colgada a Pizarro, aquel estudiante de Medicina que tan bien se llevaba con los concejales de derechas. El sábado, por cierto, se sentó con los de la antigua AP-PDP y el posterior PP. La derecha le dio cobijo a Luispi. Hay heridas mal cerradas. Y en los 50 euros no estaba incluida la copa de la casa. Que es lo peor. Mucho peor que el vaso de plástico que le largaron a don Manuel del Valle, un alcalde de ruan al que dejaron sin disfrutar de la Expo.

Reunidón de los que fueron concejales del 83 al 87 y del 87 al 91,coincidiendo que fue alcalde Manuel del Valle Reunidón de los que fueron concejales del 83 al 87 y del 87 al 91,coincidiendo que fue alcalde Manuel del Valle