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La soledad rentable

Carlos Navarro Antolín | 18 de junio de 2017 a las 5:00

El alcalde de Sevilla, Juan Espadas, y el consejero delegado de Emasesa, Jaime Palop, presentan iniciativas para la ampliación del número de fuentes de agua potable en la ciudad de Sevilla

LA alegría en fútbol dura una semana. La felicidad en política dura un cuarto de hora. Y la estabilidad en la vida se rompe en un minuto. A Juan Espadas se le ha acabado el Möet Chandon de los amiguetes de la izquierda radical de tanto descorcharlo. Hace dos años sacó rédito de ese odio a la derecha que figura en la heráldica de Participa Sevilla e Izquierda Unida. Lo votaron a él para echar a Zoido. Le concedieron el sillón de alcalde para quitárselo a Zoido. El planteamiento era sencillo: no deseaban al PSOE de Espadas, querían derribar al PP de Zoido. IU y Participa Sevilla reproducen los esquemas de Madrid: el primer objetivo es que no gobierne el PP, sobre todo si se trata de la lista más votada. Todo lo demás es secundario. El segundo objetivo es inalcanzable por el momento en una plaza como Sevilla: fagocitar al PSOE. Espadas, como la España de Aznar, va bien. Incluso le puede venir bien quedarse sin las amistades peligrosas que lo convirtieron en un alcalde con sólo once concejales. Es un alcalde que se ha quedado solo a la izquierda porque esas amistades peligrosas han terminado por aguar la fiesta de la estabilidad con una algarada más propia de una función de fin de curso. Han enseñado la patita de su carácter zascandil, han mostrado el verdadero pelo de la dehesa dejando ver sus intenciones bochincheras. Los encierros de trabajadores alentados por ellos mismos son una coartada de diseño, un pretexto fabricado, una caída exagerada para simular un penalti.

El alcalde ha perdido en quince días la estabilidad municipal y también se han esfumado sus anhelos autonómicos: ser el sucesor de Susana Díaz, para lo cual se estaba trabajando un perfil andaluz con la velocidad pausada de los inteligentes a base de fomentar los ejes con Málaga, Córdoba y Granada. Esa soledad puede hasta ser rentable para sus intereses. Acaso le ha podido sorprender que la bestia adolescentoide de esa izquierda radical haya despertado a los dos años de mandato. Esperaba el zarpazo de la fiera más adelante, quizás en el cuarto año, cuando todos los socios de gobierno o de investidura se desmarcan del pelotón del gobierno con vistas a las elecciones.

La soledad será rentable para Espadas, un tipo gris, de equilibrios medidos, de pies siempre metidos en el plato, al que se le vincula muy poco con protestas airadas, estéticas desaliñadas calculadamente medidas, discursos huecos y alarmistas y mociones ideologizadas donde se saca partido de enemigos externos que poco interesan a la gestión municipal. La soledad podrá ser rentable, pocos lo dudan, pero la convivencia será difícil. La aprobación de los presupuestos requerirá de una negociación viciada de origen. Esta izquierda radical se ha dado cuenta a los dos años de que el alcalde está creciendo electoralmente porque el PPno existe y porque ellos, precisamente ellos, la muchachada de Participa Sevilla e IU, se lo estaban poniendo demasiado fácil. Tan fácil que, al final, los tres concejales de Participa Sevilla y los dos de IU pasan bastante desapercibidos para el público. Rozan la irrelevancia. Con el espacio institucional perdido –o nunca ganado– no quedaba otra que provocar la tangana dentro del mismo Ayuntamiento, hacer ruido, practicar una política de cacerola y silbato, provocar la intervención de la Policía Local para presentarse como víctimas reprimidas por las fuerzas del orden, irrumpir por las ventanas en lugar de llamar a la puerta.

Esta izquierda zascandil necesita el río revuelto para pescar en las espumas sucias del desorden y el pitote, del desaliño de márquetin y la chancla que enseña uñas como garras. Tras echar a Zoido del poder, los amigos del bochinche necesitan crecer, sonar, existir. Yeso solo se consigue a costa de este PSOE en minoría, al que harán la vida imposible en los próximos dos años. Niegan que exista un pulso cuando lo hay en toda regla. Ellos, los de Participa e IU, necesitan ese pulso como necesitan el enfrentamiento, el pleito y los forcejeos porque son su terreno natural, son las aguas preferidas donde navega el bote que sus hermanos mayores han construido en los astilleros del odio y en la concepción de una política que sólo prima el poder por el poder en sí mismo.

El grupo municipal de Ciudadanos, tan melifluo en las negociaciones del presupuesto, también apretará. Tendrá que hacerlo. Es ley de vida. Tendrá que tomar distancia para saltar del pelotón y crecer. IU y Participa se han echado al monte. Espadas sufre la cuña de la misma madera. El PP está adormecido, fiel retrato de una Sevilla a más de 40 grados. La izquierda se devora a sí misma. La casa del PP de Sevilla está metida en albañiles, con los muros sin alicatar y los tubos del cuarto de baño al aire. Espadas tiene a su delegado Juan Carlos Cabrera con demasiados frentes abiertos:los polémicos desalojos del Ayuntamiento, la mafia del taxi, la falta de seguridad en la Madrugada… Al de Urbanismo, Antonio Muñoz, lo tiene consagrado a la misión imposible de convertir la Gerencia en un motor de la ciudad. Y los restantes concejales están entretenidos en quehaceres que ofrecen, en apariencia, poca rentabilidad política. El gobierno es reducido y muy gris. Expira la primera mitad del mandato. Tan dulce y sin curvas como carente de grandes logros. Sólo faltó la foto con Obama. Comienza la segunda mitad. La soledad es una moneda de dos caras: la de la rentabilidad de librarse de amigos poco recomendables, y la de la complejidad de trabajar con presupuestos prorrogados, amenazas de algaradas, un debate político tensionado y un PP que necesariamente tendrá que despertar.

Los amigos de la izquierda han acabado subiéndose al sofá, desparramando las palomitas por el suelo, rompiendo algún vaso y provocando las quejas razonables de los vecinos. Espadas ha pasado de soñar con los asuntos exteriores de la Junta a tener que lidiar con los asuntos internos de unos socios que prefieren hacer la política en la calle. Se metió a vivir (gobernar) en un piso de estudiantes.

Los picudos rojos pudren las palmeras sanas. Los estudios universitarios avalan el exterminio de las cotorras. Los vencejos atraen el turismo. Sevilla, ciudad en la que los pájaros se llevan los titulares.

El retorno de la dama al balcón

Carlos Navarro Antolín | 4 de junio de 2017 a las 5:00

Soledad Becerril

EL profesor Márquez Villanueva evocaba su infancia sevillana desde su despacho universitario en los Estados Unidos con una frase que tenía el efecto de un aldabonazo: “Nací en una casa de la calle Oriente que ya no existe”. Es difícil que tan pocas palabras encierren tanto desgarro. El imposible retorno al lugar donde se tomó conciencia primera de las cosas es una cruz particular que muchos llevan en su interior. Casas que ya no existen, colegios derribados, calles transformadas hasta ser irreconocibles, con la piel mudada, los comercios clausurados de los que acaso queda el pastiche de una fachada y los rótulos viejos sobre una pared descascarillada… El pasado es una mano que de vez en cuando aparece tendida y nos invita a entrar en un mundo que puede resultar explosivo para los sentidos.

Hay quien tiene la suerte de poder hacer ese viaje fugaz al pasado, de reencontrarse con la casa en la que nació, el colegió donde estudió, el templo donde se casó, el hotel donde se hospedó y el despacho donde trabajó. En definitiva, hay afortunados que tienen la opción de conservar los escenarios de su vida, de tenerlos como acudideros en momentos de zozobra o, incluso existiendo, de mantenerse firmes en su intención de no volver nunca a ellos, una especie de desprecio al pasado o de franciscana perspectiva alegre de futuro.

La ex alcaldesa Soledad Becerril estuvo el otro día en el Ayuntamiento por un asunto relacionado con la Fundación Jiménez Becerril. Hace dieciocho años que dejó el cargo de alcaldesa. Aquel verano de 1999 consideró cerrada su etapa municipal. Cuando acabó la entrevista formal con el actual alcalde, Juan Espadas, la ex alcaldesa miró hacia el balcón del despacho, sintió que la mano del pasado la invitaba a entrar en el túnel del tiempo y pidió salir a esa preciosa balconada de la que disfrutan los alcaldes de la ciudad. Quiso experimentar de nuevo la sensación de ser alcaldesa por unos minutos, cuando ella miraba por ese balcón en sus últimos meses en el cargo: la Avenida estaba abierta al tráfico, los autobuses eran naranjas, el tranvía no existía y ya sentía el doloroso vacío de Alberto Jiménez Becerril y su mujer. Las dos damas se miraron una a otra. Sevilla y Soledad. Soledad y Sevilla. Soledad echaría de menos los árboles, ay sus árboles, en aquellos años en que se convocaba a los concejales con un pitido en el busca y no por teléfono móvil, en esos tiempos en los que Filella era una confitería, la Avenida un rosario de bancos, zapaterías y cafeterías, la Catedral se ennegrecía por efecto de la polución del tráfico, el Metro no existía y la tesorería del Ayuntamiento sufría la depresión de los años posteriores a la Exposición Universal.

Soledad miró a Sevilla desde uno de sus balcones con mayor lustre. Quiso volver, veinte años no son nada. Se atrevió quizás a evocar los días en que apagaba las luces de los despachos para no engordar la factura de la luz de la Casa Consistorial y cumplía con las tediosas visitas matinales a las hermandades (“¿Qué estrenáis, qué estrenáis?) con esas frases repetidas aposta, un recurso de oratoria que ella empleó mucho antes que Arenas (Javié).

No temió la dama mirar al pasado como nunca temió seguir paseando por Sevilla después de ser alcaldesa. Pudo seguir siendo alcaldesa, pero no estuvo dispuesta a pagar determinados precios. Otros sí pusieron tierra de por medio durante un tiempo, otros sí guardaron una suerte de luto para volver a volver, que diría la canción. Ella miró al pasado porque, al final, la memoria selectiva va limando las aristas y va peinando los flecos enredados de los sucesos más agrios para, al final, indultar los episodios más entrañables y enriquecedores.

Hay toreros que se sacuden las zapatillas y no vuelven a una plaza, alumnos que jamás pisan el aula donde fueron suspendidos y fieles que nunca retornan al templo donde soportaron el aguacero de una mala boda. Soledad volvió a su despacho y quiso que le abrieran ese balcón donde hay una vista privilegiada que se reserva a los alcaldes y sus invitados. Quien no teme mirar cara a cara al pasado es porque tiene la conciencia tranquila. Sólo los honrados pueden hacer esos viajes interiores de ida y vuelta. Y colocar en el epitafio de una etapa el mensaje rotundo que lo dice todo: “Hice lo que pude”.

Ella podrá afirmar algún día: “Trabajé en un despacho como alcaldesa con un balcón que sigue existiendo”. El balcón está intacto. La ciudad es como un hijo, que según crece van cambiando los problemas que genera. Los autobuses naranjas se volvieron rojos. La Catedral está más blanca gracias a la limpieza. Apareció el tranvía con su muñidor. Se fueron los bancos y llegaron las cafeterías franquiciadas de veladores estrechos para clientes escuálidos. “¿Y los árboles?”, preguntaría quizás como el que se interesa por un familiar. Y alguien, después de unos cruces de mirada y de un espeso silencio, le diría a la ex alcaldesa con la mirada baja: “Los árboles murieron”. Y entonces se agrietó la bella porcelana del pasado.

Hábleme, señor alcalde

Carlos Navarro Antolín | 15 de mayo de 2017 a las 5:00

Ayuntamiento de Sevilla. El alcalde Juan Espadas, presenta las l

Hábleme de la ampliación del tranvía, señor alcalde. Hábleme, mejor aún, de las futuras líneas de Metro que hay que reclamar ante una Junta despistada que mira al tendido de las primarias del PSOE sin advertir el avieso pitón de la falta de gestión. Hábleme de medidas contundentes para poner orden en la mafia del taxi, que la Feria del taxi ha sido peor que la noche del tío del tambor, no les llevo porque busco turistas. Hábleme de cuándo iremos los sevillanos en tren del aeropuerto a Santa Justa, o de cuándo tendremos sombra en la Avenida de la Constitución o, por poner un ejemplo nuevo y mucho más próximo en el calendario, cuándo la tendremos en el paseo de Marqués del Contadero, que más que un centro de recepción al visitante parece un solarium para turistas que quieren ponerse como salmonetes. Hábleme de las rondas de circunvalación pendientes, de los anillos de cercanías que –paradojas– están cada vez más lejos. Hábleme de la reorganización de la Gerencia de Urbanismo que usted quería que fuera un motor de la ciudad. Hábleme de cuándo habrá inspectores disponibles por las tardes de lunes a viernes y las noches de los fines de semana para luchar contra el ruido. Hábleme de la plantación de árboles, de la colocación de fuentes y del cuidado del entorno de la Catedral. Hábleme de los proyectos para seguir acabando con los espacios duros, con ese urbanismo heredado que pesa como una losa, nunca mejor dicho. Hábleme de la protección de negocios que contribuyen a que la ciudad tenga sello propio frente a la invasión de las franquicias de quita y pon. Hábleme de todos estos asuntos. Y no me hable tanto de la Feria, que usted solito crea el charco con la consulta, se mete en él, no quiere que los demás nos metamos, se enfada si nos metemos y al final nos acaba riñendo. Y todos salpicados.

Ni bolsillo, ni estómago

Carlos Navarro Antolín | 7 de mayo de 2017 a las 5:00

SEVILLA, 05/05/2017.

NO es que los sevillanos no soporten una Feria de seis días ampliada a siete. Es que el concepto que el sevillano tiene hoy de la Feria dista mucho del que se tenía en los años ochenta, cuando existía una clara división entre el mediodía y la noche. Esa separación –de hasta dos y tres horas– para ir a los toros o simplemente para descansar en casa, hacía mucho más soportable los días de una fiesta que, no se olvide, muchos recuerdan cuando comenzaba el jueves. La forma de vivir la Feria hoy es llegar y apurar el día hasta que el cuerpo aguante. Y, claro, el cuerpo exprimido no puede estar rindiendo igual no ya durante seis días, sino durante siete. Y siete días de gasto no hay póliza de crédito que los soporte. Esta Feria alargada para captar madrileños es literalmente insostenible. No hay cuerpo ni bolsillo que la aguante. Necesita de mucho omeprazol y almax, de cuadrillas de relevos entre los camareros, que el jueves estaban ya extenuados en muchos casos. Necesitaría, cómo no, de esa tradicional división entre mediodía y noche que antaño hacia llevadera una fiesta en la que a las seis de la tarde se aprovechaba para limpiar la caseta, reordenar las mesas y recibir de nuevo a unos socios aseados y vestidos de oscuro. Ese corte, esa separación, evitaba muchas borracheras y muchos individuos vivaqueando sin rumbo y con la lengua gorda. Pero el consumo se impone hoy a la vivencia en todos los órdenes (fíjense en la Semana Santa sin ir más lejos) y se trata de eso: de consumir, apurar, exprimir, aprovechar el día de Feria como si fuera el único cartucho.

Ese concepto de Feria en sesión continua soporta ya difícilmente el tercer día consecutivo. El jueves, hasta ahora el día más elegante, se podía coger mesa en primer fila en muchas casetas pasadas las dos y media de la tarde. El viernes ya no había ni plato del día en muchas cocinas. ¿Para qué? Si no había demanda. Y el paseo de caballos, despoblado, era lo más parecido a los vídeos en blanco y negro de la Feria del Prado, pero sin la alta velocidad del cine en blanco y negro.

La apertura de una caseta para turistas es una suerte de engañabobos. Vale como servicio, acudidero para visitantes perdidos, pero no garantiza que se viva la verdadera Feria, fiesta eminentemente particular, que no excluyente, lo cual se debe afirmar sin ningún complejo. Vivir la Feria de verdad –no nos engañemos– exige estar integrado. Y para eso se necesita algo de tiempo, cosa de la que la industria turística no dispone, pues se trata de vender paquetes, experiencias exprés y otras gaitas. La caseta para turistas es un bar en el real con estética de eso: de caseta. Aceptamos caseta para turistas como medio para captar el verdadero sentido de la fiesta porque, al fin, de lo que se trata es de hacer caja. Aceptamos media hora de taconeo, dos raciones de calamares con textura de neumáticos y autobús en la puerta como espectáculo genuinamente flamenco. La caseta para turistas recuerda a aquel centro de la interpretación de la Semana Santa que Monteseirín quiso construir y que, por fortuna (y ducados), la crisis se llevó por delante. Aquel engendro contemplaba en su oferta un simulador de bullas para que el turista se hiciera una idea de la pericia del sevillano a la hora de moverse en las aglomeraciones. Si aquello hubiera prosperado tendrían que haberle incorporado el servicio premium del simulador de las estampidas.

Malos tiempos para lo políticamente incorrecto, malos tiempos para decir que la Feria de Sevilla es una fiesta privada, para los sevillanos y que si se quiere vivir de verdad ha de ser de la mano de uno de ellos. Malos tiempos para explicar que caseta viene de casa y que en casa de cada uno entra quien desea el dueño. La Feria es víctima del pensamiento lanar, del buenismo, de la teoría de la participación por la participación como valor supremo.

Que le pregunten al vasco afincado en Sevilla que osó acercarse a tocar las andas de la Virgen del Rocío sin cumplir la norma no escrita de pedir la venia a un almonteño. Sufrió literalmente un mordisco. Montar una caseta cuesta un dinero que miles de sevillanos pagan en cuotas a lo largo del año con su esfuerzo y sus ahorros. Son los sevillanos con su esmero personal los que montan la fiesta, nada hay de lo que avergonzarse por ello. Y son los sevillanos los que han integrado siempre a miles de visitantes sin imposiciones pseudodemocratizantes.

Esta Feria alargada ha generado 1.700 asistencias sanitarias sin ninguna tragedia, lo cual nos lleva también a una conclusión: la Feria es una organización perfecta, un ejemplo de convivencia en el que, pese a las horas de ingesta de alcohol y a la combinación de públicos muy diversos, no hay que lamentar ningún suceso. ¿Por qué sí ocurre, en cambio, en la Semana Santa? Porque en la Feria nadie se ve excluido, ni siquiera la legión de gente carente de educación, que se refugia en el alcohol en un espacio limitado (el real) y ultravigilado. Y en la Semana Santa hay demasiado público que deambula sin importarle nada de cuanto ocurre en una fiesta religiosa que no ofrece atractivos alternativos para pasar tantas horas en la calle. Preocúpese el gobierno de analizar, mimar y blindar la Madrugada, y deje la Feria como estaba hasta el año pasado, que ya de por sí era larga por el concepto de sesión continúa con el que se vive hoy. Nadie aguanta siete días de Feria seguidos ni dos subidas al ratón vacilón.

El quite de Romero a Espadas

Carlos Navarro Antolín | 18 de abril de 2017 a las 5:00

Alcázar.

El alcalde es un tipo con suerte. Este Juan Espadas ha caído de pie en el Ayuntamiento y no hay estampida que lo zarandee. Con sólo once concejales, con la Sevilla cofradiera encantada, tocando las fechas de la Feria como le da la gana para contentar a madrileños y hoteleros, y sin oposición política que le rechiste. Espadas descafeinó el premio taurino del Ayuntamiento para no molestar a sus socios de la izquierda, los muchachos de Participa Sevilla e Izquierda Unida. El premio ya no depende sólo del Ayuntamiento, como ocurría en tiempos de Zoido, sino de la Fundación Europea del Toro y su Cultura. Se trataba de que el galardón perdiera su dependencia directa del gobierno y se centrara más en los aspectos culturales de la Fiesta Nacional. ¡Ahí va, la cultura y yo con estos pelos!

El 28 de marzo de 2016 se publicó la concesión del premio al pintor Miguel Barceló. Ya ha llovido y ya hemos corrido en la Madrugada. Y el lunes 17 de abril de 2017 han tenido que venir a recogerlo en nombre del pintor, porque el pintor, el artista, que es un artista, pedazo de artista, no ha tenido tiempo de venir a Sevilla a recogerlo de manos del alcalde. Para algo inventaron los romanos la representación.

¿A quién ha mandado Barceló a recoger el premio que lleva el nombre de la ciudad? ¿A su abogado? Frío, frío. ¿Al proveedor de sus lienzos y pinceles? Frío, frío. ¿A su fisioterapeuta? Más frío, mucho frío, pero más frío que el cuerpo que se nos quedó la noche del Viernes Santo. El premio despreciado por Barceló lo ha tenido que recoger nada menos que Curro Romero más de un año después de su concesión. El mismísimo Curro le ha hecho el quite providencial a este alcalde suertudo. Curro le ha salvado el expediente a un gobierno que sí tuvo lo que hay que tener para poner vallas en las calles en Semana Santa, pero no lo ha tenido para darle el premio taurino a un torero, a un ganadero, a un rejoneador o a un novillero. Ni los 175 años del hierro de Miura han valido, oiga.

Como se trataba de buscar el aspecto cultural de la fiesta, tururú, se lo dieron a un tipo que no ha tenido la consideración de coger un AVE, pasar una noche en el Alfonso XIII y recoger el galardón. Barceló ha pasado de la ciudad, del premio y del alcalde como de eso que está usted pensando y es de color marrón. Tan aficionado era Romero a esos quites del perdón en las ferias de los años noventa que ha vuelto a hacer uno, pero no para que lo perdonen a él, sino para que Espadas se libre de los almohadillazos que merece su buenismo, su afición a lo políticamente correcto en estos asuntos de la tauromaquia, su objetivo de no molestar a sus socios minoritarios. Romero solía hacer el quite del perdón al toro que cerraba plaza la tarde que clausuraba su particular feria. Tres lances de capa y una media con las manos bajas bastaban para consolar a una afición que se había tragado todos sus macheteos desde el Domingo de Resurrección. A Romero, a este paso y a sus años, le van a dar el premio doctor Vila al quite providencial. Si no es por Curro, Espadas se queda sin acto de entrega de su descafeinado premio taurino, que ya de taurino le queda lo mismo que al hotel Colón, el de la suntuosidad sacrificada. ¿Tenía, por cierto, necesidad el Faraón de meterse en esta faena? La que han liado Espadas y sus muchachos para no tener que dar el premio a un torero ha sido como las que liaba Juliá con esos canapés tan raros que se inventaba para no tener que poner jamón. Y, al final, han tenido que tirar de Curro, un torero. Y Curro, papeles cambiados, le ha puesto el escudo al alcalde del buenismo taurino y al pintor que ha despreciado a Sevilla. Como los escudos que le ponían a él cuando cabizbajo abandonaba el ruedo camino del callejón de Iris.

Los cacharros de Muñoz

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2017 a las 5:00

Teatro de la Maestranza.

TENEMOS un concejal de la cosa urbanística que no nos lo merecemos. Está claro que Antonio Muñoz es un hombre de fe, mucha fe, y de esperanza, tela de esperanza bien repartida por esa calle Pureza de exornos florales hiperpoblados que tanto le chiflan. Muñoz ha cantado esta semana las verdades del barquero. ¿Que a los veladores bonitos no se les cobra dinero? Negativo. Ha dicho que el centro está feo porque está cargado de “cacharrería”. Ha culpado a la masiva implantación de franquicias y multinacionales de la “vulgarización y estandarización” de las calles. Yha rematado con una media verónica que ha levantado al tendido de los entendidos: “No aportan ningún valor añadido”. ¡Óle por Muñoz! Si se consultan fotografías del centro de Sevilla de los años 70, por ejemplo de la Campana, la ciudad no era precisamente un derroche de belleza desde el punto de vista urbanístico. Pero sí se aprecia algo en los negocios: la gran mayoría son propios, firmas locales, únicas e insustituibles. En la Punta del Diamante, donde hoy hay una mutinacional del café, había unos pocos veladores donde estaban sentados sevillanos. Y en la Campana, donde hoy sólo queda un negocio autóctono, la clientela también era mayoritariamente local en ambas aceras. Sevilla aparecía con un halo cutre, provinciano, despertando a la democracia. La hiperdependencia del turismo ha sacrificado en el altar de las multinacionales el valor propio de los comercios y bares, el mejor legado quizás de aquellos feos años setenta y ochenta. La ciudad se abrió con la Exposición Universal, profesionalizó la gestión de sus principales monumentos y creció urbanísticamente hasta crear el concepto de la Gran Sevilla, pero cada día está más vulgarizada, lo dice el concejal socialista, como si no hubiera sabido conservar sus señas de identidad al mismo tiempo que asumir las novedades propias de la época. Nos hemos pasado de frenada en el servilismo al visitante, nos hemos arrodillado en exceso en la entrega de las llaves de la ciudad al turista. Antes se decía que un sevillano que quería pasar desapercibido con su amante no tenía más que meterse en el Museo de Bellas Artes o en el Real Alcázar, donde sólo hay turistas. Hoy ocurre eso en los bares de la Avenida y en casi todos los de la Campana. Los sevillanos han abandonado ciertos lugares como los zares sus palacios.
Antonio Muñoz anuncia una ordenanza para presevar el paisaje urbano de la fealdad, del mal gusto,de la “cacharrería”. A Dios por el amor, a Huelva por la A-49 y a la estética por la ordenanza. Muñoz hace como los almonteños, que regulan la estética de la romería con una normativa específica sin ningún complejo. Lo de Sevilla parece más difícil por la de terreno que nos tienen comido los “cacharros”. Más le valdría al Grupo Socialista, en primer lugar, promover una moción del Pleno para que la comisión provincial de patrimonio histórico aplicara las leyes vigentes sobre alteración de las volumetrías, remontes, trama urbana y respeto escrupuloso a los valores que motivan las catalogaciones de los inmuebles. La comisión de patrimonio parece demasiadas veces lo que la Justicia de Pacheco: un cachondeo. Permite la “cacharrería” del edificio de la calle Santander en pleno conjunto histórico, la cubierta de hierro chorreado del restaurante que cruje la estética de la calle Betis, el adefesio de aluminio junto al Puente de San Bernardo, o la demolición interior de tantas y tantas casas de las que obliga a dejar la fachada para que Sevilla siga pareciendo lo que ya no es. El cuidado de la estética, de los valores propios a los que alude Muñoz, comienza por la arquitectura y termina por los comercios. Exige pensar a largo plazo. Y, sobre todo, requiere de educación y criterio. Una fiesta de escasos días, como la Feria o el Rocío, se pueden regular por ordenanza con cierta facilidad. De hecho el uno y la otra son ejemplos de bastante éxito en este aspecto. Un modelo estético de centro histórico implantado por ordenanza parece mucho más complicado. El precedente más próximo fue el de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que intentó que todos los bares de los alrededores de la Plaza Nueva tuvieran los mismos veladores. Homogeneizar el mobiliario de la hostelería se decía en el lenguaje cursi de los políticos. Ahora, por cierto, lo que hay son más veladores con y sin homogeneización. En los útimos cuatro años del PP casi nada se hizo por la estética. Se dispararon los “cacharros”, que diría Muñoz, y el alcalde de entonces reconoció (increíble, pero cierto) que tuvo que hacer la vista gorda con los bares y los veladores porque eran años de crisis económica y había que contribuir a que hicieran caja. Zoido sí promovió la sustitución de las farolas-ducha de la Alfalfa y sus proximidades y casi lo fusilan en el paredón de lo políticamente correcto.
Es de agradecer ahora que la cruzada contra los veladores y los “cacharros” del centro sea promovida por un socialista. ¡Menos mal! Si llega a ser Soledad Becerril ya la estaban tildando de marquesona. Yo me alegro del plan de Muñoz, hombre de mucha fe por lo que se ve. Esperemos que la fuerza lo acompañe, que es lo mismo que decir que la superioridad moral de la izquierda lo proteja. Entenderá pronto cuán lamentable resulta tener que defender lo obvio. Que no se puede abandonar la Catedral como todos los gobiernos locales lo han hecho. Que hay que estar encima de la comisión de patrimonio. Que hay que mirar con lupa las licencias en el conjunto histórico-declarado. El velador se retira. El mamarracho de la calle Santander nos lo tragamos cada mañana. Yel criterio no se enseña a golpe de ordenanza.
Quizás a Antonio Muñoz algún día le ocurra lo que al gerente del club privado al que se quejaron por escrito de que la gente comía con el torso al aire en el restaurante de la piscina. El tipo respondió que el club no se hacía responsable de la educación de los socios. Y que si el denunciante no quería almorzar contemplando pelambreras, que acudiera al salón habilitado al efecto, una suerte de gueto para los que aún mantienen ciertas normas de saber estar y, sobre todo, de higiene. El centro de Sevilla está para que lo manden al IAPH para pasarlo… a nuevo terciopelo. Con dos… veladores.

El reto del taxi es el esmero

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2017 a las 5:00

TAXIS
AL viejo periodista le amargaron el final de sus días profesionales con cursos sobre el manejo del ordenador, aquel monitor panzudo con una conexión que se paraba más que el C-2. Él, que se había pasado más de treinta años aporreando la máquina de escribir y presumiendo de sacar los folios redactados sin mácula de erratas, se veía ahogado ante la pantalla, al borde de la asfixia y sin destreza para deslizar el ratón. Estaba convencido de que todo aquello complicaba el proceso verdaderamente importante (escribir las historias de cada día sazonadas con la sal y la pimienta de la que sólo es capaz un veterano de la información) y amargaba el tramo final de su carrera. Nunca quiso reconocer que el problema era él mismo, su pánico por el cambio, su terror a sentirse orillado, señalado e incapaz. Siempre era más cómodo instalarse en la queja y denunciar que el culpable está en el entorno, en el ambiente, en los señores de arriba y en toda esa letanía de dianas a las que lanzar los dardos de la amargura cada vez que el cornetín de mando suena para anunciar cualquier modificación sustancial de los hábitos de trabajo.

Estos días se oyen denuncias de los propios taxistas sobre el intrusismo en el sector, propuestas para convocar una consulta sobre las medidas para combatir la mafia del aeropuerto, sabotajes de vehículos, agresiones con tinte mafioso en la casa de representantes del gremio y reivindicaciones de mayor presencia policial para corregir desmanes. Cierta clase dirigente del sector juega las cartas con habilidad, mucha habilidad, para presentar a determinados taxistas como víctimas, como pobres ancianas desvalidas a las que los piratas quieren esquilmar el monedero a la salida de misa. El ruido de estas denuncias se repite estos días como una vuvuzela, a la misma velocidad que suceden extraños incidentes que dejan con las ruedas pinchadas los vehículos de los profesionales del sector a los que se impide pescar en el caladero del aeropuerto. Los discursos victimistas se repiten igualmente a la misma velocidad que los sucesos que afectan a los profesionales de los nuevos medios de transporte, unas ofertas que han dejado al taxi tradicional, por ejemplo, como el más caro de todos los medios para acudir al aeródromo de San Pablo. Es evidente que alguien no ha estado interesado nunca en una línea de Tussam competitiva que enlace el Prado de San Sebastián con el aeródromo. Alguien no ha estado interesado nunca en dar facilidades a la implantación de los nuevos servicios de transporte que se contratan a golpe de teléfono inteligente.

Muchos taxistas están como el viejo periodista: en posición de defensa, reacios a cualquier cambio. Prefieren ventear la media verdad del intrusismo antes que asumir que el verdadero reto que no terminan de afrontar es el del esmero, prestar un servicio de mayor calidad, con una atención más cuidada y profesionalizada. El futuro del taxi no pasa tanto por la vigilancia policial en los puntos negros como por la necesidad de que estos profesionales del volante cuiden el aspecto de sus vehículos, sean diligentes en el trato con el cliente e inspiren siempre su trabajo en el principio de la buena fe. Si el taxi tradicional no asume que los coches en verano deben estar refrigerados antes de que el cliente se vea forzado a pedir el aire acondicionado, Cabify se llevará más y más cuota de negocio en cuanto aumente la reducida flota de coches que ahora tiene en Sevilla. Si el taxi tradicional no asume que el cliente no merece una mala cara –mucho menos una reacción airada– cuando se solicita un trayecto considerado corto, seguirá perdiendo usuarios en beneficio del autobús o del coche particular que se puede aparcar gratis en muchos centros comerciales o a bajo precio en el propio aeropuerto. Si el taxi tradicional no asume que los vehículos deben estar limpios y que hay que tener tacto en las conversaciones con el usuario para no provocar incomodidad, las nuevas plataformas que ofrecen coches de alta gama, servicio esmerado, conductores discretos y la vía del pago digital, irán comiendo terreno al sector tradicional, como los ordenadores fueron desplazando a las máquinas de escribir en las redacciones. Es cuestión de tiempo, no de número de policías en las paradas, ni de barreras, ni de aumentar la tarifa del autobús para que el público retorne al uso del taxi.

El taxi tradicional está llamado a renovarse como las plazas de abastos, cuyos industriales no pueden estar todo el día reclamando mejoras al Ayuntamiento mientras se niegan a abrir los puestos por la tarde, cierran los domingos y muchos aún no ofrecen el reparto a domicilio.

No se trata de ser serviles, como alguno malinterpreta torticeramente, sino serviciales. No se trata de ser pelotas, ni de dar ojana, ni de caer en comportamientos engolados, sino de ser sencillamente profesionales. Intrusos hay en todos los oficios y no por ello se debe rebajar la calidad de las prestaciones. El enemigo del taxi está dentro, como revelan los propios códigos éticos que ha publicado la Federación Andaluza de Autónomos del Taxi, que pone el dedo en la llaga sobre las deficiencias del servicio en un modélico ejemplo de autocrítica constructiva. Cuando todos escribían en ordenador, había quien se empeñaba en no dejar la máquina de escribir. Aquel viejo gruñón se fue quedando solo. La culpa era siempre de los demás. Sevilla necesita taxistas profesionales para que, como dice el alcalde Juan Espadas, cesen ciertos espectáculos más propios de películas donde aparece la cabeza de un caballo en la cama, o la puerta del domicilio de un taxista embadurnada de excrementos. Tan inaceptable casi como llevar el aire acondicionado apagado en agosto. Y, mientras, los autobuses de Tussam fresquitos.

Las doce uvas de Espadas

Carlos Navarro Antolín | 31 de diciembre de 2016 a las 5:00

ESPADAS CAJA
Primera uva. Año y medio en el cargo y ni una palabra más alta que otra, ni una cinta cortada, ni tampoco ningún gran escándalo. Juan Espadas es un político plano. Pasa desapercibido hasta en sus muchos paseos por la calle. Su fuerte no es la notoriedad. Tampoco es su objetivo. Es un alcalde de ruan, pasajero del vagón en silencio del tren de la política, sin concesiones en sus discursos, sin excesos ni brillos. Se siente cómodo en las zonas templadas. Un alcalde sin alharaca, exento de frivolidades. Un carácter que se refleja en su gestión: sin grandes logros materiales por el momento, con algún proyecto sonado a medio plazo (caso de la ampliación del tranvía) de los que está por ver su resultado, y con la certeza quizás de que las grandes soluciones, si existen, nunca deben provocar ruido. Basten dos ejemplos: el nombramiento de un jefe de la Policía Local en una toma de posesión a puerta cerrada, cosa inaudita, y la apuesta por la supresión de chabolas del Vacie, sin cámaras de televisión ni fotógrafos de por medio, con la tesis de que en el asentamiento se debe trabajar con la mayor discreción.

Segunda uva. Espadas es absolutamente dócil ante Susana Díaz. Como cualquier dirigente socialista andaluz, el alcalde de Sevilla está eclipsado por la larga sombra de la presidenta andaluza, consagrada ahora más que nunca a la carrera por la secretaría general del PSOE. En cierta forma, Espadas tiene que moverse entre el hiperliderazgo de Susana Díaz y la omnipresencia costumbrista de Juan Ignacio Zoido, ministro del Interior y ex alcalde de la ciudad. Dos potentes sombras que no deben ser nada cómodas para un alcalde que hace virtud de su escaso índice de popularidad. Si Susana Díaz abandonase algún día San Telmo, tal vez Espadas tendría la oportunidad de hacer carrera propia. En política nada es gratuito. Quizás por eso ha dedicado muchos esfuerzos durante 2016 a trabajar las líneas de entendimiento y colaboración con Granada, Málaga y Córdoba. En ocasiones lo ha hecho con peticiones tan llamativas como un tren que conecte el aeropuerto de Málaga con la estación ferroviaria de la capital costasoleña, cuando Sevilla carece clamorosamente de esta infraestructura. Espadas es hoy un ejemplo de político muy moderado dentro del PSOE. No controla un partido constituido por agrupaciones de muy diverso peso. Jamás se olvide que ha conseguido la Alcaldía con los peores resultados obtenidos por el PSOE en una capital que en los tiempos de pana y previos al 92 era un fortín para los socialistas.

Tercera uva. Un alcalde plano preside un gobierno plano. Y la gestión, como ya se ha apuntado, es consecuentemente plana. Hay leves excepciones. Como alcalde es una continuación de su estilo al frente de la oposición. Ni frío de enero ni calor de julio Hay que admitir que la falta de chispa de la que adoleció en la oposición es quizás una cualidad que puede ser rentable cuando se está en el gobierno. El equipo de Zoido, por ejemplo, no supo cambiar de registro cuando alcanzó el gobierno. No supo entender que la guerra había terminado. La única concejal del gobierno que le ha puesto en un aprieto ha sido Carmen Castreño, reprobada por el Pleno tras la sentencia del TSJA que dictó que como presidenta del Pleno había contravenido nada menos que la Constitución Española al impedir el debate de las propuestas de la oposición sobre los presupuestos de la ciudad. Espadas se tragó el sapo. Quien por el momento no le ha generado problemas es la delegada de Participación Ciudadana, Adela Castaño, que guarda un perfil discreto tras algunas polémicas sonadas en los años de oposición.

Cuarta uva. A Espadas se le perdonan algunos gestos, llamémoslos así, por los que a su antecesor le hubieran arreciado las críticas. No son muchos, pero sí reveladores. Romper una guitarra en la inauguración de un restaurante americano en la calle San Fernando, subirse en el coche insignia de la vuelta ciclista a España a su paso por Sevilla, convocar una consulta ciudadana sobre la fecha de comienzo de la Feria, o sencillamente aceptar encarnar al rey Baltasar en la cabalgata del Ateneo, cosa que Zoido rechazó dos veces por el tradicional complejo de la derecha. Espadas juega a dos bandas: contenta a la Sevilla tradicional portando crucificados en los vía crucis, y a los socios de investidura de la izquierda radical colocando una iluminación navideña exenta de simbología religiosa.

Quinta uva. El de 2017 será un año donde necesariamente se habrá de ver algún fruto de logro mandato que consumirá su primera mitad. El gobierno amigo de la Junta no se nota por el momento. La inversión en infraestructura se la ha llevado el tranvía de Alcalá de Guadaíra. Tanto la Junta como el Estado siguen relegando a Sevilla en los presupuestos públicos. Tiene razón el PP cuando señala que la gran inversión que necesita Sevilla es el Metro, que no veremos crecer en los próximos cuatro años. Todo indica que Espadas tratará de contentar a la ciudad con la ampliación del Metrocentro de Monteseirín, un costoso y complejo placebo para hacer olvidar el verdadero objetivo de una gran ciudad: las líneas 2, 3 y 4 del suburbano. De este alcalde jamás cabrá esperar una postura firme y exigente ante la Junta para demandar la infraestructura más necesaria en una urbe de cerca de 700.000 habitantes y con una alta densidad de población en la corona metropolitana. En la Junta nadie da la cara por Sevilla por miedo al discurso de los agravios entre provincias hermanas. Las alusiones a la capitalidad de Sevilla son políticamente incorrectas (Espadas) o tachadas de populismo de bajo coste (Zoido). Al final, la gran perjudicada es la ciudad.

Sexta uva. Con Espadas se talan árboles igual que con Zoido. Unos 600 han caído este año, algunos en lugares tan señalados como la acera del Palacio de San Telmo. Este alcalde, al menos, se ha propuesto luchar contra dos lacras de la ciudad: las plazas duras heredadas de finales de los 80 y principios de los 90, y el tormento de Sísifo de los veladores, un tsunami de mesas y sillas que invade las principales calles del centro y muchas de los barrios. La Plaza de Armas ha estrenado un diseño más amable gracias a Adif y Mercadona. La Plaza de Juan Antonio Cavestany, muy cerca de Santa Justa, será reurbanizada con una configuración más apropiada para una ciudad con seis meses de calor que para el clima moscovita que presenta ahora. El concejal Antonio Muñoz, que dirige la cursimente denominada Delegación de Hábitat Urbano, ha sacado las brigadas anti-veladores a las calles con la intención de difundir que el aparato coercitivo del Ayuntamiento existe, que las mesas y sillas ilegales se requisan y que las sanciones se imponen. Las batidas han sido habituales. El primero de enero se debe notar la nueva normativa, muy restrictitiva, impuesta en la Campana, la Avenida y San Fernando.
Zoido y Alberto Díaz

Séptima uva. Espadas sabe como nadie cuánto cuesta movilizar la burocracia de una estructura mastodóntica como el Ayuntamiento, donde el miedo a las imputaciones de los funcionarios y el férreo control de la Intervención municipal, lastran los anhelos de velocidad de cualquier político por lograr con urgencia un proyecto que sea el símbolo de su mandato. Este alcalde no cortará la cinta de la segunda gran tienda de Ikea, para la que la Junta no ha dado facilidades y el Estado, al menos, ha vendido que ha hecho los deberes que le correspondían. El centro de recepción de visitantes –la horripilante obra a la vera del río en Marqués de Contadero– se eterniza y se encarece porque fue adjudicada con una baja temeraria. Altadis es un proyecto varado, un cementerio fabril en pleno casco urbano. Al final, todo lo bueno y lo malo que ocurre en la ciudad se identifica con la figura de su alcalde. El alcalde es el pararrayos donde impactan las quejas que a veces corresponden a las administraciones autonómica y estatal.

Octava uva. A Espadas le encanta hablar de la reformas estructurales en el Ayuntamiento. Ha depositado en funcionarios municipales de corte progresista su apuesta por la gestión cotidiana. Es cierto que se trata de una fórmula clave para el éxito que le ha proporcionado paz interna. Aún así, no tiene fuerza para luchar contra algunos de los frenos de la ciudad: las inercias de una Gerencia de Urbanismo con más jefaturas que indios, sin inspectores por las tardes ni los fines de semana y con un alto coste salarial, las excesivas trabas que en no pocas ocasiones pone el viceinterventor que sacaba de quicio al PP y ahora al PSOE, los cambios disparatados de criterio de las Comisiones de Patrimonio, etcétera. Aquí es donde muchas veces se encuentran las claves del verdadero bloqueo de la ciudad.

Novena uva. El alcalde no puede quejarse de sufrir una oposición implacable. El Pleno le tumbó la operación de compra parcial de la sede de la Junta en la Plaza Nueva, lo que reveló un fallo de negociación previa de los apoyos en la junta de portavoces. Un error impropio del perfil de gestor de que hace gala Espadas. Pero en ningún momento está sufriendo una fiscalización dura de la gestión. Con Ciudadanos mantiene una relación de absoluta armonía, perfecta traducción local del acuerdo autonómico que sostiene al ejecutivo de Susana Díaz. A Espadas le encantaría que Ciudadanos entrara en el gobierno local. El grupo más poblado de la oposición, el PP, se ha pasado año y medio penando la resaca de la pérdida de la Alcaldía de los 20 concejales y preparando el relevo de Zoido, todo lo cual aderezado con un enfrentamiento interno que mantiene en vilo al PP hispalense. Cuanto más tarde el PP en rearmarse, mejor para este alcalde laborioso y con dedicación, pero sin brillo ni grandes resultados palmarios. Participa Sevilla e Izquierda Unida dan pocos dolores de cabeza al alcalde. Los chicos de Participa siguen sin ser reconocidos como hijos legítimos de Pablo Iglesias. Y los ediles de IU, pese a tener un portavoz con momentos de brillantez en los plenos, tienen bastante con buscar un palo al que agarrarse en el hundimiento de la coalición en toda España. Nunca un gobierno en minoría gozó de tanta tranquilidad. Que le pregunten a Manuel del Valle sobre sus cuatro años sin mayoría absoluta, o que se lo digan a Soledad Becerril en sus cuatro años de alcaldesa apoyada (es un decir) por los andalucistas de Rojas-Marcos.

Décima uva. El gran éxito hasta ahora ha sido la gestión de la Semana Santa, en colaboración con la Delegación del Gobierno en Andalucía. Las vallas, los refuerzos policiales y una buena coordinación fueron determinantes para recuperar la sensación de seguridad en una fiesta herida. Un éxito que continuó en la salida extraordinaria del Gran Poder. La Feria, sin problemas de seguridad y con la caseta municipal reabierta. Tan sólo hubo un patinazo en la concesión del diseño de la portada a un militante socialista de Bellavista. Pero el balance de una gestión no se puede ni se debe basar en las fiestas mayores, lo que precisamente se le achacaba a Zoido desde las filas socialistas en el anterior mandato. Al menos Espadas ha estado hábil para bloquear la construcción de una gran mezquita en Sevilla Este mediante argucias administrativas absolutamente legítimas.

Undécima uva. El taxi vuelve a ser un gremio conflictivo cuyos problemas erosionan la imagen de la ciudad. El gobierno no quiere aplicar la sentencia del TSJA de 2001 que impone el turno rotatorio en la polémica parada del aeropuerto, donde los abusos y las irregularidades –sobre todo con pasajeros extranjeros– son una constante. El principal problema de esta parada no es el intrusismo, como se nos quiere hacer ver, sino el mal trato que se ofrece a muchos viajeros a los que se intenta cobrar de más cuando existe un cuadro de tarifas fijas. El reto del taxi en 2017 es el del esmero, como fórmula para competir con las nuevas modalidades de transporte que se ofrecen con éxito por aplicaciones digitales sin riesgos de sobrecostes. La Policía Local perderá 200 agentes en cuatro años si no se aplican soluciones. Sevilla sufre un déficit de policías nacionales y está a punto de sufrirlo también en el cuerpo de seguridad local. La apuesta por un guardia civil al frente de la Policía Local revela el deseo del alcalde de introducir un mando único y una mayor disciplina en un colectivo que ha dado quebraderos de cabeza a todos los alcaldes por la vía del polémico sindicato mayoritario. La Policía Local sigue sin reglamento interno y sin una Relación de Puestos de Trabajo (RPT). En cualquier caso, la paz social se consigue aumentando las partidas presupuestarias para productividades. Ningún alcalde se atreve ni con la Policía Local, ni con los taxistas del aeropuerto. Ni siquiera el que gozó de 20 concejales. Malos tiempos para el ejercicio de la autoridad.

Duodécima uva. A Espadas se le satura el centro de franquicias. Sevilla se despersonaliza en sus principales calles, se iguala a cualquier urbe de corta historia, se muestra impotente para mantener un comercio propio, con sello particular, que la haga diferente y única, que son los valores que, junto a las conexiones del transporte, los monumentos y el sector terciario, convierten a una ciudad en un potente destino turístico. El mismo delegado de Turismo ha mostrado su preocupación por los atentados estéticos en la Avenida y por la caída paulatina de negocios antiguos y únicos. La Campana ha sido tomada por las multinacionales de la hamburguesa y las franquicias del donut. El aeropuerto de San Pablo se obrará en 2017 para ponerlo al día tras 25 años en los que se ha quedado pequeño. Sevilla aspira a captar visitantes de la Costa del Sol tanto como del mercado chino. Y, por supuesto, el objetivo es que Fibes acoja más congresos de entre dos mil y cinco mil visitantes. Todos esos objetivos deben ser combinados con el impulso y cuidado del negocio tradicional, que hacen distinta a una ciudad de otra. Los turistas no vienen a Sevilla a comer hamburguesas ni donuts tuneados. Y el propio PSOE, estando en la oposición, reconoció el problema.

Las canonjías de la Cartuja

Carlos Navarro Antolín | 11 de diciembre de 2016 a las 5:00

Centro cívico La Ranilla.
CUESTA trabajo creer que los sindicatos levanten la voz para protestar en un organismo donde el sueldo mínimo ronda los 30.000 euros anuales y el máximo supera los 100.000. Así ocurre en la Gerencia de Urbanismo, antiguo cuerno de la abundancia del Ayuntamiento de Sevilla, donde los sindicatos se han decidido a publicar las tablas salariales (pura conveniencia) al objeto de que cada empleado compare la evolución de su salario en los últimos años. Comisiones Obreras calienta motores y pretende soliviantar a los trabajadores de la Gerencia, obviando las condiciones de trabajo de la mayoría de los trabajadores del Ayuntamiento, que ven a los empleados del organismo autonómo como los nuevos canónigos de la Cartuja. El objetivo del sindicato es denunciar que “los sueldos han disminuido, a lo que se suma el aumento del coste de la vida: ganamos menos que en 2008 y el IPC ha subido un 8,6%”. Por fortuna para la transparencia, los sueldos de la Gerencia de Urbanismo y el lujazo del convenio colectivo están publicados por este periódico desde hace tiempo. Nadie discute que se trata de los mejores salarios de todo el Ayuntamiento, muy por encima de la inmensa mayoría de los cinco mil trabajadores de la administración local. Hay casos en los que un trabajador de la Gerencia, organismo autónomo municipal, gana un 60% más que uno del Ayuntamiento propiamente dicho. Casi la mitad de los trabajadores de la Gerencia disfrutan de una jefatura, lo que supone el acceso a determinados complementos. El convenio de los trabajadores de la Gerencia es uno de los mejores de España, según se admite en las valoraciones oficiales, y en sus preceptos se contemplan numerosas ventajas.

Es cierto que las sucesivas corporaciones municipales han dejado de cumplir con las transferencias aprobadas cada año por el Pleno municipal con destino a la Gerencia de Urbanismo, lo que ha lastrado las arcas de este organismo. Es cierto también que las contrataciones de eventuales han cesado, que los puestos por jubilación han quedado amortizados y que a la Gerencia ya no llega un euro de los convenios urbanísticos que perdimos, amén de que los ingresos por intereses financieros son ya un sueño celestial.

La Gerencia no ha estado bien tratada en ciertos aspectos fundamentales por el gobierno local en los últimos años. Monteseirín pasó de usar las reservas de este organismo autónomo para pagar la obra de las setas, a obligar a hacer las fotocopias por las dos caras, una brusca y dolorosa transición del Möet&Chandon al Dubois que refleja a las claras el talante de un gobierno que no tomó las precauciones debidas en tiempo de vacas gordas.

Zoido también siguió la senda de no cumplir con las transferencias en beneficio de la Gerencia. El dinero se reservaba para salvar Tussam y Lipasam, en un plan en favor de la política de infantería que es la que, ciertamente, percibe el ciudadano. El PP amagó con la negociación de un nuevo convenio colectivo con la finalidad de bajar sueldos hasta un 30% a cambio de hacer funcionarios a los trabajadores. Hasta el entonces líder de la oposición, Juan Espadas, estuvo de acuerdo en la necesidad de moderar los salarios, siempre y cuando se asegurara la existencia de la Gerencia como organismo autónomo, pues el PP dejó entrever que su deseo real era la disolución del organismo y la apuesta por su integración como servicio en una delegación. ¡Los dos grandes partidos fueron de la mano en un primer momento para rebajar los sueldos! Sí, pero como siempre ocurrió con Zoido: fuese y no hubo nada. El ordenanza que menos cobra en la Gerencia percibe 29.000 euros anuales, lo que supone la mitad que el actual alcalde, quien recuérdese que fijó el sueldo máximo de políticos y cargos de confianza en 60.000.

Juan Espadas, hoy alcalde, no quiere ni oír hablar de recortes de sueldos en la Gerencia. Sufrió para conseguir un gerente por 60.000 euros, un salario muy por debajo de la mayoría de los jefes de servicio. Alguno de ellos superan los 100.000 euros anuales si se tiene en cuenta que a todos los complementos hay que sumar el de antigüedad, que oscila entre un 10 y un 75% más de sueldo base en función de los años de desempeño en la empresa. La Gerencia de Urbanismo sigue concentrando las canonjías del Ayuntamiento, por mucho que esta afirmación soliviante a algunos representantes sindicales, y escueza a los altos cargos de Espadas que han sido víctimas del absurdo tope salarial impuesto por el alcalde. Los altos sueldos de la Gerencia de Urbanismo han sobrevivido a la crisis y todo indica que lo harán al gobierno de un alcalde que se mostró partidario de “adaptar” las tablas salariales del organismo autónomo cuando era líder de la oposición. Bastante tiene el delegado, Antonio Muñoz, con intentar sacar inspectores a la calle alguna tarde para luchar contra la invasión de veladores y mobiliario urbano en la vía pública, porque, pese a los elevados emolumentos, resulta un lujo contar con trabajadores de la Gerencia después de la hora de comer. Lean lo que reza la norma: “La jornada de trabajo es de 37,5 horas semanales, que se desarrollará de lunes a viernes entre las 07:45 y las 15:15, con horario flexible entre las 07:30 y las 09:00, y entre las 14:00 y las 16:00, y una jornada obligatoria de cinco horas comprendida entre las 09:00 y las 14:00”. Todo lo cual sin olvidar las ayudas médicas, los permisos retribuidos, el festivo del viernes de Feria por tradición, el tiempo de descanso ante el ordenador y, por supuesto, el compromiso del gobierno de ampliar la caseta de Feria. No faltaba más. Comisiones Obreras ha olido la pusilanimidad de Espadas y, al año y medio de gobierno, ha asomado la patita: “Nuestros sueldos han disminuido”. Y los veladores han aumentado. Y luego dicen que los canónigos ya no saben latín. En la Cartuja hay algunos canónigos en toda regla. Sancho, con la Gerencia hemos topado.

La cuota zascandil

Carlos Navarro Antolín | 30 de octubre de 2016 a las 5:00

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LA nueva política necesita un lifting exprés. Se arruga a gran velocidad, padece envejecimiento prematuro. Otal vez sus protagonistas pasan demasiadas horas delante del televisor. En Sevilla estábamos demasiado ajenos a las Colaus y las Carmenas, iconos municipales de este nuevo tiempo donde el edificio del sistema no termina de caer, por fortuna, pero tampoco termina de curarse de una aluminosis provocada por el tenguerengue en el que están los grandes partidos. En Sevilla nos hemos librado de la bisoñez y del tinte adolescentoide de la nueva política gracias a que el PSOE de Juan Espadas es, por lo general, bastante moderado, y también gracias a que los resultados de la marca blanca de Podemos en la capital fueron más bien escuálidos después de la alta expectación que habían generado en todo el reino.

Aquí, por ahora, no hay más mareas que las de Matalascañas, ni más marcas blancas triunfantes que las que Pepe Moya Sanabria envía a los estantes de Mercadona. Al menos sí tenemos la cuota zascandil, encarnada por la edil Cristina Honorato, de la que los ujieres de la Plaza Nueva dicen, con rima de guasa, que no termina el mandato. A esta Honorato se le ve el pelo de la dehesa en cuanto goza de la mínima oportunidad. Como la Policía Local no le dejó colar a todos los manifestantes que pretendía introducir en el Ayuntamiento, la Honorato salió por las bravas con eso tan castizo, tan facha y tan viejo como es el no sabe usted con quién está hablando:“¡Soy la autoridad política!”. Eso se llama hacer un Verónica Pérez, la de la máxima autoridad repelida por los seguratas de Ferraz, pero en versión cutre de la Plaza Nueva y sin telediario con eco nacional.

Tenemos a una presidenta del Pleno reprobada por el ídem por saltarse a la piola la Constitución Española y ahora también tenemos a una concejal que es la cuota de la nueva política zascandil. Todo nos llega tarde, debe ser el destino fatal de los pueblos del sur. Por fin tenemos en directo, en el corazón de la ciudad, una muestra de esa política de aula de instituto, de gigantes y cabezudos en manifestaciones dominicales, de pancarta republicana y el tío subido en el monorrueda.

Lo mejor no ha sido la contemplación del episodio de envalentonamiento histérico de la concejal venida arriba cual franquista en primero de octubre, sino la reacción del alcalde cuando se le preguntó por los hechos. Dice Juan Espadas que no tenía sentido que los manifestantes, unos profesores interinos, protestaran en el Ayuntamiento cuando la Administración municipal no tiene competencias en la materia. Del comportamiento despótico de la edil, ni pío, que por algo el voto de la Honorato y sus dos compañeros de filas fueron muy útiles para el día de su investidura. La explicación de Espadas ha recordado, y mucho, a la de Fraga cuando le preguntaron por la polémica nacional que se montó a cuenta del primer caso de una pareja homosexual residente en una casa cuartel de la Guardia Civil. Ante decenas de alcachofas, don Manuel se salió del asunto con su peculiar estilo de negar la mayor:“Siempre he dicho que el modelo de las casas cuartel es un modelo agotado. Ydéjenme pasar, por favor”.

Aún no tenemos pliegos de licitación de la ampliación del tranvía, pero seamos optimistas:van cayendo los veladores como los plátanos de sombra de San Telmo y ya disfrutamos de la cuota zascandil de la nueva política. La concejal que se negó a que sus acompañantes pasaran por el control de identificación, la concejal que interpretó las normas que todos cumplimos como el establecimiento de un “Estado policial”, la concejal que chuleó al agente de la Policía Local como una niñata vociferante de noche de fin de semana, no era una concejal del PP. Es de Participa Sevilla, es la misma que está procesada por la ocupación de una sucursal bancaria en la Plaza de la Campana, es la que adquiere con celeridad los vicios más antiguos de la peor política, como el conductor novel que se salta las rayas continuas y no usa los intermitentes. Es el efecto de la inmadurez (Mamá, quiero ser artista, ser protagonista, oh mamá) o de tenerla como el cemento armado. Lo de siempre. Todo más viejo que el caminar hacia delante. Echamos de menos los gigantes y cabezudos de los domingos y fiestas de precepto. Se pierden los buenos usos. Sevilla se nos va. No hay derecho.