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El precio de vivir la calle

Carlos Navarro Antolín | 3 de septiembre de 2017 a las 5:00

CALLE ASUNCION

Cuánto más se manifiesta la idiosincrasia de una ciudad en la calle, más difícil es blindar los espacios públicos y más complejo resulta hacerlo en las horas de máxima concentración de personas. El Ayuntamiento ha fortificado las principales calles de la ciudad en tiempo récord: macetones, vallas, mayor presencia policial, agentes del cuerpo local con chalecos antibalas… Y al mismo tiempo ha culminado la actualización del informe sobre la proliferación de acontecimientos públicos, un estudio que demuestra que las convocatorias multitudinarias se han disparado un 300% desde 2004 y, sobre todo, no dejan de aumentar en los últimos tres años. El trabajo de seguimiento incluye el recién terminado agosto. Sevilla vive la calle a tope. Con intensidad. La ciudad estaba mirando con preocupación la próxima Semana Santa, sobre todo la Madrugada, cuando los atentados de Barcelona han forzado a las autoridades a trabajar de forma inmediata con una visión global. El problema no está sólo en la Madrugada, ni siquiera solamente en las grandes fiestas. El problema se extiende ahora a todo el año y de forma muy especial a los fines de semana. El calendario de actos públicos con elevada participación ciudadana es difícilmente abarcable por los cuerpos y fuerzas de seguridad. La misma ciudad acoge en este inicio de curso, por ejemplo, un concierto de Hombres G, una coronación canónica, una feria taurina, partidos de fútbol internacionales… A la degradación de la convivencia urbana –creciente en los últimos años, y que en el caso de Sevilla ha cristalizado en la popular noche del Viernes Santo– se ha sumado la psicosis de la amenaza yihadista, una sensación de miedo que vertebra ahora las grandes urbes. El miedo es un estado de ánimo colectivo potenciado por sucesos de los que se ha sido testigo directo o por los medios de comunicación: cuando ocurrió el fuego de Doñana estaban muy recientes las imágenes del fuego en Portugal, cuando el público corría en la Madrugada tenía frescas las imágenes del camión de Niza. La ciudad de Sevilla ha vivido también episodios de tristeza colectiva, como tras los asesinatos de Alberto Jiménez Becerril y su mujer (1998) y el repentino fallecimiento del futbolista Antonio Puerta (2007).

Las autoridades, conscientes de que la seguridad es una percepción subjetiva, tratan de frenar la sensación de pánico con una estratégica exhibición de los agentes en lugares de alto tránsito peatonal. Basta un paseo por la Avenida de la Constitución para sentir que vivimos en una continua víspera de la boda de la infanta Elena (marzo de 1995), pero sin gallardetes ni iluminaciones especiales de estilo Camelot.

El pánico es una cerilla encendida en un pajar, un persianazo que es confundido con un camión enloquecido irrumpiendo en una vía urbana, un grito adolescente que inicia una algarada, una situación de perenne vulnerabilidad con la que grandes ciudades han de convivir y que han de superar a base de una suerte de educación colectiva que exige serenidad y tiempo. El miedo nos iguala, nos convierte en ciudadanos en continua guardia, en sociedades que sufren una situación de jaque permanente, en vecinos precavidos que sin motivo racional aparente evitan una calle, sortean una avenida o rechazan el acceso a unos grandes almacenes.

El macetón –icono de la seguridad del tiempo que nos ha tocado vivir– impide la irrupción de vehículos con terroristas al volante en zonas de elevada afluencia de público y el acceso directo en coche a edificios de alto valor histórico-artístico: la Catedral, el Alcázar, el Archivo de Indias. Pero los puntos sensibles de una ciudad como Sevilla no se limitan al centro histórico. Ni son fijos. Hay un sinfín de aglomeraciones itinerantes (procesiones, vía-crucis, traslados, manifestaciones, cabalgatas) y de espectáculos de alto riesgo (conciertos, partidos de fútbol, incluidos los internacionales) que en su mayoría se concentran en los días de la semana con menor número de agentes disponibles, como se refleja en el estudio. El aumento de acontecimientos masivos no se ha registrado progresivamente todos los días de la semana en los últimos tres años, sino de forma especial y pronunciada los sábados (un 14,%%) y los domingos (un 24,5%).

El Ayuntamiento insiste desde hace meses en que necesita convocar nuevas plazas de agentes de la Policía Local: entre 200 y 300 más. El cuerpo envejece, sufre las contingencias propias de cualquier colectivo y se asegura reiterdamente que no da para más. El gobierno exige que el Estado levante las restricciones impuestas en los años de crisis. Aquí aparece inevitablmente la política. O se permite la convocatoria de oposiciones, o se da el visto bueno para que la Intervención General apruebe el pago de más horas extras. Las administraciones locales se quejan de estar asfixiadas por la tasa de reposición cero. Aprovechan la actual coyuntura para apretar al ministro Montoro. En este nuevo estudio del Ayuntamiento de Sevilla, en el apartado de las conclusiones, se advierte que ya ha habido que rechazar numerosos eventos al no disponer de agentes de la Policía Local, se ha puesto en práctica un protocolo de ahorro y se ha intensificado el cobro de tasas. Aun así, el estudio concluye que el ahorro no se percibe porque las convocatorias de eventos se han disparado en los últimos años. Como curiosidad, cuando se registra un leve descenso de las procesiones se aprecia un aumento de las cruces de mayo. El estudio revela que se han reducido los actos de carácter reivindicativos (de 540 a 477). En los últimos tres años sí han aumentado los eventos calificados de cultos, romerías, traslados y vía crucis. También lo han hecho los culturales (de 423 a 634) y los deportivos (de 100 a 118).

El gobierno local clama para que el Estado le permita gastar dinero en una macroconvocatoria de plazas para la Policía Local. El discurso político asegura que el dinero está en el banco pero el Ayuntamiento está atado por las medidas de contención que entraron en vigor con la crisis. La ciudad hace cada vez más uso de la calle, los datos revelan que vive con intensidad de puertas hacia afuera. La autoridad que rechaza convocatorias por falta de agentes es la misma que promueve una Feria de formato largo para que la fiesta alcance dos fines de semana en lugar de uno. Otras voces no discuten que hacen falta más agentes, pero apuntan a la necesidad de cambiar el esquema de trabajo de los agentes, de arbitrar turnos específicos para los fines de semana o de repercutir el cobro de los servicios especiales a las entidades convocantes.

La seguridad tiene un precio económico y un coste social que se traduce en incomodidades y restricciones. Los macetones por el momento han salido gratis para las arcas municipales y no han causado un efecto antiestético en los edificios próximos. El siguiente paso será la adquisición de videocámaras, lo que conllevará nuevas negociaciones con el interventor, y continuar con la reivindicación política de más plazas policiales. Los atentados de Cataluña son la coartada perfecta, el cheque en blanco para los cambios sin necesidad de debates previos. Mientras dura la sensación de miedo, nadie alza la voz contra un macetón. Sevilla ha perdido la cultura de la bulla en el peor momento, ha dejado de confiar en sí misma cuando más fácilmente cunde el miedo. Y en los años en que precisamente sus actos multitudinarios han aumentado un 300%: de 2004 a 2017.

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La noche más encanallada

Carlos Navarro Antolín | 5 de abril de 2015 a las 5:00

Madrugá Peleas y gente corriendo en la calle Cuna y Encarnación.
NI hermosa, ni mágica. Inhóspita y bravucona. La Madrugada es la noche más encanallada del año, una Nochevieja con pasos en la calle que disparan el riesgo de incidentes y de difusión de los efectos. Ha quedado demostrado que la herida abierta en el año 2000 sigue sangrando, por mucho que algunas autoridades y opinadores traten de restar inmportancia a lo ocurrido este año. La Madrugada está muy tocada, como lo está el resto de la Semana Santa, decadente y cochambrosa pese a que juguemos a idealizarla para seguir manteniendo un sueño de consumo interno. Las calles del Domingo de Ramos, no nos engañemos más, son un canto al mal gusto y a la chabacanería. Y muchísimas calles de la Madrugada son directamente de trasera de discoteca. Uno no sale de nazareno para echarse contra la pared de forma repentina ante la inminencia de una fuerza misteriora que arrolla todo lo que hay por delante. Uno no sale de nazareno para proteger con sus brazos. colocados en cruz. a acólitos de diez años. Uno no sale de nazareno para ver deshacerse un cortejo que no han deshecho cinco siglos, ni para ver a un guardia civil echarse la mano al arma reglamentaria, ni para saber qué contestar a la mujer que pregunta dónde está su marido que va delante del paso, ni para hacer las últimas calles del recorrido con el pánico apretando más que el cinturón de esparto y con la actitud vigilante propia de un guardaespaldas, ni para regresar con cirios y cruces rotas, ver un antifaz perdido y dos cruces que sobran porque dos hermanos se han marchado comidos por la angustia.

Esta Madrugada tiene poco que ver con el vino de taberna auténtica de Núñez de Herrera. Esta Madrugada ha pasado del griterío de callejón y el laterío arrastrado a patadas de los años ochenta, a una actualidad de reyertas, alcohol destilado consumido a mansalva y agresiones contra los motivos que de verdad fundamentan la que era la noche más hermosa de la ciudad.

Nada de la sociedad de cada tiempo es ajeno al mundo de las cofradías. Ni la degradación de los cargos públicos, ni el incivismo de cualquier noche de fin de semana. La Madrugada ha dado ya tres avisos: 2000, 2009 y 2015. La ciudad ha rozado demasiadas veces ya la posibilidad de sufrir incidentes de gravedad. Es evidente que este año han fallado con estrépito las previsiones y las prevenciones, lo cual reconoció ayer el propio alcalde, Juan Ignacio Zoido, que instará a Sacyr para que en 2016 no se celebren botellonas en las setas. Lo que ocurrió la pasada Madrugada, según la versión oficial de las autoridades, se debió a una pelea de jóvenes. Dicho así, en bruto, podría ser algo casual. Pero conviene analizar el contexto. Ocurrió en la Plaza de la Encarnación, donde distintos grupos de jóvenes hacían botellona desde varias horas antes. La Encarnación parece que es la nueva zona cero de los conflictos de la Madrugada, como lo fue la Plaza de la Gavidia en los años noventa. ¿No se tuvo en cuenta el tipo de público que toma las escalinatas de las ‘setas’ cada Semana Santa desde hace ya varios años? ¿Nadie evalúa los riesgos que entraña que haya cientos de jóvenes cargándose de alcohol durante varias horas cuando hay miles de personas en el centro, seis cofradías, medios de comunicación nacionales y extranjeros y dos antecedentes sobre los riesgos de una noche como la Madrugada?

La Madrugada tiene dos ejes bien definidos de potenciales conflictos, como explican expertos en seguridad. El primero comprende el Puente de Triana, Reyes Católicos, San Pablo, Plaza de la Magdalena y su conexión con la Campana por las calles O´Donnell y Rioja, con algunas bifurcaciones a derecha e izquierda en su inicio por las calles Zaragoza y Santas Patronas, así como con Gravina, Julio César, Marqués de Paradas y Arjona con Radio Sevilla. El segundo eje comprende las calles Imagen, Encarnación, Laraña, Martín Villa y la Campana, con bifurcación hacia la derecha con Orfila, Lasso de la Vega, Plaza del Duque y la Campana, o hacia la izquierda por Cuna buscando la Plaza del Salvador, Puente y Pellón y el entorno de la Alfalfa.

A raíz de los sucesos del año 2000 se creó una mesa de coordinación denominada el CECOP con resultados satisfactorios. De 2001 a 2008 no hubo que lamentar incidentes. Se abordó la cuestión de la licencia y el plan de emergencias de la Carrera Oficial. Y se obligó a cada templo a tener su propio plan de emergencia. El problema es hoy otro. Comienza por los recorridos y horarios de la Madrugada, y por actualizar y revisar el segundo círculo en torno a la carrera oficial, que coincide con los dos ejes descritos, donde se han producido los hechos, donde se gesta la botellona, el embrión del conflicto juvenil que deriva en constantes peleas y comportamientos incívicos.

Podemos seguir manteniendo los sueños de esmeraldas y oro, de líricos contrastes, de fervores y ripios. Podemos seguir reduciendo la importancia de los hechos bajo el pretexto de no erosionar la marca de la ciudad (estúpida expresión para acallar los hechos) y bajo las sesudas teorías sobre la necesidad de no tener altura de miras. A la Semana Santa no se le protege silenciando los hechos. Es una fiesta muy hermosa que ha sido transmitida de generación en generación gracias al esmero, el mimo y el tacto de quienes hoy ya no están entre nosotros.

Uno no sale de nazareno para acabar arrollado contra la pared. Esta Madrugada es la noche más canalla del año. No nos engañemos. A los hijos de la cochambre les importan muy poco los siglos, los ripios y los fervores. Son piratas que no paran de beber y van sumando conquistas.
cuna cortejo