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La afeada Plaza de Pilatos

Carlos Navarro Antolín | 17 de diciembre de 2017 a las 5:00

PLAZA DE PILATOS

PLAZA DE PILATOS

PLAZA DE PILATOS

PLAZA DE PILATOS

 

Los bares cargan con las culpas de casi todo lo que ocurre hoy en la vía pública. Muerto el perro (precintados los establecimientos del Paseo de Colón) se acabó la rabia (noches de puente de la Inmaculada en calma con las aceras expeditas). Los bares son el mayordomo de esta película de miedo que es la convivencia urbana que nos ha tocado en suerte, donde el desahogo y la mala educación son la heráldica real de una ciudad que no cede el asiento a los mayores, iguala siempre por abajo y llama abuelo a cualquier persona de edad. Los bares son siempre sospechosos, generadores de una degradación paisajística al ser focos de atracción de un público que tiene que fumar en el exterior por decisión de Zapatero, una de las escasas decisiones verdaderamente beneficiosas que tomó el peor presidente de la democracia. El Ayuntamiento lleva meses tratando de meter en cintura a los bares tras unos años en los que se hizo la vista gorda. El Estado tiene que recuperar su presencia en Cataluña, y el Ayuntamiento de Sevilla la suya en el Paseo de Colón, Arfe y tantas otras calles. Tan pronto se dice que los bares dan vida como que suponen una tortura.

Pocas plazas hay en el centro de Sevilla que carezcan de bares. La Plaza de Pilatos, la plaza de Teresa Enríquez y muy pocas más. En Sevilla, a un bar le sigue otro. Ydespués otro más. Es como la materia, ni se crea ni se destruye, se transforma. De bar clásico a gastrobar, de gastrobar a bar de copas y trago largo. Pero siempre bar, siempre materia. En la Plaza de Pilatos no han puesto todavía el primer bar. Ni Dios lo “premita”, que dijo Lola Flores cuando le preguntaron si sabía inglés. Pero es una plaza afeada a base de intentarlo una y otra vez. Las sucesivas corporaciones municipales no han hecho más que romper la estética donde está uno de los monumentos más visitados de la ciudad. Un día colocaron la cartelería estridente con las direcciones a los hoteles. No había otro sitio mejor que el elegido. Puestos a aprovechar, ya podrían haber indicado la dirección de La Carbonería, o de lo que queda de ella, que es lo que verdaderamente preguntan los guiris.

Otro día colocaron justo a la vera de la fachada de la Casa de Pilatos, encima de una de las columnas romanas que en su día bordearon la Catedral, una boca de riego con su pedazo de cartel: “Hidrante contra incendios”. No se sabe si es peor el cartel o el lenguaje empleado. Otro día, horror de los horrores, plantaron el cartelazo de Turismo de Sevilla, ante el que sólo se puede gritar: “¡Al suelo que vienen los nuestros!”. Los anuncios de las nuevas rutas de Ryanair son de una belleza muy apropiada para la entrada empedrada al palacio. ¿Y qué me dicen de los contenedores soterrados de basura? Pringosos, que se llenan con rapidez cuando no se atascan con el palo de escoba, las botellas de lejía y la rueda pinchada de una bici. El tío de los contenedores soterrados se ha forrado gracias a una clase política dirigente que en la España de las vacas gordas se dedicó a hacer polideportivos y a cavar la tierra de los cascos históricos para enterrar los basureros. Pero no se vayan todavía que aún hay más. Todavía queda la estación de bicicletas, cardiosaludables naturalmente, con su torreta de pago. Un gran ejemplo de embellecimiento paisajístico, una apuesta en toda regla por una estética acorde a la entrada a un palacio que combina el renacentismo italiano y el mudéjar español. La incorporación menos agresiva a la Plaza de Pilatos es, sin duda, la del tío del carro que vende agua y frutos secos a los cientos de visitantes. Nos quejamos de algunos bares, de los abusos con los veladores, del ruido de las terrazas, de la basura que dejan los clientes, pero hay plazas sin bares que se las carga el Ayuntamiento, sin ayuda de nadie, ¿verdad don Ignacio Segorbe? Poquito a poco van comiéndole terreno a la belleza serena de una plaza donde sólo deberían destacar el bronce de Zurbarán y la fachada de esa Casa de Pilatos de donde un día partió cierto vía crucis que es origen de la actual Semana Santa, otra que también se están cargando poquito a poco.

El sufrido Cervantes

Carlos Navarro Antolín | 10 de abril de 2016 a las 5:00

cervantes
Cervantes es un cine. Como Blas es una parada de Metro para las nuevas generaciones. “Me bajo en Blas”, dice el sevillano bisoño. “Me quedo en Sol”, anuncia el madrileño que está en Madrid, que no es lo mismo ser madrileño que vivir en Madrid, como no es lo mismo ser de la Quinta que estar apuntado en la Quinta Angustia. La muerte no es el olvido, es el monosílabo. “Me bajo en Blas”. El Metro se detuvo y el Partido Andalucista se hundió. Cervantes es eso: un cine, una calle donde ver el caballo de la Lanzada, un trozo del cartel de Ricardo Suárez empeñado en recordar que hace 400 años murió el autor de las Novelas Ejemplares en la ciudad donde hay tela de ejemplares, más ejemplares que vallas pone un socialista en Semana Santa.

Cervantes también es un monumento junto a la cárcel donde penó el escritor por cuestiones de pecunio. Un monumento de Sebastián Santos Rojas. Sufrió Cervantes en la cárcel que hoy –ironías del destino– es un banco. Sufre en el bronce de su memoria, convertido en la trastienda de una caseta donde se almacenan las bebidas a la espera de gaznates. Pocas cosas hay en Sevilla más feas que la trasera de una caseta con rendijas que dejan ver los cartones y plásticos de las provisiones. Y sufre siendo vecino de los contenedores donde van a morir los residuos de la ciudad monumental. El monumento de Cervantes está relegado a una estética de almacén, a servir de poyete de vasos de madrugada alta. Hasta sus ojos han servido de cenicero en más de una ocasión. Las palmeras que lo abrigan recrean el ambiente carcelario de Argel. Todo es sufrir.

400 años hace que murió. Y no hay procesión extraordinaria en su recuerdo. Ni cartel que lo rescate del olvido. Ya no está Márquez Villanueva para evocarle desde los Estados Unidos. ¿Qué fue de aquellos capítulos escogidos del Quijote que Andrés Amorós, hermano del Silencio como Pacheco, suegro de Cervantes, compiló para su distribución en los Paradores? Cervantes no tiene un Moeckel que cuide su piel de bronce. Está ahí, hierático, maltratado, efigie que ve pasar los días con indiferencia, dispuesto siempre a ser el nido de palomas errantes. Está ahí como tantas cosas están en Sevilla sin que nadie se pregunte quién es, quién lo puso y por qué. Sevilla tiene un especial arte en mantener cosas de las que ignora su significado o finalidad. Es como la máquina limpiabotas del Labradores, que hace años que no expide crema negra ni marrón, pero está ahí; el cepillo funciona, pero nadie se pregunta por qué no se activan todas sus funciones. Los preciosos azulejos que recuerdan los lugares donde se desarrolla la obra cervantina son como los documentales de La 2. Todo el mundo habla de ellos, pero los chares cantan que casi nadie los ve. Los chares son los pájaros chivatos de la audiencia. ¿Quién es Blas? Una parada de Metro. ¿Quién es Cervantes? Un cine. ¿Donde dejo las cajas de botellines y gaseosas? En la trastienda de la ciudad, donde Sevilla es el Diógenes que todo lo guarda. Yalarga así el sufrimiento de quien penó en esta ciudad.

La máquina cepilla pero no dispensa crema. Prestaciones recortadas. Cervantes vigila la carga y descarga, acoge a las palomas, sirve de mesa por las noches y aupa a los niños en Semana Santa. Si otra ciudad pudiera presumir de una vinculación tan intensa con Cervantes, anda que se le iba a escapar el toro vivo. Pero con Sevilla hemos topado. Me bajo en Blas, que deja cerca de la Feria.